CERVANTES, EL QUIJOTE Y LA MANCHA

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Estamos comenzando abril, mes cervantino y quijotesco universal. Durante estos treinta días, lecturas populares del Quijote, teatros en la calle, exposiciones, etc. llenarán el contenido cultural de muchos lugares del mundo. En los carteles anunciadores la imagen de Cervantes y don Quijote aparecerán unidas. Como muchos autores han afirmado, autor y personaje son una misma cosa, no existe Cervantes sin don Quijote ni don Quijote sin Cervantes.

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La imagen real de Cervantes no nos ha trascendido. O no pudo o no quiso que su imagen se grabase e imprimiese su estampa al inicio de sus obras, como ya hacían otros escritores, aunque sí nos dejó su propio autorretrato, con palabras, en el Prólogo al lector de las Novelas ejemplares, en 1613, tres años antes de su muerte:

         “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra…”

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La imagen de don Quijote ha sido interpretada infinidad de veces por las descripciones que Cervantes nos ha dejado de él:

           “Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza…” (1, 1).

         “Porque quien oyere decir a vuestra merced que una bacía de barbero es el yelmo de Mambrino, y que no salga deste error en más de cuatro días, ¿qué ha de pensar sino que quien tal dice y afirma debe de tener güero el juicio?…” (1, 25).

Ambas imágenes, autor y personaje, están unidas casi desde el mismo momento de la publicación en 1605 de la Primera Parte del Quijote.

Hace tres años, en 2016, cuando la Cadena SER me propuso, como presidente de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, dirigir un programa semanal sobre Cervantes y el Quijote (se conmemoraba el cuarto centenario de la muerte del escritor), planteé que el título y su contenido debían de tener el topónimo Mancha, pues para mí, las imágenes de Cervantes, el Quijote y la Mancha están indisolublemente unidas. No me cabe la más mínima duda que de no haber titulado Cervantes su novela El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha esta tierra castellana habría perdido este topónimo hace muchos años. Si hoy existe la región española conocida como Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha es gracias a Cervantes y a la imagen que de la Mancha describe fielmente en su Quijote. Si hoy todo el mundo sitúa geográficamente la Mancha en España, entre Madrid y Andalucía, aunque nunca haya estado aquí, es gracias a Cervantes y su Quijote. El título, de los más de cien programas que llegamos a emitir, durante más de dos años, fue: “Cervantes, don Quijote y la Mancha”.

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Durante este centenar de programas de unos quince minutos de duración, ¡más de veinticinco horas cervantinas!, la figura de autor, personaje y territorio envolvieron los comentarios de cada uno de los cincuenta y dos capítulos de la Primera Parte del Quijote, que llegamos a terminar. Quizá algún día se pueda continuar con la Segunda Parte y, por qué no, con el resto de obras de Cervantes, pero las prioridades de emisión, a veces, no van por los derroteros que a uno le gustan, sino hacia lo que los oyentes reclaman. Y Cervantes y su Quijote, pasando las efemérides de los centenarios, ni a los manchegos parece interesar. Siguiendo la tradición sevillana de contar los días hasta la próxima Semana Santa: ¡Ya solo faltan ochenta y seis años para volver a conmemorar a Cervantes y el Quijote!  

En estos programas expresé lo que yo siento por Cervantes, el Quijote y la Mancha. Y desde esta Mancha de Cervantes y de don Quijote, en la que tengo el gran privilegio de haber nacido y vivir en ella, os dejo estas breves consideraciones, lo que yo realmente pienso, del vínculo entre estas tres imágenes que fueron surgiendo durante los programas. Si me tuviese que quedar con una sola palabra que identifica a Cervantes, don Quijote y la Mancha esta sería: SENCILLEZ (Con mayúsculas).

