CRÓNICAS DE VIAJES POR ALCÁZAR

LA MANCHA DE DON QUIJOTE         A la Mancha, hasta el siglo XIX, solo venían arrieros y trajinantes a vender los productos de otras tierras. Considerada por viajeros y funcionarios como tierra de paso necesario entre Castilla y Andalucía, en este siglo se trasforma en una tierra mítica, mágica, idealizada por el entusiasmo fervoroso de los viajeros románticos deseosos de recorrer, con el Quijote, la Mancha de don Quijote.

         A diferencia de los viajeros ilustrados que recorrieron Europa con intención formativa y científica, conocido como el Grand Tour, estos nuevos viajeros románticos viajan principalmente por placer estético y entretenimiento. Han leído el Quijote y como apasionados lectores quieren descubrir esos lugares y parajes que incluso Cervantes ni los ha mencionado en el texto. Y es el paisaje del Quijote el que los atrae a España y a la Mancha. Atrás queda la leyenda negra de país atrasado y peligroso, donde en cualquier parte del camino te podían asaltar e incluso matar. Cervantes ha descrito el paisaje de la Mancha con sus palabras, y como en cualquier novela, real o ficticia, saben que está apoyada en un espacio geográfico real. Ha pasado más de dos siglos y los caminos, parajes y lugares de la Mancha tienen casi la misma imagen de cómo los conoció Cervantes.

         Viajeros anónimos e ilustres vienen hasta aquí queriendo sentir en primera persona el escenario donde Cervantes enmarca las aventuras y el espíritu caballeresco del loco más sensato que ha existido jamás. De los anónimos no ha quedado registro de su paso, se llevaron en su retina las imágenes del paisaje de la Mancha, la luz y el horizonte, y la de los manchegos. Otros viajeros, en cambio, tomando como guía de viaje el Quijote, nos dejaron su particular visión de la patria de don Quijote en sus libros o crónicas de viaje. Todos han llegado a Alcázar de San Juan casi siempre de paso en su particular ruta. Su situación privilegiada en el centro de la Mancha y su espíritu hospitalario, hace de esta ciudad el nodo principal entre los caminos quijotescos que van o vienen de los molinos de Campo de Criptana y El Toboso. Sin embargo, la mayoría de los viajeros han sentido aquí, entre sus calles y plazas, el espíritu del Quijote que estaban buscando, y el de su autor. De la misma manera, entre sus vecinos, han creído reconocer a Alonsos y Sanchos, Barberos y Curas, Sansones y Sobrinas.

         En este artículo recordaré a algunos de estos viajeros, en orden cronológico, que han pasado y han dejado escrito el nombre de Alcázar de San Juan en sus libros y crónicas de viajes, y en sus dibujos, inmortalizando las imágenes de esta ciudad cervantina y quijotesca. Siglo y medio separa la primera crónica de la última.

         Aunque hay muchas más, especialmente en estos últimos años en los que han aparecido multitud de páginas web en las que sus autores viajeros, blogueros e influencers, nos han dejado también su paso por Alcázar de San Juan. Páginas enfocadas especialmente al turismo cultural relacionando paisaje y literatura, el paisaje literario, natural y rural, como objetivo principal del viaje. Han valorado muy positivamente la situación geográfica y de los recursos disponibles para hacer de Alcázar de San Juan el nodo principal, el origen, desde el cual poder visitar los espacios turísticos, urbanos y de naturaleza, tan unidos al Quijote, como El Toboso, Campo de Criptana, Argamasilla de Alba, Tembleque, Quintanar, Puerto Lápice, las Lagunas de Ruidera o la Cueva de Montesinos. Lugar desde donde el viajero puede organizar cada una de sus salidas, como lo hizo don Quijote en sus tres salidas de su pueblo, y dirigirse a contemplar y disfrutar de los recursos urbanos y naturales, materiales e inmateriales tan cercanos. Especialmente para sentir estos últimos, los inmateriales, el viajero actual, como el romántico, necesita datos útiles para viajar por la Mancha de don Quijote y tratar de sentir su espíritu en cualquier lugar o camino, a veces con su viejo Quijote en la mochila. De las simples estancias de la Fonda de La Cayetana y un ajo de patatas con bacalao del siglo XIX, ahora nos detallan una red de hoteles de diferentes categorías donde descansar, y multitud de bares y restaurantes donde apreciar la sublime gastronomía manchega. Pero también describen que esta pequeña ciudad o pueblo grande, como a mí me gusta definir a Alcázar de San Juan, transmite cervantismo a los viajeros que la visitan por tener un museo cervantino en sus calles e incluso hay quien dice haber visto entre sus vecinos a los mismos personajes del Quijote con ropas del siglo XXI. Esta apreciación subjetiva de viajeros, blogueros e influencers no ha cambiado en este último siglo y medio de crónicas de viajes por Alcázar de San Juan.

CAMINO DE ALCAZAR DE SAN JUAN

HANS CHRISTIAN ANDERSEN

          Hans Christian Andersen (1805-1875) nace en Odense, Dinamarca. Escritor de novela, poesía y teatro, la fama universal la consigue con la literatura infantil. Sus cuentos El patito feo, La sirenita, La reina de las nieves, El soldadito de plomo, El traje nuevo del emperador o La princesita y el guisante han sido traducidos a casi todas las lenguas del mundo, con infinidad de ediciones publicadas.

         En 1862 el escritor danés recorrió España durante cuatro meses. De su visita escribió I Spanien, publicado un año más tarde, y después se tituló Viaje por España. Desde Andalucía tiene que atravesar Sierra Morena, desde La Carolina a Santa Cruz de Mudela, a lomos de un caballo. Aún se estaba trabajando en la continuación de la línea ferroviaria a Andalucía hasta Córdoba, que estaba en servicio hasta San Cruz de Mudela. Él mismo cuenta que ve a “hombres barrenado la montaña de roca” para hacer el ferrocarril. Después de una larga mañana de difícil camino llega a Santa Cruz de Mudela. No parece que le agradó mucho el pueblo, y mucho menos la habitación donde tenían que pasar aquel día y la noche, que decide tomar el tren que estaba a punto de salir hacia Alcázar de San Juan, donde haría trasbordo, ese mismo día, a un tren procedente de Valencia con destino final a Madrid, justificando su marcha, “mil veces mejor, desmayarse y morirse de agotamiento en el vagón de un tren”, que quedarse allí.

         Hans Christian Andersen atraviesa la Mancha en tren, de sur a norte, y llega a Alcázar de San Juan. De nuevo un ilustre viajero en la estación del ferrocarril de Alcázar de San Juan. Y se va de nuestra ciudad pensando que podría haberse quedado y desde aquí ir al “cercano Toboso, famoso por la Dulcinea de don Quijote”, dejando en esta apreciación la misma sensación geográfica que dejó en el texto del Quijote su autor, “que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer” Nadie le había apercibido de esta circunstancia, aunque él si conocía la tradición cervantina de la ciudad como cuna de Cervantes.

         Alcázar de San Juan. Vista desde el patio de la estación de ferrocarril por Hans Christian Andersen:

          El tren salía en aquel instante, subimos al vagón, a la medianoche, tras diez horas de viaje llegaríamos a Madrid. Íbamos muy cómodos; resultaba reconfortante sentir la fragorosa velocidad del vehículo de la civilización, recobrar la sensación de volver al presente. La comarca era llana, sin variación alguna. En Alcázar de San Juan, un pueblo que compite con otros dos sobre el derecho a llamarse cuna de Cervantes, enlazamos con la vía férrea de Valencia-Madrid; tuvimos que esperar una eternidad la llegada del tren principal, que apareció mucho después de la puesta del sol. Nos sentamos mientras en el triste patio de la estación de ferrocarril a contemplar de lejos el antiguo pueblo, sus muchas torres de iglesia y sus grandes edificios; tenía un aspecto interesante; aquí podríamos haber pasado la noche, quizá, incluso hacer también una excursión al cercano Toboso, famoso por la Dulcinea de don Quijote; pero nadie nos había nombrado tal pueblo; la fonda de Santa Cruz de Mudela fue lo único que nos habían sabido recomendar a los viajeros. El ferrocarril es aún algo tan nuevo en España que, incluso en las ciudades grandes, si se encuentran muy apartadas de la línea de tren, no hay manera de conseguir información. La guía impresa: “El indicador de los caminos de hierro”, donde todos los trenes y estaciones están detalladamente registrados, es imposible obtenerla fuera de Madrid.

         La silueta de Alcázar de San Juan recortándose contra el llameante cielo crepuscular, en tanto nosotros salíamos de nuevo veloces, impulsados por la fuerza del vapor.

CAMPESINO VENDIENDO FRUTA

 AMOS DE ESCALANTE

          Amós de Escalante y Prieto (1831-1902) nace en Santander. Hombre muy culto, escribe tanto prosa como poesía. Fue académico correspondiente de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia Española, y fundador de la Escuela Lírica Montañesa. En 1863 realiza un viaje desde Madrid a Andalucía, dando como resultado su obra Del Manzanares al Darro. Como tantos y tantos viajeros utiliza para su viaje el tren, partiendo de la estación madrileña de Mediodía, donde coincide, aquella noche del 26 de marzo, con amigos suyos: “Castelar, el célebre orador, y Cruzada Villaamil, el infatigable y celoso amante de las artes y las glorias españolas”, con “Moret, el elocuente economista, y Martín, ingeniero de Minas, amigo leal de mi primera juventud”.

         Pasan por Aranjuez y “después del oasis, el desierto. Pasadas las umbrías espesas se entra en la manxa (tierra seca) de los árabes”. Es muy interesante apreciar como para Amós de Escalante la Mancha comienza después de Aranjuez y la Mancha de Don Quijote comienza pasado el lugar de Quero, “más allá de Quero”. Otro detalle geográfico cervantino que aporta en su crónica es cómo sitúa el Campo de Montiel pasado Alcázar de San Juan: “dentro de poco cruzaremos el campo de Montiel y llegaremos a Argamasilla de Alba”. Unos límites del Campo de Montiel muy distintos a los administrativos, pero muy similares a los descritos por Cervantes en el Quijote. Amós de Escalante interpreta la geografía del Quijote como los primeros lectores, allá por principios del siglo XVII, reconociendo que aquí, en esta parte de la Mancha, Cervantes esbozó los escenarios de las aventuras de don Quijote, no en su imaginación. ¡Y Cervantes, siempre el espíritu cervantino cuando se pasa por la estación de Alcázar!

         Explícitamente, Amos de Escalante, no reconoce al Miguel de Cervantes de aquí, pero en la juventud “de sus pocos años” deja su opinión implícita sobre el autor del Quijote. Escalante hace una de las descripciones más acertadas de Sancho y don Quijote, del hombre manchego: “El hombre rudo, llano, cuyo afán primero son las necesidades de la vida; positivo, pero lleno de sentido común, con el que juzga acertadamente a sus personajes, y el hombre que aspira al ideal engendrado por la fantasía ardiente y su corazón generoso, y, viéndolo todo a través de ese ideal, trae sobre sí el desacierto y la desventura”.

         La Mancha de don Quijote, según Amos de Escalante:

         Pasamos por Quero. Sus lagunas, de sombrío color, parecían inmensas planchas de acero; sus márgenes blanqueaban con la sal depositada por la evaporación, y parecían los marcos, sin dorar todavía, de aquellos espejos.

