Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena (VIII)

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Por fin he llegado al lugar, enigmático lugar, de la penitencia de don Quijote. Después de la localización documental, solo me quedaba estar físicamente en el paraje y comprobar que la imagen que Cervantes describe coincide con la realidad. He llegado a primera hora de la mañana, fresca mañana del diez de Agosto, a la entrada de la finca privada de La Garganta, donde me espera José María, quien me guiará hasta los puntos marcados en mi mapa.

Nos dirigimos primero hasta el lugar del Camino de la Plata, hoy casi desaparecido, donde don Quijote libera a los galeotes y en el que el Arroyo del Robledillo casi lame su cuneta. Arroyo en el que Dorotea un mes de Agosto, en la ficción del Quijote, se refresca. Hoy va seco, sin una sola gota de agua. Este año ha sido de los más secos de los últimos veinte años, pero el frescor de la sombra de los árboles que abrazan al arroyo se agradece. Desde aquí seguimos el trazado, hoy hay una senda abierta, que nos dirige hacia la “montañuela” en la que vieron a Cardenio, donde después de bordearla se encuentran, en un arroyo, muerta a su mula. Y justo en ese punto que indico a José María en el plano llegamos al pie de un arroyo, que hoy corre vago con sus aguas cristalinas y en el que, casualidades del destino, yace muerta, desde hace pocas horas, una cierva adulta.

Delante tenemos los dos puntales montañosos por donde tenemos que entrar a esta singular formación de montañas en forma de garganta. Hoy también hay un camino interno de la finca que la recorre longitudinalmente por ambas vertientes internas junto a su arroyo. Pienso en la época de Cervantes y como esta zona sería un lugar donde se escondían bandidos y ladrones después de sus fechorías en el transitado e importante camino de Toledo a Sevilla, como lo confirma un topónimo de una de las vertientes: Los Ladrones. Habría una pequeña y casi impracticable senda, pisada por caballerías y animales salvajes, por donde don Quijote y Sancho se adentraron hasta que nuestro Caballero de la Triste Figura decidió apearse de Rocinante, quitarse sus armas y quedarse haciendo penitencia entre unos peñascos. Y allí, junto al arroyo, vemos una extraña peña, tal y como lo han pintado tantos artistas siguiendo el texto de Cervantes.

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José María y yo, somos las primeras personas que conscientemente hemos estado en estos parajes siguiendo el espíritu de don Quijote. Y se me viene a la cabeza la imagen de una estatua de don Quijote pensativo, tal y como lo dibujó Doré, Vierge o Álvarez, entre tantos, instalada sobre esta peña.  Sería un lugar excepcional de peregrinación cervantina en un entorno tan hermoso, salvaje y natural, casi como era en el siglo XVII. Pero quizá este anonimato lo ha preservado así de original, tal y como lo pudo ver Cervantes, y así tenga que seguir siendo.

 

LA PENITENCIA DE DON QUIJOTE

Después del encuentro en el Camino de la Plata con los galeotes, Sancho, aún más temeroso por el desenlace final de aquella aventura, convence a don Quijote, que en principio se niega, a dejar el camino real y emboscarse por la sierra, donde poder esconderse de los cuadrilleros de la Santa Hermandad, que en cuanto tuviesen noticia de los hechos ocurridos con los galeotes saldrían en su busca, por haber sido cómplices en su motín:

“Subió don Quijote sin replicarle más palabra, y guiando Sancho sobre su asno se entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba, llevando Sancho intención de atravesarla toda e ir a salir al Viso o a Almodóvar del Campo y esconderse algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados si la Hermandad los buscase…” (I, 23)

Don Quijote ya iba especulando en las muchas aventuras que por esos parajes inhóspitos les iban a ocurrir. Sancho, en cambio, sintiéndose ya seguro,  comía tranquilamente de los restos de la despensa que había requisado a los encamisados, la noche anterior. La aventura de los galeotes había terminado pasadas las diez de la mañana, como aseguraba Ginés de Pasamonte cuando en su negativa a ir a El Toboso, como le había pedido don Quijote, le dice que “ponernos en camino del Toboso, es pensar que es ahora de noche, que aún no son las diez del día, y es pedir a nosotros eso como pedir peras al olmo”. Es ya mediodía, hora de comer, para Sancho Panza:

