A tempo lento por los caminos de la Mancha

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Tengo el privilegio de vivir en la Mancha, en la comarca manchega de don Quijote. Salir por sus caminos, por los mismos caminos de tierra que Cervantes transitó hace más de cuatro siglos, y en la ficción hizo caminar a don Quijote a lomos de Rocinante, es la tarea pendiente para terminar mi próximo trabajo, del que estoy aquí  adelantando notas y amplias partes de algunos capítulos. Está pendiente porque, como hicieron los románticos, quiero caminar con el Quijote en mi mochila y hacer fotografías de cruces, documentar accesos a los caminos desde las carreteras, etc. en la misma época en la que Cervantes hizo salir de su casa a nuestro hidalgo en cada una de sus tres salidas. En primavera haré la ruta de la tercera salida y esperaré al caluroso mes de julio y agosto manchego para recorrer estos ardientes caminos siguiendo los pasos de su primera y segunda salida.

Lo que sí haré es hacerlo despacio, lento, observando la imagen de la Mancha, su paisaje, que en algunos parajes poco ha cambiado en estos cuatro siglos, siguiendo el paso lento de Rocinante. Este artículo sobre el bueno de Rocinante, personaje secundario de la novela, es otro más de los que incluiré en mi trabajo. 

Rocinante. El tempo del Quijote 

El compositor de música tiene en su cabeza, durante la creación de una obra, la velocidad a la que se ha de interpretar por la orquesta, y la deja anotada en la parte superior de la partitura. A veces, su estado anímico ha quedado reflejado en la obra a través de esta velocidad, el  tempo. El Quijote está escrito en tempo lento (40-60 ppm), aproximadamente  a la mitad de velocidad que el tempo andante, al paso (76-108 ppm).

Cervantes escribe el Quijote al final de su vida. Atrás quedan los años de estudio en Madrid con López de Hoyos, su impetuosa juventud que le hacen viajar a Italia con monseñor Acquaviva, conoce en su biblioteca a los autores clásicos, y, poco después, abrazar durante cinco años el oficio de las armas, como muchos otros jóvenes españoles. No menos ajetreada fue su vida después, cinco años cautivo en Argel, esperando el ansiado rescate, y  después, como funcionario de la Corona, sentir como sus huesos daban una y otra vez entre los muros y rejas de las cárceles españolas. Tampoco su vida privada fue un mar en calma. En la espera forzosa en una cárcel,  nos insinúa que creó a su personaje:

“Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?” (Prólogo Primera Parte)

No parece un lugar muy tranquilo para escribir aquellas masificadas cárceles españolas, como la Real sevillana, ¿otra ironía más de Cervantes? Más bien, la cárcel es un lugar donde ante sus ojos pasaron muchas personas, muchos tipos de personas, que luego incorpora como personajes en su obra, quizá hasta con sus rasgos físicos y sus historias personales, sus modelos. Aquellas imágenes y cuentos de unos y otros, las recordaría una y otra vez durante las largas jornadas, por los caminos castellanos y andaluces, al tempo andante del paso de su mula.

Y escoge, entre todos los modelos de hombre que conoció en su vida, quién será su héroe. Es tan viejo como él, y su figura, ¡su triste figura!, le hacen merecer el título de Caballero de la Triste Figura. Lejos de aquellos antiguos libros de caballerías con  caballeros de enormes brazos y armaduras relucientes, sobre caballos poderosos, Cervantes, escoge como protagonista de su cuento a un hombre bueno, “de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro”, de una familia de antiguos hidalgos manchegos,  que aún conservaba unas viejas armas colgadas en las paredes de su casa.

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Como hidalgo, debía de tener en su cuadra un caballo. Cervantes cuida tanto la imagen de su héroe que lo sube a un caballo tan “seco de carnes y enjuto de rostro” y de la misma triste figura que su amo: Rocinante, que era solo piel y huesos, “tantum pellis et ossa fuit”. Además de flaco es un caballo casi inútil. Tiene una enfermedad en los cascos de sus pezuñas que le impiden andar normalmente, aunque para su amo era el mejor caballo que había en el mundo. Esta enfermedad, conocida como “cuartos”, produce unas grietas en los cascos muy dolorosas para el animal que lo invalidan para su normal desempeño, incluso para andar:

“Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban” (1, 1).

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Por motivos, por mí desconocidos, en una de las pezuñas de Rocinante, de las estatuas que presiden la Plaza de España de Alcázar de San Juan, presenta unas grietas que son muy similares a las que se le producen en los cascos de un equino por la enfermedad conocida en veterinaria como “cuartos”.

Esta flaqueza e invalidez de Rocinante, destacada en varias ocasiones por Cervantes, cambia el signo de alguna de las aventuras, que tan valientemente acomete don Quijote. Lo que parecía un triunfo fácil se torna en molimiento de las costillas de don Quijote, por un simple tropiezo del flaco Rocinante:

“Y diciendo esto, arremetió con la lanza baja, contra el que lo había dicho, con tanta furia, y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara, y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo, y queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas, y celada, con el peso de las antiguas armas. Y entretanto que pugnaba por levantarse, y no podía, estaba diciendo:

         -No huyáis gente cobarde, gente cautiva: atended que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.” (1, 4).

La estampa de Rocinante no cambia durante las salidas en busca de aventuras de su amo. Si al principio era piel y huesos, al final de la segunda parte incluso era peor. Llegando nuestros héroes a su pueblo, son reconocidos por el cura y el bachiller Carrasco, y por unos muchachos que gritaban entre ellos:

“Venid, muchachos, y veréis el asno de Sancho Panza más galán que Mingo, y la bestia de don Quijote más flaca hoy que el primer día.” (2, 73)

Rocinante es tasado en varias ocasiones. El ventero no comparte la calificación que de su caballo hace don Quijote, cuando este le manda que le diese de comer:

 “… porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le pareció tan bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad.” (1, 2) 

O el mismo Sancho Panza que tasa el doble a su borrico. Sancho está en animada conversación con el escudero del Caballero del Bosque, y este le pregunta:

“… qué escudero hay tan pobre en el mundo, a quien le falte un rocín, y un par de galgos, y una caña de pescar, con que entretenerse en su aldea?

       – A mí no me falta nada deso, respondió Sancho,  verdad es que no tengo rocín: pero tengo un asno que vale dos veces más que el caballo de mi amo” (2, 13)

Cervantes no da “puntá sin hilo”, y para que no quedase duda del tempo lento que ponía a su cuento lo dejó escrito en su “partitura”. Es al final de la segunda parte, nuevamente en batalla con el bachiller Sansón Carrasco, ahora disfrazado del Caballero de la Blanca Luna, en las arenas de la playa de Barcelona:

“Agradeció el de la blanca Luna con corteses, y discretas razones al Visorrey la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo, el cual, encomendándose al cielo de todo corazón, y a su Dulcinea (como tenía de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían), tornó a tomar otro poco más del campo, porque vio, que su contrario hacía lo mesmo, y sin tocar trompeta, ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter, volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y como era más ligero el de la blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza ,que la levantó, al parecer, de propósito, que dio con Rocinante, y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída.” (2, 64)

El desenlace no tiene lugar en la mitad de la distancia que separa a ambos caballeros al inicio del combate, sino que Rocinante solo recorre un tercio de la distancia y el caballo de Carrasco dos tercios, justo el doble.

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Cervantes viajó cientos de leguas por caminos a lomos de  caballerías variopintas. Al paso de su caballo, o mula de alquiler, observaba la imagen de los parajes por donde pasaba y los guardaba en su memoria. Conoce a estos animales, sus carencias y querencias, y escoge la mejor cabalgadura para don Quijote y su historia. Don Quijote es valiente, quizás temerario en ocasiones al no medir bien al contrario, pero no podía vencer siempre como ocurría en los antiguos libros de caballerías, este no es el mensaje real que quería transmitir Cervantes, y solo con un caballo casi inválido sería posible mostrar la valentía del caballero y poder justificar sus humanas derrotas, pero sin perder su ideal, su destino. “Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría”, nos cuenta Cervantes, pero quizá ese fue el tiempo que tardó nuestro autor en escogerlo, entre todos los caballos del mundo.

La flojedad o invalidez de Rocinante hace que el cuento se ralentice, haciendo que el tiempo de la obra de alargue, así el lector tiene tiempo para recrearse en la escena, en la sentencia, en los valores humanos. Rocinante, como en el combate en las playas de Barcelona, transita por los caminos justo a la mitad de velocidad que un caballo normal. Como en la música escrita a tempo lento, hay que leer el Quijote.

Así, con este recurso tan sencillo, consigue Cervantes que se produzcan encuentros con distintos personajes que caminan en la misma dirección que nuestros protagonistas y surjan nuevos acontecimientos en el cuento. Tal y como ocurre con el encuentro en el camino con don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán:

        “En estas razones estaban, cuando los alcanzó un hombre, que detrás dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un gabán de paño fino verde, gironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo, el aderezo de la yegua era de campo, y de la jineta, así mismo de morado y verde …” (II P, Cap. XVI).

En compañía de don Diego siguen el camino que llevaban, pudiendo comprobar este hidalgo la valentía, o “el estremo de su jamás vista locura”, que muestra don Quijote en la aventura con la carreta de los leones, y poco después llegar a la hora de comer a su espaciosa casa, donde se alojan cuatro días hasta que decide don Quijote continuar su camino, pero no derecho hacia Zaragoza, sino que  “primero había de entrar en la cueva de Montesinos”. Y hacia allí se dirigen por un camino cuando, de nuevo:

“…encontró con dos como clérigos o como estudiantes y con dos labradores que sobre cuatro bestias asnales venían caballeros… Saludoles don Quijote, y después de saber el camino que llevaban, que era el mesmo que él hacía, les ofreció su compañía, y les pidió que detuviesen el paso, porque caminaban más sus pollinas que su caballo…” (2, 19)

Tanto la yegua de don Diego, como estas cuatro borricas, al paso, caminan más que el flojo e inválido Rocinante, engrandeciendo así el guion del cuento con nuevas aventuras, como poder conocer a don Diego, para que fuese testigo de su valentía, o las próximas bodas de Camacho y Quiteria, antes de llegar a la Cueva de Montesinos, que difícilmente podrían haber ocurrido en el normal trascurrir de nuestros héroes por un simple camino manchego, si Rocinante caminase a paso normal.

El espacio-tiempo del Quijote lo marca la velocidad del paso de Rocinante, justo la mitad del paso de camino de un caballo de raza española normal. En la época de Cervantes las distancias de viaje se medían en leguas o leguas de camino. Una legua de camino es la distancia que un caballo recorre en una hora al paso, aproximadamente unos seis kilómetros. En las guías de caminos que los viajeros llevaban en sus bolsillos, como los Reportorios de caminos de Villuga y Meneses, las distancias que separaban los  lugares, o ventas de paso, se determinaban en leguas. De esta manera el viajero podía calcular el tiempo que le llevaría en llegar hasta su destino o el siguiente punto donde poder alojarse, descansar y comer, tanto él como su caballería.

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Cervantes cuida durante toda la novela el espacio y el tiempo, la velocidad del cuento, salvo en ciertos pasajes que no parecen tener esa misma relación, ¿error de Cervantes, del impresor o intencionalidad mercantil de este último?, nunca lo sabremos. Lo que es evidente es que en las playas de Barcelona el espacio recorrido por Rocinante fue la mitad que el caballo del bachiller Carrasco. Poco después, volviendo de Barcelona a  su pueblo, Cervantes nos deja otro dato objetivo sobre la velocidad de paso de Rocinante:

“Pues vuestra merced, señor mío, lo quiere así, respondió Sancho, sea en buena hora, y echeme su ferreruelo sobre estas espaldas, que estoy sudando, y no querría resfriarme, que los nuevos disciplinantes corren este peligro. Hízolo así don Quijote, y quedándose en pelota abrigó a Sancho, el cual se durmió hasta que le despertó el Sol, y luego volvieron a proseguir su camino, a quien dieron fin por entonces en un lugar, que tres leguas de allí estaba: apearonse en un mesón, que por tal le reconoció don Quijote, …”. (2, 71)

A este lugar llegan poco antes de comer, después de caminar toda la mañana, habiendo recorrido tres leguas, donde comparten mesa y descanso en compañía de don Álvaro Tarfe, que llega poco después. Uno de los criados de don Álvaro le sugiere: “Aquí puede vuestra merced, señor don Álvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: la posada parece limpia y fresca”.

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En las jornadas de camino, como en cualquier labor, se paraba a comer alrededor de la hora sexta, aprovechando la pausa de la comida para después descansar o dormir la siesta, costumbre que ha llegado hasta nuestros días, más en los calurosos días de verano. Covarruvias define así la siesta: “Dixose de la hora sexta, que es el medio día”. Y en el Diccionario de Autoridades la siesta es “El tiempo de medio día, en que aprieta más el calor. Viene de Latino Sexta, por corresponder a esta hora”.

