ORIGEN Y FINAL DE LOS CAMINOS DEL QUIJOTE

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Estatua de don Quijote y Rocinante en Alcázar de San Juan, origen de los caminos

         En los artículos anteriores delimité los espacios geográficos del Quijote: la inmensa Mancha con su “antiguo” Campo de Montiel, y la comarca, el hábitat cercano, de don Quijote y Sancho Panza. Dentro de la comarca cervantina, con bordes definidos por sus topónimos, se encuentra, evidentemente, el lugar de Alonso Quijana y Sancho Panza, origen y final de sus aventuras. ¿Qué motivó a Cervantes a no querer nombrarlo? Posiblemente nunca tengamos la respuesta, aunque en su tiempo sus lectores, y más sus lectores viajeros, por los detalles que de él deja en el texto, quizá intuían ya su nombre.

Una consideración es objetiva, aunque lo conocía tuvo la intención precisa de no ponerlo, ni al principio de la primera parte  como tampoco en el final de la segunda parte del Quijote, diez años después. Es fácil pensar que el párrafo de la segunda parte viniera tras las afirmaciones o preguntas que le hacían sobre la cuna de don Quijote, y de esta manera quiso aumentar la incertidumbre en sus lectores, que ha llegado hasta nuestros días.

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Portada del Quijote de Avellaneda

Tampoco hay que olvidar que un año antes de que saliera de la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta la segunda parte del Quijote, de la imprenta tarraconense de Felipe Roberto veía la luz el Segundo tomo del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesto por Alonso Fernández de Avellaneda. En su portada,  Avellaneda, sí decía de dónde es natural su caballero: de la noble villa del Argamesilla, patria feliz del hidalgo Cavallero Don Quixote de la Mancha. Si Avellaneda daba nombre al lugar de su caballero, también es posible pensar que Cervantes, con su fina ironía dejase  “que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo”. ¡En Cervantes, y en su Quijote, todo es posible!:

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.” (1, 1)

“Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.” (2, 74)

Hay quienes sostienen que el comienzo de la novela es un simple recurso literario, incluso un plagio casi literal de autores anteriores. Sin embargo, cuando un lugar no tiene trascendencia en su novela, Cervantes, sencillamente dice que no se acuerda de su nombre,  en el mejor de los casos. En el Persiles, su mejor obra según él mismo, quiere nombrar, y lo nombra, específicamente el lugar de Antonio: Quintanar de la Orden. Conoce esta villa manchega y también a sus familias más importantes, una de ellas los Villaseñores:

“¿Por ventura, señor —replicó Antonio—, este lugar no se llama el Quintanar de la Orden, y en él no viven un apellido de unos hidalgos que se llaman Villaseñores? Dígolo porque he conocido yo un tal Villaseñor, bien lejos desta tierra, que si él estuviera en ésta, no nos faltara posada a mí ni a mis camaradas.” (3, 9)

Pasados unos días en Quintanar, el grupo de peregrinos continúa su viaje a Roma llegando a un lugar al que no nombra, no porque no quiera, sino porque no se acuerda:

“El hermoso escuadrón de los peregrinos, prosiguiendo su viaje, llegó a un lugar, no muy pequeño ni muy grande, de cuyo nombre no me acuerdo, y en mitad de la plaza dél, por quien forzosamente habían de pasar.” (3, 10)

Parece algo contradictorio que un autor, al que se le presume de gran memoria, no recuerde un lugar manchego cercano a Quintanar, tan conocido por él. No muestra intención de no querer acordarse, a propósito, como ocurre con el lugar de don Quijote, sencillamente no se acuerda.

