LOS ESCENARIOS DEL QUIJOTE EN LA MANCHA

EL CRUCE  DEL FALSO LIBRE ALBEDRÍO DE ROCINANTE

“En esto llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían, y por imitarlos estuvo un rato quedo; y al cabo de haberlo muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza” (Q1, 4)

¡¡ El camino de su caballeriza!! Bien sabía don Quijote el camino que iba a tomar Rocinante cuando le deja las riendas sueltas en este cruce. El mismo camino que él quería seguir para cumplir con lo indicado por el ventero y hacerse en su pueblo de un escudero y otras cosas tocantes a la caballería andante. ¿Si no conociese don Quijote la querencia de Rocinante habría dejado en este momento de la aventura las riendas sueltas al libre albedrío de su caballo? Rotundamente, no. Si a un lector actual esta acción de don Quijote le puede parecer un guiño a la libertar de elección de su propio caballo, los lectores coetáneos de Cervantes ya sabían que el caballo tomaría la querencia natural de irse a su cuadra, el objetivo de su amo. Cervantes fue un prolífico viajero, debido en gran parte a sus oficios como funcionario de la Corona, y sus malas experiencias con caballos y mulas de alquiler, que a la más mínima toman el camino fácil de su cuadra, le sirvió para incorporarlas en este punto de la aventura a su texto y de paso reírse de los  caballeros andantes que al llegar a un cruce de caminos «se ponían a pensar cuál camino de aquellos tomarían». Sin duda alguna esta actitud de don Quijote arrancó las risas de los primeros lectores cervantinos, que era lo que pretendía el autor, y sin embargo hoy da lugar a ensayos y sesudas conferencias sobre “el libre albedrío o la libertad en el Quijote”.    

A este cruce de caminos os quiero llevar. Y así, con el Quijote en la mano, tablet o teléfono podáis leer este gracioso momento cervantino contemplando la misma imagen del territorio manchego que inspiró a Cervantes como un escenario de su novela.  

Desde el paraje donde creyó liberar al pastor Andrés de los azotes de su amo, el siguiente punto de interés o hito cervantino geográfico es precisamente este cruce de caminos formado por dos variantes del Camino de Toledo a Murcia: El Camino de El Toboso a Las Mesas o Camino de los Valencianos y el Camino de Campo de Criptana a Mota del Cuervo. Siguiendo los pasos de Rocinante me dirijo a él un día «de los calurosos del mes de Julio» ¿De qué me suena esta frase…?  

Don Quijote iba por este camino orgulloso de su recién estrenado título de caballero andante, «pareciéndole que había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías». Dice el narrador de la historia que hablaba consigo mismo en estos términos:

“—Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha; el cual, como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de caballería y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.” (Q1, 4)

Estimado lector de mi blog, puede que te sorprenda que el narrador apunte aquí que don Quijote «como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de caballería y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad», cuando tú bien sabes que el fingido nombramiento ha sido durante la noche de este mismo día, hacía muy pocas horas. Pero estás en la Mancha y aquí, como en otras muchas partes de Castilla, los días comenzaban, y comienzan, cuando uno se levantaba de la cama y ponía los pies en el suelo, lo sucedido anteriormente es sencillamente ayer. No te sorprendas si entrada bien la noche, cuando tu reloj ya te indique que estás en un nuevo día, alguien en la Mancha se despida de ti con un ¡hasta mañana!

A 1,25 km de la aventura de Andresillo, por el Camino de los Valencianos hacia El Toboso, tengo que cruzar la carretera CM-420  (39º 27′ 05.38″ N – 2º 54′ 19.50″ E). El camino es suave y a unos 600 m paso junto a una casa de labor conocida de antiguo como Casa Escama y hoy reconvertida en una finca con reses bravas de nombre Monte Protestante.

El camino, todavía en el término de Mota del Cuervo, torna a descender suavemente. El paisaje es de cultivos de cereal, recién segado, y de vid con algunos chaparros que nos recuerdan el antiguo paisaje de bosque de encinas que flanqueaba el camino. La mano del hombre cambiando los usos del suelo casi ha borrado el bosque de encinas en la imagen del territorio en toda la comarca de don Quijote.

A unos 2,6 km, desde que crucé la carretera, entro en el término municipal de Pedro Muñoz unos metros antes de cruzar el arroyo o Zanja de la Horma (39º 27′ 53″ N – 2º 55′ 48″ E).A mano derecha, a lo lejos, se ve otra antigua casa de labor o quintería manchega conocida como Casa de la Horma. Solo 600 m después de este arroyo dejo el término de Pedro Muñoz y entro en el término cervantino de El Toboso, unos 100 m. después de dejar el cruce con el camino de Pedro Muñoz a la Casa de la Horma. Una pequeña casa agrícola de construcción actual nos marca este cruce (39º 28′ 02″ N – 2º 56′ 04″ E) Sigo de frente hacia «la gran ciudad del Toboso».

Ya estoy cerca del hito cervantino. Aunque son las 10 de la mañana el sol aprieta sobre mi cabeza amparada con un sombrero de paja. A 3,9 km  desde que crucé la carretera llego a él, el cruce del fingido libre albedrío de Rocinante (39º 28′ 19″ N – 2º 56′ 32″ O). Abro aquí mi mochila y leo:

En esto llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían, y por imitarlos estuvo un rato quedo; y al cabo de haberlo muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza” (Q1, 4)

Hoy este simple cruce de caminos, de uso casi exclusivo para las labores agrícolas,  en tiempos de la escritura del Quijote era muy transitado por numerosas personas a pie, a caballo o en carros y carruajes. Viajeros, funcionarios, comerciantes, arrieros y trajinantes de todo tipo iban y venían de Toledo al reino de Murcia o hacia Cuenca camino de Aragón. Hoy el silencio es casi absoluto, ¡un silencio que se oye!, delicadamente roto por el canto de los pajarillos y el susurro del solano, este viento tan nuestro y esperado en todos los amaneceres del verano manchego.

Hago igual que el bueno de Rocinante y desde este cruce sigo el mismo camino que él eligió con don Quijote a horcajadas sobre su lomo, él hacia el lugar de su cuadra y yo a mi casa, los dos hacia Alcázar de San Juan, el lugar de don Quijote.

A «como dos millas» de este importantísimo cruce de caminos llegaré a un paraje de triste recuerdo para Rocinante y para las costillas de don Quijote. Os lo contaré en un próximo artículo.

                                                                Luis Miguel Román Alhambra   

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¡A SOSLAYO!

Las dos primeras salidas que hace don Quijote de su pueblo tienen en común el camino elegido. La primera la emprende solo llegando al final de la larga jornada a una venta, donde es fingidamente y entre burlas armado caballero andante por el ventero. Siguiendo los consejos de éste sobre «las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo» en su oficio de caballero, emprende el camino de regreso a casa por el mismo camino. La segunda salida está ya acompañado por su vecino Sancho Panza como escudero. Así nos describe el narrador esta segunda salida y cómo vuelve a salir por el mismo camino:

“Todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los buscasen.

Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban.” (Q1, 7)

El camino y dirección que había seguido don Quijote en estas dos salidas de su pueblo está implícitamente definido en la aventura de los mercaderes toledanos. Esta acontece en este camino, de vuelta desde la venta:

“Y habiendo andado como dos millas descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie.” (Q1, 4)

Si don Quijote camino a casa se encuentra de frente con estos «mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia», él caminaba por este mismo camino dirección a Toledo, hacia el oeste. Es, por tanto, el antiguo Camino de Toledo a Murcia, en alguna de sus variantes existentes en esta zona de la Mancha,  el camino elegido por don Quijote para iniciar sus aventuras en las dos primeras salidas, caminando por él hacia el este. Sin embargo, aunque el narrador nos afirma que «Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje», también nos indica que «por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban». En una simple lectura de la novela hay lectores que pretenden ver aquí un posible error geográfico de Cervantes en la elección del escenario, argumentando que «si don Quijote y Sancho iban por un camino dirección al este, por donde sale el sol, al amanecer los primeros rayos del sol les darían de frente, no de lado o por su costado como significa “a soslayo”».

En principio parece que llevan razón en apuntar un error a Cervantes, porque ¿quién no ha aprendido en la escuela que el sol sale por el este «todas las mañanas» y se esconde por el oeste? Esta afirmación geográfica elemental que llevamos interiorizada de por vida, una vez que profundizamos en esta ciencia advertimos que es cierta pero ¡solo dos días al año!, durante los equinoccios de primavera y otoño cuando los días y las noches tienen la misma duración. El resto del año el sol va desplazando su salida, hacia el norte o al sur, según la estación climatológica. En el hemisferio norte, donde nos encontramos, desde el día siguiente al equinoccio de primavera el sol se va trasladando en su salida hacia el norte, llegando en nuestra latitud de 39º N a los 30º el día del solsticio de verano, y hacia el sur, con la misma declinación, desde el equinoccio de otoño hasta día del solsticio de invierno. Un ejemplo claro para los observadores cervantinos curiosos:  Viajando por la carretera CM-3166 o por el antiguo camino de Alcázar de San Juan a la villa molinera de Campo de Criptana, éste en un buen tramo orientado precisamente al este, el día del solsticio de verano veremos salir el sol mucho más al norte de la sierra de sus molinos. Sin embargo, si este viaje lo hacemos el día del solsticio de invierno el sol lo veremos salir muy hacia el sur de Campo de Criptana.

Esto que hoy casi se nos pasa desapercibido no lo era así en tiempos de Cervantes para quienes viajando a lomos de una caballería, incluido él mismo, observaban a diario salir el sol por el horizonte, percibiendo su declinación con referencia a hitos conocidos de observación como torres de iglesias, cerros o montañas, según el día del año.

Las dos primeras salidas de don Quijote de su pueblo se producen en verano. La primera en un día «de los calurosos del mes de Julio» y la segunda aproximadamente en mitad del mes de agosto, en el «tiempo de la siega» como afirmaba Sancho Panza. En esta latitud y fechas el sol sale desplazado del este unos 25º hacia el norte, oblicuo a gran parte del Camino de Toledo a Murcia por esta comarca cervantina.

¿Qué significaba «a soslayo» para Cervantes y los lectores de su época? El término “soslayo” en el Diccionario de Cobarrubias (1611), coetáneo a Cervantes no aparece reflejado en él. Sí en el Tomo VI del  Diccionario de Autoridades (1739), primer diccionario de la RAE:«Soslayo. Voz, que solo tiene uso en los modos adverbiales, al soslayo, ù de soslayo, que valen oblicuamente, al través.» El término oblicuo tampoco aparece en el  Diccionario de Cobarrubias, sí en el de Autoridades: «Obliquo: Torcido, atravesado, no recto. Se aplica también al plano ò línea que cae fobre otro, y hace con él ò ella ángulo que no es recto: afsi los ángulos agudos y obtúfos fe llaman ángulos obliquos.»

Además de en este capítulo del Quijote, Cervantes utiliza en otras cinco ocasiones la palabra “soslayo” entre todas sus obras publicadas:

“Somos astrólogos rústicos, porque, como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas sabemos las que son del día y las que son de la noche; vemos cómo arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y cómo ella sale con su compañera el alba alegrando el aire, enfriando el agua y humedeciendo la tierra; y luego tras ellas el sol dorando cumbres (como dijo el otro poeta) y rizando montes; ni tememos quedar helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca; un mismo rostro hacemos al sol que al yelo, a la esterilidad que a la abundancia.” La gitanilla, 1613.

“Todos los circunstantes estaban atentos mirando el estraño y gozoso recibimiento. Sólo en el corazón de Pirro andaba la melancolía, atenaceándole con tenazas más ardiendo que si fueran de fuego; y llegó a tanto estremo el dolor que sintió de ver engrandecido y honrado a Periandro que, sin mirar lo que hacía, o quizá mirándolo muy bien, metió mano a su espada, y por entre los brazos de Seráfido se la metió a Periandro por el hombro derecho, con tal furia y fuerza que le salió la punta por el izquierdo, atravésandole, poco menos que al soslayo, de parte a parte.” Los trabajos de Persiles y Sigismunda, 1617.

“¡Apostaré que la ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha dejado
el cielo, de que goza eternamente!
Esto oyó un valentón y dijo: ¡Es cierto
lo que dice voacé, señor soldado,
y quien dijere lo contrario miente!
Y luego encontinente
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.” Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla, 1598.

“Al volver de una esquina sentí un brazo
que el cuello me ceñía, miré cúyo,
y más que gusto me causó embarazo,
por ser uno de aquellos (no rehúyo
decirlo) que al contrario se pasaron,
llevados del cobarde intento suyo;
otros dos al soslayo se llegaron,
y con la risa falsa del conejo
y con muchas zalemas me hablaron.
Yo, socarrón; yo, poetón ya viejo,
volvíles a lo tierno las saludes,
sin mostrar mal talante o sobrecejo.” Viaje al Parnaso, 1614.

“Canten lo que quisieren.

Vivanco La música ha sido hereje;
si el coloquio así sucede,
antes que la rueda ruede,
se rompa el timón y el eje.

En acabando la música, dice el sacristán (Todo cuanto dice agora el sacristán, lo diga mirando al soslayo a Cauralí):

Sacristán ¿Qué es esto? ¿Qué tierra es ésta?…” Comedia los baños de Argel, 1615

Leyendo estas últimas cuatro citas cervantinas: «atravésandole, poco menos que al soslayo, de parte a parte», «miró al soslayo, fuese, y no hubo nada», «otros dos al soslayo se llegaron» y «lo diga mirando al soslayo a Cauralí», el significado de la palabra «al soslayo» en todas ellas es similar, hacia un lado o de lado.

Sin embargo, en la novela de La gitanilla Cervantes utiliza este término en referencia a los rayos del sol, similar a la cita del Quijote que nos interesa: «ni tememos quedar helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca». En estas latitudes, el día del solsticio de invierno el sol al mediodía alcanza una altura sobre el horizonte de unos 27º, sube muy poco, y en el solsticio de verano llega hasta los 73º, casi en la perpendicular de nuestras cabezas. El gitano viejo está haciendo referencia al frío del invierno «cuando nos hiere a soslayo con sus rayos» al calentar el sol poco por estar muy bajo todo el día, y al calor del verano al «quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca», o «perpendicularmente nos toca» como anotan varios editores, por ejemplo Francisco Rodríguez Marín, director de la Biblioteca Nacional y de la Real Academia Española, en su edición de Las Novelas Ejemplares.

Volvamos al Quijote. «Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban». Estas dos primeras salidas de don Quijote de su casa son en verano, con la diferencia que en la primera sale poco antes de amanecer  ̶ «una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio» ̶   y en la segunda en mitad de la noche  ̶ «…una noche se salieron del lugar sin que persona los viese»  ̶  Es verano en la Mancha y a las pocas horas desde el amanecer el sol sube muy alto, siendo el calor asfixiante en el campo, ¡te dé por donde te dé!, como describe el narrador en la primera salida: «Con esto caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera».

En la segunda salida el momento de la escena es justo al amanecer, «la hora de la mañana», que «es lo mifmo que la aurora» según el Diccionario de Covarrubias, o la «primera luz del día con que el áire fe iluftra y empieza à refplandecer, por la cercanía del Sol, que por otro nombre fe dice Alba» como indica el Diccionario de Autoridades, cuando los rayos del sol están muy bajos con respecto al horizonte y,  aunque es verano, no calientan todavía. Así, aunque en estas fechas el sol sale por el Este-Noreste, ligeramente por el lado izquierdo si se camina hacia el este, «a soslayo» en esta cita cervantina tiene el significado de darles los rayos del sol a don Quijote y a Sancho muy bajos, casi planos con respecto al horizonte, coincidiendo así con el narrador: «… por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban».

Sí, a don Quijote y Sancho Panza les daban los rayos de sol «a soslayo» en este  amanecer de un día de agosto igual que durante todo el invierno, como afirma el viejo gitano en La gitanilla, cuando el sol se eleva muy poco sobre el horizonte. De esta misma manera también era percibido y entendido por viajeros, arrieros, labradores, pastores y sus lectores coetáneos.