         Más allá de Quero principia la Mancha de Don Quijote. En aquel país yermo y triste nació la obra más peregrina del ingenio humano. ¿No es suficiente título al amor y al interés de los hombres? ¿No valen esa gloria y esa fama la fama y la gloria que pueden granjear a otra región cualquiera las bellezas que prodigó sobre ella la mano del Omnipresente?

         Cuando el sol inunda de limpia claridad los dilatados términos del horizonte se descubren a la derecha los célebres montes de Toledo; de ellos arrancan las sierras de Consuegra y Villarrubia, que corren hacia el Sur; a sus pies se alzan los molinos de Herencia; y, más lejos, su estribación postrera es Puerto Lápice, donde “se pueden meter las manos hasta los codos en esto que llaman las aventuras”, según decía el hidalgo a su escudero.

         A la izquierda se levantan las cimas de Montealegre y Almenara, sobre la antigua carretera de Valencia, lugares nombrados en la historia criminal de España, antes de la creación de la Guardia Civil.

         En medio de la desierta llanura, donde serpentea el misterioso Guadiana, hay un cerro cónico y aplanado, coronado de una ermita: es el Cristo de Villajos, imagen devota y muy venerada en el país. Al otro lado de ese cerro está El Toboso. Los molinos que bracean enfrente, explicando tan claramente la etimología de la palabra “aspavientos” son los del campo de Criptana, embestidos por el valeroso caballero en su segunda salida: dentro de poco cruzaremos el campo de Montiel y llegaremos a Argamasilla de Alba.

         ¡Oh vosotros, cuantos llegáis de día a estos lugares!; si fue el habla que os arrulló en la cuna al habla noble y sonora de Castilla; si esa habla fue la de vuestra madre y en ella aprendisteis a decir vuestra primera palabra y a rezar vuestra oración primera, ¿no es cierto que, al oír esos nombres, ha latido vuestro corazón apresuradamente y habéis sentido serpentear por las venas el estremecimiento frío de las grandes emociones?

         Tal es el prestigio del libro de Cervantes. La novela se ha hecho historia; los hijos de la fantasía han tomado ser humano, han vivido nuestra vida. Las huellas de esa vida buscamos en esos sitios que nos hablan de ellos; las señales de su paso, los recuerdos de sus hechos, los vestigios de sus nombres.

         Para conocer así los secretos de la existencia, para saber cómo las pasiones mueven y avasallan el corazón, ¡cuánto es preciso haber sentido, haber padecido! ¿Qué de dolor, qué de miseria, qué de flaquezas ajenas o propias revelan aquellas iluminadas y vivas páginas!

         Los altos pensamientos, el valor generoso, la agudeza de ingenio, la grandeza de ánimo estaban en Cervantes, era el fondo de su naturaleza moral; pero no fue en su imaginación, a pesar de lo portentosa, donde vio el original de tantas y tan variadas escenas como animan sus novelas. En su juventud agitada y aventurera, en su juventud vivida con la libertad y actividad hervorosa de aquel siglo y de sus pocos años, el gran poeta vio de cerca el mundo, y, penetrando sus más recónditos misterios, sin que su fealdad o su vileza le arredrasen, dejó bosquejados en su memoria los cuadros que luego había de concluir con tan valiente colorido.

         Así, la vida de Cervantes ofrece uno de los tipos más completos de la existencia humana; toda ella puede resumirse en la palabra “acción”, que resume y compendia la vida; que es, pudiéramos decir, la síntesis de ella. Acción guerrera en la juventud; acción en la cautividad, trabajo incesante y peligroso para romper su cautiverio; acción después para lograr un puesto que remediase su escasez; labor difícil, lenta y penosa, puesto que consistía en abrirse camino a través de ambiciones y conatos diversos, cuyo interés común era lograr lo mismo que él codiciaba; acción en fin, la postrera, pero la más gloriosa, la más fecunda; acción del alma recogiendo la experiencia y los desengaños de toda la vida, creando con ellos un mundo no de fantasmas, sino de hombres, y entre esos hombres dos tipos soberanos, inmortales, que compendian la sociedad.

         El hombre rudo, llano, cuyo afán primero son las necesidades de la vida; positivo, pero lleno de sentido común, con el que juzga acertadamente a sus personajes, y el hombre que aspira al ideal engendrado por la fantasía ardiente y su corazón generoso, y, viéndolo todo a través de ese ideal, trae sobre sí el desacierto y la desventura.

         ¡Qué tristeza en el libro de Cervantes! ¡Cómo rebosa la amargura en las aventuras del caballero, descaminado siempre por la hidalguía de sus sentimientos!

         Estábamos en Alcázar de San Juan. Castelar siguió su jornada a Alicante y Cartagena, donde debía pasar sus vacaciones universitarias. Nosotros tomamos el tren de Ciudad Real”

MUJER MIRANDO CALABAZAS

AUGUST F. JACCACI Y DANIEL URRABIETA VIERGE

         En 1896 se publica, en Nueva York, On the trail of Don Quixote, escrito por el editor y escritor francés, nacionalizado estadounidense, August F. Jaccaci e ilustrado por el español Daniel Urrabieta Vierge.

         Esther Bautista Naranjo, en Un americano en la Mancha tras las huellas de don Quijote, nos dice sobre Jaccai que: Su relato se sitúa a caballo entre la interpretación mítica del personaje, que se remonta a la herencia romántica, y una lectura realista de la obra, que Cervantes presenta como un documento histórico de principios del siglo XVI.”

         August Florian Jaccaci (1856-1930) nace en Fontainebleau, Francia. Se traslada a Estados Unidos, asentándose en Nueva York, y obtiene la nacionalidad estadounidense en 1888. Es considerado un auténtico esteta, dedicando toda su vida al arte como pintor, escritor y editor.

         Daniel Urrabieta Ortiz y Vierge (1851-1904) nace en Getafe. Un gran desconocido en España, en Francia consiguió un rotundo éxito, considerándolo el padre de la ilustración. Para mí, sin lugar a dudas, es el mejor ilustrador del Quijote, como se puede comprobar en la edición ilustrada de Salvat Editores S.A de 1916, al haber dibujado al natural el paisaje y paisanaje de la Mancha. Como decía su amigo y pintor ciudadrealeño Carlos Vázquez “a otorgado un sabor manchego a los dibujos”. Dibujos de Alcázar de San Juan, de Vierge, editados en la primera edición de On the trail of Don Quixote (1896) son los que ilustran este artículo, junto a los bocetos realizados a lápiz, acuarela y tinta china, conservados en la Hispanic Society of América, en Nueva York.

         El viaje de Jaccaci a la Mancha se produce en 1894. Escritor e ilustrador no hacen el viaje al mismo tiempo. Deben de tener consensuado el itinerario porque Vierge viaja por la Mancha un año antes que Jaccaci.

FACHADA DE FONDA ILUSTRACION 

         Alcázar de San Juan visto por Jaccaci, de la magnífica traducción de Esther Bautista Naranjo en Un Americano en la Mancha tras las huellas de don Quijote:

         Enseguida llegamos a Alcázar de San Juan, un pueblo con cierta importancia comercial ya que un tramo de la línea que va hacia el Levante se cruza aquí con el camino de Madrid a Sevilla. Naturalmente, Alcázar se vanagloria de su estación con bufet. Pero lejos de mi intención estaba comer en una mesa cubierta con un mantel que evidenciara mucho uso, saborear imitaciones españolas de los filetes ingleses o beber un supuesto vino de Burdeos en un vaso, en lugar de un negro y basto Valdepeñas de una bota o un porrón, y escuchar la posible conversación hispano-franca-inglesa de un camarero. Ya había suficiente color local en los alrededores de este bufet, símbolo de la civilización decimonónica que, como un hongo entre la hierba y las plantas de una pradera, se encontraba aislado entre unos alrededores anticuados y provinciales. Nos asomamos desde la torre del ayuntamiento, descansamos y desayunamos rápido en la fonda, cuya monumental fachada daba a una gran plaza, la del mercado, donde se desarrollaba un divertido espectáculo bajo la atenta mirada de un empleado municipal que llevaba una escobilla. En los breves intervalos entre su intercambio de cumplidos y cotilleos con los transeúntes hacía como si barriera el suelo con una pose tan distinguida y con movimientos tan comedidos como correspondía a un noble, si Dios llegara a encomendar a un aristócrata una labor tan humilde. La hora del mercado ya había terminado, pero aún quedaban unos cuantos hortelanos con la esperanza de poner a la venta la mercancía que habían extendido sobre el polvo de las aceras. Voceaban y cantaban las virtudes de cada una de sus frutas y verduras, haciendo extraños cumplidos a cada ama que aparecía en escena. Unas veces se burlaban unos de otros; otras, se quejaban a la providencia por su mala suerte, pregonando todo con voces fuertes y provocando, con espíritu alegre, discretas risas. Había también algunas mozuelas agraciadas entre ellos, con vestidos de muchos colores. A una de ellas le compramos nuestra provisión de fruta: –Vaya usted con Dios–, me dijo al irme. Después, me llamó y añadió: –Caballero, cuando llegue usted a su casa le dice a su esposa que las mujeres de Alcázar son bien parecidas. Buenas en el negocio, en el amor y, mire, ¡sólo aman una vez!

         Sentado en el portalón de la posada -la mayor que hasta entonces había visto- me pude hacer una idea de los que lugares como la Venta de Cárdenas o la de Quesada debieron ser antiguamente. A pesar de la inevitable suciedad y dejadez, esta posada tenía un inconfundible aspecto de prosperidad. La jovial posadera y sus ayudantes se movían afanosamente. Frente a nosotros unas sirvientas cosían, remendaban sábanas y tejían ropajes para a ayudar a su señor. El bufón sólo se ocupaba de barrer el suelo, seguido por una camarada que lo regaba todo el día. El ama, grande y recia, con la cara igual que un senador romano, recorría el lugar a zancadas, manteniéndose atenta a los detalles y dando órdenes con una voz que resonaba como un toque de corneta. El amo, con un manojo de llaves colgando del cinturón, se ocupaba de llenar las botellas de vino, matar las aves y cortar la carne. Al cuidado de la cocina trabajaban delante de nosotros dos viejas brujas que alternativamente desaparecían y volvían a aparecer entre el humo de la chimenea. El ama, a pesar de su gordura, andaba por aquí, por allá, y estaba en todas partes a la vez. A menudo surgía detrás de ellas inesperadamente, moviendo las ollas, probando la comida, añadiendo ingredientes y reprendiendo a las brujas con el más noble estilo alzando la voz, ese órgano tan magnífico que antes hemos mencionado. Sin embargo, el verdadero soberano de esta fonda era un niño mimado, de apenas tres años, espabilado e insolente, el benjamín de esta gran familia. Mantenía ocupada a su criada especial, una apuesta joven que llevaba una falda naranja, medias rojas y zapatos negros (¡oh, qué lujo!), y parecía indefensa cuando se sonrojaba y lanzaba miradas asustadizas hacia el ama a cada nueva evidencia del espíritu travieso del pequeño pícaro.

