LA MUERTE DE MIGUEL DE CERVANTES

ultimos momentos de CervantesEscribo este artículo en Alcázar de San Juan, Corazón de la Mancha y Cuna de Cervantes. Corazón de la Mancha es desde el 11 de julio de 1966, cuando queda así inscrita en el Registro de Denominaciones Geoturísticas del Ministerio de Información y Turismo. Geográficamente es evidente. Y Cuna de Cervantes es desde que en 1748, Blas de Nasarre, bibliotecario mayor de la Real Biblioteca, encuentra en el Libro Primero de Bautismos de la iglesia alcazareña de Santa María la Mayor la inscripción de un niño de nombre Miguel, que sus padres, Blas de Cervantes Sabedra y Catalina López, llevan a bautizar el nueve de noviembre de 1558.

partida de bautismo AlcazarDesde ese momento se ha considerado al autor del Quijote hijo de Alcázar de San Juan. Unos años más tarde, en 1753, después de haber encontrado el fraile Martín Sarmiento la obra Topografía e Historia general de Argel, de Diego de Haedo, en la que aparecen datos de un Miguel de Cervantes, hidalgo principal de Alcalá de Henares, se busca y encuentra otra partida de bautismo de otro Miguel, que sus padres, Rodrigo Cervantes y Leonor Cortinas, llevan a bautizar el nueve de octubre de 1947 a la iglesia de Santa María la Mayor, de Alcalá de Henares.

Documentos encontrados posteriormente en el Archivo General de Indias de Sevilla, relativos a la relación de los rescates que los padres trinitarios realizaron en Argel, en el que aparece una anotación de un Miguel de Cervantes natural y vecino de Alcalá de Henares, hicieron que, definitivamente, se otorgara, por los académicos de la Real Academia de la Historia, la cuna del padre del Quijote a Alcalá de Henares.

Sin embargo, en Alcázar de San Juan, su partida de bautismo y la tradición transmitida por generaciones de padres a hijos, tiene más fuerza que todos los documentos históricos que lo vinculan a la ciudad alcalaína. Cervantes y Saavedras han convivido desde hace muchos siglos en esta parte de la Mancha, hasta hoy mismo. Así se lo recuerdan a Azorín en El Toboso cuando lo visita en 1905, y con sano orgullo manchego le aseguran que el abuelo del Miguel de Cervantes de Alcázar de San Juan, el autor del Quijote, era natural de El Toboso:

“Señor Azorín: que Miguel sea de Alcázar, está perfectamente; que Blas sea de Alcázar, también; yo tampoco lo tomo a mal; pero el abuelo, ¡el abuelo de Miguel!, no le quepa a usted duda, señor Azorín, el abuelo de Miguel era de aquí… yo he visto el árbol de la familia. ¡Yo he visto el árbol, señor Azorín! ¿Y sabe usted de dónde arranca el árbol?… el árbol arranca de Madridejos. Además, señor Azorín, en todos los pueblos estos inmediatos hay Cervantes; los tiene usted, o los ha tenido, en Argamasilla, en Alcázar, en Criptana, en El Toboso… ¡Pero váyales usted con esto a los académicos!…”

Esta vinculación familiar entre El Toboso y Alcázar de San Juan, entre la familia Cervantes, refuerza aún más nuestra tradición cervantina alcazareña. Y quijotesca, al estar en el corazón de la comarca de don Quijote, demarcada por los límites que establecen los lugares, nombrados explícitamente en el Quijote, de Tembleque, Quintanar de la Orden, Argamasilla de Alba y Puerto Lápice, y estar tan cerca de El Toboso y aún más de los molinos de viento de Campo de Criptana. ¡Pero váyales usted con esto a los académicos!

Se llegó incluso a localizar en el siglo XIX la casa donde vivió la familia de Blas de Cervantes Sabedra y Catalina López, muy cerca de la iglesia de Santa María, pero la indiferencia y desidia local la llevaron al derribo.

la casa de Cervantes-Alcazar

Los mismos académicos no se han puesto de acuerdo sobre el origen del segundo apellido del autor del Quijote. Para vincularlo con el alcalaíno han rebuscado en sus ascendientes, en hipótesis del sobrenombre árabe por sus heridas en una mano, etc. El Miguel alcazareño, sencillamente, era Cervantes López Savedra. ¡Pero váyales usted con esto a los académicos!

La tradición cervantina alcazareña es tan sólida que, durante varios años del siglo XX, se cambió oficialmente el nombre de la ciudad por Alcázar de Cervantes.

detalle del diario de sesiones_alcazar de Cervantes

Mucho se ha criticado a Nasarre por el descubrimiento de la partida de bautismo de Alcázar de San Juan y mucho más por haber escrito al margen de la inscripción “Este es el autor de la historia de don Quixote”. Pero los mismos académicos que lo critican no lo hacen por otro descubrimiento también suyo. En 1749, un año más tarde de pasar por la sacristía de la iglesia alcazareña, encuentra la partida de defunción y enterramiento del autor del Quijote, en la parroquia madrileña de San Sebastián, en la calle Atocha, casi a espaldas del convento de las monjas trinitarias donde fue enterrado su cuerpo, amortajado con el sayal de San Francisco, tras unos pocos metros de cortejo fúnebre a hombros de sus hermanos terceros franciscanos, desde la calle del León, donde vivió sus últimos años y falleció.

Partida de defunción_Cervantes

Si con el lugar de bautismo, o nacimiento, hubo polémica también la hay con la fecha de su muerte. Hay quien afirma que el día 23 de abril es el día de su entierro y que realmente murió el día de antes, el 22. Yo, sencillamente leo: “En 23 de abril de 1616 años murió Miguel de Cervantes Saavedra…”. Curiosamente este mismo día 23 de abril de 1616 murieron otros dos escritores: William Shakespeare y Gómez Suárez de Figueroa, más conocido como Inca Garcilaso de la Vega.

Para mí, ese día 23 de abril muere Miguel de Cervantes, pero el autor del Quijote, el escritor Miguel de Cervantes, muere unos días antes, el 19 de abril de 1616. Ese día, su genial pluma se secó para siempre después de escribir estas solemnes palabras en su estimado Persiles, dirigidas al Conde de Lemos, con una prosa todavía hoy inigualada:

“Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo.

Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo ésta: el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a Vuesa Excelencia; que podría ser fuese tanto el contento de ver a Vuesa Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los Cielos, y por lo menos sepa Vuesa Excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aun más allá de la muerte mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía me alegro de la llegada de Vuesa Excelencia, regocíjome de verle señalar con el dedo, y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas, dilatadas en la fama de las bondades de Vuesa Excelencia.  

Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de Las semanas del jardín y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mía (que ya no sería ventura, sino milagro), me diese el Cielo vida, las verá, y con ellas fin de La Galatea, de quien sé está aficionado Vuesa Excelencia. Y, con estas obras, continuando mi deseo, guarde Dios a Vuesa Excelencia como puede. De Madrid, a diez y nueve de abril de mil y seiscientos y diez y seis años”        

Un día después de recibir el Santo Óleo, de saberse muy cerca del tránsito a la otra vida, aún le quedan fuerzas para llevar la pluma al tintero y escribir estas palabras de agradecimiento y adiós. Es el Cervantes serio, trascendental, que sabe que se va ya de esta vida. Leyéndolo solo me queda decir: ¡AMÉN!

No sé si el Prólogo lo escribió ese mismo día, supongo que sería unos días antes. En él también se despide de todos, pero aún aflora la fina ironía y el buen humor de Cervantes: “¡Adiós, gracias! ¡Adiós, donaires! ¡Adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida!”

¿Se imaginan las caras de sorpresa de los lectores de su obra póstuma, el Persiles, cuando esta ve la luz en 1617, leyendo el deseo de verlos pronto en la otra vida? Como se dice por aquí: ¡Genio y figura hasta en la sepultura! Aunque, conociendo la gracia, ironía y buen humor de don Miguel, esto no les sorprendería a sus regocijados amigos. Seguro que esbozarían una leve sonrisa de complicidad con el genio.

¡Que en paz descanses, don Miguel!

¡Y, no nos esperes tan pronto!

Este artículo lo termino de escribir y publico el día 19 de abril de 2019, Viernes Santo, cuatrocientos y tres años después de morir la genial escritura de Cervantes.

madrugáDentro de unos días celebraremos el Día del Libro, cuatrocientos y tres años después de morir Cervantes.

                                                                                  Luis Miguel Román Alhambra

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CERVANTES, EL QUIJOTE Y LA MANCHA

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Estamos comenzando abril, mes cervantino y quijotesco universal. Durante estos treinta días, lecturas populares del Quijote, teatros en la calle, exposiciones, etc. llenarán el contenido cultural de muchos lugares del mundo. En los carteles anunciadores la imagen de Cervantes y don Quijote aparecerán unidas. Como muchos autores han afirmado, autor y personaje son una misma cosa, no existe Cervantes sin don Quijote ni don Quijote sin Cervantes.

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La imagen real de Cervantes no nos ha trascendido. O no pudo o no quiso que su imagen se grabase e imprimiese su estampa al inicio de sus obras, como ya hacían otros escritores, aunque sí nos dejó su propio autorretrato, con palabras, en el Prólogo al lector de las Novelas ejemplares, en 1613, tres años antes de su muerte:

         “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra…”

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La imagen de don Quijote ha sido interpretada infinidad de veces por las descripciones que Cervantes nos ha dejado de él:

           “Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza…” (1, 1).

         “Porque quien oyere decir a vuestra merced que una bacía de barbero es el yelmo de Mambrino, y que no salga deste error en más de cuatro días, ¿qué ha de pensar sino que quien tal dice y afirma debe de tener güero el juicio?…” (1, 25).

Ambas imágenes, autor y personaje, están unidas casi desde el mismo momento de la publicación en 1605 de la Primera Parte del Quijote.

Hace tres años, en 2016, cuando la Cadena SER me propuso, como presidente de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, dirigir un programa semanal sobre Cervantes y el Quijote (se conmemoraba el cuarto centenario de la muerte del escritor), planteé que el título y su contenido debían de tener el topónimo Mancha, pues para mí, las imágenes de Cervantes, el Quijote y la Mancha están indisolublemente unidas. No me cabe la más mínima duda que de no haber titulado Cervantes su novela El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha esta tierra castellana habría perdido este topónimo hace muchos años. Si hoy existe la región española conocida como Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha es gracias a Cervantes y a la imagen que de la Mancha describe fielmente en su Quijote. Si hoy todo el mundo sitúa geográficamente la Mancha en España, entre Madrid y Andalucía, aunque nunca haya estado aquí, es gracias a Cervantes y su Quijote. El título, de los más de cien programas que llegamos a emitir, durante más de dos años, fue: “Cervantes, don Quijote y la Mancha”.