Cervantes, sin duda alguna, iniciaba sus jornadas de viaje en el verano durante la «hora de la mañana» o al «alba», cuando la claridad del nuevo día es ya suficiente para la visión del camino y, además, los rayos del sol cuando despuntan sobre el horizonte aún no calientan en los veranos manchegos. Su experiencia de vida en los caminos queda reflejada en el texto cervantino, siendo muy preciso en la descripción de la posición del sol en el camino que llevaban sus protagonistas en ese momento. Cervantes no era geógrafo, pero sí un experto viajero que al paso de una mula de alquiler observaba y guardaba en su memoria cuánto el territorio le ofrecía.

Este artículo lo termino y publico el día 21 de junio de 2021, solsticio de verano, mientras parece detenerse el sol sobre mi cabeza. Hoy el pueblo maya eleva las manos hacia el padre Sol exclamando: ¡Loq´laj Saq´Q´ij, loq´laj K´ichich Ajaw, loq´laj Tat, loq´laj Tex!  ̶ ¡Bendito verano, bendito K´ichich Ajaw, bendito ser supremo, bendito Padre! ̶

                                                                       Luis Miguel Román Alhambra

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LOS ESCENARIOS DEL QUIJOTE EN LA MANCHA

En la guía de caminos, en la que estoy actualmente trabajando, voy poniendo nombre y coordenadas precisas a los lugares y parajes que inspiraron a Cervantes como escenarios de las aventuras de don Quijote. Teniendo en cuenta las consideraciones geográficas que en el texto del Quijote nos apunta sutilmente Cervantes, con el uso de herramientas de información geográfica del Instituto Geográfico Nacional y el conocimiento de esta parte del territorio manchego, al tener el gran privilegio de vivir en él, situar en el mapa cervantino estos lugares y parajes, y percibir después in situ cómo texto e imagen del territorio coinciden, reconocible todavía después de cuatro siglos, es una gran satisfacción como lector del Quijote.

Desde que hace once años publiqué en Mi vecino Alonso (2010) el nombre de Alcázar de San Juan como el lugar de don Quijote, he ido descubriendo los escenarios de sus aventuras en el territorio manchego en varios artículos en este blog y en otras dos publicaciones: La venta cervantina de Sierra Morena (2012) y Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena (2017). Así, transgrediendo mapas y rutas cervantinas publicadas por diversos autores e instituciones anteriormente, he puesto nombre a:

-La Venta de Manjavacas (Mota del Cuervo), donde es armado caballero don Quijote.

-El cruce de caminos que forman el camino de El Toboso a Las Mesas y el camino de Campo de Criptana a Mota del Cuervo, en el que don Quijote deja el libre albedrío a Rocinante de vuelta a casa.

-La Venta de la Inés (Almodóvar del Campo), antigua Venta del Alcalde, como la venta de Sierra Morena en la que transcurren tantos capítulos de la primera parte.

-El Valle de La Tejada (Almodóvar del Campo), donde don Quijote arremete contra los rebaños de ovejas.

-El Valle de El Horcajo (Almodóvar del Campo). Al final de este valle don Quijote y Sancho se encuentran con el cortejo fúnebre.

-El Arroyo del Navarrillo (Almodóvar del Campo), donde pasó Sancho Panza tanto miedo por el ruido de su batán.

-El paraje del Camino de la Plata (Almodóvar del Campo-Brazatortas) donde don Quijote arrebata la bacía al barbero creyendo que era el famoso yelmo de Mambrino.

-El paraje del Camino de la Plata (Almodóvar del Campo-Brazatortas) donde descubren la cadena de galeotes.

-El paraje de la mula muerta, en la entrada de La Garganta (Brazatortas)

-El paraje donde don Quijote se quedó haciendo penitencia esperando a Sancho que volviese de El Toboso, en medio de La Garganta (Brazatortas)

-El paraje en el que don Quijote, en compañía de don Diego de Miranda, se encuentra con la carreta de los leones en el camino de El Toboso a Mota del Cuervo.

-Mota del Cuervo, como el lugar de don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán.

-Socuéllamos, como el lugar adonde se iban a celebrar las bodas del rico Camacho con Quiteria, que al final fueron las del ingenioso Basilio con Quiteria.

Aunque aparecerá marcado en mi guía de caminos, en este artículo os llevo a otro escenario cervantino:

LA FELIZ AVENTURA DE DON QUIJOTE Y DESVENTURA DE ANDRÉS

“… y me dio de nuevo tantos azotes que quedé hecho un Sambartolomé desollado”

Si en el Quijote hay una aventura felizmente terminada por don Quijote que al final resulta una cruel desventura es la del pastor Andrés. Al poco de salir de la venta, adonde había sido don Quijote burlescamente nombrado caballero por el ventero, nos describe el narrador que «no había andado mucho cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba», y creyendo que «algún menesteroso o menesterosa» necesitaba su ayuda dejó el camino que llevaba y:

” …a pocos pasos que entró por el bosque vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces daba, y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba con una reprehensión y consejo; porque decía:

—La lengua queda, y los ojos listos.

Y el muchacho respondía:

—No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez, y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato” (Q1, 4)

Don Quijote enfurecido pone en el rostro del labrador su lanza y éste, viéndose muerto, le dice que estaba castigando a su pastor por perderle cada día una oveja del ganado que le guardaba en aquel entorno. Don Quijote le manda desatarlo y pagarle los salarios que según Andrés le debía, fiándose de la palabra del ganadero de que lo hará cuando lleguen a su casa de Quintanar,  porque en ese momento no llevaba la cantidad adeudada. Don Quijote se aleja de este bosque de encinas «contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías» y el ganadero, «Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar», en lugar de cumplir la palabra dada  en cuanto se perdió de su vista don Quijote casi mata a golpes al pastor Andrés.

Este cruel pasaje es narrado en el capítulo IV de la primera parte, y en el XXXI, de este mismo primer Quijote, Cervantes nos lo vuelve a recordar mientras don Quijote, Sancho, el cura y el barbero, Dorotea y Cardenio vuelven desde el lugar de penitencia, en mitad de Sierra Morena, a la venta. Mejor dicho, se lo recuerda al propio don Quijote para que conociera que su primera aventura no había terminado tan bien como él creyó. Paran a comer junto a una fuente y «en esto acertó a pasar por allí un muchacho que iba de camino… a Sevilla». Éste era Andrés, quién después de que don Quijote contase a todos los presentes el bien que le había hecho, el muchacho les detalló que al final todo resultó al revés, que «no sólo no me pagó… pero así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos me volvió a atar a la mesma encina, y me dio de nuevo tantos azotes que quedé hecho un Sambartolomé desollado», culpando a don Quijote el haberse entremetido entre él y su amo: «De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y no viniera donde no le llamaban ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía»

En Mi vecino Alonso (2010), puse nombre a la venta donde don Quijote llegó en su primera salida y desde la que una vez nombrado caballero vuelve a su casa para hacerse, entre otras cosas, de un escudero: Sancho Panza. Esta venta, en contra del parecer casi unánime de cervantistas y quijotistas que la ubican en Puerto Lápice, es la antigua Venta de Manjavacas en el término municipal de Mota del Cuervo. Hoy desaparecida, sus restos fueron descubiertos cuatro años después por la arqueóloga Isabel Sánchez Duque y el historiador Francisco J. Escudero Buendía. En su publicación Manjavacas, la Venta del Caballero(2014) anotan su ubicación:

“A la izquierda del antiguo camino de los Valencianos, el que la documentación de la Orden de Santiago denominaba en este trayecto “Camino de Las Mesas a El Toboso”, viniendo desde el sur y después de atravesar una acequia que canaliza el agua de una zona inundable, aparece un espacio individualizado, con restos de derrumbe y de color blanquecino que contrasta con el más oscuro del entorno. Son unos quinientos metros al sur de la actual Ermita de la Virgen de Manjavacas, y al lado del camino de Alcahozo”

Localizar el paraje de la aventura del pastor Andrésha sido una tarea, primero de estudio y después de campo, necesaria mientras documentaba la Primera salida de don Quijote. Consideraciones a tener en cuenta sobre la lectura de la aventura del joven Andrés:

1. «No había andado mucho cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba…». La aventura ocurre próxima a la Venta de Manjavacas.

2. «En esto llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían, y por imitarlos estuvo un rato quedo; y al cabo de haberlo muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza» Después de dejar solos a Andrés y al ganadero, don Quijote va «contentísimo de lo sucedido» hablando solo por el camino cuando llega al cruce de caminos que forman las variantes del Camino de Toledo a Murcia. Entre estos dos hitos, la venta y el cruce de caminos, sucede la aventura.

3. «Y habiendo andado como dos millas descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia» Este pasaje, inmediatamente después de dejar a Rocinante en el cruce de caminos seguir su libre albedrío, lógicamente toma el camino a su cuadra, reafirma que la primera salida de don Quijote hacia la venta acontece en el Camino de Toledo a Murcia. Al encontrase de frente con los mercaderes toledanos de vuelta a casa, su pueblo está dirección a Toledo desde la venta.

4. «Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado que cada día me falta una… -Mire vuestra merced, señor, lo que dice —dijo el muchacho—; que este mi amo no es caballero ni ha recebido orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar». Andrés es el pastor de un rebaño de ovejas  propiedad de un ganadero de Quintanar de la Orden.

5.  «El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.» El disfrute común de los pastos para todos los lugares de la Orden de Santiago hace posible que este ganado de Quintanar de la Orden estuviese pastando en esta zona dentro del término de Mota del Cuervo, ambos santiaguistas. Como esta aventura acontece a primera hora del día, la distancia a la que debe de estar el rebaño de ovejas debe propiciar que diese tiempo a Andrés a acompañar al ganadero a Quintanar y volver antes de hacerse la noche para quedarse con el rebaño o desplazarse con todo el rebaño.

6. Los ganados transitaban libremente por las cañadas, cordeles y veredas, vías pecuarias con derechos de paso otorgados por Alfonso X el Sabio en 1273. Estas vías pecuarias se diferenciaban en su anchura, incluida su servidumbre a ambos lados. La cañada real principal dispone de 90 varas de ancho (74,7 m), y sus vías secundarias: el cordel 45 varas (37,35 m) y la vereda 25 varas (20,75 m). «Son vías destinadas al uso público para el tránsito de la ganadería… no se puede pretender otra utilización, ni aprovechamiento; así, no cabe aprovecharlas como lugares de pasto, aunque en el tránsito dispongan los ganados de lo que en ellas se produzca», en la zona de servidumbre. (Las principales cañadas reales de España, 1954) El paraje de bosque de encinas donde se encuentra pastando el rebaño del pastor Andrés está junto al camino que llevaba de vuelta don Quijote, en pastos comunes santiaguistas o en la zona de servidumbre de una vía pecuaria que coincidiera con el camino murciano.

Con estas consideraciones tomo la ermita de Nuestra Señora de Manjavacas como punto de referencia. A unos 500 metros hacia Las Mesas, como indican Sánchez y Escudero, marco el lugar donde se ubicaba la antigua  Venta de Manjavacas y el cruce de caminos cervantino que forman las variantes del camino murciano: el camino de El Toboso a Las Mesas y el camino de Campo de Criptana a Mota del Cuervo. Esta parte del Camino de Murcia, o de la Seda, se conoce en esta parte de la Mancha como Camino de los Valencianos.

Analizando con más detalle el mapa, a unos 2,6 km de la Venta de Manjavacas, antes de llegar a la carretera CM-420,el Camino de los Valencianos coincide en su trazado, durante algo más de un kilómetro, con el Cordel de los Serranos, vía pecuaria secundaria de la Cañada Soriana Oriental. Siguiendo este cordel hacia el norte, estese cruza con la Vereda de Quintanar, que une la Cañada Soriana Oriental con Quintanar de la Orden y Los Hinojosos.

Este paraje moteño, por el que desde Quintanar de la Orden un rebaño de ovejas puede llegar libremente por el cordel y pastar en sus alrededores, en los pastos comunes santiaguistas o en sus franjas de servidumbre, reúne todas las condiciones que del texto cervantino se desprenden. «No había andado mucho cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba…». Este paraje se encuentra entre 2,5-3,5 km de la Venta de Manjavacas, una hora de camino de Rocinante. Desde aquí, siguiendo el Camino de los Valencianos por El Toboso, hasta Quintanar de la Orden hay poco más de 20 km, por lo que en un día de verano es posible recorrer la ida y la vuelta a Quintanar, o por la vía pecuaria desplazarse junto con todo el rebaño recorriendo poco más de 30 kilómetros, como pretendía el ganadero Haldudo para pagar la deuda contraída con Andrés. Ambas opciones son verosímiles para que don Quijote pusiera dudas al compromiso dado por el ganadero para pagar a su pastor en su casa.

Quiero hacer el mismo recorrido que hace don Quijote desde que sale de la venta hasta que llega a este escenario cervantino. El Santuario de la Virgen de Manjavacas está junto al camino. Paso a ver a la Virgen. La ermita está en silencio, solo escucho los trinos de los pájaros del exterior, es primavera. Muy distinto sería si hoy fuese el primer domingo de agosto donde los moteños celebran uno de sus días grandes: la Traída de la Virgen. Desde aquí, la imagen de la Virgen de Manjavacas es llevada a hombros hasta Mota del Cuervo, unos siete kilómetros, ¡a la carrera! Es una antigua tradición que nace en el despoblamiento del pequeño asentamiento de Manjavacas al final del siglo XV. En las disputas entre Pedro Muñoz y Mota del Cuervo por llevarse a su iglesia la imagen de la Virgen de la ermita vieja, la leyenda dice que un grupo de moteños se la llevó a Mota del Cuervo a la carrera. Quince días de agosto está la Virgen de Manjavacas en Mota del Cuervo, hasta que es trasladada de nuevo a esta ermita el tercer domingo.

Continúo por el camino, en dirección al oeste, hacia Toledo. A dos kilómetros llego adonde el camino coincide con la vía pecuaria durante un kilómetro (39º 26′ 25,18″ N – 2º 53′ 19,07″ O)

La indeterminación del narrador en el espacio caminado por Rocinante, «no había andado mucho», y la acción antrópica del hombre en estos cuatro siglos que ha provocado casi la desaparición del monte de encina en esta parte de la Mancha hace difícil hoy saber el lugar exacto de este tramo de camino y cordel en el que se produce esta aventura. He escogido la parte central donde cordel y camino comparten trazado (39º 26′ 37.89″ N – 2º 53′ 45.58″ O). A mano derecha del camino, en el paraje conocido como Quintería de Guevara, aparecen unas encinas herederas del monte que aquí existió. Texto y espacio geográfico  coinciden: «No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba… Y a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho…»

En 1883 los topógrafos del Instituto Geográfico dibujaron el mapa planimétrico de Mota del Cuervo. Anotaron como Carril del Monte a la Carretera el camino que unía este paraje moteño con la nueva carretera, evidenciando aún la presencia “monte” en este paraje. Hay que tener en cuenta que los topónimos reflejados por los topógrafos eran indicados por las personas mayores conocedoras del territorio escogidas en el pueblo que los acompañaban en las tomas de datos. Este encinar, casi desaparecido en la actualidad, se combina hoy con pinos de repoblación, y en su sotobosque con carrascas y cambrones, como se puede apreciar en este paraje.

Estoy en el escenario que Cervantes escogió para esta aventura. Por aquí pasó sobre una caballería varias veces durante su vida y no es de extrañar que la concurrencia de camino y vía pecuaria justo en este paraje propiciase situaciones curiosas o dramáticas entre viajeros y pastores que le inspirase la escritura de esta aventura aquí.

Me encuentro donde creyendo don Quijote haber «desfecho el mayor tuerto y agravio que tomó la sinrazón y cometió la crueldad» humana, una vez que se alejó de aquí, con la satisfacción «que había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías», la venganza y barbarie del ganadero casi mata al joven Andrés. Sentado junto a una encina, leo y releo esta triste aventura escrita hace cuatro siglos que tantas veces, y en tantos lugares de todo el mundo, aún sigue sucediendo: la explotación y el maltrato infantil. Pero tengo que dejar este escenario y seguir a Rocinante: «Y en diciendo esto, picó a su Rocinante, y en breve espacio se apartó dellos». Tengo que seguir el camino y  cruzar la carretera CM420, para llegar al cruce de caminos más famoso de la literatura en el que don Quijote deja las riendas sueltas a Rocinante para que este siga su libre albedrío.