         Al dejar Alcázar de San Juan y su fonda lejos de nuestra vista ya no eran más que uno de los recuerdos de mi viaje añadido a los demás, un nítido negativo imborrable en la cámara de mi cerebro.

         Todos los alcazareños hemos reconocido la figura del ama de la fonda: ¡La Cayetana!

RINCON DEL PATIO DE LA FONDA

JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ, AZORÍN

         José Martínez Ruiz, conocido por el seudónimo de Azorín, (1873-1967) nace en Monóvar. Periodista y escritor, antes de escribir estos quince artículos había trabajado como redactor o colaborador en más de treinta periódicos y revistas. En 1905 entra a trabajar en el periódico El Imparcial, dirigido por José Ortega Munilla, hijo del filósofo José Ortega y Gasset. Llegó a ocupar el sillón P de la Real Academia Española, desde 1924 hasta su muerte.

          Dos meses antes de la celebración del tercer centenario de la publicación de la Primera Parte del Quijote, aparecían en el periódico El Imparcial de Madrid una serie de quince artículos con el título de LA RUTA DE DON QUIJOTE, firmados por José Martínez Ruiz, Azorín. El joven periodista fue enviado por José Ortega Munilla, director del periódico, a la Mancha para que siguiese los caminos y lugares reales que hizo el hidalgo manchego en la ficción de Cervantes.

          Aunque Azorín sigue en sus artículos publicados el orden que Ortega Munilla le marca, “Va usted primero, naturalmente a Argamasilla de Alba”, describiendo como llega en tren a la estación de Argamasilla, la actual Cinco Casas, muchos años después el mismo Azorín confiesa que realmente no llegó en tren a Cinco Casas, sino que en Madrid subió en un tren y se bajó en Alcázar de San Juan, desde donde realmente inició La Ruta de don Quijote. En el periódico La Prensa de Buenos Aires, el 7 de abril de 1935, lo publicó en su artículo Las Rutas Literarias:

          En cuanto a la ruta de Don Quijote, recordamos de ella muchos lances e incidentes. Lo más típico de este itinerario son los lugares de la Mancha. Y allí, en la Mancha, están Argamasilla de Alba o Lugar Nuevo, y el Toboso, y Criptana, y Alcázar de San Juan, y Puerto Lápice. Hicimos nosotros esta ruta en 1905, con motivo del centenario de la primera parte del “Quijote“. En Alcázar de San Juan alquilamos un carrito; no había entonces automóviles; si los hubiera habido, no nos hubiesen servido; los caminos no los permiten. En un carrito que guiaba un antiguo repostero que vivió y trabajó en Madrid, hicimos todo el viaje por pueblos y aldeas de la Mancha. Salimos de Alcázar de San Juan, fuimos a Argamasilla; visitamos las lagunas de Ruidera; penetramos en la cueva de Montesinos; nos detuvimos en la posada de Puerto Lápice, donde el célebre manchego veló las armas; contemplamos los molinos de viento en Criptana; hicimos una larga estación en el Toboso…”

          Con el éxito recogido por los artículos publicados, meses después se editan todos juntos en La Ruta de don Quijote. El último de sus artículos con el título La exaltación española, publicado el 25 de marzo de 1905, describe sus sensaciones paseando por las calles y plazas de Alcázar de San Juan:

          Quiero echar la llave, en la capital geográfica de la Mancha, a mis correrías. ¿Habrá otro pueblo, aparte éste, más castizo, más manchego, más típico, donde más íntimamente se comprenda y se sienta la alucinación de estas campiñas rasas, el vivir doloroso y resignado de estos buenos labriegos, la monotonía y la desesperación de las horas que pasan y pasan lentas, eternas, en un ambiente de tristeza, de soledad y de inacción? Las calles son anchas, espaciosas, desmesuradas; las casas son bajas, de un color grisáceo, terroso, cárdeno; mientras escribo estas líneas, el cielo está anubarrado, plomizo; sopla, ruge, brama un vendaval furioso, helado; por las anchas vías desiertas vuelan impetuosas polvaredas; oigo que unas campanas tocan con toques desgarrados, plañideros, a lo lejos; a penas si de tarde en tarde transcurre por las calles un labriego enfundado en su traje pardo, o una mujer vestida de negro, con las ropas a la cabeza, asomando entre los pliegues su cara lívida; los chapiteles plomizos y los muros rojos de una iglesia vetusta cierran el fondo de una plaza ancha, desierta… Y marcháis, marcháis, contra el viento, azotados por las nubes de polvo, por la ancha vía interminable, hasta llegar a un casino anchuroso. Entonces, si es por la mañana, penetráis en unos salones solitarios, con piso de madera, en que vuestros pasos retumban. No encontráis a nadie; tocáis y volvéis a tocar en vano todos los timbres; las estufas reposan apagadas; el frío va ganando vuestros miembros. Y entonces volvéis a salir; volvéis a caminar por la inmensa vía desierta, azotado por el viento, cegado por el polvo; volvéis a entrar en la fonda -donde tampoco hay lumbre-; tornáis a entrar en vuestro cuarto, os sentáis; os entristecéis, sentís sobre vuestros cráneos pesando formidables todo el tedio, toda la soledad, todo el silencio, toda la angustia de la campiña y del pueblo.

          Decidme, ¿no comprendéis en estas tierras los ensueños, los desvaríos, las imaginaciones desatadas del grande loco? La fantasía se echa a volar frenética por estos llanos; surgen en los cerebros visiones, quimeras, fantasías torturadoras y locas…

          Azorín ha terminado el encargo que le hizo su periódico. Se aprecia en este último artículo el cansancio acumulado de varios días de viaje sobre un carro tirado por una mula, durante un desagradable mes de marzo en la Mancha. Está esperando en Alcázar la salida del tren que le llevará a Madrid. El revólver que Ortega Munilla le dio para el viaje sigue en la maleta. El joven periodista recordaría mientras metía sus cosas y cerraba la maleta de madera, en la Fonda de La Cayetana, el momento en el despacho del director del periódico y lo que este le decía con el revólver en la mano: “…–No sabemos lo que puede pasar. Va usted a viajar sólo por campos y montañas. En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene usted ese chisme, por lo que pueda tronar”. Ya había terminado de escribir y mandar el último artículo al periódico y se dirige a la estación de ferrocarril, la misma que le vio bajarse entusiasmado a primeros de este mes de marzo.

TORREON DE ALCAZAR

RUBEN DARÍO

         Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío (1867-1916), nace en Metapa, Nicaragua. Padre del modernismo literario en lengua española del siglo XX, es reconocido como el príncipe de las letras castellanas. Héroe Nacional nicaragüense “porque defendió y enriqueció con su verso y prosa, en función de su ideario artístico, la lengua de Iberoamérica y España…”

         Para celebrar el tercer centenario de la publicación de la Primera parte del Quijote, Rubén Darío, el hijo de América y nieto de España, como él se definía, se acercó expresamente a Alcázar de San Juan interesándose por la disputa de esta ciudad por ser la cuna de Cervantes. De esta visita surge la crónica La cuna del manco que se publica el 21 de mayo de 1905 en el diario La Nación de Buenos Aires. Rubén Darío conocía la posición oficial, desde hacía ya muchos años, de la Real Academia de la Historia en favor de Alcalá de Henares, pero quiso defender, quijotescamente, la tradición cervantina alcazareña, posiblemente con más fervor que muchos alcazareños de aquel tiempo, y de ahora. De Darío es la comparación de la batalla entre ambas ciudades, otorgando la fuerza de dan las armas a Alcalá de Henares y la de la razón a Alcázar de San Juan: “Una batalla en que los cañones Maxim quedan substituidos por razones de a folio”.

         Durante años, ante la incomodidad de venir a este lugar manchego y poder ver en persona la partida de bautismo existente en la iglesia de Santa María, algunos críticos con este documento informaban maliciosamente contra él, como que la fecha era de 1588 en lugar de la verdadera de 1558, o que el folio estaba intercalado entre fechas no coincidentes con los anteriores y posteriores registros de bautismo, entre otras afirmaciones perversas. Falsas todas como se puede comprobar visitando los archivos de la parroquia de Santa María, de la misma manera que hizo el poeta nicaragüense, además de conocer de primera mano a los fervientes defensores de la causa alcazareña de aquella época.

         Alcázar de San Juan en 1905, por Rubén Darío:

LA CUNA DEL MANCO

Madrid, marzo de 1905

         Como he dicho ya, se vuelve, a propósito del centenario del Quijote, a renovar la vieja cuestión de: dónde nació el grande hombre de España. Digo vieja cuestión, porque en un libro de mediados del pasado siglo, he leído lo siguiente: «Miguel de Cervantes nació en Alcalá de Henares, domingo 7 de octubre de a547. Aun cuando se ha querido reproducir la cuestión sobre su patria, por aparecer en Alcázar de San Juan una partida de bautismo de un Miguel Cervantes, en 9 de noviembre de 1588, es una aberración indisculpable. Está probado que Cervantes quedó manco en el combate naval de Lepanto, domingo 7 de octubre de 1571, y mal pudo nacer diez y siete años después de aquel hecho de armas tan glorioso para la nación española. Además, la Academia de la historia, que inquiere cuidadosamente los antecedentes de los hombres célebres, tiene reconocida la partida de Alcalá y así lo sienta en la biografía de este escritor publicada en Madrid, 1780». Lo cierto es que eso de las cunas, desde Homero, tan famosos, ha tenido en España singulares casos. Entre otros, el de fray Luis de León. Y el más peregrino el de un rey, y no de los pequeños: el de Felipe II, nada menos. Los historiadores vallisoletanos dicen que nació en Valladolid. Dorado y otros afirman que en la villa de Villoruela, cerca de Salamanca. Así que no es raro, repito, que el viejo pleito entablado entre Alcalá de Henares y Alcázar de San Juan acerca de cuál de las dos villas se mereció la cuna del creador del Quijote, tome caracteres de batalla. Una batalla en que los cañones Maxim quedan substituidos por razones de a folio, a medida que se aproximan los días del inminente centenario.

         Yo he querido, por mi parte, para completar mis andanzas por las tostadas tierras alcazareñas y complutenses, hacer algunas indicaciones en oposición a las tan audazmente conocidas de los Sres. León Máinez y P. Fidel Fita, por ejemplo, y allá van a brazadas, para que los lectores de LA NACION tengan materia sobre qué cimentar sus juicios.

         Ante todo, quiero hacer una presentación somera del Sr. D. Antonio Castellanos. Don Antonio Castellanos es paladín, tal como queda dicho, de la causa alcazareña, de los legionarios -César no los contó mejores, ni más convencidos- que se baten por la idea de que Cervantes nació en Alcázar y no en Alcalá. Y son interesantes sus trabajos en ese sentido. Acomete con la historia, con la paleografía, con la casuística; acomete con todo lo que halla a mano en archivos y bibliotecas -y ya lo he dicho, es interesante el espectáculo…

         Últimamente se ha valido de la curia. Acompañado de un notario para dar fe de ello, ha obtenido copia de cuantos documentos atañentes a Cervantes y a sus colaterales y progenitores se guardan en los estantes parroquiales de Santa María la Mayor y Santa Quiteria, de la expresada ciudad de Alcázar. Debo a su complacencia el poderlos reproducir. Y allá van en extracto:

         «En nueve días del mes de noviembre de mil quinientos y cincuenta y ocho, bautizó el Bachiller Alonso Díaz Pajares un hijo de Blas de Cervantes Savedra y de Catalina López, que le puso nombre MIGUEL. Fue su padrino de pila Minchor de Ortega, acompañado Juan de Quirós y Francisco Almendros y sus mujeres de los dichos». Hay una firma que dice: Bachiller Alonso Díaz: está rubricada. Al margen se halla escrito el nombre de Miguel y en el mismo hay una nota de letra diferente y que debió de haber sido puesta con posterioridad y dice: «Este fue el autor de la Historia de Don Quijote», cuya nota, según manifestación del requirente D. Antonio Castellanos, fue puesta por D. Blas Nasarre, quien revisó los archivos parroquiales de esta región, por orden del señor duque de Híjar.

