“EN CADA TIERRA SU USO”

dQ y Rocinante_Vierge

          “—Señor —respondió Sancho—, en cada tierra su uso: quizá se usa aquí en el Toboso edificar en callejuelas los palacios y edificios grandes; y así, suplico a vuesa merced me deje buscar por estas calles o callejuelas que se me ofrecen: podría ser que en algún rincón topase con ese alcázar, que le vea yo comido de perros, que así nos trae corridos y asendereados.” dQ2, 9.

          “En cada tierra su uso”. Cuando se analiza el Quijote a hay quienes lo interpretan sin tener en cuenta el uso y significado que de las palabras se hace en cada territorio, e incluso entre localidades muy cercanas. Para poner un ejemplo significativo del uso de una palabra en español con significados distintos en la frase que la contiene según la lea un español o un mexicano bien puede valer “cogió” en estas dos frases del Primer Quijote: “…que, según él puso los pies en polvorosa y cogió las de Villadiego…”, y “… más el barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote”.

          “En cada tierra su uso”. Pero en esto de interpretar o analizar el Quijote hay quienes desconociendo el uso del lenguaje o intencionadamente para “acercar el ascua a su sardina” han utilizado el texto del Quijote para intentar sembrar dudas sobre la cercanía de El Toboso con el lugar de don Quijote, según Cervantes “tan cerca” uno del otro.

          Me refiero a la tercera salida de don Quijote y Sancho Panza de su pueblo hacia El Toboso. Una vez decidido que irían al lugar de Dulcinea antes de continuar su camino hacia Zaragoza “… al anochecer, sin que nadie lo viese sino el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron en camino del Toboso”. Salen de su pueblo casi entrando la noche de un mes de abril, en el que la noche y el día casi tienen la misma duración. Cuando el bachiller Sansón Carrasco se despide de ellos, volviéndose al pueblo, don Quijote y Sancho “tomaron la de la gran ciudad del Toboso” dQ2, 7.

          Y entramos aquí en el capítulo VIII de la Segunda Parte, “Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote yendo a ver a su señora Dulcinea del Toboso”. El narrador, Cervantes, tiene aquí cuidado en indicarnos que el camino que ahora llevan no es el mismo que el tomado las dos anteriores salidas: “persuádeles que se les olviden las pasadas caballerías del ingenioso hidalgo y pongan los ojos en las que están por venir, que desde agora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los campos de Montiel”.

          Al poco de haberse quedados solos en el camino le dice don Quijote a Sancho: “-Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar y con más escuridad de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso, adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y allí tomar la bendición y buena licencia de la sin par Dulcinea”

          Ya es casi noche cerrada en la Mancha y don Quijote la observa como un obstáculo para poder llegar a El Toboso “con el día”, al amanecer. Su cálculo e intención es claro, caminar toda la noche, 10 o 12 horas, para entrar en El Toboso en las primeras horas del día siguiente. No dice explícitamente que se parasen a pasar la noche, pero tenemos que tener en cuenta que cuando Cervantes quiere que la aventura se siga desarrollando por la noche lo indica explícitamente, como por ejemplo:

           “Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse, si no fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó don Quijote contento sobremodo, y esperaba el día por ver si en el camino topaba ya desencantada a Dulcinea su señora; y siguiendo su camino no topaba mujer ninguna que no iba a reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo por infalible no poder mentir las promesas de Merlín”. dQ2, 72

          Sancho no contradice a don Quijote en la estimación de tiempo a emplear, ni en la contrariedad de la poca luz que la luna aporta al camino, al contrario, asiente las afirmaciones de don Quijote con un “Yo así lo creo”. El narrador nos cuenta, durante casi todo este capítulo VIII, las distintas conversaciones que durante la noche y el día siguiente tienen amo y escudero. Terminando el capítulo con el siguiente párrafo:

          “En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le pesó a don Quijote. En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a don Quijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa de Dulcinea, ni en su vida la había visto, como no la había visto su señor; de modo que el uno por verla y el otro por no haberla visto estaban alborotados, y no imaginaba Sancho qué había de hacer cuando su dueño le enviase al Toboso. Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la ciudad entrada la noche, y en tanto que la hora se llegaba se quedaron entre unas encinas que cerca del Toboso estaban, y llegado el determinado punto entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan”

          Don Quijote y Sancho pasan la noche a poco más de media legua de su pueblo, al dejarlos Sansón Carrasco, hablando entre ellos, emprendiendo el camino al alba del día siguiente, al amanecer, siguiendo entre ellos “estas y otras semejantes pláticas” hasta el final del día que ven El Toboso. El mismo tiempo que pensaba tardar por la noche don Quijote, lo tardan por el día del día siguiente al que salieron. La jornada de unas 10 a 12 horas por la noche la realizan por el día, llegando “al anochecer”.

          “En cada tierra su uso”. Este pasaje es meridianamente claro para un español y manchego como yo. La distancia que separa el lugar de don Quijote y Sancho con el de Dulcinea, El Toboso, es de una jornada a caballo aproximadamente, de noche o de día.

          Cervantes quiere dar a las aventuras de don Quijote una credibilidad en el espacio, o escenario escogido, y en el tiempo, incluso con las historias, novelas, cuentos o anécdotas que tenía escritas y que acopla al guion de la novela quijotesca. Sus lectores, los del siglo XVII, conocen como él que una jornada a caballo es de unas 8 a 10 horas y que se recorre en estos caminos llanos de la Mancha, como en cualquier otro camino llano del mundo, una media de una legua por hora, aproximadamente 6 Km. También, Cervantes, quiere ralentizar el tempo de la acción, su héroe es viejo, “Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años”, y con casi cincuenta años, en aquella época, un hombre estaba en el final de su vida, y era muy delgado, “seco de carnes”, por lo que no podía subirlo en un caballo normal, y le busca un caballo acorde a sus facultades físicas y su imagen: Rocinante. Su viejo caballo, delgado como él, que “tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela…”. A la condición de caballo viejo, Cervantes, para transmitir una imagen casi penosa del héroe manchego, lo sube a horcajadas sobre un caballo inválido por la enfermedad equina de los “cuartos” y desde ese momento sus traslados por los caminos se ralentizan provocando así nuevas aventuras. Si por los caminos podía cruzarse con viajeros, como los mercaderes toledanos, con este genial recurso cualquier caballería alcanzaría en el camino al bueno de Rocinante. Así, por ejemplo, el Caballero del Verde Gabán o los asistentes a la boda de Camacho y Quiteria, le alcanzan y la aventura comienza siguiendo el mismo camino y dirección, aunque pidiendo siempre don Quijote que sus caballerías se amolden al paso cansino de Rocinante. ¿Cuánto más lento caminaba Rocinante? Cervantes quiere que ande la mitad, así le es fácil ajustar las aventuras a un espacio real durante toda la obra. Incluso nos detalla esta velocidad o condición física de Rocinante que ha empleado en toda la novela, es durante su combate en las playas de Barcelona con el Caballero de la Blanca Luna. El espacio que separa a ambos caballeros al inicio del combate es recorrido “dos tercios” por el caballo de la Blanca Luna y un tercio por Rocinante, justo la mitad, en el momento del derribo de don Quijote:

          “Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al Visorrey la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo; el cual encomendándose al Cielo de todo corazón y a su Dulcinea, como tenía de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían, tornó a tomar otro poco más del campo, porque vio que su contrario hacía lo mesmo, y sin tocar trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter, volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y como era más ligero el de la Blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza —que la levantó, al parecer, de propósito—, que dio con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída” dQ2, 64.

            Volviendo a la distancia que separa los lugares de Dulcinea y don Quijote y la tardanza en cubrirla por don Quijote y Sancho. Rocinante en una jornada de noche o de día, 8 a 10 horas de camino, podía recorrer entre 4 y 5 leguas, la mitad que un caballo normal, entre 25 y 30 kilómetros. Esta es la distancia que separa ambos lugares.

            Pero, como en tiempos de don Quijote “andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan, y las vuelven según su gusto y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos”, y para justificar sus afirmaciones amoldan el texto cervantino a su antojo y libre albedrío. Por ejemplo, pero no es el único, para justificar que Villanueva de los Infantes es el lugar de don Quijote, el “equipo multidisciplinar” dirigidos por el señor Parra Luna publican en 2005 El enigma resuelto del Quijote, y en la página 105 podemos leer: “En consecuencia, y en una primera estimación parece quedar claramente establecido por Cervantes que tardaron en llegar una noche completa y dos días, …”, basándose en que el narrador dice “En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran ciudad del Toboso…” después de “En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese”. Según estos señores don Quijote y Sancho, que conocen el camino, tenían intención de llegar a El Toboso una noche completa, tardan en llegar esa oscura noche, da igual que los animales se asustasen, el día siguiente, hablando entre ellos todo el tiempo y por fin les dan un descanso, ¡menos mal!, y vuelven a caminar otra jornada más, pero esta ya sin hablar entre ellos, no tenían ya de qué hablar. Lógicamente esta interpretación no se lo cree nadie, solo ellos y unos cuantos más que en sus trabajos sobre el Quijote quieren tergiversar el texto a su antojo.

          “En cada tierra su uso”. Parece que incluso los españoles damos distinta interpretación a las mismas palabras, pero no es así solo es el interés. Cualquiera en la época de Cervantes, con los medios de transporte existentes (a caballo, mula, burro o a pie) que fueron a quienes estaba destinada esta novela, entendió, sin releer el texto dos veces, que estaban estos lugares cervantinos “tan cerca” uno del otro como para tardar en llegar una jornada del flaco Rocinante, la de aquella noche, si la oscuridad le hubiese dejado caminar, o de día como realmente llegó a ser al día siguiente.

                                                                                          Luis Miguel Román Alhambra

 

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LA MANCHA VISTA POR ESQUIVEL

CAP 1. ERMITA DE SANTA ANA (EL TOBOSO)

Estado actual de la ermita            El Maestro Esquivel, cuando recibe el encargo del rey para “que anduviese por todos estos sus reinos mirando por vista de ojos todos los lugares”, tiene los mayores conocimientos matemáticos y cartográficos que en Europa existían en la mitad del siglo XVI. Construye para este trabajo una dioptra para medir ángulos horizontales, un gran limbo horizontal de madera graduado en 360º, similar a la que dibujó en 1550 Juan Rojas Sarmiento en su Commentariorum in Astrolabium, aunque la podemos imaginar aún más grande porque necesitaba, según las crónicas, una mula para su transporte.

medicion de angulos            El limbo estaba dividido en cuatro cuadrantes con puntos de origen que coincidían con los puntos cardinales: Septentrión (Norte), Meridiana (Sur), Oriente (Este) y Poniente (Oeste). Según podemos deducir de las anotaciones cada cuadrante lo dividió en dos partes de 45º y desde cada punto de origen a cada medio cuadrante lo dividió y numeró de 0º a 45º. Sobre el eje del limbo situó una aliada de pínulas, un visor. Para realizar la medida había que situar el instrumento en un punto, nivelarlo y orientarlo, haciendo coincidir el Septentrión del instrumento con el norte magnético por medio de una brújula. Dirigiendo el visor hacia un punto significativo, normalmente cerros cercanos o a las torres de las iglesias de los lugares visibles, Esquivel anotaba en su libreta de campo los grados de declinación con en punto de origen obtenido en la observación.

detalle de los papeles de esquivel-latitud-longitud-lugares            Para situar muchos lugares principales, en latitud y longitud exacta, Esquivel utiliza un astrolabio. Estos lugares serán los puntos fijos en el mapa desde donde trazar las líneas obtenidas en sus observaciones acimutales, y de esta manera triangularía todo el terreno, situando exactamente en un mapa cada uno de los lugares y puntos singulares como nunca hasta ese momento se había hecho en España.

            Con este voluminoso instrumento, además de brújulas, astrolabios y cuadrantes, sube a la torre de la iglesia de San Antón de El Toboso desde la cual divisa hacia el sur un cerro del que destaca una construcción perfectamente visible, es la ermita de Santa Ana. Para situarla orienta el instrumento y toma el ángulo que marca el visor anotando “… questa del Tovoso del md. Alpo. 3 gr. l ½.”. A 3º desde el sur hacia el oeste está el siguiente punto hacia donde se dirigirá con todo su equipo.

Torre de la iglesia El Toboso_camino            Cuatrocientos sesenta años después hago el mismo camino que el Maestro Esquivel hizo desde El Toboso. Salgo de la villa de Dulcinea por el Camino del Lugar Nuevo (Argamasilla de Alba). Durante un tiempo recorro parte del Tramo 1, De Toledo a San Clemente por El Toboso y Belmonte, de la mal planificada y peor gestionada RUTA DE DON QUIJOTE, inaugurada por la JJCC de Castilla-La Mancha en 2005 a bombo y platillo, y catalogada como Itinerario Cultural Europeo, hasta que por su deterioro y falta de mantenimiento a los pocos años fue retirada vergonzosamente de tan distinguida lista.

camino a santa ana            La ermita está siempre a nuestra vista y no es necesario ningún tipo mapa, solo hay que ir hacia ella, nos atrae como un imán. A medio kilómetro de llegar ya es visible el estado de total abandono. El Maestro Esquivel la tuvo que ver en su esplendor. Una construcción con planta de cruz latina de estilo renacentista, de gruesos muros de piedra y sillares en las esquinas, cubierta de teja árabe, sin duda le llamaría la atención en esta parte de la Mancha y tan apartada de El Toboso. La misma imagen de ella la guardó en su retina Miguel de Cervantes, ya que desde el camino que une El Toboso y Argamasilla de Alba, su visión es compañera de viaje durante muchos kilómetros.

Desconozco su propiedad, privada o pública, pero es lamentable su estado y los signos evidentes de haber sido expoliada. Hoy, entre sus piedras, entiendo por qué está en la Lista Roja del Patrimonio en peligro, elaborada por Hispania Nostra. Aún quedan dos arcos en pie, pero si nadie lo remedia estos caerán y con ellos buena parte de sus muros.

            Lo que sigue siendo fascinante es el paisaje de la Mancha desde este altozano de poco más de cuarenta metros de altura. Merece la pena subir a este pequeño cerro para contemplar 360º de horizonte manchego totalmente plano, el mismo horizonte que vio el Maestro Esquivel mientras montaba, nivelaba y dirigía su visor hacia los muchos lugares que desde aquí es posible divisar.

Detalle papeles desde santa ana            En el folio 211 de Los papeles de Esquivel están las anotaciones de las visualizaciones que desde este cerro se anotaron en 1555: Pedro Muñoz, Socuéllamos, Las Mesas, Mota del Cuervo, el castillo de Puebla de Almenara, Villanueva de Alcardete, Quintanar de la Orden, Miguel Esteban, La Puebla de Almuradiel, La Puebla [Villa] de Don Fadrique, Villacañas, la ermita de San Antón de Lillo y Villarrobledo. Un guía local le acompañó hasta este cerro y le indicó la dirección y nombre de los lugares que desde allí se llegaban a ver, que como podemos comprobar hay algunos a mucha distancia de este cerro, como Villarrobledo a 40 kilómetros.

Puebla Almuradiel_quintana

El Toboso-Mota

pedro muñoz

Virgen de Criptana

miguel esteban

            Estoy en la Mancha más cervantina, entre los cuatro lugares nombrados en el Quijote: Tembleque, Quintanar de la Orden, Argamasilla de Alba y Puerto Lápice, a un paso de El Toboso y de los molinos de viento de Campo de Criptana. Hoy el color de la Mancha, es verde y amarillo. Verde por las viñas que están terminando de madurar sus frutos y amarillo por los campos de cereal recién segados. Algún toque ocre desvela un peazo de tierra en barbecho. Dentro de unos meses estos colores serán otros muy distintos, no así su horizonte que seguirá siendo completamente plano, increíblemente plano. Este es el escenario principal del Quijote.

            Bajo de este suave altillo manchego y en pocos minutos llego a Alcázar de San Juan, el Alcázar de Consuegra que conoció el Maestro Esquivel, el Corazón de la Mancha de hoy. ¡Que privilegio tengo de vivir en esta comarca cervantina! Mi siguiente lugar, desde el que miraré el paisaje manchego, será al que el propio Esquivel se dirigió después de dejar esta ermita de Santa Ana de El Toboso en 1555, “a una puente questa en Zancara questa del Campo de Critana…”. “Una puente”, sí, en femenino, es la puente de San Benito, en Campo de Criptana.

                                                                                   Luis Miguel Román Alhambra

 

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LA MANCHA VISTA POR ESQUIVEL

                                                         A MODO DE PRÓLOGO

Detalle de Los Ppeles de Esquivel

          La imagen de la Mancha se percibe mucho mejor desde cualquiera de sus cerros y altillos. Durante dos años he ido añadiendo en este blog imágenes de una parte de ella vista desde los cerros San Antón (Alcázar de San Juan) y Montón de Trigo (Campo de Criptana). El primer domingo de cada mes subía a ellos y hacía una toma fotográfica hacia un mismo punto fijo, con el que habéis podido apreciar los distintos colores que la inmensa llanura de la Mancha dispone según la estación del año.

          Ahora comienzo un nuevo proyecto, similar a los anteriores pero muy itinerante. Recorreré la Mancha de cerro en cerro, de la misma manera que en la mitad del siglo XVI lo hizo Pedro de Esquivel, en su intento de hacer el primer mapa matemático de España.

           Las imágenes serán distintas a como él las vio, pero no la perspectiva física del terreno que sigue tal y como él la apreció y anotó. Alguna de estas mismas imágenes las pudo ver también Miguel de Cervantes en sus viajes y estancias por la Mancha y, al final casi de su azarosa vida, utilizarlas como escenario de las aventuras del ingenioso hidalgo manchego.

            El Maestro Esquivel, como se le conocía, no pasó por aquí por casualidad, lo hizo por encargo personal del rey Felipe II para emprender el tercer gran proyecto cartográfico puesto en marcha en el siglo XVI, y disponer de un mapa de España fiel a la realidad del territorio, pero, como los dos anteriores, quedó en el olvido a su muerte, o al menos eso parece.

Atlas Menor_Mercator           “Ya la comedia es un mapa, donde con un dedo distante verás a Londres y a Roma, a Valladolid y a Gante”, escribía Cervantes en El rufián dichoso. En tiempos de la escritura del Quijote un mapa era “… la tabla, lienço, o papel donde fe defcrive la tierra univerfal”, como lo definía Cobarruvias en su diccionario de 1611. Con más claridad lo hace el primer diccionario de la Real Academia Española, conocido como de Autoridades:

           Mapa: La descripción geográphica de la tierra, que regularmente fe hace en papel ò lienzo, en que fe ponen los lugares, mares, rios, montañas, y otras cofas notables, con las distancias proporcionadas, fegun el pitipié que fe elige, feñalando los grados de longitud y latitúd que ocupa el País que se describe, para conocimiento del parage ò lugar que cada cofa deftas ocupa en la tierra.