” Así como don Quijote entró por aquellas montañas se le alegró el corazón, pareciéndole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba…

Reducíansele a la memoria los maravillosos acaecimientos que en semejantes soledades y asperezas habían sucedido a caballeros andantes. Iba pensando en estas cosas, tan embebecido y trasportado en ellas, que de ninguna otra se acordaba. Ni Sancho llevaba otro cuidado, después que le pareció que caminaba por parte segura, sino de satisfacer su estómago con los relieves que del despojo clerical habían quedado, y así, iba tras su amo sentado a la mujeriega sobre su jumento, sacando de un costal y embaulando en su panza, y no se le diera por hallar otra aventura, entretanto que iba de aquella manera, un ardite” (I, 23)

Hasta ahora, esta parte del Quijote, enmarcada en medio de Sierra Morena, sin un camino o senda de referencia, solo se ha considerado como un simple recurso literario de Cervantes. Sin embargo, tomando como referencia evidente el punto del Camino de la Plata, junto al Arroyo del Robledillo, lugar donde se encuentran con los galeotes y desde el que se adentran en la sierra, las descripciones del relieve y la distancia recorrida hasta donde don Quijote decide hacer su particular penitencia, tres cuartos de legua, unos cuatro kilómetros y medio, hace posible situar el paraje de esta parte de Sierra Morena donde don Quijote se quedará solo, mientras Sancho Panza vuelve de llevar la carta a Dulcinea. Nunca sabremos si llegó a ver realmente Cervantes este lugar o simplemente fue la descripción de la historia de Cardenio, que escuchó contar a cualquier pastor del Valle de Alcudia.

El narrador nos cuantifica la distancia que hay que andar entre el camino y el lugar de penitencia, cuando Sancho, acompañado por Dorotea y el barbero, los dos disfrazados, vuelve de nuevo hacia ese lugar donde se encontraba don Quijote, con el cura y Cardenio siguiéndolos de largo, para no ser descubiertos:

“Tres cuartos de legua habrían andado cuando descubrieron a don Quijote entre unas intricadas peñas, ya vestido, aunque no armado, y así como Dorotea le vio y fue informada de Sancho que aquél era don Quijote, dio del azote a su palafrén, siguiéndole el bien barbado barbero” (I, 29)

Convencido don Quijote, por las dotes teatrales de Dorotea, de terminar con su penitencia y ponerse al servicio de la princesa Micomicona, manda a Sancho que lo vista con sus armas y vuelven todos hacia el camino. El cura y Cardenio ya disfrazados, para no ser reconocidos por don Quijote, habían llegado poco antes que ellos al camino, donde los esperaban:

“Hecho esto, puesto ya que los otros habían pasado adelante en tanto que ellos se disfrazaron, con facilidad salieron al camino real antes que ellos, porque las malezas y malos pasos de aquellos lugares no concedían que anduviesen tanto los de a caballo como los de a pie” (I, 29)

La imagen que dibuja el narrador del paraje elegido por don Quijote  para hacer su particular penitencia caballeresca, tiene unas descripciones del relieve muy singulares, una montaña que sobresale de otras que están a su alrededor y un arroyo:

“Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña, que, casi como peñón tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corría por su falda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde y vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban. Había por allí muchos árboles silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el lugar apacible. Este sitio escogió el Caballero de la Triste Figura para hacer su penitencia; y así, en viéndole, comenzó a decir en voz alta, como si estuviera sin juicio:

-Éste es el lugar, ¡oh cielos!, que diputo y escojo para llorar la desventura en que vosotros mesmos me habéis puesto. Éste es el sitio donde el humor de mis ojos acrecentará las aguas deste pequeño arroyo, y mis continos y profundos sospiros moverán a la contina las hojas destos montaraces árboles, en testimonio y señal de la pena que mi asendereado corazón padece” (I, 25)