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Durante este centenar de programas de unos quince minutos de duración, ¡más de veinticinco horas cervantinas!, la figura de autor, personaje y territorio envolvieron los comentarios de cada uno de los cincuenta y dos capítulos de la Primera Parte del Quijote, que llegamos a terminar. Quizá algún día se pueda continuar con la Segunda Parte y, por qué no, con el resto de obras de Cervantes, pero las prioridades de emisión, a veces, no van por los derroteros que a uno le gustan, sino hacia lo que los oyentes reclaman. Y Cervantes y su Quijote, pasando las efemérides de los centenarios, ni a los manchegos parece interesar. Siguiendo la tradición sevillana de contar los días hasta la próxima Semana Santa: ¡Ya solo faltan ochenta y seis años para volver a conmemorar a Cervantes y el Quijote!  

En estos programas expresé lo que yo siento por Cervantes, el Quijote y la Mancha. Y desde esta Mancha de Cervantes y de don Quijote, en la que tengo el gran privilegio de haber nacido y vivir en ella, os dejo estas breves consideraciones, lo que yo realmente pienso, del vínculo entre estas tres imágenes que fueron surgiendo durante los programas. Si me tuviese que quedar con una sola palabra que identifica a Cervantes, don Quijote y la Mancha esta sería: SENCILLEZ (Con mayúsculas).

 

CERVANTES

Miguel de Cervantes Saavedra fue un hombre normal, que en todo momento de su vida buscó lo mejor para él y para su familia, como cualquiera en su época, y hoy mismo. En cuanto pudo se marcha de España, y entra al servicio de un joven monseñor en Roma, que poco tiempo después es nombrado príncipe de la Iglesia: el cardenal Acquaviva. Sin duda, el cardenal ya apreció en el joven Miguel esa inteligencia literaria innata. Poco le duró el tiempo entre los formidables libros de la biblioteca romana del cardenal y, como en otros muchos jóvenes, el sentimiento de servicio a su patria con las armas,  llama su atención. Combates y heridas, como otros muchos soldados, prisionero con ciertos  privilegios, ganados o fingidos, con respecto a los demás, es liberado por dinero, como los demás, y de vuelta a España se gana el sueldo con un buen cargo en su época, recaudador de impuestos para la Corona, recorriendo gran parte de Castilla y Andalucía, e incluso en este tiempo pasa por la soledad de las cárceles mientras sus cuentas con la Corona se aclaraban, como cualquier recaudador de impuestos. Se casó y tuvo hijos, dentro y fuera del matrimonio, una vida razonablemente sencilla, sin tantos sufrimientos como se le han adjudicado, sin evidencias de ello.

Pretendía, como todos, el bienestar suyo y de su familia, en una sociedad en decadencia, en el que el dinero y cómo conseguirlo consumían su vida, como a todos sus coetáneos. Y más escribiendo poesía y teatro, que era ya lo que más le gustaba desde antes de marcharse con el cardenal romano, alcanzar fama, y el dinero de la fama, era su objetivo principal. Tiene la mala fortuna, buena para nosotros, de coincidir en vida con el mayor y mejor creador de teatro de su tiempo, Lope de Vega, por lo que para ganar algo de dinero escribiendo tiene que hacerlo con la prosa, pero innovándola, transgrediendo los códigos de la escritura hasta entonces, cambiando escenarios y personajes. Y así logra ser leído, ser un éxito en ventas de su época, aunque solo le dio lo justo para vivir muy sencillamente, quizá con estrecheces.

Cervantes fue, por tanto, una persona muy normal,  lo que le hace extraordinario es su genial concepto de la literatura, que le hizo crear la obra más importante del Siglo de Oro español, la cual ha trascendido hasta nuestros días, el Quijote. Como creador paso por encima de las normas literarias establecidas. Solo un genio es capaz de escribir sobre los valores universales del ser humano contando sencillas  historias cotidianas, normales para sus lectores. Y lo hace al final de su vida, recordando anécdotas personales y cuentos oídos en las ventas de los caminos. Escribe desde su experiencia de una vida ya larga, haciendo así creíble su novela en el espacio y en el tiempo, y, lo que es más importante, en el escenario y con los protagonistas elegidos para su guión. Estos nuevos límites en la literatura marcados por Cervantes han llegado hasta nuestros días. ¡Esta innovación literaria  solo la puede hacer un genio como él!

 

EL QUIJOTE

Las novelas de caballerías eran muy leídas, y escuchadas, en su época, género de entretenimiento social a todos los niveles eran  criticadas airosamente por muchos, incluso desde los púlpitos de las iglesias, que también a escondidas las leían. Cervantes, en lugar de criticarlas, crea una novela que las parodia. Cambiando escenarios, aventuras y protagonistas, alimenta las risas entre sus lectores, que también eran asiduos de las de caballerías, dejando implícitamente en el Quijote el mensaje de: ¡tonto el que las lea! Y dio mejor resultado que las críticas airosas de otros autores, nadie quería ya leerlas, ni escucharlas.

Y qué mejor elección para caballero y escudero que un hidalgo, trastornado por leer libros de caballerías, y un jornalero vecino suyo, a veces no menos chiflado. Figuras marginales de la sociedad española rural con las que Cervantes parodia a los caballeros fantásticos y sus eficaces escuderos, y de paso reírse  con ellos de los problemas de su sociedad. Conoce los defectos y virtudes del ser humano siendo capaz de murmurar de todo y de todos, pero sin hacer sangre a nadie. Esto es sencillamente el Quijote, una novela creada en su  momento para parodiar un género literario con humor y humanidad, y de paso a la sociedad española que tan bien conoce. Los libros de caballerías se dejaron de leer, nadie quería parecer un tonto, y es cuando la humanidad de los personajes cervantinos hacen transcendental la novela, una obra de arte en la que nos podemos mirar todos, como en un espejo, en las personalidades cambiantes de don Quijote y Sancho Panza, quizá como las nuestras, aunque hayan pasado más de cuatro siglos. La sociedad ha avanzado mucho en multitud de campos, pero el hombre de hoy sigue teniendo los mismos problemas y aspiraciones que el hombre coetáneo a Cervantes.

Hoy se puede leer el Quijote de muchas formas, pero siempre teniendo en cuenta la época en la que fue escrito. Sin esta consideración, además de no entender casi nada, puede llegar a ser un libro aburrido de solemnidad. La fina ironía y buen humor de Cervantes está dirigida a la sociedad en la que vive, si somos capaces de transportar las escenas y personajes a nuestros días advertiremos como sigue siendo su mensaje actual, y nos reiremos, lloraremos, enojaremos… con el loco tan cuerdo de don Quijote y el lego tan docto de su escudero, sancho Panza. No es necesario ser filólogo, historiador o filósofo para entender el Quijote, solo hay que hacer unos ejercicios previos, calentar un poco, antes de esta carrera de fondo que es leerlo, y siempre hacerlo despacio, sin prisas. Cuando notemos que no nos dice nada, que deja de llamarnos la atención, cerramos el libro y lo dejamos sobre la mesa. En unos días o semanas sencillamente nos volverá a llamar, y  volvemos a comprender su mensaje. O cuando, simplemente, en medio de nuestras actividades, tenemos unos minutos para leer, abrimos el Quijote por cualquiera de sus capítulos, al azar, y con solo leer media página seguro que obtenemos un momento de placer literario con una escena de risa, de melancolía, de amistad, de sueños posibles e imposibles, de vida. Lo cerramos de nuevo, seguimos con nuestra tarea diaria. Esto es, para un simple lector como yo, cómo leer el Quijote.

 

LA MANCHA

Los viejos códigos literarios caballerescos hacían discurrir las aventuras de sus imponentes caballeros por parajes de fantasía. Cervantes, si para su parodia escoge personajes normales, reconocibles, hace lo mismo con el escenario. Hace verosímil su historia eligiendo una tierra muy conocida en su época por, entre otras cosas, ser tierra de paso obligatorio entre Castilla y Andalucía, Extremadura y el Levante, un gran cruce de caminos. Escoge sencillamente el paisaje ideal para su caballero, la Mancha.

Y es en sus caminos y parajes donde sitúa a don Quijote, fuera de palacios y cómodos alojamientos, especialmente en la Primera Parte, donde solo está bien alojado en la casa de don Diego de Miranda y en la casa de los novios Quiteria y Basilio, pero  en cuanto puede ensilla a Rocinante y se marcha de nuevo a los caminos, pasando las noches debajo de las estrellas o en el peor camaranchón de una venta.

Cervantes conoce la Mancha, al menos la ha atravesado decenas de veces por su trabajo de funcionario. Sus caminos los ha recorrido al paso de su caballería. La extraordinaria planicie, cansina, que parece no acabar nunca, la luz a veces cegadora que invita a los espejismos, y el silencio del camino, el profundo silencio roto a veces por el canto de un pajarillo, sin duda pesaron mucho en la elección del escenario para las aventuras del loco más sensato  del mundo.

La percepción del paisaje, su imagen, es subjetiva. Para algunos, la monotonía de este paisaje lo hace aburrido, para otros, como yo que tengo la suerte de vivir en la Mancha, podemos sentir una extraña sensación de inmensa belleza, y percibimos, leyendo el Quijote, la misma imagen del medio físico elegido por Cervantes.

La intención de Cervantes al crear el Quijote es narrar una ficción verosímil con sus sencillos personajes y su geografía. Y aunque no era, ni es, una guía de viajes, el trazado de las aventuras sigue una ruta por caminos y parajes reales, reconocibles por las gentes del siglo XVII que leían, o escuchaban, sus historias, con las sencillas descripciones que del paisaje manchego hace en la narración. El escenario manchego no tiene más importancia que la de ubicar con credibilidad a sus personajes, lo importante no es la Mancha sino lo que nos cuenta Cervantes en la Mancha.

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Dibujos de dos grandes genios actuales de la pintura. Están hechas con el inmenso cariño que un padre pone cuando retrata a su hijo. A la izquierda Antonio López nos deja la imagen hiperrealista de su hija María, a la derecha Fernando Botero quiso dejarnos la imagen de su hijo fallecido, Pedrito. Dos obras de arte, abstracciones de la realidad según cada pintor, que a quienes las contemplamos nos pueden gustar más o menos, pero lo que es indudable es que ambos autores pintan la imagen subjetiva de sus hijos en ese momento.