José I. Uriol, en Historia de los caminos de España, volumen I, indica que “la velocidad de marcha de coches y a caballo era, ordinariamente de más o menos 8 leguas al día […] La velocidad media era, pues, en general, de una legua a la hora, más o menos”, aunque Uriol también refleja excepcionalidades de jornadas mucho más largas, según las necesidades del viajero. Y añade el texto de la Pragmática de 1593, de Felipe II,  regulando el alquiler de bestias y mulas:

“Iten que a razón de ocho leguas por día, i a respecto de esto, i no mas, lleven el dicho precio de tales bestias, que alquilaren, sin les contar día alguno para descansar”

Don Quijote y Sancho Panza, durante la mañana, en esas seis horas, han recorrido tres leguas de camino, media legua a la hora, la mitad, de nuevo la mitad, de lo que un jinete recorre a caballo o en mula al paso.

Por los mismos caminos que Cervantes conoció en la Mancha pasó, queriendo seguir los pasos del héroe manchego, José Martínez Ruiz “Azorín”, en el año 1905. En La ruta de Don Quijote, nos describe cómo después de estar varios días en Argamasilla de Alba se dirige en carro hacia Puerto Lápice, pasando por Villarta de San Juan. Sale al amanecer, a las siete de la mañana, y llega a las cinco de la tarde, recorriendo en esta jornada de viaje 48 km, ocho leguas de camino, habiendo parado, aunque no lo refleja en su artículo, para comer y descansar. Días después, estando en Campo de Criptana, se dirige, también en carro, hacia El Toboso, tardando tres horas en recorrer el trayecto que separa estos dos lugares manchegos y cervantinos, 18 km, tres leguas. Por los rectos y polvorientos caminos manchegos el tiempo de viaje sobre un caballo, un carro o una mula de alquiler es siempre el mismo, aunque los siglos pasen, ¡con la excepción de Rocinante!.

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A tempo lento, a la velocidad de paso de Rocinante, media legua a la hora, tres kilómetros a la hora, haremos nuestro paseo tras sus huellas por los caminos de la Mancha. Así compuso esta obra Cervantes.

                                              Luis Miguel Román Alhambra

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ORIGEN Y FINAL DE LOS CAMINOS DEL QUIJOTE

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Estatua de don Quijote y Rocinante en Alcázar de San Juan, origen de los caminos

         En los artículos anteriores delimité los espacios geográficos del Quijote: la inmensa Mancha con su “antiguo” Campo de Montiel, y la comarca, el hábitat cercano, de don Quijote y Sancho Panza. Dentro de la comarca cervantina, con bordes definidos por sus topónimos, se encuentra, evidentemente, el lugar de Alonso Quijana y Sancho Panza, origen y final de sus aventuras. ¿Qué motivó a Cervantes a no querer nombrarlo? Posiblemente nunca tengamos la respuesta, aunque en su tiempo sus lectores, y más sus lectores viajeros, por los detalles que de él deja en el texto, quizá intuían ya su nombre.

Una consideración es objetiva, aunque lo conocía tuvo la intención precisa de no ponerlo, ni al principio de la primera parte  como tampoco en el final de la segunda parte del Quijote, diez años después. Es fácil pensar que el párrafo de la segunda parte viniera tras las afirmaciones o preguntas que le hacían sobre la cuna de don Quijote, y de esta manera quiso aumentar la incertidumbre en sus lectores, que ha llegado hasta nuestros días.

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Portada del Quijote de Avellaneda

Tampoco hay que olvidar que un año antes de que saliera de la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta la segunda parte del Quijote, de la imprenta tarraconense de Felipe Roberto veía la luz el Segundo tomo del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesto por Alonso Fernández de Avellaneda. En su portada,  Avellaneda, sí decía de dónde es natural su caballero: de la noble villa del Argamesilla, patria feliz del hidalgo Cavallero Don Quixote de la Mancha. Si Avellaneda daba nombre al lugar de su caballero, también es posible pensar que Cervantes, con su fina ironía dejase  “que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo”. ¡En Cervantes, y en su Quijote, todo es posible!:

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.” (1, 1)

“Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.” (2, 74)

Hay quienes sostienen que el comienzo de la novela es un simple recurso literario, incluso un plagio casi literal de autores anteriores. Sin embargo, cuando un lugar no tiene trascendencia en su novela, Cervantes, sencillamente dice que no se acuerda de su nombre,  en el mejor de los casos. En el Persiles, su mejor obra según él mismo, quiere nombrar, y lo nombra, específicamente el lugar de Antonio: Quintanar de la Orden. Conoce esta villa manchega y también a sus familias más importantes, una de ellas los Villaseñores:

“¿Por ventura, señor —replicó Antonio—, este lugar no se llama el Quintanar de la Orden, y en él no viven un apellido de unos hidalgos que se llaman Villaseñores? Dígolo porque he conocido yo un tal Villaseñor, bien lejos desta tierra, que si él estuviera en ésta, no nos faltara posada a mí ni a mis camaradas.” (3, 9)

Pasados unos días en Quintanar, el grupo de peregrinos continúa su viaje a Roma llegando a un lugar al que no nombra, no porque no quiera, sino porque no se acuerda:

“El hermoso escuadrón de los peregrinos, prosiguiendo su viaje, llegó a un lugar, no muy pequeño ni muy grande, de cuyo nombre no me acuerdo, y en mitad de la plaza dél, por quien forzosamente habían de pasar.” (3, 10)

Parece algo contradictorio que un autor, al que se le presume de gran memoria, no recuerde un lugar manchego cercano a Quintanar, tan conocido por él. No muestra intención de no querer acordarse, a propósito, como ocurre con el lugar de don Quijote, sencillamente no se acuerda.

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Comarca manchega de don Quijote y camino de Toledo a Murcia por ella Dibujada en el Mapa Autonómico de Castilla-La Mancha 2011. IGN

La comarca de don Quijote es muy amplia, recogiendo los términos y lugares poblados de: Corral de Almaguer, El Romeral, Tembleque, Lillo, Turleque, Villacañas, Villa de Don Fadrique, Puebla de Almoradiel, Quintanar de la Orden, Villanueva de Alcardete, Los Hinojosos, Quero, Miguel Esteban, El Toboso, Consuegra, Urda, Madridejos, Camuñas, Villafranca de los Caballeros, Alcázar de San Juan, Campo de Criptana, Pedro Muñoz, Mota del Cuervo, Santa María de los Llanos, Las Mesas, Herencia, Cervera, Socuéllamos, Villarrubia de los Ojos, Arenas de San Juan, Villarta de San Juan, Argamasilla de Alba y Tomelloso.

Lo que es razonable pensar es que de entre todos estos lugares que están en la comarca de don Quijote, más de treinta, los que precisamente están nombrados en la novela no pueden ser el lugar de los protagonistas, por expreso deseo del autor de no “querer” acordarse de su nombre: Tembleque, Quintanar, la venta de Puerto Lápice, hoy localidad,  Argamasilla de Alba y El Toboso, que además de ser nombrado en múltiples ocasiones es el cercano  lugar de Dulcinea.

El camino de Toledo a Murcia, con sus variantes o ramales, que atraviesa de oeste a este esta comarca, es fundamental en la imagen de la comarca cervantina, porque conecta el lugar de don Quijote con otros nodos físicos y humanos, mediante acontecimientos o aventuras en su recorrido.  El encuentro de don Quijote de frente en este mismo camino con los “mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia”, de regreso a casa desde la venta, al poco de ser armado caballero, nos determina su situación en la comarca cervantina. Rocinante tiene su cuadra en un lugar atravesado por este antiguo camino real de Toledo a Murcia, y hacia su cuadra se dirige cuando don Quijote le deja elegir el camino poco antes de ser apaleado por un mozo de mulas de los mercaderes toledanos. Un “labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino”, lo reconoce malherido en el camino, le limpia un poco la cara, lo sube como puede sobre su borrico ” y se encaminó hacia su pueblo… en estas y en otras pláticas semejantes llegaron al lugar, a la hora que anochecía”.

La ubicación del lugar de don Quijote en este camino es reconocida después por el cura, amigo y vecino de don Quijote, en el engaño para convencerle a abandonar el lugar de penitencia en Sierra Morena:

         “Así es, dijo el cura, por mitad de mi pueblo hemos de pasar, y de allí tomará vuestra merced la derrota de Cartagena, donde se podrá embarcar con buena ventura…” (1, 24).

El cura, ingeniosamente, hace que el viaje a seguir con la princesa Micomicona, hacia el fabuloso reino de Micomicón, pase por su pueblo. De esta manera, don Quijote,  en su promesa incondicional  de ayudar a la princesa, no pondría trabas a pasar por su pueblo y desde allí  continuar viaje hacia el puerto de Cartagena, en Murcia, por este mismo camino. ¡Solo un lugar de esta comarca cervantina por el que pase el camino de Toledo a Murcia puede ser el origen de las salidas de don Quijote, su pueblo!

De los lugares de la comarca, no nombrados en la novela,  y que están en el camino de Toledo a Murcia son: Turleque, Villacañas, Villa de Don Fadrique, Puebla de Almoradiel, Miguel Esteban, Madridejos, Camuñas, Villafranca de los Caballeros, Alcázar de San Juan, Campo de Criptana, Mota del Cuervo y Las Mesas.

De estos, quizá, el lugar manchego más fotografiado por su imagen vinculada con el texto cervantino es Campo de Criptana. Sus cerros albergaban los más de treinta molinos que Cervantes inmortaliza en su novela, “en esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo”, y que llegaron a ser precisamente documentados en el Catastro de Ensenada, en 1750.

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Respuesta de Campo de Criptana al Catastro de Ensenada (AHN)

Campo de Criptana, aunque no está nombrado en la novela, es el lugar donde se encuentran los molinos de viento contra los que lucha don Quijote al poco de salir de su pueblo, en su segunda salida, ya con Sancho de escudero. Obviamente, tampoco puede ser el lugar de don Quijote, aunque sí muy cercano a él.

Molinos de viento que don Quijote no conocía. En su condición de hidalgo, no trabajaba directamente en ninguna faena y menos en la de ir a los molinos a moler grano o a los batanes a abatanar paños. En el intento de parar a su amo, Sancho, incluso le detalla el funcionamiento de molienda de estos nuevos artilugios en esta parte de la Mancha, compatible con la imagen de grandes gigantes moviendo los brazos, que veía don Quijote:

“Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino” (1, 8)

El lugar de don Quijote no tenía molinos de viento, por eso ni en la lejanía del horizonte los había visto. Pedro Alonso, el vecino que lo recogió malherido en el camino de Toledo a Murcia y lo lleva a casa, “venía de llevar una carga de trigo al molino”. En el caluroso y seco mes de julio manchego solo podía venir de un molino de viento. En esta época del año, los ríos cercanos a este camino, el  Záncara y Gigüela estaban completamente secos, como nos lo detallan las contestaciones de Campo de Criptana en sus Relaciones Topográficas, en 1575:

“A una legua de esta villa pasa un río que se llama Záncara; corre algunos inviernos desde el año de cinco y hasta el de cuarenta y cinco no corrió cosa alguna… y al río Cigüela que es río que corre en invierno” (20, 23)

Campo de Criptana, como Mota del Cuervo, El Toboso y Las Mesas, que en esta comarca cervantina contaban con molinos de viento, quedan descartados para albergar la casa de don Quijote.

El nombre del lugar de don Quijote está en el camino de Toledo a Murcia y cerca de El Toboso, como nos describe el narrador del cuento:

“Y más cuando halló a quien dar nombre de su dama; y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo, había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado (aunque según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello). Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos: y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase, y se encaminase al de Princesa, y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso” (1, 1)

“Sólo Sancho Panza pensaba que cuanto su amo decía era verdad, sabiendo él quién era y habiéndole conocido desde su nacimiento, y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegado jamás a su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso” (1, 13)

Todos los lugares que están en el camino real murciano  pueden ser el lugar de don Quijote, todos están cerca de El Toboso. Solo nos queda seguir los pasos de Rocinante, en la tercera salida de su cuadra “que desde agora en el camino del Toboso comienzan”, esta vez en el camino derecho a El Toboso, por otro camino distinto al murciano desde su cuadra:

“En resolución, en aquellos tres días don Quijote y Sancho se acomodaron de lo que les pareció convenirles; y habiendo aplacado Sancho a su mujer, y don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese sino el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron en camino del Toboso… dio Sansón la vuelta a su lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad del Toboso” (2, 7)

“Díjole don Quijote: Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar y con más escuridad de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso, adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga …

En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le pesó a don Quijote. En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a don Quijote y se le entristecieron a Sancho …

Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la ciudad entrada la noche, y en tanto que la hora se llegaba se quedaron entre unas encinas que cerca del Toboso estaban, y llegado el determinado punto entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan.” (2, 8)

Parece como que nuestros protagonistas caminan y caminan noches y días sin descansar, como los famosos e increíbles caballeros andantes, cuando Cervantes ha escogido por actores dos hombres muy sencillos, muy normales, que caminan, descansan, comen y duermen. Cervantes, cuando quiere hacer caminar por la noche a nuestros protagonistas, para conseguir un objetivo, lo indica explícitamente. Por poner dos ejemplos, uno en mitad de Sierra Morena y otro de regreso a casa desde Barcelona:

“En estas y otras pláticas les tomó la noche en mitad del camino, sin tener ni descubrir donde aquella noche se recogiesen;…Y fue que la noche cerró con alguna escuridad; pero, con todo esto, caminaban, creyendo Sancho que, pues aquel camino era real, a una o dos leguas, de buena razón hallaría en él alguna venta” (1, 19)

“Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse, si no fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó don Quijote contento sobremodo, y esperaba el día por ver si en el camino topaba ya desencantada a Dulcinea su señora…” (2, 72)

Don Quijote y Sancho conocen perfectamente el camino a El Toboso, saben que al paso de Rocinante tardarían toda la noche, “para alcanzar a ver con el día al Toboso”, una jornada de camino.  Don Quijote hace la afirmación y Sancho calla, reconociendo el cálculo de su amo. La noche es oscura, Cervantes no indica que caminaran, por lo que, sencillamente, pasan la noche en algún punto del recién comenzado camino a El Toboso, hablando de mil cosas. La distancia que separa ambos lugares, esa jornada de Rocinante, la hacen durante el día siguiente: “En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran ciudad del Toboso”. Una jornada de Rocinante, de noche o de día. Hay autores que llevan a don Quijote y Sancho, sobre sus caballerías, ¡dos días y medio caminando!, Cervantes no lo hace, sus protagonistas son simples manchegos.

