¡NO TENGAS MIEDO GATITO, YO NO LO TENGO!

¡Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única! (El Quijote. 2, 72)

Don Quijote y su gatito

Tú hoy tampoco entiendes que pasa por la cabeza de un ser humano para planificar y matar a otros que pasean por una calle de una ciudad, con sus hijos o sus nietos, de vacaciones, comprando unas flores o volviendo del trabajo. Tú no lo entiendes, igual que los miles de españoles, y de todo el mundo, que estarán este próximo sábado en Barcelona, en la misma Barcelona donde hace unos pocos días la sinrazón quiso cubrir de miedo. Hermosa ciudad, como decimos aquí, en Alcázar de San Juan, Corazón de la Mancha, mi patria.

Durante estos días he pensado, quería pensar, que lo que leía o veía, en los periódicos o en la televisión, era de nuevo ficción, ¡como mis antiguas aventuras! y que todo era un encantamiento, obra de un feo y descomunal gigante. Pero he visto a Sancho, en la cuadra, llorar abrazado a su borrico, porque estaría pensando en ese niño de solo tres años que han arrebatado de los brazos de sus padres, para siempre. Sancho no sabe leer ni escribir, como yo, pero sabe expresar sus sentimientos mejor que nadie. Le he recordado lo mismo que hace mucho tiempo le afirmé: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”

Gatito, nos quieren quitar la libertad con la que hemos nacido y que defendemos como un firme pilar de la convivencia. En Barcelona y en Cambrils muchos han dado su vida en su defensa, o están o han pasado por el hospital con heridas y secuelas para toda su vida, ¡por andar por las calles en libertad! Y antes, en otras hermosas ciudades, ha pasado lo mismo. Pero no tengas miedo, gatito, yo no lo tengo.

Yo estuve, hace ya más de cuatro siglos en Barcelona, paseando por esa misma calle. Aunque de una de sus playas salí  derrotado, guardé su imagen en mi memoria. Cuando se la describía a don Álvaro, un caballero de Granada, le decía de ella:

“¡Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única!”

Así era Barcelona, es y debe de seguir siendo esta hermosa ciudad española, nunca cautiva por la sinrazón terrorista.

Vine derrotado desde Barcelona, aquí, a mi casa, donde dicen que recuperé la cordura que había perdido leyendo estos libros. Yo creo que nunca la perdí, ¡gatito, los locos son otros!

Ahora hay que rezar por los fallecidos y los heridos. Y acompañar en el dolor a las familias. Solo ellas saben lo que es  perder a un ser querido por la locura de unos pocos.

Gatito, ¡Bien podrán los encantadores quitarme la ventura; pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible! Esto mismo le decía a Sancho cuando casi en todas las aventuras mis costillas, y las suyas, salían mal paradas. Estos locos están tratando de quitarnos la libertad con crímenes horrendos, tratan de que la desilusión nos divida, pero no saben que juntos, los españoles, nos hemos levantado siempre de las adversidades. Intentarán volver a golpear de nuevo, pero el esfuerzo y el ánimo no nos lo pueden quitar.

Aunque ya estoy viejo, y no podré estar allí en Barcelona este próximo Sábado, mi espíritu si estará.

 ¡No tengas miedo gatito, yo no lo tengo!

 ¡Yo, tampoco tengo miedo!

 

Luis Miguel Román Alhambra

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Descubierto el paraje de la penitencia de don Quijote en Sierra Morena

Peña Penitencia

 

Hace más de cuatrocientos años, durante estos calurosos días del mes de Agosto, Cervantes llevaba a don Quijote y a Sancho Panza por mitad de Sierra Morena hasta un lugar donde don Quijote decide apearse de Rocinante y hacer su penitencia.

Este paraje cervantino ha sido descubierto recientemente por Luis M. Román Alhambra, investigador independiente del Quijote, dentro de sus trabajos de localización geográfica realizados siguiendo las aventuras que don Quijote y Sancho tienen en Sierra Morena, y que en el mes de Octubre, según nos afirma el autor, verán la luz en una nueva publicación suya con el título: “Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena. Caminos y parajes reales en la ficción del Quijote”.

Desde que publicase “La venta cervantina de Sierra Morena y el lugar de don Quijote”(2012), donde identificó la venta donde se produce el manteo de Sancho Panza, la actual Venta de la Inés, al final del Valle de Alcudia, ha estado trabajando en la situación geográfica real de las aventuras que se producen cuando don Quijote y Sancho abandonan esta venta y se adentran por el antiguo Camino de la Plata por Sierra Morena. Aventuras creadas en la ficción del Quijote por la imaginación de Cervantes, utilizando, según Luis Miguel Román, los parajes conocidos por él mismo en sus numerosos viajes a Sevilla. Las aventuras de los ganados de ovejas, los encamisados, el batán, el yelmo de Mambrino, los galeotes, la mula muerta y el paraje final de la penitencia ya están marcados en el mapa real de esta zona, coincidiendo precisamente con el texto y la descripción que de ellos hace Cervantes, y que nunca antes se había hecho por esta zona.

Como indica el autor: “Localizar los parajes donde se encuentran con la mula muerta del Roto y donde elige don Quijote hacer su penitencia han sido los más complicados, ya que estas aventuras se producen fuera del camino real y por lo tanto muy difíciles de referenciar, llegando incluso a pensar que estas aventuras también eran una ficción geográfica, como muchos mantienen”.

 Parte de estas aventuras se acontecen dentro de lo que es ahora la finca privada de La Garganta, por lo que se necesita la autorización y el apoyo de su personal para acceder a su interior, como es precisamente el lugar que, este pasado diez de Agosto, descubrió en mitad de la formación montañosa de La Garganta y que coincide con las descripciones que Cervantes hace de este paraje como el lugar donde don Quijote se quedó haciendo penitencia a la espera de que Sancho Panza volviese de El Toboso con la contestación de Dulcinea a su carta.

Nos comenta el autor que impresiona ver como la topografía de esa parte de Sierra Morena coincide exactamente con lo descrito por Cervantes en el capítulo veinticinco de la primera parte:“Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña, que, casi como peñón tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corría por su falda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde y vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban”.

Este lugar se encuentra dentro de una excepcional  formación montañosa en forma de garganta por donde transcurre su arroyo. Y además encontró una singular peña, junto al arroyo, que muchos pintores, en su imaginación, han usado para ilustrar a don Quijote sobre ella meditando o dando volteretas.

Sin duda estamos ante un trabajo que dará mucho que hablar, pues no coincide con ninguna de las rutas oficiales, o de otros autores cervantinos,  propuestas hasta la fecha.

Parte de su trabajo ya ha sido publicado en su blog, como este último capítulo que se puede leer en:

https://alcazarlugardedonquijote.wordpress.com/

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

 

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Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena (VIII)

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Por fin he llegado al lugar, enigmático lugar, de la penitencia de don Quijote. Después de la localización documental, solo me quedaba estar físicamente en el paraje y comprobar que la imagen que Cervantes describe coincide con la realidad. He llegado a primera hora de la mañana, fresca mañana del diez de Agosto, a la entrada de la finca privada de La Garganta, donde me espera José María, quien me guiará hasta los puntos marcados en mi mapa.

Nos dirigimos primero hasta el lugar del Camino de la Plata, hoy casi desaparecido, donde don Quijote libera a los galeotes y en el que el Arroyo del Robledillo casi lame su cuneta. Arroyo en el que Dorotea un mes de Agosto, en la ficción del Quijote, se refresca. Hoy va seco, sin una sola gota de agua. Este año ha sido de los más secos de los últimos veinte años, pero el frescor de la sombra de los árboles que abrazan al arroyo se agradece. Desde aquí seguimos el trazado, hoy hay una senda abierta, que nos dirige hacia la “montañuela” en la que vieron a Cardenio, donde después de bordearla se encuentran, en un arroyo, muerta a su mula. Y justo en ese punto que indico a José María en el plano llegamos al pie de un arroyo, que hoy corre vago con sus aguas cristalinas y en el que, casualidades del destino, yace muerta, desde hace pocas horas, una cierva adulta.

