A tempo lento por los caminos de la Mancha

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Tengo el privilegio de vivir en la Mancha, en la comarca manchega de don Quijote. Salir por sus caminos, por los mismos caminos de tierra que Cervantes transitó hace más de cuatro siglos, y en la ficción hizo caminar a don Quijote a lomos de Rocinante, es la tarea pendiente para terminar mi próximo trabajo, del que estoy aquí  adelantando notas y amplias partes de algunos capítulos. Está pendiente porque, como hicieron los románticos, quiero caminar con el Quijote en mi mochila y hacer fotografías de cruces, documentar accesos a los caminos desde las carreteras, etc. en la misma época en la que Cervantes hizo salir de su casa a nuestro hidalgo en cada una de sus tres salidas. En primavera haré la ruta de la tercera salida y esperaré al caluroso mes de julio y agosto manchego para recorrer estos ardientes caminos siguiendo los pasos de su primera y segunda salida.

Lo que sí haré es hacerlo despacio, lento, observando la imagen de la Mancha, su paisaje, que en algunos parajes poco ha cambiado en estos cuatro siglos, siguiendo el paso lento de Rocinante. Este artículo sobre el bueno de Rocinante, personaje secundario de la novela, es otro más de los que incluiré en mi trabajo. 

Rocinante. El tempo del Quijote 

El compositor de música tiene en su cabeza, durante la creación de una obra, la velocidad a la que se ha de interpretar por la orquesta, y la deja anotada en la parte superior de la partitura. A veces, su estado anímico ha quedado reflejado en la obra a través de esta velocidad, el  tempo. El Quijote está escrito en tempo lento (40-60 ppm), aproximadamente  a la mitad de velocidad que el tempo andante, al paso (76-108 ppm).

Cervantes escribe el Quijote al final de su vida. Atrás quedan los años de estudio en Madrid con López de Hoyos, su impetuosa juventud que le hacen viajar a Italia con monseñor Acquaviva, conoce en su biblioteca a los autores clásicos, y, poco después, abrazar durante cinco años el oficio de las armas, como muchos otros jóvenes españoles. No menos ajetreada fue su vida después, cinco años cautivo en Argel, esperando el ansiado rescate, y  después, como funcionario de la Corona, sentir como sus huesos daban una y otra vez entre los muros y rejas de las cárceles españolas. Tampoco su vida privada fue un mar en calma. En la espera forzosa en una cárcel,  nos insinúa que creó a su personaje:

“Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?” (Prólogo Primera Parte)

No parece un lugar muy tranquilo para escribir aquellas masificadas cárceles españolas, como la Real sevillana, ¿otra ironía más de Cervantes? Más bien, la cárcel es un lugar donde ante sus ojos pasaron muchas personas, muchos tipos de personas, que luego incorpora como personajes en su obra, quizá hasta con sus rasgos físicos y sus historias personales, sus modelos. Aquellas imágenes y cuentos de unos y otros, las recordaría una y otra vez durante las largas jornadas, por los caminos castellanos y andaluces, al tempo andante del paso de su mula.

Y escoge, entre todos los modelos de hombre que conoció en su vida, quién será su héroe. Es tan viejo como él, y su figura, ¡su triste figura!, le hacen merecer el título de Caballero de la Triste Figura. Lejos de aquellos antiguos libros de caballerías con  caballeros de enormes brazos y armaduras relucientes, sobre caballos poderosos, Cervantes, escoge como protagonista de su cuento a un hombre bueno, “de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro”, de una familia de antiguos hidalgos manchegos,  que aún conservaba unas viejas armas colgadas en las paredes de su casa.

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Como hidalgo, debía de tener en su cuadra un caballo. Cervantes cuida tanto la imagen de su héroe que lo sube a un caballo tan “seco de carnes y enjuto de rostro” y de la misma triste figura que su amo: Rocinante, que era solo piel y huesos, “tantum pellis et ossa fuit”. Además de flaco es un caballo casi inútil. Tiene una enfermedad en los cascos de sus pezuñas que le impiden andar normalmente, aunque para su amo era el mejor caballo que había en el mundo. Esta enfermedad, conocida como “cuartos”, produce unas grietas en los cascos muy dolorosas para el animal que lo invalidan para su normal desempeño, incluso para andar:

“Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban” (1, 1).