A él llegaré para desde allí, siguiendo los pasos de Rocinante a su cuadra, también localizar el paraje en el que don Quijote se encuentra con los mercaderes toledanos. Pero eso será en un próximo artículo.

La imagen de la Mancha que desde este altillo se aprecia, los llanos de Mota del Cuervo, está tomada el día 15 de mayo, festividad de San Isidro. En julio, cuando Cervantes imaginó esta aventura en este mismo paraje, el paisaje será totalmente distinto. Los verdes y rojos tornarán a amarillos y ocres, ¡estamos en la Mancha!

Luis Miguel Román Alhambra

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PAISAJE Y TERRITORIO EN EL QUIJOTE

Cervantes utiliza y describe el territorio de la Mancha como el escenario para las aventuras de don Quijote. Quien busque paisaje en el Quijote, como hoy lo entendemos, no lo va a encontrar.

Paisaje

Los Estados Miembros del Consejo de Europa reconociendo, entre otras consideraciones, «que el paisaje es un elemento importante de la calidad de vida de las poblaciones en todas partes: en los medios urbanos y rurales, en las zonas degradadas y de gran calidad, en los espacios de reconocida belleza excepcional y en los más cotidianos», se reunieron en octubre del año 2000 en la ciudad de Florencia para redactar y firmar el Convenio Europeo del Paisaje. España, firmante de este acuerdo, lo ratifica el 1 de octubre de 2008. El convenio, como no podía ser de otra manera, comienza con la definición de paisaje: «Cualquier parte del territorio tal y como lo percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de los factores naturales y/o humanos».

Paisaje, según la RAE, tiene las siguientes acepciones:

  1. Parte de un territorio que puede ser observada desde un determinado lugar.
  2. Espacio natural admirable por su aspecto artístico.
  3. Pintura o dibujo que representa un paisaje.

Tiene la misma raíz etimológica que país y paisanaje, que hacen referencia al territorio y a las personas que lo habitan. No parece muy temerario por mi parte definir el paisaje como: La imagen de una parte del territorio percibida por las personas que lo miran. Para percibir un paisaje, rural o urbano, no es suficiente con ver el territorio hay que mirarlo.

Es a finales del siglo XVIII cuando naturistas, geógrafos y viajeros comienzan a describir paisajes tal y como lo percibían, dando así lugar a la literatura paisajista, subjetiva y cargada de emociones personales. El naturista Alexander von Humboldt (1769-1859) dotó de metodología la forma de percibir y describir  el paisaje, alertando que igual que hay territorios en el planeta muy similares, sus paisajes pueden tener una tipología casi idéntica, según el grado de modificación que la actividad humana ha tenido en ellos.

En el siglo XX es cuando se comienza a valorar y estudiar el paisaje cultural, dando lugar a ciertos movimientos naturistas-culturales. Este concepto cultural del paisaje está definido por el geógrafo norteamericano Carl O. Sauer (1889-1975) en su artículo La morfología del paisaje (1925), como «… una asociación de formas naturales y culturales existentes en la superficie terrestre. La cultura es el agente, la naturaleza el medio y el paisaje el resultado» Cultura, naturaleza y paisaje comienzan a estar interrelacionados entre sí.

Así, el paisaje que hoy podemos percibir es el resultado a lo largo del tiempo de la acción de la cultura, esto es del hombre, sobre el territorio natural. Un territorio es moldeado por el hombre a través del tiempo, percibiéndose de distinta manera su paisaje de generación en generación, estando paisaje y tiempo directamente relacionados. Si hoy miro los molinos de viento del cerro de San Antón de Alcázar de San Juan no percibo el paisaje de la misma manera que lo haría mi bisabuelo, molinero, cuando a lomos de su borrico subía de madrugada a coser las velas en las aspas y esperar que el viento   Solano se levantase y así poder moler el cereal que le llevaban a la puerta del  molino. Lo que para mí es un paisaje cultural para mi bisabuelo era su lugar de trabajo.

Paisaje o territorio en el Quijote

Paisaje, lo que hoy es un término más o menos aceptado por todos no lo era así cuando Cervantes escribía el Quijote a sus primeros lectores. En el Tesoro de la Lengua Castellana, compuesto en 1611 por Sebastián de Cobarruvias, este término no está reflejado en este diccionario coetáneo a la pluma de Cervantes. Es en el Tomo Quinto del Diccionario de la Lengua Castellana o Diccionario de Autoridades, compuesto por la RAE en 1737, cuando aparece el término paisaje como: Pedazo de país en la pintura. El concepto de paisaje comienza en el arte, definiendo el dibujo o la pintura de imágenes naturales como temas centrales de un cuadro o grabado.

Cervantes utiliza y describe el territorio de la Mancha como el escenario para las aventuras de don Quijote. Quien busque paisaje en el Quijote, como hoy lo entendemos, no lo va a encontrar. Aunque fue un viajero toda su vida, el Quijote no es libro de viajes, como hoy entendemos la literatura de viajes, sino una novela de aventuras en la que describe el territorio por donde éstas transcurren. Escoge personas normales como sus protagonistas y el territorio  como el escenario por donde transitan, adaptando los tiempos de las aventuras al espacio geográfico, haciendo así verosímil la historia de don Quijote. Se aparta sensiblemente de la literatura caballeresca anterior, donde los escenarios reales son casi siempre Londres y Estambul o ficticios inventados por sus autores, los tiempos no guardaban relación con los espacios y sus protagonistas eran de todo menos personas normales y corrientes. El tipo de los personajes, sociedad, política y geografía del Quijote eran percibidos de la misma manera por el autor y sus lectores, siendo este invento literario del gusto del librero Robles que convencido lo compró y mandó imprimir, convirtiéndose en un libro de éxito en ventas y modelo de la literatura novelesca que ha llegado hasta nuestros días.

El territorio real del Quijote.

Martha Pavón López, del Instituto de Geografía de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el curso Escenarios espaciales en las novelas: geografía y literatura (2011), donde se trató de los diferentes escenarios de las novelas, entre otras el Quijote, afirmaba que «Un autor no necesariamente necesita plasmar en su texto un lugar; el lector puede descubrirlo con la lectura», como también que «No dejará de escribirse literatura, real o ficticia, que no se apoye de la geografía». Félix Pillet, catedrático de Geografía Humana de la UCLM, en su libro Geoliteratura. Paisaje literario y turismo, nos traslada conceptos geográficos-históricos de varios autores con relación a la novela como «que tanto la literatura de viajes como la novela son una forma de hacer turismo, en la creencia de que se viaja con la imaginación» y «En una novela se puede estudiar el sujeto (autor), el objeto (la obra literaria) y la sociedad a la que el autor dirigió la obra, sin olvidar un último componente, el tiempo histórico en el que está escrita». Miguel Panadero, catedrático de Geografía Humana de la UCLM, recientemente desaparecido, afirmaba en su artículo  Elementos de Geografía del Quijote que «A pesar de las incoherencias e imprecisiones de su localización, derivadas de las limitaciones de los medios técnicos existentes para su realización, las referencias disponibles nos permiten reconstruir en la actualidad su representación cartográfica con un grado aceptable de correspondencia con la realidad de su tiempo».

Quien afirma en el siglo XXI que el espacio geográfico escogido por Cervantes no es real, resultando imposible enmarcar esta o aquella aventura en una zona concreta de la Mancha, quizá olvida que el Quijote está escrito por un hombre del siglo XVII para unos lectores del siglo XVII, con distintas percepciones del territorio de las que hoy tenemos. No se puede confrontar la novela de Cervantes con la novela actual donde los autores describen el territorio y su paisaje a veces casi de forma fotográfica, como tampoco el Quijote tiene el mismo interés geográfico para sus primeros lectores y para los actuales,  deseosos de visitar o caminar por los lugares nombrados explícitamente e implícitamente  en la novela.

Por poner un ejemplo sobre que «En una novela se puede estudiar el sujeto (autor), el objeto (la obra literaria) y la sociedad a la que el autor dirigió la obra, sin olvidar un último componente, el tiempo histórico en el que está escrita», el genial autor tomellosero Félix Grande (1937-2014) describe el paisaje urbano de Tomelloso de mitad del siglo XX en La balada del abuelo Palancas (2003): «…don Valentín Malaño, junto a los Almacenes San Antonio, más allá del tostadero de café, tenía una nave que servía de herradero, adonde venían los propietarios de percherones y de mulas y de borricos y borricas a calzar a sus animales […] En el anochecer, quien solía ordeñar las cabras era mi padre, que casi siempre se iba desde el almacén de Malaño a la calle Asia, y luego se venía a la calle Toledo para cenar con su mujer y con sus hijos…». Hoy nadie pone en dudas la imagen real de Tomelloso en la novela, incluso sin haber estado nunca pisando sus calles, y los mayores todavía recuerdan los Almacenes San Antonio y el herradero de Malaño, incluso la calle Asia mantiene su nombre no así la antigua calle Toledo. Si alguien lee esta preciosa novela dentro de tres o cuatro siglos ¿pondrá en tela de juicio la descripción detallista que hizo el autor de su querido pueblo? Quizás algún autor, sin tener en cuenta «el tiempo histórico en el que está escrita» tache a Félix Grande de impreciso, ambiguo… o que La balada del abuelo Palancas es mera ficción, como hoy ocurre con la Mancha y Cervantes. Cervantes y Félix escriben en su época para los de su época.

Hoy es posible viajar con el Quijote por el territorio de la Mancha sin movernos de nuestro sillón, solo nos hace falta conocer este territorio y cerrar los ojos. No obstante, si nos acercamos a los caminos y lugares de este territorio mítico entonces sí podremos percibir el paisaje manchego actual, resultado de su historia, el clima, la cultura y la acción antrópica del hombre sobre el territorio. Esta imagen de hoy y la que pudo apreciar Cervantes solo puede explicarse desde el estudio del medio ambiente modificado por el trabajo y la presencia del hombre en la Mancha durante estos cuatro últimos siglos, la antropo-geografía, como en los últimos años se conoce esta ciencia.

Nos animaba Miguel Panadero a seguir buscando los escenarios del Quijote en el espacio geográfico real manchego, con «… la conveniencia de volver a insistir en nuestro entorno en una aproximación a la lectura del Quijote con un enfoque geográfico renovado. Tarea que produce no pocas satisfacciones a quienes sin prisa, en ella se entretienen»

¡Ya lo creo que da satisfacción pisar un camino por el que pisó Cervantes y después don Quijote sobre Rocinante!

Para leer más entretenido:

Paisajes y Turismo (UNED), de Antonio Fernández Fernández y Julio Fernández Portela.

La morfología del paisaje, de Carl O. Sauer.

Geoliteratura. Paisaje literario y turismo, de Félix Pillet

Investigaciones Geográficas (México). Curso: Escenarios espaciales en las novelas: geografía y literatura por Martha Pavón López.

Elementos de Geografía del Quijote, de Miguel Panadero Moya, en El espacio geográfico del Quijote en Castilla-La Mancha, coordinado por Félix Pillet y Julio Plaza. (UCLM)

                                                      Luis Miguel Román Alhambra

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LA IMAGEN DE ALCÁZAR DE SAN JUAN EN LOS DIBUJOS DE VIERGE

El año 1896 se publica, en Nueva York, On the Trail of Don Quixote, escrito por el editor y escritor francés, nacionalizado estadounidense, August F. Jaccaci e ilustrado por el español Daniel Urrabieta Vierge. Un libro de viajes por la tierra de don Quijote que Jaccaci recorre en 1894. Un año antes lo hace Vierge haciendo los bocetos necesarios para las ilustraciones.

Vierge recorre Alcázar de San Juan en dos ocasiones, al principio y al final del mes de octubre de 1893. En su libreta dibuja a lápiz, acuarela y tinta china unos bocetos que más tarde en su estudio pasan a ser minuciosamente  terminados, gracias a su prodigiosa memoria. Los bocetos se conservan en la Hispanic Society of América, en Nueva York.

125 años después voy a mirar Alcázar de San Juan desde el mismo lugar que lo hizo Vierge.

El Torreón que Vierge dibuja en boceto el 20 de octubre de 1893 no aparece publicado en On the Trail of Don Quixote. Esta antigua torre que formaba parte de la muralla fue construido a finales del siglo XIII y formó parte del palacio del gran prior de la Orden Hospitalaria de San Juan. Actualmente es conocido como El Torreón de don Juan José de Austria y se encuentra a escasos metros de la iglesia de Santa María la Mayor. El desarrollo urbanístico de la ciudad impide realizar la fotografía desde el mismo lugar que lo hizo Vierge.

Vierge estuvo en Alcázar en dos ocasiones durante el mes de octubre de 1893. El día 2 esboza la fachada de la iglesia de Santa Quiteria, parroquia desde principios del siglo XVII. Según el profesor Enrique Herrera Maldonado: “El clasicismo herreriano tiene su mejor muestra en la Iglesia de Santa Quiteria de Alcázar de San Juan, obra de discutible atribución a Herrera. Fue terminada en 1604, interviniendo los maestros Juan de Oza, Rodrigo de Argüello y Andrés de Astián; también interviene en la Capilla del Rosario Francisco de Mazas, maestro cantero que trabajó en el Monasterio de Uclés.”

Así es dibujada después y publicada en On the Trail of Don Quixote, pero erróneamente aparece en la lista de ilustraciones como A corner of the plaza, Campo de Crijitano, the church´s principal entrance on the left (Una esquina de la plaza de Campo de Criptana con la entrada principal de la iglesia a la izquierda). Además del carro tirado por una mula, que sí asoma en el boceto, aparecen varias personas que se dirigen a la iglesia y dos pobres de rodillas junto a sus muletas apoyadas en el muro pidiendo limosna junto a la puerta principal.

Obras por el deterioro de parte de la fachada de la iglesia impide hoy apreciar con detalle la misma imagen que dibujó Vierge. También echo en falta la magnífica puerta de entrada con escudo nobiliario que existió en la casa del fondo que ha desaparecido, si bien la decoración modernista actual de la casa de al lado suple, en parte, su pérdida.

Vierge dibujó y un año después Jaccaci describió magníficamente el trajín de la plaza de Alcázar de San Juan. Vierge dibuja a un vendedor junto al poste de bandos, donde el pregonero los colgaba  después de vocearlos por las calles de la ciudad para conocimiento de todos los vecinos. Al fondo la fonda y junto a su puerta dos tinajas que por sus dimensiones y formas son de El Toboso.

Jaccaci dibuja, ahora con palabras, así este mismo entorno: “Nos asomamos desde la torre del ayuntamiento, descansamos y desayunamos rápido en la fonda, cuya monumental fachada daba a una gran plaza, la del mercado, donde se desarrollaba un divertido espectáculo bajo la atenta mirada de un empleado municipal que llevaba una escobilla”. Y de la fonda nos dice que “a pesar de la inevitable suciedad y dejadez, esta posada tenía un inconfundible aspecto de prosperidad… el ama, grande y recia, con la cara igual que un senador romano, recorría el lugar a zancadas, manteniéndose atenta a los detalles y dando órdenes con una voz que resonaba como un toque de corneta” Esta traducción está realizada por Esther Bautista Naranjo en su trabajo Un americano en La Mancha tras las huellas de don Quijote.

Vierge esboza a un aguador en un camino junto a un pequeño edificio que alberga una cruz donde una mujer está arrodillada, “en las afueras de Alcázar de San Juan” Esta imagen no es posible verla hoy, la Cruz del Humilladero ha desaparecido hace muchos años. Y me surge la pregunta: ¿dónde se encontraba esta Cruz del Humilladero?

Durante los mismos días que Vierge dibujaba en Alcázar de San Juan un equipo de topógrafos también estaba dibujando Alcázar de San Juan. Para hacer el primer mapa topográfico de España se crea en 1870 por Decreto el Instituto Geográfico, bajo la dirección del Coronel de Ingenieros Carlos Ibáñez de Ibero. En 1875 se edita la hoja de Madrid, siendo la primera del Mapa Topográfico Nacional. La última, por lo que se dio terminado el MTN, fue en 1968 con la hoja de San Nicolás de Tolentino. Para cada término municipal se dibujaron dos minutas, una planimétrica y otra altimétrica, y en muchos lugares el plano urbano. En la ciudad de Alcázar de San Juan se levantó durante seis meses de trabajo un plano urbano a escala 1:5000 con las minutas realizadas a 1:1000, firmándose en abril de 1894

En este plano se observa casi en las afueras de la ciudad unas marcas de construcción en mitad de una plaza.