Delante tenemos los dos puntales montañosos por donde tenemos que entrar a esta singular formación de montañas en forma de garganta. Hoy también hay un camino interno de la finca que la recorre longitudinalmente por ambas vertientes internas junto a su arroyo. Pienso en la época de Cervantes y como esta zona sería un lugar donde se escondían bandidos y ladrones después de sus fechorías en el transitado e importante camino de Toledo a Sevilla, como lo confirma un topónimo de una de las vertientes: Los Ladrones. Habría una pequeña y casi impracticable senda, pisada por caballerías y animales salvajes, por donde don Quijote y Sancho se adentraron hasta que nuestro Caballero de la Triste Figura decidió apearse de Rocinante, quitarse sus armas y quedarse haciendo penitencia entre unos peñascos. Y allí, junto al arroyo, vemos una extraña peña, tal y como lo han pintado tantos artistas siguiendo el texto de Cervantes.

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José María y yo, somos las primeras personas que conscientemente hemos estado en estos parajes siguiendo el espíritu de don Quijote. Y se me viene a la cabeza la imagen de una estatua de don Quijote pensativo, tal y como lo dibujó Doré, Vierge o Álvarez, entre tantos, instalada sobre esta peña.  Sería un lugar excepcional de peregrinación cervantina en un entorno tan hermoso, salvaje y natural, casi como era en el siglo XVII. Pero quizá este anonimato lo ha preservado así de original, tal y como lo pudo ver Cervantes, y así tenga que seguir siendo.

 

LA PENITENCIA DE DON QUIJOTE

Después del encuentro en el Camino de la Plata con los galeotes, Sancho, aún más temeroso por el desenlace final de aquella aventura, convence a don Quijote, que en principio se niega, a dejar el camino real y emboscarse por la sierra, donde poder esconderse de los cuadrilleros de la Santa Hermandad, que en cuanto tuviesen noticia de los hechos ocurridos con los galeotes saldrían en su busca, por haber sido cómplices en su motín:

“Subió don Quijote sin replicarle más palabra, y guiando Sancho sobre su asno se entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba, llevando Sancho intención de atravesarla toda e ir a salir al Viso o a Almodóvar del Campo y esconderse algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados si la Hermandad los buscase…” (I, 23)

Don Quijote ya iba especulando en las muchas aventuras que por esos parajes inhóspitos les iban a ocurrir. Sancho, en cambio, sintiéndose ya seguro,  comía tranquilamente de los restos de la despensa que había requisado a los encamisados, la noche anterior. La aventura de los galeotes había terminado pasadas las diez de la mañana, como aseguraba Ginés de Pasamonte cuando en su negativa a ir a El Toboso, como le había pedido don Quijote, le dice que “ponernos en camino del Toboso, es pensar que es ahora de noche, que aún no son las diez del día, y es pedir a nosotros eso como pedir peras al olmo”. Es ya mediodía, hora de comer, para Sancho Panza:

” Así como don Quijote entró por aquellas montañas se le alegró el corazón, pareciéndole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba…

Reducíansele a la memoria los maravillosos acaecimientos que en semejantes soledades y asperezas habían sucedido a caballeros andantes. Iba pensando en estas cosas, tan embebecido y trasportado en ellas, que de ninguna otra se acordaba. Ni Sancho llevaba otro cuidado, después que le pareció que caminaba por parte segura, sino de satisfacer su estómago con los relieves que del despojo clerical habían quedado, y así, iba tras su amo sentado a la mujeriega sobre su jumento, sacando de un costal y embaulando en su panza, y no se le diera por hallar otra aventura, entretanto que iba de aquella manera, un ardite” (I, 23)

Hasta ahora, esta parte del Quijote, enmarcada en medio de Sierra Morena, sin un camino o senda de referencia, solo se ha considerado como un simple recurso literario de Cervantes. Sin embargo, tomando como referencia evidente el punto del Camino de la Plata, junto al Arroyo del Robledillo, lugar donde se encuentran con los galeotes y desde el que se adentran en la sierra, las descripciones del relieve y la distancia recorrida hasta donde don Quijote decide hacer su particular penitencia, tres cuartos de legua, unos cuatro kilómetros y medio, hace posible situar el paraje de esta parte de Sierra Morena donde don Quijote se quedará solo, mientras Sancho Panza vuelve de llevar la carta a Dulcinea. Nunca sabremos si llegó a ver realmente Cervantes este lugar o simplemente fue la descripción de la historia de Cardenio, que escuchó contar a cualquier pastor del Valle de Alcudia.

El narrador nos cuantifica la distancia que hay que andar entre el camino y el lugar de penitencia, cuando Sancho, acompañado por Dorotea y el barbero, los dos disfrazados, vuelve de nuevo hacia ese lugar donde se encontraba don Quijote, con el cura y Cardenio siguiéndolos de largo, para no ser descubiertos:

“Tres cuartos de legua habrían andado cuando descubrieron a don Quijote entre unas intricadas peñas, ya vestido, aunque no armado, y así como Dorotea le vio y fue informada de Sancho que aquél era don Quijote, dio del azote a su palafrén, siguiéndole el bien barbado barbero” (I, 29)

Convencido don Quijote, por las dotes teatrales de Dorotea, de terminar con su penitencia y ponerse al servicio de la princesa Micomicona, manda a Sancho que lo vista con sus armas y vuelven todos hacia el camino. El cura y Cardenio ya disfrazados, para no ser reconocidos por don Quijote, habían llegado poco antes que ellos al camino, donde los esperaban:

“Hecho esto, puesto ya que los otros habían pasado adelante en tanto que ellos se disfrazaron, con facilidad salieron al camino real antes que ellos, porque las malezas y malos pasos de aquellos lugares no concedían que anduviesen tanto los de a caballo como los de a pie” (I, 29)

La imagen que dibuja el narrador del paraje elegido por don Quijote  para hacer su particular penitencia caballeresca, tiene unas descripciones del relieve muy singulares, una montaña que sobresale de otras que están a su alrededor y un arroyo:

“Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña, que, casi como peñón tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corría por su falda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde y vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban. Había por allí muchos árboles silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el lugar apacible. Este sitio escogió el Caballero de la Triste Figura para hacer su penitencia; y así, en viéndole, comenzó a decir en voz alta, como si estuviera sin juicio:

-Éste es el lugar, ¡oh cielos!, que diputo y escojo para llorar la desventura en que vosotros mesmos me habéis puesto. Éste es el sitio donde el humor de mis ojos acrecentará las aguas deste pequeño arroyo, y mis continos y profundos sospiros moverán a la contina las hojas destos montaraces árboles, en testimonio y señal de la pena que mi asendereado corazón padece” (I, 25)

En el mapa del Instituto Geográfico Nacional MTN-0860-2002-Fuencaliente, marcamos el lugar del Camino de la Plata, junto al Arroyo del Robledillo, con la referencia de una distancia de tres cuartos de legua, cuatro kilómetros y medio. Con la descripción de encontrarse don Quijote delante de una alta montaña “entre otras muchas que la rodeaban” con un arroyo en su falda, no cabe duda alguna que el lugar de penitencia elegido por el Caballero de la Triste Figura se encuentra en mitad de La Garganta. La montaña alta es el pico de Peñarrodrigo, actual Morra de Peña Rodrigo (1287 m), situada al final de una singular formación montañosa en forma de garganta cerrada, con alturas superiores a los 1000 m. El arroyo que discurre por el valle que forman las faldas de estas sierras de La Garganta y del Nacedero, el Arroyo de La Garganta, no hace sino confirmar que la  descripción topográfica de esta zona  corresponde exactamente con la que en el Quijote describe Cervantes.

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Antes de llegar a este punto de penitencia, don Quijote se encuentra una maleta de viaje, con unas camisas, algo de dinero y un libro de notas. Al leer los versos y cartas de este librito conjetura que el propietario de esa maleta era un hombre desengañado por los amores de una mujer. Continuando entre la sierra, por donde Rocinante podía caminar,  ven a un hombre delante de ellos en la cima de una pequeña montaña, calificada como montañuela, que iba saltando de risco en risco y de mata en mata, con estraña ligereza. Acaban de descubrir a Cardenio, al que intentan seguir sin conseguirlo, por lo espeso de la vegetación de aquella zona. Don Quijote trata de que Sancho le ayude a encontrar a ese hombre, rodeando cada uno por un lado aquella serrezuela. Sancho, por miedo a ir solo, se niega, siguiendo juntos el mismo camino:

 “Y así, picó a Rocinante, y siguióle Sancho con su acostumbrado jumento; y,  habiendo rodeado parte de la montaña, hallaron en un arroyo, caída, muerta y medio comida de perros y picada de grajos, una mula ensillada y enfrenada; todo lo cual confirmó en ellos más la sospecha de que aquel que huía era el dueño de la mula y del cojín.

