LAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE EN SIERRA MORENA (VI)

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En el Quijote se describe en varias ocasiones el aspecto físico de nuestro hidalgo manchego. Es el narrador en el inicio, donde nos deja la primera imagen:

“Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza” (I, 1)

Y ya en la segunda parte, tenemos otra, esta vez por el bachiller Sansón Carrasco

“…alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos…” (II, 24) 

Podemos dibujar a don Quijote como un hombre alto, flaco pero atlético, cara también delgada con nariz fina y algo grande, de pelo ya entrado en canas y grandes bigotes aún negros. Pero esta descripción es muy común. Si vemos un rostro de un hombre con estas características nunca lo identificaríamos, a la primera, con don Quijote.

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Pero si el mismo rostro aparece con una bacía de barbero sobre la cabeza, todo el mundo lo reconoce inmediatamente como el famoso hidalgo manchego don Quijote de la Mancha.

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El famoso Yelmo de Mambrino no es otra cosa que una bacía de barbero. Una herramienta que los barberos han usado, hasta bien entrado el siglo XX, para afeitar a sus clientes. En esta pequeña palangana, metálica o de cerámica, con una abertura casi semicircular para ajustarla debajo de la barbilla del cliente, el barbero ponía agua caliente con la que remojar la barba, hacer el jabón de afeitar y limpiar la navaja en cada una de las pasadas por la cara. El cliente sujetaba con sus propias manos la bacía mientras duraba el afeitado y así sus ropas no resultaban manchadas. La bacía junto a la navaja, el afilador de cuero, la brocha y la barra de jabón, eran los utensilios normales de los barberos. Cuando el barbero se desplazaba por las casas a realizar los encargos solía llevar la metálica, comúnmente de latón, más resistente a los posibles golpes en los traslados que la de cerámica, que solía quedarse en su establecimiento.

Cervantes encanta genialmente una simple bacía de barbero en un famoso yelmo. No tiene que buscar a un célebre caballero para enfrentarlo a don Quijote en medio del camino de Sierra Morena, vencerle y así arrebatarle el yelmo, porque ya no existían esos caballeros andantes. Hace que un barbero se ponga su bacía, reluciente, sobre la cabeza para proteger su flamante sombrero de una ligera lluvia de verano y ya tiene la escena, solo falta que la imaginación de don Quijote haga el resto.

En este próximo capítulo es asombrosa la descripción del itinerario que toman don Quijote y Sancho, desde la zona del batán, para volver a estar de nuevo en el camino real y como coincide con el paisaje real de Sierra Morena que vamos recorriendo. Tampoco no nos debe de extrañar que Cervantes en alguno de sus viajes, por este mismo camino a Andalucía, se cruzase en un día de lluvia con un barbero que llevaba sobre su cabeza su bacía, y conservase esa imagen en su cabeza, usando esta sencilla y pintoresca escena para su cuento inmortal.

 

EL FAMOSO YELMO DE MAMBRINO

Resueltas las diferencias entre ellos, y acordando entre ellos que aunque esta aventura terminase en risas, no era para contarla a los demás, don Quijote le ordena a Sancho desde ese momento hablar menos con él, pues no conoce que un escudero hable tanto con su señor, como lo hace Sancho con él. Aunque poco dura ese distanciamiento dialéctico entre nuestros protagonistas:

“En esto comenzó a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en el molino de los batanes; mas habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote por la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y así, torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían llevado el día de antes”. (I, 21) 

Desde el Batán del Navarrillo, junto al Camino a San Benito, don Quijote y Sancho comienzan a caminar y “torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían llevado el día de antes”. Sin duda, Cervantes, se habría desviado alguna vez del camino real para realizar sus funciones como recaudador para la Armada, recorriendo el Arroyo de la Ribera, y sus molinos harineros y batanes. Este especial conocimiento geográfico y de los recursos económicos allí instalados, tanto para moler cereales como para abatanar paños, es utilizado para ingeniar una aventura en medio de un espacio geográfico natural, Sierra Morena, por donde llevaba a sus dos protagonistas. Y para volver de nuevo al Camino de la Plata, desde este batán, con dirección a Sevilla, se tiene que  girar el camino, a mano derecha, para llegar de nuevo al camino real, precisamente tal y como nos lo describe Cervantes.

Sencillamente hace ir, en la ficción,  a don Quijote y Sancho por un paraje real, en el que con el simple ruido de un batán golpeando con sus mazos de madera la pila de los paños y la oscuridad de la noche, crea una genial aventura en medio de Sierra Morena, para después, volver a ponerlos sobre el mismo camino que llevaban, describiendo sus movimientos tal y como entonces él hizo, y todavía hoy tenemos la fortuna de poder volver a hacer, imaginado estar junto a Rocinante, mientras don Quijote y Sancho conversan.