            Desde antiguo, el hombre ha querido conocer los territorios donde vivía, marcar sus límites y pertenencias, y conocer donde se encontraba en sus viajes y el rumbo a seguir. Y esto ha sido posible a través de las descripciones que de los territorios han hecho los geógrafos y cartógrafos, representándolos en un modelo a escala con correspondencia matemática entre la superficie terrestre y el mapa.

            España en el siglo XVI era un conjunto de reinos, condados, principados, ducados y señoríos, independientes entre sí, que reconocían a un rey que establecía, con sus consejeros, la política general. Pero el rey solo dominaba directamente la mitad del territorio, estando en manos de los grandes linajes la propiedad de amplias posesiones, por lo que necesitaba conocer todos los territorios, sus ciudades, caminos principales, puentes, puertos, accidentes geográficos, etc. a una escala manejable, pero con suficiente detalle. En este siglo hubo tres proyectos cartográficos desarrollados en España, por cartógrafos españoles, con la intención de hacer el mapa de ella, pero no fueron nunca acabados, o eso se cree. Es posible que se terminasen e incluso que hubiese otros mapas, pero el secretismo de los reyes y consejeros en ocultar sus posesiones, por el valor estratégico y militar, y la falta de grabadores e impresores especializados en España, que llevasen a la estampa los dibujos de los cartógrafos, ha hecho que no dispongamos hoy de ninguno. Estos tres grandes proyectos españoles del siglo XVI son: la Descripción y Cosmografía de Hernando Colón, el Atlas de El Escorial y el Mapa de Esquivel.

            El proyecto de Hernando Colón (1488-1539), hijo de Cristóbal Colón, descubridor de América, es conocido como los Itinerarios de Hernando Colón. Con sólo catorce años acompaña a su padre en el cuarto viaje al Nuevo Mundo. Al conocerse que el joven Hernando contaba con una asignación económica alta, se cree que realizaba en el viaje algún tipo de trabajo cartográfico, una de sus pasiones durante toda su vida. Carlos I, y su interés por conocer el alcance de sus dominios, y su buen gobierno, encarga a Hernando Colón realizar una descripción de España y el dibujo de ese mapa. Los trabajos de recopilación de datos, redacción y memoria, se realizan entre 1517 y 1523, cuando, sin estar terminados, el rey paraliza el proyecto.

            Poco ha llegado hasta nuestros días de este proyecto, pero sí el procedimiento de cómo debían de obtenerse y registrarse los datos por los comisionados en las expediciones a las distintas partes de España, y cómo se situarían y dibujarían las ciudades y lugares finalmente en el mapa. Se utilizaría para las ciudades y villas más importantes las coordenadas conocidas en la Tabla de la diversidad de los días y horas, y partes de hora en las ciudades, villas y lugares de España, de Antonio de Nebrija, publicada en 1517, y alrededor de ellas se posicionarían el resto de lugares por distancias y dirección a ellas. Estos datos debían de ser recopilados in situ por los comisionados en los viajes asignados. Las distancias se determinaban por las contestaciones de vecinos o autoridades de los lugares visitados, o por la propia experiencia en el viaje del comisionado, pero no se anotaban ángulos ni se hacían observaciones astronómicas nuevas, por lo que el mapa carecería, en su inmensa parte, de rigor matemático alguno.

Hernando Colon.

          El proyecto de Colón ha terminado y sus datos abandonados para siempre. Se describen unos 1300 lugares con el nombre del lugar, número de vecinos, el tipo de jurisdicción a la que pertenece y la distancia a los lugares cercanos, con alguna descripción notable.

           Hasta hace muy pocos años no se sabía nada del segundo gran proyecto cartográfico español, el conocido como el Atlas de El Escorial. Es una colección de veintiún mapas doblados a la mitad, encuadernados en un solo tomo, con un primer mapa general de la Península Ibérica y veinte mapas a una escala mayor. No tiene fecha, ni nombre del autor, pero investigadores expertos en cartografía han llegado a la conclusión de que este mapa manuscrito encontrado en la Real Biblioteca de El Escorial se comenzó a dibujar alrededor del 1538 y su autor fue Alonso de Santa Cruz (1505-1567). Nacido en Sevilla, en un ambiente relacionado con la navegación y las nuevas expediciones, el año 1526 se embarca en la expedición al Río de la Plata dirigida por Sebastián Caboto, donde adquiere gran experiencia astronómica y cartográfica. A su vuelta comienza a intentar resolver cómo establecer bien el rumbo en los viajes por mar, uno de los problemas más importantes para los pilotos, e inventa y construye instrumentos para la observación astronómica desde los navíos. El rey Carlos I le encarga “hacer la descripción general de la Geografía de España”, utilizando sus nuevos instrumentos con los que obtenía una mayor precisión en las coordenadas que las obtenidas hasta entonces. En una carta enviada al rey le describe que tiene cosas de geografía hechas, entre las que se encuentra “una de España del tamaño de un gran repostero donde están puestos todas las ciudades, villas y lugares, montes y ríos que en ella hay”. Un repostero de la época era un tapiz con el que se decoraban los balcones o entradas de las casas con el escudo de armas de la familia bordado o pintado en él, y el Atlas desplegado corresponde a una superficie de más de cuatro metros cuadrados, similar a un repostero.

            El mapa general incorpora una retícula numerada, que identifica la hoja que corresponde a esa parte de la Península entre las siguientes hojas numeradas. Este mapa general no tiene escala, ni cartela, y están reflejadas las poblaciones más importantes, otras de segundo orden, sistemas montañosos y los ríos más importantes, con correcciones, por lo que se supone que era un mapa aún en construcción. Este mapa se dibuja con los datos de las otras veinte hojas, que son las que muestran realmente el valiosísimo trabajo cartográfico realizado por Santa Cruz, utilizando dos escalas gráficas en leguas grandes y en comunes para poder ser interpretado en la mayoría de los territorios y usuarios. El historiador Geoffrey Parker lo describe así: “… el Atlas de El Escorial contiene, con mucho, los mayores mapas del momento basados en una medición detallada del terreno. Ningún otro estado importante del siglo XVI poseía nada semejante”. ¿Se conoció este trabajo fuera de las manos de Santa Cruz?, posiblemente, no.

            Santa Cruz era un cartógrafo elegido por el Carlos I. Cuando el rey se retira definitivamente a Yuste, en 1556, dejando a su hijo Felipe como nuevo rey de España, Alonso de Santa Cruz no es de la confianza del nuevo rey que ya contaba con cartógrafos y matemáticos. Felipe II lo nombra Cosmógrafo Mayor de la Casa de la Contratación de Sevilla, con el objeto de alejarlo de sus cartógrafos, al no estar de acuerdo con el método de trabajo seguido. El Atlas queda en el olvido en una estantería de la Biblioteca Real, hasta que a finales del siglo XX vuelve a ver la luz. El día 18 de septiembre de 2008 me encuentro en la Biblioteca de El Escorial buscando mapas antiguos de España, cuando el archivero responsable de la sala pone en mis manos un pequeño tomo encuadernado en piel, afirmándome que era un mapa muy poco conocido, aunque desde unos años atrás era muy consultado, era este gran trabajo cartográfico, que tuve el privilegio de fotografiar íntegro.

Atlas de El Escorial

          Felipe II, en sus viajes por sus posesiones europeas aún siendo príncipe, conocía como en sus universidades se ideaban y construían nuevos instrumentos topográficos y de observación astronómica, procedimientos para medir distancias y ángulos, el mejor uso de la escala y nuevas proyecciones de la esfera al plano, y sabía del gran prestigio y conocimientos de Pedro de Esquivel, que conocía la nueva forma de triangulación geodésica del terreno creada principalmente por Frisius y Apiano. El entonces príncipe Felipe le nombra ya su matemático y cosmógrafo de palacio y le encarga un nuevo proyecto cartográfico, el mejor mapa de España jamás dibujado para el gobierno, administración, defensa y conocimiento de su territorio.

            Pedro de Esquivel había nacido en Alcalá de Henares, en una fecha hoy desconocida de principios del siglo XVI. Estudia en su universidad, es alumno del astrólogo Pedro Sánchez Ciruelo y llega a ser catedrático de Matemáticas en 1549 y de Teología en 1550 de la misma institución complutense. Con instrumentos mucho más precisos que los de Santa Cruz, una nueva metodología en el trabajo de campo, empleo de proyecciones, cálculo de distancias por triangulación matemática, situaba con mucha precisión cualquier detalle geográfico, como nunca se había hecho en España. Con su método e instrumentos diseñados y fabricados por él, un topógrafo, ayudantes y caballerías para transportar los pesados y voluminosos instrumentos recorre España tomando medidas y notas muy precisas de su geografía física. Pero tiene muchas dificultades de financiación, ya que mantenía muy mala relación personal con el secretario del rey, Francisco de Eraso, que le negaba o dilataba en lo posible los pagos, por lo que el proyecto se dilataba en el tiempo, hasta que se produce la muerte del Maestro Esquivel en 1570. El proyecto lo continúa uno de sus colaboradores y discípulo suyo, Diego de Guevara, pero muere muy pronto, también sin terminarlo. Los instrumentos, documentos con los trabajos y anotaciones de Esquivel pasan a manos de Juan de Herrera por orden del rey para su custodia, hasta terminar en las de Juan Bautista Labaña, pero tampoco terminó el trabajo iniciado por Esquivel y continuado por Guevara, también por la mala financiación económica que percibía el proyecto, si es que llegaba algo de dinero, y porque tanto Esquivel como Guevara no dejaron escrito el procedimiento de medida seguido, como anotó Ambrosio de Morales (1513-1591) en el Discurso general de las Antigüedades:

            Este invento queda tan perdido como si nunca se hubiera hallado con la muerte de Don Diego de Guevara; porque el Maestro Esquivel nunca escribió sola una letra de él; y con habérselo comunicado, y declarado á Don Diego y á su padre, lo tenia por sabido y continuado. Y muerto Don Diego, no queda hombre vivo que lo sepa.

            Y hasta aquí llega este tercer gran proyecto cartográfico español del siglo XVI, con solo sus notas de campo, ni rastro de croquis o borradores de mapas, porque con la muerte de Labaña, el proyecto se paraliza finalmente y empieza a difuminarse en manos de unos y otros, que no supieron o pudieron seguir el procedimiento marcado por Esquivel, hasta el punto que hoy, estas minutas, forman un tomo de más de ochocientas folios en las estanterías de la Biblioteca Nacional de Suecia.

Medida del espacio. Apiano

         Sí, en la Biblioteca Nacional de Suecia están Los papeles de Esquivel. Cómo llegan las notas de campo a Estocolmo está directamente relacionado con la desidia y desinterés español por conservar nuestro patrimonio, o el ánimo de lucro de algunos funcionarios, además de otros incidentes que parecen estar sacados de una novela. Después de pasar por manos de cartógrafos, los papeles llegan a las del Conde Duque de Olivares, valido del rey Felipe IV, y tras su muerte en 1645 toda su biblioteca se vende o se dona por su viuda, que no mostraba ningún interés en ella. Solo dos años después muere su viuda y papeles y manuscritos antiguos pasan por herencia a Luis de Haro, un sobrino del Conde Duque, y de este a su hijo Gaspar de Haro, marqués del Carpio y de Eliche. Gaspar de Haro sí reconocía el verdadero valor de los papeles de Esquivel, como el de otros muchos mapas y trabajos cartográficos que abarrotaban la biblioteca de su casa en la calle Mayor de Madrid. Tenía altas aspiraciones en la corte y sabía de la importancia de los documentos cartográficos como recurso para la buena gestión del territorio. Como le pasó a su tío-abuelo, el Conde Duque de Olivares, al morir en 1687 su mujer e hijas pusieron a la venta directa la valiosa biblioteca, haciendo a su antojo lotes que subastaban o vendían al mejor postor que por allí pasaba. Uno de estos perspicaces compradores fue el diplomático sueco Juan Gabriel Sparwenfeld que enterándose de la venta de documentos manuscritos antiguos compra en 1690 varias cajas de valiosísimos documentos, incluso de secretos de estado, y una libreta manuscrita con muchos nombres de lugares y notas, esta libreta contenía Los papeles de Esquivel, que adquiere por tan solo 6 reales. Después de un incendio en el Palacio Real de Suecia, donde los depositó para su revisión y catalogación, y en el que se perdió gran parte de la inestimable documentación española, Sparwenfeld dona en 1705 los documentos salvados a la Biblioteca Real de Estocolmo y a la Biblioteca de Upsala.

Medicion de angulos horizontales

         Muchos de los datos aquí expuestos están recogidos del impresionante trabajo Los Grandes Proyectos Nacionales en el siglo XVI de Antonio Crespo, editado por el Centro Nacional de Información Geográfica. En él detalla que el lugar actual donde se encuentran Los papeles de Esquivel es en la Biblioteca Real de Suecia (Kungliga Bibliotek), en Estocolmo, con signatura M.163, y cómo no se tiene ninguna noticia de ellos hasta principios del siglo XX. Siendo casi al final de este siglo cuando el profesor Rodolfo Núñez de las Cuevas los microfilma y estudia en España, llegando a la conclusión de que son del puño y letra del Maestro Esquivel al compararlos con una carta manuscrita enviada por el cosmógrafo al rey Felipe II.

            ¿Pasó el Maestro Esquivel por la Mancha?, me preguntaba mientras leía el trabajo de Crespo. La libreta conservada contiene más de ochocientos folios, con más de 8.000 núcleos de población descritos, ríos, montañas, cerros… por lo que seguro que sí. Solo queda ir hasta la biblioteca o buscar su descarga digitalizada, pero lamentablemente aún no lo están.

            En contacto con los responsables de la Biblioteca Real de Estocolmo (Kungliga Bibliotek) me indican que la signatura está disponible solo para su consulta en la sala, y que por la poca demanda de este documento no está prevista su digitalización, aunque me pueden hacer una reproducción EOD, que les encargo. Es abril de 2018 y Los papeles de Esquivel, anotando lugares, cerros, puentes, ríos… de la Mancha, pocos años antes de que Cervantes también la recorriera y la describiese en el Quijote, están en Alcázar de San Juan, en el Corazón de la Mancha.

Portada de Los papeles

          En la portada o primera página Sparwenfelt anota que lo compra en “Madrid a 30 de mayo de 1690” y el precio que pagó “a 6 reales”, de la librería del marqués del Carpio. Parece que los adquiere creyendo que son manuscritos de Juan Bautista Labaña, geógrafo del rey Felipe III, pero después de descubrirse su existencia en Estocolmo y estudiarse por geógrafos españoles, aunque contienen notas de Guevara y Labaña, la autoría de la obra corresponde a Esquivel.

            Con estos papeles iré zigzagueando la Mancha, de cerro en cerro, de altillo en altillo, tal y como lo hizo el Maestro Esquivel. En las Hojas del MTN (Mapa Topográfico Nacional) marcaré las medidas angulares y las distancias anotadas hace cuatro siglos y medio, y tomaré imágenes hacia los mismos puntos que Esquivel dirigió sus novedosos instrumentos. Sin duda alguna veré la Mancha que vio el maestro geógrafo y que pocos años después vio Cervantes. Poco después estarán en este blog, para que desde cualquier lugar del mundo podáis contemplar la misma imagen del paisaje manchego.

            Voy a comenzar mi ruta en El Toboso. No es el primer punto de la Mancha en el que trabaja Esquivel, pero ¿se puede empezar un trabajo tan quijotesco como este desde un lugar mejor que el de Dulcinea? Dejando atrás la torre de su iglesia, en la que también el Maestro Esquivel estuvo trabajando, y por el mismo camino que su guía local le llevó, saldré de El Toboso y llegaré a un cerro en el que está la ermita de Santa Ana, o lo que queda hoy de ella.

                                                                                     Luis Miguel Román Alhambra

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LA LEGUA ESPAÑOLA

MEDIDA DE DISTANCIA CONTADO EL TIEMPO

            Hace unos días debatía con unos amigos cervantinos, quijotescos los defino, como yo, la magnitud de la legua en metros. Peliagudo asunto que sigue dando multitud de versiones, como leguas había en tiempos de Cervantes. Mi opinión que les daba sobre esta antigua medida de distancias, usada en el Quijote para describir espacios o distancias recorridas por don Quijote y Sancho, es que estaba relacionada directamente con una medida de tiempo: la hora. Tanto que para un viajero, a pie o a caballo al paso, una hora de camino equivalía a una legua de distancia, o al revés.

medida por pies            La velocidad es una magnitud física que refleja el espacio recorrido por un cuerpo en una unidad de tiempo. En el Sistema Métrico Internacional su unidad es el metro por segundo (m/seg), siendo un múltiplo de esta unidad el kilómetro por hora (Km/h). Si una persona recorre un kilómetro en una hora se dice que anda a una velocidad de un kilómetro por hora, si recorre seis kilómetros en esa misma hora y lo hace en tiempos de la escritura del Quijote habrá recorrido aproximadamente una legua. Caminar a paso normal en caminos más o menos llanos, como los manchegos, es recorrer alrededor de una legua en una hora, lo mismo que si lo hacemos más cómodamente a horcajadas sobre un caballo a su paso. Por lo tanto, caminando a paso normal o sobre un caballo al paso, para saber el camino recorrido no es necesario disponer de una cinta métrica, odómetro o un telémetro, simplemente necesitamos un reloj, y en tiempos de Cervantes saber calcular las horas por el Sol o las estrellas.

            Tuve que recurrir a resumir este capítulo de mi futura guía, que aquí también dejo para vosotros, lectores cervantinos y quijotescos, caminantes cervantinos:

Medida de caminos en el Quijote

            En España, la distancia entre dos puntos o lugares se medía principalmente en leguas hasta que se adoptó el Sistema Métrico Decimal por la Ley de Pesos y Medidas de 1849, aunque la población no tuvo obligación de uso hasta 1868. Si bien la legua, como las demás medidas antiguas, se estuvo utilizando durante gran parte del siglo XX.

            En leguas estaban reseñadas las distancias en los itinerarios de caminos que ya estaban en uso en tiempos de Cervantes, como el Reportorio de todos los caminos de Pedro Juan de Villuga publicado en 1546 o el similar de Alonso de Meneses en 1576.