En la minuta 130922, firmada en Alcázar de San Juan el 7 de noviembre de 1883, un mes después de dibujar Vierge la Cruz del Humilladero, el topógrafo sitúa con medidas precisas la Cruz del Humilladero en la plaza entre la Calle de Toledo y la Calle de la Cruz del Humilladero, en las afueras de la ciudad, coincidiendo con la nota al pie de la ilustración «On the Outskirts of Alcazar de San Juan» (En las afueras de Alcázar de San Juan).

Sitúo el marcador en el mismo lugar donde estuvo la Cruz del Humilladero y anoto sus coordenadas: 39º 23 37.81 N – 3º 12 51.67 O.

Vecinos de Alcázar de San Juan y multitud de viajeros que utilizaban este transitado camino de Toledo a Murcia vieron esta imagen a lo largo de los siglos. Con los dibujos de Vierge y los datos precisos de los topógrafos del Instituto Geográfico bien se podría volver a edificar esta Cruz del Humilladero en Alcázar de San Juan al principio de la Calle Toledo. Sin duda alguna sería otro incentivo más en el patrimonio cultural y turístico de la ciudad.

En la pág 126 de On the Trail of Don Quixote aparece una ilustración en la que se aprecia en primer plano una mujer delante de una ermita junto a un ajetreado camino. En la Lista de Ilustraciones se menciona como A bit of Alcázar de San Juan (Un poco de Alcázar de San Juan). Esta imagen de Alcázar de San Juan, que Vierge dibujó en octubre de 1893, es la antigua ermita de San Sebastián. El camino es el de Villafranca que al unirse aquí con el de Quero entraban  por la Calle de San Sebastián a la Plaza del Arenal.

Utilizando el SignA, la ubicación de esta ermita es posible situarla en las coordenadas 39º 23ʹ 42ʺ N – 3º 12ʹ 50.40ʺ O, en medio de la pequeña placita sin nombre formada actualmente por las calles Norte y Urosas, junto a la Calle San Sebastián.

A unos pocos metros de donde estaba esta ermita está construida la actual ermita de San Sebastián, que ocupa un lugar del antiguo cementerio de San Sebastián, dibujado con detalle por los topógrafos en la minuta 130946.

En la imagen de Vierge una mujer aparece arropada con la parte de atrás de la saya sobre su cabeza. Esta misma imagen de mujer alcazareña “cobijá” es también vista, y dibujada con su pluma, por Azorín pocos años después, en 1905. Siguiendo también los pasos de don Quijote, Azorín comienza y termina su ruta por la Mancha de don Quijote en la estación de Alcázar de San Juan. Con el éxito recogido en los artículos publicados en el periódico El Imparcial, meses después se editan todos juntos en La ruta de don Quijote. El último de sus artículos, con el título La exaltación española, publicado el 25 de marzo de 1905, describe sus sensaciones paseando por las calles y plazas de Alcázar de San Juan, poco antes de subirse al tren con dirección a Madrid:

“Quiero echar la llave, en la capital geográfica de La Mancha, a mis correrías. … oigo que unas campanas tocan con toques desgarrados, plañideros, a lo lejos; apenas si de tarde en tarde transcurre por las calles un labriego enfundado en su traje pardo, o una mujer vestida de negro, con las ropas a la cabeza, asomando entre los pliegues su cara lívida; los chapiteles plomizos y los muros rojos de una iglesia vetusta cierran el fondo de una plaza ancha, desierta…”

Este artículo está dedicado a Guillermo, mi hijo, el autor de la ilustración que acompaña al grabado de la mujer “cobijá” que dibujó Vierge. ¡Ciento veinticinco años separan estos dos dibujos!

                                                       Luis Miguel Román Alhambra

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EL LUGAR DE DON QUIJOTE II

Todos los lugares, sean grandes o pequeños, se caracterizan por tener una imagen física y social propia. El plano del lugar, sus edificios, los recursos públicos y el uso del suelo como continente físico, forma el escenario urbano que condiciona la vida de sus vecinos.

Si al humanizar a los personajes de su historia y situarlos en un territorio real, la Mancha, Cervantes hace creíbles sus aventuras, de la misma manera,  al describir el lugar donde viven  don Quijote y Sancho Panza nos muestra su imagen física y humana. Con esta manera de escribir, tan novedosa en su tiempo, retrata la imagen real del lugar de don Quijote en la novela, sin nombrarlo, haciéndolo creíble para sus lectores.

Una imagen nítida de un lugar es capaz de generar  símbolos a sus vecinos útiles en sus desplazamientos y recuerdos legibles a los visitantes. La formación de la imagen de un lugar es un proceso bilateral entre el observador, que escoge la imagen que más le gusta, y el propio lugar. Hoy es posible reconocer un lugar incluso sin haber estado en él. A principios del siglo XVII no, solo habiendo estado en un lugar era posible recordarlo y describirlo con precisión.   

Como ejemplo a esto, le enseño a mi amigo estas dos fotografías y le pregunto que si reconoce estos dos lugares, sabiendo que había trabajado en París algunos años, pero tenía mis dudas de si había estado en Almagro o si reconocería su Plaza Mayor. Y aunque me reconoció que nunca había estado en Almagro, no dudó en su respuesta. Lógicamente le insté a que lo visitara en cuanto pudiese porque es uno de los lugares más bonitos de la Mancha y de España. París tiene actualmente unos 2.300.000 habitantes, entre sus límites administrativos, y Almagro unos 9.000 habitantes, sin embargo sus imágenes son reconocibles en todo el mundo.

Siguiendo un análisis deductivo de los aspectos físicos y humanos que encontramos en la novela, es necesario que Alcázar de San Juan cumpla con todas y cada una de las imágenes del lugar de don Quijote.

Aldea o villa

La primera descripción del lugar de don Quijote a tener en cuenta en este análisis, antes que cualquier imagen, es su título administrativo: ¿aldea o villa?

Covarrubias, en su diccionario editado en 1611 dice que: «Lugar significa muchas veces ciudad, o villa, o aldea, y así decimos en mi lugar, en el pueblo donde nací, y fulano no esta en el lugar, no esta en la ciudad». El Toboso, lugar nombrado explícitamente en el Quijote, Cervantes lo denomina desde aldea a «gran ciudad del Toboso», siendo en su tiempo una villa: «Es villa desde la era de mil e trescientos y setenta y seis años […]», afirman sus vecinos en las Relaciones Topográficas, en 1575.

En la carta que Teresa remite a Sancho, detallándole los últimos sucesos acaecidos en su pueblo, le dice que «un pintor de mala mano que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese, mandole el concejo pintar las armas de Su Magestad sobre las puertas del Ayuntamiento […]» (Q2, 52). Teresa termina su carta con: «La fuente de la plaza se secó, un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas». El lugar de don Quijote, nombradoen la novela como aldea o pueblo, era oficialmente una villa porque disponía de ayuntamiento y picota, recursos que una aldea no disponía.

Alcázar de San Juan era villa desde 1292,cuandoel rey Sancho IV le concede este título, además de privilegios, por haber nacido en ella su hijo Fernando, el futuro rey Fernando IV de Castilla. En tiempos de Cervantes, Alcázar de San Juan era sede del gobernador del Priorato de San Juan y disponía de un edificio público que servía de ayuntamiento. Este edifico para uso del Concejo con forma de torre, se conocía como la Torre del ayuntamiento, fue adquirido por la villa de Alcázar en 1529. Tenía una «estrecha sala» donde se juntaban los alcaldes y regidores para realizar sus sesiones. En 1612, tres años antes de la aparición del segundo Quijote, Manuel Filiberto de Saboya, Gran Prior de la Orden de San Juan, concede licencia para que se reformara y se construyese dentro de la torre del ayuntamiento una sala más grande y mejor dotada para las reuniones, además de otras construcciones adosadas a ella para uso de los funcionarios públicos.

La picota, antecesora del rollo de justicia, aunque en sus orígenes era un poste de madera, en tiempos de Cervantes era una columna de piedra ajustada sobre cuatro o cinco gradas, también de piedra, instalada en una plaza o en la entrada de la villa donde se exponían las cabezas de los ajusticiados y a los penados con escarnio público, sirviendo como advertencia para propios y forasteros. Las aldeas, entidades locales menores, dependían administrativa y judicialmente de una villa cercana. Excepcionalmente, en algunas aldeas, «por merced de Su Majestad», podían disponer de oficios de justicia muy limitados en lo civil, pero de ningún modo en cosa criminal donde las sentencias podían llegar hasta la pena capital, siendo estas ejecutadas siempre en la picota.

La existencia de picota, su uso y conservación en Alcázar de San Juan está documentada en los Libros de Actas y Acuerdos Municipales, que se conservan en su Archivo Histórico Municipal. En fechas cercanas a la publicación del primer Quijote, agosto de 1604, los alcaldes y regidores alcazareños «estando juntos en su ayuntamiento», ante la «necesidad de un verdugo, respecto de que muchos delitos que se cometen», toman el acuerdo de contratar «a Pedro Gómez, vecino de la ciudad de Guadalajara para que en esta villa haga el oficio de verdugo por el tiempo de un año».

La columna  de la picota estaba rematada con una cruz de hierro forjado incrustada en ella, y junto con su localización en las afueras de la villa las hacían propensas a atraer los rayos durante las tormentas, coincidiendo así con la descripción que hace Teresa de que  «un rayo cayó en la picota».

La fuente de la plaza

En la misma frase, Teresa da detalle a Sancho de que la fuente de la plaza se había secado: «La fuente de la plaza se secó, un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas»

En esta parte de la Mancha, a principios del siglo XVII, muy pocos lugares disponían de una fuente pública en su plaza, siendo la forma habitual de abastecerse de agua dulce en pozos públicos o privados. Para disponer de una fuente en la plaza era necesario que el colector de aguas estuviera varios metros por encima del nivel de la plaza, disponer de un sistema de extracción mediante norias y una canalización cerámica enterrada hasta la plaza, donde estarían las pilas y caños.

Alcázar de San Juan, entre la escritura de los dos Quijotes, construye una fuente pública en su plaza principal. En 1602, poco antes de la escritura del primer Quijote, el concejo de Alcázar de San Juan ante la bajada del nivel freático de uno de sus pozos principales situado a extramuros de ella y desde el que se abastecían los vecinos por medio de cántaros, toma la decisión de buscar más agua dulce en otros parajes cercanos a la villa más:

“Este dicho día, se acordó que atento la gran necesidad que en esta villa hay de agua dulce, y que se acaba cada día la que hay en el pozo de Valcargao, que se envíe por un fontanero y zahorí, que vea el pozo del Vallejo, a donde parece que ay cantidad de agua, por si conviniere descubrirla […]”

Se encontró gran cantidad de agua en la zona marcada, por lo que se acordó realizar las obras necesarias para ampliar el pozo del Vallejo,  «abriéndose una zanja de cincuenta varas de largo y tres de fondo».  Al estar desaparecido el segundo Libro de Actas y Acuerdos, de los años 1610 y 1615, se desconoce el acuerdo concreto y su fecha por el que se decide construir una canalización desde la zona de captación del agua del pozo Vallejo hasta la plaza y las obras de una fuente de piedra con varios caños y un abrevadero para animales.

El tercer Libro de Actas y Acuerdos, desde 1616 a 1623, tiene desaparecidos los diez y nueve primeros folios, comenzando en el folio veinte precisamente con una acuerdo sobre la «Fuente de la plaza», en octubre de 1616, donde se acordaba la contratación de las obras necesarias para una nueva ampliación de los dos pozos principales de la captación con un tercero cercano, ante la falta de agua en la fuente de la plaza en los meses de verano.

Un arroyo en la entrada del lugar

La carta en la que Teresa detalla estos sucesos, es contestación a la carta que Sancho le había enviado siendo gobernador, junto con otra de la duquesa. Las cartas, con algunos regalos, las lleva un paje de la duquesa desde Aragón al lugar de Sancho:

“Dice pues la historia que el paje era muy discreto, y agudo, y con deseo de servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho, y antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a quien preguntó, si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un Caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en pie una mozuela que estaba lavando, y dijo: -Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho mi señor padre, y el tal Caballero, nuestro amo.” (Q2, 50)

El paje «vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres». Este arroyo hay que situarlo entre el norte y el este del lugar de Sancho, debido a que el paje llega a esta comarca cervantina desde Aragón. El arroyo está «antes de entrar en él», y la casa de Sancho muy cerca de él, «venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo está nuestra casa, y mi madre en ella», le dice la hija de Sancho.

Desde Aragón, el camino que debía de traer el paje de la duquesa es pasando por Cuenca, Villaescusa de Haro, Mota del Cuervo y dejando atrás Campo de Criptana entrar por el camino de Toledo a Murcia a la villa de Alcázar.

Por el término de Alcázar de San Juan discurrían varios arroyos. Uno de ellos, conocido como arroyo Mina, recogía aguas en los cerros del Tinte y Las Fontanillas, situados al norte, y lamiendo por el este las afueras de la villa, se cruzaba con el camino a Campo de Criptana por debajo de un puente. Hasta bien entrado el siglo XX las mujeres de Alcázar acudían a este arroyo a lavar la ropa.

La imagen del lugar desde una cuesta

Si la primera imagen que vio el paje del lugar de don Quijote fue desde el arroyo en el que las mujeres estaban lavando la ropa, desde el camino de El Toboso no se distingue su imagen hasta que no se sube una cuesta, que lo oculta. Don Quijote y Sancho, de regreso a casa desde Barcelona, han dejado atrás El Toboso sin conseguir ver a Dulcinea desencantada, cuando: 

“[…] subieron una cuesta arriba, desde la cual descubrieron su aldea, la cual vista de Sancho se hincó de rodillas […] Déjate desas sandeces, dijo don Quijote, y vámonos con pie derecho a entrar en nuestro lugar […] Con esto, bajaron la cuesta y se fueron a su pueblo.” (Q2, 72)

Las villas de El Toboso y Alcázar están unidas desde antiguo por un camino derecho, hoy usado solo para tareas agrícolas. Viniendo desde El Toboso no vemos Alcázar de San Juan en ningún momento. A unos 3,5 km antes de llegar a Alcázar nos encontramos con una cuesta que salva unos 15 metros de desnivel, en 600 metros de camino. Esta cuesta en el camino que discurre entre dos cerros impide la visión de la ciudad hasta que no se llega a su cresta. Este pequeño relieve es parte de los cerros del Vallejo, donde aún pueden verse restos de los molinos de viento construidos entre los siglos XVIII y XX, y estaban en tiempos de la escritura del Quijote los pozos desde los que se abastecía de agua a la fuente de la plaza.

Con las curvas de nivel de las hojas MTN25 del Instituto Geográfico Nacional he realizado este perfil del camino, en el que se observa la cuesta que impide ver Alcázar de San Juan desde el camino de El Toboso.

La cuesta casi al final del camino viniendo de El Toboso propicia  que la imagen que de Alcázar de San Juan se ve, cuando se salva este pequeño desnivel, coincida exactamente con el texto: «[…] subieron una cuesta arriba, desde la cual descubrieron su aldea, […] Con esto, bajaron la cuesta y se fueron a su pueblo».

Las eras del lugar

Don Quijote y Sancho bajan la cuesta del camino de El Toboso, están llegando ya a su pueblo. Es aquí donde Cervantes nos regala otra estampa del lugar de don Quijote: las eras empedradas donde sus vecinos trillaban el cereal y unos muchachos, aprovechando la cercanía a sus casas están jugando en ellas:

“A la entrada del cual, según dice Cide Hamete, vio don Quijote que en las eras del lugar estaban riñendo dos mochachos […], pasaron adelante, y a la entrada del pueblo toparon en un pradecillo rezando al cura y al bachiller Carrasco […] finalmente, rodeados de mochachos y acompañados del cura y del bachiller, entraron en el pueblo, y se fueron a casa de don Quijote.” (Q2, 73)

La mayoría de las eras con las que contaba Alcázar de San Juan se concentraban en la parte noreste de la villa, entre los caminos de Quero, La Puebla y Miguel Esteban. Este último camino es inicio común del camino a El Toboso, el que traían don Quijote y Sancho de regreso a su pueblo.