         Se hace constar que examinada con todo detenimiento esta partida por todos los presentes al acto, no aparecen en ella raspaduras ni enmiendas.

         En el folio setenta y uno, donde resultan extendidas cuatro partidas bautismales, aparece la tercera, que, copiada a la letra, dice: Al margen: «Tomás» y en letra distinta que debió de haber sido puesta con posterioridad, «hermano de Miguel de Cervantes, Quixote»; al fondo: «En treinta días del mes de diciembre, bautizó el señor licenciado Carrasco, prior de Santa María, un hijo de Blas de Cervantes y de su mujer Catalina López: fueron padrinos de pila el Sr. Dr. Ximénez y el señor contador Oviedo y Francisco López Botica: fueron madrinas (una palabra entre líneas casi ilegible que parece decir Catana), hija de Oviedo y (también entre líneas) Mari Díaz, hija de Francisco López y la mujer del Dr. Ximénez, testigo Juan López».

         Hay una firma ilegible para el que autoriza, estando rubricada.

         Esta partida es la última de las que aparecen puestas en el año de mil quinientos sesenta.

         En el folio ciento cuarenta y siete del mismo libro consta también otra partida bautismal, que es la primera de las cuatro que en él existen, y dice: Al margen: «Leonor»: en la cabeza de la partida, y que parece puesto con posterioridad a la misma: «esta fue hermana de D. Miguel de Cervantes, autor de la Historia de Don Quixote»: al fondo: «mil quinientos sesenta y seis». En seis días de febrero bautizó el prior padre Pedro Sánchez Galán, una niña de Blas de Cervantes, y de su mujer Catalina López: fue su compadre de pila Gonzalo de Alcázar y su mujer Ana de Pérez, acompañados del bachiller Pedro de Alcázar y su mujer, de Catalina Ramírez y Diego Pérez de Toboada y su mujer Marilópez». Se halla autorizada esta partida con una firma que parece decir: «Licenciado Díaz, clérigo», estando rubricada. Asimismo y examinado en el libro las tres partidas que figuran en el folio ciento noventa y seis, aparece la tercera partida, que copiada literalmente, dice: Al margen: «Francisco», en letra diferente, y que debió haber sido puesta con posterioridad: «hermano de Miguel de Cervantes Quixote»; al fondo: En veinte y ocho días del mes de abril de mil quinientos e sesenta y ocho años, cristianó Pedro Díaz, clérigo, un hijo de Blas de Cervantes y de su mujer Catalina López, dixose Francisco, fue su padrino de pila Francisco López, boticario, y Marí Díaz, su sobrina, acompañados el bachiller Pedro de Alcázar y Diego Pérez de Taboada y sus mujeres. Firmado: licenciado Díaz de Villamayor. «Esta rubricado». Acto seguido y acompañado de los señores requirientes y del señor licenciado D. Pedro Alba Castellanos, nos trasladamos en unión de los testigos que al final se expresan, a la iglesia parroquial de San Quiteria de esta ciudad y constituidos en la sacristía de la misma, donde se custodia el archivo parroquial, teniendo presente al señor coadjutor D. Emilio Gallego y Fernández, les expusimos el objeto de nuestra visita, suplicando al señor D. Leopoldo Jaén y Jiménez que tuviera a bien facilitarnos los libros que contuvieran documentos referentes a la familia Cervantes. El Sr. Jaén, accedió gustosísimo a nuestra solicitud y nos puso de manifiesto los siguientes libros: uno encuadernado en pergamino, en cuya cubierta aparece lo siguiente: «Desposorios, 1584, fin, 1610, libro primero. -Ignacio Lucas, segundo prior» El libro se halla foliado por hojas, apareciendo en la primera 1584, enero de mil quinientos ochenta y cuatro. Al folio diez y siete, en donde existen tres partidas de matrimonio, dice la primera, copiada literalmente, lo siguiente, al margen: «Francisco de Poyato, Leonor de Cervantes». Al fondo: «En diez días del mes de septiembre de mil y quinientos y ochenta y seis años, el bachiller Alonso Díaz Pajares, teniente de prior, desposé por palabras de presente a Francisco de Poyatos y a Leonor Cervantes, naturales de esta villa de Alcázar; testigos que fueron presentes el bachiller Lino de Dueñas, Juan López Hidalgo, Pedro Collado, cirujano, Alonso García, tercero y otros muchos y lo firman. Existen dos signos. El bachiller Pajares. Esta rubricado»

SANTA QUITERIA           Y otro libro, encuadernado en pergamino, en cuya carpeta se lee: «3 de enero de 1584. Libro de bautismos. Acabó el 25 de diciembre de 1599. Empezó el año de 1584 y acabó el de 1599». Se halla foliado y en la primera hoja aparece: «Enero de 1584 año». En el folio 60 vuelta, donde constan cinco partidas bautismales, existe la cuarta partida que literalmente dice, al margen: «Francisco» y al fondo «En quince de julio de mil y quinientos y ochenta y siete años bautizó Alonso Gómez Guerrero un hijo de Francisco de Poyatos y de su mujer Leonor de Cervantes, que se llamó Francisco, fue su padrino de pila Eugenio López de Toledo. Firmado: Alonso Gómez Guerrero. Con rúbrica.»

         En el mismo libro y al folio 103 vuelta, en el que existen cuatro partidas bautismales. La primera de ellas dice literalmente lo que sigue: al margen: «Ana». En el fondo: «En diez y nueve de abril de mil y quinientos y ochenta y nueve años, bautizó Fernando Delgado una hija de Francisco Poyatos y de su mujer Leonor de Cervantes, que se llamó Ana, fue su compadre de pila Francisco de Villaescusa y su mujer. Firmado y rubricado. -Fernando Delgado.»

         Después de leídos estos documentos, cuya autenticidad ha narrado el Sr. Castellanos, como si se tratara de una plaza fuerte, puede afirmarse que los más fuertes bienes raíces morales de Cervantes fincaban en Alcázar.

         Mas siguiendo mi investigación, oíd ahora el testimonio del Sr. Álvarez Guerra, manchego y literato, cuyo verbo también hiere en esta contienda, como una espada:

         «En todos los documentos indubitables en que tuvo que firmar el autor del Quijote, siempre lo hizo poniendo Miguel de Cervantes Saavedra, y no podía ser tampoco de otra forma, pues sabido es que en la Mancha usan los hijos como uno solo los dos apellidos del padre. En Alcázar podíamos citar más de un centenar de casos que atestiguan esa costumbre. No conocemos documento alguno en que dijera Miguel de Cervantes Saavedra el lugar de su nacimiento. Es cierto que en Valladolid se siguió causa contra un Miguel Cervantes, que dijo haber nacido en Alcalá. Pero ese Miguel Cervantes ¿era el Cervantes Saavedra? Rotundamente lo negamos, volviendo por la honra del ilustre soldado. El Miguel Cervantes procesado en Valladolid, lo fue por resultar sospechoso de haber dado muerte a un caballero. Esto, habiendo sido en buena lid, nada tendría que particular; pero sí lo tiene, y mucho, el que fue encarcelado por resultar dueño de una mancebía próxima al lugar del suceso, siendo pupilas de Cervantes sus más cercanas parientas. ¿Cabe en el común sentir que el valeroso soldado de Lepanto y el caballero, autor más tarde del código más perfecto del honor, cabe, repetimos, hacerle la injuria de suponerlo capaz de ser tercero en mancebía de la peor especie y rufían de lupanar? De ninguna manera. Aquel Cervantes sería uno de tantos de los que han llevado ese nombre y apellido, pero nunca Miguel de Cervantes Saavedra autor del Quijote».

         Todavía son más contundentes las razones que aduce el Sr. H. Ayot, en apoyo de la misma tesis.

         «He dicho, contesta, que a mí no me cabe duda de que Cervantes fue manchego y me ratifico en ello ahora y siempre.

         ¿Que cuáles son mis razones para afirmarlo? Pues muy pocas y muy sencillas.

         La primera es la de que Cervantes Saavedra aparece como nacido en Alcázar, según documento claro y limpio que yo tuve en mis manos en la iglesia de Santa María, de dicha ciudad, no siendo así el raspado y manchado que se exhibe en Alcalá.

         La tercera razón es que la parte conceptiva del Quijote aparece toda ella moldeada en un ambiente manchego por excelencia y téngase en cuenta que esto del ambiente generador de una idea es una verdad tan irrebatible como los orígenes orgánicos de la materia viviente, tanto animal como vegetal.

         ¿Qué perjuicios puede traer a Alcalá de Henares el que Cervantes no haya nacido en su recinto? No veo ninguno, porque Cervantes, antes que manchego o alcalaíno, es español, ante todo y sobre todo, como fue inglés Shakespeare, como fue alemán Goethe y como fue italiano Dante».

         Sabido es que existe una considerable diferencia de fechas entre las sendas partidas bautismales de Alcalá y Alcázar. El brioso adalid Castellanos se aprovecha de ella para decir con fuerte argumentación:

         -Otro dato trataron de utilizar los alcalaínos, no sabiéndolo interpretar. Se trata de lo que, en sentido epigramático dice Cervantes en su dedicatoria al conde de Lemos, en las Novelas Ejemplares, y que es como sigue:

         …mi edad no está ya para burlarse de la otra vida, que a 55 de los años gano por nueve más y por la mano.

         Y ante tal manifestación, se me ocurre preguntar: ¿ese más es «más» o «meses»? Si es «más», ¿cómo incurrió Cervantes en la torpeza de decir, «y por la mano», puesto que «ganar por la mano» es, según todos los diccionarios, ganar o anticiparse en hacer o conseguir una cosa?» -Es más: la frase esa «más» y no «meses» (que para averiguarlo se necesitan ver los originales de las Novelas Ejemplares, bien pudo ocurrir que Cervantes, en su constante afán de ocultar el lugar de su nacimiento, quisiera decir que ganaba al 55 de los años por nueve meses y por la mano. En cuyo caso resulta, computando fechas, que la edad del autor de las Novelas Ejemplares conviene perfectamente con la que tenía entonces el Cervantes nacido en Alcázar de San Juan, pues desde el día 9 de noviembre de 1558 en que aparece bautizado en Alcázar el autor del Quijote, hasta el 13 de julio de 1613, en que dedica las Novelas Ejemplares a dicho señor conde de Lemos, media 55 de los años en sus ocho meses y cuatro días: es decir, entrando ya en los nueve meses, o quizás los nueve meses cabales si averiguarse pudiera la fecha, no en que se bautizó, sino en la que vio la luz por vez primera.»