            En el Quijote las distancias están definidas en leguas y millas:

            Guardábala su tío con mucho recato y con mucho encerramiento; pero, con todo esto, la fama de su mucha hermosura se estendió de manera que así por ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores dellos, era rogado, solicitado e importunado su tío se la diese por mujer. (I, 12)

            Y habiendo andado como dos millas descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. (I, 4)

            ¿Cuántos metros medía una legua en España? Aunque parezca hoy sorprendente la legua tenía varias denominaciones, y longitudes, distintas según el uso y el lugar donde se utilizase. Podemos encontrarnos en textos y documentos leguas legales, comunes, geográficas, grandes, pequeñas, de camino, de cuesta (arriba y abajo), etc. En nuestro camino, siguiendo los pasos de Rocinante, nos interesa conocer la legua como medida de caminos, su equivalencia en metros, para poder así cuantificar el espacio recorrido por don Quijote y Sancho Panza en sus aventuras según la descripción que hace Cervantes, buen conocedor de los caminos manchegos y de esta magnitud, la legua.

COSMOGRAFIA DE CHAVES            La legua geográfica es la más exacta, al determinar los cosmógrafos y cartógrafos del siglo XVI que en un grado de la circunferencia mayor de la Tierra, el Ecuador, contiene 17 ½ leguas de España. Así la estima Alonso de Chaves en su Cosmographía compuesta en torno a 1537, cuantificando en 6.300 leguas esta circunferencia máxima terrestre. Si el Ecuador mide 40.075 km, un grado (111,319 km) contiene 17 ½ leguas de 6.361 metros cada una.

            Pedro de Esquivel en sus trabajos geográficos y cartográficos realizados alrededor de 1550 optó por la legua común o vulgar de cuatro millas, de 6.666 varas castellanas, o lo que es lo mismo de 5.572 metros. El geógrafo y cartógrafo Tomás López en su Principios Geográficos aplicados al uso de los mapas, de 1795, señala que según afirmaba Ambrosio Morales:

           … el Maestro Esquivel le informó, que desde el umbral de la puerta de los Mártyres de Alcalá, hasta la pared del pequeño meson del lugar de Canaleja (que hoy está despoblado), había una legua tan justa, de las que comprenhendian 4 millas, que podía servir de medida para todas las leguas de España, por ser este terreno muy llano y á propósito para una base.

            El Consejo Real tenía su propia legua con fines exclusivamente jurídicos y políticos, denominada legua legal con una longitud de tres millas o 4.179 metros. Esta legua legal era usada principalmente en deslindes y mediciones administrativas oficiales.

     Y los viajeros planificaban sus jornadas con la legua de hora de camino, de 20 leguas al grado, estimada como la distancia que una persona a pie o a caballo, al paso, recorría en una hora, por tanto 5.566 metros.

            El uso, a veces por conveniencia, de varias denominaciones y medidas de la legua provocaba enfrentamientos y disputas entre reinos, lugares y vecinos. Para resolver este problema, Felipe II dicta la Pragmática de la Legua, en 1587, que establecía a la legua común o vulgar, de cuatro millas o 6.666 varas castellanas, como la oficial, aunque esta no fue muy bien admitida en algunos territorios fuera de Castilla, siguiéndose usando ilegalmente las antiguas. La legua geográfica quedó exclusivamente para la navegación y la confección de las Cartas de marear.

            En la ejecución de mapas, los cartógrafos al servicio del rey, lógicamente usaban la legua oficial, la legua común. La situación geográfica precisa de ciudades y villas importantes se conocía a través de observaciones astronómicas, y las distancias entre estas y lugares o accidentes del terreno (ríos, picos, etc.) o infraestructuras importantes (puentes, embarcaderos, etc.) eran aportadas en leguas por los exploradores a su cargo, en las campañas recorriendo y documentando los territorios encomendados. Estos, con mejor o peor precisión, apuntaban en sus cuadernos de minutas las cantidades que los vecinos, o representantes locales consultados, les indicaban, siendo estas distancias siempre aproximadas.

            También podemos comprobar en las Relaciones Topográficas de Felipe II como los vecinos seleccionados en cada lugar describían los lugares más cercanos al suyo y las distancias que los separaban utilizando la legua como unidad de distancia. Un ejemplo, los vecinos de Campo de Criptana declaran que:

             El primer pueblo hacia do sale el sol es la villa de Pedro Muñoz dos leguas de esta villa derechamente hacia do sale el sol, que es puestos la cara al sol al medio día a la mano izquierda y camino llano y buenas dos leguas.

             El primer pueblo que hay al poniente desde la villa esta del Campo de Criptana es Alcázar de la orden de San Juan, está derechamente al poniente en tiempo de los días pequeños; que hay una legua común desde esta villa a Alcázar.

            La distancia real por camino entre Campo de Criptana y estos lugares nombrados es:

Pedro Muñoz: 15.600 m. (2,8 leguas comunes)

Alcázar de San Juan: 7.300 m. (1,3 leguas comunes)

            En otras contestaciones en las Relaciones Topográficas podemos leer leguas cortas, grandes y pequeñas, siendo su única división la media legua, siempre sobre la legua común de cuatro millas. Para distancias entre la media legua y la legua se empleaba comúnmente la legua pequeña y para distancias entre la legua y la legua y media el término usado era la de legua grande o buena legua.

            Sin embargo, en el diccionario compuesto por Sebastián de Cobarruvias en 1611, siendo capellán del rey Felipe III, define la legua como el “espacio de camino que contiene en sí tres millas”. Y de la milla dice que “es un espacio de camino, que contiene en sí mil pasos, y tres millas hacen una legua”, por lo que para Cobarrubias la legua española era todavía la legua legal de tres millas, de 4.179 m. El problema seguía existiendo, estando en vigor la Pragmática de la Legua desde hacía más de veinte años.

            La legua común (5.572 m.) es por tanto la utilizada en la medida de distancias en cartografía, siendo esta muy similar a la conocida como legua de hora de camino, de 20 leguas al grado, estimada como la distancia que una persona a pie o a caballo al paso recorría en una hora, 5.566 m., corrientemente utilizada por caminantes y viajeros.

            Como resumen, las leguas españolas conocidas por Cervantes son:

                          Legua geográfica, de 17 ½ al grado: 6.361 m.

                          Legua común, de 4 millas: 5.572 m.

                          Legua de hora de camino, de 20 al grado: 5.566 m.

                          Legua legal, de 3 millas: 4.179 m.

            En el primer diccionario de la Real Academia Española, conocido como Diccionario de Autoridades, en su tomo cuarto publicado en 1734, define la legua así: “Medida de tierra, cuya magnitud es mui varia entre las Naciones. De las léguas Españolas entran diez y fiete y media en un grado de círculo máximo de la tierra, y cada una es lo que regularmente fe anda en una hora”. En el siglo XVIII se define la legua de España como la de 17 ½ leguas por grado (6.361 m.), de cuatro millas, siendo esta la distancia que se anda en una hora. Una legua geográfica de 6.361 m. se equipara a una legua de hora camino en el siglo XVIII, cuando un siglo antes esta legua de hora de camino estaba establecida en 5.566 m., similar a la legua común, de 5.572 m. ¿Se andaba a pie o a caballo más deprisa en el siglo XVIII que en el XVII? La respuesta es sencilla, no. En esta definición hay un dato exacto de la legua española de “diez y fiete y media en un grado de círculo máximo de la tierra”, 6.361 m., y un dato aproximado, o estimado, para esta misma legua, “lo que regularmente fe anda en una hora”.

medida a caballo

         Los viajeros en el siglo XVI y XVII planificaban sus viajes por jornadas, teniendo en cuenta el tipo de terreno y las distancias entre lugares, para llegar a descansar en sus mesones o entre las ventas que jalonaban los caminos. En un camino llano, como son la mayoría de Mancha, sabían que podían recorrer aproximadamente una legua en una hora, tanto a pie como a caballo al paso. Y las jornadas medias estaban entre ocho y diez horas, aunque hay documentos en los que se reseñan jornadas de doce y catorce horas, por necesidades del viajero.

           Con la ayuda de Esteban y Oleo II, su caballo de raza española, en un camino manchego comprobamos que en una mañana de primavera Oleo II recorre una media de 6.100 m. en una hora, los mismo que hago yo andando detrás de él a pie con un odómetro. Más que la distancia de una legua común (5.572 m.) y menos que una legua geográfica (6,361 m.), pero muy aproximado a la media de ambas, 5.966 m., seis kilómetros por hora. Para nuestro viaje por los caminos de la Mancha esta es la distancia aproximada que tendremos en cuenta para seguir el texto cervantino, leguas de seis kilómetros, como distancia de camino a recorrer en una hora.

            Podemos así establecer que los viajeros y vecinos coetáneos a Cervantes entendían la legua como una medida de tiempo, más que como una medida de longitud, muy difícil de hacer con los recursos existentes ordinariamente en aquella época. Hoy esto es también muy común cuando se pregunta ¿a cuánto está un destino?, muchas veces la respuesta no es en distancia, es en tiempo, en horas. Por ejemplo, si preguntamos a un alumno: ¿A cuánto está tú Universidad?, podemos obtener una respuesta así: “A media hora andando”, o “a media hora en Metro o en bus”. No es habitual la respuesta en distancia, aunque disponemos de sistemas de información geográfica muy precisa, sino sencillamente en el tiempo que se tarda en llegar. ¡Poco o nada se ha cambiado en esto en cuatro siglos!, seguimos valorando magnitudes de distancias por el tiempo que tardamos en cubrirlas.

              La milla, era poco usada como medida de caminos, y como la legua también tenía varias denominaciones y longitudes, de 1.666, 1.481, 1.393 metros, siendo la milla de 1.393 metros la utilizada en España como parte de la legua legal de tres millas y la legua común de cuatro millas. Como en una legua común entraban cuatro millas, estas las contemplaremos de aproximadamente 1,5 km., un cuarto de hora de viaje.

 

                                                                                 Luis Miguel Román Alhambra

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EL ESPACIO REAL DEL QUIJOTE

LA MANCHA QUE CONOCIÓ CERVANTES

         La interpretación del Quijote ha dado, y seguirá dando, para miles de folios. Una obra clásica, actual para el hombre de la sociedad presente, es cuestionada por algunos autores “encantadores” que ponen en duda la verisimilitud del espacio geográfico principal por donde transitan sus personajes: la Mancha. Hay quienes ponen en tela de juicio que el paisaje descrito corresponda explícitamente a la Mancha, por mucho que se nombre en la obra, comparando su imagen a cualquier parte de Castilla o incluso de León. Otros “encantadores” cambian a su antojo los límites de este espacio geográfico a unas pocas villas, alrededor de Mota del Cuervo, que durante un tiempo formaron el territorio santiaguista del Común de la Mancha, o quienes integran en la Mancha lugares que en tiempos de Cervantes no eran manchegos, como por ejemplo el lugar cervantino, pero no quijotesco, de Esquivias. Incluso otros, sin ruborizarse, doblan y cortan los mapas para que Villanueva de los Infantes esté cerca de El Toboso y a un paso de los molinos de viento de Campo de Criptana, o que el conocido camino de Toledo a Murcia pase por la plaza de su pueblo, aunque esta se encuentre a decenas de kilómetros del camino murciano.

         Cervantes describe el paisaje desde su visión subjetiva, tal y como en ese momento de su vida ha percibido la imagen del paisaje manchego y con estilo literario propio se lo dibuja a sus lectores. Cervantes no escribe para los lectores del siglo XXI, lo hace para los del siglo XVII, sus lectores coetáneos. Unos pocos de aquellos primeros lectores reconocieron el paisaje manchego del Quijote porque habían transitado por la Mancha o vivían en ella, y la gran mayoría, con la simple lectura, fueron capaces de ubicar en un mapa de España el espacio de las aventuras, aunque no habían estado nunca en la Mancha o en España, como los primeros lectores cervantinos en América, hasta donde llegaron ejemplares de las primeras ediciones como libros de entretenimiento, casi al mismo tiempo que en las librerías españolas.

         La novela moderna, desde que Cervantes escribe el Quijote, tanto si es real como de ficción se apoya en un espacio geográfico preciso, no necesariamente nombrado explícitamente en el texto, pudiendo el lector reconocerlo con más o menos facilidad. Tampoco es necesario haber estado físicamente en el territorio nombrado, simplemente consultando un mapa o cualquier recurso de información geográfica se puede recorrer el espacio narrado. Por ejemplo, como aclaración a lo anterior, ¿es necesario ser de Colombia, o haber estado necesariamente en ella, para reconocer los lugares descritos por Gabriel García Márquez en sus novelas? ¡La misma respuesta que acabas de dar es válida con la Mancha del Quijote descrita por Cervantes! Quizás, dentro de cuatro siglos algunos lectores o autores “encantadores” pondrán también en duda el recurso literario-geográfico de García Márquez, hoy no nos cabe la menor duda.

        CAPITULO_XXII          Sobre la Mancha, la que conoce Cervantes y describe haciéndola patria de don Quijote, hace varios meses publiqué en este blog parte del capítulo La Mancha del Quijote que incluiré en mi próximo trabajo en papel, que pueden volver a leerlo en este enlace:

  https://alcazarlugardedonquijote.wordpress.com/2018/08/24/la-mancha-del-quijote-una-tierra-de-conveniencia-incluso-hoy

          Afirmaba que la Mancha en tiempos de la escritura del Quijote no tenía límites administrativos, judiciales o eclesiásticos, era simplemente un territorio natural, un espacio de sentimiento, de sentirse o no manchego, de conveniencia. Así queda meridianamente claro en las respuestas que los vecinos de los lugares de esta parte de Castilla dieron a las preguntas dispuestas por el rey Felipe II en sus Relaciones Topográficas de 1575.

         Como sigo leyendo y oyendo ambigüedades geográficas de los más variopinto creo que con otro documento más, muy poco conocido e inédito en el mundo cervantino, quede aún más claro los límites o bordes geográficos de la Mancha que conoció y describió Cervantes, no otros a conveniencia de “encantadores” actuales.

         Es notorio que Cervantes utiliza en la narración del Quijote hechos históricos. Uno de ellos es la expulsión de los moriscos de España, especialmente en el capítulo LIV y LXIII de la Segunda Parte donde aparece la figura y hechos de Ricote el morisco, tendero del lugar de don Quijote y Sancho. El primer bando de expulsión de los moriscos se dicta el 9 de diciembre de 1609, para Murcia y parte de Andalucía, y el 10 de julio de 1610 se firma el bando para las dos Castillas, Extremadura y la Mancha, fechas entre los dos Quijotes. De los lugares y la cantidad de personas obligadas a marcharse por la fuerza de sus casas, el historiador y cronista oficial de la orden carmelita fray Marcos de Guadalajara y Javier (1560-1631), contemporáneo de Miguel de Cervantes, publica en 1614, ¡un año antes del segundo Quijote!, Prodición y destierro de los Moriscos de Castilla, hasta el Valle de Ricote, dedicado al entonces príncipe Felipe IV. En este tratado se describe los pasos que se siguieron al bando de expulsión de los moriscos que “habitan en los Reynos de Caftilla Vieja y Nueva, Eftremadura, y la Mancha”.

LA_MANCHA_LISTA             El documento incluye cuatro listas: Castilla la Vieja, Reino de Toledo, en el que incluye a Ciudad Real y parte del Campo de Calatrava, la Mancha y Extremadura. En la Lista de la Mancha describe los partidos que la integran, y las familias y personas moriscas expulsadas de cada uno de ellos. En total son expulsadas de la Mancha ocho mil trescientas cuarenta personas. La Mancha, como refleja este documento realizado en tiempos de la publicación de los dos Quijotes, tenía sus límites por el norte con el Tajo, hasta Sierra Morena por el sur, y al oeste la villa de Almadén hasta Chinchilla y Albacete por el este.

         El Campo de Montiel, que también es definido y marcado fuera de la Mancha por algunos de estos “encantadores”, es una parte de la Mancha que conoció Cervantes. Como advertimos en la Lista de la Mancha, de los partidos de Villanueva de los Infantes, Cózar, Montiel, Villanueva de la Fuente, Membrilla y La Solana se expulsan un total de 2.108 personas.

pedro de medina

Los mapas realizados por los cartógrafos, al servicio de la monarquía española, Pedro de Medina (1566) y Pedro Texeira (1634) tampoco dejan lugar a dudas, como complemento al documento histórico anterior. La Mancha es un inmenso territorio castellano, entre el Tajo y Sierra Morena, Extremadura y Murcia, como es ya precisamente cartografiado por el portugués Texeira.

pedro teixeira           Entre el dibujo de ambos mapas Cervantes escribe y publica los dos Quijotes (1605-1615) y Las Novelas Ejemplares (1613). En la novela ejemplar de La Gitanilla, el autor del Quijote nos describe la extensión de la Mancha cuando en su viaje, Preciosa, tiene que atravesarla desde Extremadura hasta llegar al reino de Murcia:

         “Esto contó la gitana vieja, y esto dio por excusa para no ir a Sevilla. Los gitanos, que ya sabían de Andrés Caballero que el mozo traía dineros en cantidad, con facilidad le acogieron en su compañía y se ofrecieron de guardarle y encubrirle todo el tiempo que él quisiese, y determinaron de torcer el camino a mano izquierda y entrarse en la Mancha y en el reino de Murcia […] Dejaron, pues, a Extremadura y entráronse en la Mancha, y poco a poco fueron caminando al reino de Murcia.”

LA MANCHA_MADOZ

         Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España, de 1845, confirmaba estos límites manchegos conocidos históricamente, que algunos “encantadores” actuales siguen poniendo en duda, o modificándolos a su antojo:

         “… el terr. llamado Mancha, abraza indudablemente el país, generalmente llano, raso y árido, contenido desde los montes de Toledo á los estribos occidentales de la sierra de Cuenca, y desde la Alcarria hasta Sierra-morena; entrando en esta comprensión, lo que se llama mesa de Ocaña y del Quintanar, los part. de Belmonte y San Clemente, los terr. de la orden de Santiago, San Juan y Calatrava, y toda la sierra de Alcaráz; sus confines al N. son el Tajo, y la parte llamada propiamente Castilla la Nueva; E. los reinos de Valencia y Murcia; S. los de Córdoba y Jaen; O. las prov. de Estremadura, estendiéndose 53 leg. de E. á O. y 33 de N. á S”.

            Mapas y documentos coetáneos a los dos Quijotes, como este documento, Prodición y destierro de los Moriscos de Castilla, hasta el Valle de Ricote, publicado en 1614 entre Las Novelas Ejemplares (1613) y el segundo Quijote (1615), demuestran evidentemente los bordes o límites del espacio geográfico que Cervantes conoció y utilizó para el escenario de sus obras, especialmente del Quijote, pero aún “… andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan, y les vuelven según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos” (1, 25), como ya advertía don Quijote a Sancho Panza.                                           

                                                                        Luis Miguel Román Alhambra

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EL ROTO DE PARRA

 

foto dq y sp villanueva

         En la lengua de Cervantes, la que usamos habitualmente más de quinientos millones de personas en el mundo, una letra cambia el significado completo de una palabra. Este es el caso de “reto” y “roto”.

