La imagen de la Mancha

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“Quiero echar la llave, en la capital geográfica de la Mancha, a mis correrías. ¿Habrá otro pueblo, aparte éste, más castizo, más manchego, más típico, donde más íntimamente se comprenda la alucinación de estas campiñas rasas, el vivir doloroso y resignado de estos buenos labriegos, la monotonía, la desesperación de las horas que pasan y pasan lentas, eternas, en un ambiente de tristeza, de soledad y de inacción? Así comenzaba su último artículo Azorín, publicado en El Imparcial, el 23 de marzo de 1905. Así terminaba La Ruta de Don Quijote, en Alcázar de San Juan.

Este año de 2017 se conmemora el cincuenta aniversario de la muerte de José Martínez Ruiz, conocido por su seudónimo Azorín. De Madrid vino a la Mancha, en un frío mes de marzo de 1905, para tratar de sentir el espíritu de don Quijote por los caminos y parajes de su patria, y que dejó inmortalizado en quince artículos  en el periódico El Imparcial, y que más tarde dieron lugar, todos juntos, a La Ruta de Don Quijote.

La imagen del paisaje es subjetiva para cada observador. Por nuestra retina vemos la misma imagen, pero no miramos lo mismo. Incluso un observador percibe imágenes de un mismo paisaje que le pueden resultar distintas según el día o la época que lo ha hecho, o incluso haber pasado desapercibida aquella imagen para él,  cuando ese paisaje lleva allí siempre.

Recuerdo el primer día que subí al Cerro de San Antón, de Alcázar de San Juan. Por la festividad de San Marcos, el 25 de Abril, se solía dar la tarde de escuela libre para hacer una merienda en el campo. Y allí, “al cerro”, que nos encaminamos un pequeño grupo de compañeros de la escuela, ya con diez años. Cuando llegué andando, a su cima, me pareció estar viendo un mundo desconocido, que jamás hasta ese día había visto. Di varias vueltas al molino de viento que lo corona, rozando mi mano a su pared encalada, y vi por primera vez la Mancha en toda su dimensión. Esto mismo ya le había pasado al poeta francés Jean Cocteau, cuando subió al Cerro Calderico, en Consuegra, y exclamó: “¡¡Por fin he visto el planeta!!”.

Aquella imagen la he seguido percibiendo durante toda mi vida. No es difícil verme allí a primera hora de los sábados o de los  domingos, en cualquier época del año, sentado unos minutos junto a la puerta del molino de viento. Me gusta la Mancha, mi tierra.

Gregorio Prieto, pintor manchego, de Valdepeñas, escribió: “Si Don Quijote se apellida de la Mancha, es porque la Mancha fue la fiel compañera inseparable de sus fantásticas locuras y filosóficos principios”. Desde aquí se entiende por qué Cervantes eligió esta tierra, llena de locos tan cuerdos, como Alonso, el Bueno.

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Y hasta aquí traigo a mis amigos cuando me visitan. Todos quieren ver la Mancha de don Quijote y antes de comenzar la ruta hacia El Toboso, Campo de Criptana, Puerto Lápice  o Argamasilla de Alba, les subo al Cerro de San Antón, y todos quedan mudos durante unos segundos mientras dan la vuelta al molino o giran sobre sí mismos, mirando incrédulos los 360º de horizonte manchego, la inmensa llanura manchega. ¡Ya empiezan a sentir la tierra de don Quijote!, sin preámbulos.

Según la época del año que es, les interpreto los colores que verían en cualquier otra época. Lo que hoy es ocre, dentro de dos meses será verde y seis meses después será amarillo… Y si la visita es en una noche de verano y esta es clara, después de que los ojos se han acostumbrado a la oscuridad, veremos miles de estrellas en el cielo y en el suelo. Sí, en el suelo. Cientos de luces de casitas en el campo nos parecerán estrellas a nuestros pies. ¡Increíble!

Hace unos años, en 2013, me propuse guardar la imagen de la Mancha desde esta atalaya privilegiada. El primer domingo de cada mes me planteé subir y hacer una fotografía hacia el mismo punto del horizonte. El resultado son las doce imágenes de la Mancha que aquí os dejo:

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Por una casualidad, ¡bendita casualidad!, hace unos días subí a otro pequeño cerro de esta solemne llanura manchega y volví a experimentar la misma sensación que hace más de cuarenta años sentí en el Cerro de San Antón. Es un cerro más bajo, de solo veinticinco metros de desnivel, pero la imagen del paisaje manchego es impresionante, muy distinta, más cerealista, y está muy cerca del “camino al Toboso”, el camino que don Quijote y Sancho llevaban en su tercera salida de su pueblo.

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Y vuelvo a plantearme la misma aventura, fotografiar la Mancha de don Quijote desde este pequeño cerro, conocido y usado de antiguo por su situación estratégica defensiva  por celtíberos, romanos y árabes que estuvieron en esta misma zona, muy cerca del lugar de don Quijote.

Serán otras doce imágenes distintas de un mismo paisaje que encantó a Cervantes y a cuantos vienen buscando, entre hadas y fantasmas, el espíritu del Caballero de la Triste Figura. Espero que os guste esta nueva aventura que hoy comienzo. A principios de cada mes, la misma imagen que yo perciba desde este altozano, la veréis vosotros también desde cualquier lugar del mundo. Vale.

                                     Luis Miguel Román Alhambra

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