LA SAYA DE TERESA

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Los viajeros que han peregrinado por la Mancha, en busca del espíritu de don Quijote, han percibido casi la misma imagen de esta tierra que a Cervantes le encantó para elegirla como el escenario de las aventuras de don Quijote. Solo la acción antrópica del hombre ha cambiado su paisaje. Donde había ganados entre encinas hoy hay generosas viñas, pero su inmenso horizonte plano, la luz transparente y el silencio solemne,siguen siendo las características especiales del paisaje manchego. Muchos también han observado el paisanaje, a los manchegos, y han anotado en sus cuadernos de viaje nuestra forma de ser, hablar y de vestir.

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Azorín, en su viaje a la Mancha realizado en marzo de 1905, que dio lugar a quince artículos periodísticos en las semanas previas a la celebración del tercer centenario de la publicación de la Primera Parte del Quijote y pocos meses después a su libro La Ruta de don Quijote, en el último de los artículos, publicado el 25 de marzo en el periódico El Imparcial, hace ahora justo ciento catorce  años, nos describe magistralmente las calles y plazas, el tiempo airoso de un mes de marzo en un pueblo de la Mancha, y la forma de vestir de dos vecinos, un hombre y una mujer:

“Las calles son anchas, espaciosas, desmesuradas; las casas son bajas, de un color grisáceo, terroso, cárdeno; mientras escribo estas líneas, el cielo está anubarrado, plomizo; sopla, ruge, brama un vendaval furioso, helado; por las anchas vías desiertas vuelan impetuosas polvaredas; oigo que unas campanas tocan con toques desgarrados, plañideros, a lo lejos; apenas si de tarde en tarde transcurre por las calles un labriego enfundado en su traje pardo, o una mujer vestida de negro, con las ropas a la cabeza, asomando entre los pliegues su cara lívida; los chapiteles plomizos y los muros rojos de una iglesia vetusta cierran el fondo de una plaza ancha, desierta…”

Hay un detalle en la forma de vestir de la mujer que me vuelve a llamar poderosamente la curiosidad. El día es muy desagradable, con un vendaval furioso, helado, y la mujer para resguardarse de estas inclemencias se echa sus ropas sobre la cabeza, lógicamente la parte de atrás de la saya, asomando entre los pliegues su cara lívida. Imagen que llama la atención a Azorín y que pinta con maestría descriptiva en su artículo. El silencio está roto por unas campanas[que] tocan con toques desgarrados, plañideros, a lo lejos, por lo que también es posible que la mujer se dirigiera a la iglesia, cubriéndose la cabeza con la saya en lugar de un manto.

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Cervantes, tres siglos antes, también vio esta misma escena de ingenioso recurso femenino y la utiliza para describir, o denunciar ante su sociedad, la pobreza en la que vivían las familias de los jornaleros agrícolas manchegos, como la del mismo Sancho Panza. Al principio de la Segunda Parte nos narra cómo Sancho llega muy contento a su casa. Está convencido en volver a partir de nuevo con su vecino Alonso y solo le queda convencer a su mujer de lo próspera que será esta nueva salida, dando así título al capítulo quinto de la Segunda Parte del Quijote: De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación.

Teresa conoce, a la legua, a su marido y nada más entrar Sancho a casa sabe que anda detrás de algo, y le pregunta:¿Qué traes, Sancho amigo, que tan alegre venís?, respondiéndole Sancho  de manera ambigua,que está contento pero que no debía estarlo tanto: bien me holgara yo de no estar tan contento como muestro.Sancho está gozoso porque cree que volverá trayendo ese dinero que a su familia le hace tanta falta,e incluso siendo gobernador de alguna ínsula, pero sabe que a costa de separarse un tiempo de su mujer e hijos.

Aquí emerge el Sancho soñador,incluso más que el propio don Quijote, y es su mujer quien trata de ponerle los pies en el suelo. Teresa intenta convencerle de que no es indispensable en esta vida ser gobernador, con una sentencia que bien vale en este tiempo electoral en España:

vivid vos y llévese el Diablo cuantos gobiernos hay en el mundo. Sin gobierno salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta ahora y sin gobierno os iréis o os llevarán a la sepultura cuando Dios fuere servido. Como ésos hay en el mundo que viven sin gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el número de las gentes.”