         -Reto: “Objetivo o empeño difícil de llevar a cabo, y que constituye por ello un estímulo y un desafío para quien lo afronta”

         -Roto: “Desgarrón en la ropa, en un tejido, etc.”

         Hace unos días ha aparecido en prensa, radio y televisión una noticia que ha podido llamar a la atención a quienes sigan este blog o estén alrededor del mundo cervantino o quijotesco, en la que el sociólogo Francisco Parra Luna ofrece 5.000 € a quien le demuestre que su hipótesis “Villanueva de los Infantes es el Lugar de don Quijote” no es correcta. Además, afirma que cada año irá subiendo esta cantidad hasta llegar a los 25.000 €.

         Ya hace algunos meses que desde el CILMEQ (Centro Internacional Lugar de La Mancha de Estudios sobre el Quijote) fundado y dirigido por él mismo, publicó las bases del premio:

         “El Centro Internacional “Lugar de la Mancha” recompensará con 5.000 euros a quien demuestre que don Quijote no partió de Villanueva de los Infantes”

         ¡No es una noticia falsa, aunque bien parece una broma!

         En verano de 2014, durante un encuentro de cervantistas celebrado en Villanueva de los Infantes, programado y dirigido por el señor Parra, “retó a los invitados a desmontar punto por punto los doce hechos verificables que cimentan que Villanueva de los Infantes es el lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes” (Diario Lanza, 6-julio-2014)

         Acepté el reto y lo publiqué en este blog, al que pueden acceder y leer en su totalidad en este enlace o en la pestaña “El Reto de Parra Luna” en la página de inicio del blog:

https://alcazarlugardedonquijote.wordpress.com/el-reto-de-parra-luna/

         Este humilde blog quijotesco, más que cervantino, visitado ya más de 190.000 veces desde todo el mundo no es visitado por el señor Parra, por lo que no creo que lo haya podido leer, o sí. Si lo hubiese hecho quizá no habría destinado esta institución este dinero para este nuevo reto, más mediático que otra cosa, y lo habría empleado en múltiples actividades cervantinas, ¡5.000 euros dan para mucho en actividades culturales!

         En el año 2014 eran doce las variables, o hechos verificables, a contestar, ahora son dieciséis, dentro de dos o tres años serán veinte, o quién sabe. Es notoria la falta de interés que esta hipótesis ha tenido en el mundo cervantino y ahora nos sale con una nueva ocurrencia para intentar coser el roto de aquel reto, con el único fin de seguir delante de cámaras, micrófonos y mesas, tratando de mantener vivo una noticia que aireó a bombo y platillo en diciembre de 2004 ante las inminentes celebraciones de la publicación de la Primera Parte del Quijote. Hipótesis que no se sostiene, ni literaria ni geográficamente, como le demuestro.

         Dentro de unas semanas pondré aquí el resultado de este nuevo reto del señor Parra, que dirá, más o menos: “El premio ha quedado desierto, porque ninguno de los trabajos presentados ha demostrado que don Quijote no salió de Villanueva de los Infantes…” y continuará con el fallo inapelable de su “jurado” justificando la decisión, porque este es el único objetivo de este nuevo roto cervantino: ”… por lo que ha quedado demostrado que Villanueva es el lugar de don Quijote” Y hasta el año próximo que lo veremos desfilar por los medios aumentando el premio.

         Ocupado lector de mi blog, no pierdas mucho el tiempo en este roto cervantino. Simplemente entra en Google Maps y busca Villanueva de los Infantes, uno de los lugares más bonitos de la Mancha al que recomiendo ir sin falta, haz clic en botón derecho y clic en “medir distancias”, y con la regla mide los kilómetros que hay hasta:

         1º. El Toboso. Más de 85 km en línea recta para llegar en una noche de viaje como tenía previsto llegar don Quijote y Sancho: “Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar, y con más oscuridad de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso”. Ya conocemos todos que un caballo normal, no el flaco Rocinante, recorría en una jornada, diurna o nocturna si la luna lo permitía, entre 45 a 50 km. ¿Imposible, verdad? ¡Pero dejen doblar el mapa al señor Parra y verán!

         2º. Campo de Criptana. Unos 75 km separan Villanueva de los Infantes con el único lugar de la Mancha que contaba con más de treinta molinos de viento, hasta los que llega don Quijote al amanecer saliendo de su casa en mitad de una corta noche de verano. Pero alrededor de Villanueva de los Infantes no había un solo molino de viento. No busquen justificación en Para, sencillamente no la hay, su Quijote no tiene el capítulo VIII de la Primera Parte.

         3º. Tembleque. Más de 115 km hasta donde Sancho “había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque…”, cuando los pobres jornaleros manchegos iban por los pueblos cercanos a trabajar cuando en el suyo no había trabajo.

         4º …

         Lamento que este articulillo sea tan breve, y con cierta ironía cervantina, pero es que no da para más este reto o roto cervantino.

                                                                    Luis Miguel Román Alhambra

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CRÓNICAS DE VIAJES POR ALCÁZAR

LA MANCHA DE DON QUIJOTE         A la Mancha, hasta el siglo XIX, solo venían arrieros y trajinantes a vender los productos de otras tierras. Considerada por viajeros y funcionarios como tierra de paso necesario entre Castilla y Andalucía, en este siglo se trasforma en una tierra mítica, mágica, idealizada por el entusiasmo fervoroso de los viajeros románticos deseosos de recorrer, con el Quijote, la Mancha de don Quijote.

         A diferencia de los viajeros ilustrados que recorrieron Europa con intención formativa y científica, conocido como el Grand Tour, estos nuevos viajeros románticos viajan principalmente por placer estético y entretenimiento. Han leído el Quijote y como apasionados lectores quieren descubrir esos lugares y parajes que incluso Cervantes ni los ha mencionado en el texto. Y es el paisaje del Quijote el que los atrae a España y a la Mancha. Atrás queda la leyenda negra de país atrasado y peligroso, donde en cualquier parte del camino te podían asaltar e incluso matar. Cervantes ha descrito el paisaje de la Mancha con sus palabras, y como en cualquier novela, real o ficticia, saben que está apoyada en un espacio geográfico real. Ha pasado más de dos siglos y los caminos, parajes y lugares de la Mancha tienen casi la misma imagen de cómo los conoció Cervantes.

         Viajeros anónimos e ilustres vienen hasta aquí queriendo sentir en primera persona el escenario donde Cervantes enmarca las aventuras y el espíritu caballeresco del loco más sensato que ha existido jamás. De los anónimos no ha quedado registro de su paso, se llevaron en su retina las imágenes del paisaje de la Mancha, la luz y el horizonte, y la de los manchegos. Otros viajeros, en cambio, tomando como guía de viaje el Quijote, nos dejaron su particular visión de la patria de don Quijote en sus libros o crónicas de viaje. Todos han llegado a Alcázar de San Juan casi siempre de paso en su particular ruta. Su situación privilegiada en el centro de la Mancha y su espíritu hospitalario, hace de esta ciudad el nodo principal entre los caminos quijotescos que van o vienen de los molinos de Campo de Criptana y El Toboso. Sin embargo, la mayoría de los viajeros han sentido aquí, entre sus calles y plazas, el espíritu del Quijote que estaban buscando, y el de su autor. De la misma manera, entre sus vecinos, han creído reconocer a Alonsos y Sanchos, Barberos y Curas, Sansones y Sobrinas.

         En este artículo recordaré a algunos de estos viajeros, en orden cronológico, que han pasado y han dejado escrito el nombre de Alcázar de San Juan en sus libros y crónicas de viajes, y en sus dibujos, inmortalizando las imágenes de esta ciudad cervantina y quijotesca. Siglo y medio separa la primera crónica de la última.

         Aunque hay muchas más, especialmente en estos últimos años en los que han aparecido multitud de páginas web en las que sus autores viajeros, blogueros e influencers, nos han dejado también su paso por Alcázar de San Juan. Páginas enfocadas especialmente al turismo cultural relacionando paisaje y literatura, el paisaje literario, natural y rural, como objetivo principal del viaje. Han valorado muy positivamente la situación geográfica y de los recursos disponibles para hacer de Alcázar de San Juan el nodo principal, el origen, desde el cual poder visitar los espacios turísticos, urbanos y de naturaleza, tan unidos al Quijote, como El Toboso, Campo de Criptana, Argamasilla de Alba, Tembleque, Quintanar, Puerto Lápice, las Lagunas de Ruidera o la Cueva de Montesinos. Lugar desde donde el viajero puede organizar cada una de sus salidas, como lo hizo don Quijote en sus tres salidas de su pueblo, y dirigirse a contemplar y disfrutar de los recursos urbanos y naturales, materiales e inmateriales tan cercanos. Especialmente para sentir estos últimos, los inmateriales, el viajero actual, como el romántico, necesita datos útiles para viajar por la Mancha de don Quijote y tratar de sentir su espíritu en cualquier lugar o camino, a veces con su viejo Quijote en la mochila. De las simples estancias de la Fonda de La Cayetana y un ajo de patatas con bacalao del siglo XIX, ahora nos detallan una red de hoteles de diferentes categorías donde descansar, y multitud de bares y restaurantes donde apreciar la sublime gastronomía manchega. Pero también describen que esta pequeña ciudad o pueblo grande, como a mí me gusta definir a Alcázar de San Juan, transmite cervantismo a los viajeros que la visitan por tener un museo cervantino en sus calles e incluso hay quien dice haber visto entre sus vecinos a los mismos personajes del Quijote con ropas del siglo XXI. Esta apreciación subjetiva de viajeros, blogueros e influencers no ha cambiado en este último siglo y medio de crónicas de viajes por Alcázar de San Juan.

CAMINO DE ALCAZAR DE SAN JUAN

HANS CHRISTIAN ANDERSEN

          Hans Christian Andersen (1805-1875) nace en Odense, Dinamarca. Escritor de novela, poesía y teatro, la fama universal la consigue con la literatura infantil. Sus cuentos El patito feo, La sirenita, La reina de las nieves, El soldadito de plomo, El traje nuevo del emperador o La princesita y el guisante han sido traducidos a casi todas las lenguas del mundo, con infinidad de ediciones publicadas.

         En 1862 el escritor danés recorrió España durante cuatro meses. De su visita escribió I Spanien, publicado un año más tarde, y después se tituló Viaje por España. Desde Andalucía tiene que atravesar Sierra Morena, desde La Carolina a Santa Cruz de Mudela, a lomos de un caballo. Aún se estaba trabajando en la continuación de la línea ferroviaria a Andalucía hasta Córdoba, que estaba en servicio hasta San Cruz de Mudela. Él mismo cuenta que ve a “hombres barrenado la montaña de roca” para hacer el ferrocarril. Después de una larga mañana de difícil camino llega a Santa Cruz de Mudela. No parece que le agradó mucho el pueblo, y mucho menos la habitación donde tenían que pasar aquel día y la noche, que decide tomar el tren que estaba a punto de salir hacia Alcázar de San Juan, donde haría trasbordo, ese mismo día, a un tren procedente de Valencia con destino final a Madrid, justificando su marcha, “mil veces mejor, desmayarse y morirse de agotamiento en el vagón de un tren”, que quedarse allí.

         Hans Christian Andersen atraviesa la Mancha en tren, de sur a norte, y llega a Alcázar de San Juan. De nuevo un ilustre viajero en la estación del ferrocarril de Alcázar de San Juan. Y se va de nuestra ciudad pensando que podría haberse quedado y desde aquí ir al “cercano Toboso, famoso por la Dulcinea de don Quijote”, dejando en esta apreciación la misma sensación geográfica que dejó en el texto del Quijote su autor, “que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer” Nadie le había apercibido de esta circunstancia, aunque él si conocía la tradición cervantina de la ciudad como cuna de Cervantes.

         Alcázar de San Juan. Vista desde el patio de la estación de ferrocarril por Hans Christian Andersen:

          El tren salía en aquel instante, subimos al vagón, a la medianoche, tras diez horas de viaje llegaríamos a Madrid. Íbamos muy cómodos; resultaba reconfortante sentir la fragorosa velocidad del vehículo de la civilización, recobrar la sensación de volver al presente. La comarca era llana, sin variación alguna. En Alcázar de San Juan, un pueblo que compite con otros dos sobre el derecho a llamarse cuna de Cervantes, enlazamos con la vía férrea de Valencia-Madrid; tuvimos que esperar una eternidad la llegada del tren principal, que apareció mucho después de la puesta del sol. Nos sentamos mientras en el triste patio de la estación de ferrocarril a contemplar de lejos el antiguo pueblo, sus muchas torres de iglesia y sus grandes edificios; tenía un aspecto interesante; aquí podríamos haber pasado la noche, quizá, incluso hacer también una excursión al cercano Toboso, famoso por la Dulcinea de don Quijote; pero nadie nos había nombrado tal pueblo; la fonda de Santa Cruz de Mudela fue lo único que nos habían sabido recomendar a los viajeros. El ferrocarril es aún algo tan nuevo en España que, incluso en las ciudades grandes, si se encuentran muy apartadas de la línea de tren, no hay manera de conseguir información. La guía impresa: “El indicador de los caminos de hierro”, donde todos los trenes y estaciones están detalladamente registrados, es imposible obtenerla fuera de Madrid.

         La silueta de Alcázar de San Juan recortándose contra el llameante cielo crepuscular, en tanto nosotros salíamos de nuevo veloces, impulsados por la fuerza del vapor.

CAMPESINO VENDIENDO FRUTA

 AMOS DE ESCALANTE

          Amós de Escalante y Prieto (1831-1902) nace en Santander. Hombre muy culto, escribe tanto prosa como poesía. Fue académico correspondiente de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia Española, y fundador de la Escuela Lírica Montañesa. En 1863 realiza un viaje desde Madrid a Andalucía, dando como resultado su obra Del Manzanares al Darro. Como tantos y tantos viajeros utiliza para su viaje el tren, partiendo de la estación madrileña de Mediodía, donde coincide, aquella noche del 26 de marzo, con amigos suyos: “Castelar, el célebre orador, y Cruzada Villaamil, el infatigable y celoso amante de las artes y las glorias españolas”, con “Moret, el elocuente economista, y Martín, ingeniero de Minas, amigo leal de mi primera juventud”.

         Pasan por Aranjuez y “después del oasis, el desierto. Pasadas las umbrías espesas se entra en la manxa (tierra seca) de los árabes”. Es muy interesante apreciar como para Amós de Escalante la Mancha comienza después de Aranjuez y la Mancha de Don Quijote comienza pasado el lugar de Quero, “más allá de Quero”. Otro detalle geográfico cervantino que aporta en su crónica es cómo sitúa el Campo de Montiel pasado Alcázar de San Juan: “dentro de poco cruzaremos el campo de Montiel y llegaremos a Argamasilla de Alba”. Unos límites del Campo de Montiel muy distintos a los administrativos, pero muy similares a los descritos por Cervantes en el Quijote. Amós de Escalante interpreta la geografía del Quijote como los primeros lectores, allá por principios del siglo XVII, reconociendo que aquí, en esta parte de la Mancha, Cervantes esbozó los escenarios de las aventuras de don Quijote, no en su imaginación. ¡Y Cervantes, siempre el espíritu cervantino cuando se pasa por la estación de Alcázar!

         Explícitamente, Amos de Escalante, no reconoce al Miguel de Cervantes de aquí, pero en la juventud “de sus pocos años” deja su opinión implícita sobre el autor del Quijote. Escalante hace una de las descripciones más acertadas de Sancho y don Quijote, del hombre manchego: “El hombre rudo, llano, cuyo afán primero son las necesidades de la vida; positivo, pero lleno de sentido común, con el que juzga acertadamente a sus personajes, y el hombre que aspira al ideal engendrado por la fantasía ardiente y su corazón generoso, y, viéndolo todo a través de ese ideal, trae sobre sí el desacierto y la desventura”.

         La Mancha de don Quijote, según Amos de Escalante:

         Pasamos por Quero. Sus lagunas, de sombrío color, parecían inmensas planchas de acero; sus márgenes blanqueaban con la sal depositada por la evaporación, y parecían los marcos, sin dorar todavía, de aquellos espejos.

         Más allá de Quero principia la Mancha de Don Quijote. En aquel país yermo y triste nació la obra más peregrina del ingenio humano. ¿No es suficiente título al amor y al interés de los hombres? ¿No valen esa gloria y esa fama la fama y la gloria que pueden granjear a otra región cualquiera las bellezas que prodigó sobre ella la mano del Omnipresente?

         Cuando el sol inunda de limpia claridad los dilatados términos del horizonte se descubren a la derecha los célebres montes de Toledo; de ellos arrancan las sierras de Consuegra y Villarrubia, que corren hacia el Sur; a sus pies se alzan los molinos de Herencia; y, más lejos, su estribación postrera es Puerto Lápice, donde “se pueden meter las manos hasta los codos en esto que llaman las aventuras”, según decía el hidalgo a su escudero.

         A la izquierda se levantan las cimas de Montealegre y Almenara, sobre la antigua carretera de Valencia, lugares nombrados en la historia criminal de España, antes de la creación de la Guardia Civil.

         En medio de la desierta llanura, donde serpentea el misterioso Guadiana, hay un cerro cónico y aplanado, coronado de una ermita: es el Cristo de Villajos, imagen devota y muy venerada en el país. Al otro lado de ese cerro está El Toboso. Los molinos que bracean enfrente, explicando tan claramente la etimología de la palabra “aspavientos” son los del campo de Criptana, embestidos por el valeroso caballero en su segunda salida: dentro de poco cruzaremos el campo de Montiel y llegaremos a Argamasilla de Alba.

         ¡Oh vosotros, cuantos llegáis de día a estos lugares!; si fue el habla que os arrulló en la cuna al habla noble y sonora de Castilla; si esa habla fue la de vuestra madre y en ella aprendisteis a decir vuestra primera palabra y a rezar vuestra oración primera, ¿no es cierto que, al oír esos nombres, ha latido vuestro corazón apresuradamente y habéis sentido serpentear por las venas el estremecimiento frío de las grandes emociones?

         Tal es el prestigio del libro de Cervantes. La novela se ha hecho historia; los hijos de la fantasía han tomado ser humano, han vivido nuestra vida. Las huellas de esa vida buscamos en esos sitios que nos hablan de ellos; las señales de su paso, los recuerdos de sus hechos, los vestigios de sus nombres.

         Para conocer así los secretos de la existencia, para saber cómo las pasiones mueven y avasallan el corazón, ¡cuánto es preciso haber sentido, haber padecido! ¿Qué de dolor, qué de miseria, qué de flaquezas ajenas o propias revelan aquellas iluminadas y vivas páginas!

