LAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE EN SIERRA MORENA (III)

 

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En el paisaje geográfico de Sierra Morena hay un hito que nos ayuda a tener una referencia precisa para situar las aventuras de don Quijote en estas dos leguas de camino real, el Batán del Navarrillo. Y también disponemos de topónimos geográficos, valles y arroyos, que coinciden exactamente con el espacio-tiempo de la narración cervantina.

En este siguiente capítulo de Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena, se evidencia el conocimiento del paisaje geográfico de Cervantes en esta zona del Camino de la Plata por Sierra Morena, pues coinciden tres topónimos geográficos en una misma aventura, la aventura contra los rebaños de ovejas. Un valle con un arroyo donde poder beber las ovejas puede ser muy común, sin interés alguno para los filólogos, pero contener en la narración la descripción de un altillo o cerro cercano, desde el que se pueda observar privilegiadamente la escena, tal y como lo hace Cervantes, hace de esta localización geográfica real un punto de interés cervantino hasta ahora nunca tenido en cuenta.

Cojan la mochila, metan su Quijote en ella y lleguen hasta este pequeño valle al que ahora atraviesa el AVE paralelo al antiguo Camino de la Plata, aparquen su vehículo junto al Arroyo del Robledillo y suban a pie este altillo, desde el que alguna vez Cervantes estuvo contemplando este Valle de La Tejada. Abran su Quijote porel capítulo XVIII de la primera parte, y mientras el narrador nos describe la escena, miren el valle e imaginen ver los mismos rebaños, o ejércitos, que don Quijote y Sancho veían acercarse al arroyo, donde,cuatro siglos después, sus peladillas o guijarros siguen esperando como munición de guerra para las hondas de los pastores…

¡¡¡Están en un paisaje geográfico real en la ficción del Quijote!!!

BATALLA CONTRA LOS REBAÑOS DE OVEJAS

No llevan mucho camino andado desde que salieron de la venta, es al final de esa mañana, cuando comienza una nueva aventura, posiblemente una de las más recordadas por cuantos han leído el Quijote y por los que no lo han hecho pero si han visto dibujos, grabados, estampas o una de las muchas películas que se han realizado de la obra:

“En estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda; y, en viéndola, se volvió a Sancho y le dijo:

-Este es el día, ¡oh sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado ni suerte; éste es el día, digo, en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la Fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejercito que de diversas e innumerables gentes por allí viene marcando.

-A esa cuenta, dos deben ser -dijo Sancho-; porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda.

Volvió a mirarlo don Quijote, y vio que así era la verdad; y alegrándose sobremanera, pensó sin duda alguna que eran dos ejércitos, que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura…”

“… Y la polvareda que había visto la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros que, por aquel mesmo camino, de dos diferentes partes venían, las cuales, con el polvo, no se echaron de ver hasta que llegaron cerca” (I, 18)

Nos describe el narrador, que el primer ejército venía de frente a ellos  y el segundo se acercaba por sus espaldas “por aquel mesmo camino” que llevaban. Esto ocurre en la zona del valle La Tejada. Entre dos y tres kilómetros de la venta, lo cual coincide con el tiempo del relato, después de atravesar el Puerto del Horcajo, se encuentra este valle con pastos y con varios arroyos donde poder beber las ovejas. Uno de ellos, el Arroyo Robledillo, cruza precisamente el Camino de la Plata en la parte central del valle. La anchura de este espacio real es de más de un kilómetro.

Después de explicarle, don Quijote a Sancho, quienes formaban aquellos dos ejércitos, el que viene del sur, de frente a ellos, del emperador Alifanfarón y el otro, el que viene por sus espaldas, el de su enemigo Pentapolín, le advierte del  motivo de la batalla que allí se preparaba que, según don Quijote, no es otro que Alifanfarón estaba enamorado de la hija de Pentapolín y este no se la quería entregar, por ser Alifanfarón de religión pagana. Lógicamente don Quijote y Sancho toman partido por el cristiano Pentapolín. Los dos se apartan del camino a un altillo, que allí cerca había, para poder apreciarlos mejor: “Y para que mejor los veas y notes, retirémonos a aquel altillo que allí se hace, de donde se deben de descubrir los dos ejércitos”

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Don Quijote fue describiendo a cada uno de los integrantes principales de los ejércitos hasta que Sancho, moviendo la cabeza una y otra vez hacia un lado y hacia el otro, para ver si apreciaba lo que su amo veía y describía, le dice a don Quijote que debido a que sigue encantado, por todo lo pasado en la venta la noche anterior, no ve esos dos grandes ejércitos que con tanta precisión le hacía, manteniendo esta conversación:“-¿Cómo dices eso? -respondió don Quijote-: ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los tambores? No oigo otra cosa -respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y carneros”. 