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Estándola mirando, oyeron un silbo como de pastor que guardaba ganado, y a deshora, a su siniestra mano, parecieron una buena cantidad de cabras, y tras ellas, por cima de la montaña, pareció el cabrero que las guardaba, que era un hombre anciano. Diole voces don Quijote y rogóle que bajase donde estaban. Él respondió a gritos que quién les había traído por aquel lugar, pocas o ningunas veces pisado sino de pies de cabras o de lobos y otras fieras que por allí andaban. Respondióle Sancho que bajase, que de todo le darían buena cuenta.” (I, 23)

Determinar este lugar, donde se encuentran con la mula muerta y el cabrero, partiendo desde el punto del Camino de la Plata y con la referencia en la dirección hacia el interior de La Garganta, ya no es nada complicado. Siguiendo la narración y con el mismo mapa MTN-0860-2002-Fuencaliente, antes de entrar en el valle de La Garganta hay una pequeña montañuela que compone la serrezuela de Las Lastrillas. Si comenzamos a rodearla en el sentido opuesto a las agujas del reloj nos encontramos con un arroyo que nace en el interior de La Garganta.

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Llegando el cabrero hasta donde ellos estaban, junto al arroyo, hablan de esa mula muerta, la maleta que habían visto poco antes y del propietario de todo aquello, que es el mismo joven que poco antes don Quijote y Sancho habían visto. Todo esto lo confirma el cabrero, que les cuenta  como hacía más de seis meses que su grupo de pastores lo habían conocido y de las veces que les había pedido comida por caridad, y otras veces les había atacado para quitársela a la fuerza. El anciano cabrero también les cuenta que ya habían decidido en salir en su busca y llevarle a Almodóvar del Campo para curarle de sus males y saber de su familia. Y es, en este momento preciso de la narración donde Cervantes nos deja la distancia que desde este lugar de la sierra, donde se encuentran con la mula muerta y el cabrero, hay hasta Almodóvar del Campo, ocho leguas:

“Y en verdad os digo, señores —prosiguió el cabrero—, que ayer determinamos yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos míos, de buscarle hasta tanto que le hallemos, y, después de hallado, ya por fuerza, ya por grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quién es cuando esté en su seso, y si tiene parientes a quien dar noticia de su desgracia.”(I, 23)

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Este lugar marcado en el mapa junto al arroyo, siguiendo la traza aproximada por donde fueron don Quijote y Sancho, sin caminos ni sendas, hasta el pie de la montañuela y rodeándola llegar hasta al arroyo, donde el narrador sitúa a la mula muerta, se encuentra a una distancia aproximada de 2,5 km del Camino de la Plata, una media legua de camino.

El Arroyo del Navarrillo, donde se encuentra el batán que tanto miedo causó a don Quijote y especialmente a Sancho, vierte sus aguas en el Arroyo de la Ribera, conocido en tiempos de Cervantes como Río Muelas, donde se encontraban los molinos y batanes del término de Almodóvar del Campo, como así contestan en las Relaciones Topográficas de Felipe II a la pregunta veintidós:

“Como quiera que según dicho es en este nuestro término no haya ríos algunos caudalosos no aceñas en todo él más que un río pequeño que llaman el río de Muelas hay algunos molinos y batanes de vecinos de Pedroches y Torre Campo lugares de la ciudad de Córdoba en cuya jurisdicción confina la de esta villa de la cual el dicho río de Muelas dista siete leguas poco más o menos”

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Desde este río, o arroyo actual, hasta el punto del Camino de la Plata,  desde el que don Quijote acepta seguir el consejo de Sancho de adentrarse en la sierra hay unos tres kilómetros, media legua de camino.

Si a las siete leguas poco más o menos que está Almodóvar del Campo del Arroyo de la Ribera, le sumamos la media legua de camino que hay hasta que se encuentran con los galeotes, y la media legua  por medio de la sierra, hasta llegar, rodeando la montañuela, al arroyo donde se encuentran con la mula muerta y el cabrero, obtenemos una distancia de ocho leguas de camino. Exactamente la distancia que estima el cabrero que hay entre ese paraje de la sierra en el que están y Almodóvar del Campo: “le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas”

Solo nos queda ahora dejar el paraje de la mula muerta y continuar adentrándonos en La Garganta. Con la inestimable ayuda y conocimiento del terreno de José María, me adentro en el interior de esta extraña formación montañosa. El camino, junto al arroyo, discurre entre un espeso bosque de robles canarios, alcornoques, castaños y enebros, algunos mucho más que centenarios, que casi no dejan de ver los puntos más altos de las montañas. A unos dos kilómetros del paraje de la mula muerta, pasado el pequeño embalse que abastecía de agua desde principios del siglo XX al antiguo ferrocarril de la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya, llegamos donde don Quijote decidió quedarse solo, desarmado, haciendo penitencia. Es increíble la similitud de la narración con el lugar, donde estamos rodeados de montañas, junto a un apacible arroyo.

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Junto al arroyo puedo entrever, entre lo espeso del bosque, las cimas de algunos de estos picos y leo: “Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña, que, casi como peñón tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corría por su falda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde y vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban”

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No sabremos nunca si el propio Miguel de Cervantes estuvo aquí mismo,  y la imagen de este paisaje la guardó en su mente y nos la regaló en la historia de don Quijote, o este fondo de saco montañoso era un paraje tan conocido en aquella época, como refugio o guarida de ladrones y bandidos del camino, que cualquier cuadrillero de la Santa Hermandad, o un pastor de cabras, pudo describírsela perfectamente  durante las horas de descanso en la venta. Quién sí estuvo, en la ficción, fue don Quijote y su espíritu sigue aquí, sentado sobre esta singular peña.

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En el plano anterior está representado el lugar del camino real, junto al arroyo, desde donde don Quijote y Sancho se adentran hacia la sierra (1), la zona donde se produce el hallazgo de la mula muerta de Cardenio y el cabrero (2) y el lugar de la penitencia de don Quijote (3).

La distancia entre el lugar donde se encuentran con la mula muerta y el cabrero, en la ficción de la historia de don Quijote, coincide exactamente con la distancia que hay entre este paraje real, a la entrada de La Garganta, hasta Almodóvar del Campo, ocho leguas. Ahora, Cervantes, nos deja otra distancia, desde el lugar de penitencia, que es necesario comprobar para evidenciar que estamos en el mismo paraje donde el autor llevó a nuestros vecinos manchegos: la distancia que hay desde aquí hasta El Toboso.

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Don Quijote ha decidido quedarse en este lugar haciendo su particular  penitencia, y algunas locuras, hasta que Sancho Panza regrese de llevar una carta a El Toboso y volviendo con la respuesta de Dulcinea:

“Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas con la respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea” (I, 25).

Hagamos el mismo recorrido que Sancho tendría que hacer hasta llegar a El Toboso. Aunque sabemos que no cumple su misión, pues una vez que se despide de don Quijote, sube sobre Rocinante y sale al camino llegando a la venta del manteo, de mal recuerdo para Sancho, donde es reconocido por el cura y el barbero que allí estaban en busca de sus vecinos. Estos le persuaden de volver de nuevo al lugar de penitencia y tratar de convencer a don Quijote de que regrese a su casa. Sancho guía al cura y al barbero, por el mismo camino, hasta el paraje desde donde debe adentrarse en la sierra, quedándose el cura y el barbero esperando en el arroyo que hay junto al camino. Sancho, siguiendo las retamas, que como marcas había dejado en su salida, llega al lugar donde estaba su amo. Don Quijote, sorprendido, al verle tan pronto de vuelta del viaje, y que Sancho le aseguraba haber hecho, le dice:

¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y veniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venir desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá más de treinta leguas…” (I, 31)

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Las distancias parciales que habría recorrido Sancho sobre Rocinante, desde el lugar de la penitencia, donde quedó don Quijote hasta El Toboso son:

-Lugar de penitencia a la mula muerta: un cuarto de legua.

-Lugar de la mula muerta a Almodóvar del Campo, ocho leguas.