En el mapa del Instituto Geográfico Nacional MTN-0860-2002-Fuencaliente, marcamos el lugar del Camino de la Plata, junto al Arroyo del Robledillo, con la referencia de una distancia de tres cuartos de legua, cuatro kilómetros y medio. Con la descripción de encontrarse don Quijote delante de una alta montaña “entre otras muchas que la rodeaban” con un arroyo en su falda, no cabe duda alguna que el lugar de penitencia elegido por el Caballero de la Triste Figura se encuentra en mitad de La Garganta. La montaña alta es el pico de Peñarrodrigo, actual Morra de Peña Rodrigo (1287 m), situada al final de una singular formación montañosa en forma de garganta cerrada, con alturas superiores a los 1000 m. El arroyo que discurre por el valle que forman las faldas de estas sierras de La Garganta y del Nacedero, el Arroyo de La Garganta, no hace sino confirmar que la  descripción topográfica de esta zona  corresponde exactamente con la que en el Quijote describe Cervantes.

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Antes de llegar a este punto de penitencia, don Quijote se encuentra una maleta de viaje, con unas camisas, algo de dinero y un libro de notas. Al leer los versos y cartas de este librito conjetura que el propietario de esa maleta era un hombre desengañado por los amores de una mujer. Continuando entre la sierra, por donde Rocinante podía caminar,  ven a un hombre delante de ellos en la cima de una pequeña montaña, calificada como montañuela, que iba saltando de risco en risco y de mata en mata, con estraña ligereza. Acaban de descubrir a Cardenio, al que intentan seguir sin conseguirlo, por lo espeso de la vegetación de aquella zona. Don Quijote trata de que Sancho le ayude a encontrar a ese hombre, rodeando cada uno por un lado aquella serrezuela. Sancho, por miedo a ir solo, se niega, siguiendo juntos el mismo camino:

 “Y así, picó a Rocinante, y siguióle Sancho con su acostumbrado jumento; y,  habiendo rodeado parte de la montaña, hallaron en un arroyo, caída, muerta y medio comida de perros y picada de grajos, una mula ensillada y enfrenada; todo lo cual confirmó en ellos más la sospecha de que aquel que huía era el dueño de la mula y del cojín.

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Estándola mirando, oyeron un silbo como de pastor que guardaba ganado, y a deshora, a su siniestra mano, parecieron una buena cantidad de cabras, y tras ellas, por cima de la montaña, pareció el cabrero que las guardaba, que era un hombre anciano. Diole voces don Quijote y rogóle que bajase donde estaban. Él respondió a gritos que quién les había traído por aquel lugar, pocas o ningunas veces pisado sino de pies de cabras o de lobos y otras fieras que por allí andaban. Respondióle Sancho que bajase, que de todo le darían buena cuenta.” (I, 23)

Determinar este lugar, donde se encuentran con la mula muerta y el cabrero, partiendo desde el punto del Camino de la Plata y con la referencia en la dirección hacia el interior de La Garganta, ya no es nada complicado. Siguiendo la narración y con el mismo mapa MTN-0860-2002-Fuencaliente, antes de entrar en el valle de La Garganta hay una pequeña montañuela que compone la serrezuela de Las Lastrillas. Si comenzamos a rodearla en el sentido opuesto a las agujas del reloj nos encontramos con un arroyo que nace en el interior de La Garganta.

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Llegando el cabrero hasta donde ellos estaban, junto al arroyo, hablan de esa mula muerta, la maleta que habían visto poco antes y del propietario de todo aquello, que es el mismo joven que poco antes don Quijote y Sancho habían visto. Todo esto lo confirma el cabrero, que les cuenta  como hacía más de seis meses que su grupo de pastores lo habían conocido y de las veces que les había pedido comida por caridad, y otras veces les había atacado para quitársela a la fuerza. El anciano cabrero también les cuenta que ya habían decidido en salir en su busca y llevarle a Almodóvar del Campo para curarle de sus males y saber de su familia. Y es, en este momento preciso de la narración donde Cervantes nos deja la distancia que desde este lugar de la sierra, donde se encuentran con la mula muerta y el cabrero, hay hasta Almodóvar del Campo, ocho leguas:

“Y en verdad os digo, señores —prosiguió el cabrero—, que ayer determinamos yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos míos, de buscarle hasta tanto que le hallemos, y, después de hallado, ya por fuerza, ya por grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quién es cuando esté en su seso, y si tiene parientes a quien dar noticia de su desgracia.”(I, 23)

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Este lugar marcado en el mapa junto al arroyo, siguiendo la traza aproximada por donde fueron don Quijote y Sancho, sin caminos ni sendas, hasta el pie de la montañuela y rodeándola llegar hasta al arroyo, donde el narrador sitúa a la mula muerta, se encuentra a una distancia aproximada de 2,5 km del Camino de la Plata, una media legua de camino.