Como un pintor, la imagen de la Mancha en el Quijote es la abstracción percibida de ella por Cervantes. Será más o menos realista, nos gustará más o menos como la ha representado, hay quien hoy la define incluso como ambigua o inexacta, pero él es el autor y desde el momento que se imprime en 1605 este es el escenario de la obra, él es el pintor. Enmendar hoy a Cervantes sobre la Mancha y sus caminos, usando cartografía actual y sistemas de información geográfica muy precisa, es olvidar completamente que el Quijote se escribió para gentes del siglo XVII que reconocían y sentían la Mancha tal y como la siente y describe él. La gran sorpresa para sus lectores es que por primera vez los personajes y el escenario geográfico  caballeresco eran reales, reconocibles. Las aventuras se sucedían entre personajes reales, en un espacio y tiempo verosímil, y los caminos hacían de vínculo entre ellas, por donde necesariamente debían transitar los protagonistas.

Es por tanto el paisaje manchego descrito por Cervantes tan sencillo como era en la realidad, y sigue siéndolo, usándolo solo lo necesario para enmarcar el momento de la narración. La descripción del paisaje no resta importancia a la aventura, sólo la enmarca adecuadamente, quizá sea también otra genialidad moderna de Cervantes en la composición de cada uno de los cuadros que componen el Quijote. Él se considera un poeta, amante del teatro, capaz de crear un personaje y un escenario de ficción, pero que decide ir a contracorriente y parodiar a los fantásticos caballeros con un viejo hidalgo a horcajadas sobre un no menos viejo caballo, por una tierra tan sencilla como él y su escudero. Y le salió el Quijote, una obra de ficción en una geografía real.

No nombra explícitamente muchos lugares de la Mancha, pero sí los necesarios para que sus lectores reconociesen, con la perspectiva paisajística de aquella época, el hábitat del hidalgo manchego, su comarca: Tembleque, Quintanar, Argamasilla, Puerto Lápice y El Toboso, e implícitamente con la figura de los molinos de viento a Campo de Criptana. Esta es la comarca manchega de don Quijote, homogénea, plana, luminosa, silenciosa. Silencio solo roto por los cascos de las caballerías que iban y venían de Toledo a Murcia, por el camino principal que atraviesa esta comarca, por el que transitó Cervantes, y don Quijote en su imaginación. Tierra tan sencilla que pocas descripciones más se pueden hacer de su paisaje, aunque hoy a algunos pueda parecer el paisaje del Quijote ambiguo, escaso o contradictorio.

El conocimiento de Cervantes de esta parte de la Mancha y su medio físico, es el mismo que unos pocos años antes los vecinos de estos mismos lugares hacen en las Relaciones Topográficas que manda hacer el rey Felipe II, en 1575. Autor y lectores tienen la misma perspectiva física y humana de la patria de don Quijote. Hoy incluso nos podríamos preguntar si el Quijote es un libro de viajes de Cervantes. Yo creo que no tuvo ninguna intención de que lo fuese, solo quería dar verosimilitud al relato, en clara parodia a los fantasiosos libros de caballerías. El libro de viajes del Quijote está aún por hacer por cada uno de los viajeros, o peregrinos quijotescos, que sigan los pasos imborrables de Rocinante por la Mancha. Si Rocinante fuese un caballo real sus huellas las habría borrado el viento solano, pero Rocinante es un mito y sus huellas no se han borrado en cuatro siglos, solo hay que saber encontrarlas.

Feliz mes cervantino y quijotesco, y quien pueda que lo celebre en la Mancha.

 

                                     Luis Miguel Román Alhambra

 

 

 

 

 

 

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LA SAYA DE TERESA

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Los viajeros que han peregrinado por la Mancha, en busca del espíritu de don Quijote, han percibido casi la misma imagen de esta tierra que a Cervantes le encantó para elegirla como el escenario de las aventuras de don Quijote. Solo la acción antrópica del hombre ha cambiado su paisaje. Donde había ganados entre encinas hoy hay generosas viñas, pero su inmenso horizonte plano, la luz transparente y el silencio solemne,siguen siendo las características especiales del paisaje manchego. Muchos también han observado el paisanaje, a los manchegos, y han anotado en sus cuadernos de viaje nuestra forma de ser, hablar y de vestir.

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Azorín, en su viaje a la Mancha realizado en marzo de 1905, que dio lugar a quince artículos periodísticos en las semanas previas a la celebración del tercer centenario de la publicación de la Primera Parte del Quijote y pocos meses después a su libro La Ruta de don Quijote, en el último de los artículos, publicado el 25 de marzo en el periódico El Imparcial, hace ahora justo ciento catorce  años, nos describe magistralmente las calles y plazas, el tiempo airoso de un mes de marzo en un pueblo de la Mancha, y la forma de vestir de dos vecinos, un hombre y una mujer:

“Las calles son anchas, espaciosas, desmesuradas; las casas son bajas, de un color grisáceo, terroso, cárdeno; mientras escribo estas líneas, el cielo está anubarrado, plomizo; sopla, ruge, brama un vendaval furioso, helado; por las anchas vías desiertas vuelan impetuosas polvaredas; oigo que unas campanas tocan con toques desgarrados, plañideros, a lo lejos; apenas si de tarde en tarde transcurre por las calles un labriego enfundado en su traje pardo, o una mujer vestida de negro, con las ropas a la cabeza, asomando entre los pliegues su cara lívida; los chapiteles plomizos y los muros rojos de una iglesia vetusta cierran el fondo de una plaza ancha, desierta…”

Hay un detalle en la forma de vestir de la mujer que me vuelve a llamar poderosamente la curiosidad. El día es muy desagradable, con un vendaval furioso, helado, y la mujer para resguardarse de estas inclemencias se echa sus ropas sobre la cabeza, lógicamente la parte de atrás de la saya, asomando entre los pliegues su cara lívida. Imagen que llama la atención a Azorín y que pinta con maestría descriptiva en su artículo. El silencio está roto por unas campanas[que] tocan con toques desgarrados, plañideros, a lo lejos, por lo que también es posible que la mujer se dirigiera a la iglesia, cubriéndose la cabeza con la saya en lugar de un manto.

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Cervantes, tres siglos antes, también vio esta misma escena de ingenioso recurso femenino y la utiliza para describir, o denunciar ante su sociedad, la pobreza en la que vivían las familias de los jornaleros agrícolas manchegos, como la del mismo Sancho Panza. Al principio de la Segunda Parte nos narra cómo Sancho llega muy contento a su casa. Está convencido en volver a partir de nuevo con su vecino Alonso y solo le queda convencer a su mujer de lo próspera que será esta nueva salida, dando así título al capítulo quinto de la Segunda Parte del Quijote: De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación.

Teresa conoce, a la legua, a su marido y nada más entrar Sancho a casa sabe que anda detrás de algo, y le pregunta:¿Qué traes, Sancho amigo, que tan alegre venís?, respondiéndole Sancho  de manera ambigua,que está contento pero que no debía estarlo tanto: bien me holgara yo de no estar tan contento como muestro.Sancho está gozoso porque cree que volverá trayendo ese dinero que a su familia le hace tanta falta,e incluso siendo gobernador de alguna ínsula, pero sabe que a costa de separarse un tiempo de su mujer e hijos.

Aquí emerge el Sancho soñador,incluso más que el propio don Quijote, y es su mujer quien trata de ponerle los pies en el suelo. Teresa intenta convencerle de que no es indispensable en esta vida ser gobernador, con una sentencia que bien vale en este tiempo electoral en España:

vivid vos y llévese el Diablo cuantos gobiernos hay en el mundo. Sin gobierno salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta ahora y sin gobierno os iréis o os llevarán a la sepultura cuando Dios fuere servido. Como ésos hay en el mundo que viven sin gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el número de las gentes.”

Pero Teresa también tiene ese punto de sana ambición de los pobres para dejar esa vida de penurias, y viendo que su marido está empeñado en esta nueva empresa, junto a su vecino Alonso el Bueno, pasa a animarle, recordándole que si tiene fortuna no se olvide de ella ni de sus hijos. Y entre una y otro comienzan a hacer proyectos, hasta de boda para su hija Sanchica. Sancho la quiere ver casada con un caballero o un conde, pero, de nuevo, Teresa demuestra su sencillez, dejándonos una reflexión que hasta hoy no ha sido posible ver en nuestra sociedad, la igualdad: “Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad y no puedo ver entonos sin fundamentos”. ¡Bien se podía haber puesto este párrafo de Cervantes, escrito hace cuatro siglos y tan actual, en alguna de las pancartas de este pasado día 8 de marzo, día de la mujer!

Sancho está dispuesto a marcharse, a llegar ser gobernador, para volver y casar a su hija con un conde, y que su mujer vista de gobernadora. Teresa, sabiendo de las murmuraciones que esto causaría en su pueblo, le dice:

         “… y no quiero dar que decir a los que me vieren andar vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: ¡Mirad que entonada va la pazpuerca! Ayer no se hartaba de estirar de un copo de estopa, y iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya en lugar de manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no la conociésemos”

Mi interpretación del Quijote es fundamentalmente geográfica, en parte por vivir en esta parte de la Mancha. Pero leyendo el último artículo de Azorín con su detallada descripción de la imagen de aquella calle y sus vecinos, recuerdo lo leído en el Quijote y advierto la similitud de ambas, aunque puedan pasar desapercibidas para el lector de hoy: ¡La misma imagen de una humilde mujer manchega vista y descrita por dos autores, con tres siglos de diferencia, tapándose la cabeza con la parte trasera de su falda! ¿Casualidad o realidad etnográfica de un mismo lugar?

No cabe duda que los dos están viendo un mismo comportamiento ante una misma situación social.Este recurso femenino no pasó tampoco desapercibido a Pedro Antonio de Alarcón, en su Viajes por España (1883), cuando se refiere a las mujeres humildes de las Alpujarras granadinas que “se echan sobre la cabeza la saya á guisa de manto, y como la saya está forrada de amarillo, y el refajo es encarnado, ofrecen á distancia, en aquellos ásperos montes, un aspecto interesantísimo”

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Sobre las formas de vestir en el siglo XVI-XVII y el Quijote existen publicaciones y artículos muy interesantes, como por ejemplo El traje y los tipos sociales en el Quijote, de Carmen Bernis Madrazo. El interés de Cervantes por la indumentaria de sus protagonistas, y actores secundarios, es evidente en el Quijote y en el resto de sus novelas. A todos los describe por su forma de vestir, dada la importancia que tenía en su época la indumentaria, porque indicaba de forma explícita el estatus social de quien la portaba: “los trajes se han de acomodar con el oficio o dignidad que se profesa” (2, 42).