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Comarca manchega de don Quijote y camino de Toledo a Murcia por ella Dibujada en el Mapa Autonómico de Castilla-La Mancha 2011. IGN

La comarca de don Quijote es muy amplia, recogiendo los términos y lugares poblados de: Corral de Almaguer, El Romeral, Tembleque, Lillo, Turleque, Villacañas, Villa de Don Fadrique, Puebla de Almoradiel, Quintanar de la Orden, Villanueva de Alcardete, Los Hinojosos, Quero, Miguel Esteban, El Toboso, Consuegra, Urda, Madridejos, Camuñas, Villafranca de los Caballeros, Alcázar de San Juan, Campo de Criptana, Pedro Muñoz, Mota del Cuervo, Santa María de los Llanos, Las Mesas, Herencia, Cervera, Socuéllamos, Villarrubia de los Ojos, Arenas de San Juan, Villarta de San Juan, Argamasilla de Alba y Tomelloso.

Lo que es razonable pensar es que de entre todos estos lugares que están en la comarca de don Quijote, más de treinta, los que precisamente están nombrados en la novela no pueden ser el lugar de los protagonistas, por expreso deseo del autor de no “querer” acordarse de su nombre: Tembleque, Quintanar, la venta de Puerto Lápice, hoy localidad,  Argamasilla de Alba y El Toboso, que además de ser nombrado en múltiples ocasiones es el cercano  lugar de Dulcinea.

El camino de Toledo a Murcia, con sus variantes o ramales, que atraviesa de oeste a este esta comarca, es fundamental en la imagen de la comarca cervantina, porque conecta el lugar de don Quijote con otros nodos físicos y humanos, mediante acontecimientos o aventuras en su recorrido.  El encuentro de don Quijote de frente en este mismo camino con los “mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia”, de regreso a casa desde la venta, al poco de ser armado caballero, nos determina su situación en la comarca cervantina. Rocinante tiene su cuadra en un lugar atravesado por este antiguo camino real de Toledo a Murcia, y hacia su cuadra se dirige cuando don Quijote le deja elegir el camino poco antes de ser apaleado por un mozo de mulas de los mercaderes toledanos. Un “labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino”, lo reconoce malherido en el camino, le limpia un poco la cara, lo sube como puede sobre su borrico ” y se encaminó hacia su pueblo… en estas y en otras pláticas semejantes llegaron al lugar, a la hora que anochecía”.

La ubicación del lugar de don Quijote en este camino es reconocida después por el cura, amigo y vecino de don Quijote, en el engaño para convencerle a abandonar el lugar de penitencia en Sierra Morena:

         “Así es, dijo el cura, por mitad de mi pueblo hemos de pasar, y de allí tomará vuestra merced la derrota de Cartagena, donde se podrá embarcar con buena ventura…” (1, 24).

El cura, ingeniosamente, hace que el viaje a seguir con la princesa Micomicona, hacia el fabuloso reino de Micomicón, pase por su pueblo. De esta manera, don Quijote,  en su promesa incondicional  de ayudar a la princesa, no pondría trabas a pasar por su pueblo y desde allí  continuar viaje hacia el puerto de Cartagena, en Murcia, por este mismo camino. ¡Solo un lugar de esta comarca cervantina por el que pase el camino de Toledo a Murcia puede ser el origen de las salidas de don Quijote, su pueblo!

De los lugares de la comarca, no nombrados en la novela,  y que están en el camino de Toledo a Murcia son: Turleque, Villacañas, Villa de Don Fadrique, Puebla de Almoradiel, Miguel Esteban, Madridejos, Camuñas, Villafranca de los Caballeros, Alcázar de San Juan, Campo de Criptana, Mota del Cuervo y Las Mesas.

De estos, quizá, el lugar manchego más fotografiado por su imagen vinculada con el texto cervantino es Campo de Criptana. Sus cerros albergaban los más de treinta molinos que Cervantes inmortaliza en su novela, “en esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo”, y que llegaron a ser precisamente documentados en el Catastro de Ensenada, en 1750.

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Respuesta de Campo de Criptana al Catastro de Ensenada (AHN)

Campo de Criptana, aunque no está nombrado en la novela, es el lugar donde se encuentran los molinos de viento contra los que lucha don Quijote al poco de salir de su pueblo, en su segunda salida, ya con Sancho de escudero. Obviamente, tampoco puede ser el lugar de don Quijote, aunque sí muy cercano a él.

