LAS SIETE CABRILLAS

A mi amigo Santiago Ramos

que desde ayer está en el Cielo

A la sombra de Doña Acacia

 con estas siete cabrillas

¡SANCHO MIENTE O SANCHO SUEÑA!

Cervantes vivió en el centro del Universo, al menos eso creía él y la gran mayoría de sus coetáneos. No era astrónomo pero sí un «aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles», por lo que entre sus manos bien pudo estar el Libro de la Cosmographia de Pedro Apiano, editado en 1548 en castellano, muy divulgado y conocido en España.

Hasta que Nicolás Copérnico publicara en 1543, poco antes de morir, su RevolutionibusOrbiumCoelestium o modelo heliocéntrico del Universo, la Tierra ejercía de centro del Universo desde que lo enunció Ptolomeo en el siglo II d. C. Calificado como libro prohibido por la Iglesia tuvieron que pasar décadas hasta que su teoría se aceptara, incluso por el resto de colegas científicos. Fue Johannes Kepler quien en 1609 demostró matemáticamente el modelo heliocéntico ensu Primera Ley: «Todos los planetas se desplazan alrededor del Sol describiendo órbitas elípticas. El Sol se encuentra en uno de los focos de la elipse». Este mismo año, Galileo Galilei construía su primer telescopio y un año después observaba nítidamente la superficie de la Luna.

Pero Cervantes vivió y pensó según los preceptos antiguos. Apiano afirmaba que, «El mundo contiene es si dos partes principales. La una es Elemental, la otra es celeste. La elemental contiene en si quatro Elementos: Tierra, Agua, Ayre, y Fuego, entre los quales ay continua contienda, transimutacion, y movimiento»

Esta división del mundo es utilizada por Cervantes en la aventura «De la venida de Clavileño», una de las más conocidas y recordadas por quienes han leído, o no, el Quijote. Los duques, para reírse de don Quijote y Sancho Panza, preparan una broma pesada consistente en hacerles creer que viajarán sobre un caballo mágico, «el cual caballo se rige por una clavija que tiene en la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza que parece que los mesmos diablos le llevan» (Q2, 40). Una vez convencidos don Quijote y Sancho de emprender este extraño viaje les vendan los ojos, para que «la alteza y sublimidad del camino no les cause vaguidos se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que será señal de haber dado fin a su viaje» (Q2, 41). Así, y mediante algunos artilugios, no poco ingeniosos, hacerles creer que ascendían por los aires. Cuando ya estaban a horcajadas sobre Clavileño, que así se llamaba este caballo de madera, comenzaron a soplarles aire con unos grandes fuelles, escuchando decir a don Quijote:

“—Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo y las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región; y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.”

Para terminar la broma habían llenado el interior de Clavileño de «cohetes tronadores», a los que prendieron fuego por la cola: «voló por los aires con extraño ruido, y dio con don Quijote y con Sancho en el suelo, medio chamuscados”. Terminada esta broma cruel, maquinada por quienes la ociosidad abarcaba todo el día, cuando ya estaban algo repuestos nuestros protagonistas, «Preguntó la Duquesa a Sancho que cómo le había ido en aquel largo viaje». Sancho responde:

“—Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a quien pedí licencia para descubrirme, no lo consintió; mas yo, que tengo no sé qué briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide, bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos y por allí miré hacia la tierra, y pareciome que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas: por que se vea cuán altos debíamos de ir entonces.

A esto dijo la Duquesa:

—Sancho amigo, mirad lo que decís; que, a lo que parece, vos no vistes la tierra, sino los hombres que andaban sobre ella, y está claro que si la tierra os pareció como un grano de mostaza y cada hombre como una avellana, un hombre solo había de cubrir toda la tierra.

—Así es verdad —respondió Sancho—, pero, con todo eso, la descubrí por un ladito y la vi toda.

—Mirad, Sancho —dijo la Duquesa—, que por un ladito no se vee el todo de lo que se mira.