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Por motivos, por mí desconocidos, en una de las pezuñas de Rocinante, de las estatuas que presiden la Plaza de España de Alcázar de San Juan, presenta unas grietas que son muy similares a las que se le producen en los cascos de un equino por la enfermedad conocida en veterinaria como “cuartos”.

Esta flaqueza e invalidez de Rocinante, destacada en varias ocasiones por Cervantes, cambia el signo de alguna de las aventuras, que tan valientemente acomete don Quijote. Lo que parecía un triunfo fácil se torna en molimiento de las costillas de don Quijote, por un simple tropiezo del flaco Rocinante:

“Y diciendo esto, arremetió con la lanza baja, contra el que lo había dicho, con tanta furia, y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara, y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo, y queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas, y celada, con el peso de las antiguas armas. Y entretanto que pugnaba por levantarse, y no podía, estaba diciendo:

         -No huyáis gente cobarde, gente cautiva: atended que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.” (1, 4).

La estampa de Rocinante no cambia durante las salidas en busca de aventuras de su amo. Si al principio era piel y huesos, al final de la segunda parte incluso era peor. Llegando nuestros héroes a su pueblo, son reconocidos por el cura y el bachiller Carrasco, y por unos muchachos que gritaban entre ellos:

“Venid, muchachos, y veréis el asno de Sancho Panza más galán que Mingo, y la bestia de don Quijote más flaca hoy que el primer día.” (2, 73)

Rocinante es tasado en varias ocasiones. El ventero no comparte la calificación que de su caballo hace don Quijote, cuando este le manda que le diese de comer:

 “… porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le pareció tan bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad.” (1, 2) 

O el mismo Sancho Panza que tasa el doble a su borrico. Sancho está en animada conversación con el escudero del Caballero del Bosque, y este le pregunta:

“… qué escudero hay tan pobre en el mundo, a quien le falte un rocín, y un par de galgos, y una caña de pescar, con que entretenerse en su aldea?

       – A mí no me falta nada deso, respondió Sancho,  verdad es que no tengo rocín: pero tengo un asno que vale dos veces más que el caballo de mi amo” (2, 13)

Cervantes no da “puntá sin hilo”, y para que no quedase duda del tempo lento que ponía a su cuento lo dejó escrito en su “partitura”. Es al final de la segunda parte, nuevamente en batalla con el bachiller Sansón Carrasco, ahora disfrazado del Caballero de la Blanca Luna, en las arenas de la playa de Barcelona:

“Agradeció el de la blanca Luna con corteses, y discretas razones al Visorrey la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo, el cual, encomendándose al cielo de todo corazón, y a su Dulcinea (como tenía de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían), tornó a tomar otro poco más del campo, porque vio, que su contrario hacía lo mesmo, y sin tocar trompeta, ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter, volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y como era más ligero el de la blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza ,que la levantó, al parecer, de propósito, que dio con Rocinante, y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída.” (2, 64)

El desenlace no tiene lugar en la mitad de la distancia que separa a ambos caballeros al inicio del combate, sino que Rocinante solo recorre un tercio de la distancia y el caballo de Carrasco dos tercios, justo el doble.

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Cervantes viajó cientos de leguas por caminos a lomos de  caballerías variopintas. Al paso de su caballo, o mula de alquiler, observaba la imagen de los parajes por donde pasaba y los guardaba en su memoria. Conoce a estos animales, sus carencias y querencias, y escoge la mejor cabalgadura para don Quijote y su historia. Don Quijote es valiente, quizás temerario en ocasiones al no medir bien al contrario, pero no podía vencer siempre como ocurría en los antiguos libros de caballerías, este no es el mensaje real que quería transmitir Cervantes, y solo con un caballo casi inválido sería posible mostrar la valentía del caballero y poder justificar sus humanas derrotas, pero sin perder su ideal, su destino. “Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría”, nos cuenta Cervantes, pero quizá ese fue el tiempo que tardó nuestro autor en escogerlo, entre todos los caballos del mundo.