Las eras del pradillo, así se conocían cuando Cervantes escribía el Quijote estaban en el paraje conocido como el Pradillo, junto a las últimas casas de la villa. En el primer Libro de Actas y Acuerdos de Alcázar de San Juan, entre 1599 y 1609, encontramos varios pleitos que mantuvo el concejo con el gobernador del priorato. Uno de ellos fue por la titularidad y uso de estas «eras en el pradillo», en el que sus alcaldes y regidores daban la razón a los vecinos propietarios de estas antiguas eras:

“En la villa de Alcazar en diez y siete dias del mes de febrero de mil seiscientos años estando en la torre del ayuntamiento de esta dicha villa los alcaldes y regidores que abajo firmaron sus nombres para tratar y conferir cosas tocantes del bien publico de la dicha villa acordaron que por cuanto el gobernador del prior lleva algunos procesos contra los vecinos desta villa que tienen eras en el pradillo […]se lleven los papeles que les pareciere en su provecho para que el dicho gobernador se satisfaga de como las dichas eras son de los vecinos que las poseen […]”

Estas «eras en el pradillo» junto al pueblo se conservaron aún muchos años después. En el Libro Seglar compuesto sobre 1750, origen de las respuestas enviadas en 1753 al Catastro mandado hacer por el Marqués de la Ensenada, Felipe Díaz Carrascosa, vecino de esta villa, dice tener «una hera pan trillar en las del pradillo contiguo a  esta población».

Cervantes podría haber omitido la imagen de las eras y el «pradecillo», donde estaban el cura y el bachillera la entrada del pueblo, y la historia habría sido la misma. Sin embargo, aprovecha esta imagen de las afueras del lugar de don Quijote para ilustrar su llegada a casa. Imagen que coincide exactamente con este paraje alcazareño en tiempos de la escritura de la novela. Esta misma imagen se podía ver en Alcázar hasta el comienzo de la construcción del ferrocarril y de su estación, en la segunda mitad del siglo XIX, que favoreció la expansión urbana de esta parte de la ciudad, cambiando sustancialmente su morfología.

La caza y la pesca en el lugar de don Quijote

Hoy en la Mancha la práctica de la caza y la pesca tienen un carácter deportivo o de ocio. Sin embargo, en tiempos de la escritura del Quijote eran de subsistencia, excepto para los nobles que gastaban su mucho tiempo libre en su práctica, como describe Cervantes el encuentro de don Quijote con el Caballero del Verde Gabán, poco después de salir de El Toboso:

“—Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más que medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer y con mis hijos y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso o algún hurón atrevido.” (Q2, 16)

Los más humildes, la gran mayoría, como Sancho Panza y Tomé Cecial, un vecino suyo disfrazado de escudero del Caballero del Bosque, buscaban en la caza y la pesca un recurso para contribuir con carne y pescado fresco a sus maltrechas despensas:

“—Harto mejor sería que los que profesamos esta maldita servidumbre nos retirásemos a nuestras casas y allí nos entretuviésemos en ejercicios más suaves, como si dijésemos cazando o pescando; que ¿qué escudero hay tan pobre en el mundo a quien le falte un rocín y un par de galgos y una caña de pescar con que entretenerse en su aldea?

—A mí no me falta nada deso —respondió Sancho—. Verdad es que no tengo rocín, pero tengo un asno que vale dos veces más que el caballo de mi amo. Mala pascua me dé Dios, y sea la primera que viniere, si le trocara por él, aunque me diesen cuatro fanegas de cebada encima. A burla tendrá vuesa merced el valor de mi rucio; que rucio es el color de mi jumento. Pues galgos no me habían de faltar, habiéndolos sobrados en mi pueblo; y más, que entonces es la caza más gustosa cuando se hace a costa ajena.” (Q2, 13)

La caza. ¿Alguien no conoce el principio del Quijote, aunque no lo haya leído? Así comienza el capítulo primero «Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha»: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor». Antes de describirnos físicamente al protagonista, Cervantes señala de él su condición de hidalgo y que dispone de un «rocín flaco y galgo corredor». Poco después nos apunta que era «gran madrugador y amigo de la caza», por lo que no es difícil deducir que Alonso Quijano era aficionado a la caza con galgo. La orografía llana y el clima de esta parte de la Mancha propiciaban este tipo de caza de la liebre con galgos, práctica que ha llegado hasta nuestros días.

En el lugar de don Quijote este tipo de caza era muy común  entre los hidalgos y caballeros ociosos y los más humildes, como indicaba el narrador del mismo Alonso Quijano y los comentarios entre Sancho y Tomé: « ¿qué escudero hay tan pobre en el mundo a quien le falte un rocín y un par de galgos?… pues galgos no me habían de faltar, habiéndolos sobrados en mi pueblo»

Sebastián de Cobarruvias en su Tesoro de la Lengua Castellana de 1611, anota de galgo: «Casta de perros bien conocidos, son muy ligeros, y corren con ellos las liebres». La primera imagen que don Quijote y Sancho perciben de su lugar, cuando llegan por el camino de El Toboso, es una carrera de «muchos galgos» tras de una liebre en las eras situadas en sus afueras:

“Queríale responder Sancho cuando se lo estorbó ver que por aquella campaña venía huyendo una liebre, seguida de muchos galgos y cazadores, la cual temerosa, se vino a recoger y a agazapar debajo de los pies del rucio. Cogiola Sancho a mano salva” (Q2, 73)

La caza de la liebre con galgos en la Mancha es hoy muy habitual. En todos los lugares manchegos hay aficionados que cuidan y entrenan sus galgos para cuando la veda les permita la salida al campo. Pero lo que parece común o habitual en los lugares de la Mancha, en Alcázar de San Juan, en tiempos de la escritura del Quijote, su práctica era extraordinaria. Tanta que entre los acuerdos de los alcaldes y regidores para el nombramiento de los guardas de los montes del Arenal y el Acebrón  y la dehesa de Villacentenos, una de las condiciones que mandaban respetar a los guardas era la de no llevar galgos a los vedados asignados.

En el folio 92 del Libro de Actas y Acuerdos de diciembre de 1601 ordenan a los guardas nombrados:

“Que ninguna de las dichas alguardas pueda tener galgos ni otros perros de caza ni puedan traer ni traigan en sus cabalgaduras que truxeren aguaderones, sino tan solamente unas alforjas ordinarias en que lleven su comida // ni menos puedan andar en compañia de las personas que anduvieren a caza.”

Estas condiciones venían dadas para evitar que, en lugar de vigilar la corta de madera de las encinas y la recolección de su bellota de forma ilegal, los guardas dedicasen su tiempo al ejercicio de la caza con galgos y que las piezas cobradas se transportasen escondidas en aguaderones (tipo de alforjas muy grandes para llevar cántaros de agua).

La pesca. La mayoría de pueblos de esta comarca declaran en sus Relaciones Topográficas que no hay pesca en su término o la que hay es muy mala y por ello no se consume. Los ríos de esta parte de la Mancha, como el Záncara, Gigüela y Amarguillo se secaban siempre en verano, e incluso había inviernos en los que el agua no corría por ellos, por lo que los peces eran muy pequeños e inservibles para su consumo. A excepción del río Guadiana, que corría todo el año, pero, como el agua, los peces eran propiedad del prior de la Orden de San Juan, que mediante arriendos propiciaba su pesca, como ocurría en la villa de Argamasilla de Alba.

Los ríos Guadiana, Záncara y Gigüela atraviesan el término de Alcázar de San Juan y se unen en lo que hasta hoy se conoce como la Junta de los ríos. Poco más adelante, en los límites con el término municipal de Herencia, también aporta su caudal el río Amarguillo. Hoy es posible ver esta espectacular imagen solo los años de muy alta pluviometría, muy escasos actualmente.

A unos diez kilómetros de la villa, se juntan todos estos ríos para formar uno solo. A menos de dos horas de camino llano, sus vecinos tenían la posibilidad de hacerse con pescado fresco de río, y más barato que el pescado en salazón que arrieros y trajinantes traían desde Levante y Andalucía a la Mancha.

Es tal la afición, o necesidad, a la pesca en Alcázar de San Juan,  que en el año 1601 surgen denuncias de los agricultores por la elaboración de numerosas “cespederas”, unos muretes artificiales realizados con piedras y tierra con las que se conseguía embalsar y retener el agua durante varios meses y así mantener vivos los peces, que ocasionaban desbordes y daños en las tierras y caminos de labor en los meses de invierno, cuando el caudal las desbordaba:

“En la villa de Alcázar a catorce días del mes de octubre de mil y seiscientos y un años los señores alcaldes y regidores que aquí firmaron sus nombres  estando juntos en su ayuntamiento a campana tañida como lo hacen de uso y costumbre para tratar y conferir las cosas tocantes del bien de los vecinos dijeron que de causa de que algunos vecinos de esta villa y forasteros han hecho y hacen muchas cespederas en el río Záncara para pescar y por haber tanta cantidad de las dichas cespederas tapan el río y sale fuera de madre y a echado a perder muchos huertos y haces de labor y otras heredades y los caminos por donde se va a las labores desta villa de suerte que a hecho notables daños.”

Es tanta la pesca que se toma de sus ríos que pocos meses después, los alcaldes y regidores alcazareños, acuerdan que la pesca se utilice para el propio consumo propio de la población, por entonces de unos 9000 habitantes, impidiendo su comercio, anunciando penas y multas para quienes habiendo pescado en sus ríos no lo cumpliesen. En febrero de 1602 el escribano municipal  anotaba en el Libro de Actas y Acuerdos:

“Acordaron los dichos señores que se identifique a todas las personas que pescan en los ríos que están en el término de esta villa que acudan a ella con toda la pesca que tomaron de los dichos ríos para la provisión de esta villa. Sin que sean osados a vender la pesca en esta villa. So pena de seiscientos maravedíes […]”

Alcázar de San Juan al recibir el título de villa por el rey Sancho IV, éste le otorgó unos privilegios que otras villas no disfrutaban por haber nacido aquí su hijo Fernando, quien fue su sucesor como rey de Castilla. Estos antiguos privilegios fueron siempre disputa entre la villa y el prior de San Juan, especialmente con su gobernador que residía habitualmente en Alcázar. En julio de 1605 aprovechando que el Concejo de Alcázar de San Juan había nombrado a unos regidores para «ir a besar las manos de su Alteza del príncipe gran prior de San Juan» para pedirle «se sirva de remediar la necesidad de trigo para pan y sembradura» que tenía la villa ante las últimas malas cosechas que habían padecido, le solicitan  que no arriende la pesca de los ríos, por lo poco que le supone a él y el  mucho provecho que hace a los pobres poder pescar libremente en ellos, como «costumbre antigua» en Alcázar de San Juan:

“Item. Sinificando a Su A[lteza] el daño que tiene a los pobres del arrendar la pesca de los ríos y lagunas y el poco probecho que tiene a Su Alteza y la defensa que tiene la villa en la costumbre antigua podría servirse de mandar que se den los dichos arrendamientos reduciéndose al estado antiguo.”

Seguimos en tiempos de la escritura del Quijote, cuando, de nuevo, los alcaldes y regidores tienen que tomar cartas en el asunto por la construcción de las “cespederas” en sus tres ríos, y los problemas que estas acarrean a los agricultores y a los caminos. Es abril de 1608 cuando reunidos acuerdan que:

“Otro si acordaron que se pregone públicamente que todas las personas que tuvieren cespederas en los ríos de Zancara y Guadiana y Jiguela dentro del termino desta villa las derriben y limpien la corriente de los dichos ríos sacando fuera de ellos las céspedes y otras cosas con [que] los tuvieren atrapados dentro de quatro días con apercibimiento que pasado el dicho termino iran personas a su costa […] las dichas cespederas embarrancando con ellas la corriente de los dichos ríos se anegan muchas eredades de vecinos desta villa y los caminos de manera que no se puede pasar a las labores dellas.”

En estas “cespederas”, además de pescar con caña, sedal y anzuelo, se utilizaban pequeñas nasas amarradas a una caña y garlitos. De esta manera, el pescado que quedaba en el agua embalsada, de manera también pasiva, se atrapaba con facilidad y en ocasiones en cantidad, como recogían las actas del ayuntamiento.

Cazar con galgo y pescar en los ríos, artes que en Alcázar de San Juan en tiempos de la escritura del Quijote es tan practicado que incluso es tenido que ser regulado por los alcaldes y regidores de su ayuntamiento.

Las preciadas bellotas de sus montes

Hoy en nuestros viajes, como en tiempos de Cervantes, nos traemos a casa recuerdos singulares de los lugares por donde hemos estado, o se los pedimos traer a nuestros conocidos en sus viajes. Es lo que hace la duquesa en la carta que envía a Teresa. Le pide que le envíe bellotas: «Dícenme, que en ese lugar hay bellotas gordas, envíeme hasta dos docenas, que las estimaré en mucho por ser de su mano […]» (Q2, 50).La duquesa quiere un producto típico, representativo del pueblo de Sancho, que sin duda alguna sería muy significativo en él y de su imagen.

La roturación de suelos para la agricultura, en el término de Alcázar de San Juan, ha hecho desaparecer casi por completo un recurso que en tiempos de Cervantes fue muy apreciado, fundamental para los gastos del Concejo: las bellotas de sus montes. En 1601, con los ingresos recogidos por la venta de la bellota de tres montes públicos, se sufragó la construcción de una cerca alrededor de la villa para el control de paso de las personas a ella, cuando la peste asolaba buena parte de España. Esta cerca de tapial tuvo una longitud de unos doce mil pies castellanos, unos 3,5 km, y cerraba la villa que era la más grande de la comarca, con una población de «dos mil vecinos», entre ocho y diez mil habitantes:

“[…] se ha acordado que esta villa se guarde, y por haber en ella muchos arrabales y calles que para se guardar de la dicha peste, como conviene, es necesario que se tapien y cierren y que no queden sino cuatro puertas por donde puedan entrar y salir los que vinieren con las demás de las partes que no estén apestadas, para que con más facilidad se pueda guardar. Y de causa de no tener esta villa propios, por estar empeñada, de causa de los pleitos que tienen pendientes en Corte de Su Majestad, y en la ciudad de Granada, acordaron y mandaron que se tome dinero prestado que para hacer la cerca y atajar las calles y portillo que es necesario cerrarse, como se acostumbra a atajar en semejantes ocasiones, de Juan Díaz Guerrero, depositario de los maravedís de la bellota […]”

En el 1605, el mismo año de la publicación de la primera parte del Quijote, nuevamente el Concejo de Alcázar de San Juan hace uso de la venta de la bellota de sus montes para poder pagar las deudas contraídas con el maestro cantero de las obras realizadas en la iglesia de Santa Quiteria, y otros gastos importantes de la villa. En el mismo Libro de Acuerdos del Concejo, los alcaldes y regidores lo acuerdan y firman:

“En la villa de Alcázar. A veinte y cuatro días del mes de septiembre de mil y seiscientos y cinco años, los señores Alcaldes y Regidores que abajo firmaron sus nombres, estando juntos para tratar y proveer las cosas convenientes a esta república, dijeron que por cuanto este Concejo y el mayordomo de la iglesia de Santa Quiteria están obligados a pagar a los herederos de Agustín de Arguello, maestro de cantería, vecino que fue de la villa, mucha cantidad de maravedís que se le deben de la obra nueva y capilla mayor que hizo en la dicha iglesia […] Por tanto acordaron se venda la bellota de la dehesa de Villacentenos y monte del Acebrón y se saque a pregón y se reciban las posturas que se hicieren y habiendo andado en almoneda […] Y el dinero que procediese de la venta de la bellota se ponga en depósito en poder de Fernando de Aguilera, vecino de esta villa, para que se vaya gastando con cuenta y razón en lo que más convenga al bien de esta villa y sus vecinos y así lo acordaron y firmaron.”

