LUZ Y HORIZONTE DE LA MANCHA

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El Quijote es una novela de anécdotas, anécdotas de Cervantes. Un abuelo les cuenta cuentos a sus nietos, a veces  basados en acontecimientos o vivencias propias, anécdotas vividas en primera persona, quizás hace muchos años. Estoy convencido que eso es el Quijote, un cuento basado en su vida, al que salpimienta genialmente con humor e ironía.

Muchos autores se han preguntado, pero no todos dan una respuesta: ¿qué motivó a Cervantes para escoger la Mancha como patria chica de don Quijote y Sancho Panza, y escenario principal de sus aventuras? Yo también me he hecho la misma pregunta  y mi respuesta es, tan sencilla como los personajes que elige: a Cervantes le encantó esta tierra, por la luz y su horizonte tan especial.  Por algún motivo, en sus estancias por esta tierra, la luz y el horizonte de la Mancha se le quedaron grabados en su retina, otra anécdota más en su vida, en la que conoció y miró multitud de paisajes, tanto en España como fuera de ella, la elige y la utiliza como  imagen del paisaje para su cuento, el Quijote.

Estoy leyendo el principio de El espíritu de La Mancha. Pan, vino y aceite, de Dionisio Cañas, manchego de Tomelloso:

“Lo especial de la luz de La Mancha se debe a la constitución de su suelo y a las plantas que lo pueblan, tanto las silvestres como las cultivadas por el hombre. En este sentido, la luz de La Mancha cambia con las estaciones del año pero siempre hay una transparencia especial que está directamente ligada con el reflejo de la luz en el suelo y en la vegetación… esa luz, esa luminosidad no sólo viene del cielo, es una luz que emana de la tierra y sus cosas, y que captó mejor que nadie el pintor Antonio López Torres”.

Hoy no es posible ver la misma imagen del paisaje manchego tal y como lo vio Cervantes. El paisaje de la Mancha ha cambiado mucho, principalmente por la acción del hombre sobre el suelo. Ya en tiempos de Cervantes estaba en proceso este cambio por la necesidad de roturar tierras, en las que predominaba la encina y el matorral, para cultivar cereal, tan necesario para la subsistencia de  los manchegos,como para el resto de España. Esta tierra pobre, seca, casi sin nutrientes, invertía dos o tres años en volverse a poder sembrar, por lo que los barbechos eran más frecuentes que los terrenos en producción. Después, al cereal se le añadió el cultivo de la vid por lo que se siguió roturando más fanegas de tierra adehesada, haciendo ya casi imperceptible el bosque de encinas especialmente tras el desastre vitivinícola en Francia por el ataque de la filoxera, a finales del siglo XIX, lo que llevó a esta gran llanura española a ser el mayor viñedo del mundo, con nuevos colores sobre su manto. Sin embargo,los dos elementos del paisaje manchego que encantaron a Cervantes siguen inalterables en esta tierra, principalmente en esta comarca cervantina delimitada entre Tembleque, Quintanar de la Orden, Argamasilla de Alba y Puerto Lápice: su inmenso horizonte plano, que queda roto ocasionalmente por algún cerro o montes muy lejanos y que, a causa de la luz, parecen difuminarse y confundirse con la tierra.

En verano, este horizonte, como las cosas y casas del campo, se sumergen en un raro espejismo. La gran llanura y el ambiente tórrido hacen tintinear la imagen según la luz del momento, cambiando la percepción del observador a medida que este avanza por los rectos y suaves caminos manchegos. Esta imagen cambiante de la Mancha, según viajaba sobre una mula de alquiler, quizás inspiró a Cervantes para el guión de su novela. Un narrador de paisajes, Azorín, publicaba en el periódico El Imparcial, el miércoles 15 de marzo de 1905, este relato de su viaje en carro desde Argamasilla de Alba a Puerto Lápice.

“Yo extiendo la vista por esta llanura monótona; no hay ni un árbol en toda ella; no hay en toda ella ni una sombra; a trechos, cercanos unas veces, distantes otras, aparecen en medio de los anchurosos bancales sembradizos diminutos, pináculos de piedra; son los majanos; de lejos, cuando la vista los columbra allá en la línea remota del horizonte, el ánimo desesperanzado, hastiado, exasperado, cree divisar un pueblo.”