-Almodóvar del Campo a Caracuel: tres leguas, “… que es una villa pequeña de esta jurisdicción a tres leguas, que hoy se llama Caracuel”, (Relaciones Topográficas de Almodóvar del Campo)

-Caracuel a Ciudad Real: tres leguas  según el “Reportorio de todos los caminos de España” de Juan de Villuga.

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-Ciudad Real a Villarrubia de los Ojos: seis leguas, “… que el primer pueblo que hay derecho al poniente desde esta villa es Ciudad Real, que yendo por el camino derecho desde esta villa a Ciudad Real hay seis leguas…” (Relaciones Topográficas de Villarrubia de los Ojos)

-Villarrubia de los Ojos a Herencia: cuatro leguas, “… al poniente de esta villa está un pueblo que se dice Villarrubia, cuatro leguas de esta villa de las ordinarias…” (Relaciones Topográficas de Herencia)

-Herencia a Alcázar de San Juan: dos leguas, “… que desde esta villa está hacia la parte donde sale el sol la villa de Alcázar dos leguas ordinarias camino derecho” (Relaciones Topográficas de Herencia)

-Alcázar de San Juan a El Toboso: cuatro leguas, antiguo camino de Alcázar a El Toboso.

Haciendo la suma total, entre el lugar de penitencia de don Quijote hasta El Toboso, siguiendo los mismos caminos que habría seguido Sancho, obtenemos una distancia de treinta leguas y cuarto, coincidiendo con lo calculado por don Quijote, “habiendo de aquí allá más de treinta leguas”.

Esta parte de Sierra Morena, sin sendas ni caminos en tiempos de Cervantes, está hoy en medio de la finca de La Garganta, desconocedora, hasta hoy, que es la guardiana del espíritu de don Quijote. Es imposible para mí describir la sensación vivida aquí, en el paraje de la penitencia, junto al arroyo, en el que las montañas casi te acunan como una madre. Ahora entiendo por qué decidió quedarse aquí don Quijote, y espero que así siga varios siglos más.

Salimos, José María y yo, a lo llano de la sierra. Hemos sido las primeras personas que conscientemente hemos estado en este lugar quijotesco. Ya he terminado mi trabajo, es verano, hoy es diez de Agosto, festividad de San Lorenzo, y a la memoria me viene la fecha en la que don Quijote firmó la carta a su sobrina, a la vuelta de la hoja en la que había escrito la carta a su Dulcinea, para que le diese tres borricos a Sancho, a cuenta de sus servicios hasta ese momento: “Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a veinte y dos de agosto deste presente año”.

                                               Luis Miguel Román Alhambra

 

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LAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE EN SIERRA MORENA (VII)

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Si el lugar real del batán es importante como referencia física y humana en esta parte de Sierra Morena, el punto del Camino de la Plata donde se produce el encuentro y liberación de los galeotes es otro paraje cuya imagen del paisaje cervantino es confirmada con la distancia que desde ese lugar hay hasta la venta. Un arroyo junto al camino, y que esta imagen del paisaje se encuentra exactamente a dos leguas de la Venta de la Inés, nos evidencia, de nuevo, que estamos en el lugar exacto en el que Cervantes imaginó aquel encuentro, en el que nos deja, genialmente, dos críticas. Critica el sistema judicial y penal español de la época, en el que por la necesidad de mano de obra para remar en las galeras de la Armada se condena, a veces por una mera murmuración, a varios años a los denunciados, y para que los censores se lo autoricen publicar, critica la acción liberadora de su “loco” protagonista apedreándolo, como acción de gracias. ¡Increíble y genial, el recurso literario de Cervantes!

Solo así habría visto la luz este episodio que para muchos era solo una invención más de Cervantes, al ocurrir en un camino y en una dirección imposible en el traslado de galeotes en España, sin tener en cuenta que estos condenados iban a “remar” a las minas de Almadén.

Todo esto ocurre en verano. La frescura del arroyo seguro que atrajo alguna vez a Cervantes a parar junto a él y esta nítida imagen del paisaje nos la dejó inmortalizada. Hoy podemos estar de nuevo, en este sofocante verano, en el mismo lugar donde los galeotes se emboscaron y leer sentados en una piedra junto al arroyo este capítulo, sin dejar a estar atentos por si alguno de estos bandidos nos sale al camino. Allí los dejó Cervantes igual que a don Quijote y a Sancho entrándose por mitad de la sierra. O quizás sea a Sancho al que veamos salir, o a Dorotea cantar al ritmo de las incansables chicharras… Sin lugar a dudas estamos en un hito cervantino, otro más, en el mapa real de las aventuras de don Quijote, que, como podéis estar leyendo, nada tiene que ver con las rutas oficiales o mapas de románticos o interesados publicados hasta ahora.

 

DANDO LIBERTAD A LOS GALEOTES

Don Quijote y Sancho continúan caminando por el Camino de la Plata y Sancho le pide permiso para hablar con él. Cuando don Quijote se lo concede, Sancho le muestra su preocupación por que entiende mejor, y más reconocido, el servir a algún rey en lugar de ir de incógnito por esos caminos, como van ellos, cuando:

“… don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían hasta doce hombres a pie, ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos; venían ansimismo con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie; los de a caballo con escopetas de rueda, y los de a pie con dardos y espadas; y que así como Sancho Panza los vido dijo:

-Esta es cadena de galeotes: gente forzada del rey, que va a las galeras” (I, 22)

Puede extrañarnos, en principio, que una cadena de condenados a remar en las galeras sean trasladados por el Camino de la Plata, con dirección a Toledo, encontrándose de frente don Quijote y Sancho. ¿Contradicción, error geográfico o simple recurso literario de Cervantes, como muchos afirman? De nuevo, el autor del Quijote aprovecha un hecho histórico real, que incluso pudo haberlo presenciado él mismo en esta parte del camino, como es el excepcional traslado de condenados a galeras hacia las minas de Almadén, desde alguna de las cárceles del norte del obispado de Córdoba.

Las antiguas minas de mercurio de Almadén, que datan del siglo IV a.d.C, son arrendadas por el rey Carlos I a los banqueros alemanes Fugger o Fúcares en el año 1525, como garantía del dinero prestado por estos a la Corona. Con alternancia con otros arrendatarios, los Fúcares se adueñan definitivamente de la explotación de ellas desde 1560 hasta 1645. Con el nuevo  uso del azogue, como amalgama con la plata, en América desde 1554, las minas de Almadén adquieren un valor cada vez mayor. Es desde ese momento cuando la mano de obra necesaria para su extracción y procesado escasea, y más por ser el trabajo en este tipo de mina muy penoso y peligroso para la salud de los obreros. Por este motivo las minas no son capaces de suministrar el mercurio solicitado desde el otro lado del océano y los Fúcares solicitan al rey Felipe II que se les conceda treinta condenados a galeras para los trabajos en la mina, cumpliendo allí su pena con trabajos forzados en lugar de hacerlo al remo en una galera, como dictaba sus sentencias. Este requerimiento, después de acuerdos y desacuerdos, se rubrica entre el rey y los Fúcares en Febrero de 1566. Este número inicial de treinta condenados a galeras, forzados a trabajar en los procesos más penosos de las minas de Almadén fue creciendo, oficial o extraoficialmente, con el transcurso de los años.

Este cumplimiento excepcional de la condena en galeras en las minas de Almadén no estaba recogido en la Pragmática del mismo año de 1566, que anulaba a la anterior de 1552. En ella se definían los delitos y las nuevas condenas y penas, aumentándose los años de condena por el mismo delito, así como rebajando la edad penal, de los veinte a los diecisiete años. Ladrones, rufianes, vagabundos amonestados públicamente, testigos falsos, blasfemos, casados dos veces, o casi cualquier caso que se juzgase, eran inevitablemente sentenciados a remar en las galeras de la Armada, en algunos casos de por vida.