         Testigo e inquisidor de la formidable corriente, del gulf-stream entusiasta que viene de Alcázar, me contento con mascullar, como un tópico de la memoria, la frase del Manco: «Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de «la Mancha» contendiesen entre sí por ahijársele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

UNA VISTA DE ALCAZAR

AUGUSTO D´HALMAR

           Augusto Goemine Thomson (1882-1950), conocido como Augusto D´Halmar, nace en Santiago de Chile un día tan cervantino como el 23 de abril. Escritor, periodista y diplomático chileno fue el primer Premio Nacional de Literatura de Chile, en 1942. Durante su estancia en España recorre la Mancha en 1927 publicando La Mancha de Don Quijote en 1934.

         En su traslado en tren desde Madrid a la Mancha, con la intención de hacer su peregrinaje por las tierras de don Quijote, como hizo Azorín, el primer lugar manchego donde pone sus pies es en el andén de la estación de Alcázar de San Juan. No se conoce el tiempo que estuvo en esta ciudad, y después seguir su camino en tren hasta la estación de Cinco Casas y desde allí a Argamasilla de Alba. No describe la ciudad, si la idiosincrasia manchega que aquí ya contempla, y, cómo no, va a la iglesia de Santa María a contemplar la partida de bautismo de Miguel de Cervantes Saavedra. Aquí comienza Augusto D´Halmar a ver Quijotes y Sanchos, y Amas y Sobrinas, entre los vecinos alcazareños que también fueron bautizados en esta pila:

EN UN LUGAR CUYO NOMBRE…

         Yendo y viniendo de Andalucía a Castilla, divísense desde el tren los molinos de viento de Criptana y sorprenden generalmente al viajero, quien no había creído existieran sino en la imaginación del Quijote o en su época, si acaso.

         Y es que el turista inglés, suramericano o peninsular inclusive que hace en “sleeping” el recorrido desde una capital como Sevilla a una a una corte como Madrid, ignora, (y seguirá ignorándolo como no se apee en cualquier estación del tránsito y siente pie y eche arraigo en la entraña popular) que España prosigue siendo, no un milagro de anacronismo sino de longevidad, y el espejo redivivo de ya cumplidos tiempos. De cuantas virtudes españolas son de admirar, ninguna como ésta de transmitirle al porvenir la imagen de lo que es el hoy y de lo que fué el pasado. Ardua misión que no podía recaer sino en una raza ejemplar.

         Los molinos cervantinos y hasta las modas siguen en vigencia por lo menos es esta región, que vamos a cruzar, de la Mancha, y lo advertimos desde que nos deja el sud-express europeo, en Alcázar de San Juan, al encontrarnos en uno de los lugares cuyo nombre no quiso puntualizar Cervantes, a fin de que se cumpliera su profecía de que “habían de contender entre sí por ahijársele, como les advino a las siete ciudades de Grecia con Homero”. En la parroquial de Alcázar, muéstrase el baptisterio de donde se le sacó de pila; y aunque lo hayamos visto ya en Alcalá de Henares, no dejamos de rendirle acatamiento, porque si no el autor, más de uno de los personajes del “Quijote” debió de recibir aquí el agua lustral.

         ¿Más de alguno de sus personajes? Estamos en la comarca donde uno a uno se averigua según su filiación, su identidad y se les empadrona. Porque el quijotesco manchego en vez de negar el retrato que se le hizo y renegarlo, reconócelo no sólo por veraz sino como genuino y se lo asimila hasta el extremo de desposeerlo de toda inventiva. A creer, Cervantes, no hizo sino codificar, por así decir, leyes vulgares; dejar constancia en el acta y levantarla, servir, en una palabra, de rapsoda, como Homero. Y esta identificación con las tradiciones mismas del pueblo, la “vox populi”, acaso sea su mayor galardón. Porque si es cierto éticamente que el arte influye en la vida más que estéticamente la vida en el arte, si biológicamente la función crea el órgano, de Cervantes acá ha habido tiempo de injertarle al manchego de Castilla y acaso al castellano de todas las Españas, modalidades verdaderamente cervantescas. Y he aquí cómo si el Quijote no existió, ahora sí persiste.

         Vamos a hallarlo, por lo demás, disperso en los rasgos de muchos hombres cuyas manos estrecharemos y que, sin embargo, no saben dél sino que fue paisano suyo. ¡Ahí es nada! ¡Paisano de Don Quijote! El manchego no necesita haberlo leído para sabérselo de memoria. Lo lleva entre cuero y carne y en la sangre y en la médula, lo respira en el aire, lo pasea en su rocín, para el caso Rocinante. Y cuando no el Ingeniosos Hidalgo, su escudero y su Rucio, o más bien hidalgo y servidor, ambos compenetrados uno con otro y uno en el otro, como acaso se muestran en la desconcertante novela.

EN LAS AFUERAS DE ALCAZAR

WALKER STARKIE

         Walter Fitzwillian Starkie (1894-1976) nace en Dublín. Músico y escritor, fue un viajero y trovador, pues no se separaba de su violín al que consideraba su Rocinante. En verano de 1921 viajó con su mujer por España y en 1935 recorre a pie durante tres semanas la Mancha de don Quijote. Su viaje lo había comenzado en Marruecos, una vez en España recorre Andalucía y atraviesa Sierra Morena con la intención de caminar por los mismos caminos que don Quijote pasó. Y así, andando y con su violín, llega a Alcázar de San Juan, donde pasa unos días en compañía del director de la banda de música don Juan González Paramós. Con este cervantista convencido de la cuna alcazareña de Cervantes visita los archivos de la parroquia de Santa María para ver la partida de bautismo de Miguel de Cervantes y varias bodegas, donde come en una de ellas una caldereta de cordero, entre vino y canciones. De este viaje surge su libro de viajes Don Gypsy: Adventures with a Fiddle in Barbary, Andalusia and La Mancha, publicado en junio de 1936, y traducido al español en 1944 con el título Don Gitano.

         Hispanista y cervantista, catedrático de español en la Universidad de Dublín, miembro correspondiente de la Real Academia Española y traductor al inglés del Quijote y Las Novelas ejemplares, cuando se inaugura en Madrid, en el año 1940, el British Concil, Starkie es nombrado su director hasta 1954. Después de su paso por varias universidades de Estados Unidos en 1970 regresa a vivir a Madrid, donde fallece en 1976. Su amplio conocimiento de España, y de lo español, llevó a escribir a Camilo José Cela, amigo suyo, de él que: “Don Walter distinguía el chorizo de Burgos del chorizo de Pamplona y los vinos de dos cepas hermanas”.

          El profesor Walter Starkie en Alcázar de San Juan:

UN GALLEGO EN LA MANCHA

         En mi próximo punto de parada, Alcázar de San Juan, gocé un breve instante de triunfal quijotismo. Fue este debido a don Juan González Paramós, el director de la banda del pueblo. Su nombre había sonado en mi oído varias veces a lo largo de la ruta de Don Quijote.

         –Es un tremendo cervantista –decía uno.

         –Un manchego de los pies a la cabeza –aseguraba un segundo.

         –Y un poseído de sí mismo –afirmó un tercero.

         Después de andar dando vueltas todo un día por las calles, fuí a llamar a la rústica casa del director de la banda. Salió a abrirme una muchacha desaliñada que me miró de soslayo y se marchó de prisa como si la hubiera hecho mal de ojo. Después una vieja que llevaba una gallina vino a mirarme con insistencia desde lejos. “Se equivocan conmigo”, pensé. “¿Tengo cara de negro o voy indecentemente vestido?”.

         Cuando di mi tarjeta a la vieja la tomó cautelosamente como si fuera de hierro ardiendo y desapareció. A los pocos instantes volvía dándome otra vez la tarjeta y una peseta, diciéndome:

         –Esto es lo que el señor puede darle.

         –¿Limosna? –dije yo retrocediendo.

         –Sí –Me contestó.

         –Pero, señora, yo no soy un mendigo. Tengo mucho dinero –dije con arrogancia como si fuese propietario de los tesoros de Creso.

         La señora se retiró amilanada. Entonces se oyó un altercado y un hombre bajó, tropezando en las escaleras, exclamando:

         –¡Perdóneme, perdóneme! Supuse que era usted un estudiante alemán de los que piden por el camino. Son todos músicos, ¡una peste! y todos llevan dinero en el bolsillo.

         Don Juan González Paramós, pues era él, movía sus brazos excitado, levantaba las cejas y continuaba lanzando rápidas sentencias en forma de staccato, como balas de fusil. Era alto, delgado, con una cabeza pequeña sostenida por un largo cuello de avestruz. Tenía pómulos salientes, pelo negro y unos ojos grandes, magníficos, espectaculares, fuera de toda proporción con el resto de su pálida y demacrada faz.

         –Soy gallego –me dijo.

         –Y yo irlandés –contesté.

         –Entonces somos hermanos celtas –me dijo abrazándome y danzando conmigo en el patio.

         Aquel día fue de inmensa actividad. Don Juan González Paramós, poseía tres personalidades que le impulsaban en distintas direcciones. Primeramente era gallego, con todo el espíritu misionero del celta; creía que debía convertir al mundo. En segundo lugar, se había compenetrado con la Mancha; era un Quijote sin ningún aspecto de Sancho, y, por último, tenía un temperamento musical. Toda su vida se ha esforzado en demostrar que Cervantes era de raza gallega y que su familia emigró de Galicia en la Edad Media. Una vez que me hubo convencido de que Cervantes era un hermano celta, se volvió para atacar a los académicos que sostenían que el manco de Lepanto había nacido en Alcalá de Henares.

         –Cervantes nació aquí, en Alcázar de San Juan, y yo puedo enseñarle su partida de bautismo. Era manchego y su héroe fue manchego. Don Quijote de Argamasilla y Sancho de Criptana.

         Después de visitar la casa donde Cervantes nació y visto el registro de la parroquia, don Juan González Paramós volvió al cauce de su temperamento musical y una copla de mi violín trajo como consecuencia una botella de tinto manchego. Primero una “bodega”; después, otra. En una de ellas amables Sanchos guisaron para nosotros, en una gran satén, el deliciosos cordero manchego y lo sirvieron con ensalada de cebolla y apio, aderezada con aceite y vinagre. Reímos y cantamos en aquella “bodega”. La repercusión de la voz de don Juan González Paramós y las canciones de mi violín hacían eco en la larga hilera de tinajas, las cuales parecían silenciosos ejércitos vigilantes. El espíritu de “Pied Piper”, con la ayuda del dios del vino, conquistaron todo el austero espíritu de mi huésped. Continuamos nuestra representación musical en la taberna de don Pedro Alaminos Octavio. Los vecinos se apiñaban para ver lo que pasaba. Yo insistía en tocar en la calle, pero en la Mancha hay una regla, legalizada por la costumbre, de pública dignidad. Mi plácida condición de gordo, naturaleza de Sancho, no estaba acostumbrada a tan violentas conmociones. Pero don Juan González Paramón, gallego, manchego, músico, espoleaba mi locura, tratándome como si hubiese sido Rocinante. Antes de que yo le dijese adiós me llevó a un rincón y en tono solemne me dijo:

         –Alcázar es el pueblo natal de Cervantes. Es la antigua capital de la Mancha, la residencia de la Orden Religiosa de los Caballeros de San Juan. Recuerde su antiguo escudo y hábito (campo de armiño y sobre él un caballero de punta en blanco que ataca con su lanza una poderosa torre). Tal fue –dice– el origen de la aventura de los molinos de vientos, cuando Don Quijote, en sublime locura, arremetió contra los gigantes.