         Los altos pensamientos, el valor generoso, la agudeza de ingenio, la grandeza de ánimo estaban en Cervantes, era el fondo de su naturaleza moral; pero no fue en su imaginación, a pesar de lo portentosa, donde vio el original de tantas y tan variadas escenas como animan sus novelas. En su juventud agitada y aventurera, en su juventud vivida con la libertad y actividad hervorosa de aquel siglo y de sus pocos años, el gran poeta vio de cerca el mundo, y, penetrando sus más recónditos misterios, sin que su fealdad o su vileza le arredrasen, dejó bosquejados en su memoria los cuadros que luego había de concluir con tan valiente colorido.

         Así, la vida de Cervantes ofrece uno de los tipos más completos de la existencia humana; toda ella puede resumirse en la palabra “acción”, que resume y compendia la vida; que es, pudiéramos decir, la síntesis de ella. Acción guerrera en la juventud; acción en la cautividad, trabajo incesante y peligroso para romper su cautiverio; acción después para lograr un puesto que remediase su escasez; labor difícil, lenta y penosa, puesto que consistía en abrirse camino a través de ambiciones y conatos diversos, cuyo interés común era lograr lo mismo que él codiciaba; acción en fin, la postrera, pero la más gloriosa, la más fecunda; acción del alma recogiendo la experiencia y los desengaños de toda la vida, creando con ellos un mundo no de fantasmas, sino de hombres, y entre esos hombres dos tipos soberanos, inmortales, que compendian la sociedad.

         El hombre rudo, llano, cuyo afán primero son las necesidades de la vida; positivo, pero lleno de sentido común, con el que juzga acertadamente a sus personajes, y el hombre que aspira al ideal engendrado por la fantasía ardiente y su corazón generoso, y, viéndolo todo a través de ese ideal, trae sobre sí el desacierto y la desventura.

         ¡Qué tristeza en el libro de Cervantes! ¡Cómo rebosa la amargura en las aventuras del caballero, descaminado siempre por la hidalguía de sus sentimientos!

         Estábamos en Alcázar de San Juan. Castelar siguió su jornada a Alicante y Cartagena, donde debía pasar sus vacaciones universitarias. Nosotros tomamos el tren de Ciudad Real”

MUJER MIRANDO CALABAZAS

AUGUST F. JACCACI Y DANIEL URRABIETA VIERGE

         En 1896 se publica, en Nueva York, On the trail of Don Quixote, escrito por el editor y escritor francés, nacionalizado estadounidense, August F. Jaccaci e ilustrado por el español Daniel Urrabieta Vierge.

         Esther Bautista Naranjo, en Un americano en la Mancha tras las huellas de don Quijote, nos dice sobre Jaccai que: Su relato se sitúa a caballo entre la interpretación mítica del personaje, que se remonta a la herencia romántica, y una lectura realista de la obra, que Cervantes presenta como un documento histórico de principios del siglo XVI.”

         August Florian Jaccaci (1856-1930) nace en Fontainebleau, Francia. Se traslada a Estados Unidos, asentándose en Nueva York, y obtiene la nacionalidad estadounidense en 1888. Es considerado un auténtico esteta, dedicando toda su vida al arte como pintor, escritor y editor.

         Daniel Urrabieta Ortiz y Vierge (1851-1904) nace en Getafe. Un gran desconocido en España, en Francia consiguió un rotundo éxito, considerándolo el padre de la ilustración. Para mí, sin lugar a dudas, es el mejor ilustrador del Quijote, como se puede comprobar en la edición ilustrada de Salvat Editores S.A de 1916, al haber dibujado al natural el paisaje y paisanaje de la Mancha. Como decía su amigo y pintor ciudadrealeño Carlos Vázquez “a otorgado un sabor manchego a los dibujos”. Dibujos de Alcázar de San Juan, de Vierge, editados en la primera edición de On the trail of Don Quixote (1896) son los que ilustran este artículo, junto a los bocetos realizados a lápiz, acuarela y tinta china, conservados en la Hispanic Society of América, en Nueva York.

         El viaje de Jaccaci a la Mancha se produce en 1894. Escritor e ilustrador no hacen el viaje al mismo tiempo. Deben de tener consensuado el itinerario porque Vierge viaja por la Mancha un año antes que Jaccaci.

FACHADA DE FONDA ILUSTRACION 

         Alcázar de San Juan visto por Jaccaci, de la magnífica traducción de Esther Bautista Naranjo en Un Americano en la Mancha tras las huellas de don Quijote:

         Enseguida llegamos a Alcázar de San Juan, un pueblo con cierta importancia comercial ya que un tramo de la línea que va hacia el Levante se cruza aquí con el camino de Madrid a Sevilla. Naturalmente, Alcázar se vanagloria de su estación con bufet. Pero lejos de mi intención estaba comer en una mesa cubierta con un mantel que evidenciara mucho uso, saborear imitaciones españolas de los filetes ingleses o beber un supuesto vino de Burdeos en un vaso, en lugar de un negro y basto Valdepeñas de una bota o un porrón, y escuchar la posible conversación hispano-franca-inglesa de un camarero. Ya había suficiente color local en los alrededores de este bufet, símbolo de la civilización decimonónica que, como un hongo entre la hierba y las plantas de una pradera, se encontraba aislado entre unos alrededores anticuados y provinciales. Nos asomamos desde la torre del ayuntamiento, descansamos y desayunamos rápido en la fonda, cuya monumental fachada daba a una gran plaza, la del mercado, donde se desarrollaba un divertido espectáculo bajo la atenta mirada de un empleado municipal que llevaba una escobilla. En los breves intervalos entre su intercambio de cumplidos y cotilleos con los transeúntes hacía como si barriera el suelo con una pose tan distinguida y con movimientos tan comedidos como correspondía a un noble, si Dios llegara a encomendar a un aristócrata una labor tan humilde. La hora del mercado ya había terminado, pero aún quedaban unos cuantos hortelanos con la esperanza de poner a la venta la mercancía que habían extendido sobre el polvo de las aceras. Voceaban y cantaban las virtudes de cada una de sus frutas y verduras, haciendo extraños cumplidos a cada ama que aparecía en escena. Unas veces se burlaban unos de otros; otras, se quejaban a la providencia por su mala suerte, pregonando todo con voces fuertes y provocando, con espíritu alegre, discretas risas. Había también algunas mozuelas agraciadas entre ellos, con vestidos de muchos colores. A una de ellas le compramos nuestra provisión de fruta: –Vaya usted con Dios–, me dijo al irme. Después, me llamó y añadió: –Caballero, cuando llegue usted a su casa le dice a su esposa que las mujeres de Alcázar son bien parecidas. Buenas en el negocio, en el amor y, mire, ¡sólo aman una vez!

         Sentado en el portalón de la posada -la mayor que hasta entonces había visto- me pude hacer una idea de los que lugares como la Venta de Cárdenas o la de Quesada debieron ser antiguamente. A pesar de la inevitable suciedad y dejadez, esta posada tenía un inconfundible aspecto de prosperidad. La jovial posadera y sus ayudantes se movían afanosamente. Frente a nosotros unas sirvientas cosían, remendaban sábanas y tejían ropajes para a ayudar a su señor. El bufón sólo se ocupaba de barrer el suelo, seguido por una camarada que lo regaba todo el día. El ama, grande y recia, con la cara igual que un senador romano, recorría el lugar a zancadas, manteniéndose atenta a los detalles y dando órdenes con una voz que resonaba como un toque de corneta. El amo, con un manojo de llaves colgando del cinturón, se ocupaba de llenar las botellas de vino, matar las aves y cortar la carne. Al cuidado de la cocina trabajaban delante de nosotros dos viejas brujas que alternativamente desaparecían y volvían a aparecer entre el humo de la chimenea. El ama, a pesar de su gordura, andaba por aquí, por allá, y estaba en todas partes a la vez. A menudo surgía detrás de ellas inesperadamente, moviendo las ollas, probando la comida, añadiendo ingredientes y reprendiendo a las brujas con el más noble estilo alzando la voz, ese órgano tan magnífico que antes hemos mencionado. Sin embargo, el verdadero soberano de esta fonda era un niño mimado, de apenas tres años, espabilado e insolente, el benjamín de esta gran familia. Mantenía ocupada a su criada especial, una apuesta joven que llevaba una falda naranja, medias rojas y zapatos negros (¡oh, qué lujo!), y parecía indefensa cuando se sonrojaba y lanzaba miradas asustadizas hacia el ama a cada nueva evidencia del espíritu travieso del pequeño pícaro.

         Al dejar Alcázar de San Juan y su fonda lejos de nuestra vista ya no eran más que uno de los recuerdos de mi viaje añadido a los demás, un nítido negativo imborrable en la cámara de mi cerebro.

         Todos los alcazareños hemos reconocido la figura del ama de la fonda: ¡La Cayetana!

RINCON DEL PATIO DE LA FONDA

JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ, AZORÍN

         José Martínez Ruiz, conocido por el seudónimo de Azorín, (1873-1967) nace en Monóvar. Periodista y escritor, antes de escribir estos quince artículos había trabajado como redactor o colaborador en más de treinta periódicos y revistas. En 1905 entra a trabajar en el periódico El Imparcial, dirigido por José Ortega Munilla, hijo del filósofo José Ortega y Gasset. Llegó a ocupar el sillón P de la Real Academia Española, desde 1924 hasta su muerte.

          Dos meses antes de la celebración del tercer centenario de la publicación de la Primera Parte del Quijote, aparecían en el periódico El Imparcial de Madrid una serie de quince artículos con el título de LA RUTA DE DON QUIJOTE, firmados por José Martínez Ruiz, Azorín. El joven periodista fue enviado por José Ortega Munilla, director del periódico, a la Mancha para que siguiese los caminos y lugares reales que hizo el hidalgo manchego en la ficción de Cervantes.

          Aunque Azorín sigue en sus artículos publicados el orden que Ortega Munilla le marca, “Va usted primero, naturalmente a Argamasilla de Alba”, describiendo como llega en tren a la estación de Argamasilla, la actual Cinco Casas, muchos años después el mismo Azorín confiesa que realmente no llegó en tren a Cinco Casas, sino que en Madrid subió en un tren y se bajó en Alcázar de San Juan, desde donde realmente inició La Ruta de don Quijote. En el periódico La Prensa de Buenos Aires, el 7 de abril de 1935, lo publicó en su artículo Las Rutas Literarias:

          En cuanto a la ruta de Don Quijote, recordamos de ella muchos lances e incidentes. Lo más típico de este itinerario son los lugares de la Mancha. Y allí, en la Mancha, están Argamasilla de Alba o Lugar Nuevo, y el Toboso, y Criptana, y Alcázar de San Juan, y Puerto Lápice. Hicimos nosotros esta ruta en 1905, con motivo del centenario de la primera parte del “Quijote“. En Alcázar de San Juan alquilamos un carrito; no había entonces automóviles; si los hubiera habido, no nos hubiesen servido; los caminos no los permiten. En un carrito que guiaba un antiguo repostero que vivió y trabajó en Madrid, hicimos todo el viaje por pueblos y aldeas de la Mancha. Salimos de Alcázar de San Juan, fuimos a Argamasilla; visitamos las lagunas de Ruidera; penetramos en la cueva de Montesinos; nos detuvimos en la posada de Puerto Lápice, donde el célebre manchego veló las armas; contemplamos los molinos de viento en Criptana; hicimos una larga estación en el Toboso…”

          Con el éxito recogido por los artículos publicados, meses después se editan todos juntos en La Ruta de don Quijote. El último de sus artículos con el título La exaltación española, publicado el 25 de marzo de 1905, describe sus sensaciones paseando por las calles y plazas de Alcázar de San Juan:

          Quiero echar la llave, en la capital geográfica de la Mancha, a mis correrías. ¿Habrá otro pueblo, aparte éste, más castizo, más manchego, más típico, donde más íntimamente se comprenda y se sienta la alucinación de estas campiñas rasas, el vivir doloroso y resignado de estos buenos labriegos, la monotonía y la desesperación de las horas que pasan y pasan lentas, eternas, en un ambiente de tristeza, de soledad y de inacción? Las calles son anchas, espaciosas, desmesuradas; las casas son bajas, de un color grisáceo, terroso, cárdeno; mientras escribo estas líneas, el cielo está anubarrado, plomizo; sopla, ruge, brama un vendaval furioso, helado; por las anchas vías desiertas vuelan impetuosas polvaredas; oigo que unas campanas tocan con toques desgarrados, plañideros, a lo lejos; a penas si de tarde en tarde transcurre por las calles un labriego enfundado en su traje pardo, o una mujer vestida de negro, con las ropas a la cabeza, asomando entre los pliegues su cara lívida; los chapiteles plomizos y los muros rojos de una iglesia vetusta cierran el fondo de una plaza ancha, desierta… Y marcháis, marcháis, contra el viento, azotados por las nubes de polvo, por la ancha vía interminable, hasta llegar a un casino anchuroso. Entonces, si es por la mañana, penetráis en unos salones solitarios, con piso de madera, en que vuestros pasos retumban. No encontráis a nadie; tocáis y volvéis a tocar en vano todos los timbres; las estufas reposan apagadas; el frío va ganando vuestros miembros. Y entonces volvéis a salir; volvéis a caminar por la inmensa vía desierta, azotado por el viento, cegado por el polvo; volvéis a entrar en la fonda -donde tampoco hay lumbre-; tornáis a entrar en vuestro cuarto, os sentáis; os entristecéis, sentís sobre vuestros cráneos pesando formidables todo el tedio, toda la soledad, todo el silencio, toda la angustia de la campiña y del pueblo.

          Decidme, ¿no comprendéis en estas tierras los ensueños, los desvaríos, las imaginaciones desatadas del grande loco? La fantasía se echa a volar frenética por estos llanos; surgen en los cerebros visiones, quimeras, fantasías torturadoras y locas…

          Azorín ha terminado el encargo que le hizo su periódico. Se aprecia en este último artículo el cansancio acumulado de varios días de viaje sobre un carro tirado por una mula, durante un desagradable mes de marzo en la Mancha. Está esperando en Alcázar la salida del tren que le llevará a Madrid. El revólver que Ortega Munilla le dio para el viaje sigue en la maleta. El joven periodista recordaría mientras metía sus cosas y cerraba la maleta de madera, en la Fonda de La Cayetana, el momento en el despacho del director del periódico y lo que este le decía con el revólver en la mano: “…–No sabemos lo que puede pasar. Va usted a viajar sólo por campos y montañas. En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene usted ese chisme, por lo que pueda tronar”. Ya había terminado de escribir y mandar el último artículo al periódico y se dirige a la estación de ferrocarril, la misma que le vio bajarse entusiasmado a primeros de este mes de marzo.

TORREON DE ALCAZAR

RUBEN DARÍO

         Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío (1867-1916), nace en Metapa, Nicaragua. Padre del modernismo literario en lengua española del siglo XX, es reconocido como el príncipe de las letras castellanas. Héroe Nacional nicaragüense “porque defendió y enriqueció con su verso y prosa, en función de su ideario artístico, la lengua de Iberoamérica y España…”

         Para celebrar el tercer centenario de la publicación de la Primera parte del Quijote, Rubén Darío, el hijo de América y nieto de España, como él se definía, se acercó expresamente a Alcázar de San Juan interesándose por la disputa de esta ciudad por ser la cuna de Cervantes. De esta visita surge la crónica La cuna del manco que se publica el 21 de mayo de 1905 en el diario La Nación de Buenos Aires. Rubén Darío conocía la posición oficial, desde hacía ya muchos años, de la Real Academia de la Historia en favor de Alcalá de Henares, pero quiso defender, quijotescamente, la tradición cervantina alcazareña, posiblemente con más fervor que muchos alcazareños de aquel tiempo, y de ahora. De Darío es la comparación de la batalla entre ambas ciudades, otorgando la fuerza de dan las armas a Alcalá de Henares y la de la razón a Alcázar de San Juan: “Una batalla en que los cañones Maxim quedan substituidos por razones de a folio”.

         Durante años, ante la incomodidad de venir a este lugar manchego y poder ver en persona la partida de bautismo existente en la iglesia de Santa María, algunos críticos con este documento informaban maliciosamente contra él, como que la fecha era de 1588 en lugar de la verdadera de 1558, o que el folio estaba intercalado entre fechas no coincidentes con los anteriores y posteriores registros de bautismo, entre otras afirmaciones perversas. Falsas todas como se puede comprobar visitando los archivos de la parroquia de Santa María, de la misma manera que hizo el poeta nicaragüense, además de conocer de primera mano a los fervientes defensores de la causa alcazareña de aquella época.

         Alcázar de San Juan en 1905, por Rubén Darío:

LA CUNA DEL MANCO

Madrid, marzo de 1905

         Como he dicho ya, se vuelve, a propósito del centenario del Quijote, a renovar la vieja cuestión de: dónde nació el grande hombre de España. Digo vieja cuestión, porque en un libro de mediados del pasado siglo, he leído lo siguiente: «Miguel de Cervantes nació en Alcalá de Henares, domingo 7 de octubre de a547. Aun cuando se ha querido reproducir la cuestión sobre su patria, por aparecer en Alcázar de San Juan una partida de bautismo de un Miguel Cervantes, en 9 de noviembre de 1588, es una aberración indisculpable. Está probado que Cervantes quedó manco en el combate naval de Lepanto, domingo 7 de octubre de 1571, y mal pudo nacer diez y siete años después de aquel hecho de armas tan glorioso para la nación española. Además, la Academia de la historia, que inquiere cuidadosamente los antecedentes de los hombres célebres, tiene reconocida la partida de Alcalá y así lo sienta en la biografía de este escritor publicada en Madrid, 1780». Lo cierto es que eso de las cunas, desde Homero, tan famosos, ha tenido en España singulares casos. Entre otros, el de fray Luis de León. Y el más peregrino el de un rey, y no de los pequeños: el de Felipe II, nada menos. Los historiadores vallisoletanos dicen que nació en Valladolid. Dorado y otros afirman que en la villa de Villoruela, cerca de Salamanca. Así que no es raro, repito, que el viejo pleito entablado entre Alcalá de Henares y Alcázar de San Juan acerca de cuál de las dos villas se mereció la cuna del creador del Quijote, tome caracteres de batalla. Una batalla en que los cañones Maxim quedan substituidos por razones de a folio, a medida que se aproximan los días del inminente centenario.

         Yo he querido, por mi parte, para completar mis andanzas por las tostadas tierras alcazareñas y complutenses, hacer algunas indicaciones en oposición a las tan audazmente conocidas de los Sres. León Máinez y P. Fidel Fita, por ejemplo, y allá van a brazadas, para que los lectores de LA NACION tengan materia sobre qué cimentar sus juicios.