“…y así, torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían  llevado el día de antes”. (I, 21)

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Y es en este punto del camino, poco después de cruzar el Arroyo de la Ribera y llegar al camino real, cuando comienza una nueva aventura. A partir de aquí, la imagen de don Quijote será reconocida por llevar sobre su cabeza una bacía de barbero, que si bien hoy es un objeto casi desconocido, para los primeros lectores del Quijote era muy cotidiano, el recipiente o palangana de latón, o de cerámica, con una abertura en forma de media luna, que el barbero ponía debajo de la barbilla de su cliente, mientras le remojaba y afeitaba la barba.

“De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo, que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aun él apenas le hubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:

– Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: «Donde una puerta se cierra, otra se abre». Dígolo, porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la que buscábamos, engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par en par otra, para otra mejor y más cierta aventura, que si yo no acertare a entrar por ella, mía será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de batanes, ni a la escuridad de la noche. Digo esto, porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo hice juramento que sabes” (I, 21)

Sancho duda ya de todo lo que le dice don Quijote: “Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace -dijo Sancho-; que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar y aporrear el sentido”. Y don Quijote le pregunta: “Dime. ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?. Sancho tampoco ve lo mismo que don Quijote, como el día anterior no vio ejércitos sino rebaños de ovejas, y sin vacilar le contesta: “Lo que yo veo y columbro no es sino un hombre sobre un asno, pardo como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra”.

Es el narrador quien nos describe la escena, que, como no puede ser de otra manera, coincide con lo que Sancho está viendo y no con lo afirmado ver  por don Quijote:

“Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijote veía, era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño, que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto, sí; y así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse, y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el barbero, y traía una bacía de azófar; y quiso la suerte que , al tiempo que venía, comenzó a llover, y porque no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza; y como estaba limpia, desde media legua relumbraba.” (I, 21)

El barbero aparece por el Camino de la Plata desde el sur, “hacia nosotros viene” afirma don Quijote. Es más que probable, al menos coinciden lugares y tiempos, que en la mente de Cervantes estuviese como lugar grande la villa de Conquista y como lugar más pequeño la aldea de San Benito, a la que se llega por el mismo camino que ellos habían traído desde el batán. ¿Saludó Cervantes al cruzarse en alguna ocasión a este barbero de Conquista en mitad del camino en este mismo punto, y sorprendido por la lluvia llevaba a modo de sombrero su bacía? Otra imagen en la memoria de Cervantes, y que recurre a ella, para que sea ahora vista, pero con distinta apreciación, por sus dos protagonistas, en este espacio geográfico real, como es el camino real de Toledo a Sevilla, el Camino de la Plata, en esta singular zona de Sierra Morena.

Sin mantener saludo o conversación alguna con el barbero, cuando ya estaba cerca de ellos, don Quijote, a todo correr de Rocinante, que no sería más que un trotecillo, le embistió con el lanzón gritando:

“¡Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu voluntad lo que con tanta razón se me debe!

El barbero, que, tan sin pensárselo ni temerlo, vio venir aquella fantasma sobre sí, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe de la lanza, si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado el suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo, y comenzó a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento”(I, 21) 

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Deja el barbero, en su huida, su bacía caída en el suelo y don Quijote manda a Sancho que se la recoja, acomodándosela sobre la cabeza. Como no le encajaba bien, comentaba a Sancho que el primero que la poseyó, para él celada, tenía que tener una cabeza muy grande. Entre las risas contenidas de Sancho, por miedo a salir mal parado de nuevo por algún golpe de su amo, don Quijote toma la decisión de repararla, amoldándola a su cabeza, en el primer lugar que tuviese un herrero.

Entre los malos recuerdos de las pedradas de los pastores, el bálsamo de Fierabrás o el manteo de la venta, Sancho pregunta qué puede hacer con el borrico del barbero que, como la bacía, había dejado en su huida a pie, si lo podía tomar como despojo de victoria en la batalla. Don Quijote le ordena que lo deje donde está, que él no tiene por costumbre, como los caballeros andantes,  despojar a quienes vence y mucho menos quitarles los caballos y que ya vendrá a por él su amo cuando ellos se alejen por el camino. Pero Sancho le insiste a que al menos pueda cambiar los aparejos, que son mejores que los suyos, dándole a esto licencia don Quijote.

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Sancho aprovecha la licencia de cambiar los aparejos a su borrico, y después almuerzan. Almuerzo, así se llamaba a la primera comida del día, esta aventura transcurre por la mañana temprano, coincidiendo tanto el espacio y el tiempo real con los descrito por Cervantes. Como están cerca del arroyo, vuelven a beber agua de él: “Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron y bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos: tal era el aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les habían puesto”.

Volviendo al camino real, se acaba así la aventura del famoso Yelmo de Mambrino, en la que don Quijote arrebata, a la fuerza, la bacía a un simple barbero que por allí iba:

Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron a caballo, y sin tomar determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomar ninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante quiso, que se llevaba tras sí la de su amo, y aun la del asno, que siempre le seguía por dondequiera que guiaba, en buen amor y compañía. Con todo esto, volvieron al camino real y siguieron por él a la ventura, sin otro disignio alguno” (I, 21)

                                                            

Luis Miguel Román Alhambra

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