    GREGORIO PRIETO

          Gregorio Prieto Muñoz (1897-1992) nace en Valdepeñas. Siendo niño su familia se traslada a Madrid, llevándose “el recuerdo de mi infancia fuertemente unida al paisaje y a la luz de la Mancha”. Comienza los estudios de Ingeniería de Caminos por deseo de su padre. En secreto prepara el examen de acceso a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Con diez y ocho años empieza sus estudios de Bellas Artes, teniendo de profesor a Julio Romeros de Torres.

         Amigo de Rafael Alberti, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, María Zambrano, Gerardo Diego, Gregorio Marañón, Luis Cernuda, Dámaso Alonso, Francisco Ayala, Pablo Picasso, Rosa Chacel y José Hierro, entre otros muchos poetas y pintores, expone su pintura por todo el mundo.

         Pintor de la Mancha y de su paisaje, a ella consagró una buena parte de su obra, “de nítidas paredes blancas, de casas robustas y cuadrados cubos revestidos del color de la más deslumbrante nieve”. Fue paladín en la conservación de los molinos de viento en la tierra de don Quijote, “sin los molinos –gigantes que toman parte como seres vivientes en la escena quijotesca– tan de la Mancha que embellecen con su gracia el paisaje y machean con su fuerza los altos de esta tierra, no existiría el famoso pasaje del libro cervantino y sin ese tipo excepcional de la mujer manchega, prudente y bella, tampoco se habrían pronunciado nunca las maravillosas palabras salidas de labios de la pastora Marcela”.

MUJERES DE ALCAZAR_PRIETO

         Gregorio Prieto estuvo en varias ocasiones en Alcázar de San Juan. En una de ellas acompañando al entonces embajador de Chile en España y amigo suyo, Carlos Sander. A las mujeres manchegas de Alcázar de San Juan dedicó un dibujo y una página completa en el número que la revista Clavileño dedicó a Gregorio Prieto en 1953, con el título de La Mancha de don Quijote. Convencido de la cuna alcazareña del autor del Quijote, ensalzó a tres mujeres alcazareñas con sus cántaros de agua, y detrás de ellas, “al fondo, la casa donde dicen que nació Cervantes”.

         Gregorio Prieto dibujando y escribiendo frente a la casa de Cervantes:

Mujeres de Alcázar de San Juan

         Al fondo, la casa donde dicen que nació Cervantes. Hora es ya que Alcázar se conozca por sus méritos trascendentales, más que por las exquisitas tortas y ricas tortillas que a viajes saben.

         Alcázar fue la gran cuna donde nació el más genial novelista. Confiemos que, con el tiempo, otros eruditos más justos y comprensivos subsanarán el error “de haber hecho nacer” a Cervantes fuera de su pueblo.

         Honor también a su presente alcalde, que no desmiente mi esfuerzo haciendo levantar nada menos que 5 (cinco) hermosos molinos de viento, Gloria también a este pueblo, cuyo emblema de su escudo es un caballero arremetiendo, lanza en ristre, contra un castillo, que sirvió de base seguramente para inspirar a Cervantes el famoso capítulo de los molinos de viento.

AYNTAMIENTO DE ALCAZAR

VÍCTOR DE LA SERNA

         Víctor de la Serna y Espina (1896-1958) nace en Valparaíso, Chile, y con dos años llega a España. Hijo de la escritora Concha Espina, autora, entre otros muchos libros, de Mujeres del Quijote, fue periodista, presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid y escritor, también de libros de viajes, entre los que destaca Por tierras de la Mancha. Un viaje que realiza por la tierra de don Quijote entre mayo y junio de 1953. Como muchos otros viajeros su paso por Alcázar de San Juan fue obligado por estar en el camino entre Puerto Lápice y Campo de Criptana. De esta ciudad no dejó referencia cervantina, solo una metáfora descriptiva de la extraordinaria llanura manchega, que tanto fascinó a Cervantes, y que apreció entre Alcázar de San Juan y Campo de Criptana.

CAMINO REAL

La llanura cervantina alcazareña, por Víctor de la Serna:

         Alcázar de San Juan, cabeza del Priorato famoso (que acabó siendo mayorazgo de aquel infante tan inteligente y tan fresco que fue don Gabriel), estaría sumido bajo el peso de la guía de ferrocarriles, con el único y prosaico prestigio de estación de cambio, si, de cuando en cuando, no estallara la tierra patricia en rosas de cultura como la de ese mosaico romano que ha aparecido al hacerse una obra municipal.

         La tierra se va volviendo tan plana, que el viento podría llevar una uva rodando desde Alcázar a Campo de Criptana. Por cierto, lector, que aunque los molinos sean un tópico que ha impedido a muchos ver otras cosas de la Mancha, los tres molinos del Campo de Criptana (uno de ellos se llama “Infanto”) son tres piezas casi heráldicas de las que no se puede dejar de hablar.

EN LA TORRE DEL AYUNTAMIENTO

CARLOS SANDER

         Carlos Sander Álvarez (1918-1966) nace en Talca, Chile. Periodista, poeta y escritor chileno vivió muchos años en España, primero como Agregado Cultural y después como cónsul de Chile en Madrid. En esta etapa le surge la idea, después de su viaje por la Mancha en el que escribe En busca del Quijote, de fomentar la rehabilitación de los molinos de viento de Campo de Criptana a través de donaciones de los países latinoamericanos, siendo el molino Quimera el primero en levantarse con dinero recaudado y enviado desde Chile.

         En marzo de 1959, Carlos Sander, peregrinaba por la Mancha en busca del espíritu de don Quijote. Siendo Cónsul de Chile en Madrid se desplaza a Alcázar de San Juan por carretera, antes de ir a Campo de Criptana, donde quiso ver la controvertida partida de bautismo de Miguel de Cervantes Saavedra, que la tradición alcazareña asegura que es del autor del Quijote.

         Carlos Sander en Alcázar de San Juan:

         A medida que me acerco al lugar de mi objetivo, que es Alcázar de San Juan, crecen sobre el paisaje los molinos de la Mancha, los de Don Quijote, con sus cataduras blancas y verticales, sus aspas altas y en cruz, sus pequeñas ventanas, su puerta estrecha y la perspectiva bella frente al horizonte.

         Antes de llegar al pueblo que voy, hay uno en pie, solo y como esperando la llegada del viento o como llorando la muerte de otros cuatro, cuyos hotos se ven descarnados, mostrando sus ladrillos rojizos, su base circular.

         Mientras más avance, los molinos crecerán y al mirar los pocos que existen, crecerá el deseo de ver más, de hacerlos resucitar del pasado tremendo donde yacen en un sueño de siglos, yertos, difusos, extinguidos.

         Alcázar de San Juan me dará mucho de Don Miguel de Cervantes Saavedra. Allí me toparé con la fantasía, con los mitos de la Mancha, con las sombras de su cuna y los misterios que los hombres de Castilla quieren hacer gravitar sobre sus años de nacimiento.

         Los manchegos quieren que Cervantes sea manchego. Que con Don Quijote pertenezca en cuerpo y alma a la reseca y silente Mancha. Que sea la claridad de estos territorios. El sol reverberante de Castilla y el oasis de la tristeza manchega.

         Alcázar de San Juan es un pueblo como todos los que he visitado. Difiere poco de Puerto Lápice y de Herencia. Es similar a como encontraré Campo de Criptana, El Toboso, Tomelloso, Ruidera, Argamasilla de Alba, etc.

         Los eruditos hablan de Alcázar. Dicen que es la capital del priorato de San Juan. Expresan que la blanca lana de la Cruz de San Juan, resalta en la ropilla o el manteo como la lana roja de Santiago, y que la cándida lana la ostentó Lope de Vega, y la bermeja, don Francisco de Quevedo y Villegas.

         Camino por la calzada, las calles del pueblo son de gran anchurosidad, con casas chatas, de paredes blancas y el suelo lleno de piedrecillas. Dista el pueblo ciento sesenta y cuatro kilómetros de Madrid por carretera. En su estación se bifurca la línea de Madrid y un ramal va a Andalucía y otro a Levante. Este pueblo no está lejos de Argamasilla de Alba, pueblo tan cervantino y del cual hablaremos largamente.

         Al otro lado de la línea del ferrocarril está Campo de Criptana, la villa de los molinos.

         Hay un casino como todos los de pueblo. Siempre sembrado de sombras y sillas y vasos desocupados. Casino silencioso, vacío, con un camarero que tiene el semblante dibujado de preguntas que ningún parroquiano contesta.

         Por las tardes el cura párroco, de cara sonriente y ojos negros profundos, pasea orgullosamente por frente al casino, por la pequeña plaza.

         Se diría que es el guardador de algún cofre con piedras preciosas. O el que ha muerto con San Jorge el dragón de la leyenda. Es algo más que eso. Más solemnemente alto y poderoso. Es el que tiene en sus manos la honra cervantina de Alcalá de Henares y el que tiene con su poder omnipresente, la gloria de Alcázar de San Juan.

         Exactamente. Y para convencerme de esto me dirijo al lugar donde la fantasía alcazareña se ha hecho verdad casi irrefutable, que quiere confundir a los eruditos, a los cervantistas de todo el orbe.

         Viajo a través del pueblo. A poco andar llego a la vieja iglesia “Santa María la Mayor”. No es la de Alcalá de Henares, donde está la partida bautismal de Cervantes y la pila donde se le bautizó. No, es la de Alcázar de San Juan. Si los habitantes de Alcalá de Henares supieran de mi visita, yo sería vilipendiado como un traidor y hasta los fantasmas de los doctores de la vieja Universidad complutense me enrostrarían mi conducta. Pero, es inútil recapacitar cuando se es arrastrado por la magia de la fantasía. Y sigo por un ancho corredor, hasta llegar a la habitación que sirve de sacristía de la iglesia, donde están los viejos y empolvados libros.

         El cura párroco sonríe misteriosamente y un poco sarcástico, como diciéndome que he hecho bien en venir a buscar la verdad a la Mancha y en no ir a ver la falsa pila bautismal -según los alcazareños- donde habrían bautizado a Cervantes en Alcalá de Henares. “Maligna fábula”, elaborada por los enemigos de Alcázar, arguye mi interlocutor.

         Y ya tengo ante mí el grueso libro donde figura la partida bautismal del autor de “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”; con mano temblorosa abro el libro que está marcado en la hoja pertinente, con un pequeño papel. No dejan de ponerme nerviosos estos actos que ejecuto, junto a la mañana alcazareña.