         Ante todo, quiero hacer una presentación somera del Sr. D. Antonio Castellanos. Don Antonio Castellanos es paladín, tal como queda dicho, de la causa alcazareña, de los legionarios -César no los contó mejores, ni más convencidos- que se baten por la idea de que Cervantes nació en Alcázar y no en Alcalá. Y son interesantes sus trabajos en ese sentido. Acomete con la historia, con la paleografía, con la casuística; acomete con todo lo que halla a mano en archivos y bibliotecas -y ya lo he dicho, es interesante el espectáculo…

         Últimamente se ha valido de la curia. Acompañado de un notario para dar fe de ello, ha obtenido copia de cuantos documentos atañentes a Cervantes y a sus colaterales y progenitores se guardan en los estantes parroquiales de Santa María la Mayor y Santa Quiteria, de la expresada ciudad de Alcázar. Debo a su complacencia el poderlos reproducir. Y allá van en extracto:

         «En nueve días del mes de noviembre de mil quinientos y cincuenta y ocho, bautizó el Bachiller Alonso Díaz Pajares un hijo de Blas de Cervantes Savedra y de Catalina López, que le puso nombre MIGUEL. Fue su padrino de pila Minchor de Ortega, acompañado Juan de Quirós y Francisco Almendros y sus mujeres de los dichos». Hay una firma que dice: Bachiller Alonso Díaz: está rubricada. Al margen se halla escrito el nombre de Miguel y en el mismo hay una nota de letra diferente y que debió de haber sido puesta con posterioridad y dice: «Este fue el autor de la Historia de Don Quijote», cuya nota, según manifestación del requirente D. Antonio Castellanos, fue puesta por D. Blas Nasarre, quien revisó los archivos parroquiales de esta región, por orden del señor duque de Híjar.

         Se hace constar que examinada con todo detenimiento esta partida por todos los presentes al acto, no aparecen en ella raspaduras ni enmiendas.

         En el folio setenta y uno, donde resultan extendidas cuatro partidas bautismales, aparece la tercera, que, copiada a la letra, dice: Al margen: «Tomás» y en letra distinta que debió de haber sido puesta con posterioridad, «hermano de Miguel de Cervantes, Quixote»; al fondo: «En treinta días del mes de diciembre, bautizó el señor licenciado Carrasco, prior de Santa María, un hijo de Blas de Cervantes y de su mujer Catalina López: fueron padrinos de pila el Sr. Dr. Ximénez y el señor contador Oviedo y Francisco López Botica: fueron madrinas (una palabra entre líneas casi ilegible que parece decir Catana), hija de Oviedo y (también entre líneas) Mari Díaz, hija de Francisco López y la mujer del Dr. Ximénez, testigo Juan López».

         Hay una firma ilegible para el que autoriza, estando rubricada.

         Esta partida es la última de las que aparecen puestas en el año de mil quinientos sesenta.

         En el folio ciento cuarenta y siete del mismo libro consta también otra partida bautismal, que es la primera de las cuatro que en él existen, y dice: Al margen: «Leonor»: en la cabeza de la partida, y que parece puesto con posterioridad a la misma: «esta fue hermana de D. Miguel de Cervantes, autor de la Historia de Don Quixote»: al fondo: «mil quinientos sesenta y seis». En seis días de febrero bautizó el prior padre Pedro Sánchez Galán, una niña de Blas de Cervantes, y de su mujer Catalina López: fue su compadre de pila Gonzalo de Alcázar y su mujer Ana de Pérez, acompañados del bachiller Pedro de Alcázar y su mujer, de Catalina Ramírez y Diego Pérez de Toboada y su mujer Marilópez». Se halla autorizada esta partida con una firma que parece decir: «Licenciado Díaz, clérigo», estando rubricada. Asimismo y examinado en el libro las tres partidas que figuran en el folio ciento noventa y seis, aparece la tercera partida, que copiada literalmente, dice: Al margen: «Francisco», en letra diferente, y que debió haber sido puesta con posterioridad: «hermano de Miguel de Cervantes Quixote»; al fondo: En veinte y ocho días del mes de abril de mil quinientos e sesenta y ocho años, cristianó Pedro Díaz, clérigo, un hijo de Blas de Cervantes y de su mujer Catalina López, dixose Francisco, fue su padrino de pila Francisco López, boticario, y Marí Díaz, su sobrina, acompañados el bachiller Pedro de Alcázar y Diego Pérez de Taboada y sus mujeres. Firmado: licenciado Díaz de Villamayor. «Esta rubricado». Acto seguido y acompañado de los señores requirientes y del señor licenciado D. Pedro Alba Castellanos, nos trasladamos en unión de los testigos que al final se expresan, a la iglesia parroquial de San Quiteria de esta ciudad y constituidos en la sacristía de la misma, donde se custodia el archivo parroquial, teniendo presente al señor coadjutor D. Emilio Gallego y Fernández, les expusimos el objeto de nuestra visita, suplicando al señor D. Leopoldo Jaén y Jiménez que tuviera a bien facilitarnos los libros que contuvieran documentos referentes a la familia Cervantes. El Sr. Jaén, accedió gustosísimo a nuestra solicitud y nos puso de manifiesto los siguientes libros: uno encuadernado en pergamino, en cuya cubierta aparece lo siguiente: «Desposorios, 1584, fin, 1610, libro primero. -Ignacio Lucas, segundo prior» El libro se halla foliado por hojas, apareciendo en la primera 1584, enero de mil quinientos ochenta y cuatro. Al folio diez y siete, en donde existen tres partidas de matrimonio, dice la primera, copiada literalmente, lo siguiente, al margen: «Francisco de Poyato, Leonor de Cervantes». Al fondo: «En diez días del mes de septiembre de mil y quinientos y ochenta y seis años, el bachiller Alonso Díaz Pajares, teniente de prior, desposé por palabras de presente a Francisco de Poyatos y a Leonor Cervantes, naturales de esta villa de Alcázar; testigos que fueron presentes el bachiller Lino de Dueñas, Juan López Hidalgo, Pedro Collado, cirujano, Alonso García, tercero y otros muchos y lo firman. Existen dos signos. El bachiller Pajares. Esta rubricado»

SANTA QUITERIA           Y otro libro, encuadernado en pergamino, en cuya carpeta se lee: «3 de enero de 1584. Libro de bautismos. Acabó el 25 de diciembre de 1599. Empezó el año de 1584 y acabó el de 1599». Se halla foliado y en la primera hoja aparece: «Enero de 1584 año». En el folio 60 vuelta, donde constan cinco partidas bautismales, existe la cuarta partida que literalmente dice, al margen: «Francisco» y al fondo «En quince de julio de mil y quinientos y ochenta y siete años bautizó Alonso Gómez Guerrero un hijo de Francisco de Poyatos y de su mujer Leonor de Cervantes, que se llamó Francisco, fue su padrino de pila Eugenio López de Toledo. Firmado: Alonso Gómez Guerrero. Con rúbrica.»

         En el mismo libro y al folio 103 vuelta, en el que existen cuatro partidas bautismales. La primera de ellas dice literalmente lo que sigue: al margen: «Ana». En el fondo: «En diez y nueve de abril de mil y quinientos y ochenta y nueve años, bautizó Fernando Delgado una hija de Francisco Poyatos y de su mujer Leonor de Cervantes, que se llamó Ana, fue su compadre de pila Francisco de Villaescusa y su mujer. Firmado y rubricado. -Fernando Delgado.»

         Después de leídos estos documentos, cuya autenticidad ha narrado el Sr. Castellanos, como si se tratara de una plaza fuerte, puede afirmarse que los más fuertes bienes raíces morales de Cervantes fincaban en Alcázar.

         Mas siguiendo mi investigación, oíd ahora el testimonio del Sr. Álvarez Guerra, manchego y literato, cuyo verbo también hiere en esta contienda, como una espada:

         «En todos los documentos indubitables en que tuvo que firmar el autor del Quijote, siempre lo hizo poniendo Miguel de Cervantes Saavedra, y no podía ser tampoco de otra forma, pues sabido es que en la Mancha usan los hijos como uno solo los dos apellidos del padre. En Alcázar podíamos citar más de un centenar de casos que atestiguan esa costumbre. No conocemos documento alguno en que dijera Miguel de Cervantes Saavedra el lugar de su nacimiento. Es cierto que en Valladolid se siguió causa contra un Miguel Cervantes, que dijo haber nacido en Alcalá. Pero ese Miguel Cervantes ¿era el Cervantes Saavedra? Rotundamente lo negamos, volviendo por la honra del ilustre soldado. El Miguel Cervantes procesado en Valladolid, lo fue por resultar sospechoso de haber dado muerte a un caballero. Esto, habiendo sido en buena lid, nada tendría que particular; pero sí lo tiene, y mucho, el que fue encarcelado por resultar dueño de una mancebía próxima al lugar del suceso, siendo pupilas de Cervantes sus más cercanas parientas. ¿Cabe en el común sentir que el valeroso soldado de Lepanto y el caballero, autor más tarde del código más perfecto del honor, cabe, repetimos, hacerle la injuria de suponerlo capaz de ser tercero en mancebía de la peor especie y rufían de lupanar? De ninguna manera. Aquel Cervantes sería uno de tantos de los que han llevado ese nombre y apellido, pero nunca Miguel de Cervantes Saavedra autor del Quijote».

         Todavía son más contundentes las razones que aduce el Sr. H. Ayot, en apoyo de la misma tesis.

         «He dicho, contesta, que a mí no me cabe duda de que Cervantes fue manchego y me ratifico en ello ahora y siempre.

         ¿Que cuáles son mis razones para afirmarlo? Pues muy pocas y muy sencillas.

         La primera es la de que Cervantes Saavedra aparece como nacido en Alcázar, según documento claro y limpio que yo tuve en mis manos en la iglesia de Santa María, de dicha ciudad, no siendo así el raspado y manchado que se exhibe en Alcalá.

         La tercera razón es que la parte conceptiva del Quijote aparece toda ella moldeada en un ambiente manchego por excelencia y téngase en cuenta que esto del ambiente generador de una idea es una verdad tan irrebatible como los orígenes orgánicos de la materia viviente, tanto animal como vegetal.

         ¿Qué perjuicios puede traer a Alcalá de Henares el que Cervantes no haya nacido en su recinto? No veo ninguno, porque Cervantes, antes que manchego o alcalaíno, es español, ante todo y sobre todo, como fue inglés Shakespeare, como fue alemán Goethe y como fue italiano Dante».

         Sabido es que existe una considerable diferencia de fechas entre las sendas partidas bautismales de Alcalá y Alcázar. El brioso adalid Castellanos se aprovecha de ella para decir con fuerte argumentación:

         -Otro dato trataron de utilizar los alcalaínos, no sabiéndolo interpretar. Se trata de lo que, en sentido epigramático dice Cervantes en su dedicatoria al conde de Lemos, en las Novelas Ejemplares, y que es como sigue:

         …mi edad no está ya para burlarse de la otra vida, que a 55 de los años gano por nueve más y por la mano.

         Y ante tal manifestación, se me ocurre preguntar: ¿ese más es «más» o «meses»? Si es «más», ¿cómo incurrió Cervantes en la torpeza de decir, «y por la mano», puesto que «ganar por la mano» es, según todos los diccionarios, ganar o anticiparse en hacer o conseguir una cosa?» -Es más: la frase esa «más» y no «meses» (que para averiguarlo se necesitan ver los originales de las Novelas Ejemplares, bien pudo ocurrir que Cervantes, en su constante afán de ocultar el lugar de su nacimiento, quisiera decir que ganaba al 55 de los años por nueve meses y por la mano. En cuyo caso resulta, computando fechas, que la edad del autor de las Novelas Ejemplares conviene perfectamente con la que tenía entonces el Cervantes nacido en Alcázar de San Juan, pues desde el día 9 de noviembre de 1558 en que aparece bautizado en Alcázar el autor del Quijote, hasta el 13 de julio de 1613, en que dedica las Novelas Ejemplares a dicho señor conde de Lemos, media 55 de los años en sus ocho meses y cuatro días: es decir, entrando ya en los nueve meses, o quizás los nueve meses cabales si averiguarse pudiera la fecha, no en que se bautizó, sino en la que vio la luz por vez primera.»

         Testigo e inquisidor de la formidable corriente, del gulf-stream entusiasta que viene de Alcázar, me contento con mascullar, como un tópico de la memoria, la frase del Manco: «Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de «la Mancha» contendiesen entre sí por ahijársele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

UNA VISTA DE ALCAZAR

AUGUSTO D´HALMAR

           Augusto Goemine Thomson (1882-1950), conocido como Augusto D´Halmar, nace en Santiago de Chile un día tan cervantino como el 23 de abril. Escritor, periodista y diplomático chileno fue el primer Premio Nacional de Literatura de Chile, en 1942. Durante su estancia en España recorre la Mancha en 1927 publicando La Mancha de Don Quijote en 1934.

         En su traslado en tren desde Madrid a la Mancha, con la intención de hacer su peregrinaje por las tierras de don Quijote, como hizo Azorín, el primer lugar manchego donde pone sus pies es en el andén de la estación de Alcázar de San Juan. No se conoce el tiempo que estuvo en esta ciudad, y después seguir su camino en tren hasta la estación de Cinco Casas y desde allí a Argamasilla de Alba. No describe la ciudad, si la idiosincrasia manchega que aquí ya contempla, y, cómo no, va a la iglesia de Santa María a contemplar la partida de bautismo de Miguel de Cervantes Saavedra. Aquí comienza Augusto D´Halmar a ver Quijotes y Sanchos, y Amas y Sobrinas, entre los vecinos alcazareños que también fueron bautizados en esta pila:

EN UN LUGAR CUYO NOMBRE…

         Yendo y viniendo de Andalucía a Castilla, divísense desde el tren los molinos de viento de Criptana y sorprenden generalmente al viajero, quien no había creído existieran sino en la imaginación del Quijote o en su época, si acaso.

         Y es que el turista inglés, suramericano o peninsular inclusive que hace en “sleeping” el recorrido desde una capital como Sevilla a una a una corte como Madrid, ignora, (y seguirá ignorándolo como no se apee en cualquier estación del tránsito y siente pie y eche arraigo en la entraña popular) que España prosigue siendo, no un milagro de anacronismo sino de longevidad, y el espejo redivivo de ya cumplidos tiempos. De cuantas virtudes españolas son de admirar, ninguna como ésta de transmitirle al porvenir la imagen de lo que es el hoy y de lo que fué el pasado. Ardua misión que no podía recaer sino en una raza ejemplar.

         Los molinos cervantinos y hasta las modas siguen en vigencia por lo menos es esta región, que vamos a cruzar, de la Mancha, y lo advertimos desde que nos deja el sud-express europeo, en Alcázar de San Juan, al encontrarnos en uno de los lugares cuyo nombre no quiso puntualizar Cervantes, a fin de que se cumpliera su profecía de que “habían de contender entre sí por ahijársele, como les advino a las siete ciudades de Grecia con Homero”. En la parroquial de Alcázar, muéstrase el baptisterio de donde se le sacó de pila; y aunque lo hayamos visto ya en Alcalá de Henares, no dejamos de rendirle acatamiento, porque si no el autor, más de uno de los personajes del “Quijote” debió de recibir aquí el agua lustral.

         ¿Más de alguno de sus personajes? Estamos en la comarca donde uno a uno se averigua según su filiación, su identidad y se les empadrona. Porque el quijotesco manchego en vez de negar el retrato que se le hizo y renegarlo, reconócelo no sólo por veraz sino como genuino y se lo asimila hasta el extremo de desposeerlo de toda inventiva. A creer, Cervantes, no hizo sino codificar, por así decir, leyes vulgares; dejar constancia en el acta y levantarla, servir, en una palabra, de rapsoda, como Homero. Y esta identificación con las tradiciones mismas del pueblo, la “vox populi”, acaso sea su mayor galardón. Porque si es cierto éticamente que el arte influye en la vida más que estéticamente la vida en el arte, si biológicamente la función crea el órgano, de Cervantes acá ha habido tiempo de injertarle al manchego de Castilla y acaso al castellano de todas las Españas, modalidades verdaderamente cervantescas. Y he aquí cómo si el Quijote no existió, ahora sí persiste.

         Vamos a hallarlo, por lo demás, disperso en los rasgos de muchos hombres cuyas manos estrecharemos y que, sin embargo, no saben dél sino que fue paisano suyo. ¡Ahí es nada! ¡Paisano de Don Quijote! El manchego no necesita haberlo leído para sabérselo de memoria. Lo lleva entre cuero y carne y en la sangre y en la médula, lo respira en el aire, lo pasea en su rocín, para el caso Rocinante. Y cuando no el Ingeniosos Hidalgo, su escudero y su Rucio, o más bien hidalgo y servidor, ambos compenetrados uno con otro y uno en el otro, como acaso se muestran en la desconcertante novela.

EN LAS AFUERAS DE ALCAZAR

WALKER STARKIE

         Walter Fitzwillian Starkie (1894-1976) nace en Dublín. Músico y escritor, fue un viajero y trovador, pues no se separaba de su violín al que consideraba su Rocinante. En verano de 1921 viajó con su mujer por España y en 1935 recorre a pie durante tres semanas la Mancha de don Quijote. Su viaje lo había comenzado en Marruecos, una vez en España recorre Andalucía y atraviesa Sierra Morena con la intención de caminar por los mismos caminos que don Quijote pasó. Y así, andando y con su violín, llega a Alcázar de San Juan, donde pasa unos días en compañía del director de la banda de música don Juan González Paramós. Con este cervantista convencido de la cuna alcazareña de Cervantes visita los archivos de la parroquia de Santa María para ver la partida de bautismo de Miguel de Cervantes y varias bodegas, donde come en una de ellas una caldereta de cordero, entre vino y canciones. De este viaje surge su libro de viajes Don Gypsy: Adventures with a Fiddle in Barbary, Andalusia and La Mancha, publicado en junio de 1936, y traducido al español en 1944 con el título Don Gitano.

         Hispanista y cervantista, catedrático de español en la Universidad de Dublín, miembro correspondiente de la Real Academia Española y traductor al inglés del Quijote y Las Novelas ejemplares, cuando se inaugura en Madrid, en el año 1940, el British Concil, Starkie es nombrado su director hasta 1954. Después de su paso por varias universidades de Estados Unidos en 1970 regresa a vivir a Madrid, donde fallece en 1976. Su amplio conocimiento de España, y de lo español, llevó a escribir a Camilo José Cela, amigo suyo, de él que: “Don Walter distinguía el chorizo de Burgos del chorizo de Pamplona y los vinos de dos cepas hermanas”.

          El profesor Walter Starkie en Alcázar de San Juan:

UN GALLEGO EN LA MANCHA

         En mi próximo punto de parada, Alcázar de San Juan, gocé un breve instante de triunfal quijotismo. Fue este debido a don Juan González Paramós, el director de la banda del pueblo. Su nombre había sonado en mi oído varias veces a lo largo de la ruta de Don Quijote.