En esta Pragmática también quedaba precisamente definida la forma de proceder para el traslado de los galeotes, desde la villa del obispado donde fueran condenados, hasta su destino final en la galera. Se detalla que los condenados en el reino de Galicia, “y que aviendo numero de doze”, se trasladasen a Toledo, por Villafranca, Valladolid y Segovia y desde allí a Málaga. Los condenados en León, Oviedo, Salamanca, Palencia, Ciudad Rodrigo y Zamora, se debían de llevar a Valladolid, y cuando el número de galeotes en esta cárcel fuera de veinte se trasladasen en cadenas a Málaga. Los condenados en los obispados de Burgos, Calahorra, Osma, Sigüenza, Pamplona y en el reino de Navarra, se enviarían a la cárcel de la ciudad de Soria, y en cadenas de doce se llevarían a Cartagena. Los condenados en los obispados de Avila, Segovia, Madrid, Alcalá, Guadalajara y hasta diez leguas de la ciudad de Toledo, se debían de llevar a la cárcel de Toledo y desde allí a Málaga. Los condenados en los obispados de Plasencia, Coria, Badajoz y Cádiz, se trasladarían a la de Sevilla, para desde allí conducirlos a Puerto de Santa María. Los galeotes condenados en el arzobispado de Toledo, a más de diez leguas de la ciudad de Toledo, y en los obispados de Cuenca y Cartagena y las órdenes que estuviesen en ellas, se trasladarían a la ciudad de Cartagena. Y los condenados en el obispado de Córdoba, Jaén y reino de Granada se llevaban a la cárcel de la ciudad de Málaga.

 

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Los puertos de Cartagena, Málaga y Puerto de Santa María eran el destino final de los condenados a galeras, desde las principales cárceles de Valladolid, Soria, Toledo y Sevilla. Como se aprecia en el mapa de flujos de condenados a galeras,  la cárcel de Toledo, la más cercana a Almadén, recibía a un gran número de condenados y desde ella, en el número máximo de cien, eran llevados a la cárcel de Málaga por el transitado y seguro, para este tipo de traslado, Camino de la Plata, atravesando por él Sierra Morena hasta Córdoba y desde allí a Málaga. Cervantes en alguno de sus pasos por Sierra Morena por este camino, es más que probable que se encontrase con alguna de estas cadenas de cien galeotes, pero tanto el número de condenados como el sentido del traslado no coinciden con lo descrito por él. En esta aventura el número era de doce galeotes, y, lo más importante, estos condenados iban en dirección contraria, hacia Toledo. Algunos autores han visto en esta aventura un simple recurso literario de Cervantes para criticar el sistema judicial de su época. Además de esas largas cadenas de galeotes procedentes de Toledo, también pudo ver realmente en esa parte del Camino de la Plata el excepcional traslado, en sentido contrario, de unos pocos condenados al norte del obispado de Córdoba y cuyo destino eran las minas de Almadén (flujo de color rojo en el mapa).

En El Informe Secreto de Mateo Alemán sobre el trabajo forzoso en las minas de Almadén, de German Bleiberg, se detallan los interrogatorios que Mateo Alemán hace a los galeotes que trabajaban forzados en la mina, unos años antes de la aparición de la primera parte del Quijote. A todos los galeotes interrogados les solicitaba que contestasen, entre otras preguntas, el nombre de la villa donde fueron condenados a galeras.

Mateo Alemán (1547-1615), autor del Guzmán de Alfarache, además de ser especialmente coetáneo con Cervantes y escritor, también tiene que ejercer en una parte de su vida, como el autor del Quijote,  funciones de recaudador de impuestos o contador, por las que también sufrió la pena de cárcel. Mateo Alemán recibe en 1593 el encargo de realizar una inspección a las minas de Almadén, como juez visitador, para informar al Consejo de Ordenes del número, estado y trato dado a los galeotes condenados a trabajos forzados allí. Aunque al principio solo encuentra inconvenientes por los administradores de los Fúcares para realizar su trabajo, impuso la autoridad de su cargo y pudo  hacer su informe.

Junto con su escribano, llega a Almadén el día cuatro de febrero de ese mismo año y unos días más tarde obtiene la lista completa de los galeotes que  estaban trabajando en ese momento en las minas. El número era de tan solo trece, más uno loco, que en ese momento no trabajaba. Comienza los interrogatorios a estos galeotes de inmediato, además de solicitar e investigar los documentos que en los archivos de las minas se encontraban, desde la fecha del acuerdo de administración de galeotes con la Corona.

Entre los que en ese momento estaban trabajando en las minas de azogue  se evidencia que su procedencia no era la más lógica, que sería  desde la cercana cárcel de Toledo o condenados en la misma villa de Almadén, sino que entre los galeotes había condenados en villas del norte del obispado de Córdoba y por lo tanto no seguían las instrucciones de traslado señaladas en la Pragmática. Aunque la mayoría de los condenados son por hurtos de mulas o borricos, hay un fraile detenido por dar muerte al marido de su amante en Valladolid y dos bandoleros trasladados desde Valencia, con penas de por vida. Los sentenciados en la villa de Almadén eran en ese momento dos, otros dos proceden de Santa Eufemia y otro de la de Belalcázar, estas dos villas del norte del obispado de Córdoba, cercanas a Almadén.

Como excepcional era tener a condenados a galeras cumpliendo su pena en las minas de Almadén, era también excepcional poder ver una cadena de galeotes en ese tramo del Camino de la Plata con dirección hacia Toledo. Y este es el traslado que nos describe Cervantes, una cadena de doce galeotes venir de frente a don Quijote, condenados en villas del norte del obispado de Córdoba, cercanas a este camino y que eran trasladados a cumplir sus condenas a las minas de Almadén.

Este pasaje cervantino, es una evidencia del conocimiento geográfico y humano de Cervantes del Camino de la Plata, en esta parte de Sierra Morena, utilizándolo para crear esta aventura, que no es sino una crítica al sistema político, judicial y penal de aquella época, aunque termina apedreando a sus protagonistas, don Quijote y Sancho Panza, por su acción de liberar a unos condenados a galeras por un juez, solo así podría pasar la censura y obtener la autorización del Consejo Real para imprimir el Quijote. Conoce la “Pragmática sobre vagabundos, ladrones, blasfemos, rufianes, testigos falsos, inducidores y casados dos veces” de 1566, y sabe que por una simple murmuración de algunas personas influyentes, una forma de vestir o por pequeños descuidos con las normas establecidas, las condenas podían pasar de castigos físicos a la pena de galeras por varios años, y quizá la muerte en ellas. Detenidos por hurtos, por el de una mula o borrico, eran condenados hasta a diez años a remar en las galeras, o, de peor suerte, a trabajar en las insalubres minas de Almadén, de las que si se cumplía el tiempo de condena, sino le sobrevenía antes la muerte, las condiciones físicas y sanitarias del individuo, puesto en libertad, eran lamentables.

Después de que los galeotes fuesen liberados por don Quijote, al no considerar él justas las penas impuestas por los delitos confesados por aquellos galeotes, y uno de ellos, Ginés de Pasamonte, amenazase y apedrease a los guardas y comisarios, Sancho no aprueba lo que allí está ocurriendo, e insinúa a don Quijote de que debían de esconderse en la sierra, por miedo a ser perseguidos por la Santa Hermandad, cuando esta institución fuese informada,  por los comisarios y guardas, de la liberación a la fuerza de los galeotes y lo sucedido después con sus personas:

“Entristeciose mucho Sancho deste suceso, porque se le representó que los que iban huyendo habían de dar noticia del caso a la Santa Hermandad, la cual a campana herida saldría a buscar los delincuentes; y así se lo dijo a su amo, y le rogó que luego de allí se partiesen, y se emboscasen en la sierra, que estaba cerca” (I, 22)

 

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El resto de la aventura termina con pedradas y más pedradas de los galeotes, que así agradecían su rescate, sobre don Quijote y Sancho, y sus fieles cabalgaduras, además de quitarles parte de sus ropas, para así pasar más inadvertidos por los lugares por donde pasasen:

“Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y don Quijote: el jumento, cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas pensando que aún no había cesado la borrasca de las piedras que le perseguían los oídos; Rocinante, tendido junto a su amo, que también vino al suelo de otra pedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohinísimo de verse tan mal parado por los mismos a quien tanto bien había hecho” (I, 22)

Sancho, aún más temeroso, por el final de aquella aventura, convence a don Quijote, que en principio se niega, a salir de aquel camino real y meterse por la sierra en ese mismo punto del camino donde estaban:

“Subió don Quijote sin replicarle más palabra, y guiando Sancho sobre su asno se entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba…” (I, 23)

 