El Arroyo del Navarrillo, donde se encuentra el batán que tanto miedo causó a don Quijote y especialmente a Sancho, vierte sus aguas en el Arroyo de la Ribera, conocido en tiempos de Cervantes como Río Muelas, donde se encontraban los molinos y batanes del término de Almodóvar del Campo, como así contestan en las Relaciones Topográficas de Felipe II a la pregunta veintidós:

“Como quiera que según dicho es en este nuestro término no haya ríos algunos caudalosos no aceñas en todo él más que un río pequeño que llaman el río de Muelas hay algunos molinos y batanes de vecinos de Pedroches y Torre Campo lugares de la ciudad de Córdoba en cuya jurisdicción confina la de esta villa de la cual el dicho río de Muelas dista siete leguas poco más o menos”

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Desde este río, o arroyo actual, hasta el punto del Camino de la Plata,  desde el que don Quijote acepta seguir el consejo de Sancho de adentrarse en la sierra hay unos tres kilómetros, media legua de camino.

Si a las siete leguas poco más o menos que está Almodóvar del Campo del Arroyo de la Ribera, le sumamos la media legua de camino que hay hasta que se encuentran con los galeotes, y la media legua  por medio de la sierra, hasta llegar, rodeando la montañuela, al arroyo donde se encuentran con la mula muerta y el cabrero, obtenemos una distancia de ocho leguas de camino. Exactamente la distancia que estima el cabrero que hay entre ese paraje de la sierra en el que están y Almodóvar del Campo: “le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas”

Solo nos queda ahora dejar el paraje de la mula muerta y continuar adentrándonos en La Garganta. Con la inestimable ayuda y conocimiento del terreno de José María, me adentro en el interior de esta extraña formación montañosa. El camino, junto al arroyo, discurre entre un espeso bosque de robles canarios, alcornoques, castaños y enebros, algunos mucho más que centenarios, que casi no dejan de ver los puntos más altos de las montañas. A unos dos kilómetros del paraje de la mula muerta, pasado el pequeño embalse que abastecía de agua desde principios del siglo XX al antiguo ferrocarril de la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya, llegamos donde don Quijote decidió quedarse solo, desarmado, haciendo penitencia. Es increíble la similitud de la narración con el lugar, donde estamos rodeados de montañas, junto a un apacible arroyo.

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Junto al arroyo puedo entrever, entre lo espeso del bosque, las cimas de algunos de estos picos y leo: “Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña, que, casi como peñón tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corría por su falda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde y vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban”

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No sabremos nunca si el propio Miguel de Cervantes estuvo aquí mismo,  y la imagen de este paisaje la guardó en su mente y nos la regaló en la historia de don Quijote, o este fondo de saco montañoso era un paraje tan conocido en aquella época, como refugio o guarida de ladrones y bandidos del camino, que cualquier cuadrillero de la Santa Hermandad, o un pastor de cabras, pudo describírsela perfectamente  durante las horas de descanso en la venta. Quién sí estuvo, en la ficción, fue don Quijote y su espíritu sigue aquí, sentado sobre esta singular peña.

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En el plano anterior está representado el lugar del camino real, junto al arroyo, desde donde don Quijote y Sancho se adentran hacia la sierra (1), la zona donde se produce el hallazgo de la mula muerta de Cardenio y el cabrero (2) y el lugar de la penitencia de don Quijote (3).

La distancia entre el lugar donde se encuentran con la mula muerta y el cabrero, en la ficción de la historia de don Quijote, coincide exactamente con la distancia que hay entre este paraje real, a la entrada de La Garganta, hasta Almodóvar del Campo, ocho leguas. Ahora, Cervantes, nos deja otra distancia, desde el lugar de penitencia, que es necesario comprobar para evidenciar que estamos en el mismo paraje donde el autor llevó a nuestros vecinos manchegos: la distancia que hay desde aquí hasta El Toboso.