El Quijote está escrito para los lectores de comienzos del siglo XVII, y, como con el escenario geográfico en el que transcurren las aventuras, Cervantes para dar verosimilitud a la historia que quiere contar sencillamente acomoda las descripciones de los personajes al entendimiento de sus lectores. Olvidar esto hoy sería perder gran parte del sentido de la obra, por lo que el lector del siglo XXI tiene que interpretar su lectura adecuadamente a la época en la que fue escrita, incluso en las formas de vestir.

Don Quijote vestía como un hidalgo pobre, lo que era. Aunque él quería simular ser un caballero, sus ropas son siempre fieles a su clase social vistiendo “sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino”, aunque cuando sale en busca de aventuras vestía un jubón de armar y greguescos. Cervantes no disfraza de caballero a don Quijote, sino que para que fuese reconocido desde lejos su figura extravagante, sus ropas siguen siendo la de un hidalgo pobre, dando así verosimilitud al relato, como hace llevándolo por caminos y parajes reales, reconocibles. Y para contrastar sus ropas con la de un labrador moderadamente rico, o hidalgo rico, describe los ropajes de camino o de viaje de don Diego de Miranda, “…vestido un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta, asimismo de morado y verde; traía un alfange morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas, que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si fueran de oro puro” (2, 16).

Y así hace con cada uno de los personajes que aparecen en su novela: Sancho, ama, sobrina, Sansón Carrasco, el cura, el barbero, mercaderes, clérigos, caballeros, oidores, venteros, bandoleros, mozos de mulas, duques, etc. Como en el teatro, Cervantes viste a cada actor con su traje para que el lector  reconozca, sin ambigüedades, al personaje y su rol en la obra.

Vivo en una ciudad manchega donde aún hoy es posible ver y comentar, gracias a la labor e interés por nuestro folclore de la Asociación Coros y Danzas, los trajes de labor y de fiesta de las mujeres y hombres de la Mancha. La mujer humilde manchega vestía habitualmente con una camisa y un cuerpo, escotado y sin mangas, conocido como corpiño, y con dos faldas desde la cintura hasta casi los tobillos, una interior de color liso que daba volumen, conocida como refajo, y otra exterior que podía estar hecha de listas de colores o bordadas de nombre saya o basquiña. Un mandil o delantal protegía la saya de roces y manchas en sus tareas cotidianas. Debajo, de estas faldas, enaguas y pololos completaban las prendas íntimas de la mujer manchega. Calzaba, en el mejor de los casos y en ocasiones puntuales,zapatos de piel de medio tacón, pero lo habitual eran unas chinelas atadas con cintas a las piernas y las más pobres incluso iban descalzas. Era normal el uso de un manto conocido como mantellina o mantillo, que llevaban sobre los hombros, y que también utilizaban para cubrirse la cabeza cuando entraban en la iglesia, conocida esta forma de vestir como de manto y saya. El uso del manto, y posteriormente del velo, por las mujeres para cubrirse la cabeza en el interior de la iglesia ha perdurado hasta mediados del siglo XX, aunque en ciertos actos religiosos o etiqueta aún se use velos y mantillas bordadas.

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El gran pintor valenciano, José Benlliure, coetáneo a Azorín, pinta a niños, mujeres y hombres oyendo misa en Rocafort. Los hombres descubiertos y las mujeres con mantos sobre sus cabezas, según las costumbres de asistir a los actos en la iglesia.

El Quijote es una novela de anécdotas vividas en primera persona por Cervantes. No debía ser extraño que las mujeres de los jornaleros, el estatus más bajo de la sociedad del siglo XVI-XVII que conoció, en ocasiones de extrema pobreza no tuviesen entre su ajuar un simple manto con qué cubrirse con decoro la cabeza y llegando el caso de tener que entrar en la iglesia utilizaran la parte trasera de la saya, arremangándosela por detrás de la espalda, cubriéndose así la cabeza. Imagen real, vivencia de Cervantes, que utiliza para describir la pobreza de la humilde familia Panza.

Al carecer de una imagen adecuada para ilustrar este humilde recurso de la mujer manchega, he pedido a mi hijo Guillermo que me hiciese esta ilustración (la que encabeza este artículo). En ella se ve como una mujer manchega se cubre con decoro la cabeza con la parte posterior de la falda o saya exterior, en lugar de usar un manto.

Esta costumbre, solo entre las mujeres más humildes, lo pone Cervantes en escena en el pueblo de don Quijote, en la casa de Sancho. Azorín, en toda la Ruta de don Quijote descrita, es únicamente en este último artículo, en las calles de Alcázar de San Juan, capital geográfica de la Mancha como él mismo la define, donde ve a una humilde mujer manchega recurrir a esta antigua  costumbre.

Cervantes y Azorín, dos autores que genialmente nos han pintado con palabras, cada uno en su época y para sus lectores, el paisaje y el paisanaje, el medio físico y humano, de la Mancha de don Quijote, incluso coincidiendo en las mismas imágenes, y quizá en el mismo lugar.

Luis Miguel Román Alhambra

 

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CARLOS SANDER ÁLVAREZ, EL QUIJOTE DE DON QUIJOTE

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En marzo de 1959, ahora hace exactamente 60 años, el poeta chileno Carlos Sander peregrinaba por la Mancha en busca del espíritu de don Quijote. Era cónsul de Chile en Madrid. Había llegado a España como agregado cultural de su país en 1951 y entre uno de sus objetivos personales era visitar la Mancha de don Quijote, la Mancha de Cervantes. Ocho años después pisaba los lugares y escenarios del Quijote. Desde Alcázar de San Juan, donde quiso ver la controvertida partida de bautismo de Miguel de Cervantes Saavedra que la tradición alcazareña asegura que es del autor del Quijote, pone rumbo a Campo de Criptana para contemplar los “gigantes” contra los que don Quijote entra en descomunal batalla.

Sander comprueba, durante los ocho kilómetros que separan ambos lugares manchegos, la inmensa llanura tantas veces descrita, el horizonte alucinantemente plano, casi mágico. Y recuerda una metáfora, de Víctor de la Serna, sobre este espacio geográfico que encantó a Cervantes, y embruja a quienes andan por ella: “La tierra se va haciendo tan plana, que el viento podría llevar una uva rodando desde Alcázar a Campo de Criptana”.

Entra en La ciudad de los Molinos y ¡solo cuatro molinos le reciben! Él ya lo sabía, su amigo Gregorio Prieto, el gran pintor manchego,  se lo había confesado. Prieto quería salvar los molinos de viento de la Mancha del olvido, porque “aunque hayan perdido su significación industrial ante mejores procedimientos técnicos, hay que defenderlos, ya que el genio tocó con su vara mágica las altivas siluetas y los convirtió en inmortales”. Sander está desolado, como Prieto, al ver que Campo de Criptana se haya quedado casi sin ellos, solo cuatro quedaban en pie de los más de treinta que disponía para moler el trigo de sus vecinos, y de los lugares de alrededor.

Está, por fin, en la criptanense  Sierra de La Paz. Dice sentir un momento sacro, ese que todo peregrino siente cuando al fin llega a su meta deseada. Sander deseaba estar junto a estos gigantes malheridos por el paso del tiempo y dice apreciar entre ellos el espíritu de don Quijote. Le acompañan el alcalde, también poeta, José González Lara y Francisco Granero y Martínez Borja, uno de los vecinos más ancianos de Campo de Criptana, con cerca de noventa años. Así nos describe ese momento:

         “Con mis compañeros camino por entre los molinos, que me enseñan su corpachón blanco, su techo circular y brillante, su puerta, sus doce ventanas pequeñas o “vientos” y sus aspas forradas por cuatro velas. Cruzo por cimientos que fueron enhiestos molinos y que el tiempo destruyó. Había en esta Sierra de la Paz, treinta y cuatro molinos y sólo quedan cuatro. Son Los reyes de Criptana. Los cuatro mosqueteros que cuidan de la villa blanca. Tienen nombres extraños y manchegos: “El Infanto”, “El Burleta”, “El Sardinero” y “El Culebro”.

Hablan de las dudas que surgen para situar geográficamente unas aventuras u otras de don Quijote. Para los tres, Cervantes enmarcó la aventura de los molinos de vientos en las crestas de Campo de Criptana. Incluso asegura Sander, como lo hace también su amigo Prieto, conoce dónde pudo inspirarse Cervantes:

         “Lo que sí es indudable y sin lugar a discusión, es que Campo de Criptana fue la villa que inspiró a Cervantes para su escena de los molinos de viento. Y él saco esa escena del emblema que tiene el escudo de Alcázar de San Juan, el pueblo vecino y que muestra a un caballero arremetiendo, lanza en ristre, contra un castillo. Ahí está la base de la escena inmortal en que Don Quijote de la Mancha, ciego por su ideal, arremete contra un molino, que con sus aspas lanza por tierra a caballo y caballero.”

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Carlos Sander estaba invitado por el alcalde para impartir una conferencia sobre “El presente de la hispanidad”. Es un hispanoamericano convencido. Después del almuerzo, durante una reunión en el ayuntamiento, siguen hablando “de América y de España. Se conversa de Cervantes y de Don Quijote. Y se habla de molinos, de los molinos de Campo de Criptana.” Y es en esta reunión cervantina y molinera, cuando una idea le susurra al oído. Antes el alcalde le había mostrado el proyecto, casi irrealizable por el gran coste económico para las arcas locales, de volver a levantar los molinos de la Sierra de La Paz. Sander no tarda en compartir su idea allí mismo ante el entusiasmo de todos, especialmente del propio alcalde: restaurar los molinos de Campo de Criptana, haciendo que cada país de América reconstruyera uno de ellos en el mismo sitio y con el mismo nombre que los conoció Cervantes, colocando dentro de él un museo artístico e intelectual del país, y el de Chile sería el primero de ellos. Así, el coste de reconstrucción de cada molino, unas 150.000 pesetas, serían sufragadas por cada país americano, siendo así viable el sueño del alcalde.