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Para situar en el Camino de la Plata el lugar donde ocurre esta aventura, solo tenemos que reconocer una singularidad geográfica en él, que es la existencia de un arroyo junto a su cuneta y que nos encontramos a dos leguas, unos doce kilómetros, de la venta del manteo de Sancho, la Venta de la Inés.  Cervantes conserva en su retina la imagen de este plácido lugar, más en los calurosos meses de verano, donde él mismo aprovecharía la cercanía de este arroyo para refrescarse o dar de beber a su cabalgadura. Es el mismo paraje donde Sancho deja al cura y al barbero esperando, mientras él, siguiendo las marcas que había dejado en las ramas de los árboles, volvía al lugar donde estaba haciendo su penitencia don Quijote con la intención de convencerle a abandonarla y regresar a casa:

“Otro día llegaron al lugar donde Sancho había dejado puestas las señales de las ramas para acertar el lugar donde había dejado a su señor, y en reconociéndole, les dijo como aquélla era la entrada, y que bien se podían vestir, si era que aquello hacía al caso para la libertad de su señor…

…Entróse Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los dos en una por donde corría un pequeño y manso arroyo a quien hacían sombra agradable y fresca otras peñas y algunos árboles que por allí estaban. El calor y el día que allí llegaron era de los del mes de agosto, que por aquellas partes suele ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la tarde; todo lo cual hacía al sitio más agradable y que convidase a que en él esperasen la vuelta de Sancho, como lo hicieron” (I, 27)

Esperando, el cura y el barbero, a que Sancho regresase con don Quijote, conocen allí mismo a Cardenio, a los que sí les termina de contar la triste historia que le llevó a retirarse por aquella parte de la sierra. Estando los tres en agradable conversación, escuchan unos lamentos, descubriendo muy cerca de ellos, no hubieron andado veinte pasos, a Dorotea con ropaje de mozo, sentada en una piedra junto al arroyo al que había llegado con intención de refrescarse y descansar:

 “Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban, y por parecerles, como ello era, que allí junto las decían, se levantaron a buscar el dueño, y no hubieron andado veinte pasos cuando, detrás de un peñasco vieron sentado al pie de un fresno a un mozo vestido como labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo que por allí corría, no se le pudieron ver por entonces; y ellos llegaron con tanto silencio que dél no fueron sentidos, ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se habían nacido” (I, 28)

 

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La distancia de dos leguas, que hay entre este lugar del camino y la venta del manteo de Sancho, nos la indica Cervantes cuando convencido don Quijote por la princesa Micomicona, Dorotea, de abandonar el lugar de la penitencia salen al mismo punto del Camino de la Plata, desde donde todos juntos se dirigen hacia la venta, que estaría hasta dos leguas de allí:

“Concertáronse que por entonces subiese el cura, y a trechos se fuesen los tres mudando hasta que llegasen a la venta, que estaría hasta dos leguas de allí. Puestos los tres a caballo, es a saber: don Quijote, la princesa y el cura; y los tres a pie: Cardenio, el barbero y Sancho Panza,…” (I, 29)

 

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Este punto del Camino de la Plata, junto al Arroyo del Robledillo, se encuentra precisamente a 12 kilómetros, dos leguas de camino, de la Venta de la Inés, tal y como nos lo describe Cervantes.

 

Luis Miguel Román Alhambra

 

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LAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE EN SIERRA MORENA (VI)

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En el Quijote se describe en varias ocasiones el aspecto físico de nuestro hidalgo manchego. Es el narrador en el inicio, donde nos deja la primera imagen:

“Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza” (I, 1)

Y ya en la segunda parte, tenemos otra, esta vez por el bachiller Sansón Carrasco

“…alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos…” (II, 24) 

Podemos dibujar a don Quijote como un hombre alto, flaco pero atlético, cara también delgada con nariz fina y algo grande, de pelo ya entrado en canas y grandes bigotes aún negros. Pero esta descripción es muy común. Si vemos un rostro de un hombre con estas características nunca lo identificaríamos, a la primera, con don Quijote.

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Pero si el mismo rostro aparece con una bacía de barbero sobre la cabeza, todo el mundo lo reconoce inmediatamente como el famoso hidalgo manchego don Quijote de la Mancha.

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El famoso Yelmo de Mambrino no es otra cosa que una bacía de barbero. Una herramienta que los barberos han usado, hasta bien entrado el siglo XX, para afeitar a sus clientes. En esta pequeña palangana, metálica o de cerámica, con una abertura casi semicircular para ajustarla debajo de la barbilla del cliente, el barbero ponía agua caliente con la que remojar la barba, hacer el jabón de afeitar y limpiar la navaja en cada una de las pasadas por la cara. El cliente sujetaba con sus propias manos la bacía mientras duraba el afeitado y así sus ropas no resultaban manchadas. La bacía junto a la navaja, el afilador de cuero, la brocha y la barra de jabón, eran los utensilios normales de los barberos. Cuando el barbero se desplazaba por las casas a realizar los encargos solía llevar la metálica, comúnmente de latón, más resistente a los posibles golpes en los traslados que la de cerámica, que solía quedarse en su establecimiento.

Cervantes encanta genialmente una simple bacía de barbero en un famoso yelmo. No tiene que buscar a un célebre caballero para enfrentarlo a don Quijote en medio del camino de Sierra Morena, vencerle y así arrebatarle el yelmo, porque ya no existían esos caballeros andantes. Hace que un barbero se ponga su bacía, reluciente, sobre la cabeza para proteger su flamante sombrero de una ligera lluvia de verano y ya tiene la escena, solo falta que la imaginación de don Quijote haga el resto.

En este próximo capítulo es asombrosa la descripción del itinerario que toman don Quijote y Sancho, desde la zona del batán, para volver a estar de nuevo en el camino real y como coincide con el paisaje real de Sierra Morena que vamos recorriendo. Tampoco no nos debe de extrañar que Cervantes en alguno de sus viajes, por este mismo camino a Andalucía, se cruzase en un día de lluvia con un barbero que llevaba sobre su cabeza su bacía, y conservase esa imagen en su cabeza, usando esta sencilla y pintoresca escena para su cuento inmortal.

 

EL FAMOSO YELMO DE MAMBRINO

Resueltas las diferencias entre ellos, y acordando entre ellos que aunque esta aventura terminase en risas, no era para contarla a los demás, don Quijote le ordena a Sancho desde ese momento hablar menos con él, pues no conoce que un escudero hable tanto con su señor, como lo hace Sancho con él. Aunque poco dura ese distanciamiento dialéctico entre nuestros protagonistas:

“En esto comenzó a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en el molino de los batanes; mas habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote por la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y así, torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían llevado el día de antes”. (I, 21) 

Desde el Batán del Navarrillo, junto al Camino a San Benito, don Quijote y Sancho comienzan a caminar y “torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían llevado el día de antes”. Sin duda, Cervantes, se habría desviado alguna vez del camino real para realizar sus funciones como recaudador para la Armada, recorriendo el Arroyo de la Ribera, y sus molinos harineros y batanes. Este especial conocimiento geográfico y de los recursos económicos allí instalados, tanto para moler cereales como para abatanar paños, es utilizado para ingeniar una aventura en medio de un espacio geográfico natural, Sierra Morena, por donde llevaba a sus dos protagonistas. Y para volver de nuevo al Camino de la Plata, desde este batán, con dirección a Sevilla, se tiene que  girar el camino, a mano derecha, para llegar de nuevo al camino real, precisamente tal y como nos lo describe Cervantes.

Sencillamente hace ir, en la ficción,  a don Quijote y Sancho por un paraje real, en el que con el simple ruido de un batán golpeando con sus mazos de madera la pila de los paños y la oscuridad de la noche, crea una genial aventura en medio de Sierra Morena, para después, volver a ponerlos sobre el mismo camino que llevaban, describiendo sus movimientos tal y como entonces él hizo, y todavía hoy tenemos la fortuna de poder volver a hacer, imaginado estar junto a Rocinante, mientras don Quijote y Sancho conversan.

“…y así, torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían  llevado el día de antes”. (I, 21)

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Y es en este punto del camino, poco después de cruzar el Arroyo de la Ribera y llegar al camino real, cuando comienza una nueva aventura. A partir de aquí, la imagen de don Quijote será reconocida por llevar sobre su cabeza una bacía de barbero, que si bien hoy es un objeto casi desconocido, para los primeros lectores del Quijote era muy cotidiano, el recipiente o palangana de latón, o de cerámica, con una abertura en forma de media luna, que el barbero ponía debajo de la barbilla de su cliente, mientras le remojaba y afeitaba la barba.