La flojedad o invalidez de Rocinante hace que el cuento se ralentice, haciendo que el tiempo de la obra de alargue, así el lector tiene tiempo para recrearse en la escena, en la sentencia, en los valores humanos. Rocinante, como en el combate en las playas de Barcelona, transita por los caminos justo a la mitad de velocidad que un caballo normal. Como en la música escrita a tempo lento, hay que leer el Quijote.

Así, con este recurso tan sencillo, consigue Cervantes que se produzcan encuentros con distintos personajes que caminan en la misma dirección que nuestros protagonistas y surjan nuevos acontecimientos en el cuento. Tal y como ocurre con el encuentro en el camino con don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán:

        “En estas razones estaban, cuando los alcanzó un hombre, que detrás dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un gabán de paño fino verde, gironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo, el aderezo de la yegua era de campo, y de la jineta, así mismo de morado y verde …” (II P, Cap. XVI).

En compañía de don Diego siguen el camino que llevaban, pudiendo comprobar este hidalgo la valentía, o “el estremo de su jamás vista locura”, que muestra don Quijote en la aventura con la carreta de los leones, y poco después llegar a la hora de comer a su espaciosa casa, donde se alojan cuatro días hasta que decide don Quijote continuar su camino, pero no derecho hacia Zaragoza, sino que  “primero había de entrar en la cueva de Montesinos”. Y hacia allí se dirigen por un camino cuando, de nuevo:

“…encontró con dos como clérigos o como estudiantes y con dos labradores que sobre cuatro bestias asnales venían caballeros… Saludoles don Quijote, y después de saber el camino que llevaban, que era el mesmo que él hacía, les ofreció su compañía, y les pidió que detuviesen el paso, porque caminaban más sus pollinas que su caballo…” (2, 19)

Tanto la yegua de don Diego, como estas cuatro borricas, al paso, caminan más que el flojo e inválido Rocinante, engrandeciendo así el guion del cuento con nuevas aventuras, como poder conocer a don Diego, para que fuese testigo de su valentía, o las próximas bodas de Camacho y Quiteria, antes de llegar a la Cueva de Montesinos, que difícilmente podrían haber ocurrido en el normal trascurrir de nuestros héroes por un simple camino manchego, si Rocinante caminase a paso normal.

El espacio-tiempo del Quijote lo marca la velocidad del paso de Rocinante, justo la mitad del paso de camino de un caballo de raza española normal. En la época de Cervantes las distancias de viaje se medían en leguas o leguas de camino. Una legua de camino es la distancia que un caballo recorre en una hora al paso, aproximadamente unos seis kilómetros. En las guías de caminos que los viajeros llevaban en sus bolsillos, como los Reportorios de caminos de Villuga y Meneses, las distancias que separaban los  lugares, o ventas de paso, se determinaban en leguas. De esta manera el viajero podía calcular el tiempo que le llevaría en llegar hasta su destino o el siguiente punto donde poder alojarse, descansar y comer, tanto él como su caballería.

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Cervantes cuida durante toda la novela el espacio y el tiempo, la velocidad del cuento, salvo en ciertos pasajes que no parecen tener esa misma relación, ¿error de Cervantes, del impresor o intencionalidad mercantil de este último?, nunca lo sabremos. Lo que es evidente es que en las playas de Barcelona el espacio recorrido por Rocinante fue la mitad que el caballo del bachiller Carrasco. Poco después, volviendo de Barcelona a  su pueblo, Cervantes nos deja otro dato objetivo sobre la velocidad de paso de Rocinante:

“Pues vuestra merced, señor mío, lo quiere así, respondió Sancho, sea en buena hora, y echeme su ferreruelo sobre estas espaldas, que estoy sudando, y no querría resfriarme, que los nuevos disciplinantes corren este peligro. Hízolo así don Quijote, y quedándose en pelota abrigó a Sancho, el cual se durmió hasta que le despertó el Sol, y luego volvieron a proseguir su camino, a quien dieron fin por entonces en un lugar, que tres leguas de allí estaba: apearonse en un mesón, que por tal le reconoció don Quijote, …”. (2, 71)

A este lugar llegan poco antes de comer, después de caminar toda la mañana, habiendo recorrido tres leguas, donde comparten mesa y descanso en compañía de don Álvaro Tarfe, que llega poco después. Uno de los criados de don Álvaro le sugiere: “Aquí puede vuestra merced, señor don Álvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: la posada parece limpia y fresca”.