A Azorín, la luz y el horizonte de la Mancha le truecan, o encantan, unos sencillos majanos de piedras calizas en casas de un pueblo. A don Quijote, una sencilla venta le pareció un castillo. ¡Esta es la magia de la Mancha que cautivó a Cervantes!

Soy un privilegiado de haber nacido y vivir en Alcázar de San Juan, “capital geográfica de la Mancha”, como la definió Azorín cuando paseaba por sus calles. Con solo salir unos centenares de metros fuera de sus límites urbanos puedo contemplar la imagen de la Mancha que tanto impactó a Cervantes, y a cuantos quieren seguir los pasos de Rocinante. Hoy quiero ir, siguiendo la nota de Dionisio Cañas, a Tomelloso, su pueblo, que es también el pueblo de Antonio López Torres (1902-1987), para visitar el Museo Antonio López Torres, inaugurado en 1986, un año antes del fallecimiento del pintor manchego, que alberga una exposición permanente con obras donadas del propio pintor y de sus familiares. La distancia entre Alcázar y Tomelloso es de tan solo treinta kilómetros. Don Quijote sobre Rocinante habría tardado una larga jornada en llegar, yo, sobre mi “Rocinante” de ciento cuarenta caballos, en poco más de un cuarto de hora estoy en sus anchas y cuidadas calles.

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El edificio del Museo Antonio López Torres es sobrio en su fachada, que contrasta con un grandioso diseño interior, ¡otro encantamiento en la Mancha! Con amabilidad manchega, la funcionaria que recibe a los visitantes nos entrega un catálogo de la exposición y nos recomienda el sentido de la visita. Un gran retrato del pintor recibe al visitante. La mirada de Antonio López Torres “en el corral de su casa”, tierna, sencilla, observadora, me invita a leer las reflexiones que a pie de la fotografía nos dejó, válidas para tratar de interpretar el paisaje descrito por Cervantes:

“Yo no soy pintor de estudio. Tengo que tomar contacto con la Naturaleza, enfrentarme al paisaje. Necesito escuchar el crujir de las hoces en el calor calcinante del estío para dar una dimensión, una sensación de calor a la tela. Las aves han sido las grandes colaboradoras de mi obra, dándole profundidad. Yo soy un cazador furtivo de un instante, irrepetible por el milagro de la luz. Por eso lo que más he pintado han sido tablas, porque son más fáciles para captar la impresión del momento. Un mismo paisaje puede ser mil veces distinto, según el ángulo de la luz. La luz lo transforma todo“.

         “Yo no me considero pintor manchego o no manchego. Me apoyaba, básicamente en la forma y color y trataba de interpretar la naturaleza que tenía delante, la llanura manchega. Luego mi inspiración me llevó a incorporar los sonidos del campo, de los pájaros, también del espacio aéreo y la temperatura”.

         “El paisaje de la Mancha lo empecé a sentir profundamente y, encariñarme con él fue algo esencial”.

         “El problema no es de abstracción o realismo, sino reflexión, de emoción y de hipersensibilidad”.

         “Todavía cuando pinto siento una emoción fresca, aún me enfrento con problemas que resolver porque el artista es un investigador constante”         

Cañas transcribe la luz de la Mancha con palabras, López Torres la pinta. Despacio, contemplo cada una de sus obras en las que se aprecia la luz, el aire, el polvo de la Mancha, y, a lo lejos, el horizonte manchego. De nuevo la luz y el horizonte de la Mancha.  En sus cuadros, ese horizonte plano, inmenso, predomina en sus tablas pintadas al óleo. Esta misma imagen del paisaje manchego, esa anécdota, acaso vagamente, también queda implícitamente reflejada en el Quijote. Cómo decía López Torres: “El problema no es de abstracción o realismo, sino reflexión, de emoción y de hipersensibilidad”, cualidades propias de Cervantes que supo transmitir en el Quijote.

Veinticinco años antes de que López Torres comenzara a pintar la Mancha, también la dibujó otro español, Daniel Urrabieta Vierge, nuestro gran ilustrador, tan desconocido, tan olvidado por los españoles, que viajó por la Mancha a finales del siglo XIX, siguiendo los caminos del hidalgo manchego, para ilustrar magníficamente el libro de viajes que su amigo August F. Jaccaci publicaba en Nueva York en 1896 con el título On the trail of Don Quixote.