—Yo no sé esas miradas —replicó Sancho—: sólo sé que será bien que vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara. Y si esto no se me cree, tampoco creerá vuesa merced como, descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no había de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy grande a demás. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete cabrillas, y en Dios y en mi ánima que como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi me dio una gana de entretenerme con ellas un rato, que, si no le cumpliera me parece que reventara. Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y pasitamente me apeé de Clavileño y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni pasó adelante.

—Y en tanto que el buen Sancho se entretenía con las cabras —preguntó el Duque—, ¿en qué se entretenía el señor don Quijote?

A lo que don Quijote respondió:

—Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, no es mucho que Sancho diga lo que dice. De mí sé decir que ni me descubrí por alto ni por bajo, ni vi el cielo ni la tierra, ni la mar ni las arenas. Bien es verdad que sentí que pasaba por la región del aire y aun que tocaba a la del fuego, pero que pasásemos de allí no lo puedo creer, pues estando la región del fuego entre el cielo de la Luna y la última región del aire, no podíamos llegar al cielo donde están las siete cabrillas que Sancho dice sin abrasarnos; y pues no nos asuramos, o Sancho miente o Sancho sueña.

—Ni miento ni sueño —respondió Sancho—; si no, pregúntenme las señas de las tales cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.

—Dígalas, pues, Sancho —dijo la Duquesa.

—Son —respondió Sancho— las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules y la una de mezcla.

—Nueva manera de cabras es ésa —dijo el Duque—, y por esta nuestra región del suelo no se usan tales colores, digo, cabras de tales colores.

—Bien claro está eso —dijo Sancho—: sí que diferencia ha de haber de las cabras del cielo a las del suelo.

—Decidme, Sancho —preguntó el Duque—: ¿vistes allá entre esas cabras algún cabrón?

—No, señor —respondió Sancho—, pero oí decir que ninguno pasaba de los cuernos de la Luna.

No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho hilo de pasearse por todos los cielos y dar nuevas de cuanto allá pasaba sin haberse movido del jardín.”

Sancho dice haber visto y estado con Las Pléyades, grupo de estrellas conocidas desde antiguo como «las siete cabrillas» y también como Las siete hermanas, sobrenombres que han llegado hasta nuestros días. Leonardo Ferrer, en su obra Astronomía curiosa y descripción del mundo superior, e inferior (1677), dice «Del signo Tauro»: «El fegundo figno en orden es el de Tauro, en qual ordinariamente entra el Sol, à 21.de Abril, y fale à 21.de Mayo… Consta eftaconftelacion, de 33.estrellas: Una de primera magnitud, llamada el ojo del Toro, por caer cerca del ojo izquierdo, que es la que los Paftores llaman el Paftor, es bermeja, y va fiempre detrás de las fiete cabrillas…». Enrique Suárez Figaredo anota en su edición del Quijote: «las siete cabrillas: se refiere a las Pléyades, en la constelación de Tauro: las 7 hijas de Atlas y de Pleyone, que se mataron de desesperación y fueron convertidas en estrellas»

Don Quijote, en principio, defiende a su escudero, «Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, no es mucho que Sancho diga lo que dice», aunque después pone en duda que realmente hubiesen llegado hasta Las Pléyades «pues estando la región del fuego entre el cielo de la Luna y la última región del aire, no podíamos llegar al cielo donde están las siete cabrillas que Sancho dice sin abrasarnos».

Cervantes, hombre de teatro, utiliza el conocimiento astronómico de ese momento para crear el escenario ideal para este acto. Hace creer realmente a don Quijote que ascendía por las regiones del aire que por entonces se tenían como verdaderas y, de paso, hace creíble la historia a sus lectores. Lo de Sancho… ¡es harina de otro costal!

Termina la aventura con una frase que don Quijote susurra al oído de Sancho: «Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no os digo más». ¿Se lo pregunta solo a Sancho o también a sus lectores?

                                                     Luis Miguel Román Alhambra

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