Don Quijote atribuye más al miedo de Sancho que a otra cosa el que no viese y oyese tan épico encuentro de los dos ejércitos que allí justo ya estaban, y que desde el altillo o cerro ya los veían estar casi juntos. Y pidiendo que se apartase“…puso las espuelas a Rocinante y, puesta la lanza en el ristre, bajó la costezuela como un rayo…” 

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Sancho, convencido que a lo que iba a embestir su amo eran pacíficas ovejas, le vocea para que desista en su empeño y se vuelva, pero don Quijote ensimismado en su objetivo arremete al rebaño y lancea a varias ovejas. Los pastores también le gritaban para que se detuviese, pero como veían que no les hacía caso alguno, y que ya eran unas cuantas las ovejas heridas, comenzaron a lanzarle piedras con sus potentes y precisas hondas: “Llegó en esto una peladilla de arroyo, y, dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo…”.

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Después de esta pedrada y otra más, que le machaca una mano y tres o cuatro dientes y muelas, don Quijote cae al suelo. Los pastores creyéndolo muerto recogen las ovejas heridas y se marchan. Sancho ve la escena desde lo alto del cerro y cuando los pastores ya se habían ido bajó a socorrerle, diciéndole:“¿No le decía yo, señor don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos, sino manadas de carneros?”

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Pocos espacios geográficos reales están tan precisamente descritos como este en el Quijote. Un valle, al que se tarda en llegar una o dos horas desde que se deja la Venta de la Inés, y en su parte central un arroyo, donde van a beber los ganados de ovejas. En el arroyo estaban los ganados cuando don Quijote es recibido con “peladillas de arroyo” lanzadas por los pastores para proteger a sus ovejas. Este Valle de La Tejada, el Camino de la Plata, el Arroyo Robledillo y la posición estratégica del cerro o altillo donde se observa perfectamente este espacio, es el lugar real donde esta conocida aventura de ficción se produce. Imagen en la retina de Cervantes que, aún hoy, es posible volver a ver.

Don Quijote, de nuevo, quiere hacer entender a Sancho que todo es obra de un sabio enemigo suyo, e incluso le insta a ir detrás de los ganados de ovejas y así podrá ver como poco después se vuelven de nuevo en ejércitos. Pero es tanto el daño que las pedradas le han causado, especialmente en la boca, que pide a Sancho que se la reconozca y le diga cuantas muelas y dientes le faltan. Estando Sancho cerca de la boca, a don Quijote le hace efecto el bálsamo, que había tomado durante la lluvia de peladillas de los pastores,  e igual que en la venta arroja lo poco que tenía en el estómago, esta vez sobre la cara de Sancho, que en principio cree que es sangre, pero al darse cuenta que era el bálsamo lo que le vomitaba su amo, le da tanto asco que hace lo mismo sobre la cara de don Quijote.

Al ir Sancho a las alforjas en busca de algo con qué limpiarse ve que estas no están sobre su borrico, ya que se las había quitado el ventero, y maldiciendo de nuevo el oficio que había tomado de servir a su vecino don Quijote toma la decisión de volverse a su casa. Don Quijote muy maltrecho, como pudo, fue a consolarlo, y entre ellos hay este diálogo en el que Sancho, además de hacer suyos los golpes que recibe en su mismo cuerpo, se burla de su amo y de la despensa caballeresca, que bien sabe que no existe:

“Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así, que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas.

-¿Cómo no?- respondió Sancho-. Por ventura, el que ayer mantearon, ¿era otro que el hijo de mi padre? Y las alforjas que hoy me faltan, con todas mis alhajas, ¿son de otro que del mismo?

-¿Que te faltan las alforjas, Sancho? -dijo don Quijote.

-Sí que me faltan -respondió Sancho.

-Dese modo, no tenemos qué comer hoy -replicó don Quijote” (I, 18)

¡Increíble la escena creada por Cervantes! Todo esto está pasando al medio día. Después de muchas horas sin comer, y de los vómitos producidos por el Bálsamo de Fierabrás, ya tienen los dos mucha hambre. Algunos autores ven en esta frase: “Por ventura, el que ayer mantearon, ¿era otro que el hijo de mi padre? Y las alforjas que hoy me faltan, con todas mis alhajas, ¿son de otro que del mismo?”, como otro error o contradicción de Cervantes, porque el manteo había ocurrido esa misma mañana y no el día anterior, y no es tal error. En el Diccionario de Autoridades, de 1726, podemos apreciar como el adverbio de tiempo “ayer” , además de su significado de día anterior, al que se habla, también se utilizaba para definir un tiempo pasado muy reciente: “AYER. Algunas veces fe toma por cofa reciente, moderna, y no de mucho tiempo…”, forma precisa usada aquí por Cervantes.

 

Luis Miguel Román Alhambra

 

 

 

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