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En las jornadas de camino, como en cualquier labor, se paraba a comer alrededor de la hora sexta, aprovechando la pausa de la comida para después descansar o dormir la siesta, costumbre que ha llegado hasta nuestros días, más en los calurosos días de verano. Covarruvias define así la siesta: “Dixose de la hora sexta, que es el medio día”. Y en el Diccionario de Autoridades la siesta es “El tiempo de medio día, en que aprieta más el calor. Viene de Latino Sexta, por corresponder a esta hora”.

José I. Uriol, en Historia de los caminos de España, volumen I, indica que “la velocidad de marcha de coches y a caballo era, ordinariamente de más o menos 8 leguas al día […] La velocidad media era, pues, en general, de una legua a la hora, más o menos”, aunque Uriol también refleja excepcionalidades de jornadas mucho más largas, según las necesidades del viajero. Y añade el texto de la Pragmática de 1593, de Felipe II,  regulando el alquiler de bestias y mulas:

“Iten que a razón de ocho leguas por día, i a respecto de esto, i no mas, lleven el dicho precio de tales bestias, que alquilaren, sin les contar día alguno para descansar”

Don Quijote y Sancho Panza, durante la mañana, en esas seis horas, han recorrido tres leguas de camino, media legua a la hora, la mitad, de nuevo la mitad, de lo que un jinete recorre a caballo o en mula al paso.

Por los mismos caminos que Cervantes conoció en la Mancha pasó, queriendo seguir los pasos del héroe manchego, José Martínez Ruiz “Azorín”, en el año 1905. En La ruta de Don Quijote, nos describe cómo después de estar varios días en Argamasilla de Alba se dirige en carro hacia Puerto Lápice, pasando por Villarta de San Juan. Sale al amanecer, a las siete de la mañana, y llega a las cinco de la tarde, recorriendo en esta jornada de viaje 48 km, ocho leguas de camino, habiendo parado, aunque no lo refleja en su artículo, para comer y descansar. Días después, estando en Campo de Criptana, se dirige, también en carro, hacia El Toboso, tardando tres horas en recorrer el trayecto que separa estos dos lugares manchegos y cervantinos, 18 km, tres leguas. Por los rectos y polvorientos caminos manchegos el tiempo de viaje sobre un caballo, un carro o una mula de alquiler es siempre el mismo, aunque los siglos pasen, ¡con la excepción de Rocinante!.

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A tempo lento, a la velocidad de paso de Rocinante, media legua a la hora, tres kilómetros a la hora, haremos nuestro paseo tras sus huellas por los caminos de la Mancha. Así compuso esta obra Cervantes.

                                              Luis Miguel Román Alhambra

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3 respuestas a A tempo lento por los caminos de la Mancha

  1. Pingback: A tempo lento por los caminos de La Mancha | Cosas de Alcázar de San Juan

  2. Enhorabuena Luis Miguel, siempre acertado y didáctico. Esperando tu próxima salida y tus narraciones a cual Cervantes.

  3. Muchas gracias.
    Después de seguir físicamente los caminos por los que Rocinante pasó, dentro de la Mancha, no quiero ni puedo seguir hacia Aragón y Barcelona, terminaré mi guía para quienes quieran también seguir estos mismos pasos. Ya te aseguro que no tendrá nada que ver con las rutas oficiales inventadas alrededor del cuarto centenario por la JJCC de Castilla-La Mancha, ni con otras rutas publicadas, tampoco con la presentada de nuevo en Fitur por la JJCC. Como se me llevará tiempo la publicación en papel, si llega por sus costes, iré publicando aquí en mi blog partes de cada una de las salidas.
    Luis M.

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