Molinos de viento que don Quijote no conocía. En su condición de hidalgo, no trabajaba directamente en ninguna faena y menos en la de ir a los molinos a moler grano o a los batanes a abatanar paños. En el intento de parar a su amo, Sancho, incluso le detalla el funcionamiento de molienda de estos nuevos artilugios en esta parte de la Mancha, compatible con la imagen de grandes gigantes moviendo los brazos, que veía don Quijote:

“Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino” (1, 8)

El lugar de don Quijote no tenía molinos de viento, por eso ni en la lejanía del horizonte los había visto. Pedro Alonso, el vecino que lo recogió malherido en el camino de Toledo a Murcia y lo lleva a casa, “venía de llevar una carga de trigo al molino”. En el caluroso y seco mes de julio manchego solo podía venir de un molino de viento. En esta época del año, los ríos cercanos a este camino, el  Záncara y Gigüela estaban completamente secos, como nos lo detallan las contestaciones de Campo de Criptana en sus Relaciones Topográficas, en 1575:

“A una legua de esta villa pasa un río que se llama Záncara; corre algunos inviernos desde el año de cinco y hasta el de cuarenta y cinco no corrió cosa alguna… y al río Cigüela que es río que corre en invierno” (20, 23)

Campo de Criptana, como Mota del Cuervo, El Toboso y Las Mesas, que en esta comarca cervantina contaban con molinos de viento, quedan descartados para albergar la casa de don Quijote.

El nombre del lugar de don Quijote está en el camino de Toledo a Murcia y cerca de El Toboso, como nos describe el narrador del cuento:

“Y más cuando halló a quien dar nombre de su dama; y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo, había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado (aunque según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello). Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos: y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase, y se encaminase al de Princesa, y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso” (1, 1)

“Sólo Sancho Panza pensaba que cuanto su amo decía era verdad, sabiendo él quién era y habiéndole conocido desde su nacimiento, y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegado jamás a su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso” (1, 13)

Todos los lugares que están en el camino real murciano  pueden ser el lugar de don Quijote, todos están cerca de El Toboso. Solo nos queda seguir los pasos de Rocinante, en la tercera salida de su cuadra “que desde agora en el camino del Toboso comienzan”, esta vez en el camino derecho a El Toboso, por otro camino distinto al murciano desde su cuadra:

“En resolución, en aquellos tres días don Quijote y Sancho se acomodaron de lo que les pareció convenirles; y habiendo aplacado Sancho a su mujer, y don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese sino el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron en camino del Toboso… dio Sansón la vuelta a su lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad del Toboso” (2, 7)

“Díjole don Quijote: Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar y con más escuridad de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso, adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga …

En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le pesó a don Quijote. En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a don Quijote y se le entristecieron a Sancho …

Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la ciudad entrada la noche, y en tanto que la hora se llegaba se quedaron entre unas encinas que cerca del Toboso estaban, y llegado el determinado punto entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan.” (2, 8)

Parece como que nuestros protagonistas caminan y caminan noches y días sin descansar, como los famosos e increíbles caballeros andantes, cuando Cervantes ha escogido por actores dos hombres muy sencillos, muy normales, que caminan, descansan, comen y duermen. Cervantes, cuando quiere hacer caminar por la noche a nuestros protagonistas, para conseguir un objetivo, lo indica explícitamente. Por poner dos ejemplos, uno en mitad de Sierra Morena y otro de regreso a casa desde Barcelona:

“En estas y otras pláticas les tomó la noche en mitad del camino, sin tener ni descubrir donde aquella noche se recogiesen;…Y fue que la noche cerró con alguna escuridad; pero, con todo esto, caminaban, creyendo Sancho que, pues aquel camino era real, a una o dos leguas, de buena razón hallaría en él alguna venta” (1, 19)

“Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse, si no fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó don Quijote contento sobremodo, y esperaba el día por ver si en el camino topaba ya desencantada a Dulcinea su señora…” (2, 72)

Don Quijote y Sancho conocen perfectamente el camino a El Toboso, saben que al paso de Rocinante tardarían toda la noche, “para alcanzar a ver con el día al Toboso”, una jornada de camino.  Don Quijote hace la afirmación y Sancho calla, reconociendo el cálculo de su amo. La noche es oscura, Cervantes no indica que caminaran, por lo que, sencillamente, pasan la noche en algún punto del recién comenzado camino a El Toboso, hablando de mil cosas. La distancia que separa ambos lugares, esa jornada de Rocinante, la hacen durante el día siguiente: “En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran ciudad del Toboso”. Una jornada de Rocinante, de noche o de día. Hay autores que llevan a don Quijote y Sancho, sobre sus caballerías, ¡dos días y medio caminando!, Cervantes no lo hace, sus protagonistas son simples manchegos.

En la época del año en la que ocurre esta tercera salida, primavera,  las noches y los días tienen aproximadamente la misma duración. Rocinante camina media legua a la hora, en esas ocho a diez horas de camino, llegaría desde su cuadra al lugar de Dulcinea, según su amo. En los rectos y suaves caminos de esta comarca cervantina, la distancia que separa el lugar de don Quijote con El Toboso es, por tanto, de unos 24 a 30 kilómetros.

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Lugares de la comarca cervantina a una jornada de El Toboso Dibujo sobre el Mapa Autonómico de Castilla-La Mancha 2011. IGN

Los únicos lugares que están en esta comarca cervantina, que se encuentran atravesados por el camino de Toledo a Murcia, no tienen molinos de viento y se encuentran a una jornada de El Toboso al paso de Rocinante, entre los círculos de 20 y 35 kilómetros marcados en el mapa autonómico de Castilla-La Mancha (IGN) son: Villacañas, La Villa de Don Fadrique, Villafranca de los Caballeros y Alcázar de San Juan. Desde Villacañas y La Villa de Don Fadrique a El Toboso se iría por el mismo camino murciano utilizado en las dos primeras salidas, lo que contrasta con la afirmación del narrador de que en esta tercera salida utilizaban otro distinto, derecho a El Toboso, “que desde agora en el camino del Toboso comienzan”.

Ahora, los molinos de viento de Campo de Criptana son un hito, o mojón cervantino y geográfico, de referencia en la localización del lugar de don Quijote. La distancia que separa el lugar de don Quijote de los molinos de viento de Campo de Criptana es aún más corta que la que separa con el lugar de Dulcinea. Esta famosa aventura sucede al comienzo de la segunda salida de don Quijote de su pueblo. Es en mitad de una noche en el mes de agosto, verano en la Mancha:

“Todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los buscasen… Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban.” (1, 7)

“En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo…”(1, 8)

En esta parte de la Mancha, en verano, sigue siendo costumbre salir a las puertas de las casas después de cenar a intentar refrescarse con las ligeras brisas del aire, si es que se levanta, hasta bien entrada la noche. Esta antiquísima práctica se conoce por aquí como “tomar el fresco”. Don Quijote y Sancho esperan a que sus familias duerman y que ningún vecino esté en la calle, para  así salir de sus casas y comenzar su marcha. La noche de verano es corta, salir en mitad de ella para no ser vistos hace que el tiempo hasta el amanecer no sea más de dos o tres horas. Es a “la hora de la mañana”,  al amanecer, cuando ven los molinos de viento.

“Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje”, por el camino de Toledo a Murcia, y por lo tanto hacia el este, hacia Murcia. Al paso de Rocinante en esas dos o tres horas de camino han recorrido entre una legua de camino y legua y media, de seis a nueve kilómetros.