“De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo, que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aun él apenas le hubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:

– Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: «Donde una puerta se cierra, otra se abre». Dígolo, porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la que buscábamos, engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par en par otra, para otra mejor y más cierta aventura, que si yo no acertare a entrar por ella, mía será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de batanes, ni a la escuridad de la noche. Digo esto, porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo hice juramento que sabes” (I, 21)

Sancho duda ya de todo lo que le dice don Quijote: “Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace -dijo Sancho-; que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar y aporrear el sentido”. Y don Quijote le pregunta: “Dime. ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?. Sancho tampoco ve lo mismo que don Quijote, como el día anterior no vio ejércitos sino rebaños de ovejas, y sin vacilar le contesta: “Lo que yo veo y columbro no es sino un hombre sobre un asno, pardo como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra”.

Es el narrador quien nos describe la escena, que, como no puede ser de otra manera, coincide con lo que Sancho está viendo y no con lo afirmado ver  por don Quijote:

“Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijote veía, era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño, que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto, sí; y así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse, y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el barbero, y traía una bacía de azófar; y quiso la suerte que , al tiempo que venía, comenzó a llover, y porque no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza; y como estaba limpia, desde media legua relumbraba.” (I, 21)

El barbero aparece por el Camino de la Plata desde el sur, “hacia nosotros viene” afirma don Quijote. Es más que probable, al menos coinciden lugares y tiempos, que en la mente de Cervantes estuviese como lugar grande la villa de Conquista y como lugar más pequeño la aldea de San Benito, a la que se llega por el mismo camino que ellos habían traído desde el batán. ¿Saludó Cervantes al cruzarse en alguna ocasión a este barbero de Conquista en mitad del camino en este mismo punto, y sorprendido por la lluvia llevaba a modo de sombrero su bacía? Otra imagen en la memoria de Cervantes, y que recurre a ella, para que sea ahora vista, pero con distinta apreciación, por sus dos protagonistas, en este espacio geográfico real, como es el camino real de Toledo a Sevilla, el Camino de la Plata, en esta singular zona de Sierra Morena.

Sin mantener saludo o conversación alguna con el barbero, cuando ya estaba cerca de ellos, don Quijote, a todo correr de Rocinante, que no sería más que un trotecillo, le embistió con el lanzón gritando:

“¡Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu voluntad lo que con tanta razón se me debe!

El barbero, que, tan sin pensárselo ni temerlo, vio venir aquella fantasma sobre sí, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe de la lanza, si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado el suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo, y comenzó a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento”(I, 21) 

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Deja el barbero, en su huida, su bacía caída en el suelo y don Quijote manda a Sancho que se la recoja, acomodándosela sobre la cabeza. Como no le encajaba bien, comentaba a Sancho que el primero que la poseyó, para él celada, tenía que tener una cabeza muy grande. Entre las risas contenidas de Sancho, por miedo a salir mal parado de nuevo por algún golpe de su amo, don Quijote toma la decisión de repararla, amoldándola a su cabeza, en el primer lugar que tuviese un herrero.

Entre los malos recuerdos de las pedradas de los pastores, el bálsamo de Fierabrás o el manteo de la venta, Sancho pregunta qué puede hacer con el borrico del barbero que, como la bacía, había dejado en su huida a pie, si lo podía tomar como despojo de victoria en la batalla. Don Quijote le ordena que lo deje donde está, que él no tiene por costumbre, como los caballeros andantes,  despojar a quienes vence y mucho menos quitarles los caballos y que ya vendrá a por él su amo cuando ellos se alejen por el camino. Pero Sancho le insiste a que al menos pueda cambiar los aparejos, que son mejores que los suyos, dándole a esto licencia don Quijote.

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Sancho aprovecha la licencia de cambiar los aparejos a su borrico, y después almuerzan. Almuerzo, así se llamaba a la primera comida del día, esta aventura transcurre por la mañana temprano, coincidiendo tanto el espacio y el tiempo real con los descrito por Cervantes. Como están cerca del arroyo, vuelven a beber agua de él: “Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron y bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos: tal era el aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les habían puesto”.

Volviendo al camino real, se acaba así la aventura del famoso Yelmo de Mambrino, en la que don Quijote arrebata, a la fuerza, la bacía a un simple barbero que por allí iba:

Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron a caballo, y sin tomar determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomar ninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante quiso, que se llevaba tras sí la de su amo, y aun la del asno, que siempre le seguía por dondequiera que guiaba, en buen amor y compañía. Con todo esto, volvieron al camino real y siguieron por él a la ventura, sin otro disignio alguno” (I, 21)

                                                            

Luis Miguel Román Alhambra

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LAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE EN SIERRA MORENA (V)

 

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Como investigador independiente del Quijote reconozco que hay momentos que llenan de satisfacción las tantas horas de archivos y estudio que no aportan absolutamente nada, y que llegan incluso a replantearte el seguir con el proyecto iniciado. En esta fotografía me encuentro en el mismo lugar donde estaba situado el Batán del Navarrillo, el batán que tanto miedo dio a nuestros vecinos manchegos.

Documentalmente lo tenía localizado, solo me faltaba localizar el lugar exacto, sabiendo que sus restos habían desaparecido hacía muchos años. Sin la ayuda del personal de la finca en la que se encuentra este paraje, La Garganta, no me habría sido posible llegar a este precioso lugar cervantino. Cargado de mapas antiguos, modernos, minutas de los topógrafos de 1860 y el Quijote, llegamos a la orilla de este Arroyo del Navarrillo, por el que hoy corre un hilo de agua.

Unos minutos de reconocimiento del lugar y pronto me sitúo sobre en el antiguo Camino a San Benito cruzando este arroyo, casi desaparecido, exactamente como marcan mis documentos, pero sin rastro del batán. Hasta que aparecen unos restos de antiguos ladrillos y tejas árabes, moldeadas a mano, en una pequeña explanación junto al arroyo, que pertenecería al tejado de la casa del batanero donde guardaba los paños. Poco antes habíamos estado en un prado muy cercano a este lugar, tal y como Cervantes lo describe, y donde don Quijote y Sancho almuerzan, comen y cenan al mismo tiempo, de la despensa que habían cogido de los clérigos del cortejo fúnebre.

Sé que soy el primero, junto con José María, en estar en este precioso lugar vinculado con el Quijote. Y también sé que en este mismo lugar estuvo, hace más de cuatro siglos, un funcionario de la Corona Española enamorado del teatro y de la poesía, de nombre Miguel de Cervantes Saavedra. Por su cabeza ya rondaban las aventuras de un pobre hidalgo manchego y de su, no menos pobre, amigo y vecino agricultor, y los trajo en la ficción hasta este paraje real, en medio de una noche de verano.

Lean esta aventura del Quijote en la que los ruidos de los mazos del batán se mezclan con los ruidos de las tripas de Sancho Panza.

 

EL RUIDO DEL BATAN

Don Quijote quiere ver lo que realmente llevaban en la litera de aquel cortejo fúnebre, pero Sancho le convence que no lo haga. Con la comida que había requisado de los encamisados sobre su querido borrico, hambriento y con miedo a que volviesen aquel grupo de encamisados a vengarse de ellos, reconociendo en la oscuridad el paraje donde se encuentran, y que el camino va  subiendo de nivel entre la sierra, dice a don Quijote:

“… El jumento está como conviene, la montaña cerca, la hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de pies, y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.

Y antecogiendo su asno, rogó a su señor que le siguiese; el cual, pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a replicar le siguió. Y a poco trecho que caminaban por entre dos montañuelas, se hallaron en un espacioso y escondido valle,donde se apearon, y Sancho alivió el jumento, y tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus estómagos con más de una fiambrera, que los señores clérigos del difunto -que pocas veces se dejan mal pasar- en la acémila de su repuesto traían…” (I, 19)

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Estas “dos montañuelas” por las que el camino transita son el Pico de Peñarroya y el Puntal de las Aguzaderas. Y llegan al valle donde se apean, donde almorzaron, comieron, merendaron y cenaron. Están entre el Arroyo de la Ribera y el Arroyo del Navarrillo, paraje donde también se encuentra el Batán del Navarrillo. Han caminado de noche tres kilómetros desde el encuentro con los encamisados.

