LA IMAGEN DE LA MANCHA. FEBRERO

¡En febrero volveré al Montón de Trigo, seguro! Así terminaba mi artículo anterior y de nuevo la nieve casi me lo impide. Pero esta vez la imagen de la Mancha nevada, desde este singular altillo manchego, tenía que guardarla en mi retina y en las de todos los  que visitáis este blog.

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Las previsiones meteorológicas se han cumplido y ha nevado en toda la Mancha. Al amanecer miro por la ventana y ya está todo cubierto del manto blanco tan ansiado por los niños, y por los no tan niños. Es muy temprano y decido ir al Montón de Trigo cuando pasen unas horas, y así poder encontrarme el camino de tierra en mejores condiciones.

En Alcázar de San Juan el espíritu cervantino se encuentra en muchas de sus calles y plazas. El autor y sus personajes están entre nosotros, y decido ir andando a ver su singular imagen hoy.

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Llego al atrio de la iglesia de Santa María y, como no puede ser de otra manera, me viene a la cabeza que en 1748, en esta misma iglesia, se encontró la partida de bautismo de un niño que era cristianado un frío día de noviembre de 1558. Sus padres,  Catalina López y Blas Cervantes Saavedra, le pusieron Miguel de nombre.

Cinco años más tarde de este hallazgo cervantino, se encontró otra partida de bautismo en Alcalá de Henares, también de otro niño cuyos padres, Leonor de Cortinas y Rodrigo Cervantes, le pusieron de nombre Miguel. Los documentos aparecidos posteriormente en distintos archivos españoles, especialmente sobre su rescate en Argel por los trinitarios,decantaron definitivamente el lugar de nacimiento del autor del Quijote en Alcalá de Henares. Pero los alcazareños creemos desde entonces que fue nuestro vecino Miguel el que escribió: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

Dos Cervantes bautizados con el nombre de Miguel, con once años de diferencia de edad entre ellos, y dos Migueles de Cervantes heridos en la batalla naval de Lepanto. Sin duda alguna se conocieron en el hospital militar de Mesina, en Sicilia, cuando recibían algo de dinero por orden de don Juan de Austria mientras sus heridas sanaban. ¡Cuánta coincidencia! Uno de esos  dos Migueles heridos fue el que firmó el Quijote, pero ¿quién era el otro Miguel? Miro el perfil de este Miguel, cubierto de una fina capa de nieve, y me parece que esboza una ligera sonrisa cómplice… ¡quizás a él también le gusta la nieve que hoy cubre su Alcázar!

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No tardarán en salir, hoy mismo, quien me recuerde que mi vecino Miguel no pudo estar en Lepanto y ser uno de esos dos Migueles heridos en el hospital de Mesina, asegurando que el mozo alcazareño solo tendría trece años de edad en aquel octubre de 1571. Yo solo les recomiendo antes que abran el Quijote por el capítulo LI de la primera parte y lean lo que un cabrero allí cuenta:  “En esta sazón vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un pobre labrador del mismo lugar, el cual Vicente venía de las Italias y de otras diversas partes de ser soldado. Llevole de nuestro lugar, siendo muchacho de hasta doce años, un capitán que con su compañía por allí acertó a pasar, y volvió el mozo de allí a otros doce vestido a la soldadesca…”  Bueno, será otra contradicción del autor o error del impresor, como siempre justifican algunos.

Dejo al autor y voy a ver a sus personajes. Están, desde la década de los años setenta del pasado siglo XX, ocupando un sitio preferente en la Plaza de España, frente al ayuntamiento. Vistos, tocados y fotografiados por sus vecinos y visitantes, también tienen hoy esa bonita pátina blanca sobre ellos.

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Lo que no me cabe ninguna duda es que sus personajes sí eran vecinos de Alcázar de San Juan. Don Quijote y Sancho salieron desde aquí por los caminos de la Mancha en busca de las aventuras. Personajes y aventuras de ficción que genialmente sitúa Cervantes en una geografía real, la que él mismo y sus lectores coetáneos conocían, así de sencillo es el cuento cervantino.

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Y hacia los molinos de viento se dirigieron desde su pueblo en medio de una noche de verano. Y se encontraron con los molinos de Campo de Criptana, los mismos a los que hace un mes también me encontré en una fría mañana de enero. Alcázar de San Juan en tiempos de Cervantes no tenía molinos de viento, como el lugar de don Quijote descrito en la novela, por encontrase en los dominios de la Orden de San Juan y no contar estos artilugios con la autorización de su Prior para su construcción. Desde principios del siglo XVIII ya contamos sobre el Cerro de San Antón con estos ingenios, y hacia ellos me dirijo con la intención de hacer una fotografía del inmenso paisaje manchego que desde la cresta del cerro se divisa. La nubosidad me lo impide, pero no de acercarme hasta estos gigantes, hoy difuminados pero tan impresionantes como siempre.

¡Volveré el mes que viene a Montón de Trigo, será ya marzo! 

 

Luis Miguel Román Alhambra

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