En la época del año en la que ocurre esta tercera salida, primavera,  las noches y los días tienen aproximadamente la misma duración. Rocinante camina media legua a la hora, en esas ocho a diez horas de camino, llegaría desde su cuadra al lugar de Dulcinea, según su amo. En los rectos y suaves caminos de esta comarca cervantina, la distancia que separa el lugar de don Quijote con El Toboso es, por tanto, de unos 24 a 30 kilómetros.

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Lugares de la comarca cervantina a una jornada de El Toboso Dibujo sobre el Mapa Autonómico de Castilla-La Mancha 2011. IGN

Los únicos lugares que están en esta comarca cervantina, que se encuentran atravesados por el camino de Toledo a Murcia, no tienen molinos de viento y se encuentran a una jornada de El Toboso al paso de Rocinante, entre los círculos de 20 y 35 kilómetros marcados en el mapa autonómico de Castilla-La Mancha (IGN) son: Villacañas, La Villa de Don Fadrique, Villafranca de los Caballeros y Alcázar de San Juan. Desde Villacañas y La Villa de Don Fadrique a El Toboso se iría por el mismo camino murciano utilizado en las dos primeras salidas, lo que contrasta con la afirmación del narrador de que en esta tercera salida utilizaban otro distinto, derecho a El Toboso, “que desde agora en el camino del Toboso comienzan”.

Ahora, los molinos de viento de Campo de Criptana son un hito, o mojón cervantino y geográfico, de referencia en la localización del lugar de don Quijote. La distancia que separa el lugar de don Quijote de los molinos de viento de Campo de Criptana es aún más corta que la que separa con el lugar de Dulcinea. Esta famosa aventura sucede al comienzo de la segunda salida de don Quijote de su pueblo. Es en mitad de una noche en el mes de agosto, verano en la Mancha:

“Todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los buscasen… Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban.” (1, 7)

“En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo…”(1, 8)

En esta parte de la Mancha, en verano, sigue siendo costumbre salir a las puertas de las casas después de cenar a intentar refrescarse con las ligeras brisas del aire, si es que se levanta, hasta bien entrada la noche. Esta antiquísima práctica se conoce por aquí como “tomar el fresco”. Don Quijote y Sancho esperan a que sus familias duerman y que ningún vecino esté en la calle, para  así salir de sus casas y comenzar su marcha. La noche de verano es corta, salir en mitad de ella para no ser vistos hace que el tiempo hasta el amanecer no sea más de dos o tres horas. Es a “la hora de la mañana”,  al amanecer, cuando ven los molinos de viento.

“Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje”, por el camino de Toledo a Murcia, y por lo tanto hacia el este, hacia Murcia. Al paso de Rocinante en esas dos o tres horas de camino han recorrido entre una legua de camino y legua y media, de seis a nueve kilómetros.

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Lugares y camino de Toledo a Murcia. Dibujados en el Mapa Autonómico de Castilla-La Mancha. IGN

El centro de Alcázar de San Juan está a 7,4 km del centro de Campo de Criptana, en línea recta. Es el único lugar de la comarca cervantina que está en el camino de Toledo a Murcia, a 28 km por camino derecho a El Toboso, una jornada de Rocinante, y al oeste de Campo de Criptana, entre los seis a nueve kilómetros de sus molinos. Alcázar de San Juan es el lugar de don Quijote, origen y final de las aventuras de don Quijote.

Con este mapa podríamos continuar camino hacia el este, como don Quijote, y al final del día, sin dejar de caminar por el camino murciano, llegar a la antigua Venta de Manjavacas, donde fue armado caballero, como ya afirmé en Mi vecino Alonso en 2010. Y comprobar, de vuelta a casa, por el mismo camino que nos encontramos con un cruce de caminos al poco de salir de la venta. Si dejamos solo a Rocinante seguiremos el “camino a su caballeriza”, para poco después encontrarnos en el paraje donde don Quijote se encuentra de frente con los mercaderes toledanos que iban a Murcia.

Geográficamente está localizado el origen de los pasos de Rocinante. Pero Cervantes nos deja descripciones singulares del lugar de don Quijote que Alcázar de San Juan también cumple con rigor cervantino.

Cervantes califica al lugar de don Quijote de aldea, pueblo o  villa. Covarrubias en su diccionario de 1611 dice que “Lugar significa muchas veces ciudad, o villa, o aldea, y así decimos en mi lugar, en el pueblo donde nací, y fulano no esta en el lugar, no esta en la ciudad”. De la misma manera hace Cervantes con el lugar de Dulcinea, que la nombra desde “aldea” a “gran ciudad del Toboso”, siendo en tiempos de Cervantes una villa: “Es villa desde la era de mil e trescientos y setenta y seis años…”, afirman en sus Relaciones Topográficas, en 1575. Como villa es el título real del lugar de don Quijote, pues sólo una villa podía disponer de “picota”, una columna de piedra ajustada sobre cuatro o cinco gradas también de piedra, que servía para exponer a los condenados por la Justicia. Esto le dice Teresa por carta, cuando Sancho era gobernador de Barataria: “La fuente de la plaza se secó, un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas” (2, 52).

El lugar de don Quijote era una villa, y de importancia. Además de hidalgos, como el mismo Alonso Quijano, contaba esta villa con caballeros, un escalón más en la nobleza. Don Quijote,  durante una  conversación en su casa con su vecino Sancho, le pregunta:

“… y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros?…

-Pues lo primero que digo -dijo-, es que el vulgo tiene a vuestra merced por grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que no conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un trapo atrás y otro delante. Dicen los caballeros que no querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde” (2, 2)

Alcázar de San Juan, era villa desde que, en el año 1292, el rey Sancho IV le concede este título y escudo propio, siendo en tiempos de Cervantes, sede del gobernador y Justicia Mayor del Priorato de San Juan, por tanto con hidalgos y caballeros de distinta condición.

Además del cura, el barbero  y el bachiller, sus amigos, el lugar de don Quijote contaba al menos con médico y escribano. Don Quijote, de regreso de Barcelona, enferma y “llamaron sus amigos al médico, tomóle el pulso, y no le contentó mucho, y dijo que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro” (2, 74). Don Quijote se duerme unas horas y despierta como Alonso Quijano:

“… ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno”, y poco después les dice: “Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento; que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así,  suplico que en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano” (2, 74)

Cervantes nos retrata con palabras una imagen poco usual en esta parte de la Mancha, una fuente en la plaza principal del lugar de don Quijote: “La fuente de la plaza se secó, un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas”.

Para disponer de una fuente en la plaza era necesario que el colector de agua, el pozo de agua dulce, estuviese varios metros por encima del nivel de la plaza y estar canalizado hasta ella. Alcázar de San Juan disponía de varios pozos a extramuros de ella, uno de ellos conocido como Valcargado, desde el que se abastecían los vecinos por medio de cántaros. En 1602, poco antes de la escritura del primer Quijote, el Concejo de Alcázar de San Juan toma esta importante decisión:

           “… Este dicho día, se acordó que atento la gran necesidad que en esta villa hay de agua dulce, y que se acaba cada día la que hay en el pozo de Valcargado, que se envíe por un fontanero y zahorí, que vea el pozo del Vallejo, a donde parece que ay cantidad de agua, por si conviniere descubrirla…”

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Detalle del acuerdo del Concejo el 21 de Julio de 1602. Libro de Actas (AHM)

En noviembre de 1617, el mismo Concejo, toma la medida de ampliar la captación de aguas que, desde el pozo de la Huerta de Montoya, cercano al pozo de Vallejo en los cerros del Tinte, abastecía agua a la fuente de la plaza por medio de una canalización de cerámica, comprando otro pozo cercano propiedad de un vecino de Alcázar, haciendo las obras necesarias para la unión entre ellos. Con esta medida se pretendía subsanar la falta de agua dulce que tuvo la fuente de la plaza por la sequía que hizo que bajase el nivel freático de los pozos Huerta de Montoya y Vallejo. “La fuente de la plaza se secó” escribe Cervantes en 1615, en su segundo Quijote, como crónica de este problema en el lugar de sus protagonistas.

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Imagen de la fuente de la plaza de Alcázar de San Juan, dibujada por Daniel Urrabieta Vierge el día 1 de octubre de 1893. The Hispanic Society of América

         Además de las actividades normales de los lugares de esta comarca cervantina, agricultura, pastoreo de ovejas, molineros, etc.,  Cervantes nos representa una imagen inusual, y muy singular, de los vecinos de don Quijote con cañas de pescar con las que entretenerse y complementar la escasa despensa familiar. Así hablan Sancho y Tomé, escudero del Caballero del Bosque, “vecino y compadre” suyo, mientras cenan y califican el sufrido oficio de escudero:

         “… qué escudero hay tan pobre en el mundo, a quien le falte un rocín, y un par de galgos, y una caña de pescar, con que entretenerse en su aldea?

A mí no me falta nada deso, -respondió Sancho-, verdad es que no tengo rocín; pero tengo un asno, que vale dos veces más que el caballo de mi amo” (2, 13)

Los ríos en esta parte de la Mancha, como el Záncara y el Gigüela se secaban siempre en verano y algunos años tampoco corría en invierno. Si lo hacía era con muy poca agua y los peces eran muy pequeños e inservibles, por lo que el recurso de la pesca no era habitual en esta comarca cervantina, a excepción del río Guadiana, que sí tenía pesca todo el año, aunque, como el agua, era propiedad del Prior de San Juan, como afirma Argamasilla de Alba en sus Relaciones Topográficas:

         “… hay peces y bogas que se pescan con esperabeles y garlitos y red y barcos, y son del prior de San Juan, y se suelen arrendar en tres mil maravedís y siete u ochos arrabales de peces”

En el término de Alcázar de San Juan, a diez kilómetros, se unían estos tres ríos para formar uno solo, siendo la pesca habitual entre sus vecinos. A menos de dos horas de camino tenían la posibilidad de hacerse con pescado fresco de río. Es tal la afición, o necesidad, a la pesca en Alcázar de San Juan que en el año 1601 surgen incluso denuncias por la instalación de numerosas “cespederas”, muretes artificiales con los que se conseguía retener el agua embalsada durante los meses de verano y así mantener estancada  y viva la pesca, ocasionando desbordes y daños a las tierras y caminos en los meses de invierno, cuando el caudal las desbordaba. Es el propio Concejo el que tiene que tomar severas decisiones sobre esta práctica de pesca:

“En la villa de Alcázar a catorce días del mes de octubre de mil y seiscientos y un años los señores alcaldes y regidores que aquí firmaron sus nombres  estando juntos en su ayuntamiento a campana tañida como lo hacen de uso y costumbre para tratar y conferir las cosas tocantes del bien de los vecinos dijeron que de causa de que algunos vecinos de esta villa y forasteros han hecho y hacen muchas cespederas en el río Záncara para pescar y por haber tanta cantidad de las dichas cespederas tapan el río y sale fuera de madre y ha echado a perder muchos huertos y haces de labor y otras heredades y los caminos por donde se va a las labores de esta villa de suerte que a hecho notables daños…”

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Detalle del Libro de Actas y Acuerdos de 1599 a 1609 (AHM), donde se denuncian en 1601 las numerosas “cespederas” que retenían la pesca en el río Záncara

Pocos meses después nos encontramos con el acuerdo de que la pesca de sus ríos se utilice para el propio consumo de la población, impidiendo su comercio, anunciando incluso penas y multas a los que no lo sigan. En febrero de 1602 el escribano alcazareño anotaba en el Libro de Actas y Acuerdos:

         “Acordaron los dichos señores que se identifique a todas las personas que pescan en los ríos que están en el término de esta villa que acudan a ella con toda la pesca que tomaron de los dichos ríos para la provisión de esta villa. Sin que sean osados a vender la pesca en esta villa. So pena de seiscientos maravedíes …”

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Detalle del folio 108 del Libro de Actas y Acuerdos de 1599 a 1609, acordando que no se venda la pesca de sus ríos

Hay una imagen del lugar de don Quijote que Cervantes nos dibuja con su ingeniosa escritura. Aprovecha el envío de un paje de la duquesa, con las cartas que esta remite a Teresa, la mujer de Sancho, para describirnos la primera imagen que del lugar de don Quijote se tiene al llegar a él por uno de sus caminos de entrada. Es cuando el paje llega al pueblo:

               “ Dice pues la historia que el paje era muy discreto, y agudo, y con deseo de servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho, y antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a quien preguntó, si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un Caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en pie una mozuela que estaba lavando, y dijo:

-Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho mi señor padre, y el tal Caballero, nuestro amo. (2, 50)

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Camino de Toledo a Murcia, en trazo de puntos, y arroyo Mina, en trazo rojo, cruzándose en la antigua entrada de Alcázar de San Juan. Resaltado en las hojas MTN50 de 1886 (IGN)

Alcázar de San Juan cuenta con tres arroyos que bordeaban en tiempos de la escritura del Quijote sus calles. Uno de ellos, el arroyo Mina, hoy canalizado, cruzaba el camino de Toledo a Murcia en la salida del pueblo hacia Campo de Criptana. El paje que venía de Aragón, pasando por Cuenca y Mota del Cuervo, “antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres”. Lavar la ropa en este arroyo ha sido una práctica habitual hasta bien entrado el siglo XX.  Esta sencilla imagen de mujeres lavando ropa en el arroyo, cuando te vas acercando por el camino a Alcázar de San Juan, alguna vez fue observada por Cervantes y la escoge cómo imagen del lugar de don Quijote. Este camino a Murcia, contaba con un puente sobre este arroyo Mina. Con el paso de los siglos el puente ha tenido varias reparaciones, hasta su desaparición a finales del XX con la canalización de este arroyo, pues había quedado integrado en los límites urbanos. Una de estas últimas reparaciones es acordada en 1849: “… y la puente que hay en el camino llamado de Murcia sobre el arroyo de la Mina; …”

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Detalle del acuerdo del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan, para la reparación del puente del camino a Murcia sobre el arroyo Mina, en 1849. (AHM)

La duquesa le pide, en esa misma carta, a la mujer de Sancho que le envíe bellotas: “Dícenme, que en ese lugar hay bellotas gordas, envíeme hasta dos docenas, que las estimaré en mucho por ser de su mano…”(2, 50). Hoy en nuestros viajes, como en tiempos de Cervantes, nos traemos a casa recuerdos singulares o típicos de los lugares por donde hemos estado, o se los pedimos traer a los conocidos que realizan un viaje. La duquesa le pide un producto del pueblo de Sancho, que sin duda alguna sería muy importante y famoso: las bellotas de sus montes. La roturación de suelos para la agricultura, en el término de Alcázar de San Juan, ha hecho desaparecer casi por completo un recurso que en tiempos de Cervantes fue muy significativo e importante, incluso para los gastos del Concejo: las bellotas de sus montes.

En 1601, unos años antes de la aparición de la primera parte del Quijote, el impuesto por la recogida de la bellota debía de ser tan cuantioso que fue utilizado para la construcción de una muralla alrededor de la villa, que ya contaba con una población entre ocho y diez mil habitantes, para el control de paso de las personas a ella  en unos años en los que la peste asolaba buena parte de España:

“… causa se ha acordado que esta villa se guarde, y por haber en ella muchos arrabales y calles que para se guardar de la dicha peste, como conviene, es necesario que se tapien y cierren y que no queden sino cuatro puertas por donde puedan entrar y salir los que vinieren con las demás de las partes que no estén apestadas, para que con más facilidad se pueda guardar. Y de causa de no tener esta villa propios, por estar empeñada, de causa de los pleitos que tienen pendientes en Corte de Su Majestad, y en la ciudad de Granada, acordaron y mandaron que se tome dinero prestado que para hacer la cerca y atajar las calles y portillo que es necesario cerrarse, como se acostumbra a atajar en semejantes ocasiones, de Juan Díaz Guerrero, depositario de los maravedís de la bellota…” (Libro de Acuerdos del Concejo de Alcázar de San Juan de 1599-1609)

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Detalle del acuerdo para cercar Alcázar de San Juan con los impuestos de la bellota. (AHM)

         En el 1605, el mismo año de la publicación de la primera parte del Quijote, nuevamente, el Concejo de Alcázar de San Juan hace uso de la venta de la bellota de sus montes para pagar las deudas contraídas con un maestro cantero, por las obras realizadas en la iglesia de Santa Quiteria y otros gastos importantes de la villa. En el mismo Libro de Acuerdos del Concejo, los alcaldes y regidores lo acuerdan y firman:

         “ En la villa de Alcázar. A veinte y cuatro días del mes de septiembre de mil y seiscientos y cinco años, los señores Alcaldes y Regidores que abajo firmaron sus nombres, estando juntos para tratar y proveer las cosas convenientes a esta república, dijeron que por cuanto este Concejo y el mayordomo de la iglesia de Santa Quiteria están obligados a pagar a los herederos de Agustín de Arguello, maestro de cantería, vecino que fue de la villa, mucha cantidad de maravedís que se le deben de la obra nueva y capilla mayor que hizo en la dicha iglesia… Por tanto acordaron se venda la bellota de la dehesa de Villacentenos y monte del Acebrón y se saque a pregón y se reciban las posturas que se hicieren y habiendo andado en almoneda… Y el dinero que procediese de la venta de la bellota se ponga en depósito en poder de Fernando de Aguilera, vecino de esta villa, para que se vaya gastando con cuenta y razón en lo que más convenga al bien de esta villa y sus vecinos y así lo acordaron y firmaron”.

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Detalle de acta del Concejo de la villa de Alcázar en 1605 (AHM)

Estas y otras muchas referencias a la bellota, en actas del Concejo de Alcázar de San Juan, ponen de manifiesto la gran importancia de la bellota como fuente de ingreso, y es señalada por Cervantes, como testigo de su tiempo, en la carta de la duquesa a Teresa.

Las imágenes de la villa de Alcázar de San Juan y de su paisaje, percibidas por Cervantes en alguna ocasión, son los recuerdos que facilitaron la elaboración de la imagen del lugar de don Quijote, aunque, por algún motivo que jamás conoceremos, no quiso acordarse de su nombre.

                                     

Luis Miguel Román Alhambra

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LA COMARCA DE DON QUIJOTE

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Por los caminos de este inmenso espacio castellano, que es la Mancha, Cervantes imaginó a su caballero, haciendo del Quijote un itinerario de caminos, fácil de seguir en su época.Todo viajero, o caballero andante, tiene un origen desde donde comienza su viaje, o sus  aventuras, un espacio donde vive con su familia, trabaja y se relaciona con sus vecinos, e incluso con vecinos de lugares limítrofes, su hábitat urbano. Este espacio geográfico y humano, origen de las aventuras de don Quijote, está definido por Cervantes. Simplemente, con la lectura del Quijote,es posible delimitar o marcar los bordes de esta comarca manchega de don Quijote.

Que El Toboso, el lugar manchego más nombrado en el Quijote,en la actual provincia de Toledo, y patria de Dulcinea, se encuentra en la comarca manchega de don Quijote, es una obviedad. El caminante Vivaldo, suplica a don Quijote que le diga “el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama, a lo que le responde que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser princesa, pues es reina y señora mía”. El Toboso está en la Mancha, en la ficción del Quijote y en la realidad geográfica, “Está en el reino de Toledo en la Mancha en la provincia de Castilla”, contestan sus vecinos en 1575 en sus Relaciones Topográficas.

Y un lugar cercano al de don Quijote, como el narrador afirma, cuando describe la forma que tuvo nuestro hidalgo en poner nombre a su dama:

                        “… y fue a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo, había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él anduvo enamorado… vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso” (1, 13).

La cercanía entre el lugar donde vivía don Quijote, y Sancho, y el de Dulcinea es confirmada también por el mismo Sancho Panza, porque, según él, conocía a la familia de Dulcinea, especialmente a sus padres:”Ta, ta, dijo Sancho, que la hija de Lorenzo Corchuelo, es la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre, Aldonza Lorenzo?”(1, 25),aunque para Sancho“en lo que dudaba algo, era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre, ni tal Princesa, había llegado jamás a su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso” (1, 13). 

El conocimiento y la relación entre vecinos, incluso sin lazos familiares, en una ordenación del territorio tan concentrada como en la Mancha, se originaba entre núcleos de población muy próximos, por lo que cualquier lector que lo leyese intuía que El Toboso es un pueblo vecino al de don Quijote y Sancho.

En el entorno cercano, físico y humano, del lugar de don Quijote, Cervantes nos nombra otros cuatro lugares manchegos con su topónimo,que nos conforman la imagen de la comarca manchega de don Quijote. Son los lugares de Tembleque, Quintanar, Argamasilla y Puerto Lápice, que nos servirán de mojones,o hitos,para marcar los bordes de este espacio geográfico cervantino.

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Tembleque,es mencionado por Sancho Panza durante las explicaciones que daba, a la duquesa, de su tan deseado cuento:

         “A menos de la mitad pararé, si Dios fuere servido -respondió Sancho-. Y así, digo que llegando el tal labrador a casa del dicho hidalgo convidador, que buen poso haya su ánima, que ya es muerto, y por más señas dicen que hizo una muerte de un ángel, que yo no me hallé presente, que había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque…

            -Por vida vuestra, hijo, que volváis presto de Tembleque, y que sin enterrar al hidalgo, si no queréis hacer más exequias, acabéis vuestro cuento.” (2, 31)

Sancho Panza es un humilde agricultor y no posee tierras propias. Tiene que trabajar a jornal en las faenas agrícolas del campo manchego. En época de la siega del cereal, si en un pueblo se acababa pronto el trabajo, por una cosecha pobre, debido a mala climatología, o por las temidas plagas de langosta que asolaban los campos apunto de recolectar, los jornaleros no tenían otra opción que desplazarse a los pueblos vecinos más próximos donde pudieran trabajar unos días y poder llevar unos pocos salarios a casa.Como le pasó a Sancho,”que había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque”.

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La tradición agrícola cerealista en Tembleque, que llega hasta  nuestros días, en tiempos de Cervantes era una de sus actividades o recurso económico más importante entre sus vecinos. En las contestaciones a las Relaciones Topográficas, responden:

              “Al veinte y seis capítulos se responde que los vecinos de esta villa la mayor parte de ellos son labradores y lo que más y mejor se coge es pan y vino y hay pocos ganados y son de lana por causa de la tierra rasa y de labor, que se cogerán de los diezmos de pan un año con otro doce mil fanegas de pan y cuatro o cinco mil arrobas de vino, poco más o menos siendo la cosecha de pan y vino razonable.” 

Quintanar de la Orden, la vemos nombrada en dos ocasiones en el Quijote. Muy distantes entre ellas, al principio de la primera parte y al final de la segunda parte. Sin duda alguna, la villa de Quintanar de la Orden,sus vecinos y familias más importantes, eran muy conocidos por Cervantes, estando especialmente mencionada, villa y familias, en el Persiles.

Es en la primera salida de don Quijote de su pueblo cuando es nombrada Quintanar. Camina sobre Rocinante, toda una jornada  bajo un sol implacable de verano manchego y, al final del día, sin encontrase con nadie en el camino, llega a una venta, donde es armado caballero esa misma noche por el señor del castillo, que no era otro que el propio ventero. Ala hora de la salida del sol, “la del alba sería”,y siguiendo las recomendaciones del ventero, sale de la venta con la intención de volver a casa y hacerse con todo lo que le faltaba para la profesión de caballero andante, entre otras cosas de un escudero.

“Y, no había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba…”  Estas voces eran de un joven pastor, Andresillo, al que su amo le estaba azotando, atado a una de las encinas, por perderle cada día una oveja del rebaño que le cuidaba. Este ganadero es “Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar”. La versión de Andresillo es muy distinta, la paliza era porque le había reclamado el sueldo que le debía por nueve meses de trabajo. Don Quijote amenaza al ganadero de matarlo, si no le paga de inmediato lo que le debe al muchacho. Haldudo se excusa de no poder hacerlo con la prontitud exigida por no llevar dinero en ese momento, pero que se llevará a su casa a Andrés y allí le pagará. El desenlace es de todos bien conocido, una vez que don Quijote continúa su camino y se aleja de ellos, creyendo haber deshecho el primer agravio como caballero andante, el cruel  ganadero vuelve a atar al pastor en la misma encina y casi lo mata.

La escena se produce muy cerca de la venta y en el entorno de Quintanar. Esta villa está en el espacio geográfico gobernado por la Orden de Santiago, y el aprovechamiento de los pastos era común entre los lugares que pertenecían a ella. Hay quien enmarca la venta donde es armado caballero en una que existía en Puerto Lápice, en aquel tiempo dentro en el término de la villa sanjuanista  de Herencia. Para un lector coetáneo de Cervantes, conociendo del gozo comunal de pastos para los ganados de vecinos de los lugares de la Orden de Santiago y que esta aventura de Andresillo sucedía  poco después de salir de la venta,está enmarcada en territorio de la Orden de Santiago, simplemente por razones económicas.

Además del aspecto fiscal, muy importante en aquella época, y también ahora,el ganadero Haldudo le dice a Andrés que se vaya con él para pagarle, cosa improbable de poder hacerlo si el rebaño estuviese tan lejos de Quintanar para dejarlo solo y darle tiempo de ir y venir en el día. Tampoco es posible que el ganado fuese trashumante,no por la edad de Andresillo, quince años,sino por ir solo, cuando los ganados trashumantes se desplazaban siempre con varios pastores, por seguridad ante robos o ataques de los lobos.