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Lugares y camino de Toledo a Murcia. Dibujados en el Mapa Autonómico de Castilla-La Mancha. IGN

El centro de Alcázar de San Juan está a 7,4 km del centro de Campo de Criptana, en línea recta. Es el único lugar de la comarca cervantina que está en el camino de Toledo a Murcia, a 28 km por camino derecho a El Toboso, una jornada de Rocinante, y al oeste de Campo de Criptana, entre los seis a nueve kilómetros de sus molinos. Alcázar de San Juan es el lugar de don Quijote, origen y final de las aventuras de don Quijote.

Con este mapa podríamos continuar camino hacia el este, como don Quijote, y al final del día, sin dejar de caminar por el camino murciano, llegar a la antigua Venta de Manjavacas, donde fue armado caballero, como ya afirmé en Mi vecino Alonso en 2010. Y comprobar, de vuelta a casa, por el mismo camino que nos encontramos con un cruce de caminos al poco de salir de la venta. Si dejamos solo a Rocinante seguiremos el “camino a su caballeriza”, para poco después encontrarnos en el paraje donde don Quijote se encuentra de frente con los mercaderes toledanos que iban a Murcia.

Geográficamente está localizado el origen de los pasos de Rocinante. Pero Cervantes nos deja descripciones singulares del lugar de don Quijote que Alcázar de San Juan también cumple con rigor cervantino.

Cervantes califica al lugar de don Quijote de aldea, pueblo o  villa. Covarrubias en su diccionario de 1611 dice que “Lugar significa muchas veces ciudad, o villa, o aldea, y así decimos en mi lugar, en el pueblo donde nací, y fulano no esta en el lugar, no esta en la ciudad”. De la misma manera hace Cervantes con el lugar de Dulcinea, que la nombra desde “aldea” a “gran ciudad del Toboso”, siendo en tiempos de Cervantes una villa: “Es villa desde la era de mil e trescientos y setenta y seis años…”, afirman en sus Relaciones Topográficas, en 1575. Como villa es el título real del lugar de don Quijote, pues sólo una villa podía disponer de “picota”, una columna de piedra ajustada sobre cuatro o cinco gradas también de piedra, que servía para exponer a los condenados por la Justicia. Esto le dice Teresa por carta, cuando Sancho era gobernador de Barataria: “La fuente de la plaza se secó, un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas” (2, 52).

El lugar de don Quijote era una villa, y de importancia. Además de hidalgos, como el mismo Alonso Quijano, contaba esta villa con caballeros, un escalón más en la nobleza. Don Quijote,  durante una  conversación en su casa con su vecino Sancho, le pregunta:

“… y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros?…

-Pues lo primero que digo -dijo-, es que el vulgo tiene a vuestra merced por grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que no conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un trapo atrás y otro delante. Dicen los caballeros que no querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde” (2, 2)

Alcázar de San Juan, era villa desde que, en el año 1292, el rey Sancho IV le concede este título y escudo propio, siendo en tiempos de Cervantes, sede del gobernador y Justicia Mayor del Priorato de San Juan, por tanto con hidalgos y caballeros de distinta condición.

Además del cura, el barbero  y el bachiller, sus amigos, el lugar de don Quijote contaba al menos con médico y escribano. Don Quijote, de regreso de Barcelona, enferma y “llamaron sus amigos al médico, tomóle el pulso, y no le contentó mucho, y dijo que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro” (2, 74). Don Quijote se duerme unas horas y despierta como Alonso Quijano:

“… ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno”, y poco después les dice: “Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento; que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así,  suplico que en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano” (2, 74)

Cervantes nos retrata con palabras una imagen poco usual en esta parte de la Mancha, una fuente en la plaza principal del lugar de don Quijote: “La fuente de la plaza se secó, un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas”.