 

CERVANTES

Miguel de Cervantes Saavedra fue un hombre normal, que en todo momento de su vida buscó lo mejor para él y para su familia, como cualquiera en su época, y hoy mismo. En cuanto pudo se marcha de España, y entra al servicio de un joven monseñor en Roma, que poco tiempo después es nombrado príncipe de la Iglesia: el cardenal Acquaviva. Sin duda, el cardenal ya apreció en el joven Miguel esa inteligencia literaria innata. Poco le duró el tiempo entre los formidables libros de la biblioteca romana del cardenal y, como en otros muchos jóvenes, el sentimiento de servicio a su patria con las armas,  llama su atención. Combates y heridas, como otros muchos soldados, prisionero con ciertos  privilegios, ganados o fingidos, con respecto a los demás, es liberado por dinero, como los demás, y de vuelta a España se gana el sueldo con un buen cargo en su época, recaudador de impuestos para la Corona, recorriendo gran parte de Castilla y Andalucía, e incluso en este tiempo pasa por la soledad de las cárceles mientras sus cuentas con la Corona se aclaraban, como cualquier recaudador de impuestos. Se casó y tuvo hijos, dentro y fuera del matrimonio, una vida razonablemente sencilla, sin tantos sufrimientos como se le han adjudicado, sin evidencias de ello.

Pretendía, como todos, el bienestar suyo y de su familia, en una sociedad en decadencia, en el que el dinero y cómo conseguirlo consumían su vida, como a todos sus coetáneos. Y más escribiendo poesía y teatro, que era ya lo que más le gustaba desde antes de marcharse con el cardenal romano, alcanzar fama, y el dinero de la fama, era su objetivo principal. Tiene la mala fortuna, buena para nosotros, de coincidir en vida con el mayor y mejor creador de teatro de su tiempo, Lope de Vega, por lo que para ganar algo de dinero escribiendo tiene que hacerlo con la prosa, pero innovándola, transgrediendo los códigos de la escritura hasta entonces, cambiando escenarios y personajes. Y así logra ser leído, ser un éxito en ventas de su época, aunque solo le dio lo justo para vivir muy sencillamente, quizá con estrecheces.

Cervantes fue, por tanto, una persona muy normal,  lo que le hace extraordinario es su genial concepto de la literatura, que le hizo crear la obra más importante del Siglo de Oro español, la cual ha trascendido hasta nuestros días, el Quijote. Como creador paso por encima de las normas literarias establecidas. Solo un genio es capaz de escribir sobre los valores universales del ser humano contando sencillas  historias cotidianas, normales para sus lectores. Y lo hace al final de su vida, recordando anécdotas personales y cuentos oídos en las ventas de los caminos. Escribe desde su experiencia de una vida ya larga, haciendo así creíble su novela en el espacio y en el tiempo, y, lo que es más importante, en el escenario y con los protagonistas elegidos para su guión. Estos nuevos límites en la literatura marcados por Cervantes han llegado hasta nuestros días. ¡Esta innovación literaria  solo la puede hacer un genio como él!

 

EL QUIJOTE

Las novelas de caballerías eran muy leídas, y escuchadas, en su época, género de entretenimiento social a todos los niveles eran  criticadas airosamente por muchos, incluso desde los púlpitos de las iglesias, que también a escondidas las leían. Cervantes, en lugar de criticarlas, crea una novela que las parodia. Cambiando escenarios, aventuras y protagonistas, alimenta las risas entre sus lectores, que también eran asiduos de las de caballerías, dejando implícitamente en el Quijote el mensaje de: ¡tonto el que las lea! Y dio mejor resultado que las críticas airosas de otros autores, nadie quería ya leerlas, ni escucharlas.

Y qué mejor elección para caballero y escudero que un hidalgo, trastornado por leer libros de caballerías, y un jornalero vecino suyo, a veces no menos chiflado. Figuras marginales de la sociedad española rural con las que Cervantes parodia a los caballeros fantásticos y sus eficaces escuderos, y de paso reírse  con ellos de los problemas de su sociedad. Conoce los defectos y virtudes del ser humano siendo capaz de murmurar de todo y de todos, pero sin hacer sangre a nadie. Esto es sencillamente el Quijote, una novela creada en su  momento para parodiar un género literario con humor y humanidad, y de paso a la sociedad española que tan bien conoce. Los libros de caballerías se dejaron de leer, nadie quería parecer un tonto, y es cuando la humanidad de los personajes cervantinos hacen transcendental la novela, una obra de arte en la que nos podemos mirar todos, como en un espejo, en las personalidades cambiantes de don Quijote y Sancho Panza, quizá como las nuestras, aunque hayan pasado más de cuatro siglos. La sociedad ha avanzado mucho en multitud de campos, pero el hombre de hoy sigue teniendo los mismos problemas y aspiraciones que el hombre coetáneo a Cervantes.