         Leo: “Partida bautismal que se conserva en la parroquia de Santa María la Mayor de esta ciudad”. Agrega la anotación, hecha a pluma y tinta, con letra clara y antigua: “En nuebe dia del mes de Nobiembre de mill quis y cincuenta y ocho baptizo, un hijo de Blas de Cervantes Sabedra y de Catalina López que le puso de nombre Miguel fue su padrino de Pila Minchor de Ortega Acompañado de Juan de quirós y franco almendros y sus mujeres de los dichos”. Al final hay una anotación hecha en forma vertical a lo que antecede: “Este fue el Autor de la Histoa del Quixote”. Dejo el libro viejo, de bordes de pergamino. Lo dejo simplemente como si en ocho líneas no hubiera visto casi nada. Sólo he visto la mayor onda de misterio que baña la vida de Cervantes.

         Este hecho no es nuevo. Ojalá lo fuera para haber sido el primero en decir lo poco que me importa el lugar físico donde nació Cervantes. No niego que no deja de ser pintoresco todo esto. Pero para mí es de más trascendencia el lugar y los lugares por donde deambularon Don Quijote, como decían los antiguos y don Alonso Quijano el Bueno, aunque no haya sido de Argamasilla de Alba y poco o nada haya tenido que hacer con ese caballero de “celebro” enfermo que se llamó don Rodrigo de Pacheco.

         Don Miguel de Cervantes Saavedra se sonreiría, si supiera cuánto discuten nuestros contemporáneos su nacimiento y cómo se disputa la Mancha los lugares donde él centró las mejores escenas de su grande obra.

         Hermoso es el capítulo VI de la parte segunda, cuando dialoga con la Sobrina, sobre los linajes, que para él en el mundo han sido cuatro: los que tuvieron principios humildes y llegaron a la grandeza; los que tuvieron principios grandes y los conservaron, pero no los aumentaron; los que tuvieron principios grandes que poco a poco fueron en disminución hasta parar en la “nonada”; los que no tuvieron principio bueno ni razonable medio y que tienen el fin sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria.

         Para Cervantes la pobreza tiene categoría y por ello dice en este capítulo que al caballero pobre no le quedan sino dos sendas y así lo expresa: “Dos caminos hay, hijas (pues en esta conversación también estaba el Ama), por donde pueden ir los hombres á llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte; así, que casi me es forzoso seguir por su camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea; pues con saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos al andante caballería, sé también los infinitos bienes que se alcanzan con ella; y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes; porque el vicio, dilatado y espacioso, acaba en muerte, y de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin”.

         Donde haya nacido y haya sido bautizado don Miguel de Cervantes Saavedra no tiene sentida importancia. Lo esencial es que este hombre extraordinario fue capaz de crear el libro más trascendente del Siglo de Oro y que sigue influenciando a las generaciones de todos los tiempos con su filosofía suave, sencilla y solemne.

         El maestro Azorín, que tiene deliciosos capítulos hablando de esto, aclara varios puntos oscuros sobre el tema. La verdad es que muy pocos creen seriamente que Cervantes naciera en Alcázar de San Juan, ya que hay muchos puntos de divergencia, entre ellos el nombre del padre, que era Rodrigo y no Blas. De todas maneras es bueno consignar el hecho de que dos pueblos se disputan el nacimiento de un hombre que vivió muy pobre y que en ninguna de las dos villas encontró abierta generosidad.

         Hablaba de Azorín. El maestro dice que en estas tierras, el viento, la soledad, producen ensueños y desvaríos, y hace que los hombres vean visiones. Tal vez. Solo así Cervantes pudo soñar a su Don Quijote, loco genial.

         Pero hay más. En su libro “pensando en España”, se refiere a Alcázar de San Juan y nos habla del Miguel de Cervantes nacido allí. En el capítulo que tituló “Aventuras de Miguel de Cervantes”, escrito en París en 1939, habla de este Miguel de Cervantes López Saavedra, bautizado el 9 de noviembre de 1558. Allí cuenta varias anécdotas graciosas e interesantes sobre este Miguel, a quien varios confundieron con su vecino, el escritor y manco. Ignoro qué fuentes tuvo Azorín para relatar todo esto, pero tiene grandes visos de verdad. No es imposible que existiera otro Cervantes en Alcázar de San Juan, ya que el apellido de Cervantes existía -cosa probada- en Argamasilla de Alba, El Toboso y Campo de Criptana. Y la pelea entre dos pueblos de la Mancha no es nueva. También Mota del Cuervo, discute a Campo de Criptana la primacía de haber sido sus áreas el escenario de la bella pelea de don Quijote con los molinos de viento, aunque ya nadie discute que Campo de Criptana fue el elegido por Cervantes.

         En el capítulo que cito, expresa el escritor: “Los manuales literarios -que hablan de lo inútil y desdeñan lo esencial- no dicen pío de este Cervantes. Pero existe bibliografía copiosa de su existencia. Y en tiempos, los alcazareños se han debatido denodadamente por su convecino, al cual adjudicaban la paternidad del Quijote. Y esta noble intrepidez les enaltece. El padre de Miguel se llamaba Blas de Cervantes Saavedra, y la madre, Catalina López”.

         Sin embargo, a pesar de los pesares, las discusiones siguen y no hace mucho ese gran escritor y pintor cervantista que es don Gregorio Prieto y del cual ya hablaremos más largamente, en su magnífico libro ilustrado “La Mancha de Don Quijote”, editado pulcramente por la revista “Clavileño”, de Madrid, en 1953, en su capítulo de la página 76, titulado “Mujeres de Alcázar de San Juan” y que lleva una bella ilustración, dice: “Al fondo, la casa donde dicen que nació Cervantes. Hora es ya que Alcázar se conozca por sus méritos trascendentales, más que por las exquisistas tortas y ricas tortillas que a viajes saben. Alcázar fue la gran cuna donde nació el más genial novelista. Confiamos que, con el tiempo, otros eruditos más justos y comprensivos subsanarán el error “de haber hecho nacer” a Cervantes fuera de su pueblo.

         Honor también a su presente Alcalde, que no desmiente mi esfuerzo haciendo levantar nada menos que cinco hermosos molinos de viento. Gloria también a este pueblo, cuyo emblema de su escudo es un caballero arremetiendo, lanza en ristre, contra un castillo, que sirvió de base seguramente para inspirar a Cervantes el famosos capítulo de los molinos de viento”

         Hace algunos momentos, he estrechado las manos del cura párroco, golpeando con gratitud su espalda y he sonreído frente al mediodía de Alcázar. Las gentes, campesinos casi todos, marchan en pos del “Condumio”.

         Otro hallazgo, en este pueblo, vale la pena contarlo. En una calle, sobre un montículo veo otro de los orgullos de Alcázar; unos frisos romanos bellísimos, extraídos del subsuelo hace pocos días. En esos trozos de frisos romanos está lo pretérito de España, que acá sigue aflorando, como para mostrar que el genio latino pasó por la península y dejó su huella de manera indeleble y en las tierras de la Mancha. Víctor de la Serna, el gran periodista nacido en Valparaíso, hijo de Concha Espina, español de cepa, en el libro que ya he citado, “Por Tierras de la Mancha”, habla de esto, diciendo: “Alcázar de San Juan, cabeza del Priorato famoso (que acabó siendo mayorazgo de aquel infante tan inteligente y tan fresco que fue don Gabriel), estaría sumido bajo el peso de la guía de ferrocarriles, con el único y prosaico prestigio de estación de cambio, si, de cuando en cuando, no estallara la tierra patricia en rosas de cultura como la de ese mosaico romano que ha aparecido al hacerse una obra municipal”.

         En esta villa, Cervantes está conmigo, mucho más que Don Quijote y que don Alonso Quijano el Bueno. Cervantes que tiene dos Migueles que quieren hacer sólo uno. Cervantes que estuvo preso por deudas y pasó hambre y a quien hoy disputan no sólo dos pueblos sino decenas de pueblos, y que han hecho más famoso a Alcalá de Henares que lo hizo la Universidad de “Complutum”, tal vez porque es el buen padre del idioma castellano. Yo no discuto. Me limito a encogerme de hombros y a seguir mi ruta manchega. Siempre adelante, para zahondar las huellas de Cervantes y escuchar el silencio de las noches, divisando la silueta de Don Quijote y de todos los personajes que figuran en el libro inmortal.

         Allá en lontananza, relativamente cerca, me espera Campo de Criptana, con su “Sierra de la Paz”, donde se yerguen los molinos. Es la villa más deleitable de la Mancha, ya que allí Cervantes centró la aventura de los molinos de viento, que le sucediera al caballero en su Segunda Salida y cuyo simbolismo sigue reinando en las entrañas mismas de la filosofía cervantina y es decidora parábola en todos los tiempos, ya que es la lucha de la ilusión contra la realidad material y tosca, la contraposición de lo objetivo del mundo con lo subjetivo, aquello que tiembla en los túneles del alma.

BOCETO FONDA

RUPERT CROFT-COOKE

          Rupert Croft-Cooke (1903-1979) nace en Edenbridge, Inglaterra. Periodista y prolífico escritor de novelas y guiones para cine y televisión. Bajo el seudónimo de Leo Bruce escribió numerosas novelas de detectives. Sirvió con el ejército británico en África e India entre los años 1940 y 1946, escribiendo varios libros sobre su estancia en el ejército. Entre 1953 y 1968 vive en Marruecos, desde donde decide en 1959 hacer la ruta que Cervantes eligiera para las aventuras de don Quijote. Asegura que sabe por dónde tiene que ir e inicia su viaje por España desde su casa en Tánger. Este relato de viaje, publicado en 1960, se tituló originalmente: Through Spain whith don Quijote. Croft-Cooke pasó por Alcázar de San Juan solo unas horas. No estaba en su ruta quijotesca preconcebida en parar y visitar este lugar como lugar de la novela. Sabía que Alcázar estaba entre los lugares que se disputaba la cuna de Cervantes, pero debía de pasar por aquí al estar en el camino entre Puerto Lápice y Herencia, para llegar a Campo de Criptana. No comparte con Azorín, y otros muchos autores, el interés cervantino que despiertan sus molinos de viento, pues no cree que fueran en estos cerros criptanenses donde estuvieran los molinos del capítulo VIII de la Segunda Parte, que él los sitúa precisamente en los alrededores de Villarta de San Juan: “Todo esto está muy bien. Los molinos de viento siguen girando en las lomas de alrededor y, arquitectónicamente, no ha perdido su aire morisco, así como también sus habitantes parecen gentes acomodadas y prósperas. Pero ¿qué diablos tiene esto que ver con Don Quijote?”.

         Si los molinos de Campo de Criptana no tienen nada que ver con don Quijote, se puede llegar a entender que de Alcázar de San Juan, Croft-Cooke, solo dejara un calificativo interesante: ¡Aburrida! De Alcázar de San Juan solo encontró atractivo el buen chocolate que compró en el mercado. ¡¡¡Chocolate!!!

         Alcázar de San Juan vista por Rupert Croft-Cooke:

         La carretera se adentra luego por Alcázar de San Juan, uno de los veintidós lugares de España que pretende ser el pueblo natal de Cervantes. Su pretensión de punto de enlace ferroviario importante está más que justificada. En cuanto a sus productos, según leo en un libro de referencias, son: «jabón, chocolate, pólvora y armas blancas damasquinadas».

         Necesitábamos des de estos artículos y los adquirimos en el mercado local; no pólvora ni armas blancas, aun cuando hubiera resultado más impresionante y apropiado, sino algo más prosaico: jabón y chocolate.