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Vierge traza una larga línea horizontal cuando dibuja esta parte de la Mancha, como nadie antes había hecho, porque los ilustradores de las ediciones del Quijote nunca habían venido a esta tierra, a excepción de Doré.

Este mismo horizonte, a veces con los lejanos Montes de Toledo al fondo, lo pinta en sus paisajes López Torres:

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Impresionado con la obra de López Torres regreso a mi pueblo, Alcázar. Desde la carretera sigo viendo horizonte y más horizonte manchego, el mismo que vio una y mil veces López Torres y supo pintar como casi nadie lo ha hecho. La luz y la línea del horizonte de la Mancha siguen aquí, inalterables, eternas, como también las apreció Vierge y Cervantes.

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Llego pronto a Alcázar de San Juan, aún me queda un rato antes de ir a comer a casa. Si Tomelloso es la cuna del maestro López Torres, Alcázar es la cuna de su mejor discípulo, el alcazareño José Luis Samper (1933-2006). Juntos salieron,  durante muchos años, a pintar el paisaje y paisanaje de la Mancha. La familia Samper tiene un museo-exposición en la casa donde vivió el pintor, abierto al público los fines de semana. Terminar esta soleada, pero fría, mañana de febrero en este coqueto Museo de Samper es todo un placer para los sentidos. De nuevo, otro encantamiento surge cuando después de pasar por un modesto patio de vecinos abres una puerta, nadie puede imaginar el tesoro que hay dentro. Me atienden sus hijos Amalia y Salvador, mostrándome más paisajes de la Mancha, de esta parte de la Mancha de don Quijote. Pronto compruebo que la luz y el horizonte manchego llenan la gran obra de Samper, como no podía ser de otra manera.


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La pintura es una abstracción de la realidad, según la interpretación del autor (en algún sitio lo he leído o me lo han contado). Hoy he podido admirar en Tomelloso y en Alcázar de San Juan, dos lugares manchegos tan cercanos, dos interpretaciones geniales del paisaje de la Mancha. Luz y horizonte manchego enmarcan los motivos de la obra del maestro y discípulo, ambos enamorados de esta tierra, su tierra, y nos han legado la imagen de la Mancha en sus tablas y lienzos, como también lo hizo, con palabras, Cervantes en el Quijote.Otra razón más para visitar esta tierra, siguiendo los pasos del hidalgo manchego, y dejarse encantar con su paisaje natural y en estos dos impresionantes museos manchegos.

Hoy he caminado por calles y plazas de Tomelloso y Alcázar. Pronto cambiaré la carretera por los caminos, seguir a Rocinante precisa ineludiblemente pisar los caminos manchegos. Aunque no de paisaje, la luz me irá cambiando la imagen de la Mancha, según la hora del día, pero la línea horizontal al fondo enmarcará siempre este lienzo natural.

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Termino la mañana de frio sábado. Llego a casa y Maite ha preparado para comer unas gachas manchegas, ¿hay mejor manera de terminar esta mañana? Es época de poda en el campo manchego, de gachas en las casas y en el campo mientras se queman los sarmientos cortados con sabiduría por los podadores. He pasado varios minutos en Tomelloso contemplando el cuadro“Podador manchego”, que también está comiendo unas gachas, ¡es tiempo de gachas en febrero en la Mancha!

Haría falta mucho tiempo para comentar lo que me han dicho cada una de las obras de López Torres y Samper. Este cuadro, por ejemplo, tiene muchos detalles que quizá pasen desapercibidos si no estamos delante de él unos minutos. El podador come junto al “corte” para no perder tiempo, hay cepas podadas al lado derecho y sin podar en el izquierdo. Come al sol, de espaldas al sol, para que los riñones no se le queden fríos y en su cabeza el pañuelo de “hierbas”, que no se quitará hasta llegar a casa, le resguarda del aire molesto de febrero o marzo. Es muy cuidadoso con sus herramientas, el hacha y la tijera, que deja bien apoyadas sobre la bolsa de esparto. Las gachas están recién hechas, fuera de la lumbre, y espera con la cuchara con las que las ha hecho a que se enfríen ligeramente. Ha nivelado perfectamente el perolillo con una piedra debajo de una de sus tres patas, antes de cortar sopa a sopa el pan candeal que tiene encima del cajón del hato con su navaja… Seguro que el día que López Torres pintaba este genial cuadro comió con este cuidadoso podador estas sencillas gachas.

                                 Luis Miguel Román Alhambra

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