Pero Teresa también tiene ese punto de sana ambición de los pobres para dejar esa vida de penurias, y viendo que su marido está empeñado en esta nueva empresa, junto a su vecino Alonso el Bueno, pasa a animarle, recordándole que si tiene fortuna no se olvide de ella ni de sus hijos. Y entre una y otro comienzan a hacer proyectos, hasta de boda para su hija Sanchica. Sancho la quiere ver casada con un caballero o un conde, pero, de nuevo, Teresa demuestra su sencillez, dejándonos una reflexión que hasta hoy no ha sido posible ver en nuestra sociedad, la igualdad: “Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad y no puedo ver entonos sin fundamentos”. ¡Bien se podía haber puesto este párrafo de Cervantes, escrito hace cuatro siglos y tan actual, en alguna de las pancartas de este pasado día 8 de marzo, día de la mujer!

Sancho está dispuesto a marcharse, a llegar ser gobernador, para volver y casar a su hija con un conde, y que su mujer vista de gobernadora. Teresa, sabiendo de las murmuraciones que esto causaría en su pueblo, le dice:

         “… y no quiero dar que decir a los que me vieren andar vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: ¡Mirad que entonada va la pazpuerca! Ayer no se hartaba de estirar de un copo de estopa, y iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya en lugar de manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no la conociésemos”

Mi interpretación del Quijote es fundamentalmente geográfica, en parte por vivir en esta parte de la Mancha. Pero leyendo el último artículo de Azorín con su detallada descripción de la imagen de aquella calle y sus vecinos, recuerdo lo leído en el Quijote y advierto la similitud de ambas, aunque puedan pasar desapercibidas para el lector de hoy: ¡La misma imagen de una humilde mujer manchega vista y descrita por dos autores, con tres siglos de diferencia, tapándose la cabeza con la parte trasera de su falda! ¿Casualidad o realidad etnográfica de un mismo lugar?

No cabe duda que los dos están viendo un mismo comportamiento ante una misma situación social.Este recurso femenino no pasó tampoco desapercibido a Pedro Antonio de Alarcón, en su Viajes por España (1883), cuando se refiere a las mujeres humildes de las Alpujarras granadinas que “se echan sobre la cabeza la saya á guisa de manto, y como la saya está forrada de amarillo, y el refajo es encarnado, ofrecen á distancia, en aquellos ásperos montes, un aspecto interesantísimo”

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Sobre las formas de vestir en el siglo XVI-XVII y el Quijote existen publicaciones y artículos muy interesantes, como por ejemplo El traje y los tipos sociales en el Quijote, de Carmen Bernis Madrazo. El interés de Cervantes por la indumentaria de sus protagonistas, y actores secundarios, es evidente en el Quijote y en el resto de sus novelas. A todos los describe por su forma de vestir, dada la importancia que tenía en su época la indumentaria, porque indicaba de forma explícita el estatus social de quien la portaba: “los trajes se han de acomodar con el oficio o dignidad que se profesa” (2, 42).

El Quijote está escrito para los lectores de comienzos del siglo XVII, y, como con el escenario geográfico en el que transcurren las aventuras, Cervantes para dar verosimilitud a la historia que quiere contar sencillamente acomoda las descripciones de los personajes al entendimiento de sus lectores. Olvidar esto hoy sería perder gran parte del sentido de la obra, por lo que el lector del siglo XXI tiene que interpretar su lectura adecuadamente a la época en la que fue escrita, incluso en las formas de vestir.

Don Quijote vestía como un hidalgo pobre, lo que era. Aunque él quería simular ser un caballero, sus ropas son siempre fieles a su clase social vistiendo “sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino”, aunque cuando sale en busca de aventuras vestía un jubón de armar y greguescos. Cervantes no disfraza de caballero a don Quijote, sino que para que fuese reconocido desde lejos su figura extravagante, sus ropas siguen siendo la de un hidalgo pobre, dando así verosimilitud al relato, como hace llevándolo por caminos y parajes reales, reconocibles. Y para contrastar sus ropas con la de un labrador moderadamente rico, o hidalgo rico, describe los ropajes de camino o de viaje de don Diego de Miranda, “…vestido un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta, asimismo de morado y verde; traía un alfange morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas, que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si fueran de oro puro” (2, 16).