Para disponer de una fuente en la plaza era necesario que el colector de agua, el pozo de agua dulce, estuviese varios metros por encima del nivel de la plaza y estar canalizado hasta ella. Alcázar de San Juan disponía de varios pozos a extramuros de ella, uno de ellos conocido como Valcargado, desde el que se abastecían los vecinos por medio de cántaros. En 1602, poco antes de la escritura del primer Quijote, el Concejo de Alcázar de San Juan toma esta importante decisión:

           “… Este dicho día, se acordó que atento la gran necesidad que en esta villa hay de agua dulce, y que se acaba cada día la que hay en el pozo de Valcargado, que se envíe por un fontanero y zahorí, que vea el pozo del Vallejo, a donde parece que ay cantidad de agua, por si conviniere descubrirla…”

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Detalle del acuerdo del Concejo el 21 de Julio de 1602. Libro de Actas (AHM)

En noviembre de 1617, el mismo Concejo, toma la medida de ampliar la captación de aguas que, desde el pozo de la Huerta de Montoya, cercano al pozo de Vallejo en los cerros del Tinte, abastecía agua a la fuente de la plaza por medio de una canalización de cerámica, comprando otro pozo cercano propiedad de un vecino de Alcázar, haciendo las obras necesarias para la unión entre ellos. Con esta medida se pretendía subsanar la falta de agua dulce que tuvo la fuente de la plaza por la sequía que hizo que bajase el nivel freático de los pozos Huerta de Montoya y Vallejo. “La fuente de la plaza se secó” escribe Cervantes en 1615, en su segundo Quijote, como crónica de este problema en el lugar de sus protagonistas.

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Imagen de la fuente de la plaza de Alcázar de San Juan, dibujada por Daniel Urrabieta Vierge el día 1 de octubre de 1893. The Hispanic Society of América

         Además de las actividades normales de los lugares de esta comarca cervantina, agricultura, pastoreo de ovejas, molineros, etc.,  Cervantes nos representa una imagen inusual, y muy singular, de los vecinos de don Quijote con cañas de pescar con las que entretenerse y complementar la escasa despensa familiar. Así hablan Sancho y Tomé, escudero del Caballero del Bosque, “vecino y compadre” suyo, mientras cenan y califican el sufrido oficio de escudero:

         “… qué escudero hay tan pobre en el mundo, a quien le falte un rocín, y un par de galgos, y una caña de pescar, con que entretenerse en su aldea?

A mí no me falta nada deso, -respondió Sancho-, verdad es que no tengo rocín; pero tengo un asno, que vale dos veces más que el caballo de mi amo” (2, 13)

Los ríos en esta parte de la Mancha, como el Záncara y el Gigüela se secaban siempre en verano y algunos años tampoco corría en invierno. Si lo hacía era con muy poca agua y los peces eran muy pequeños e inservibles, por lo que el recurso de la pesca no era habitual en esta comarca cervantina, a excepción del río Guadiana, que sí tenía pesca todo el año, aunque, como el agua, era propiedad del Prior de San Juan, como afirma Argamasilla de Alba en sus Relaciones Topográficas:

         “… hay peces y bogas que se pescan con esperabeles y garlitos y red y barcos, y son del prior de San Juan, y se suelen arrendar en tres mil maravedís y siete u ochos arrabales de peces”

En el término de Alcázar de San Juan, a diez kilómetros, se unían estos tres ríos para formar uno solo, siendo la pesca habitual entre sus vecinos. A menos de dos horas de camino tenían la posibilidad de hacerse con pescado fresco de río. Es tal la afición, o necesidad, a la pesca en Alcázar de San Juan que en el año 1601 surgen incluso denuncias por la instalación de numerosas “cespederas”, muretes artificiales con los que se conseguía retener el agua embalsada durante los meses de verano y así mantener estancada  y viva la pesca, ocasionando desbordes y daños a las tierras y caminos en los meses de invierno, cuando el caudal las desbordaba. Es el propio Concejo el que tiene que tomar severas decisiones sobre esta práctica de pesca:

“En la villa de Alcázar a catorce días del mes de octubre de mil y seiscientos y un años los señores alcaldes y regidores que aquí firmaron sus nombres  estando juntos en su ayuntamiento a campana tañida como lo hacen de uso y costumbre para tratar y conferir las cosas tocantes del bien de los vecinos dijeron que de causa de que algunos vecinos de esta villa y forasteros han hecho y hacen muchas cespederas en el río Záncara para pescar y por haber tanta cantidad de las dichas cespederas tapan el río y sale fuera de madre y ha echado a perder muchos huertos y haces de labor y otras heredades y los caminos por donde se va a las labores de esta villa de suerte que a hecho notables daños…”

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Detalle del Libro de Actas y Acuerdos de 1599 a 1609 (AHM), donde se denuncian en 1601 las numerosas “cespederas” que retenían la pesca en el río Záncara

Pocos meses después nos encontramos con el acuerdo de que la pesca de sus ríos se utilice para el propio consumo de la población, impidiendo su comercio, anunciando incluso penas y multas a los que no lo sigan. En febrero de 1602 el escribano alcazareño anotaba en el Libro de Actas y Acuerdos:

         “Acordaron los dichos señores que se identifique a todas las personas que pescan en los ríos que están en el término de esta villa que acudan a ella con toda la pesca que tomaron de los dichos ríos para la provisión de esta villa. Sin que sean osados a vender la pesca en esta villa. So pena de seiscientos maravedíes …”

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Detalle del folio 108 del Libro de Actas y Acuerdos de 1599 a 1609, acordando que no se venda la pesca de sus ríos

Hay una imagen del lugar de don Quijote que Cervantes nos dibuja con su ingeniosa escritura. Aprovecha el envío de un paje de la duquesa, con las cartas que esta remite a Teresa, la mujer de Sancho, para describirnos la primera imagen que del lugar de don Quijote se tiene al llegar a él por uno de sus caminos de entrada. Es cuando el paje llega al pueblo:

               “ Dice pues la historia que el paje era muy discreto, y agudo, y con deseo de servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho, y antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a quien preguntó, si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un Caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en pie una mozuela que estaba lavando, y dijo:

-Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho mi señor padre, y el tal Caballero, nuestro amo. (2, 50)

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Camino de Toledo a Murcia, en trazo de puntos, y arroyo Mina, en trazo rojo, cruzándose en la antigua entrada de Alcázar de San Juan. Resaltado en las hojas MTN50 de 1886 (IGN)

Alcázar de San Juan cuenta con tres arroyos que bordeaban en tiempos de la escritura del Quijote sus calles. Uno de ellos, el arroyo Mina, hoy canalizado, cruzaba el camino de Toledo a Murcia en la salida del pueblo hacia Campo de Criptana. El paje que venía de Aragón, pasando por Cuenca y Mota del Cuervo, “antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres”. Lavar la ropa en este arroyo ha sido una práctica habitual hasta bien entrado el siglo XX.  Esta sencilla imagen de mujeres lavando ropa en el arroyo, cuando te vas acercando por el camino a Alcázar de San Juan, alguna vez fue observada por Cervantes y la escoge cómo imagen del lugar de don Quijote. Este camino a Murcia, contaba con un puente sobre este arroyo Mina. Con el paso de los siglos el puente ha tenido varias reparaciones, hasta su desaparición a finales del XX con la canalización de este arroyo, pues había quedado integrado en los límites urbanos. Una de estas últimas reparaciones es acordada en 1849: “… y la puente que hay en el camino llamado de Murcia sobre el arroyo de la Mina; …”

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Detalle del acuerdo del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan, para la reparación del puente del camino a Murcia sobre el arroyo Mina, en 1849. (AHM)

La duquesa le pide, en esa misma carta, a la mujer de Sancho que le envíe bellotas: “Dícenme, que en ese lugar hay bellotas gordas, envíeme hasta dos docenas, que las estimaré en mucho por ser de su mano…”(2, 50). Hoy en nuestros viajes, como en tiempos de Cervantes, nos traemos a casa recuerdos singulares o típicos de los lugares por donde hemos estado, o se los pedimos traer a los conocidos que realizan un viaje. La duquesa le pide un producto del pueblo de Sancho, que sin duda alguna sería muy importante y famoso: las bellotas de sus montes. La roturación de suelos para la agricultura, en el término de Alcázar de San Juan, ha hecho desaparecer casi por completo un recurso que en tiempos de Cervantes fue muy significativo e importante, incluso para los gastos del Concejo: las bellotas de sus montes.