Y con esta idea, casi quijotesca, regresa a Madrid. Convoca a la prensa y comunica al mundo el proyecto, que no duda en liderar. Todos los periódicos y radios se hacen eco de la noticia con este titular: “Los países latinoamericanos auspiciarán la reconstrucción de los molinos de Don Quijote”, con el siguiente subtítulo: “La iniciativa presentada en ese sentido por el escritor y Cónsul de Chile en Madrid, Carlos Sander, recibe la más amplia acogida”. Poco después es sustituido en sus funciones en el Consulado y partía hacia Chile.

Recién llegado a su país no tarda en ponerse a trabajar. Decía que: “A pesar de ser poeta, soy realista y ejecutivo y creo en la perogrullada de que el movimiento se prueba andando”. Estaba seguro que Chile y América recibirían con entusiasmo su idea;  cree que “todo americano tiene adentro un Quijote y un Alonso Quijano”, al menos él si lo tenía. Habla con la dirección de Radio Sociedad Nacional de Minería y les convence de su proyecto, comenzando la emisión de un programa, que dirigía él mismo, con el título “Campaña por los molinos del Quijote”. Carlos Sander recordaba tiempo después como “poco a poco la débil llama se convirtió en fuego y el fuego en gran incendio benéfico… Pero mucho cuesta conseguir dinero para este tipo de obras y sólo los de alma quijotesca podían colaborar. La primera donación recibida fue de la Corporación de Ventas de Salitre y Yodo”, donando treinta mil pesetas, ¡la quinta parte de lo que se necesitaba!

Esas treinta mil pesetas se enviaron al Consulado de Chile en Madrid para que se entregaran en Campo de Criptana, y formaran parte del acto solemne de la colocación de la primera piedra del molino de viento de Chile, que tendría el nombre de “Quimera”, como su original del siglo XVI. El acto tuvo lugar con la presencia del embajador de Chile, que hacía entrega del dinero al emocionado alcalde. El acta depositada debajo de la primera piedra del molino decía:

“En la Villa de Campo de Criptana, a veintinueve de noviembre de 1959, el Excelentísimo señor Embajador de Chile, con el señor alcalde de esta villa, don José González Lara, proceden a colocar la primera piedra en el molino de viento que dicha república construye, restaurando uno de aquellos “treinta o poco más” que Cervantes cita en su libro inmortal y que fueron los que en desigual y famosa batalla contendieron con el Caballero del Ideal”

El dinero siguió recaudándose, principalmente en la ciudad de Santiago de Chile, hasta conseguir que un año después, el 4 de diciembre de 1960, el molino “Quimera” estuviese terminado y se inauguraba en un acto cargado de emotividad, en el que estuvieron presentes todos los embajadores de Hispanoamérica en la Sierra de La Paz. Carlos Sander vivió este momento desde su casa de Santiago de Chile, donde el verano austral contrastaba con el frío invierno manchego. Su sueño, y el del alcalde criptanense, se había cumplido.

El poeta manchego José Ochando García, contemplando en Campo de Criptana como renacía el viejo molino “Quimera” casi de sus mismas cenizas, escribe un poema lleno de agradecimiento a Chile, con el título “Molino de Don Quijote”. Así termina:

¡Viejo Arauco, nuevo Chile, antigua savia,

sangre nuestra, nuestra entraña!

déjame que te abrace: ¡Soy España!

Después fue Argentina, quien reconstruyó el molino “Pilón”, Costa Rica el “Cariari”, Perú el “Inca Garcilaso”…

El proyecto de Carlos Sander no acababa con volver a ver los molinos como los vio Cervantes:

“Mi proyecto es mucho más ambicioso que la mera construcción de molinos. Yo pretendo que el Estado español trace lo que se dará en llamar la “Ruta del Quijote” a través de todos los pueblos cervantinos, construyendo paradores y hoteles, lo cual será una fuente fabulosa de ingresos. Además hay que conseguir que la UNESCO levante en Campo de Criptana un gran monumento al Quijote. Y asimismo, se pretende construir un “Auditorium”, en torno a los molinos, para conferencias y actos culturales cervantinos”

Hoy es domingo, 10 de marzo, amanece en la Mancha un día soleado, sin nubes, frío, aunque a mediodía llegaremos a superar los veinte grados. Quiero hacer el mismo camino que hizo Carlos Sander  hace sesenta años, dejar atrás Alcázar de San Juan, mi ciudad, y subir a la Sierra de La Paz, de Campo de Criptana. Sé que no voy a ver ese gran monumento levantado por la UNESCO, ni ese auditorio en torno a los molinos. Aquí, aparte de González Lara, el poeta alcalde de Campo de Criptana, no quedó nadie que creyera y siguiera su proyecto, ¡qué lástima! Lo de la “Ruta del Quijote”, todo quedó en un disparate, de diseño y de presupuesto, creado para las fiestas del cuarto centenario de la publicación de la Primera Parte del Quijote, en 2005, que hoy está en el olvido, y una nueva “Ruta” organizada por la actual Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, falta de ingenio y seriedad literaria.

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Como siempre, subo a la Sierra de La Paz por un camino en el que se revive la misma imagen real que un día vio Cervantes, he hizo ver en la ficción a don Quijote, apareciendo ante mí los gigantes de Campo de Criptana. Dejando las últimas casas por el camino que lleva a la ermita del Cristo de Villajos, me encamino hacia ellos.

Paso junto a restos de molinos que siguen esperando, sesenta años después, que venga otro Carlos Sander, o que Campo de Criptana tenga otro alcalde con la sensibilidad de aquel poeta, José González Lara, y vuelvan a tener vida. Junto a ellos, dentro de sus entrañas, el silencio manchego es aún más profundo. Al abrigo de sus gruesos y desvencijados muros hay una extraña sensación. Son gigantes vencidos, no por don Quijote, sino   por la desidia de tantos gobernantes que no han sabido apreciar el legado que nos hizo Cervantes. Lejos quedan los crujidos de las maderas cuando el viento movía sus aspas vestidas con las velas, el polvo y el olor a harina que lo inundaba todo, los costales de grano con las iniciales del labrador preparados para transformarse en harina, junto a las medidas de madera con las que los molineros cobraban su trabajo, la “maquila”, en harina y que tantas discusiones acaloradas daban entre molinero y labrador, que transcendían varios cientos de metros alrededor.

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En la Oficina de Turismo, que se encuentra en uno de los molinos, pregunto si puedo ver en el interior del molino “Quimera” el museo de Chile. Las dos personas que me atienden se miran extrañadas. Una de ellas me dice que en el interior del molino no hay ningún museo sino una exposición de imágenes de Semana Santa, y que no saben cuando el responsable lo abrirá, pues no depende de ellos. Ante mi insistencia, me dicen que no saben nada del material museístico que Chile dejó depositado en el molino.

Algo contrariado me voy a la puerta del “Quimera”. Llevo en mi mochila, además de mi Quijote, un libro en prosa del poeta  Carlos Sander, con un dibujo en la portada de Gregorio Prieto: “En busca del Quijote”. Lo compré, de segunda mano, a un librero de Santiago de Chile, en 2013, en unos de mis primeros viajes al país austral. Leo un rato el viejo libro que en 1967 publicó sobre su peregrinación en busca del espíritu de don Quijote en la Mancha, y subrayo en su página 295: Quien recorre la Mancha deberá creer en hadas, en fantasmas, en Caballeros Andantes y en bellas Dulcineas”. Sin duda alguna, él creía que en cualquier camino, lugar o paraje de la Mancha se iba a encontrar con esas  hadas, sueños e ideales caballerescos, como yo también aseguro que están, solo hay que venir a buscarlos con un Quijote en la mochila, sin prisas, a horcajadas sobre el lento Rocinante.

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Esta villa molinera agradeció a Carlos Sander su proyecto y puso su nombre a una calle, muy cercana a estos “gigantes”, pero casi nadie en Campo de Criptana sabe quién fue este gran poeta chileno e impulsor, junto al alcalde, de que esta imagen que hoy vemos en su sierra sea posible.  El año próximo de 2020 bien podría recordarse en esta villa molinera el sesenta aniversario de la inauguración del molino chileno “El Quimera”, y la figura de Carlos Sander. Tiempo para que el ayuntamiento criptanense se ponga manos a la obra. No sé qué habrá sido del material museístico que la Universidad de Chile preparó para su exposición en este molino, pero que volviese a estar en él, aunque fuese temporalmente, sería el mayor homenaje que a Carlos Sander, y a Chile, se le podría hacer.

Desde aquí, sentado en el “Quimera”, su sueño, su quimera,  mi recuerdo para Carlos Sander Álvarez, “El Quijote de Don Quijote”, como lo definió, en 1961, Leandro de la Vega. Yo,  simplemente lo defino como un loco muy cuerdo. ¡Ojala hubiera en estos tiempos locos tan cuerdos como Sander!

                                               Luis Miguel Román Alhambra

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EL QUIJOTE, UNA FICCIÓN CREÍBLE “LA RUTA DE DON QUIJOTE” DE AZORÍN, REALIDAD Y FICCIÓN, TRES SIGLOS DESPUÉS

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“En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.” (1, 8)

Así comienza una nueva aventura de don Quijote, quizás la más conocida aunque no se haya leído el Quijote. Cervantes pone a prueba la valentía, o temeridad, de don Quijote ante unos molinos de viento,  amenazadores gigantes para él, en la ficción del Quijote. Por su situación geoliteraria en la novela,  y su gran número, solo pueden ser los molinos de Campo de Criptana, que aún en 1750 su número era de treinta y cuatro.

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En un amanecer de julio descubro así los molinos de viento de la Sierra de Criptana. Paisaje real, el mismo paisaje que se podía ver desde este camino hace cuatro siglos, algunos de estos gigantes aún conservan su maquinaria original. Cervantes así los vio. Don Miguel pasó un buen tiempo de su vida por la Mancha aunque hoy no tengamos evidencias documentales, ¡que no las tengamos no quiere decir que no existan! Los archivos españoles, locales, regionales y nacionales, siguen sin terminar de escudriñarse, aunque también es posible que muchos de los legajos, para  este quijotesco interés, se hayan perdido, quemados o vendidos, incluso al peso, simplemente para habilitar los espacios de los archivos municipales  para otros menesteres, porque aquellos documentos muy viejos o carecían de importancia para los “sabios” ediles de turno.