         –Es un tremendo cervantista –decía uno.

         –Un manchego de los pies a la cabeza –aseguraba un segundo.

         –Y un poseído de sí mismo –afirmó un tercero.

         Después de andar dando vueltas todo un día por las calles, fuí a llamar a la rústica casa del director de la banda. Salió a abrirme una muchacha desaliñada que me miró de soslayo y se marchó de prisa como si la hubiera hecho mal de ojo. Después una vieja que llevaba una gallina vino a mirarme con insistencia desde lejos. “Se equivocan conmigo”, pensé. “¿Tengo cara de negro o voy indecentemente vestido?”.

         Cuando di mi tarjeta a la vieja la tomó cautelosamente como si fuera de hierro ardiendo y desapareció. A los pocos instantes volvía dándome otra vez la tarjeta y una peseta, diciéndome:

         –Esto es lo que el señor puede darle.

         –¿Limosna? –dije yo retrocediendo.

         –Sí –Me contestó.

         –Pero, señora, yo no soy un mendigo. Tengo mucho dinero –dije con arrogancia como si fuese propietario de los tesoros de Creso.

         La señora se retiró amilanada. Entonces se oyó un altercado y un hombre bajó, tropezando en las escaleras, exclamando:

         –¡Perdóneme, perdóneme! Supuse que era usted un estudiante alemán de los que piden por el camino. Son todos músicos, ¡una peste! y todos llevan dinero en el bolsillo.

         Don Juan González Paramós, pues era él, movía sus brazos excitado, levantaba las cejas y continuaba lanzando rápidas sentencias en forma de staccato, como balas de fusil. Era alto, delgado, con una cabeza pequeña sostenida por un largo cuello de avestruz. Tenía pómulos salientes, pelo negro y unos ojos grandes, magníficos, espectaculares, fuera de toda proporción con el resto de su pálida y demacrada faz.

         –Soy gallego –me dijo.

         –Y yo irlandés –contesté.

         –Entonces somos hermanos celtas –me dijo abrazándome y danzando conmigo en el patio.

         Aquel día fue de inmensa actividad. Don Juan González Paramós, poseía tres personalidades que le impulsaban en distintas direcciones. Primeramente era gallego, con todo el espíritu misionero del celta; creía que debía convertir al mundo. En segundo lugar, se había compenetrado con la Mancha; era un Quijote sin ningún aspecto de Sancho, y, por último, tenía un temperamento musical. Toda su vida se ha esforzado en demostrar que Cervantes era de raza gallega y que su familia emigró de Galicia en la Edad Media. Una vez que me hubo convencido de que Cervantes era un hermano celta, se volvió para atacar a los académicos que sostenían que el manco de Lepanto había nacido en Alcalá de Henares.

         –Cervantes nació aquí, en Alcázar de San Juan, y yo puedo enseñarle su partida de bautismo. Era manchego y su héroe fue manchego. Don Quijote de Argamasilla y Sancho de Criptana.

         Después de visitar la casa donde Cervantes nació y visto el registro de la parroquia, don Juan González Paramós volvió al cauce de su temperamento musical y una copla de mi violín trajo como consecuencia una botella de tinto manchego. Primero una “bodega”; después, otra. En una de ellas amables Sanchos guisaron para nosotros, en una gran satén, el deliciosos cordero manchego y lo sirvieron con ensalada de cebolla y apio, aderezada con aceite y vinagre. Reímos y cantamos en aquella “bodega”. La repercusión de la voz de don Juan González Paramós y las canciones de mi violín hacían eco en la larga hilera de tinajas, las cuales parecían silenciosos ejércitos vigilantes. El espíritu de “Pied Piper”, con la ayuda del dios del vino, conquistaron todo el austero espíritu de mi huésped. Continuamos nuestra representación musical en la taberna de don Pedro Alaminos Octavio. Los vecinos se apiñaban para ver lo que pasaba. Yo insistía en tocar en la calle, pero en la Mancha hay una regla, legalizada por la costumbre, de pública dignidad. Mi plácida condición de gordo, naturaleza de Sancho, no estaba acostumbrada a tan violentas conmociones. Pero don Juan González Paramón, gallego, manchego, músico, espoleaba mi locura, tratándome como si hubiese sido Rocinante. Antes de que yo le dijese adiós me llevó a un rincón y en tono solemne me dijo:

         –Alcázar es el pueblo natal de Cervantes. Es la antigua capital de la Mancha, la residencia de la Orden Religiosa de los Caballeros de San Juan. Recuerde su antiguo escudo y hábito (campo de armiño y sobre él un caballero de punta en blanco que ataca con su lanza una poderosa torre). Tal fue –dice– el origen de la aventura de los molinos de vientos, cuando Don Quijote, en sublime locura, arremetió contra los gigantes.

    GREGORIO PRIETO

          Gregorio Prieto Muñoz (1897-1992) nace en Valdepeñas. Siendo niño su familia se traslada a Madrid, llevándose “el recuerdo de mi infancia fuertemente unida al paisaje y a la luz de la Mancha”. Comienza los estudios de Ingeniería de Caminos por deseo de su padre. En secreto prepara el examen de acceso a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Con diez y ocho años empieza sus estudios de Bellas Artes, teniendo de profesor a Julio Romeros de Torres.

         Amigo de Rafael Alberti, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, María Zambrano, Gerardo Diego, Gregorio Marañón, Luis Cernuda, Dámaso Alonso, Francisco Ayala, Pablo Picasso, Rosa Chacel y José Hierro, entre otros muchos poetas y pintores, expone su pintura por todo el mundo.

         Pintor de la Mancha y de su paisaje, a ella consagró una buena parte de su obra, “de nítidas paredes blancas, de casas robustas y cuadrados cubos revestidos del color de la más deslumbrante nieve”. Fue paladín en la conservación de los molinos de viento en la tierra de don Quijote, “sin los molinos –gigantes que toman parte como seres vivientes en la escena quijotesca– tan de la Mancha que embellecen con su gracia el paisaje y machean con su fuerza los altos de esta tierra, no existiría el famoso pasaje del libro cervantino y sin ese tipo excepcional de la mujer manchega, prudente y bella, tampoco se habrían pronunciado nunca las maravillosas palabras salidas de labios de la pastora Marcela”.

MUJERES DE ALCAZAR_PRIETO

         Gregorio Prieto estuvo en varias ocasiones en Alcázar de San Juan. En una de ellas acompañando al entonces embajador de Chile en España y amigo suyo, Carlos Sander. A las mujeres manchegas de Alcázar de San Juan dedicó un dibujo y una página completa en el número que la revista Clavileño dedicó a Gregorio Prieto en 1953, con el título de La Mancha de don Quijote. Convencido de la cuna alcazareña del autor del Quijote, ensalzó a tres mujeres alcazareñas con sus cántaros de agua, y detrás de ellas, “al fondo, la casa donde dicen que nació Cervantes”.

         Gregorio Prieto dibujando y escribiendo frente a la casa de Cervantes:

Mujeres de Alcázar de San Juan

         Al fondo, la casa donde dicen que nació Cervantes. Hora es ya que Alcázar se conozca por sus méritos trascendentales, más que por las exquisitas tortas y ricas tortillas que a viajes saben.

         Alcázar fue la gran cuna donde nació el más genial novelista. Confiemos que, con el tiempo, otros eruditos más justos y comprensivos subsanarán el error “de haber hecho nacer” a Cervantes fuera de su pueblo.

         Honor también a su presente alcalde, que no desmiente mi esfuerzo haciendo levantar nada menos que 5 (cinco) hermosos molinos de viento, Gloria también a este pueblo, cuyo emblema de su escudo es un caballero arremetiendo, lanza en ristre, contra un castillo, que sirvió de base seguramente para inspirar a Cervantes el famoso capítulo de los molinos de viento.

AYNTAMIENTO DE ALCAZAR

VÍCTOR DE LA SERNA

         Víctor de la Serna y Espina (1896-1958) nace en Valparaíso, Chile, y con dos años llega a España. Hijo de la escritora Concha Espina, autora, entre otros muchos libros, de Mujeres del Quijote, fue periodista, presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid y escritor, también de libros de viajes, entre los que destaca Por tierras de la Mancha. Un viaje que realiza por la tierra de don Quijote entre mayo y junio de 1953. Como muchos otros viajeros su paso por Alcázar de San Juan fue obligado por estar en el camino entre Puerto Lápice y Campo de Criptana. De esta ciudad no dejó referencia cervantina, solo una metáfora descriptiva de la extraordinaria llanura manchega, que tanto fascinó a Cervantes, y que apreció entre Alcázar de San Juan y Campo de Criptana.

CAMINO REAL

La llanura cervantina alcazareña, por Víctor de la Serna:

         Alcázar de San Juan, cabeza del Priorato famoso (que acabó siendo mayorazgo de aquel infante tan inteligente y tan fresco que fue don Gabriel), estaría sumido bajo el peso de la guía de ferrocarriles, con el único y prosaico prestigio de estación de cambio, si, de cuando en cuando, no estallara la tierra patricia en rosas de cultura como la de ese mosaico romano que ha aparecido al hacerse una obra municipal.

         La tierra se va volviendo tan plana, que el viento podría llevar una uva rodando desde Alcázar a Campo de Criptana. Por cierto, lector, que aunque los molinos sean un tópico que ha impedido a muchos ver otras cosas de la Mancha, los tres molinos del Campo de Criptana (uno de ellos se llama “Infanto”) son tres piezas casi heráldicas de las que no se puede dejar de hablar.

EN LA TORRE DEL AYUNTAMIENTO

CARLOS SANDER

         Carlos Sander Álvarez (1918-1966) nace en Talca, Chile. Periodista, poeta y escritor chileno vivió muchos años en España, primero como Agregado Cultural y después como cónsul de Chile en Madrid. En esta etapa le surge la idea, después de su viaje por la Mancha en el que escribe En busca del Quijote, de fomentar la rehabilitación de los molinos de viento de Campo de Criptana a través de donaciones de los países latinoamericanos, siendo el molino Quimera el primero en levantarse con dinero recaudado y enviado desde Chile.

         En marzo de 1959, Carlos Sander, peregrinaba por la Mancha en busca del espíritu de don Quijote. Siendo Cónsul de Chile en Madrid se desplaza a Alcázar de San Juan por carretera, antes de ir a Campo de Criptana, donde quiso ver la controvertida partida de bautismo de Miguel de Cervantes Saavedra, que la tradición alcazareña asegura que es del autor del Quijote.

         Carlos Sander en Alcázar de San Juan:

         A medida que me acerco al lugar de mi objetivo, que es Alcázar de San Juan, crecen sobre el paisaje los molinos de la Mancha, los de Don Quijote, con sus cataduras blancas y verticales, sus aspas altas y en cruz, sus pequeñas ventanas, su puerta estrecha y la perspectiva bella frente al horizonte.

         Antes de llegar al pueblo que voy, hay uno en pie, solo y como esperando la llegada del viento o como llorando la muerte de otros cuatro, cuyos hotos se ven descarnados, mostrando sus ladrillos rojizos, su base circular.

         Mientras más avance, los molinos crecerán y al mirar los pocos que existen, crecerá el deseo de ver más, de hacerlos resucitar del pasado tremendo donde yacen en un sueño de siglos, yertos, difusos, extinguidos.

         Alcázar de San Juan me dará mucho de Don Miguel de Cervantes Saavedra. Allí me toparé con la fantasía, con los mitos de la Mancha, con las sombras de su cuna y los misterios que los hombres de Castilla quieren hacer gravitar sobre sus años de nacimiento.

         Los manchegos quieren que Cervantes sea manchego. Que con Don Quijote pertenezca en cuerpo y alma a la reseca y silente Mancha. Que sea la claridad de estos territorios. El sol reverberante de Castilla y el oasis de la tristeza manchega.

         Alcázar de San Juan es un pueblo como todos los que he visitado. Difiere poco de Puerto Lápice y de Herencia. Es similar a como encontraré Campo de Criptana, El Toboso, Tomelloso, Ruidera, Argamasilla de Alba, etc.

         Los eruditos hablan de Alcázar. Dicen que es la capital del priorato de San Juan. Expresan que la blanca lana de la Cruz de San Juan, resalta en la ropilla o el manteo como la lana roja de Santiago, y que la cándida lana la ostentó Lope de Vega, y la bermeja, don Francisco de Quevedo y Villegas.

         Camino por la calzada, las calles del pueblo son de gran anchurosidad, con casas chatas, de paredes blancas y el suelo lleno de piedrecillas. Dista el pueblo ciento sesenta y cuatro kilómetros de Madrid por carretera. En su estación se bifurca la línea de Madrid y un ramal va a Andalucía y otro a Levante. Este pueblo no está lejos de Argamasilla de Alba, pueblo tan cervantino y del cual hablaremos largamente.

         Al otro lado de la línea del ferrocarril está Campo de Criptana, la villa de los molinos.

         Hay un casino como todos los de pueblo. Siempre sembrado de sombras y sillas y vasos desocupados. Casino silencioso, vacío, con un camarero que tiene el semblante dibujado de preguntas que ningún parroquiano contesta.

         Por las tardes el cura párroco, de cara sonriente y ojos negros profundos, pasea orgullosamente por frente al casino, por la pequeña plaza.

         Se diría que es el guardador de algún cofre con piedras preciosas. O el que ha muerto con San Jorge el dragón de la leyenda. Es algo más que eso. Más solemnemente alto y poderoso. Es el que tiene en sus manos la honra cervantina de Alcalá de Henares y el que tiene con su poder omnipresente, la gloria de Alcázar de San Juan.

         Exactamente. Y para convencerme de esto me dirijo al lugar donde la fantasía alcazareña se ha hecho verdad casi irrefutable, que quiere confundir a los eruditos, a los cervantistas de todo el orbe.

         Viajo a través del pueblo. A poco andar llego a la vieja iglesia “Santa María la Mayor”. No es la de Alcalá de Henares, donde está la partida bautismal de Cervantes y la pila donde se le bautizó. No, es la de Alcázar de San Juan. Si los habitantes de Alcalá de Henares supieran de mi visita, yo sería vilipendiado como un traidor y hasta los fantasmas de los doctores de la vieja Universidad complutense me enrostrarían mi conducta. Pero, es inútil recapacitar cuando se es arrastrado por la magia de la fantasía. Y sigo por un ancho corredor, hasta llegar a la habitación que sirve de sacristía de la iglesia, donde están los viejos y empolvados libros.

         El cura párroco sonríe misteriosamente y un poco sarcástico, como diciéndome que he hecho bien en venir a buscar la verdad a la Mancha y en no ir a ver la falsa pila bautismal -según los alcazareños- donde habrían bautizado a Cervantes en Alcalá de Henares. “Maligna fábula”, elaborada por los enemigos de Alcázar, arguye mi interlocutor.

         Y ya tengo ante mí el grueso libro donde figura la partida bautismal del autor de “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”; con mano temblorosa abro el libro que está marcado en la hoja pertinente, con un pequeño papel. No dejan de ponerme nerviosos estos actos que ejecuto, junto a la mañana alcazareña.

         Leo: “Partida bautismal que se conserva en la parroquia de Santa María la Mayor de esta ciudad”. Agrega la anotación, hecha a pluma y tinta, con letra clara y antigua: “En nuebe dia del mes de Nobiembre de mill quis y cincuenta y ocho baptizo, un hijo de Blas de Cervantes Sabedra y de Catalina López que le puso de nombre Miguel fue su padrino de Pila Minchor de Ortega Acompañado de Juan de quirós y franco almendros y sus mujeres de los dichos”. Al final hay una anotación hecha en forma vertical a lo que antecede: “Este fue el Autor de la Histoa del Quixote”. Dejo el libro viejo, de bordes de pergamino. Lo dejo simplemente como si en ocho líneas no hubiera visto casi nada. Sólo he visto la mayor onda de misterio que baña la vida de Cervantes.

         Este hecho no es nuevo. Ojalá lo fuera para haber sido el primero en decir lo poco que me importa el lugar físico donde nació Cervantes. No niego que no deja de ser pintoresco todo esto. Pero para mí es de más trascendencia el lugar y los lugares por donde deambularon Don Quijote, como decían los antiguos y don Alonso Quijano el Bueno, aunque no haya sido de Argamasilla de Alba y poco o nada haya tenido que hacer con ese caballero de “celebro” enfermo que se llamó don Rodrigo de Pacheco.

         Don Miguel de Cervantes Saavedra se sonreiría, si supiera cuánto discuten nuestros contemporáneos su nacimiento y cómo se disputa la Mancha los lugares donde él centró las mejores escenas de su grande obra.

         Hermoso es el capítulo VI de la parte segunda, cuando dialoga con la Sobrina, sobre los linajes, que para él en el mundo han sido cuatro: los que tuvieron principios humildes y llegaron a la grandeza; los que tuvieron principios grandes y los conservaron, pero no los aumentaron; los que tuvieron principios grandes que poco a poco fueron en disminución hasta parar en la “nonada”; los que no tuvieron principio bueno ni razonable medio y que tienen el fin sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria.

         Para Cervantes la pobreza tiene categoría y por ello dice en este capítulo que al caballero pobre no le quedan sino dos sendas y así lo expresa: “Dos caminos hay, hijas (pues en esta conversación también estaba el Ama), por donde pueden ir los hombres á llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte; así, que casi me es forzoso seguir por su camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea; pues con saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos al andante caballería, sé también los infinitos bienes que se alcanzan con ella; y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes; porque el vicio, dilatado y espacioso, acaba en muerte, y de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin”.

         Donde haya nacido y haya sido bautizado don Miguel de Cervantes Saavedra no tiene sentida importancia. Lo esencial es que este hombre extraordinario fue capaz de crear el libro más trascendente del Siglo de Oro y que sigue influenciando a las generaciones de todos los tiempos con su filosofía suave, sencilla y solemne.

         El maestro Azorín, que tiene deliciosos capítulos hablando de esto, aclara varios puntos oscuros sobre el tema. La verdad es que muy pocos creen seriamente que Cervantes naciera en Alcázar de San Juan, ya que hay muchos puntos de divergencia, entre ellos el nombre del padre, que era Rodrigo y no Blas. De todas maneras es bueno consignar el hecho de que dos pueblos se disputan el nacimiento de un hombre que vivió muy pobre y que en ninguna de las dos villas encontró abierta generosidad.

         Hablaba de Azorín. El maestro dice que en estas tierras, el viento, la soledad, producen ensueños y desvaríos, y hace que los hombres vean visiones. Tal vez. Solo así Cervantes pudo soñar a su Don Quijote, loco genial.

