VISITADORES DE LA CASA PUBLICA

España vuelve a estar en boca de todos como el país europeo con más brotes de COVID-19. ¡Algo no estamos haciendo bien! De nuevo nuestros gobernantes piensan ya en cómo curar a la población contagiada, cuando lo más eficiente hubiera sido, nuevamente, prevenir los contagios.

Estos días está siendo noticia en todos los medios de comunicación un nuevo brote, no por su gravedad o por su gran número de contagiados, sino porque este brote tiene su origen en un club nocturno donde todas sus mujeres han dado positivo. Este club nocturno está en Alcázar de San Juan. Ahora viene el costoso, y difícil, seguimiento de los clientes que han estado en este local, de vecinos de Alcázar de San Juan como de los lugares cercanos. Habrá personas contagiadas que por vergüenza o temor no se pongan en contacto con su médico para solicitar hacerse la prueba PCR, y por tanto el contagio se extenderá silencioso como gran mancha de aceite. De haber sido el inicio del foco otro tipo de local, como un supermercado, una librería o una cafetería, hoy habría colas de vecinos solicitando una prueba PCR, aunque hubiesen pasado a varios metros del establecimiento.

Esta falta de prevención ha ocurrido en Alcázar de San Juan, el lugar de don Quijote, mi pueblo. Sin embargo, en tiempos de la escritura de la novela aquí, en Alcázar, primaba la prevención a la cura. Todos los años se nombraban comisarios y visitadores de oficios para que, entre otras cosas, vigilaran el buen hacer de cada uno de los maestros y oficiales. Así eran visitados los bataneros, tejedores, zapateros, carpinteros, herreros, caldereros, herradores, cardadores, albañiles, carreteros, boteros, tundidores, cereros, tintoreros, cordeleros, sastres… y las mujeres públicas.

El 30 de noviembre de 1604, unos días antes de que Cervantes obtuviese el  permiso para la venta de su primer Quijote, el escribano del ayuntamiento de Alcázar de San Juan anotaba, en la vuelta del folio 208 del Libro de Actas y Acuerdos,  que los alcaldes y regidores de la villa ese día «se juntaron para proveer y praticar las cosas convenientes a la republica y bien común de los vecinos…», y apuntaba los nombres de los comisarios, visitadores y veedores de los distintos oficios. En el margen escribe: «Veedor de la casa publica». Para anotar a su derecha: «Para visitador de las mujeres de la casa publica desta villa a Fº Ximenez de la Guia cirujano» Para prevenir enfermedades, en las mujeres públicas y sus  clientes, los gobernantes de Alcázar de San Juan comisionan a un cirujano para que certifique las buenas prácticas en este oficio.

archivo municipal

En unos días o semanas nuestros hospitales estarán, casi con toda seguridad,  al borde del colapso, con jornadas maratonianas de médicos, enfermeros, auxiliares… que de nuevo se verán impotentes ante este virus.

En unos días o semanas miles de trabajadores volverán a estar en casa y aumentará el desempleo en este país. Los cierres metálicos en tiendas y empresas estarán con un candado.

En unos días o semanas los responsables en Educación  de este país dejarán las escuelas cerradas o bajo la responsabilidad de los padres para llevar a sus hijos a las aulas sin plenas garantías sanitarias.

Y de nuevo el confinamiento total o parcial de la población por no prevenir, por no comisionar “veedores de oficios” que evitaran aglomeraciones, fiestas y reuniones sociales de todo tipo sin las medidas de seguridad necesarias, que, según evidencian los resultados de las pruebas PCR, son los principales causantes de estos nuevos rebrotes.

No son suficientes el esfuerzo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, ni los “rastreadores” de contagios. Un “veedor” en la casa pública Las Palmeras en Alcázar de San Juan habría constatado que las medidas de seguridad contra el COVID-19 se relajaban en exceso, o simplemente no existían, y quizá no habría que comenzar a curar o lo que es peor volver a certificar más muertes.

Ahora no vale estigmatizar el oficio de estas mujeres, y menos desde el fariseísmo social que hoy impera. Criticar estos lugares y sus trabajadoras ha sido siempre un parche, una mala cura. Todo lo contrario de lo que hace Cervantes con este viejo oficio en el Quijote. Aprovecha la supuesta locura de don Quijote, y así evitar la censura, para dignificar a estas mujeres que ejercen esta antigua profesión, en una gran mayoría por necesidad económica o forzadas por embaucadoras celestinas y alcahuetas de entonces, y por proxenetas y traficantes de mujeres hoy.

tolosa y molinera

En la primera salida de don Quijote de su casa llega muy cansado al final del día a una venta y «estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada… que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando» Don Quijote no ve prostitutas, sino mujeres, aunque ellas «como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa». Después de una mala cena, de los desaguisados y encontronazos con los arrieros, una vez burlescamente armado caballero por el ventero este «mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción» Aquí don Quijote tiene una hermosa  conversación de despedida con ellas:

«Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida, porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa y que era hija de un remendón natural de Toledo, que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada: preguntole su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes.»

La Tolosa y La Molinera, para los ojos de todos y todas, pasan a ser doña Tolosa y doña Molinera para don Quijote, para Cervantes.

En noviembre de 1604 en Alcázar de San Juan se prevenía contra las enfermedades contagiosas en las relaciones sexuales y unos días después Cervantes pone en las calles su gran novela donde sus primeros lectores observan la dignidad con la que trata la profesión de estas dos mujeres.

Otra lección de humanidad que Cervantes nos dejó hace más de cuatro siglos, y que hoy sigue vigente en nuestra sociedad adormecida, insensible ante la muerte de más de cuarenta mil españoles, la mayoría sin poder ser despedidos por sus familias, y aborregada ante los discursos vacíos de muchos de sus gobernantes incapaces de tomar decisiones correctas, solo argumentando que esto mismo ha pasado en todo el mundo. Ya solo les falta decirnos que a ¡mal de muchos, consuelo de tontos!.

Mejor nos iría si se reuniesen «para proveer y praticar las cosas convenientes a la republica y bien común de los vecinos…», como hacían los  alcaldes y regidores de Alcázar de San Juan después de llegar de trabajar largas jornadas en el campo o en sus oficios, cuando se terminaba de imprimir el Quijote.

¡Salud!

                                                                           Luis Miguel Román Alhambra   

 

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