Para escribir el Quijote, dirigido a los lectores de principios del siglo XVII es imprescindible pasar y estar en esta tierra. El escenario de las aventuras de don Quijote, sin tener en cuenta la parte aragonesa y catalana, es evidentemente manchego, aunque hay autores que defienden que por la vaguedad de la descripción del paisaje pueden ubicarse las aventuras del hidalgo manchego en cualquier zona de las dos Castillas, e incluso de León, olvidándose de los topónimos nombrados explícitamente por Cervantes que definen los bordes de la comarca, el hábitat cercano, de Alonso Quijana el Bueno y Sancho Panza: Tembleque, Quintanar de la Orden, Argamasilla de Alba y Puerto Lápice. Comarca manchega con los molinos de viento de Campo de Criptana, únicos “gigantes” en ese número en toda Castilla, con El Toboso como referencia capital y el camino de Toledo a Murcia atravesándola.

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Quizás hoy, Cervantes, podría haberlo escrito desde algún  dispositivo conectado a internet en cualquier lugar del mundo, e incluso, en lugar de la Mancha, hacer a don Quijote cabalgar por la Quinta Avenida de Nueva York y pasar la noche entre los árboles de Central Park. ¿Habría sido el cuento muy distinto? Yo personalmente creo que no. Cervantes iba en mula y hoy nos desplazamos en aviones y trenes de alta velocidad, pero la condición humana sigue teniendo los mismas virtudes y pecados que Cervantes, con superlativa ironía, criticó en su Quijote. Pero Cervantes vivió hace cuatro siglos, y solo habiendo conocido personalmente el paisaje, y el paisanaje, de la Mancha podía hacer una historia, geográfica y humana, creíble para sus lectores. Algunos de ellos, viajeros como él, reconocieron sin duda alguna el paisaje del Quijote según pasaban sus hojas.

Cervantes transitó la Mancha por sus largos y llanos caminos, comió y durmió en sus ventas, se calentó junto al fuego reparador de aquellos alojamientos al lado de venteros, criadas, arrieros, trajinantes, cuadrilleros y oidores, y conoció y trató a sus gentes sencillas. De esa experiencia de vida por la Mancha  escribe el Quijote. Y con la imagen del paisaje manchego crea el escenario por el que lleva en la ficción a don Quijote, el medio físico por el que el Caballero de la Triste Figura va de aventura en aventura, haciendo de la geografía real de la Mancha el vínculo de la ficción del Quijote.

Las acciones, las aventuras, de don Quijote tienen implícitas críticas al hombre, sociedad, política, Iglesia y Corona, y a casi todas las instituciones coetáneas con su vida. Escoge como protagonistas a un loco y a un pobre simple con el fin de que sus palabras y hechos no puedan ser censurados por la autoridad eclesiástica que velaba por la buena moral en los libros. Evita así la censura, y para enviar su mensaje a su lector “solo” tiene que hacer creíble su cuento, también en el espacio y en el tiempo. Su memoria, fina ironía, gran humor e ingenio hacen posible este novedoso trabajo narrativo. Ha pasado mil veces por los caminos y parajes en los que enmarca las acciones del loco y el simple, ¡esta es la sencillez y credibilidad del Quijote! Realidad y ficción vinculadas por el paisaje manchego.

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Dos meses antes de la celebración del tercer centenario de la publicación de la Primera Parte del Quijote, aparecían en el periódico El Imparcial de Madrid una serie de quince artículos con el título de LA RUTA DE DON QUIJOTE, firmados por José Martínez Ruiz, “Azorín”. El joven periodista fue enviado por José Ortega Munilla, director del periódico, a la Mancha para que siguiese los caminos y lugares reales que hizo el hidalgo manchego en la ficción de Cervantes. Cómo fue el encargo en el despacho del director del periódico, nos lo contó Azorín en Madrid (1941):

“Va usted primero, naturalmente a Argamasilla de Alba. De Argamasilla creo yo que se debe usted alargar a las lagunas de Ruidera. Y como la cueva de Montesinos está cerca, baja usted a la cueva. ¿No se atreverá usted? No estará muy profunda. Y, ¿cómo va a hacer el viaje? No olvide los molinos de viento. Ni el Toboso. ¿Ha estado usted en El Toboso alguna vez? ¡Ah, antes que se me olvide! 

Y diciendo esto, don José Ortega Munilla abre un cajón, saca de él un revolver chiquito y lo pone en mis manos. Le miro atónito. No sé lo que decirle.

-No le extrañe a usted -me dice el maestro-. No sabemos lo que puede pasar. Va usted a viajar sólo por campos y montañas. En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene usted ese chisme, por lo que pueda tronar”

En la ruta cronológica que aparece en El Imparcial, que en ese mismo año de 1905 ante el éxito de sus artículos llegó a publicarse en un libro con el mismo título, siempre se ha tenido por cierto que Azorín se sube en un tren en la estación de Mediodía de Madrid bajándose en la estación de Argamasilla (actual estación de Cinco Casas). En el segundo artículo, EN MARCHA, describe la amena conversación con un viajero en el tren:

“-¿Va usted -le he preguntado yo- a Argamasilla de Alba?

-Sí -me ha contestado él-; yo voy a Cinco Casas.

Yo me he quedado un poco estupefacto. Si este hombre sencillo e ingenuo -he pensado- va a Cinco Casas, ¡cómo puede ir a Argamasilla? Y luego, en voz alta, he dicho cortésmente:

-Permítame usted: ¿Cómo es posible ir a Argamasilla y a Cinco Casas?

Él se ha quedado mirándome un momento en silencio; indudablemente, yo era un hombre colocado fuera de la realidad. Y, al fin, ha dicho:

-Argamasilla es Cinco Casas; pero todos le llamamos Cinco Casas…”

La línea ferroviaria de Alcázar de San Juan a Manzanares se inaugura el 1 de julio de 1860. Una de sus tres estaciones intermedias toma el nombre de Argamasilla.

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Cuando en 1914 se inaugura el tramo ferroviario desde esta estación hasta las localidades de Argamasilla y Tomelloso, cambia su nombre por la de Cinco Casas. Azorín pudo conocer esta estación en 1905 con el nombre de Argamasilla.

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La ruta de don Quijote de Azorín, publicada en El Imparcial,  también tiene parte de ficción, como el Quijote de Cervantes. Es el mismo Azorín, treinta años después, quien nos confiesa como fue realmente la ruta seguida, ¡que no es la  publicada! No llega en tren a la estación de Argamasilla (Cinco Casas) y desde allí continúa su viaje en diligencia hasta la villa ilustre de Argamasilla de Alba, sino que su destino inicial e inicio de su ruta es otro: la ciudad de Alcázar de San Juan, capital geográfica de la Mancha, como él mismo la define en su último artículo. En el periódico La Prensa de Buenos Aires, el 7 de abril de 1935, lo  podemos leer en su artículo Las Rutas Literarias:

“En cuanto a la ruta de Don Quijote, recordamos de ella muchos lances e incidentes. Lo más típico de este itinerario son los lugares de la Mancha. Y allí, en la Mancha, están Argamasilla de Alba o Lugar Nuevo, y el Toboso, y Criptana, y Alcázar de San Juan, y Puerto Lápice. Hicimos nosotros esta ruta en 1905, con motivo del centenario de la primera parte del “Quijote“. En Alcázar de San Juan alquilamos un carrito; no había entonces automóviles; si los hubiera habido, no nos hubiesen servido; los caminos no los permiten. En un carrito que guiaba un antiguo repostero que vivió y trabajó en Madrid, hicimos todo el viaje por pueblos y aldeas de la Mancha. Salimos de Alcázar de San Juan, fuimos a Argamasilla; visitamos las lagunas de Ruidera; penetramos en la cueva de Montesinos; nos detuvimos en la posada de Puerto Lápice, donde el célebre manchego veló las armas; contemplamos los molinos de viento en Criptana; hicimos una larga estación en el Toboso…”

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Azorín llega en tren a la estación de Alcázar de San Juan y desde allí comienza su viaje en el carro de Miguel, ¿nombre real o   de ficción?, ¡para el cuento da igual!, para terminar su ruta manchega  también en la misma estación ferroviaria de Alcázar de San Juan, de vuelta a Madrid. ¡Alcázar de San Juan es el inicio real de las aventuras de Azorín por la Mancha!, y de cuyo nombre no quiso acordarse, ¿de qué me suena esto?

Cervantes, como impulsor de la novela moderna, ha sido seguido en el uso de los elementos narrativos del texto (narrador, espacio y tiempo) por multitud de escritores hasta nuestra actualidad. En el mismo Quijote, definida como novela, se puede apreciar también el cuento y la crónica. El escritor pone la acción de sus protagonistas sobre un lugar en el que él mismo ha estado, o tiene información fiel de él, y describe incluso anécdotas vividas en primera persona, tal y como lo hizo Cervantes. Gracias a él y su Quijote, de esta manera tan sencilla, el escritor da credibilidad a la ficción de su novela. Azorín, en La ruta de don Quijote, realiza un viaje por la Mancha, con anécdotas y vivencias reales que después novela en sus artículos, dándoles más credibilidad. Además de cambiar el origen de su ruta,  cambia también el orden de las etapas realizadas dirigiéndose antes a Puerto Lápice que a Ruidera, quizás porque la primera salida de don Quijote fue hacia una venta donde es armado caballero y estaba muy aceptado en su época  que fue en una venta situada en Puerto Lápice. Sin la confesión de Azorín su Ruta es creíble sin duda alguna, aún en nuestros días.

El lector actual de una obra clásica, como el Quijote, siempre tiene que tener en cuenta el tiempo y espacio en el que se ha escrito, porque solo los lectores contemporáneos al autor reconocerán claramente el medio físico y humano narrado. Yo, hoy, sigo reconociendo perfectamente los caminos y parajes descritos por Azorín, e incluso el tipo de gente con el que conversó. Pero un lector de dentro de tres siglos es muy posible que no lo reconozca, e incluso tenga sus dudas si el periodista alicantino puso sus pies en la Mancha. Dudo mucho que en la Fonda de La Jantipa quede, incluso hoy, registro de su alojamiento, gastos… No habrá evidencias documentales de su paso por estos caminos y lugares, solo sus artículos y su libro. No hace mucho tiempo escribía un pequeño relato corto, que viene como ejemplo a esto:

“Amanece con mucho frío y aire en Chinchilla, ¡cuánto frío pasarían los presos en su penal hasta morir en él!, recojo mis cosas de la habitación del hotel y, después de tomar una crujiente flor manchega y un Cola Cao en la cafetería, arranco con dificultad mi viejo C5, y sigo mi ruta hacia Alicante. De pronto, sobre el horizonte, veo aparecer una gran fila de molinos eólicos, que con sus largos brazos en movimiento parecen guadañas de los hombres de Montoro queriéndome arrebañar más el IRPF…”.