         Pero hay más. En su libro “pensando en España”, se refiere a Alcázar de San Juan y nos habla del Miguel de Cervantes nacido allí. En el capítulo que tituló “Aventuras de Miguel de Cervantes”, escrito en París en 1939, habla de este Miguel de Cervantes López Saavedra, bautizado el 9 de noviembre de 1558. Allí cuenta varias anécdotas graciosas e interesantes sobre este Miguel, a quien varios confundieron con su vecino, el escritor y manco. Ignoro qué fuentes tuvo Azorín para relatar todo esto, pero tiene grandes visos de verdad. No es imposible que existiera otro Cervantes en Alcázar de San Juan, ya que el apellido de Cervantes existía -cosa probada- en Argamasilla de Alba, El Toboso y Campo de Criptana. Y la pelea entre dos pueblos de la Mancha no es nueva. También Mota del Cuervo, discute a Campo de Criptana la primacía de haber sido sus áreas el escenario de la bella pelea de don Quijote con los molinos de viento, aunque ya nadie discute que Campo de Criptana fue el elegido por Cervantes.

         En el capítulo que cito, expresa el escritor: “Los manuales literarios -que hablan de lo inútil y desdeñan lo esencial- no dicen pío de este Cervantes. Pero existe bibliografía copiosa de su existencia. Y en tiempos, los alcazareños se han debatido denodadamente por su convecino, al cual adjudicaban la paternidad del Quijote. Y esta noble intrepidez les enaltece. El padre de Miguel se llamaba Blas de Cervantes Saavedra, y la madre, Catalina López”.

         Sin embargo, a pesar de los pesares, las discusiones siguen y no hace mucho ese gran escritor y pintor cervantista que es don Gregorio Prieto y del cual ya hablaremos más largamente, en su magnífico libro ilustrado “La Mancha de Don Quijote”, editado pulcramente por la revista “Clavileño”, de Madrid, en 1953, en su capítulo de la página 76, titulado “Mujeres de Alcázar de San Juan” y que lleva una bella ilustración, dice: “Al fondo, la casa donde dicen que nació Cervantes. Hora es ya que Alcázar se conozca por sus méritos trascendentales, más que por las exquisistas tortas y ricas tortillas que a viajes saben. Alcázar fue la gran cuna donde nació el más genial novelista. Confiamos que, con el tiempo, otros eruditos más justos y comprensivos subsanarán el error “de haber hecho nacer” a Cervantes fuera de su pueblo.

         Honor también a su presente Alcalde, que no desmiente mi esfuerzo haciendo levantar nada menos que cinco hermosos molinos de viento. Gloria también a este pueblo, cuyo emblema de su escudo es un caballero arremetiendo, lanza en ristre, contra un castillo, que sirvió de base seguramente para inspirar a Cervantes el famosos capítulo de los molinos de viento”

         Hace algunos momentos, he estrechado las manos del cura párroco, golpeando con gratitud su espalda y he sonreído frente al mediodía de Alcázar. Las gentes, campesinos casi todos, marchan en pos del “Condumio”.

         Otro hallazgo, en este pueblo, vale la pena contarlo. En una calle, sobre un montículo veo otro de los orgullos de Alcázar; unos frisos romanos bellísimos, extraídos del subsuelo hace pocos días. En esos trozos de frisos romanos está lo pretérito de España, que acá sigue aflorando, como para mostrar que el genio latino pasó por la península y dejó su huella de manera indeleble y en las tierras de la Mancha. Víctor de la Serna, el gran periodista nacido en Valparaíso, hijo de Concha Espina, español de cepa, en el libro que ya he citado, “Por Tierras de la Mancha”, habla de esto, diciendo: “Alcázar de San Juan, cabeza del Priorato famoso (que acabó siendo mayorazgo de aquel infante tan inteligente y tan fresco que fue don Gabriel), estaría sumido bajo el peso de la guía de ferrocarriles, con el único y prosaico prestigio de estación de cambio, si, de cuando en cuando, no estallara la tierra patricia en rosas de cultura como la de ese mosaico romano que ha aparecido al hacerse una obra municipal”.

         En esta villa, Cervantes está conmigo, mucho más que Don Quijote y que don Alonso Quijano el Bueno. Cervantes que tiene dos Migueles que quieren hacer sólo uno. Cervantes que estuvo preso por deudas y pasó hambre y a quien hoy disputan no sólo dos pueblos sino decenas de pueblos, y que han hecho más famoso a Alcalá de Henares que lo hizo la Universidad de “Complutum”, tal vez porque es el buen padre del idioma castellano. Yo no discuto. Me limito a encogerme de hombros y a seguir mi ruta manchega. Siempre adelante, para zahondar las huellas de Cervantes y escuchar el silencio de las noches, divisando la silueta de Don Quijote y de todos los personajes que figuran en el libro inmortal.

         Allá en lontananza, relativamente cerca, me espera Campo de Criptana, con su “Sierra de la Paz”, donde se yerguen los molinos. Es la villa más deleitable de la Mancha, ya que allí Cervantes centró la aventura de los molinos de viento, que le sucediera al caballero en su Segunda Salida y cuyo simbolismo sigue reinando en las entrañas mismas de la filosofía cervantina y es decidora parábola en todos los tiempos, ya que es la lucha de la ilusión contra la realidad material y tosca, la contraposición de lo objetivo del mundo con lo subjetivo, aquello que tiembla en los túneles del alma.

BOCETO FONDA

RUPERT CROFT-COOKE

          Rupert Croft-Cooke (1903-1979) nace en Edenbridge, Inglaterra. Periodista y prolífico escritor de novelas y guiones para cine y televisión. Bajo el seudónimo de Leo Bruce escribió numerosas novelas de detectives. Sirvió con el ejército británico en África e India entre los años 1940 y 1946, escribiendo varios libros sobre su estancia en el ejército. Entre 1953 y 1968 vive en Marruecos, desde donde decide en 1959 hacer la ruta que Cervantes eligiera para las aventuras de don Quijote. Asegura que sabe por dónde tiene que ir e inicia su viaje por España desde su casa en Tánger. Este relato de viaje, publicado en 1960, se tituló originalmente: Through Spain whith don Quijote. Croft-Cooke pasó por Alcázar de San Juan solo unas horas. No estaba en su ruta quijotesca preconcebida en parar y visitar este lugar como lugar de la novela. Sabía que Alcázar estaba entre los lugares que se disputaba la cuna de Cervantes, pero debía de pasar por aquí al estar en el camino entre Puerto Lápice y Herencia, para llegar a Campo de Criptana. No comparte con Azorín, y otros muchos autores, el interés cervantino que despiertan sus molinos de viento, pues no cree que fueran en estos cerros criptanenses donde estuvieran los molinos del capítulo VIII de la Segunda Parte, que él los sitúa precisamente en los alrededores de Villarta de San Juan: “Todo esto está muy bien. Los molinos de viento siguen girando en las lomas de alrededor y, arquitectónicamente, no ha perdido su aire morisco, así como también sus habitantes parecen gentes acomodadas y prósperas. Pero ¿qué diablos tiene esto que ver con Don Quijote?”.

         Si los molinos de Campo de Criptana no tienen nada que ver con don Quijote, se puede llegar a entender que de Alcázar de San Juan, Croft-Cooke, solo dejara un calificativo interesante: ¡Aburrida! De Alcázar de San Juan solo encontró atractivo el buen chocolate que compró en el mercado. ¡¡¡Chocolate!!!

         Alcázar de San Juan vista por Rupert Croft-Cooke:

         La carretera se adentra luego por Alcázar de San Juan, uno de los veintidós lugares de España que pretende ser el pueblo natal de Cervantes. Su pretensión de punto de enlace ferroviario importante está más que justificada. En cuanto a sus productos, según leo en un libro de referencias, son: «jabón, chocolate, pólvora y armas blancas damasquinadas».

         Necesitábamos des de estos artículos y los adquirimos en el mercado local; no pólvora ni armas blancas, aun cuando hubiera resultado más impresionante y apropiado, sino algo más prosaico: jabón y chocolate.

         El buen chocolate es tradicional en España, pues fueron los españoles quienes primero lo descubrieron al conquistar México. Los aztecas bebían un espumoso brebaje denominado chocolatl, que hacían con semillas de cacao, tostándolas, moliéndolas y sazonándolas con especias. Los españoles añadieron el azúcar y, durante más de un siglo, mantuvieron en secreto de la preparación. Las regiones que quedaron del Imperio, en el cual el sol no se ponía nunca, tienen pocos productos, pero el cacao y el azúcar figuran entre ellos. Así, el chocolate español no exige importaciones que cuesten dólares o libras y por eso es sorprendentemente barato, hasta para los precios de un país en el cual sólo la gasolina y el whisky le parecen caros al extranjero. El chocolate es delicioso; algo completamente diferente del dulzarrón y oleaginosos chocolate de Inglaterra. Su gusto es más pronunciado, sabe más a cacao verdadero y menos a leche, azúcar o mantequilla de coco. A veces, es refrescantemente agridulce. Un trozo gigantesco de chocolate cuesta menos de dos chelines.

         Lo compré en el mercado de Alcázar de San Juan entre gran número de otras cosas, pero no nos demoramos en la ciudad, que encontré aburrida. Admito que, en cierto modo, no se debe llamar aburrida a ninguna población, y que en ésta puede haber gentes profundamente interesantes y que vivan vidas dramáticas; sé que está llena de restos del pasado y de expresivas perspectivas. Para algunos –un ex-oficial del ejército inglés o un artista americano– acaso pueda ser un lugar de retiro apropiado, la población que conozca y comprenda mejor de la península, un lugar en el cual nunca se sentirá aburrido ni deprimido. Y, si lee estas palabras, dejará caer el libro.

         –¿Aburrida? –exclamará–. Este hombre es idiota. No sabe nada acerca de esta población. No ha visto nuestra calle predilecta, con sus hermosos balcones de hierro forjado, repletos de flores. Ignora cómo descienden las luces del crepúsculo a la placita que está junto a la iglesia. No ha conocido a la singular y anciana señora de Gutiérrez y al estimado don Antonio. ¡Vaya! Hay tanta belleza, interés y encanto en Alcázar de San Juan como en cualquier ciudad española, y este sujeto, tras una corta visita, ¡la llama aburrida!

         Comprendo su indignación. Yo conozco también lugares a los cuales he ido por casualidad y que con el tiempo he amado, al aprender a estimar sus exóticos atractivos y sentir por ellos un celoso afán de posesión. Por consiguiente, me disculpo de mi rudeza ante este hipotético habitante de Alcázar de San Juan, pero debo recordarle que cuantas más veces sea calificada de aburrida su amada población, tanto mayor número de invasores en potencia de sus posesiones se sentirá desanimado. A mí, aquel feroz mediodía, me pareció aburrida.

BOCETO CASA DE ALCAZAR

JULIO LLAMAZARES

           Julio Alonso Llamazares nace en Vegamián (León) en 1955. Periodista, poeta y novelista, también escribe literatura de viaje. En 2015, coincidiendo con el cuarto centenario de la publicación de la Segunda Parte del Quijote, LLamazares recibe el encargo de Juan Cruz, director adjunto del periódico El País de recorrer la ruta de don Quijote. Similar encargo recibió en 1905 recibió Azorín en el periódico El Imparcial, y similar es el resultado, sus crónicas publicadas en el periódico formaron un año después El viaje de don Quijote. Parte desde Madrid, pero no desde la estación de Mediodía, esta vez lo hace en coche y desde el convento de las Trinitarias Descalzas donde Cervantes descansa, casi ignorado, de su azarosa vida, y lo finaliza en Barcelona, donde don Quijote terminó sus andanzas. Sus crónicas en el periódico estuvieron acompañadas por magníficas fotografías de José Manuel Navia, que ha sabido captar la luz como muy pocos artistas, esa luz que solo se puede apreciar en la Mancha. Pero aunque no se bajase en la estación de ferrocarril, ésta estación es para Llamazares “el verdadero monumento del pueblo”. Trasiego de trenes, maquinistas y vendedores de tortas en sus andenes que, aunque ya lejanos, Llamazares inmortaliza en su artículo. Y termina su estancia en Alcázar de San Juan como lo hace Azorín después de recorrer la Mancha en 1905, compartiendo con sus lectores esa sensación de haber estado en el corazón de la Mancha de don Quijote.

         Llamazares entre las calles y plazas de Alcázar de San Juan. Es verano en la Mancha de don Quijote:

LA GLORIA DE CERVANTES

         Alcázar de San Juan, la capital de la Mancha para Azorín, disputa a Alcalá de Henares y a otros lugares de España no el honor de ser la patria de don Quijote, sino la de Cervantes, que es más difícil. Mientras que en la biografía de don Quijote todo es ficción, en la de Cervantes hay documentos, alguno tan incontestable como el de la partida de su bautismo católico. Que está en Alcalá de Henares, o por lo menos eso yo he oído y leído.

         Pero el dueño del hotel en el que he dormido no está dispuesto a aceptar tal cosa. Para él no está nada claro dónde nació Cervantes y, como mucho, da pie a la duda, pero no para que cualquier lugar se apunte a controversia («¡Hasta Infantes quiere ahora, fíjese, ser la patria de Cervantes!»), sino para discutirlo únicamente entre Alcalá de Henares y Alcázar:

         – Dicen que, cuando iba a morir –me cuenta, totalmente serio–, a Cervantes le preguntaron de dónde era. Y él respondió que de Alca… Y, antes de seguir, murió.

         –¡Pues vaya! –le digo yo, divertido.

         En la iglesia mayor del pueblo, de proporciones catedralicias y con trazas de haber sido una mezquita anteriormente (hay restos en sus paredes de yesos árabes), el sacristán, que está más versado, me explica las razones por las que, según él, el nacimiento de Cervantes en Alcalá de Henares no es tan evidente. Lo que sucede, me dice, es que la villa del Henares tiene el apoyo de Madrid –«que es mucho apoyo», apostilla– y Alcázar tiene que defender su candidatura por sí sola. Las razones son diversas según el sacristán de Santa María (que, mientras las enumera, me va enseñando la iglesia, incluido el camarín de la Virgen, sobre el altar: una auténtica bombonera rococó llena de oros y otros adornos), pero la principal de todas es la partida de bautismo que se guarda en el archivo parroquial y cuya redacción no deja lugar a dudas para él: En nueve días del mes de nobiembre de mill quios y cinquenta y ocho baptizó el Rdo. Señor alo diaz pajares un hijo de blas de Cervantes Sabedra y de Catalina Lopez que le puso [de] nombre Miguel. Para remachar el clavo, en el margen de la notación alguien escribió más tarde (un párroco del siglo XVIII, según el sacristán, que lo sabe todo) una frase que dice textualmente: Este fue el autor de la Histoa de D.n Quixote.

         El resto de argumentos, que van desde el gran conocimiento que Cervantes demuestra en su novela de la comarca de San Juan a que aún haya apellidos Cervantes y Saavedra en el pueblo o a que el famoso duque de Béjar, al que Cervantes dedicó la obra, fue prior de la Orden de San Juan, cuya capital era Alcázar, abundan en el origen alcazareño del autor del Quijote para el sacristán, que, pese a ello, se muestra posibilista y más abierto a otras opiniones que su vecino, el dueño del hotel:

         –La gloria de Cervantes, de todos modos, fue su obra, no su vida, y ésa está claro que está íntimamente vinculada a Alcázar –concluye.

         –En eso tienes razón –le digo.

         Aparte de la iglesia de Santa María y del torreón que está enfrente de ella y que fue sede del Priorato de la Orden de San Juan, la defensora de Alcázar y su comarca durante siglos, el pueblo tiene otros puntos de interés (las iglesias de San Francisco y de Santa Quiteria, tan monumentales como la parroquial y, como ella, construidas con una piedra de color rojo que les da una calidez especial, y los conventos de la Trinidad –siempre la Trinidad unida a Cervantes– y de Santa Clara, éste convertido en hotel desde hace ya tiempo), pero el verdadero monumento del pueblo, al menos desde el siglo XIX, cuando se construyó, es la estación del ferrocarril, famosa en todo el país porque por ella pasaban todos los trenes que iban hacia el sur de España. En ella paraban muchos viajeros para comprar las famosas tortas de Alcázar, que todavía se venden a lo que veo, y cambiaban los equipos de maquinistas y ferroviarios por otros de refresco. Y desde ella partió Azorín un día del año 1905, después de recorrer la Mancha siguiendo a don Quijote, en dirección a Madrid, dejando escritas estas palabras de despedida que uno comparte a pesar del tiempo transcurrido: «¿Habrá otro pueblo, aparte de éste, más castizo, más manchego, más típico, donde más íntimamente se comprenda y se sienta la alucinación de estas campiñas rasas, el vivir doloroso y resignado de estos buenos labriegos, la monotonía y la desesperación de las horas que pasan y pasan lentas, eternas, en un ambiente de tristeza, de soledad y de inacción […] Decidme, ¿no comprendéis en estas tierras los ensueños, los desvaríos, las imaginaciones desatadas del grande loco?».

        Bibliografía para leer este verano:

-ANDERSEN, Hans Christian (1988): Viaje por España. Madrid, Alianza Editorial.

-ARELLANO, Jorge Eduardo (2005): Rubén Darío, Don Quijote no debe ni puede morir (páginas cervantinas). Madrid, Publicaciones del Centro de Estudios Indianos (CEI), Editorial Iberoamericana Vervuert.

AZORÍN, (1967): La amada España. Barcelona, Ediciones Destino.

AZORÍN, (2009): La ruta de don Quijote. Madrid, Ediciones Cátedra.

-BAUTISTA NARANJO, Esther (2010): Un americano en La Mancha tras las huellas de don Quijote. Ciudad Real, Centro de Estudios de Castilla-La Mancha (UCLM).

-CROFT-COOKE, Rupert (1976): De la mano de don Quijote. Esplugas de Llobregat, Plaza & Janes.

-D´HALMAR, Augusto (1934): La Mancha de Don Quijote. Santiago de Chile, Editorial Ercilla.

-DE ESCALANTE, Amós (1961): Del Manzanares al Darro. Madrid, Publicaciones Españolas.

-DE LA SERNA, Víctor (1959): Por tierras de la Mancha. Ciudad Real, Imprenta Excma. Diputación de Ciudad Real.

-JACCACI, August F. (1896): On the Trail of Don Quixote. Nueva York. Charles Scribner´s Sons.

-LLAMAZARES, Julio (2016): El viaje de don Quijote. Barcelona, Alfaguara.

-PRIETO, Gregorio (1953): La Mancha de Don Quijote. Madrid, Ediciones de la Revista Clavileño.

-SANDER, Carlos (1967): En busca del Quijote. Santiago de Chile, Editorial Nascimento.

-STARKIE, Walter (1944): Don Gitano. Barcelona, Ediciones Pal·Las.

-VIERGE, Daniel Urrabieta. Estampas y fotografías The Hispanic Society of America.

                                                                             Luis Miguel Román Alhambra

 

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