         El buen chocolate es tradicional en España, pues fueron los españoles quienes primero lo descubrieron al conquistar México. Los aztecas bebían un espumoso brebaje denominado chocolatl, que hacían con semillas de cacao, tostándolas, moliéndolas y sazonándolas con especias. Los españoles añadieron el azúcar y, durante más de un siglo, mantuvieron en secreto de la preparación. Las regiones que quedaron del Imperio, en el cual el sol no se ponía nunca, tienen pocos productos, pero el cacao y el azúcar figuran entre ellos. Así, el chocolate español no exige importaciones que cuesten dólares o libras y por eso es sorprendentemente barato, hasta para los precios de un país en el cual sólo la gasolina y el whisky le parecen caros al extranjero. El chocolate es delicioso; algo completamente diferente del dulzarrón y oleaginosos chocolate de Inglaterra. Su gusto es más pronunciado, sabe más a cacao verdadero y menos a leche, azúcar o mantequilla de coco. A veces, es refrescantemente agridulce. Un trozo gigantesco de chocolate cuesta menos de dos chelines.

         Lo compré en el mercado de Alcázar de San Juan entre gran número de otras cosas, pero no nos demoramos en la ciudad, que encontré aburrida. Admito que, en cierto modo, no se debe llamar aburrida a ninguna población, y que en ésta puede haber gentes profundamente interesantes y que vivan vidas dramáticas; sé que está llena de restos del pasado y de expresivas perspectivas. Para algunos –un ex-oficial del ejército inglés o un artista americano– acaso pueda ser un lugar de retiro apropiado, la población que conozca y comprenda mejor de la península, un lugar en el cual nunca se sentirá aburrido ni deprimido. Y, si lee estas palabras, dejará caer el libro.

         –¿Aburrida? –exclamará–. Este hombre es idiota. No sabe nada acerca de esta población. No ha visto nuestra calle predilecta, con sus hermosos balcones de hierro forjado, repletos de flores. Ignora cómo descienden las luces del crepúsculo a la placita que está junto a la iglesia. No ha conocido a la singular y anciana señora de Gutiérrez y al estimado don Antonio. ¡Vaya! Hay tanta belleza, interés y encanto en Alcázar de San Juan como en cualquier ciudad española, y este sujeto, tras una corta visita, ¡la llama aburrida!

         Comprendo su indignación. Yo conozco también lugares a los cuales he ido por casualidad y que con el tiempo he amado, al aprender a estimar sus exóticos atractivos y sentir por ellos un celoso afán de posesión. Por consiguiente, me disculpo de mi rudeza ante este hipotético habitante de Alcázar de San Juan, pero debo recordarle que cuantas más veces sea calificada de aburrida su amada población, tanto mayor número de invasores en potencia de sus posesiones se sentirá desanimado. A mí, aquel feroz mediodía, me pareció aburrida.

BOCETO CASA DE ALCAZAR

JULIO LLAMAZARES

           Julio Alonso Llamazares nace en Vegamián (León) en 1955. Periodista, poeta y novelista, también escribe literatura de viaje. En 2015, coincidiendo con el cuarto centenario de la publicación de la Segunda Parte del Quijote, LLamazares recibe el encargo de Juan Cruz, director adjunto del periódico El País de recorrer la ruta de don Quijote. Similar encargo recibió en 1905 recibió Azorín en el periódico El Imparcial, y similar es el resultado, sus crónicas publicadas en el periódico formaron un año después El viaje de don Quijote. Parte desde Madrid, pero no desde la estación de Mediodía, esta vez lo hace en coche y desde el convento de las Trinitarias Descalzas donde Cervantes descansa, casi ignorado, de su azarosa vida, y lo finaliza en Barcelona, donde don Quijote terminó sus andanzas. Sus crónicas en el periódico estuvieron acompañadas por magníficas fotografías de José Manuel Navia, que ha sabido captar la luz como muy pocos artistas, esa luz que solo se puede apreciar en la Mancha. Pero aunque no se bajase en la estación de ferrocarril, ésta estación es para Llamazares “el verdadero monumento del pueblo”. Trasiego de trenes, maquinistas y vendedores de tortas en sus andenes que, aunque ya lejanos, Llamazares inmortaliza en su artículo. Y termina su estancia en Alcázar de San Juan como lo hace Azorín después de recorrer la Mancha en 1905, compartiendo con sus lectores esa sensación de haber estado en el corazón de la Mancha de don Quijote.

         Llamazares entre las calles y plazas de Alcázar de San Juan. Es verano en la Mancha de don Quijote:

LA GLORIA DE CERVANTES

         Alcázar de San Juan, la capital de la Mancha para Azorín, disputa a Alcalá de Henares y a otros lugares de España no el honor de ser la patria de don Quijote, sino la de Cervantes, que es más difícil. Mientras que en la biografía de don Quijote todo es ficción, en la de Cervantes hay documentos, alguno tan incontestable como el de la partida de su bautismo católico. Que está en Alcalá de Henares, o por lo menos eso yo he oído y leído.

         Pero el dueño del hotel en el que he dormido no está dispuesto a aceptar tal cosa. Para él no está nada claro dónde nació Cervantes y, como mucho, da pie a la duda, pero no para que cualquier lugar se apunte a controversia («¡Hasta Infantes quiere ahora, fíjese, ser la patria de Cervantes!»), sino para discutirlo únicamente entre Alcalá de Henares y Alcázar:

         – Dicen que, cuando iba a morir –me cuenta, totalmente serio–, a Cervantes le preguntaron de dónde era. Y él respondió que de Alca… Y, antes de seguir, murió.

         –¡Pues vaya! –le digo yo, divertido.

         En la iglesia mayor del pueblo, de proporciones catedralicias y con trazas de haber sido una mezquita anteriormente (hay restos en sus paredes de yesos árabes), el sacristán, que está más versado, me explica las razones por las que, según él, el nacimiento de Cervantes en Alcalá de Henares no es tan evidente. Lo que sucede, me dice, es que la villa del Henares tiene el apoyo de Madrid –«que es mucho apoyo», apostilla– y Alcázar tiene que defender su candidatura por sí sola. Las razones son diversas según el sacristán de Santa María (que, mientras las enumera, me va enseñando la iglesia, incluido el camarín de la Virgen, sobre el altar: una auténtica bombonera rococó llena de oros y otros adornos), pero la principal de todas es la partida de bautismo que se guarda en el archivo parroquial y cuya redacción no deja lugar a dudas para él: En nueve días del mes de nobiembre de mill quios y cinquenta y ocho baptizó el Rdo. Señor alo diaz pajares un hijo de blas de Cervantes Sabedra y de Catalina Lopez que le puso [de] nombre Miguel. Para remachar el clavo, en el margen de la notación alguien escribió más tarde (un párroco del siglo XVIII, según el sacristán, que lo sabe todo) una frase que dice textualmente: Este fue el autor de la Histoa de D.n Quixote.

         El resto de argumentos, que van desde el gran conocimiento que Cervantes demuestra en su novela de la comarca de San Juan a que aún haya apellidos Cervantes y Saavedra en el pueblo o a que el famoso duque de Béjar, al que Cervantes dedicó la obra, fue prior de la Orden de San Juan, cuya capital era Alcázar, abundan en el origen alcazareño del autor del Quijote para el sacristán, que, pese a ello, se muestra posibilista y más abierto a otras opiniones que su vecino, el dueño del hotel:

         –La gloria de Cervantes, de todos modos, fue su obra, no su vida, y ésa está claro que está íntimamente vinculada a Alcázar –concluye.

         –En eso tienes razón –le digo.

         Aparte de la iglesia de Santa María y del torreón que está enfrente de ella y que fue sede del Priorato de la Orden de San Juan, la defensora de Alcázar y su comarca durante siglos, el pueblo tiene otros puntos de interés (las iglesias de San Francisco y de Santa Quiteria, tan monumentales como la parroquial y, como ella, construidas con una piedra de color rojo que les da una calidez especial, y los conventos de la Trinidad –siempre la Trinidad unida a Cervantes– y de Santa Clara, éste convertido en hotel desde hace ya tiempo), pero el verdadero monumento del pueblo, al menos desde el siglo XIX, cuando se construyó, es la estación del ferrocarril, famosa en todo el país porque por ella pasaban todos los trenes que iban hacia el sur de España. En ella paraban muchos viajeros para comprar las famosas tortas de Alcázar, que todavía se venden a lo que veo, y cambiaban los equipos de maquinistas y ferroviarios por otros de refresco. Y desde ella partió Azorín un día del año 1905, después de recorrer la Mancha siguiendo a don Quijote, en dirección a Madrid, dejando escritas estas palabras de despedida que uno comparte a pesar del tiempo transcurrido: «¿Habrá otro pueblo, aparte de éste, más castizo, más manchego, más típico, donde más íntimamente se comprenda y se sienta la alucinación de estas campiñas rasas, el vivir doloroso y resignado de estos buenos labriegos, la monotonía y la desesperación de las horas que pasan y pasan lentas, eternas, en un ambiente de tristeza, de soledad y de inacción […] Decidme, ¿no comprendéis en estas tierras los ensueños, los desvaríos, las imaginaciones desatadas del grande loco?».

        Bibliografía para leer este verano:

-ANDERSEN, Hans Christian (1988): Viaje por España. Madrid, Alianza Editorial.

-ARELLANO, Jorge Eduardo (2005): Rubén Darío, Don Quijote no debe ni puede morir (páginas cervantinas). Madrid, Publicaciones del Centro de Estudios Indianos (CEI), Editorial Iberoamericana Vervuert.

AZORÍN, (1967): La amada España. Barcelona, Ediciones Destino.

AZORÍN, (2009): La ruta de don Quijote. Madrid, Ediciones Cátedra.

-BAUTISTA NARANJO, Esther (2010): Un americano en La Mancha tras las huellas de don Quijote. Ciudad Real, Centro de Estudios de Castilla-La Mancha (UCLM).

-CROFT-COOKE, Rupert (1976): De la mano de don Quijote. Esplugas de Llobregat, Plaza & Janes.

-D´HALMAR, Augusto (1934): La Mancha de Don Quijote. Santiago de Chile, Editorial Ercilla.

-DE ESCALANTE, Amós (1961): Del Manzanares al Darro. Madrid, Publicaciones Españolas.

-DE LA SERNA, Víctor (1959): Por tierras de la Mancha. Ciudad Real, Imprenta Excma. Diputación de Ciudad Real.

-JACCACI, August F. (1896): On the Trail of Don Quixote. Nueva York. Charles Scribner´s Sons.

-LLAMAZARES, Julio (2016): El viaje de don Quijote. Barcelona, Alfaguara.

-PRIETO, Gregorio (1953): La Mancha de Don Quijote. Madrid, Ediciones de la Revista Clavileño.

-SANDER, Carlos (1967): En busca del Quijote. Santiago de Chile, Editorial Nascimento.

-STARKIE, Walter (1944): Don Gitano. Barcelona, Ediciones Pal·Las.

-VIERGE, Daniel Urrabieta. Estampas y fotografías The Hispanic Society of America.

                                                                             Luis Miguel Román Alhambra

 

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