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Don Quijote ha decidido quedarse en este lugar haciendo su particular  penitencia, y algunas locuras, hasta que Sancho Panza regrese de llevar una carta a El Toboso y volviendo con la respuesta de Dulcinea:

“Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas con la respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea” (I, 25).

Hagamos el mismo recorrido que Sancho tendría que hacer hasta llegar a El Toboso. Aunque sabemos que no cumple su misión, pues una vez que se despide de don Quijote, sube sobre Rocinante y sale al camino llegando a la venta del manteo, de mal recuerdo para Sancho, donde es reconocido por el cura y el barbero que allí estaban en busca de sus vecinos. Estos le persuaden de volver de nuevo al lugar de penitencia y tratar de convencer a don Quijote de que regrese a su casa. Sancho guía al cura y al barbero, por el mismo camino, hasta el paraje desde donde debe adentrarse en la sierra, quedándose el cura y el barbero esperando en el arroyo que hay junto al camino. Sancho, siguiendo las retamas, que como marcas había dejado en su salida, llega al lugar donde estaba su amo. Don Quijote, sorprendido, al verle tan pronto de vuelta del viaje, y que Sancho le aseguraba haber hecho, le dice:

¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y veniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venir desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá más de treinta leguas…” (I, 31)

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Las distancias parciales que habría recorrido Sancho sobre Rocinante, desde el lugar de la penitencia, donde quedó don Quijote hasta El Toboso son:

-Lugar de penitencia a la mula muerta: un cuarto de legua.

-Lugar de la mula muerta a Almodóvar del Campo, ocho leguas.

-Almodóvar del Campo a Caracuel: tres leguas, “… que es una villa pequeña de esta jurisdicción a tres leguas, que hoy se llama Caracuel”, (Relaciones Topográficas de Almodóvar del Campo)

-Caracuel a Ciudad Real: tres leguas  según el “Reportorio de todos los caminos de España” de Juan de Villuga.

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-Ciudad Real a Villarrubia de los Ojos: seis leguas, “… que el primer pueblo que hay derecho al poniente desde esta villa es Ciudad Real, que yendo por el camino derecho desde esta villa a Ciudad Real hay seis leguas…” (Relaciones Topográficas de Villarrubia de los Ojos)

-Villarrubia de los Ojos a Herencia: cuatro leguas, “… al poniente de esta villa está un pueblo que se dice Villarrubia, cuatro leguas de esta villa de las ordinarias…” (Relaciones Topográficas de Herencia)

-Herencia a Alcázar de San Juan: dos leguas, “… que desde esta villa está hacia la parte donde sale el sol la villa de Alcázar dos leguas ordinarias camino derecho” (Relaciones Topográficas de Herencia)

-Alcázar de San Juan a El Toboso: cuatro leguas, antiguo camino de Alcázar a El Toboso.

Haciendo la suma total, entre el lugar de penitencia de don Quijote hasta El Toboso, siguiendo los mismos caminos que habría seguido Sancho, obtenemos una distancia de treinta leguas y cuarto, coincidiendo con lo calculado por don Quijote, “habiendo de aquí allá más de treinta leguas”.

Esta parte de Sierra Morena, sin sendas ni caminos en tiempos de Cervantes, está hoy en medio de la finca de La Garganta, desconocedora, hasta hoy, que es la guardiana del espíritu de don Quijote. Es imposible para mí describir la sensación vivida aquí, en el paraje de la penitencia, junto al arroyo, en el que las montañas casi te acunan como una madre. Ahora entiendo por qué decidió quedarse aquí don Quijote, y espero que así siga varios siglos más.

Salimos, José María y yo, a lo llano de la sierra. Hemos sido las primeras personas que conscientemente hemos estado en este lugar quijotesco. Ya he terminado mi trabajo, es verano, hoy es diez de Agosto, festividad de San Lorenzo, y a la memoria me viene la fecha en la que don Quijote firmó la carta a su sobrina, a la vuelta de la hoja en la que había escrito la carta a su Dulcinea, para que le diese tres borricos a Sancho, a cuenta de sus servicios hasta ese momento: “Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a veinte y dos de agosto deste presente año”.

                                               Luis Miguel Román Alhambra

 

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