Al final de la segunda parte encontramos la segunda mención de Quintanar. Don Quijote lleva enfermo seis días en la cama y Sansón Carrasco trata de animarlo, diciéndole: “… que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado, el uno llamado Barcino, y el otro Butrón, que se los había vendido un ganadero del Quintanar” (2, 74). Don Quijote, para cumplir el tiempo de retiro en su profesión de caballero andante, compromiso adquirido ante su vencedor en las playas de Barcelona, que no era otro que el mismo bachiller Sansón Carrasco, decide que tanto él como Sancho se ocuparían,durante ese tiempo ocioso,  en las labores de pastor de ganado en su pueblo. Ir a comprar dos perros pastores a Quintanar evidencian la cercanía entre estos dos  los lugares manchegos y la fama ganadera de Quintanar en aquella época, que también debió conocer Cervantes.

Argamasilla de Alba,en la actualidad una localidad de la provincia de Ciudad Real, es citada al final de la primera parte del Quijote, con sus vecinos los”Académicos de la Argamasilla”.Don Quijote acaba de llegar a su pueblo, enjaulado sobre un carro tirado por bueyes, desde la venta de Sierra Morena y el “autor desta historia” nos adelanta una segunda parte, y una tercera salida de su casa en busca de aventuras, esta vez hacia Zaragoza. Este nuevo escenario de aventuras e incluso las noticias de la muerte de don Quijote, dice el autor que las conoce por unos pergaminos que un médico había encontrado en una caja de plomo, entre los cimientos de una antigua ermita que se estaba reconstruyendo:

         “… contenían muchas de sus hazañas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y costumbres… Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló en la caja de plomo eran éstas: Los Académicos de la Argamasilla, lugar de la Mancha en vida y muerte del valeroso don Quijote de la Mancha, hoc scripserunt”.

Cervantes conocía bien esta parte de la Mancha, sus demarcaciones e historia, especialmente la de Argamasilla de Alba cuando la describe como “lugar de la Mancha en vida y muerte del valeroso don Quijote de la Mancha”. Que es lugar de la Mancha no cabe duda alguna, pues en sus respuestas a las Relaciones Topográficas, en 1575, dicen: “… que el reino en que comúnmente se cuenta este pueblo es en el de Toledo, en la bailía de Alcázar, que por otra parte en donde este pueblo está sentado se llama la Mancha”. Pero no lo era como tal pueblo o lugar desde hacía mucho tiempo. Argamasilla de Alba se funda después de dos reasentamientos de sus vecinos por causa de las enfermedades debidas a los humedales cercanos. Originalmente estaban asentados en otros parajes cercanos, y su nombre antiguo era Moraleja y después Santa María de Alba, siempre dentro de su mismo término.En las mismas Relaciones Topográficas contestan que:

                  “… que la dicha villa es repoblación nueva de cuarenta y cuatro años a esta parte, un año más o menos, y que el fundador fue el prior don Diego de Toledo porque era en tiempo de la orden de San Juan de que era prior; y que esta población se fundó primero en la Moraleja que es término de dicha villa, habrá sesenta años poco más menos, y que por enfermedad se despobló y después se pobló en el Cerro Boñigal, cerca de los molinos que dicen de Santa María, término de esta villa, y se decía la dicha población la villa de Santa María de Alba, y por enfermedades se trasladó a donde al presente está fundada que es en la dicha villa de Argamasilla de Alba, habrá los dichos cuarenta y cuatro años como está dicho”

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Argamasilla de Alba se funda en 1531, año en el que es nombrado Prior de la Orden de San Juan don Diego de Toledo, coincidiendo con la respuesta dada por sus vecinos “habrá los dichos cuarenta y cuatro años como está dicho”. Si Cervantes describía en 1605 que “frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años…”, nacía en el entorno de 1550, solo unos veinte años después de haberse fundado como lugar Argamasilla de Alba. Hecho histórico reciente en la Mancha dando sentido a la frase de”lugar de la Mancha en vida y muerte del valeroso don Quijote de la Mancha”, ya que mucho antes de nacer Alonso Quijana este lugar de Argamasilla no existía, conociéndose desde su fundación, hasta no hace mucho tiempo, como Lugar Nuevo.

En su estancia, o estancias, en Argamasilla de Alba, la tradición argamasillera así lo afirma, incluso la de haber iniciado la escritura del Quijote en su cárcel de la Casa de Medrano, Cervantes tuvo que haber conocido y tratado a estos vecinos sabios, que en todos los pueblos de la Mancha había, y hay, a los que llamó o apodó”Académicos de la Argamasilla”. Singularmente, en esta parte de la Mancha, como en otras muchas otras partes de España, siempre se ha utilizado un sobrenombre para identificar a las personas, conocido aquí como apodo o mote. Este sobrenombre era fijado por el resto de sus vecinos por cualquier motivo, por su aspecto físico, costumbres, profesión o por una anécdota personal puntual, y era de tal precisión y calado que incluso se llegaba a transmitir a varias  generaciones posteriores de su familia. Mucho se ha hablado de los sobrenombres o apodos de los “Académicos de la Argamasilla: Monicongo, Paniaguado, Caprichoso, Burlador, Cachidiablo y Tiquitoc”, a veces desde la ignorancia que se tiene de esta parte de la Mancha, elucubrando o fantaseando sobre uno u otro de estos personajes y el propio Cervantes. Simplemente son los apodos con los que eran conocidos estos vecinos sabios en Argamasilla de Alba cuando Cervantes los conoció. Una Academia, como sede o lugar donde se dedique el tiempo al estudio de las letras, es improbable que existiese en aquella cervantina Argamasilla, tal y como sí se conoce su existencia y dedicación en otros lugares de aquella época, pero es del todo posible que Cervantes conociese a argamasilleros a los que les gustase y practicaran el arte de la poesía, y con su genial humor así los retrató, como los “Académicos de la Argamasilla”.

Un autor natural de Argamasilla de Alba, coetáneo de Cervantes, es Francisco de Contreras, que en el año 1624 publica en Madrid el poema épico:Nave trágica de la India de Portugal.

Este poema épico está dedicado a Lope de Vega, que como Fiscal de la Cámara Apostólica es también quien se lo aprueba. Entre los poemas laudatorios al autor, hay una décima del mismísimo Lope de Vega dedicada a Francisco de Contreras,  que termina con: “Que su ingenio pudo hacer / Todos sus versos estrellas”.

La conocida rivalidad literaria, y personal, entre Cervantes y Lope de Vega, y esta extraña, por excelente, relación entre Lope de Vega y el argamasillero Francisco de Contreras, ha hecho “suponer que Contreras fue uno de los enemigos de Cervantes, y que éste se propuso ridiculizarle en el Quijote llamándole académico…”, tal y como lo afirma el geógrafo Antonio Blázquez en su conferencia La Mancha en tiempos de Cervantes, leída en la Real Sociedad Geográfica, en 1905. De la misma idea es también Manuel Serrano y Sanz en su Dos notas al Quijote, publicado en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, de abril y mayo de 1900:”… más bien pudo Cervantes conocer a Contreras, y acaso un manuscrito de su poema u otros versos suyos, y satirizarle encubiertamente por ser de Argamasilla y amigo de Lope”.

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¿Pudo ser el argamasillero Contreras el buscado Alonso Fernández de Avellaneda, nombre seudónimo del autor del Quijote apócrifo?  Avellaneda, a diferencia de Cervantes, no deja duda en su Quijote apócrifo del lugar de origen de su don Quijote: “Al Alcalde, Regidores, y hidalgos, de la noble villa del Argamesilla, patria feliz del hidalgo Cavallero Don Quixote de la Mancha”. Sin duda alguna, Argamasilla de Alba, es un lugar cervantino indiscutible, y su tradición lo avala. Argamasilla es el lugar de don Quijote, el de Avellaneda, pero no puede ser el lugar de don Quijote, el de Cervantes, por estar citado su nombre en la obra, cuando el autor expresamente no quiso nombrarlo:

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo…” (1, 1)

“Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente…” (2, 74)

Puerto Lápice, es el cuarto mojón o hito geográfico que cierra el borde de la comarca manchega de don Quijote. Localidad actual de la provincia de Ciudad Real, en tiempos de Cervantes, no era más que una venta en un camino real en la Mancha, junto a unas casas quintería de agricultores, dentro de los límites de la villa de  Herencia, siendo propiedad de un vecino de Villafranca de los Caballeros. Con este topónimo es ya nombrado en las Relaciones Topográficas de Herencia, en 1575:

         “… en el término de ella está una venta que se dice el Puerto Lápice como está declarado y esto responden, y esta venta es de un particular vecino de Villafranca”.

La comarca manchega de don Quijote está atravesada, de oeste a este, por uno de los caminos más importantes utilizados en España, el camino de Toledo a Murcia, por el que camina don Quijote, especialmente durante toda la primera salida de su casa,“sin acontecerle cosa que de contar fuese”, hasta que llega cansado, al final del día, a la venta donde es armado caballero. Vuelve al día siguiente a casa sobre sus mismos pasos y se encuentra de frente en el camino con “unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia”.Este encuentro con este grupo de mercaderes evidencia la vía en la que se produce, el camino de Toledo a Murcia, que precisamente transcurre por esta comarca cervantina en sus variantes conocidas en la época. 

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Cuando Cervantes escribe el Quijote, había tres ventas en esta comarca manchega de don Quijote, en Puerto Lápice, en el paraje de Las Motillas y en Manjavacas. Esta última,en el término de Mota del Cuervo, se encontraba junto al camino de Toledo a Murcia. A una de estas tres ventas dirige Cervantes a don Quijote en su primera salida.

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La situación de la venta de Las Motillas, sin posibilidad de relación geográfica con la aventura de Andresillo, que ocurre cerca de Quintanar de la Orden, ni con la aventura de los comerciantes toledanos que iban por el camino a Murcia, la descartan como la venta cervantina donde don Quijote recibió burlescamente las órdenes de caballero andante. La venta de Puerto Lápice, que tampoco reúne las anteriores condiciones geoliterarias, es el escenario hacia donde se dirigen don Quijote y Sancho Panza, pero  después de la famosa batalla de don Quijote contra los molinos de viento:

         “Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser un lugar muy pasajero” (1, 8)

Don Quijote, al contrario de la situación de la venta donde es armado caballero, que no la conocía, esta de Puerto Lápice la conoce perfectamente, por lo que esta venta no es en la que fue armado caballero, en su primera aventura. Así, por si cabe alguna  duda, nos lo aclara el mismo Cervantes:

                   “Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino, fue la del puerto Lápice, otros dicen que la de los molinos de viento. Pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha, es, que él anduvo todo aquel día, y al anochecer, su rocín y él, se hallaron cansados, y muertos de hambre: y que mirando a todas partes, por ver si descubría algún castillo, o alguna majada de pastores donde recogerse, y adonde pudiese remediar su mucha hambre, y necesidad: vio no lejos del camino por donde iba una venta…” (1, 2)

La venta de Manjavacas se encuentra en el camino de Toledo a Murcia, pertenece a la Orden de Santiago y su situación cercana a Quintanar de la Orden, la hacen ser la venta donde llega don Quijote en su primer día de aventuras y es armado caballero. Su situación al este de esta comarca de don Quijote, desde donde don Quijote recién armado caballero regresa a casa por el mismo camino, hace posible su encuentro con los comerciantes toledanos. El camino de Toledo a Murcia, con sus variantes, crea un cruce de camino, consistente geográficamente con el texto cervantino. Después de salir de la venta y creer haber liberado a Andresillo de los golpes de “Juan Haldudo el rico, vecino de Quintanar”:

         “En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucejadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían, y, por imitarlos, estuvo un rato quedo; y al cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza” (1, 4)

Poco después, “habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un gran tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia”.

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Esta comarca manchega de don Quijote está surcada principalmente por los ríos Guadiana, Záncara y Gigüela, que se juntan casi en la parte central de ella, formando desde aquí un solo río. Cervantes conoce este sistema hidrológico manchego, tan excepcional en esta parte de la Mancha, de tener varios ríos, además de arroyos y fuentes,donde dar de beber también a los rebaños de ovejas. Uno de los rebaños que iría a beber agua a esos ríos cercanos al lugar de don Quijote, era el suyo, en su retiro de las armas por un año:

         “… yo compraré algunas ovejas, y todas las demás cosas, que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijótiz, y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas, y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos…”(2, 67)

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El conocimiento de Cervantes de la geografía física de esta comarca, sus bordes y sus caminos, es el mismo que tendrían de ella sus lectores y los viajeros que pasasen por ella, por lo que no necesitaba dar más detalles para enmarcar en la imaginación de muchos de sus lectores las escenas de su novela en esta parte de la Mancha. Además, complementa la imagen física de la comarca con las actividades económicas de sus vecinos.

La agricultura y la ganadería son las actividades principales en la Mancha. Si el mismo don Quijote contaba con algunas fanegas de tierras, dándolas su aprovechamiento en renta por ser hidalgo, Sancho Panza era un  agricultor a jornal. El cereal recogido tenía que ser molido para hacer la harina, alimento principal para el sustento de los vecinos y animales, en los molinos de agua  instalados en los ríos cercanos a sus lugares, operados por molineros y ayudantes, profesiones ancestrales en la Mancha y en esta comarca cervantina.