En 1601, unos años antes de la aparición de la primera parte del Quijote, el impuesto por la recogida de la bellota debía de ser tan cuantioso que fue utilizado para la construcción de una muralla alrededor de la villa, que ya contaba con una población entre ocho y diez mil habitantes, para el control de paso de las personas a ella  en unos años en los que la peste asolaba buena parte de España:

“… causa se ha acordado que esta villa se guarde, y por haber en ella muchos arrabales y calles que para se guardar de la dicha peste, como conviene, es necesario que se tapien y cierren y que no queden sino cuatro puertas por donde puedan entrar y salir los que vinieren con las demás de las partes que no estén apestadas, para que con más facilidad se pueda guardar. Y de causa de no tener esta villa propios, por estar empeñada, de causa de los pleitos que tienen pendientes en Corte de Su Majestad, y en la ciudad de Granada, acordaron y mandaron que se tome dinero prestado que para hacer la cerca y atajar las calles y portillo que es necesario cerrarse, como se acostumbra a atajar en semejantes ocasiones, de Juan Díaz Guerrero, depositario de los maravedís de la bellota…” (Libro de Acuerdos del Concejo de Alcázar de San Juan de 1599-1609)

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Detalle del acuerdo para cercar Alcázar de San Juan con los impuestos de la bellota. (AHM)

         En el 1605, el mismo año de la publicación de la primera parte del Quijote, nuevamente, el Concejo de Alcázar de San Juan hace uso de la venta de la bellota de sus montes para pagar las deudas contraídas con un maestro cantero, por las obras realizadas en la iglesia de Santa Quiteria y otros gastos importantes de la villa. En el mismo Libro de Acuerdos del Concejo, los alcaldes y regidores lo acuerdan y firman:

         “ En la villa de Alcázar. A veinte y cuatro días del mes de septiembre de mil y seiscientos y cinco años, los señores Alcaldes y Regidores que abajo firmaron sus nombres, estando juntos para tratar y proveer las cosas convenientes a esta república, dijeron que por cuanto este Concejo y el mayordomo de la iglesia de Santa Quiteria están obligados a pagar a los herederos de Agustín de Arguello, maestro de cantería, vecino que fue de la villa, mucha cantidad de maravedís que se le deben de la obra nueva y capilla mayor que hizo en la dicha iglesia… Por tanto acordaron se venda la bellota de la dehesa de Villacentenos y monte del Acebrón y se saque a pregón y se reciban las posturas que se hicieren y habiendo andado en almoneda… Y el dinero que procediese de la venta de la bellota se ponga en depósito en poder de Fernando de Aguilera, vecino de esta villa, para que se vaya gastando con cuenta y razón en lo que más convenga al bien de esta villa y sus vecinos y así lo acordaron y firmaron”.

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Detalle de acta del Concejo de la villa de Alcázar en 1605 (AHM)

Estas y otras muchas referencias a la bellota, en actas del Concejo de Alcázar de San Juan, ponen de manifiesto la gran importancia de la bellota como fuente de ingreso, y es señalada por Cervantes, como testigo de su tiempo, en la carta de la duquesa a Teresa.

Las imágenes de la villa de Alcázar de San Juan y de su paisaje, percibidas por Cervantes en alguna ocasión, son los recuerdos que facilitaron la elaboración de la imagen del lugar de don Quijote, aunque, por algún motivo que jamás conoceremos, no quiso acordarse de su nombre.

                                     

Luis Miguel Román Alhambra

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