LA IMAGEN DE LA MANCHA, AGOSTO

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Hemos pasado el ecuador del mes de agosto, todavía verano en la Mancha. Hoy la imagen que veo desde Montón de Trigo poco difiere a la que vi el mes pasado. Quizá todo aún más seco. A lo lejos veo a un ciclista sobre la antigua plataforma ferroviaria que debió de unir Alcázar de San Juan y Quintanar de la Orden, y que hoy la conocemos como la Vía del Hambre. Se realizaron los terraplenes, trincheras y puentes, pero nunca tuvo la piedra, el balasto ferroviario. Piedra sobre la que las brigadas de construcción alinearían las traviesas de madera de roble creosotadas y atornillarían firmemente, en ellas, los carriles con tirafondos. Antes, especialistas con las azuelas cajeaban las traviesas, dando con milimétrica precisión la inclinación que debía de tener el carril. Todo para unir Quintanar de la Orden con el gran nudo ferroviario de Alcázar de San Juan. Pero solo quedó terminada la plataforma.

A Quintanar fue Sansón Carrasco a comprar unos buenos perros pastores para regalárselos a don Quijote: “… y que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado, el uno llamado Barcino, y el otro Butrón, que se los había vendido un ganadero del Quintanar”. Alcázar de San Juan, el lugar de don Quijote, y Quintanar de la Orden, de donde también era el cruel ganadero Juan Haldudo, ya quedaron unidas por la pluma de Cervantes, mucho antes que el tren lo intentase, o este ciclista lo haga hoy.

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Al poco tiempo, el ciclista se pierde de mi vista. Sigo contemplando este paisaje desde mi altozano. Al fondo veo la Laguna del Salicor, y rozando con el horizonte diviso la localidad manchega de Quero, ya en la provincia de Toledo. Todo está muy seco y la laguna también. De formación endorreica solo tiene agua unos pocos meses al año, cuando las lluvias de invierno y primavera se escurren hasta su fondo. Decido ir a pisar su suelo, como hicieron los romanos muchos siglos antes para recoger la preciada sal de este humedal hipersalino. Alces, la antigua villa romana está localizada por estos entornos. Los varios centímetros de sal que se acumula en su superficie quizá fueron decisivos en la decisión de fundar un asentamiento, una ciudad romana, la antigua Alces.

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Dejo mi vehículo a unos doscientos metros del borde de la laguna, su aspecto es lunar. Desciendo a su fondo y cada paso que doy es como si pisase en una alfombra increíblemente suave y blanda. Pellizco el suelo y lo chupo, es salado. Y ante mí un milagro de la vida, de la naturaleza, una planta que encuentra el agua debajo de la sal, el salicor. Aquí se registran temperaturas de más de + 40º C en verano y de – 10º C en invierno, más de 50º de amplitud térmica anual, con una concentración de sal muy alta, y ¡hay vida! Merece la pena llegar hasta aquí, no hay nadie, solo escucho al aire, algún pájaro a lo lejos, mi respiración y mis tripas.

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Dejo este increíble lugar para bordear la laguna y  encontrarme con más vida. Ahora es un sisón, una hembra de sisón. Sabe que no soy su depredador y me deja de acercarme lo suficiente como para hacerle esta foto. Y para que compruebe por qué se llama así emprende el vuelo, dejando en mis oídos ese silbido o siseo de sus grandes alas, tan singular, y del que toma nombre.

Estamos al final del verano en la Mancha. Por aquí decimos que ya “en agosto, frío al rostro”, y la mañana es fresca. Tengo que continuar un poco el camino, la Senda de los Canteros, para llegar a contemplar más vida vegetal. Vida cuidada por el agricultor para crear uno de los productos, junto al queso, más conocidos de la Mancha en el mundo, el vino. Llego a un viñedo de uvas tempranillo, a las que les falta madurar un poco más. La primavera ha sido muy lluviosa, el verano atípicamente más fresco, han hecho que la vendimia se retrase unas semanas este año. Me llevo una uva a la boca, algo ácida aún, pero de un sabor intenso, como el vino que saldrá de estos apretados racimos tempranillo de las bodegas de este inmenso viñedo manchego.

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Vuelvo a casa, pero junto al camino hay un montón de piedras calizas de gran tamaño, que los agricultores retiran de sus tierras. Tengo la sensación de que desde su cresta podré ver mejor esta viña de uva tinta.

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Y lo que me encuentro es con un nuevo paisaje de mi tierra, de la Mancha, y sus contrastes. Continúo camino a Alcázar de San Juan, el lugar de don Quijote y Sancho, y el mío. Los usos del suelo han cambiado el paisaje que pudo conocer Cervantes, pero quizá esta tierra tan sencilla,  pero llena de contrastes, le hizo pensar en ella como patria de sus dos personajes. Sobre un plano inmenso de tierra, una línea divide sus dos personalidades, tan distintas, pero tan arraigadas una a la otra, como sus dos personajes principales, Alonso y Sancho, como la vida de cualquier ser humano.

En septiembre, volveré. Será mi última imagen desde esta atalaya, desde Montón de Trigo.

 

                                  Luis Miguel Román Alhambra

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