Estas y otras muchas referencias a la bellota, en las actas del Concejo de Alcázar de San Juan, ponen de manifiesto la gran importancia de la bellota como fuente de ingresos para la villa, señalada por Cervantes, testigo de su tiempo, en la carta de la duquesa a Teresa.

La escuela en el lugar de don Quijote

«Advertid que Sanchico tiene ya quince años cabales, y es razón que vaya a la escuela, si es que su tío el abad le ha de dejar hecho de la Iglesia» (Q 2, 5). El bajo nivel educativo que había en la España rural durante la escritura del Quijote está señalado en el texto de la novela, cuando el mismísimo Sancho afirma que «yo no sé leer ni escrebir», como tampoco sabía su mujer Teresa, ni sus dos hijos. Lo mismo ocurría con Aldonza Lorenzo, Dulcinea.

En las clases sociales bajas era muy difícil encontrar a alguien que supiera leer y escribir, y mucho menos en aldeas o villas muy pequeñas, en las que por la poca disposición de recursos para contratar a un maestro y mantener una escuela lo hacía imposible, aunque el salario del maestro fuera bajo. Así, la falta de maestros en los lugares manchegos era lo habitual. Es una realidad social y no pasa inadvertido en el Quijote.  Cervantes lo describe, o critica con genial ironía, cuando don Quijote, por falta de papel, le dice a Sancho que la carta que le iba a escribir, para que se la llevase a Dulcinea, en el librito de memoria que encontraron junto a la mula muerta en medio de Sierra Morena:

“[…] tú tendrás cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena letra, en el primer lugar que hallares donde haya maestro de escuela de muchachos, o si no, cualquiera sacristán te la trasladará; y no se la des a trasladar a ningún escribano, que hacen letra procesada, que no la entenderá Satanás”. (Q1, 25)

Cervantes evidencia la falta de maestros en la Mancha, quedando la formación de los niños en primeras letras, casi en exclusividad, en los curas y clérigos de iglesias y conventos. En niveles sociales más altos, el analfabetismo era lo infrecuente, llegando la educación en primeras letras también a las niñas, como lo muestra que las mujeres nombradas en el Quijote de clase media o alta todas sabían leer, como Dorotea, Luscinda, Zoraida en árabe, y la duquesa. También sabía leer la sobrina de don Quijote.

La primera enseñanza, en los lugares que disponían de escuela y maestro, no era gratuita, se cobraba una matrícula acordada entre los alcaldes y regidores de la villa, por lo que ante los escasos recursos económicos de las familias humildes, como la de Sancho, solo algunos de los muchachos tendrían posibilidad de asistir a aprender las primeras letras. Las niñas quedaban en casa aprendiendo labores, y, con el tiempo, poder llegar a servir en alguna casa, o como le decía Teresa a Sancho: «Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la casamos».

La edad con la que comenzaban a ir a la escuela era entre cinco y seis años. Y a los diez, sabiendo ya leer y escribir, podían iniciar, en las conocidas como escuelas de gramática, la segunda enseñanza en latín, con el Introductiones Latinae, de Antonio de Nebrija, texto único aprobado por el Consejo Real de Castilla, en 1598. Escuelas de gramática eran aún menos frecuente en las villas pequeñas y medias. Sanchico ya tenía «quince años cabales», una edad tardía para comenzar en las primeras letras, aunque esto era frecuente en los muchachos que comenzaban a trabajar a edades muy tempranas.

Alcázar de San Juan disponía en 1600 de escuelas de primeras letras donde iban los muchachos a aprender a «leer, escrivir y contar». En el Archivo Histórico Municipal de Alcázar de San Juan se conserva, en el primer Libro de Actas y Acuerdos, el acta donde se conviene en 1605 por los alcaldes y regidores contratar a un maestro más, a los dos que ya disponía la villa, para instruir a los muchos niños que había:

“En la villa de Alcazar a treinta y uno de julio de mil seiscientos y cinco años los señores alcaldes y regidores que abajo firmaron sus nombres estando juntos en su ayuntamiento a campaña tañida como tienen de costumbre dixeron que por quanto ay en esta villa necesidad de maestro para enseñar [a] los niños leer y escrivir y contar porque de presente no ai mas de dos maestros y esta villa tiene mucha vecindad y an sido ynformados que Gonzalo Ruiz vecino del Campo de Critana cerca a esta villa enseña a los niños y es maestro cual para ello conbiene por tanto acordaron para que el dicho Gonzalo Ruiz benga a esta villa de la dicha del Campo debe asignar y asignaron de salario por un año que le cuente desde el dia que conmenzare en un año diez ducados para ayuda a pagar el alquile de una casa en que viva y asi lo acordaron y firmaron.”

En enero de 1607, por «la experiencia [que] a mostrado» el maestro Gonzalo Ruiz se le asigna un salario anual de seis mil maravedís.

El médico del lugar

Cuando Cervantes escribía el Quijote, la mortalidad en España ha sido  considerada como catastrófica. Además de los fallecidos en las guerras, por causas naturales y en el parto, la población española estaba sufriendo epidemias de enfermedades infecciosas, como la peste, el tifus o la difteria, agravadas por las malas condiciones alimenticias e higiénicas en la población más humilde, siendo las causas de una altísima mortalidad entre la población. Algunas de las enfermedades no eran bien conocidas, especialmente las que afectaban a los niños, y eran estudiadas por los médicos más importantes del momento, publicándose libros sobre el conocimiento y la forma de tratarlas.  Los aspirantes a médicos debían formarse como bachilleres, cursar cuatro años de Medicina y tras dos años de prácticas y superar un examen teórico y práctico podían ya ejercer su profesión. Aunque las villas les asignaban las mejores casas o una cierta cantidad para costas, los servicios que prestaban tenían que ser pagados por los propios enfermos, lo que impedía su presencia en aldeas o villas muy pequeñas.

El lugar de don Quijote contaba con al menos un médico. A él recurren cuando don Quijote «cayó malo» después de llegar a su casa desde Barcelona, donde había sido derrotado en su playa:

“[…] porque o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido o ya por la disposición del Cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama […] Llamaron sus amigos al médico: tomole el pulso y no le contentó mucho, y dijo que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro. Oyolo don Quijote con ánimo sosegado, pero no lo oyeron así su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar tiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante. Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan.” (Q2, 74)

En Alcázar de San Juan, la villa con más habitantes de la comarca cervantina, contaba con el servicio de varios médicos. Pero ante las nuevas enfermedades que estaban apareciendo entre sus vecinos, en septiembre de 1601, sus alcaldes y regidores se reúnen para «prover y praticar las cosas tocantes y convenientes al bien publico» y:

“[…] dixeron que atento que esta villa es de mucha vecindad y que puesto ay algunas enfermedades no conocidas de cuya causa los médicos que las curan no las conocen [acuerdan] traer un médico de fama y asista en esta villa para curar las dichas enfermedades.” (AHMASJ)

En el acta nombran a cuatro comisarios, entre los alcaldes y regidores, para que hagan las diligencias oportunas para traer a dicho «médico de fama» y su salario.

El paso de los soldados españoles

Que una compañía de soldados pasara por una villa y se alojase varios días, o semanas, creaba un problema económico y social para ella. Obligadas por ley a dar alojamiento y manutención, acarreaba un gasto enorme a las arcas del concejo, y más para los vecinos más humildes que tenían la obligación de hospedarlos en sus casas. Socialmente ocasionaban no menos problemas, porque la llegada de una cierta cantidad de hombres, a veces muy ociosos, sobresaltaba la vida ordinaria de la villa.

No eran pocos los hombres que integraban una compañía de soldados. Felipe II disponía que cada Tercio de su ejército se compusiese de 3000 soldados, divididos en diez compañías.  Al mando de cada una estaba un capitán, un alférez y varios sargentos. Aunque este número fue menguando conforme avanzaba el siglo XVI, cuando Cervantes escribía el Quijote una compañía estaba formada por no menos de cien soldados. Con este número,  solo las villas medianas o grandes disponían de los recursos y podían asumir los gastos necesarios para su hospedaje y manutención, más cuando había muchos vecinos eximidos de la obligación de albergar a los soldados, por lo que estos eran alojados en las casas de los más humildes y con menos recursos.

Algo parecido pasó en el lugar de don Quijote, mientras amo y escudero deambulaban por tierras aragonesas. Entre otras cosas, esto le cuenta Teresa a Sancho, en su carta: «Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres mozas deste pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán y no faltará quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas» (Q2, 52)

En octubre de 1608 el escribano del ayuntamiento de Alcázar de San Juan anota en el Libro de Actas y Acuerdos que: «en veinticuatro días deste mes de octubre de mil seiscientos y ocho años se alojó en esta dicha villa la compañía de hombres de armas del señor marques de Cañete a quien alojaron vecinos de dicha villa». Pasados más de quince días  surgen los primeros problemas ya que el alojamiento «fue en casas de vecinos de poca posibilidad y fuerzas porque los mas ricos hallaron estar libres de recibir huéspedes por mandato de Su Magestad, unos por hidalgos otros por salitreros…». Los alcaldes y regidores acuerdan que  «para aliviar mas el trabajo y costas a las personas en cuyas casas se alojan los dichos gentilhombres por cada dia se de a las casas un real para la costa del soldado»

Pero el tiempo pasa y la compañía seguía en la villa. De nuevo se reúnen para tratar este asunto y toman la decisión de que lo mejor es abonar al capitán una cierta cantidad de dinero para que se marchen a otro lugar, como se dice por esta parte de la Mancha ¡con la música a otra parte! Y encargan el “despacho” de la compañía de soldados a los regidores Melchor de Agudo y Andrés de Valdivieso que pactan con don Francisco de Londuño, que así se llamaba el capitán de la compañía, su marcha de la villa por ¡veinte mil reales!

En las actas no aparece reflejado si surgió algún exceso de los soldados, aunque sí se anota el nombramiento de dos regidores para que estuviesen al tanto sospechando que tal cantidad de hombres podrían dar alguno que otro suceso. La incomodidad del paso de la compañía de soldados por la villa queda de manifiesto en las actas del ayuntamiento, y explícitamente en el encabezamiento del acta del trece de noviembre de 1608, que dice: «Acuerdo de los regidores del ayuntamiento y alcaldes desta villa para echar della a los gentiles hombres de armas por convenir a los vecinos de esta villa y bien della»

Oficialmente costó a la villa «echar della a los gentiles hombres de armas», los veinte mil reales anotados, además de las costas pagadas a los vecinos, pero quizá también alguna que otra moza de la villa enamorada por las graciosas plumas que los soldados aireaban por las calles y plazas de Alcázar. Una imagen en Alcázar de San Juan de finales de 1608 que irónicamente queda inmortalizada por Cervantes en el Quijote editado en 1615.

Alcázar de San Juan, el lugar de don Quijote

Mediante el análisis inductivo de los condicionantes y referencias geográficas descritas en la novela he situado precisamente el lugar de don Quijote, dentro del mapa de la comarca cervantina en Alcázar de San Juan. La imagen del lugar de don Quijote, que en la novela nos describe Cervantes, coincide explícitamente con la morfología conocida de la villa en tiempos de su escritura, así como sus aspectos sociales y humanos. Como decía al empezar «Hoy es posible reconocer un lugar aún sin haber estado en él. A principios del siglo XVII no, solo habiendo estado en un lugar era posible recordarlo y describirlo con precisión», por lo que el lugar de don Quijote no es posible describirlo como hace Cervantes en la novela sin haber estado en él.

Hoy es difícil, sino imposible, reconocer durante la lectura del Quijote la morfología del lugar de don Quijote en Alcázar de San Juan, pero no lo sería para el lector alcazareño de principios del siglo XVII, que reconocería perfectamente el escenario urbano y social dibujado con imágenes nítidas por Cervantes en la novela: la picota de justicia a sus afueras con escarnios y ajusticiamientos de delincuentes, la apreciada fuente de agua en su plaza junto a la Torre del Ayuntamiento, las mujeres lavando ropa en los pilancones formados en el limpio arroyo Mina, agricultores trillando cereal en las eras del Pradillo bajo el sol del mes de julio, sus montes públicos con encinas centenarias repletas de preciadas bellotas, críos camino a la escuela, casas de médicos donde acudir en caso de enfermedad, hombres con galgos y cañas de pescar ocupando su tiempo y las no deseadas visitas de compañías de soldados que alteraban el orden cotidiano de la villa.    

Luis Miguel Román Alhambra

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EL LUGAR DE DON QUIJOTE I

Hace unos días le dedicaba un ejemplar de Alcázar de San Juan en las crónicas de viaje. De Hans Christian Andersen a Julio Llamazares a un buen amigo madrileño, que de viaje de Andalucía a Madrid quería recogerlo en mi casa. Crítico con mis trabajos cervantinos, no entiende que gaste tiempo en buscar el paisaje real por donde caminan unos personajes de ficción. Él dice quedarse con «el cuento que Cervantes escribió en la Mancha, que tanto me ha ayudado durante mi vida desde la primera vez que lo leí, hace más de cuarenta años». Y lleva razón, lo más importante del Quijote, sin duda alguna, es su trascendencia humana, su poso.

Como hago con quienes me visitan, amigos o conocidos, después de enseñarle algunos rincones cervantinos y quijotescos de Alcázar lo subo a los molinos de viento del Cerro de San Antón. Hace una buena mañana de invierno, no hace mucho frío y solo corre un poco de aire.

Sin sacarse las manos de los bolsillos veo que deambula callado alrededor del molino Rocinante. No dice nada pero sé que está asombrado, como todos, de ver 360º de inmenso horizonte manchego. Me pregunta que si los molinos que ve al fondo son los de Campo de Criptana, le respondo que sí, y él me dice: «¡contra esos gigantes luchó don Quijote!». Ante esta afirmación, inesperada para mí viniendo de él, le digo: «tú vives en Madrid y yo en mitad de la Mancha. Tú sales de casa y no ves horizonte alguno, yo en cambio veo un horizonte increíblemente llano con unos molinos de viento recortados en él. Tus caminos son de asfalto, en cambio aquí, en cuanto sales de las últimas casas, los caminos son de tierra, como los que pisaba Rocinante… ¿Entiendes por qué tenemos perspectivas distintas cuando leemos el Quijote? Viviendo aquí, en el Corazón de la Mancha, en el escenario del nuevo teatro que creó Cervantes, la novela moderna, la trama se comprende aún mejor…» No sé si lo convencí, pero con su silencio me reveló su pensamiento, al menos generé en él una duda.

Volvemos a mi bodega. Una de las condiciones para venir a verme, es que le volviese a hacer unos Duelos y Quebrantos como los que se comió hace más de cinco años, en este mismo lugar. Le gusta mucho la cocina, más disfrutar de la comida, y me ayuda a prepararlos. Mientras enciendo la lumbre de madera de oliva, él va cortando en trocitos el tocino y el jamón, y desmenuzando dos chorizos frescos, picando dos dientes de ajo y batiendo cuatro huevos. Unos minutos después tenemos unos Duelos y Quebrantos encima de la mesa. Una barra de pan del horno de leña de la Alameda y una botella de vino tinto de El Toboso son los complementos al glorioso manjar cervantino. Al final hago una bizcochá de diario con tortas de Alcázar, que fue nuestro delicado postre.

Durante la comida hablamos de los muchos años que hace que nos conocemos, de las familias, los hijos y nietos… y del maldito COVID. Después de la comida le hablé en qué “mal gastaba mi tiempo” últimamente, como él me dice. Le enseño mapas de caminos que tienen un origen, que no es otro que el lugar donde estábamos, Alcázar de San Juan, con rutas marcadas con colores coincidentes con las tres salidas de don Quijote de su casa, y anotaciones y más anotaciones.

Cómo sitúo el lugar de don Quijote en el mapa siguiendo los aspectos geográficos que Cervantes nos deja de él en la novela y los documentos del Archivo Histórico Municipal de Alcázar de San Juan que avalan la imagen como lugar de don Quijote, consumen casi toda la tarde de conversación, entre café y café.