La mayoría de los ríos manchegos dejaban de correr en la época de verano, excepto el Guadiana, por lo que en una parte importante del año no trabajaban los molinos de agua, coincidiendo con la recolección del cereal. Esta parte de la Mancha sufre sequías periódicas durante toda su historia, que hace que los ríos se sequen durante todo el año, como la que sufrió en el siglo XVI, durante casi medio siglo, por lo que surgió la necesidad de construir unos nuevos tipos de molinos, capaces de mover sus muelas de piedra con la fuerza del aire, los molinos de viento. El oficio de molinero cambiaba de lugar, de los cauces de los ríos a los cerros mejor orientados a los vientos de los pueblos.

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Pero estos molinos de viento no se construyeron en toda la Mancha por igual, ya que algunos ríos sí corrían todo el año, como el  Guadiana, que en esta comarca manchega de don Quijote  transcurre por tierras gobernadas por la Orden de San Juan. El Prior de esta orden era el propietario de sus aguas y de sus excelentes molinos de agua, no autorizando la construcción de los molinos de viento en los lugares de su gobernación, hasta finales del siglo XVII, asegurándose así las moliendas de sus vecinos en sus molinos de agua, y el cobro de la molienda, aunque los agricultores tuviesen que desplazarse con sus cargas de grano y harina en carros o los lomos de sus animales durante muchos kilómetros.

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La comarca manchega de don Quijote está dividida principalmente, casi de norte a sur, entre la Orden de San Juan y la Orden de Santiago. En la Orden de Santiago los molinos de viento se comenzaron a construir desde mediados del siglo XVI. En toda la Mancha, antes de publicar la primera parte del Quijote, en 1605,Cervantes pudo ver los molinos de viento en los lugares de Campo de Criptana, Belmonte, Las Mesas, Mota del Cuervo, El Pedernoso, El Toboso, Villaescusa de Haro y Chinchilla de Montearagón. Dentro de la comarca manchega de don Quijote en Campo de Criptana, El Toboso, Mota del Cuervo, pertenecientes a la Orden de Santiago, y en Las Mesas, lugar del Marquesado de Villena.

El lugar de don Quijote no contaba con ellos. Don Quijote no los conocía, teniendo que describírselos el mismo Sancho Panza, poco antes de cargar don Quijote contra uno de ellos:

                   “Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino” (1, 8).

Sancho sí los conocía al ser agricultor a jornal y tener que llevar el grano a moler a estos artilugios, en lugares cercanos al suyo. Los vecinos de los pueblos de la Orden de San Juan, tenían que ir a moler a los molinos de agua del Prior, en el río Guadiana, o a los molinos de viento de los lugares cercanos que ya los tenían, lo que justifica los muchos  molinos de viento construidos en Campo de Criptana, a solo media legua de distancia con los límites con la Orden de San Juan por el oeste, y en menor número en Mota del Cuervo y El Toboso. Se construyeron en un número tan elevado en Campo de Criptana, sobredimensionado el recurso molinero para el cereal propio y el de los lugares cercanos de la Orden de San Juan, como Alcázar de San Juan, Quero, Tembleque, Herencia o Villafranca.

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Era el mes de julio, y de un molino de viento venía de llevar una carga de trigo un vecino de don Quijote, Pedro Alonso, que fue el que lo auxilió después de la paliza que un mozo de mulas de los mercaderes toledanos le propinó a nuestro caballero, por culpa de un tropiezo de Rocinante. Venir de algún molino de agua, en verano, cercano al camino de Toledo a Murcia, por el que iba a su pueblo, es geográficamente imposible, porque los ríos Záncara y Gigüela no corrían durante el estío, y el Guadiana está muy lejos, al sur, de este camino principal:    

         “Y quiso la suerte que cuando llegó a este verso acertó a pasar por allí un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino, el cual viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal sentía, que tan tristemente se quejaba…” (1, 5).

Pedro Alonso, cuando lo reconoce como Alonso Quijana, su vecino,  lo sube como puede sobre su borrico, recoge sus armas, y atando a Rocinante del ramal, sigue el camino hacia su pueblo, donde llega cuando anochecía.

La alfarería es también una actividad económica en esta comarca cervantina, desde donde se fabricaba y abastecía a los vecinos de vasijas, cántaros y tejas. Buen barro y mejores alfareros había especialmente en Mota del Cuervo y Villafranca de los Caballeros. Una de las actividades alfareras más singulares,por la complejidad en su elaboración, cocido y transporte,era la fabricación de grandes tinajas donde almacenar vino y aceite, y en la comarca de don Quijote se hacían en El Toboso. Cervantes tuvo que conocerlas, en la misma alfarería o en cualquier de los lugares próximos a él, hasta donde se trasladaban cuidadosamente estas “panzudas”, como se les conocía y se les sigue conociendo por su peculiar forma.Así contestaba El Toboso en sus Relaciones Topográficas, en 1575:

         “Lo que en el dicho pueblo se ha labrado y labra y hace mejor que en otro lugar de España son las tinajas para tener vino, aceite y lo que mas quisieren echar en ellas, y de las hacer hay en el dicho pueblo mucha pericia y sciencia, este trato va ya cesando por la falta de leña para las cocer”

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Cervantes las describe precisamente en un lugar muy cercano al El Toboso, como es en la casa de don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, donde llegan en su compañía, don Quijote y Sancho, después de pasar por El Toboso en su camino hacia Aragón, por tanto, muy cerca del lugar de Dulcinea:

                   “Halló don Quijote ser la casa de don Diego de Miranda ancha como de aldea; las armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle; la bodega, en el patio; la cueva, en el portal, y muchas tinajas a la redonda, que por ser del Toboso le renovaron las memorias de su encantada y transformada Dulcinea, y sospirando y sin mirar lo que decía ni delante de quien estaba, dijo:

         ¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas;dulces y alegres cuando Dios quería!

         ¡Oh tobosescas tinajas, que me habéis traído a la memoria la dulce prenda de mi mayor amargura!” (2, 18)

Estas tobosescas tinajas no se trasladaban muy largo de El Toboso, por lo costoso y arriesgado que era su traslado, siendo  muy apreciadas y usadas en toda la comarca manchega de don Quijote.

Geografía física y humana de esta parte de la Mancha que Cervantes hace comarca de don Quijote. Este es el origen, el hábitat familiar y social de don Quijote.

Luis Miguel Román Alhambra

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Una ruta para todos los públicos que recorrerá el “Alcázar de Cervantes”

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Desde el 22 de octubre está abierto el plazo para inscripciones que se pueden realizar en la Oficina de Información Turística, en la Plaza de España

Alcázar de San Juan, 02-11-2018.-  El próximo 9 de noviembre se cumplirán 460 años desde que fuese bautizado un niño llamado Miguel de Cervantes Saavedra en la pila bautismal de la iglesia de Santa María la Mayor de Alcázar de San Juan, según se acredita en el Libro Primero de Bautismos guardado en el archivo parroquial, que dice:

«En nueve días del mes de Noviembre de mil quinientos y cincuenta y ocho bautizó el Reverendo Señor Alº Diaz pajares un hijo de Blas de Cervantes Sabedra y de Catalina López que le puso de nombre Miguel…»

Alrededor de esta efeméride y organizada por el Patronato Municipal de Cultura, se vienen celebrando anualmente las Jornadas Vino y Bautismo Qervantino que este año alcanzan su 5ª edición y que se desarrollarán entre el miércoles 7 y el domingo 11 de noviembre.

Colaborando con el Ayuntamiento de Alcázar, la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan coordinará la ruta guiada “Alcázar de Cervantes” que recorrerá los principales lugares de Alcázar de San Juan, que tienen relación con el escritor Miguel de Cervantes o con su obra.

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La ruta tendrá lugar el domingo 11 de noviembre a las 12 horas siendo el punto de concentración y origen de la ruta el monumento a Alonso Quijano con su gato junto a la sede de Aguas de Alcázar.

Las personas interesadas pueden inscribirse desde el 22 de octubre en la Oficina de Turismo Municipal en la Plaza de España (bajos del Mercado Municipal).

Esta ruta discurre por los lugares que directa o indirectamente evocan aspectos de la vida de Cervantes, desde su bautismo hasta su enterramiento, pasando por su cautiverio y por su obra cumbre “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha”. Consta de un recorrido de unos 2 km, y su duración aproximada de dos horas.

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

 

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LAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE EN SIERRA MORENA

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Hace un año, mi ir y venir a la imprenta era casi a diario. El día nueve de noviembre de 2017, festividad de Nuestra Señora de la Almudena, se terminaba de imprimir Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena. Fueron doscientos ejemplares que ya están en las manos de muchos lectores y amigos, como de bibliotecas públicas, y ahora pongo a disposición de cuantos quieran leerlo puedan hacerlo en mi blog, en la pestaña SIERRA MORENA. Para quienes prefieran el libro quedan algunos ejemplares en la Librería de Moisés Mata, situada en la calle Emilio Castelar, 22, en Alcázar de San Juan (tf. 926 540 440)

Para quienes creen, como yo, que la ficción del Quijote está enmarcada en escenarios reales, podrán comprobar cómo las aventuras de don Quijote por Sierra Morena están delineadas perfectamente en el antiguo Camino de la Plata, sus parajes cercanos y en medio de la Sierra de La Garganta, refugio y escondite de bandoleros en tiempos de Cervantes, donde don Quijote llegó para hacer su penitencia.

Nunca sabremos si Cervantes estuvo allí, o quizá, junto a la lumbre de la venta, unos cuadrilleros le describieron lo peligroso que era adentrarse en esta parte de Sierra Morena. Lo cierto es que Cervantes llevó hasta allí a don Quijote.

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Tampoco hay constancia de que Gustave Doré visitase esta parte escondida, alejada del camino real, pero puso a don Quijote sobre la misma extraña piedra en la que yo he estado.

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Esta ha sido la parte más difícil de localizar de la geografía del Quijote en la Mancha. Espero que disfruten con esta lectura, tanto como yo localizando estos parajes por Sierra Morena de la mano del mejor guía que había podido imaginar, José María, responsable de la Finca de La Garganta.

Y para quienes afirman que en el Quijote todo es ficción, este libro no les aportará nada. Esta es la grandeza de esta gran obra de arte que es el Quijote y sus interpretaciones por quienes nos acercamos a ella. Vale.

Enlace al blog Alcázar lugar de don Quijote

https://alcazarlugardedonquijote.wordpress.com/sierra-morena/ 

                                        Luis Miguel Román Alhambra

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El antiguo Campo de Montiel del Quijote

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Si de la Mancha del Quijote se han escrito miles de folios, del Campo de Montiel otros tantos. Que el Campo de Montiel es una parte de la Mancha no cabe la menor de las dudas, ni a los montileños de hoy ni a los lectores coetáneos de Cervantes. Los límites del Campo de Montiel tenían, y tienen, sus bordes perfectamente delimitados, correspondiendo con los dibujados en el mapa de 1575 que acompaña las respuestas de Villanueva de los Infantes en sus Relaciones Topográficas, que son los mismos de la comarca actual del Campo de Montiel, en la región de Castilla-La Mancha.

Sin embargo, estos límites no corresponden, con la imagen que del Campo de Montiel nos deja Cervantes en el texto del Quijote, ni con los mapas que comenzaron a editarse en su tiempo y que muy probablemente tuvo alguno en sus manos. Mapas imprecisos, según las técnicas cartográficas actuales, pero realizados con los conocimientos de los mejores geógrafos y cartógrafos de su época.

De España no hubo mapas precisos hasta que se crea el Instituto Geográfico en 1870, impulsado por José Echegaray, ministro de Fomento, bajo la dirección del coronel de ingenieros Carlos Ibáñez e Ibáñez de Ibero. El primer mapa parcial u hoja, correspondiente a Madrid, se publica en 1875 y el último, de San Nicolás de Tolentino, en 1968, casi cien años después. Hoy, los mapas se realizan mediantes técnicas de sistemas de posicionamiento global, fotogrametría, interferometría radar, ortoimágen, etc., con incertidumbres de centímetros, integradas en infraestructuras globales de información geográfica, que nada tienen que ver con la toma de datos directamente en el campo con brújula y teodolito, por los equipos de trabajo iniciales del Instituto Geográfico, y mucho menos con los mapas cartografiados en el siglo XVI y XVII. En tiempo de Cervantes, aunque la cartografía había resurgido con fuerza después de la invención de la imprenta, en 1454, y del descubrimiento de América, en 1492, solo las costas estaban bien definidas por la labor de pilotos y cosmógrafos a bordo de los navíos. El interior de los países se representaba mediante el posicionamiento de las ciudades y lugares más importantes, de los que se conocían sus coordenadas mediante su observación astronómica, y por las informaciones de los expedicionarios contratados para viajar por el territorio preguntando a los vecinos de cada lugar por sus aspectos geográficos, como el nombre del lugar más próximo por el norte, sur, este y oeste, y a qué distancia se encontraban, el nombre del río más cercano, en qué dirección estaba y de nuevo su distancia, etc. En el mejor de los casos las respuestas tenían una precisión de cuartos de leguas, un kilómetro y medio, siendo lo habitual medias leguas, tres kilómetros. Un procedimiento lento y muy costoso, y siempre a merced del celo y el rigor en las notas de estos expedicionarios, puestos en dudas por los propios geógrafos al contrastarlas.