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Sacian su hambre con la comida que había desvalijado Sancho de la mula de las provisiones del cortejo fúnebre, pero no la sed, pues no llevaban ni vino ni agua. Al estar en un valle verde supone Sancho que un arroyo o una  fuente tiene que haber cerca y se ponen en su busca, cuando comienzan a escuchar el ruido del agua y también otro muy distinto:

“Parecióle bien el consejo a don Quijote, y tomando de la rienda a Rocinante, y Sancho del cabestro a su asno, después de haber puesto sobre él los relieves que de la cena quedaron, comenzaron a caminar por el prado arriba a tiento, porque la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa alguna;mas no hubieron andado doscientos pasos cuando llegó a sus oídos un grande ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se despeñaba. Alegróles el ruido en gran manera; y parándose a escuchar hacia qué parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo que les aguó el contento del agua, especialmente a Sancho, que naturalmente era medroso y de poco ánimo. Digo que oyeron que daban unos golpes a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua, que pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote.” (I, 20)

 

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De noche, fuera del camino, sin saber donde estaban, con el rumor del  agua bajando el desnivel por arroyo y los golpes cadenciosos de los grandes mazos de madera del batán, aguas abajo, ruidos, estos, desconocidos  especialmente por don Quijote, hacen que busquen refugio cerca de unos árboles que allí estaban, y están, junto a las orillas de los arroyos de la Ribera o del Navarrillo. Don Quijote reconoce que, en esas circunstancias, tener miedo es legítimo en Sancho, pero no en él. Dispuesto a descubrir al causante de tal horroroso ruido, ordena  a  Sancho que si no vuelve en tres días de esta aventura se vuelva a su casa, y desde allí a El Toboso, con la noticia de su muerte. Esta orden provoca el llanto de Sancho, que intenta convencer a don Quijote de abandonar aquel sitio y quitarse del peligro, o incluso de esperar a que se hiciese de día que, según él, no quedaba más de tres horas. Don Quijote no acepta ninguna súplica ni demora, pidiendo a Sancho que le apriete la cincha de la silla a Rocinante, momento que aprovecha Sancho para atarle las patas delanteras a Rocinante con el cabestro de su borrico, y así, no se podría mover aunque quisiese, o solo a pequeños y ridículos saltos. Don Quijote trataba de hacer caminar a Rocinante, sin darse cuenta del engaño, y creyendo que la incapacidad de caminar de Rocinante era un designio divino  decide esperar a que amaneciese.

Sancho le sugiere que se baje del caballo y que se eche a dormir en aquel prado, lo que provoca el enojo de don Quijote. Aquí comienza una de las partes más conmovedoras y graciosas del Quijote.  Sancho se sujeta de los arzones de la montura con ambas manos quedando abrazado a la pierna de don Quijote y, a petición de don Quijote, comienza a contarle un cuento para así pasar el tiempo. Sancho le cuenta la historia de un pastor de Extremadura, enamorado de una pastora… En fin, mal terminado el cuento, don Quijote quiso de nuevo hacer andar a Rocinante que, lógicamente, no pudo dar ni un paso.

Y para quie dicen que el Quijote es aburrido, porque no ha llegado a leer este capítulo o por su falta de sentido del humor, Cervantes describe toda la humanidad de Sancho, y la de sus tripas. Sin dejar de estar abrazado a la pierna de don Quijote, con ingenio se aflojó los calzones y“echó al aire entrambas posaderas”. Pero le vino un aprieto mayor, con algo más de ruido y olor, lo que fue oído y olido por don Quijote, que le ordena, sin quitarse los dedos de las narices, que se aparte unos pasos de él, tomando el acto de Sancho como un menosprecio a su persona. Y en estas delicadas circunstancias llegan las primeras luces del día:

“En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo. Mas, viendo Sancho que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento desligó a Rocinante y se ató los calzones. Como Rocinante se vio libre, aunque él de suyo no era nada brioso, parece que se resintió, y comenzó a dar manotadas; porque corvetas -con perdón suyo- no las sabía hacer. Viendo, pues, don Quijote que ya Rocinante se movía, lo tuvo a buena señal, y creyó que lo era de que acometiese aquella temerosa aventura.

Acabó en esto de descubrirse el alba, y de parecer distintamente las cosas, y vio don Quijote que estaba entre unos árboles altos; que ellos eran castaños, que hacen la sombra muy escura. Sintió también que el golpear no cesaba, pero no vio quien lo podía causar…” (I, 20)

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Don Quijote le recuerda a Sancho lo que le había dicho horas antes, de estarse allí tres días esperando acontecimientos, pero Sancho, por miedo a quedarse solo allí, sigue a don Quijote hacia donde provenían aquellos golpes:

“… y habiendo andado una buena pieza por entre aquellos castaños y árboles sombríos, dieron en un pradecillo que al pie de unas altas peñas se hacía, de las cuales se precipitaba un grandísimo golpe de agua. Al pie de las peñas estaban unas casas mal hechas, que más parecían ruinas de edificios que casas, de entre las cuales advirtieron que salía el ruido y estruendo de aquel golpear, que aún no cesaba… Otros cien pasos serían los que anduvieron, cuando, al doblar de una punta, pareció descubierta y patente la misma causa, sin que pudiese ser otra, de aquel horrosísimo y para ellos espantable ruido, que tan suspensos y medrosos toda la noche los había tenido. Y eran -si no lo has, ¡oh lector!, por pesadumbre y enojo- seis mazos de batán, que con sus alternativos golpes aquel estruendo formaban.” (I, 20)

Cuando don Quijote y Sancho vieron la causa, reventaron a reír. Sancho comenzó a repetir las razones, en modo de burla, que llevaron a don Quijote a ser caballero andante, enojando a don Quijote, que furiosamente golpea a Sancho en la espalda con el lanzón, argumentándole también que no está obligado a conocer los sones o los ruidos de un batán, como hidalgo que era,  exento de trabajar, y por lo tanto a conocer aceñas, molinos de viento, batanes, etc, que sí tenía que haber reconocido Sancho, como agricultor a jornal que era: “Y más, que podría ser, como es verdad, que no los he visto en mi vida, como vos los habréis visto, como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos”.

Luis Miguel Román Alhambra

 

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¡¡DESCANSA EN PAZ, QUIJOTE!!

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Hoy entierran en Las Rozas a Ignacio Echeverría. Hace una semana lo mataron en Londres cuando trataba de defender a una mujer de las cuchilladas que un terrorista. Siguiendo sus ideales, los valores que en su familia le enseñaron desde pequeño, y de los que ahora tanta falta hacen en esta sociedad adormecida, aletargada, ante el sufrimiento de los demás, ¡¡¡puso su lanza en el ristre…!!!, perdón, cogió su monopatín y se abalanzó sobre el terrorista a cuerpo descubierto, sin pensarlo, e hizo lo tenía que hacer. Pero una certera cuchillada por la espalda, ¡qué valientes!, posiblemente de otro de los terroristas, acabó con su joven vida.

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¡Cuántos quijotes, como Ignacio,  necesitamos en este Siglo de Piedra! ¡Cuantos “cuerdos” miran, miramos, hacia otro lado mientras que los “locos”, como Jorge, hacen sencillamente lo que se tiene que hacer!

Hace unos días me preguntaban qué es ser “quijote” hoy, en el siglo XXI, y respondí que es el que sigue un ideal, un sueño, aunque sea inalcanzable, el que ayuda a quienes lo necesitan sin esperar nada a cambio, dar sin interés… Hoy si me preguntan de nuevo qué es ser un quijote, mi respuesta es mucho más concreta: ser como Ignacio Echeverría. Filósofos, psiquiatras, psicólogos, educadores, pensadores… llevan cuatro siglos debatiendo qué tipo de ser humano representa don Quijote en la sociedad, sencillamente dejen de debatir ya, y mediten sobre la actitud de este joven español en Londres.

Decía el chileno Augusto D´Halmar, en La Mancha de don Quijote (1934), que en un epitafio en la catedral de Sigüenza había leído:

“No tengo lo que gasté;

Lo que gané lo perdí;

Solo tengo lo que di”

 

Ignacio, has dado la vida, y eso es lo que ya tienes: ¡¡vida eterna!!

¡¡Descansa en Paz, quijote!!

 

Luis Miguel Román Alhambra

 

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