Ya es casi de noche y tiene que seguir su camino a Madrid, su familia le espera, aunque sabiendo que se pasaba a verme ya sabían que no llegaría hasta la cena. Ha sido una larga jornada cervantina y quijotesca. Nos despedimos. Me dice que volverá y que me acompañará, al menos, hasta el lugar donde estaba la Venta de Manjavacas, la venta en la que fue armado caballero don Quijote, según publiqué en Mi vecino Alonso hace ya diez años. Su visita a los molinos de viento y un almuerzo al estilo de don Quijote, resultó ser sábado y el hidalgo manchego comía «duelos y quebrantos los sábados», fueron suficientes para cambiar, al menos en algo, su opinión sobre la realidad geográfica en el Quijote.

Voy a dejar aquí, en este articulillo, los argumentos que utilicé con mi amigo. Como es algo extenso lo publicaré en dos partes. Primero con los aspectos geográficos que determinan el nombre del lugar de don Quijote y más adelante con las imágenes socioeconómicas del lugar de don Quijote en tiempos de la escritura de la novela, que coinciden expresamente con las que tenía Alcázar en 1600.

Aspectos geográficos para situar el lugar de don Quijote

Un lugar manchego no citado en el texto (1)

Por manifiesto deseo del autor, de no querer acordarse de su nombre, es razonado pensar que de entre todos los lugares que forman la comarca de don Quijote, más de treinta, los que explícitamente están nombrados en la novela no pueden ser el lugar de don Quijote: Tembleque, Quintanar, Puerto Lápice, Argamasilla de Alba y El Toboso. El Toboso, además de ser nombrado en múltiples ocasiones es el lugar de Dulcinea, un lugar «cercano» al suyo.

Mi amigo me comenta que voy en contra de muchos autores cervantinos, de mucha importancia, descartando a Argamasilla de Alba. Yo le comento que no soy yo quien descarta a Argamasilla de Alba, sino el propio Cervantes al nombrarlo. «Que Argamasilla de Alba es el lugar de don Quijote del Quijote apócrifo de Avellaneda, no cabe duda, pero estamos analizando el Quijote de Cervantes», le afirmo.

Un lugar junto al antiguo campo de Montiel (2)

El lugar de don Quijote no está en el antiguo Campo de Montiel, pero sí junto a sus límites para que al poco de salir de él entre en este distrito manchego. «Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel» Si su pueblo fuese un lugar de este distrito manchego, saliendo de su pueblo por cualquiera de los caminos siempre estaría en el Campo de Montiel, sin necesidad de tener que acertar a tomar el camino correcto. Aunque sí muy cerca de sus límites,  para pisarlo al poco de salir de los límites de su pueblo.

El Campo de Montiel es un espacio santiaguista. Los lugares de esta comarca que tienen sus límites con la Orden de Santiago son: Lillo, Villacañas, Quero, Alcázar de San Juan y Argamasilla de Alba.

El camino de Toledo a Murcia (3)

Este camino traviesa de oeste a este esta comarca cervantina. Es un elemento principal en la imagen cervantina de la comarca porque conecta al lugar de don Quijote con otros nodos o hitos geográficos de la novela: la venta donde es nombrado caballero y la venta de Sierra Morena.

El encuentro de don Quijote de frente en este antiguo camino con los «mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia», cuando iba de regreso a casa desde la venta donde había sido fingidamente armado caballero la noche anterior,nos determina la dirección que llevaba en él en ese momento, de este a oeste.

Este camino pasa por el lugar de don Quijote. Así es reconocido por el cura, amigo y vecino de don Quijote, en el ingenioso engaño para convencerle de abandonar el lugar de penitencia en Sierra Morena: «Así es, dijo el cura, por mitad de mi pueblo hemos de pasar, y de allí tomará vuestra merced la derrota de Cartagena, donde se podrá embarcar con buena ventura […]» (Q1, 24).El cura hace que el simulado viaje a seguir con la princesa Micomicona, hacia el fabuloso reino de Micomicón, pase por su pueblo. De esta manera, don Quijote en su promesa incondicional  de ayudar a la princesa no pondría inconvenientes en regresar a su pueblo y, desde allí, continuar viaje al puerto de Cartagena, por este mismo camino murciano. Solo un lugar de esta comarca cervantina por el que pase el camino de Toledo a Murcia puede ser el origen de las salidas de don Quijote.

Los lugares de la comarca que están en el camino de Toledo a Murcia son: Tembleque, Villacañas, Villa de Don Fadrique, Puebla de Almoradiel, Miguel Esteban, El Toboso, Mota del Cuervo, Las Mesas, Turleque, Madridejos, Camuñas, Villafranca de los Caballeros, Alcázar de San Juan, Campo de Criptana y Socuéllamos.

Un lugar sin molinos de viento(4)

El lugar de don Quijote no tenía molinos de viento. Pedro Alonso, el vecino que lo recogió malherido en el camino de Toledo a Murcia y lo lleva a casa «venía de llevar una carga de trigo al molino». En la época del año en la que ocurre esta aventura, mes de julio, los ríos cercanos a este camino murciano, el Záncara y Gigüela, que contaban con molinos de agua estaban secos, por lo que Pedro Alonso solo podía venir de moler de un molino de viento.

Tampoco los conocía don Quijote. Con la condición de hidalgo, exento de pagar impuestos y de trabajar, Alonso Quijana nunca tuvo la necesidad de tener que llevar trigo a los molinos, para este trabajo ya estaban los jornaleros como Sancho Panza. Es Sancho quien tiene que detallar la verdadera figura de lo que a don Quijote parecían gigantes:

“Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino” (Q1, 8).

Campo de Criptana, Mota del Cuervo, El Toboso, Quintanar de la Orden y Las Mesas, son los únicos lugares de esta comarca cervantina que contaban con molinos de viento en 1605. De uno de estos lugares venía Pedro Alonso hacia su pueblo, el mismo que el de don Quijote, su vecino.

«¿Entonces, los molinos de viento en los que hemos estado esta mañana?», me pregunta sorprendido mi amigo. Tengo que explicarle que al estar en territorio de la Orden de San Juan, su prior no concedía licencias de construcción, simplemente para que sus vecinos fueran a moler a los suyos de agua, que tenía en el río Guadiana y especialmente en Ruidera, y así mantener el monopolio de la molienda en su territorio. Los molinos de viento de Alcázar de San Juan se comenzaron a construir a partir de finales del siglo XVII.

El Toboso, un lugar cercano (5)

Buscamos el nombre del lugar de don Quijote. Está próximo a El Toboso, como nos describe el narrador de la historia:

“Y más cuando halló a quien dar nombre de su dama; y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo, había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado (aunque según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello). Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos: y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase, y se encaminase al de Princesa, y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso.” (Q1, 1)

“Sólo Sancho Panza pensaba que cuanto su amo decía era verdad, sabiendo él quién era y habiéndole conocido desde su nacimiento, y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegado jamás a su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso.” (Q1, 13)

Cualquiera de los lugares que están en el camino real murciano  pueden ser el lugar de don Quijote, todos están cerca de El Toboso. Sin embargo, el camino que une el lugar de don Quijote con el de Dulcinea no es el camino de Toledo a Murcia, es «el camino del Toboso», un camino derecho entre estas villas manchegas. Solo nos queda seguir los pasos de Rocinante en la tercera salida de su cuadra:

“En resolución, en aquellos tres días don Quijote y Sancho se acomodaron de lo que les pareció convenirles; y habiendo aplacado Sancho a su mujer, y don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese sino el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron en camino del Toboso […]dio Sansón la vuelta a su lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad del Toboso.” (Q2, 7)

“[…] persuádeles que se les olviden las pasadas caballerías del Ingeniosos Hidalgo, y pongan los ojos en las que están por venir, que desde agora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los campos de Montiel […]” (Q2, 8)

«Cerca» o «tan cerca». Este adverbio utilizado por Cervantes nos indica que ambos lugares están próximos entre ellos, pero ¿qué distancia separa a ambos lugares? La respuesta nos la da don Quijote, una noche de camino:

“Díjole don Quijote: Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar y con más escuridad de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso, adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga […]” (Q2, 8)

Sancho no le contradice, sabe como su amo que en una noche de primavera es posible llegar de su pueblo a El Toboso. El narrador no nos dice donde paran a pasar la noche, pero sí que la pasan conversando, como todo el día siguiente. La jornada de camino nocturna prevista, truncada por la oscuridad de la noche, la realizan al día siguiente:

“En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le pesó a don Quijote. En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a don Quijote y se le entristecieron a Sancho […]” (Q2, 8)

Don Quijote y Sancho son hombres de carne y hueso, con cabalgaduras corrientes, por lo que si no es imprescindible en la aventura caminar por la noche no lo harán, descansarán, y así lo entendían sus lectores aunque explícitamente no lo indique el narrador. Si se requería caminar por la noche, Cervantes lo describe y justifica la razón. Como ejemplo de esto, lo hace con don Quijote y Sancho en mitad de Sierra Morena y en el regreso a casa desde Barcelona:

“En estas y otras pláticas les tomó la noche en mitad del camino, sin tener ni descubrir donde aquella noche se recogiesen; […] Y fue que la noche cerró con alguna escuridad; pero, con todo esto, caminaban, creyendo Sancho que, pues aquel camino era real, a una o dos leguas, de buena razón hallaría en él alguna venta.” (Q1, 19)

“Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse, si no fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó don Quijote contento sobremodo, y esperaba el día por ver si en el camino topaba ya desencantada a Dulcinea su señora […]” (Q2, 72)

Don Quijote y Sancho conocen perfectamente el camino a El Toboso y saben que al paso de Rocinante tardarían toda la noche «para alcanzar a ver con el día al Toboso». En la época del año en la que ocurre esta tercera salida, en primavera, las noches y los días tienen aproximadamente la misma duración. En esas ocho a diez horas de camino estiman que llegaría el bueno de Rocinante desde su cuadra al lugar de Dulcinea. Rocinante camina media legua a la hora, unos tres kilómetros a la hora. Por tanto, en los rectos y suaves caminos de esta comarca cervantina la distancia que separa el lugar de don Quijote con El Toboso es de unos 24 a 30 kilómetros.

En el mapa autonómico de Castilla-La Mancha (IGN), están marcados dos círculos de 20 y 35 kilómetros con centro en El Toboso, tratando de recoger entre ellos el mayor número de lugares de esta comarca cervantina desde donde parten esa noche primaveral don Quijote y Sancho Panza.

Los lugares de esta comarca cervantina que están entre estos dos círculos, y por tanto «cerca» de El Toboso, son: Lillo, Corral de Almaguer, Villanueva de Alcardete, Las Mesas, Socuéllamos, Alcázar de San Juan, Herencia, Villafranca, Quero, Villacañas y Villa de Don Fadrique.

Un lugar al oeste de Campo de Criptana (6)

El lugar manchego más fotografiado, por su imagen vinculada con el texto cervantino, es Campo de Criptana. Sus cerros albergaban los más de treinta molinos contra los que don Quijote entra en «fiera y desigual batalla»al poco de salir de su pueblo en su segunda salida, ya con Sancho de escudero. «Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje». Este camino es el de Toledo a Murcia y su dirección es hacia el este, la misma que llevaban los mercaderes toledanos cuando se encontró con ellos en su primera salida. Don Quijote y Sancho salen en mitad de una noche corta de verano con la intención de que nadie les viese «en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque buscasen… esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo».

Los únicos lugares de esta comarca cervantina por los que pasa el camino de Toledo a Murcia y se encuentran al oeste de Campo de Criptana son Consuegra, Madridejos, Camuñas, Villafranca de los Caballeros y Alcázar de San Juan. Son de la Orden de San Juan y por lo tanto se encuentran fuera del antiguo Campo de Montiel, que comenzaba al este de Alcázar de San Juan, en los límites de Campo de Criptana.

Al paso de Rocinante, teniendo en cuenta que salieron en mitad de la noche y ven los molinos de Campo de Criptana al amanecer, en esas dos o tres horas de camino recorrieron como máximo unos 10 kilómetros. De estos cinco lugares sanjuanistas, Alcázar de San Juan está a 7,5 km de Campo de Criptana y Villafranca de los Caballeros a poco más de 20 km.

Como no podía ser de otra manera hablamos del disparate que desde hace unos años un grupo de personas quieren mantener a Villanueva de los Infantes como lugar de don Quijote. Un lugar a más de 75 km de los molinos de Criptana y a más de 90 km de El Toboso. «¿Es “cerca” 90 km encima de un caballo viejo?», me pregunta esbozando una mueca de risa. Para ellos, y solo para ellos, parece que sí, le respondo.

Arroyos y ríos en el lugar de don Quijote

El lugar de don Quijote está en una parte de la Mancha más seca. Sin embargo, Cervantes lo describe como un lugar con cuantiosos recursos hídricos superficiales cuando don Quijote, derrotado por el Caballero de la Blanca Luna en la playa de Barcelona, vuelve a casa para cumplir el año de retiro impuesto, tomando la decisión de hacerse pastor durante este tiempo: “[…] yo compraré algunas ovejas […] y nos andaremos por los montes […] bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos […]” (Q2, 67). Sancho desespera porque llegue ese ansiado trabajo de pastor, oficio que había ejercido antaño, y así poder dejar el de escudero. Sancho ya imagina a su hija llevándoles la comida al campo, «Sanchica mi hija nos llevará la comida al hato», lo que indica que los parajes por donde apacentarán las ovejas está cerca del pueblo.

En la comarca cervantina solo disponen de dos o más ríos en sus términos los lugares de:Socuéllamos (Záncara y Córcoles), Alcázar de San Juan (Guadiana, Záncara, Gigüela y Amarguillo), Villafranca de los Caballeros (Gigüela y Amarguillo) y Villarrubia de los Ojos (Gigüela y Guadiana).

Este tema de los ríos le ha interesado mucho, pues según mi amigo «a estos ríos podrían ir a pescar Sancho y Tomé Cecial, su vecino». Es un buen cazador y le anticipo que de caza y pesca en el lugar de don Quijote hablaremos más adelante.

Le enseño esta tabla final en el que anoto qué lugares de esta comarca cervantina cumplen con cada una de los condicionantes y referencias geográficas que se desprenden de la lectura de la novela. Solo Alcázar de San Juan, el lugar donde nos encontrábamos, cumple con todos. Y seguimos nuestra charla.

Luis Miguel Román Alhambra

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LAS SIETE CABRILLAS

A mi amigo Santiago Ramos

que desde ayer está en el Cielo

A la sombra de Doña Acacia

 con estas siete cabrillas

¡SANCHO MIENTE O SANCHO SUEÑA!

Cervantes vivió en el centro del Universo, al menos eso creía él y la gran mayoría de sus coetáneos. No era astrónomo pero sí un «aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles», por lo que entre sus manos bien pudo estar el Libro de la Cosmographia de Pedro Apiano, editado en 1548 en castellano, muy divulgado y conocido en España.

Hasta que Nicolás Copérnico publicara en 1543, poco antes de morir, su RevolutionibusOrbiumCoelestium o modelo heliocéntrico del Universo, la Tierra ejercía de centro del Universo desde que lo enunció Ptolomeo en el siglo II d. C. Calificado como libro prohibido por la Iglesia tuvieron que pasar décadas hasta que su teoría se aceptara, incluso por el resto de colegas científicos. Fue Johannes Kepler quien en 1609 demostró matemáticamente el modelo heliocéntico ensu Primera Ley: «Todos los planetas se desplazan alrededor del Sol describiendo órbitas elípticas. El Sol se encuentra en uno de los focos de la elipse». Este mismo año, Galileo Galilei construía su primer telescopio y un año después observaba nítidamente la superficie de la Luna.

Pero Cervantes vivió y pensó según los preceptos antiguos. Apiano afirmaba que, «El mundo contiene es si dos partes principales. La una es Elemental, la otra es celeste. La elemental contiene en si quatro Elementos: Tierra, Agua, Ayre, y Fuego, entre los quales ay continua contienda, transimutacion, y movimiento»

Esta división del mundo es utilizada por Cervantes en la aventura «De la venida de Clavileño», una de las más conocidas y recordadas por quienes han leído, o no, el Quijote. Los duques, para reírse de don Quijote y Sancho Panza, preparan una broma pesada consistente en hacerles creer que viajarán sobre un caballo mágico, «el cual caballo se rige por una clavija que tiene en la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza que parece que los mesmos diablos le llevan» (Q2, 40). Una vez convencidos don Quijote y Sancho de emprender este extraño viaje les vendan los ojos, para que «la alteza y sublimidad del camino no les cause vaguidos se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que será señal de haber dado fin a su viaje» (Q2, 41). Así, y mediante algunos artilugios, no poco ingeniosos, hacerles creer que ascendían por los aires. Cuando ya estaban a horcajadas sobre Clavileño, que así se llamaba este caballo de madera, comenzaron a soplarles aire con unos grandes fuelles, escuchando decir a don Quijote:

“—Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo y las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región; y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.”