Esto lo escribo en mayo de 2018. Si por cualquier casualidad estas líneas llegan a leerse dentro de cuatro siglos no duden que mi relato dará mucho que comentar entre quienes quisieran entender:

  • ¿Un penal en Chinchilla y había presos que morían de frío?
  • ¿Una flor en la Mancha que se come? ¿Qué es un Cola Cao?
  • ¿Y un C5?
  • ¿Qué es un molino eólico?
  • ¿Quiénes son y qué pretenden hacer los “hombres de Montoro”?
  • ¿Qué es el IRPF?

Hoy nadie, en España, se pararía durante esta simple lectura para seguir este relato. Algunos, todavía hoy, recordamos las crónicas de presos en el penal de Chinchilla, su castillo reconstruido en penal a finales del siglo XIX, durante la primera mitad del siglo XX, muchos aún comemos de desayuno, o de postre, una flor manchega de masa frita con azúcar y canela, y todos sabemos qué es un Cola Cao, que uno de los modelos de Citroën es el C5 y que un ministro de Hacienda del Gobierno de España, en mayo de 2018, era Cristóbal Montoro, y que entre sus funciones ministeriales es recaudar a los trabajadores el impuesto conocido como IRPF (Impuesto al Rendimiento de las Personas Físicas). El espacio elegido es evidente, de Chinchilla a Alicante por la autovía A31, como reales son los muchos molinos eólicos que generan energía eléctrica desde hace unos pocos años, que tantas veces he visto cuando he pasado por Bonete causándome mucha impresión, más aún de noche. No necesito inventar una ruta, un camino, una situación, solo el cuento de ficción. Si existe internet, o algo parecido, el avezado lector del siglo XXV pondrá en el buscador todos estos términos para entender mi cuento, y al poner “Montoro”, lo que leerá es algo así: “Montoro, municipio español de la provincia de Córdoba, Andalucía”. Mi futuro desocupado lector, si aún existe España, Andalucía y la provincia de Córdoba, no entenderá nada de nada, y menos que unos vecinos de la ciudad de Montoro sean casi unos salteadores de caminos que me pretenden cobrar a la fuerza un peaje o algo así. Este relato está escrito hoy para lectores de hoy, como el Quijote para los lectores de principios del siglo XVII.

Cervantes inició con su ingenio la narrativa moderna. Estuvo, a mí no me cabe duda alguna, en la Mancha y la hizo patria inmortal de don Quijote. Es tierra de paso, de caminos, cruces y cañadas, que van a todos los sitios imaginables, con un inmenso horizonte y una luz que engancha, y su silencio, que lo dice todo. Es tierra de encantamientos, donde un majano a lo lejos puede parecer una iglesia, un molino un gigante, donde hay locos muy cuerdos, o al revés, y sencillos doctores legos. En su cabeza, y en los cajones de su escritorio, tenía  cuentos, novelitas, anécdotas con decenas de años que mezcla en el escenario real de la Mancha con sus personajes de ficción, que tal vez conoció a sus trasuntos de carne y hueso en algún lugar de esta tierra manchega. Critica a todo y a todos, pero sin hacer sangre, con fina ironía y gran humor, y terminado su trabajo, sale de su casa de la calle del León, hacia Antón Martín y entrega la carpeta con los folios manuscritos al librero Francisco de Robles. Este cuenta los pliegos de papel que saldrán de la imprenta, pacta con Cervantes su precio, quizá incluso sin leerlos, y contrata su impresión a Juan de la Cuesta, en la imprenta que este regentaba en la calle de Atocha, dando así forma de libro al Quijote, no sin erratas y habituales manipulaciones o arreglos del cajista de turno. Así, la Mancha de don Quijote pasa a ser una abstracción de la Mancha real, vista y admirada por Cervantes.

Azorín, tres siglos después, recibe el encargo de perseguir los pasos de ficción de don Quijote, quizá también fueron los pasos reales de Cervantes, por los caminos y parajes de la Mancha de principios del siglo XX. Está convencido de que El Quijote es un libro de realidad; la Mancha, principalmente, es el campo de acción de esta novela. En la Mancha hay ahora paisajes, pueblos, aldeas, calles, tipos de labriegos y de hidalgos casi lo mismo -por no decir lo mismo- que en tiempos de Cervantes (Artículo de Azorín Sobre el Quijote publicado en 1914).

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Ha pasado muchas veces antes por la estación ferroviaria de Alcázar de San Juan de camino a Levante, su región natal, y Andalucía, y ha escuchado a empleados ferroviarios en los andenes pregonar a los viajeros el nombre de la estación y el tiempo de parada del tren en ella. Sabe que en Alcázar de San Juan es posible, con ciertas garantías, alquilar los servicios de un carro para su viaje y decide comprar el billete en la estación de Mediodía en Madrid hasta Alcázar de San Juan, aunque en su artículo lo alargue en la ficción  hasta la estación de Argamasilla. Antes ya ha pasado por esta pequeña estación camino a Andalucía y ha escuchado: ¡Argamasilla, dos minutos! Escribe su segundo artículo para enviarlo a Madrid, lo esperan impacientes para publicarlo, y ese recuerdo cercano le ayuda para terminarlo: Ya va entrando la tarde; el cansancio ha ganado ya nuestros miembros. Pero una voz acaba de gritar:

-¡Argamasilla, dos minutos!”

Azorín, como Cervantes, se aprovecha de su experiencia, de sus anécdotas reales para escribir los quince artículos inmortales de La Ruta de Don Quijote  para el periódico El Imparcial. De no haber escrito su artículo en el periódico bonaerense La Prensa, nunca habríamos sabido que así lo hizo.

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Alcázar de San Juan, capital geográfica de la Mancha para Azorín, actualmente cuenta con el título de Corazón de la Mancha, ha pasado desapercibida, a veces intencionadamente, en las rutas cervantinas que se han tratado de hacer oficialmente. Sin embargo,  la mayoría de los viajeros que han venido buscando el espíritu de don Quijote siempre han pasado y parado aquí.

“¿Habrá otro pueblo, aparte de este, más castizo, más manchego, más típico, donde más íntimamente se comprenda y se sienta la alucinación de estas campiñas rasas…?”, así comienza Azorín su despedida en el último artículo publicado en El Imparcial y su ruta por la Mancha, antes de subirse en el tren en la estación de Alcázar de San Juan con destino a Madrid.

                              Luis Miguel Román Alhambra 

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LUZ Y HORIZONTE DE LA MANCHA

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El Quijote es una novela de anécdotas, anécdotas de Cervantes. Un abuelo les cuenta cuentos a sus nietos, a veces  basados en acontecimientos o vivencias propias, anécdotas vividas en primera persona, quizás hace muchos años. Estoy convencido que eso es el Quijote, un cuento basado en su vida, al que salpimienta genialmente con humor e ironía.

Muchos autores se han preguntado, pero no todos dan una respuesta: ¿qué motivó a Cervantes para escoger la Mancha como patria chica de don Quijote y Sancho Panza, y escenario principal de sus aventuras? Yo también me he hecho la misma pregunta  y mi respuesta es, tan sencilla como los personajes que elige: a Cervantes le encantó esta tierra, por la luz y su horizonte tan especial.  Por algún motivo, en sus estancias por esta tierra, la luz y el horizonte de la Mancha se le quedaron grabados en su retina, otra anécdota más en su vida, en la que conoció y miró multitud de paisajes, tanto en España como fuera de ella, la elige y la utiliza como  imagen del paisaje para su cuento, el Quijote.

Estoy leyendo el principio de El espíritu de La Mancha. Pan, vino y aceite, de Dionisio Cañas, manchego de Tomelloso:

“Lo especial de la luz de La Mancha se debe a la constitución de su suelo y a las plantas que lo pueblan, tanto las silvestres como las cultivadas por el hombre. En este sentido, la luz de La Mancha cambia con las estaciones del año pero siempre hay una transparencia especial que está directamente ligada con el reflejo de la luz en el suelo y en la vegetación… esa luz, esa luminosidad no sólo viene del cielo, es una luz que emana de la tierra y sus cosas, y que captó mejor que nadie el pintor Antonio López Torres”.

Hoy no es posible ver la misma imagen del paisaje manchego tal y como lo vio Cervantes. El paisaje de la Mancha ha cambiado mucho, principalmente por la acción del hombre sobre el suelo. Ya en tiempos de Cervantes estaba en proceso este cambio por la necesidad de roturar tierras, en las que predominaba la encina y el matorral, para cultivar cereal, tan necesario para la subsistencia de  los manchegos,como para el resto de España. Esta tierra pobre, seca, casi sin nutrientes, invertía dos o tres años en volverse a poder sembrar, por lo que los barbechos eran más frecuentes que los terrenos en producción. Después, al cereal se le añadió el cultivo de la vid por lo que se siguió roturando más fanegas de tierra adehesada, haciendo ya casi imperceptible el bosque de encinas especialmente tras el desastre vitivinícola en Francia por el ataque de la filoxera, a finales del siglo XIX, lo que llevó a esta gran llanura española a ser el mayor viñedo del mundo, con nuevos colores sobre su manto. Sin embargo,los dos elementos del paisaje manchego que encantaron a Cervantes siguen inalterables en esta tierra, principalmente en esta comarca cervantina delimitada entre Tembleque, Quintanar de la Orden, Argamasilla de Alba y Puerto Lápice: su inmenso horizonte plano, que queda roto ocasionalmente por algún cerro o montes muy lejanos y que, a causa de la luz, parecen difuminarse y confundirse con la tierra.

En verano, este horizonte, como las cosas y casas del campo, se sumergen en un raro espejismo. La gran llanura y el ambiente tórrido hacen tintinear la imagen según la luz del momento, cambiando la percepción del observador a medida que este avanza por los rectos y suaves caminos manchegos. Esta imagen cambiante de la Mancha, según viajaba sobre una mula de alquiler, quizás inspiró a Cervantes para el guión de su novela. Un narrador de paisajes, Azorín, publicaba en el periódico El Imparcial, el miércoles 15 de marzo de 1905, este relato de su viaje en carro desde Argamasilla de Alba a Puerto Lápice.