En 1751, Jorge Juan, después de regresar de la expedición internacional a Perú, que determinó la medida exacta de un arco de un grado en el Ecuador, prepara y presenta a Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada y secretario de Estado, un proyecto en el que se definían los procedimientos para levantar el mapa general de España. El proyecto se olvida con la caída política del marqués de la Ensenada, en 1754. El mismo año de 1751, Jorge Juan, había instado al Gobierno a que se enviaran a dos cartógrafos españoles a París, Tomás López y Juan de la Cruz, para formarse en el levantamiento de mapas en los gabinetes de Mazarin y D´Auville. A su regreso a España, en 1760, Tomás López, recibe el encargo de hacer el mapa de España, pero casi sin presupuesto. Enviar decenas de expedicionarios y topógrafos al campo era demasiado caro, y López sustituye a estos por remitir un cuestionario a cada lugar de España, a su alcalde, cura párroco o maestro de la escuela, donde le solicitaba que respondiera sobre cuestiones geográficas e incluso que le remitiesen un croquis o dibujo sobre su lugar y lugares próximos, ríos, caminos, montañas, etc.:

“Muy Señor mío: Hallándome ejecutando un mapa y descripción de esa diócesis, y deseando publicarle con el acierto posible, me pareció indispensable suplicar a Vd. se sirva responder a los puntos que comprende el interrogatorio adjunto…”
Aunque los mapas realizados por Tomás López no tenían precisión matemática, solo las ciudades y lugares importantes estaban situados con coordenadas precisas, estos contenían muchísima información de forma muy clara y sencilla, incluso con los caminos más importantes, gracias a su método minucioso de trabajo y a la gran información recibida desde todos los rincones de España. Algunas de las informaciones fueron muy vagas, pero otras contenían un gran nivel de detalle geográfico.

En la Biblioteca Nacional de España se conservan originales y copias de los miles de documentos remitidos a Tomás López desde los lugares e instituciones a los que solicitó ayuda. En los archivados como provincia de Ciudad Real, encontramos los documentos recibidos desde el Campo de Montiel, entre ellos el realizado por su gobernador, Fernando de Cañas, en el año 1772. Este documento es de gran importancia para entender el “antiguo y conocido campo de Montiel” del Quijote, mucho más extenso que el Campo de Montiel que hoy conocemos. Es un documento inédito en el estudio del Quijote que desde hoy formará parte de la geografía cervantina, al hacer consistente el texto con la geografía física y humana que Cervantes nos describe.

“Pero quizá la caballería y los encantos destos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos”, le decía don Quijote a Sancho, mientras regresaba a casa desde Sierra Morena enjaulado sobre un carro tirado por bueyes. El Campo de Montiel actual no es, ni puede ser, el “origen del Quijote como pretenden los encantadores de nuestro tiempo, al menos del Quijote de Cervantes. Sus límites, y la geografía física y humana, son incompatibles con el texto cervantino, por mucho que nos intenten convencer mediante extensísimos trabajos publicados, con escasa aceptación y el recelo de las administraciones públicas por su uso, mal uso afirmo yo, en las justas reivindicaciones de esta comarca manchega del Campo de Montiel, ante el olvido social y económico que sufre durante muchas décadas por parte de las instituciones públicas regionales y nacionales.

El Campo de Montiel actual es una gran parte del “antiguo y conocido campo de Montiel” del Quijote, sin lugar a dudas. Este espacio geográfico, tan importante en el texto cervantino, forma un capítulo, junto a la Mancha y la comarca cervantina del Quijote, de mi próximo trabajo que verá la luz el próximo año.

Llevo tiempo afirmando que “el Quijote es una abstracción de la sociedad real que conoció Cervantes, también de su geografía y el propio paisaje, escenarios de las aventuras del hidalgo manchego”. La imagen del paisaje cervantino tendrá consistencia con el texto solo si nos aproximamos a su tiempo.

El antiguo y conocido Campo de Montiel

Cervantes tiene un especial vínculo con el Campo de Montiel. Topónimos nombrados en el Quijote están dentro de este espacio geográfico. Las Lagunas de Ruidera y la Cueva de Montesinos, con sus paisajes únicos en la Mancha y leyendas medievales, quedaron grabados en su memoria en cualquiera de sus viajes o estancias por la zona. La misma imagen que queda en nosotros cuando, dejando atrás el paisaje monótono, de pronto, el agua se desborda de forma increíble y ruidosa ante nosotros, son las Lagunas de Ruidera “famosas ansimismo en toda la Mancha y aun en toda España”. Y en el nacimiento de las lagunas la mismísima Cueva de Montesinos, “de quien tantas y tan admirables cosas en aquellos contornos se contaban”. En las Relaciones Topográficas de La Ossa ya la nombran: “Y más arriba de ella hay una cueva, la cual se dice que era la cueva de Montesinos, que pasa un río grande por ella”.

Este espacio manchego es utilizado por Cervantes como referencia geoliteraria para sus lectores, los de su tiempo. Especialmente para situar el origen de las aventuras en esta inmensa Mancha. Y lo cita en cinco ocasiones a lo largo de las dos partes del Quijote.
Al final del Prólogo de la primera parte es nombrado, por primera vez:

“… y el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote de la Mancha, de quien hay opinión, por todos los habitadores del distrito del campo de Montiel, que fue el más casto enamorado y el más valiente caballero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos” (1, Prólogo)

El sentido geográfico de la palabra “distrito” era utilizado en su tiempo como: “… el termino que contiene en fi alguna Provincia lugar, o termino, y la jurifdicion de la poteftad de aquel termino, y distrito”. (Cobarruvias, 1611). Cervantes define a la Mancha como “provincia”, cuando don Quijote le cuenta a Sancho y al “primo” lo que le había ocurrido dentro de la cueva, y lo que Montesinos le decía a su primo Durandarte:

“… solamente faltan Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de los vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas de Ruidera: las siete son de los reyes de España, y las dos sobrinas, de los caballeros de una orden santísima que llaman de San Juan.” (2, 23)

Para Cervantes y sus lectores, en el habla de su tiempo, el Campo de Montiel es un “distrito” de la “provincia de la Mancha”, una parte de la Mancha.

En cada una de las tres salidas, de don Quijote de su casa, es nuevamente nombrado el Campo de Montiel. Después de ocho días pensando cuál sería su nombre, que “se vino a llamar don Quijote”, y limpias las viejas armas de su familia, sale de madrugada de su casa, y, cuando lleva un tiempo caminando, comienza a pensar lo que de él se escribirá:
“… que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido Campo de Montiel (y era la verdad que por él caminaba) y añadió diciendo…” (1, 2)

Su primera salida solo dura un par de días. Repuesto, en su casa, de la paliza propinada por el mozo de los mercaderes toledanos, pocos días después, ya en compañía de su vecino y escudero, Sancho Panza, vuelve a salir de su pueblo, por segunda vez:
“Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban.” (1, 7)

Don Quijote, inicia las dos primeras salidas por el mismo camino y dirección, para entrar en el Campo de Montiel. El pueblo manchego de don Quijote está fuera del “distrito del campo de Montiel”, aunque sí muy cerca de sus límites. Si el origen de las aventuras de don Quijote, su pueblo, estuviese en el Campo de Montiel, como algunos autores intentan mantener, no necesitaría don Quijote acertar en “tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje”, para pisar el Campo de Montiel.  Sencillamente, porque si el lugar de don Quijote estuviese en este “distrito” manchego, saliendo por cualquiera de los caminos de su pueblo siempre estaría en él, sin necesidad de acertar.

En la tercera, y última, salida de su casa, ya no lo hace por el mismo camino, sino que utiliza otro distinto, ahora con dirección a El Toboso, hacia donde se encaminan para comenzar unas nuevas aventuras:

“Bendito sea el poderoso Alá!, dice Hamete Benengeli al comienzo deste octavo capítulo. ¡Bendito sea Alá!, repite tres veces, y dice que da estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y a Sancho, y que los letores de su agradable historia pueden hacer cuenta que desde este punto comienzan las hazañas y donaires de don Quijote y de su escudero; persuádeles que se les olviden las pasadas caballerías del ingenioso hidalgo y pongan los ojos en las que están por venir, que desde agora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los campos de Montiel…” (2, 8)

Cervantes, en el último capítulo de la primera parte, esboza tenuemente la tercera salida de don Quijote, que sería hacia Zaragoza, y cómo será el final del caballero manchego, cuerdo muere en casa rodeado de los suyos. Nos adelanta los epitafios que se podrán leer en su sepultura, entre otros “elogios de su vida”. En uno de ellos, el “Paniaguado, académico de la Argamasilla”, escribe un soneto, y en su segundo cuarteto, describe el espacio geográfico que don Quijote tuvo que recorrer por Dulcinea, pisando el Campo de Montiel. Es la quinta vez que es nombrado:

“Pisó por ella el uno y otro lado
de la gran Sierra Negra y el famoso
campo de Montiel, hasta el herboso
llano de Aranjuez, a pie y cansado”

El lugar manchego de don Quijote, origen de sus aventuras, no está en el Campo de Montiel, pero sí muy cerca de sus límites. El Campo de Montiel es una parte importante del espacio geográfico natural manchego, gobernado por la Orden de Santiago. Esta orden religiosa y militar tenía sus límites más importantes por el noroeste con la Orden de San Juan, por el suroeste con la Orden de Calatrava y por el este con el Marquesado de Villena. En la época de Cervantes, el Campo de Montiel administrativo y judicial estaba perfectamente definido, y sus límites han llegado hasta nuestros días, como una comarca de Castilla-La Mancha.

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En las Relaciones Topográficas de 1575 queda explícitamente definido y dibujado, en uno de los pocos croquis y mapas que se incluyeron en las respuestas, los límites administrativos, jurídicos y religiosos del Campo de Montiel. En las contestaciones de Villanueva de los Infantes, que se define como “cabeza de la gobernación del Campo de Montiel”, se relacionan “los pueblos que hay en la gobernación del Campo de Montiel”: Villanueva de los Infantes, Alcubillas, La Solana, Membrilla, Torrenueva, Castellar de Santiago, La Torre de Juan Abad, Villamanrique, Almedina, La Puebla del Príncipe, Terrinches, Albadalejo, Cózar, La Ossa de Montiel, Villahermosa, Fuenllana, Alhambra, Carrizosa, Montiel, Torres, Cañamares y Santa Cruz de los Cáñamos. Ruidera no es relacionada, pero si es dibujada en el mapa. En total veintitrés lugares, entre villas y aldeas, formaban el Campo de Montiel en la época de la escritura del Quijote.

El escenario por el que Cervantes dirige a don Quijote en el inicio de sus aventuras contiene dos aspectos geográficos, físicos y especialmente humanos, que lo sitúan en una parte muy concreta de la Mancha:

El primero, es el camino de Toledo a Murcia. En su primera salida, don Quijote, sale “una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de Julio…” camina todo el día, “y no lejos del camino por donde iba”, ve una venta, donde después de malentendidos y golpes es, fingidamente, armado caballero por el ventero. Al amanecer decide deshacer el camino y volver a casa, para hacerse de cuanto el ventero le ha recomendado en su nuevo oficio de caballero andante. Después del encuentro con el pastor Andresillo y su amo Juan Haldudo, vecino de Quintanar de la Orden, llega a un cruce de caminos en el que deja al libre albedrío de Rocinante el camino a seguir, que, lógicamente, no fue otro que el de su cuadra, su pueblo:

“Y habiendo andado como dos millas descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia.” (1, 4)

El camino de Toledo a Murcia, por el que iban estos mercaderes toledanos, cruza la Mancha de oeste a este y era una de las vías de comunicación más importantes de la Península Ibérica en los tiempos de Cervantes. En 1546, en Medina del Campo, se editaba la primera de las guías de caminos, muy difundida entre los viajeros en España, el Reportorio de todos los caminos de España, de Pedro Juan Villuga, “en el cual hallará cualquier viaje que quieran andar muy provechoso para todos los caminantes”. En el Prólogo, Villuga aconseja a los caminantes su uso para evitar “ser informados falsamente y de oídas como dicen” y perderse en el camino. Villuga anota los lugares de paso, incluido las ventas, que hay entre las ciudades de origen y destino, y las distancias de camino en leguas y medias leguas. La distancia total de camino desde Murcia a Toledo es de cincuenta y nueve leguas.

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El cosmógrafo sevillano Pedro de Medina, en su Libro de grandezas y cosas memorables de España, calificado como la “Primera guía de la España Imperial”, recoge, tres años después de la guía de Villuga, muchos de los caminos más importantes de España, desde una ciudad de origen y “las leguas que se han de andar para llegar a la otra ciudad o pueblo donde quisieren ir”. Medina describe el itinerario de Toledo a Murcia, también de cincuenta y nueve leguas de camino. Con la misma longitud y lugares de paso relacionados por Villuga, en 1576, se imprime en Alcalá de Henares el Repertorio de Caminos, una nueva guía de caminos realizada por Alonso de Meneses. Es muy posible que un ejemplar de estas guías fuese en los bolsillos de Cervantes, viajero gran parte de su vida por la Península Ibérica.