Para terminar la broma habían llenado el interior de Clavileño de «cohetes tronadores», a los que prendieron fuego por la cola: «voló por los aires con extraño ruido, y dio con don Quijote y con Sancho en el suelo, medio chamuscados”. Terminada esta broma cruel, maquinada por quienes la ociosidad abarcaba todo el día, cuando ya estaban algo repuestos nuestros protagonistas, «Preguntó la Duquesa a Sancho que cómo le había ido en aquel largo viaje». Sancho responde:

“—Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a quien pedí licencia para descubrirme, no lo consintió; mas yo, que tengo no sé qué briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide, bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos y por allí miré hacia la tierra, y pareciome que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas: por que se vea cuán altos debíamos de ir entonces.

A esto dijo la Duquesa:

—Sancho amigo, mirad lo que decís; que, a lo que parece, vos no vistes la tierra, sino los hombres que andaban sobre ella, y está claro que si la tierra os pareció como un grano de mostaza y cada hombre como una avellana, un hombre solo había de cubrir toda la tierra.

—Así es verdad —respondió Sancho—, pero, con todo eso, la descubrí por un ladito y la vi toda.

—Mirad, Sancho —dijo la Duquesa—, que por un ladito no se vee el todo de lo que se mira.

—Yo no sé esas miradas —replicó Sancho—: sólo sé que será bien que vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara. Y si esto no se me cree, tampoco creerá vuesa merced como, descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no había de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy grande a demás. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete cabrillas, y en Dios y en mi ánima que como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi me dio una gana de entretenerme con ellas un rato, que, si no le cumpliera me parece que reventara. Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y pasitamente me apeé de Clavileño y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni pasó adelante.

—Y en tanto que el buen Sancho se entretenía con las cabras —preguntó el Duque—, ¿en qué se entretenía el señor don Quijote?

A lo que don Quijote respondió:

—Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, no es mucho que Sancho diga lo que dice. De mí sé decir que ni me descubrí por alto ni por bajo, ni vi el cielo ni la tierra, ni la mar ni las arenas. Bien es verdad que sentí que pasaba por la región del aire y aun que tocaba a la del fuego, pero que pasásemos de allí no lo puedo creer, pues estando la región del fuego entre el cielo de la Luna y la última región del aire, no podíamos llegar al cielo donde están las siete cabrillas que Sancho dice sin abrasarnos; y pues no nos asuramos, o Sancho miente o Sancho sueña.

—Ni miento ni sueño —respondió Sancho—; si no, pregúntenme las señas de las tales cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.

—Dígalas, pues, Sancho —dijo la Duquesa.

—Son —respondió Sancho— las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules y la una de mezcla.

—Nueva manera de cabras es ésa —dijo el Duque—, y por esta nuestra región del suelo no se usan tales colores, digo, cabras de tales colores.

—Bien claro está eso —dijo Sancho—: sí que diferencia ha de haber de las cabras del cielo a las del suelo.

—Decidme, Sancho —preguntó el Duque—: ¿vistes allá entre esas cabras algún cabrón?

—No, señor —respondió Sancho—, pero oí decir que ninguno pasaba de los cuernos de la Luna.

No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho hilo de pasearse por todos los cielos y dar nuevas de cuanto allá pasaba sin haberse movido del jardín.”

Sancho dice haber visto y estado con Las Pléyades, grupo de estrellas conocidas desde antiguo como «las siete cabrillas» y también como Las siete hermanas, sobrenombres que han llegado hasta nuestros días. Leonardo Ferrer, en su obra Astronomía curiosa y descripción del mundo superior, e inferior (1677), dice «Del signo Tauro»: «El fegundo figno en orden es el de Tauro, en qual ordinariamente entra el Sol, à 21.de Abril, y fale à 21.de Mayo… Consta eftaconftelacion, de 33.estrellas: Una de primera magnitud, llamada el ojo del Toro, por caer cerca del ojo izquierdo, que es la que los Paftores llaman el Paftor, es bermeja, y va fiempre detrás de las fiete cabrillas…». Enrique Suárez Figaredo anota en su edición del Quijote: «las siete cabrillas: se refiere a las Pléyades, en la constelación de Tauro: las 7 hijas de Atlas y de Pleyone, que se mataron de desesperación y fueron convertidas en estrellas»

Don Quijote, en principio, defiende a su escudero, «Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, no es mucho que Sancho diga lo que dice», aunque después pone en duda que realmente hubiesen llegado hasta Las Pléyades «pues estando la región del fuego entre el cielo de la Luna y la última región del aire, no podíamos llegar al cielo donde están las siete cabrillas que Sancho dice sin abrasarnos».

Cervantes, hombre de teatro, utiliza el conocimiento astronómico de ese momento para crear el escenario ideal para este acto. Hace creer realmente a don Quijote que ascendía por las regiones del aire que por entonces se tenían como verdaderas y, de paso, hace creíble la historia a sus lectores. Lo de Sancho… ¡es harina de otro costal!

Termina la aventura con una frase que don Quijote susurra al oído de Sancho: «Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no os digo más». ¿Se lo pregunta solo a Sancho o también a sus lectores?

                                                     Luis Miguel Román Alhambra

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¡DEJÉMONOS DE GAITAS Y VAYAMOS AL GRANO DEL QUIJOTE!

No sabemos si Cervantes sabía música o no, sí que le gustaba y que conocía los instrumentos y danzas de su tiempo. En el Quijote nombra instrumentos pastoriles, populares, nobles y militares, que vio y escuchó en los caminos, ventas, fiestas, palacios y galeras.

La música está siempre presente en las bodas, siendo el fondo de alegría y felicidad que envuelve este acto social, en cualquier parte del mundo. En cada boda se tocan los instrumentos y se bailan las danzas típicas del lugar de los novios e invitados. Cervantes en el Quijote describe una boda en la Mancha. Es la de la hermosa Quiteria con el rico Camacho, que a la postre será la de Quiteria con el pobre, pero  ingenioso Basilio. Para los sentidos principales de Sancho, el olfato y el gusto, la comida que allí se preparaba era de boda importante, ¡pagaba el rico Camacho!: «bodas que por tales olores comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas». Si bien, fue su oído el primer sentido estimulado:

“Oyeron asimismo confusos y suaves sonidos de diversos instrumentos, como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y sonajas… Los músicos eran los regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquel agradable sitio andaban unos bailando y otros cantando y otros tocando la diversidad de los referidos instrumentos” (Q2, 19)

Llegan los invitados y las danzas comienzan, «una de espadas de hasta veinte y cuatro zagales», otra «de doncellas hermosísimas… que traían guirnaldas de jazmines, rosas, amaranto y madreselva… Hacíales el son una gaita zamorana y ellas llevando en los rostros y en los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las mejores bailadoras del mundo» (Q2, 20)

¿Alguno de los novios era leonés, o más precisamente de Zamora? La respuesta es sencilla, no. Quiteria y Camacho eran de un lugar de la Mancha y los desposorios se celebraban en esta misma tierra. Entonces, ¿qué pinta una gaita zamorana en esta parte de Castilla? Esta pregunta quizás se la han hecho ya  muchos lectores del Quijote.

A sus lectores coetáneos, escuchar el son de una gaita zamorana en la Mancha no les causaría ninguna extrañeza. Sencillamente porque este instrumento nada tiene que ver, en su aspecto físico, con una gaita leonesa o sanabresa, gallega o asturiana. Variante del antiguo Organistrum, la gaita zamorana se conocía también como zanfona, gaita de pobre, viola de rueda, rabil de manubrio. De uso casi exclusivo en la Corte hasta el siglo XV-XVI, en tiempos de Cervantes pasó a ser escuchado en ambientes más populares, acompañando a canciones y danzas, como instrumento solista o en conjunto con otros, como flautas y tamborinos.

Este instrumento de cuerda sonaba frotando sus cuerdas con una rueda de madera accionada con un manubrio. Tenía dos o tres cuerdas cantantes, con la que se formaba la melodía, y dos bordones, o cuerdas graves, que emitían una nota sostenida, similar a la que emite el roncón de una gaita de fuelle, haciendo así su sonido polifónico parecido a la de una gaita.

Algunos editores han anotado en sus Quijotes a la gaita zamorana como un instrumento parecido a la flauta, oboe o dulzaina, similar al albogue. Aunque el albogue es descrito por Covarrubias en 1611 como una «especie de flauta, o dulzaina» y en el Diccionario de Autoridades como «una flauta grande», la RAE tiene dos acepciones:

“1. Especie de flauta simple y rústica, o doble y de mayor complejidad de forma, generalmente de madera, caña o cuerno, propia de juglares y pastores.

2. Cada uno de los dos platillos pequeños de latón que se usan para indicar el ritmo en las canciones y bailes populares.”

Sin duda alguna, a estos platillos se refería Cervantes como los albogues, y no a la flauta, cuando en el regreso de don Quijote y Sancho Panza a casa desde Barcelona, con la intención de hacerse pastores, tienen esta plática:

“—¡Válame Dios —dijo don Quijote—, y qué vida nos hemos de dar, Sancho amigo! ¡Qué de churumbelas han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitas zamoranas, qué de tamborines y qué de sonajas y qué de rabeles! Pues ¡qué si destas diferencias de músicas resuena la de los albogues! Allí se verán casi todos los instrumentos pastorales.

—¿Qué son albogues? —preguntó Sancho—, que ni los he oído nombrar ni los he visto en toda mi vida.

—Albogues son —respondió don Quijote— unas chapas a modo de candeleros de azófar, que dando una con otra por lo vacío y hueco hace un son que, si no muy agradable ni armónico, no descontenta y viene bien con la rusticidad de la gaita y del tamborín.” (Q2, 67)

Cervantes vuelve a mencionar, como instrumento pastoril en la Mancha, a la gaita zamorana, junto al conocidísimo rabel. Y a los albogues como un buen acompañante en el ritmo de esta gaita o zanfona.

Hoy es posible seguir contemplado este instrumento por la labor de constructores de instrumentos tradicionales como Luis Payno, que siguiendo dibujos y estampas antiguas los hacen renacer del olvido. Para apreciar el sonido de la gaita zamorana o zanfona, como la oían en tiempos de la escritura del Quijote en la Mancha y en muchas partes de España, se puede hacer en este enlace:

Hay quienes ven en la mención de la gaita zamorana en el Quijote, el aval para trasladar las aventuras de don Quijote de la Mancha a tierras leonesas o, más grave si cabe, calificar a Cervantes de ambiguo o impreciso en las descripciones del entorno físico y humano que hace en el texto, sin tener en cuenta que el invento literario cervantino, mezcla de bromas y veras, es ante todo verosímil para sus primeros lectores.

¡Dejémonos de gaitas y vayamos al grano del Quijote!

                                                       Luis Miguel Román Alhambra

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QUISICOSAS DEL QUIJOTE I

La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan se fundó en 2014. Tengo el honor de ser socio fundador  y su primer presidente durante cuatro años. Entre sus fines está «El fomento de la lectura de la obra de Cervantes, especialmente del Quijote, con particular orientación hacia la parte más joven de la sociedad.»

Leer el Quijote original en español, para entender muchas palabras antiguas sin uso actual, comporta tener que atender muchas notas al texto al pie de la página, donde el autor de la edición las explica brevemente. En una de las reuniones decidimos ir añadiendo unas publicaciones mínimas en nuestra página web, con el título de Quisicosas, que ayuden a los lectores del Quijote a interpretar mejor el texto cervantino, justificando nuestra iniciativa, como su título, así: «La Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, como conocedora del paisaje, poblaciones, caminos, tradiciones, flora y gastronomía, puede aportar muchísimo a la interpretación del Quijote por parte del lector corriente y moliente. Incluso contamos entre nosotros con editores de la obra cervantina, familiarizados con su estilo irónico, vocabulario y sintaxis, y también con el negocio editorial de la época. Las Quisicosas tratan de cualquier tema que tenga reflejo en el texto (compositivo, lingüístico, costumbrista, sintáctico, gastronómico…), y mejoran en amenidad y valor didáctico las notas a pie de página de las ediciones comerciales; y pues los socios de la SC somos los primeros clientes de las Quisicosas, su estilo no puede dejar de ser coloquial, y no exentas (cuando procede) de un ligero toque de humor: todo menos cansinas.»

He colaborado con algunas de ellas, que iré publicando en este blog, comenzando casi por el principio del Quijote, con una de las comidas que nuestro hidalgo manchego consumía los sábados: Duelos y Quebrantos.  Si bien en mi tierra es un plato típico conocido, quizás para el resto de España no lo es tanto, y qué decir del resto del mundo.

Todas estas notas al texto cervantino se pueden releer en: http://www.cervantesalcazar.com/quisicosas

LOS SÁBADOS, DUELOS

Y QUEBRANTOS

A diferencia de los libros de caballerías del siglo XVI, los héroes del Quijote comen y beben y hacen sus necesidades. Don Quijote come lo justo y Sancho Panza todo lo que puede… cuando tiene qué comer. Es al principio de la novela donde Cervantes nos describe el condumio semanal que en casa de don Quijote el ama cocinaba:

"Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.”

Si para un manchego los duelos y quebrantos no ofrecen duda alguna del tipo de plato que es y los ingredientes que son necesarios para su elaboración, para quienes no lo son el nombre no les aporta ninguna pista, solo les suena que en el Quijote se nombran. Es por lo que solo en ediciones en español se conserva este singular nombre, y en ediciones en otras lenguas (prácticamente en todas) esté traducido como «tortilla de huevos con tocino». Pero ¿realmente qué son los duelos y quebrantos? Antes de explicar qué son hoy en día, la primera definición que de este plato se conserva está en el primer Diccionario de la RAE, conocido como Diccionario de Autoridades (1732), y precisamente trae como ejemplo aquel párrafo del Quijote:

Hoy es un revuelto de huevos con tocino, chorizo y jamón. Y sí, en determinados lugares le añaden sesos de cordero, como en Tembleque (Toledo).

Ya; pero el misterio sigue. ¿Por qué se llama así este plato tan sencillo? Un vecino de Campo de Criptana explicó su significado al erudito y músico irlandés Walter Starkie en su viaje a pie que hizo por la Mancha en 1935:

¿Qué cenaré esta noche? ¿Por qué no duelos y quebrantos, siendo sábado?

–¿Usted sabe por qué lo llaman duelos y quebrantos? –me dijo una persona distinguida de la localidad.

–Supongo que se refiere a los desperdicios de la carne que son la comida del pobre.

–Ya se conoce que no es usted manchego, si no, no diría eso. Duelos y quebrantos son términos estrictamente manchegos. Los pastores aquí desempeñan un puesto de confianza cerca de sus amos y son responsables de cada oveja que está a su cuidado. Si muere una por accidente, el pastor la desuella y cura la carne con sal y ajo. Luego, el sábado, día de entregar la cuenta va a ver a su amo y le enseña la piel como prueba de que el cordero ha muerto. Entonces él se lleva la carne para cocerla en su casa. La pérdida del cordero es una pena (duelo) y un quebranto económico para el amo. He aquí la explicación.”

Probablemente aquel plato de pastores sería un revuelto de huevos con los sesos de la oveja o cabra recién muerta, ya que esta parte no se podía conservar, y lo consumirían ese mismo día en pleno campo. Todo a cuenta del duelo y quebranto del amo.

Con menos valedores, hay otra hipótesis relacionada con las creencias religiosas de árabes y judíos convertidos al cristianismo en la España del siglo XV y XVI: los cristianos viejos de esta parte de la Mancha (donde nunca ha faltado picardía) invitaban a comer un revuelto de tocino a los cristianos nuevos, y lo hacían muy a sabiendas de que para muchos de los nuevos (que nunca renunciaron a su fe verdadera) era un duelo y un quebranto el tener que comer un plato con cerdo: animal impuro para ellos.

                              Luis Miguel Román Alhambra

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