Hoy se puede leer el Quijote de muchas formas, pero siempre teniendo en cuenta la época en la que fue escrito. Sin esta consideración, además de no entender casi nada, puede llegar a ser un libro aburrido de solemnidad. La fina ironía y buen humor de Cervantes está dirigida a la sociedad en la que vive, si somos capaces de transportar las escenas y personajes a nuestros días advertiremos como sigue siendo su mensaje actual, y nos reiremos, lloraremos, enojaremos… con el loco tan cuerdo de don Quijote y el lego tan docto de su escudero, sancho Panza. No es necesario ser filólogo, historiador o filósofo para entender el Quijote, solo hay que hacer unos ejercicios previos, calentar un poco, antes de esta carrera de fondo que es leerlo, y siempre hacerlo despacio, sin prisas. Cuando notemos que no nos dice nada, que deja de llamarnos la atención, cerramos el libro y lo dejamos sobre la mesa. En unos días o semanas sencillamente nos volverá a llamar, y  volvemos a comprender su mensaje. O cuando, simplemente, en medio de nuestras actividades, tenemos unos minutos para leer, abrimos el Quijote por cualquiera de sus capítulos, al azar, y con solo leer media página seguro que obtenemos un momento de placer literario con una escena de risa, de melancolía, de amistad, de sueños posibles e imposibles, de vida. Lo cerramos de nuevo, seguimos con nuestra tarea diaria. Esto es, para un simple lector como yo, cómo leer el Quijote.

 

LA MANCHA

Los viejos códigos literarios caballerescos hacían discurrir las aventuras de sus imponentes caballeros por parajes de fantasía. Cervantes, si para su parodia escoge personajes normales, reconocibles, hace lo mismo con el escenario. Hace verosímil su historia eligiendo una tierra muy conocida en su época por, entre otras cosas, ser tierra de paso obligatorio entre Castilla y Andalucía, Extremadura y el Levante, un gran cruce de caminos. Escoge sencillamente el paisaje ideal para su caballero, la Mancha.

Y es en sus caminos y parajes donde sitúa a don Quijote, fuera de palacios y cómodos alojamientos, especialmente en la Primera Parte, donde solo está bien alojado en la casa de don Diego de Miranda y en la casa de los novios Quiteria y Basilio, pero  en cuanto puede ensilla a Rocinante y se marcha de nuevo a los caminos, pasando las noches debajo de las estrellas o en el peor camaranchón de una venta.

Cervantes conoce la Mancha, al menos la ha atravesado decenas de veces por su trabajo de funcionario. Sus caminos los ha recorrido al paso de su caballería. La extraordinaria planicie, cansina, que parece no acabar nunca, la luz a veces cegadora que invita a los espejismos, y el silencio del camino, el profundo silencio roto a veces por el canto de un pajarillo, sin duda pesaron mucho en la elección del escenario para las aventuras del loco más sensato  del mundo.

La percepción del paisaje, su imagen, es subjetiva. Para algunos, la monotonía de este paisaje lo hace aburrido, para otros, como yo que tengo la suerte de vivir en la Mancha, podemos sentir una extraña sensación de inmensa belleza, y percibimos, leyendo el Quijote, la misma imagen del medio físico elegido por Cervantes.

La intención de Cervantes al crear el Quijote es narrar una ficción verosímil con sus sencillos personajes y su geografía. Y aunque no era, ni es, una guía de viajes, el trazado de las aventuras sigue una ruta por caminos y parajes reales, reconocibles por las gentes del siglo XVII que leían, o escuchaban, sus historias, con las sencillas descripciones que del paisaje manchego hace en la narración. El escenario manchego no tiene más importancia que la de ubicar con credibilidad a sus personajes, lo importante no es la Mancha sino lo que nos cuenta Cervantes en la Mancha.