Y así hace con cada uno de los personajes que aparecen en su novela: Sancho, ama, sobrina, Sansón Carrasco, el cura, el barbero, mercaderes, clérigos, caballeros, oidores, venteros, bandoleros, mozos de mulas, duques, etc. Como en el teatro, Cervantes viste a cada actor con su traje para que el lector  reconozca, sin ambigüedades, al personaje y su rol en la obra.

Vivo en una ciudad manchega donde aún hoy es posible ver y comentar, gracias a la labor e interés por nuestro folclore de la Asociación Coros y Danzas, los trajes de labor y de fiesta de las mujeres y hombres de la Mancha. La mujer humilde manchega vestía habitualmente con una camisa y un cuerpo, escotado y sin mangas, conocido como corpiño, y con dos faldas desde la cintura hasta casi los tobillos, una interior de color liso que daba volumen, conocida como refajo, y otra exterior que podía estar hecha de listas de colores o bordadas de nombre saya o basquiña. Un mandil o delantal protegía la saya de roces y manchas en sus tareas cotidianas. Debajo, de estas faldas, enaguas y pololos completaban las prendas íntimas de la mujer manchega. Calzaba, en el mejor de los casos y en ocasiones puntuales,zapatos de piel de medio tacón, pero lo habitual eran unas chinelas atadas con cintas a las piernas y las más pobres incluso iban descalzas. Era normal el uso de un manto conocido como mantellina o mantillo, que llevaban sobre los hombros, y que también utilizaban para cubrirse la cabeza cuando entraban en la iglesia, conocida esta forma de vestir como de manto y saya. El uso del manto, y posteriormente del velo, por las mujeres para cubrirse la cabeza en el interior de la iglesia ha perdurado hasta mediados del siglo XX, aunque en ciertos actos religiosos o etiqueta aún se use velos y mantillas bordadas.

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El gran pintor valenciano, José Benlliure, coetáneo a Azorín, pinta a niños, mujeres y hombres oyendo misa en Rocafort. Los hombres descubiertos y las mujeres con mantos sobre sus cabezas, según las costumbres de asistir a los actos en la iglesia.

El Quijote es una novela de anécdotas vividas en primera persona por Cervantes. No debía ser extraño que las mujeres de los jornaleros, el estatus más bajo de la sociedad del siglo XVI-XVII que conoció, en ocasiones de extrema pobreza no tuviesen entre su ajuar un simple manto con qué cubrirse con decoro la cabeza y llegando el caso de tener que entrar en la iglesia utilizaran la parte trasera de la saya, arremangándosela por detrás de la espalda, cubriéndose así la cabeza. Imagen real, vivencia de Cervantes, que utiliza para describir la pobreza de la humilde familia Panza.

Al carecer de una imagen adecuada para ilustrar este humilde recurso de la mujer manchega, he pedido a mi hijo Guillermo que me hiciese esta ilustración (la que encabeza este artículo). En ella se ve como una mujer manchega se cubre con decoro la cabeza con la parte posterior de la falda o saya exterior, en lugar de usar un manto.

Esta costumbre, solo entre las mujeres más humildes, lo pone Cervantes en escena en el pueblo de don Quijote, en la casa de Sancho. Azorín, en toda la Ruta de don Quijote descrita, es únicamente en este último artículo, en las calles de Alcázar de San Juan, capital geográfica de la Mancha como él mismo la define, donde ve a una humilde mujer manchega recurrir a esta antigua  costumbre.

Cervantes y Azorín, dos autores que genialmente nos han pintado con palabras, cada uno en su época y para sus lectores, el paisaje y el paisanaje, el medio físico y humano, de la Mancha de don Quijote, incluso coincidiendo en las mismas imágenes, y quizá en el mismo lugar.

Luis Miguel Román Alhambra

 

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