“Yo extiendo la vista por esta llanura monótona; no hay ni un árbol en toda ella; no hay en toda ella ni una sombra; a trechos, cercanos unas veces, distantes otras, aparecen en medio de los anchurosos bancales sembradizos diminutos, pináculos de piedra; son los majanos; de lejos, cuando la vista los columbra allá en la línea remota del horizonte, el ánimo desesperanzado, hastiado, exasperado, cree divisar un pueblo.”

A Azorín, la luz y el horizonte de la Mancha le truecan, o encantan, unos sencillos majanos de piedras calizas en casas de un pueblo. A don Quijote, una sencilla venta le pareció un castillo. ¡Esta es la magia de la Mancha que cautivó a Cervantes!

Soy un privilegiado de haber nacido y vivir en Alcázar de San Juan, “capital geográfica de la Mancha”, como la definió Azorín cuando paseaba por sus calles. Con solo salir unos centenares de metros fuera de sus límites urbanos puedo contemplar la imagen de la Mancha que tanto impactó a Cervantes, y a cuantos quieren seguir los pasos de Rocinante. Hoy quiero ir, siguiendo la nota de Dionisio Cañas, a Tomelloso, su pueblo, que es también el pueblo de Antonio López Torres (1902-1987), para visitar el Museo Antonio López Torres, inaugurado en 1986, un año antes del fallecimiento del pintor manchego, que alberga una exposición permanente con obras donadas del propio pintor y de sus familiares. La distancia entre Alcázar y Tomelloso es de tan solo treinta kilómetros. Don Quijote sobre Rocinante habría tardado una larga jornada en llegar, yo, sobre mi “Rocinante” de ciento cuarenta caballos, en poco más de un cuarto de hora estoy en sus anchas y cuidadas calles.

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El edificio del Museo Antonio López Torres es sobrio en su fachada, que contrasta con un grandioso diseño interior, ¡otro encantamiento en la Mancha! Con amabilidad manchega, la funcionaria que recibe a los visitantes nos entrega un catálogo de la exposición y nos recomienda el sentido de la visita. Un gran retrato del pintor recibe al visitante. La mirada de Antonio López Torres “en el corral de su casa”, tierna, sencilla, observadora, me invita a leer las reflexiones que a pie de la fotografía nos dejó, válidas para tratar de interpretar el paisaje descrito por Cervantes:

“Yo no soy pintor de estudio. Tengo que tomar contacto con la Naturaleza, enfrentarme al paisaje. Necesito escuchar el crujir de las hoces en el calor calcinante del estío para dar una dimensión, una sensación de calor a la tela. Las aves han sido las grandes colaboradoras de mi obra, dándole profundidad. Yo soy un cazador furtivo de un instante, irrepetible por el milagro de la luz. Por eso lo que más he pintado han sido tablas, porque son más fáciles para captar la impresión del momento. Un mismo paisaje puede ser mil veces distinto, según el ángulo de la luz. La luz lo transforma todo“.

         “Yo no me considero pintor manchego o no manchego. Me apoyaba, básicamente en la forma y color y trataba de interpretar la naturaleza que tenía delante, la llanura manchega. Luego mi inspiración me llevó a incorporar los sonidos del campo, de los pájaros, también del espacio aéreo y la temperatura”.

         “El paisaje de la Mancha lo empecé a sentir profundamente y, encariñarme con él fue algo esencial”.

         “El problema no es de abstracción o realismo, sino reflexión, de emoción y de hipersensibilidad”.

         “Todavía cuando pinto siento una emoción fresca, aún me enfrento con problemas que resolver porque el artista es un investigador constante”         

Cañas transcribe la luz de la Mancha con palabras, López Torres la pinta. Despacio, contemplo cada una de sus obras en las que se aprecia la luz, el aire, el polvo de la Mancha, y, a lo lejos, el horizonte manchego. De nuevo la luz y el horizonte de la Mancha.  En sus cuadros, ese horizonte plano, inmenso, predomina en sus tablas pintadas al óleo. Esta misma imagen del paisaje manchego, esa anécdota, acaso vagamente, también queda implícitamente reflejada en el Quijote. Cómo decía López Torres: “El problema no es de abstracción o realismo, sino reflexión, de emoción y de hipersensibilidad”, cualidades propias de Cervantes que supo transmitir en el Quijote.

Veinticinco años antes de que López Torres comenzara a pintar la Mancha, también la dibujó otro español, Daniel Urrabieta Vierge, nuestro gran ilustrador, tan desconocido, tan olvidado por los españoles, que viajó por la Mancha a finales del siglo XIX, siguiendo los caminos del hidalgo manchego, para ilustrar magníficamente el libro de viajes que su amigo August F. Jaccaci publicaba en Nueva York en 1896 con el título On the trail of Don Quixote.

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Vierge traza una larga línea horizontal cuando dibuja esta parte de la Mancha, como nadie antes había hecho, porque los ilustradores de las ediciones del Quijote nunca habían venido a esta tierra, a excepción de Doré.

Este mismo horizonte, a veces con los lejanos Montes de Toledo al fondo, lo pinta en sus paisajes López Torres:

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Impresionado con la obra de López Torres regreso a mi pueblo, Alcázar. Desde la carretera sigo viendo horizonte y más horizonte manchego, el mismo que vio una y mil veces López Torres y supo pintar como casi nadie lo ha hecho. La luz y la línea del horizonte de la Mancha siguen aquí, inalterables, eternas, como también las apreció Vierge y Cervantes.

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Llego pronto a Alcázar de San Juan, aún me queda un rato antes de ir a comer a casa. Si Tomelloso es la cuna del maestro López Torres, Alcázar es la cuna de su mejor discípulo, el alcazareño José Luis Samper (1933-2006). Juntos salieron,  durante muchos años, a pintar el paisaje y paisanaje de la Mancha. La familia Samper tiene un museo-exposición en la casa donde vivió el pintor, abierto al público los fines de semana. Terminar esta soleada, pero fría, mañana de febrero en este coqueto Museo de Samper es todo un placer para los sentidos. De nuevo, otro encantamiento surge cuando después de pasar por un modesto patio de vecinos abres una puerta, nadie puede imaginar el tesoro que hay dentro. Me atienden sus hijos Amalia y Salvador, mostrándome más paisajes de la Mancha, de esta parte de la Mancha de don Quijote. Pronto compruebo que la luz y el horizonte manchego llenan la gran obra de Samper, como no podía ser de otra manera.


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La pintura es una abstracción de la realidad, según la interpretación del autor (en algún sitio lo he leído o me lo han contado). Hoy he podido admirar en Tomelloso y en Alcázar de San Juan, dos lugares manchegos tan cercanos, dos interpretaciones geniales del paisaje de la Mancha. Luz y horizonte manchego enmarcan los motivos de la obra del maestro y discípulo, ambos enamorados de esta tierra, su tierra, y nos han legado la imagen de la Mancha en sus tablas y lienzos, como también lo hizo, con palabras, Cervantes en el Quijote.Otra razón más para visitar esta tierra, siguiendo los pasos del hidalgo manchego, y dejarse encantar con su paisaje natural y en estos dos impresionantes museos manchegos.

Hoy he caminado por calles y plazas de Tomelloso y Alcázar. Pronto cambiaré la carretera por los caminos, seguir a Rocinante precisa ineludiblemente pisar los caminos manchegos. Aunque no de paisaje, la luz me irá cambiando la imagen de la Mancha, según la hora del día, pero la línea horizontal al fondo enmarcará siempre este lienzo natural.

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Termino la mañana de frio sábado. Llego a casa y Maite ha preparado para comer unas gachas manchegas, ¿hay mejor manera de terminar esta mañana? Es época de poda en el campo manchego, de gachas en las casas y en el campo mientras se queman los sarmientos cortados con sabiduría por los podadores. He pasado varios minutos en Tomelloso contemplando el cuadro“Podador manchego”, que también está comiendo unas gachas, ¡es tiempo de gachas en febrero en la Mancha!

Haría falta mucho tiempo para comentar lo que me han dicho cada una de las obras de López Torres y Samper. Este cuadro, por ejemplo, tiene muchos detalles que quizá pasen desapercibidos si no estamos delante de él unos minutos. El podador come junto al “corte” para no perder tiempo, hay cepas podadas al lado derecho y sin podar en el izquierdo. Come al sol, de espaldas al sol, para que los riñones no se le queden fríos y en su cabeza el pañuelo de “hierbas”, que no se quitará hasta llegar a casa, le resguarda del aire molesto de febrero o marzo. Es muy cuidadoso con sus herramientas, el hacha y la tijera, que deja bien apoyadas sobre la bolsa de esparto. Las gachas están recién hechas, fuera de la lumbre, y espera con la cuchara con las que las ha hecho a que se enfríen ligeramente. Ha nivelado perfectamente el perolillo con una piedra debajo de una de sus tres patas, antes de cortar sopa a sopa el pan candeal que tiene encima del cajón del hato con su navaja… Seguro que el día que López Torres pintaba este genial cuadro comió con este cuidadoso podador estas sencillas gachas.

                                 Luis Miguel Román Alhambra

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ESPAÑA LLORA A JULEN

Este blog tiene un sentido cervantista, yo diría quijotista, que es lo que yo me considero. Muy pocas veces me he salido de la interpretación geográfica de la obra de Cervantes, siendo los ataques terroristas, ataques a la libertad que nunca admitiría don Quijote, los que me han impulsado a escribir. Hoy amanece España entera consternada por la noticia de que el pequeño Julen ha aparecido sin vida dentro de ese maldito pozo. ¡Casi trece días pensando todos en Julen!.

Conforme pasaban los días, mi lado Sancho me decía que no podría estar vivo, mi lado Quijote se revelaba ante esa idea y seguía aferrado a que un milagro se iba a producir, y pronto,  veríamos a un minero asturiano sacar en brazos a un asustado Julen. El sueño hoy se ha roto. Hoy España está triste, hoy es el País de la Triste Figura, se nota en las cafeterías, en los mercados, en la calle. Hoy mi lado Sancho llora, y mi lado Quijote abraza desde la distancia a esos padres rotos, que hace solo un año perdían a su otro hijo.

¡Que en paz descanses, Julen!, y cuidar, tú y tu hermano,  desde el Cielo a tus padres, os necesitan.

En todos estos días unos centenares de profesionales se han dejado casi la vida por un sueño, volver a ver a Julen correr por la montaña. Hoy también todos estos Quijotes están rotos. ¡Gracias por todo!

                                              Luis Miguel Román Alhambra

 

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