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Dibujos de dos grandes genios actuales de la pintura. Están hechas con el inmenso cariño que un padre pone cuando retrata a su hijo. A la izquierda Antonio López nos deja la imagen hiperrealista de su hija María, a la derecha Fernando Botero quiso dejarnos la imagen de su hijo fallecido, Pedrito. Dos obras de arte, abstracciones de la realidad según cada pintor, que a quienes las contemplamos nos pueden gustar más o menos, pero lo que es indudable es que ambos autores pintan la imagen subjetiva de sus hijos en ese momento.

Como un pintor, la imagen de la Mancha en el Quijote es la abstracción percibida de ella por Cervantes. Será más o menos realista, nos gustará más o menos como la ha representado, hay quien hoy la define incluso como ambigua o inexacta, pero él es el autor y desde el momento que se imprime en 1605 este es el escenario de la obra, él es el pintor. Enmendar hoy a Cervantes sobre la Mancha y sus caminos, usando cartografía actual y sistemas de información geográfica muy precisa, es olvidar completamente que el Quijote se escribió para gentes del siglo XVII que reconocían y sentían la Mancha tal y como la siente y describe él. La gran sorpresa para sus lectores es que por primera vez los personajes y el escenario geográfico  caballeresco eran reales, reconocibles. Las aventuras se sucedían entre personajes reales, en un espacio y tiempo verosímil, y los caminos hacían de vínculo entre ellas, por donde necesariamente debían transitar los protagonistas.

Es por tanto el paisaje manchego descrito por Cervantes tan sencillo como era en la realidad, y sigue siéndolo, usándolo solo lo necesario para enmarcar el momento de la narración. La descripción del paisaje no resta importancia a la aventura, sólo la enmarca adecuadamente, quizá sea también otra genialidad moderna de Cervantes en la composición de cada uno de los cuadros que componen el Quijote. Él se considera un poeta, amante del teatro, capaz de crear un personaje y un escenario de ficción, pero que decide ir a contracorriente y parodiar a los fantásticos caballeros con un viejo hidalgo a horcajadas sobre un no menos viejo caballo, por una tierra tan sencilla como él y su escudero. Y le salió el Quijote, una obra de ficción en una geografía real.

No nombra explícitamente muchos lugares de la Mancha, pero sí los necesarios para que sus lectores reconociesen, con la perspectiva paisajística de aquella época, el hábitat del hidalgo manchego, su comarca: Tembleque, Quintanar, Argamasilla, Puerto Lápice y El Toboso, e implícitamente con la figura de los molinos de viento a Campo de Criptana. Esta es la comarca manchega de don Quijote, homogénea, plana, luminosa, silenciosa. Silencio solo roto por los cascos de las caballerías que iban y venían de Toledo a Murcia, por el camino principal que atraviesa esta comarca, por el que transitó Cervantes, y don Quijote en su imaginación. Tierra tan sencilla que pocas descripciones más se pueden hacer de su paisaje, aunque hoy a algunos pueda parecer el paisaje del Quijote ambiguo, escaso o contradictorio.

El conocimiento de Cervantes de esta parte de la Mancha y su medio físico, es el mismo que unos pocos años antes los vecinos de estos mismos lugares hacen en las Relaciones Topográficas que manda hacer el rey Felipe II, en 1575. Autor y lectores tienen la misma perspectiva física y humana de la patria de don Quijote. Hoy incluso nos podríamos preguntar si el Quijote es un libro de viajes de Cervantes. Yo creo que no tuvo ninguna intención de que lo fuese, solo quería dar verosimilitud al relato, en clara parodia a los fantasiosos libros de caballerías. El libro de viajes del Quijote está aún por hacer por cada uno de los viajeros, o peregrinos quijotescos, que sigan los pasos imborrables de Rocinante por la Mancha. Si Rocinante fuese un caballo real sus huellas las habría borrado el viento solano, pero Rocinante es un mito y sus huellas no se han borrado en cuatro siglos, solo hay que saber encontrarlas.

Feliz mes cervantino y quijotesco, y quien pueda que lo celebre en la Mancha.

 

                                     Luis Miguel Román Alhambra

 

 

 

 

 

 

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