Este camino, es de nuevo descrito su paso por los lugares en las respuestas que dieron en sus Relaciones Topográficas de 1575. En ellas se constata que existía una variante principal al trazado de Villuga, de longitud parecida, que recorría la Mancha pasando por distintos lugares, según las necesidades de los viajeros y comerciantes:

“Por esta villa pasan los carreteros y caminantes que vienen de Murcia a Toledo y los que vienen de Madrid para Granada, y en su término no hay venta alguna” (Madridejos)

“Esta villa es pasagera de carros que van de los reinos de Valencia y Murcia a Toledo y de Toledo a los dichos reinos, y de Cuenca a la parte de cierzo de esta villa. Es pasajero para el Andalucía y reino de Granada” (Campo de Criptana)

“… que esta villa es pueblo pasajero, porque desde los puertos de Cartagena, Alicante y Valencia, vienen a pasar por esta villa para ir a Toledo y a Madrid, y también pasan por esta villa las gentes de Cuenca e Güete para ir a Granada y al Andalucía, y otras partes” (El Pedernoso)

“… está en el camino real que va de Toledo y Madrid a Murcia,…” (Las Pedroñeras)

Por este camino de Toledo a Murcia regresa don Quijote a casa, desandando los pasos del día anterior. Camino que de nuevo, unos días después, pisará en su segunda salida de su pueblo, ya acompañado por su vecino Sancho Panza.

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El segundo de estos aspectos geográficos tiene que ver especialmente con la geografía humana y con uno de los recursos que favorecieron el desarrollo de los pueblos manchegos: los molinos harineros de viento. Si hay una aventura que, aunque no se haya leído el Quijote, se identifica siempre con la imagen de la Mancha y la figura de don Quijote y sus aventuras, esta es la “espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento”.

Antes de la publicación de la primera parte del Quijote, en la Mancha, se molía el cereal en molinos de agua de sus ríos y en los molinos de viento construidos en: Chinchilla, Campo de Criptana, Belmonte, Las Mesas, Mota del Cuervo, El Pedernoso, El Toboso y Villaescusa de Haro. Los molinos de viento reales contra los que lucha don Quijote creyendo que eran gigantes, son los de Campo de Criptana. Este lugar manchego es el único que, en tiempos de Cervantes, pudo contar en su término con tantos molinos de viento: “En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo…”

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Molinos de viento desconocidos por don Quijote, y por lo tanto inexistentes en su pueblo, que como hidalgo estaba exento de trabajar, y mucho menos acarrear costales de trigo a los molinos. Es Sancho, agricultor a jornal, el que tiene que describirle que lo que está viendo son los nuevos ingenios que se usan para moler el cereal:

“Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino” (1, 8)

Campo de Criptana es una villa manchega de la Orden de Santiago, en el camino de Toledo a Murcia. Estas son algunas de sus contestaciones a las Relaciones Topográficas:

“Está en la Mancha arrimada a la sierra de Criptana…” “Es pueblo de Su Magestad de la orden de Santiago de la provincia de Castilla…”

“Está media legua de la orden de San Juan; no hay aduana, es camino cosario de Valencia y Murcia a Toledo, de carreteros, y de Toledo a estas ciudades…”

En los muchos cerros de su término, especialmente en su sierra pegada al núcleo urbano, se instalaron gran cantidad de molinos de viento para moler el cereal de sus vecinos, y, principalmente, el de las villas de la limítrofe Orden de San Juan, cuyo Prior, propietario de las aguas que discurrían por su territorio, especialmente de las del río Guadiana, no concedía las licencias para construirlos en sus posesiones debido a que era el propietario, y principal beneficiario, de los eficientes molinos de agua de Ruidera. Así contesta Campo de Criptana en 1575: “Hay en esta sierra de Criptana, junto a la villa, muchos molinos de viento donde también muelen los vecinos de esta villa.”

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El sobredimensionamiento de recursos molineros en esta villa santiaguista es tan evidente, y espectacular visualmente, que antes del comienzo de la construcción de estos artilugios eólicos en esta zona de la Mancha, sobre la mitad del siglo XVI, para sus necesidades, contaba en su término municipal con tan solo dos piedras de molino en el río Záncara. La construcción de los nuevos molinos de viento en su término, “donde también muelen los vecinos de esta villa”, sufragada en gran parte por vecinos e instituciones religiosas de la villa vecina de “Alcázar de la orden de San Juan”, burlando así la prohibición de construcción de molinos de viento del Prior sanjuanista, también facilitó desde ese momento la molienda del cereal necesario para sus necesidades propias, sin tener que desplazarse a otros molinos de río, a muchos kilómetros de distancia, cuando, por las constantes sequías, los propios quedaban parados durante años. El trasiego de personas y animales, con las cargas de grano y harina, por los caminos, cerros y sierras criptanenses fue una imagen muy conocida en tiempos de Cervantes, en esta zona de la Mancha.

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A estos molinos de viento de Campo de Criptana llegan, don Quijote y Sancho, al poco de salir de su pueblo: “… una noche se salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los buscasen”. Es el mes de agosto en la Mancha, y sus vecinos salen a las puertas de las casas, después de cenar, a esperar que el aire solano les refresque, y esto solo ocurre bien entrada la noche. Salen de su pueblo por el mismo camino, de Toledo a Murcia, que en la primera salida, y con dirección a Murcia, hacia el este: “Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje…”. Para afirmar esta dirección por el camino solo hay que recordar que el encuentro de don Quijote con los mercaderes toledanos que iban a Murcia, de regreso a casa desde la venta por este camino, es de frente, por lo que es evidente que don Quijote caminaba en dirección a Toledo, hacia el oeste. Esta villa molinera, manchega y santiaguista, tiene sus límites a solo “media legua de la orden de San Juan”, por el camino de Toledo a Murcia. Estamos, sin lugar a dudas, en el origen del Quijote y sin embargo muy lejos del Campo de Montiel, para que “cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido Campo de Montiel”.

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El Campo de Montiel, formado por veintitrés lugares, dibujado y definido, administrativa y judicialmente, en las Relaciones Topográficas de su capital, Villanueva de los Infantes, en 1575, y cuyos límites han llegado hasta nuestros días como una comarca castellano-manchega, no es el “antiguo y conocido campo de Montiel” del Quijote, por el que iban los sederos toledanos a Murcia y donde están los molinos de viento de Campo de Criptana, escenarios del comienzo de las aventuras del hidalgo manchego. Sencillamente, como se puede apreciar en el mapa, el camino de Toledo a Murcia no pasa por estos límites montileños, ni los molinos de viento de Campo de Criptana se encuentran en este espacio geográfico.

Los límites del “antiguo y conocido campo de Montiel” que Cervantes utiliza como escenario real del Quijote, son evidentemente otros, los mismos que conocieron los exploradores y viajeros que tomaron las notas necesarias para confeccionar los mapas de España, editados en tiempo de Cervantes, y que también pudo haberlos tenido entre sus manos, por estar muy difundidos en su tiempo, incluso como atlas de bolsillo en formato manejable por los viajeros y comerciantes.

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Tanto en el primer atlas de Abraham Ortelius, el Theatrum Orbis Terrarum, publicado en el año 1570 en Amberes, como en el Atlas sive cosmographicae meditationes de fabrica mundi et fabricati figura, de Gerard Mercator, publicado, también en Amberes, entre 1585 y 1589, el Campo de Montiel está dibujado al este de Alcázar de San Juan. Tanto Ortelius como Mercator eran los más prestigiosos geógrafos y cartógrafos de la época, los dos a las órdenes de Felipe II, con acceso a toda la información sobre las notas de campo de los exploradores.

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En el mapa, atribuida su ejecución a Alonso de Santa Cruz, cosmógrafo de Carlos I, que nunca se editó y que se conoce desde su descubrimiento como el Atlas de El Escorial, el geógrafo dibuja el Campo de Montiel al este de Alcázar, entre esta villa y Albacete.
No cabe duda que los exploradores, y viajeros, que recorrían los lugares de las zonas encomendadas por los geógrafos tuvieron la misma información de los vecinos a los que preguntaban, cuando se encontraban al este de la Orden de San Juan. Al este de Alcázar de San Juan estaban en el “antiguo” Campo de Montiel, así lo anotaban en sus minutas y así se dibujó en los mapas.

No es un error de los exploradores, geógrafos, ni del propio Cervantes. El Campo de Montiel, en “lo antiguo”, estaba formado por más de los veintitrés lugares relacionados en las Relaciones Topográficas, con una extensión de influencia mucho mayor. Así es reconocido por el gobernador del Campo de Montiel, Fernando de Cañas, el día “doce de Agosto de mil setecientos setenta y tres”. En la cuantiosa documentación enviada al geógrafo Tomás López, para dibujar los mapas de España, desde Villanueva de los Infantes “Don Fernando de Cañas, Caballero de la Orden de Santiago, Teniente Coronel de los reales Ejércitos, actual Gobernador Militar y político, Justicia mayor de la dicha villa y partido por su Magestad”, realiza con “verídicas noticias que he tomado de personas ancianas de todo conocimiento, y en particular por lo que respecta a esta de algunos documentos que he visto” la “Discripcion de las veinte y tres villas de este Partido Suelo, y Campo de Montiel, efectuada en virtud de orden de Su Magestad y Señores de su Real Consejo de los militares a diez y siete de noviembre del año pasado de mil setecientos setenta y dos”. En la descripción de la villa de Villanueva de los Infantes, afirma:

“…y si expreso que esta villa es del territorio de la Orden de Santiago de la espada, capital, y cabeza de este Partido que en lo antiguo tubo cuarenta villas, que hoy están reducidas a las veinte y tres de viña y suelo y Campo de Montiel, también llamado en lo antiguo Campo Arminio y de Arenas, donde predicó San Pablo.”

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¡… en lo antiguo tubo cuarenta villas, que hoy están reducidas a las veinte y tres de viña y suelo y Campo de Montiel!.  Esta información, hecha y firmada por el gobernador del Campo de Montiel, es la imagen del “antiguo y conocido campo de Montiel” que inmortalizó Cervantes en el Quijote. Ahora sí tiene relevancia la aclaración, expresa y tajante, que del “antiguo y conocido campo de Montiel” hacía Cervantes al principio del Quijote: “… subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel (y era la verdad que por él caminaba)”.

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¡Y era la verdad que por él caminaba! Don Quijote no caminaba por el Campo de Montiel, administrativo y judicial, de su tiempo, caminaba por el “antiguo y conocido campo de Montiel” santiaguista, de límites mucho mayores, “en lo antiguo”, a los relacionados y dibujados en las Relaciones Topográficas. Y para que sus primeros lectores, y especialmente para nosotros en la actualidad, situaran en la geografía manchega los primeros pasos de Rocinante por el camino de Toledo a Murcia entrando en el Campo de Montiel, Cervantes, tiene que aclararles que verdaderamente sus huellas las estaba dejando en el “antiguo” Campo de Montiel, conocido así por él, por sus vecinos, dibujado por los cartógrafos, y siglo y medio después confirmada su antigua extensión por el gobernador del Partido y Campo de Montiel.

¿Qué cuarenta villas de la Orden de Santiago formaban en “lo antiguo” el Campo de Montiel declaradas por el gobernador? Pocos años antes de la declaración del gobernador del Partido y Campo de Montiel, el rey Felipe V encarga a “Don Bernavé de Chaves, freyre clerigo de dicha Orden, y Capellàn de Honor de su Magestad, à quien se cometiò: que reconociesse a los Papeles, è Instrumentos, que huviera en el Archivo General; sacando copias authorizadas de las Reales Donaciones; y practicando lo demàs, que debia executar con los Jueces de Valdios, en defensa de los derechos, y possesiones de la Orden…”. Chaves realiza su informe en 1741, conocido como Apuntamiento Legal, después de reconocer los documentos archivados en el Archivo General del Convento de Uclés.

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En el mismo informe se reconoce ya la falta o pérdida de muchos documentos, antes de que los Reyes Católicos, en 1505, ordenasen a Diego de Orozco, Comendador de la Cámara, que se recopilaran y guardasen en el Archivo General del Convento de Uclés:

“Que en el Capitulo General de la dicha Orden, que se celebró en la Villa de Medina del Campo, fue platicado, que por quanto los Privilegios, y Escrituras, è Libros de Visitaciones de la dicha Orden, no han estado, ni estan en aquel recauda, è guarda, que conviene, ni han tenido el concierto, ni orden que deben haver; e porque cumple al bien de la dicha Orden, fue acordado en el dicho Capitulo, que se debia tener manera, que las dichas Escrituras, è Libros, è Privilegios estuviessen en buena guarda, è puestos en concierto; è para remedio de ello se acordò, e assentò, que en el Convento de Uclès se haga una buena Camara, en la qual se haga un Archivo de madera…”

Chaves separa en su informe las posesiones de la Orden, entre las que pertenecen a la Provincia de León y la Provincia de Castilla. En las Reales Donaciones hechas en la Provincia de Castilla, comienza relacionando cómo en 1171, Alfonso IX, concede el “Castillo de Aurelia (vulgo Oreja) sobre la Rivera de Tajo”, con un término que incluía los lugares de Ontígola, Ocañuela, Ocaña Mayor y Noblejas. Es el comienzo del territorio que se conocerá como “Partido de Ocaña, y Uclés”. Este “expressado territorio de Ocaña” sigue obteniendo donaciones, según avanza la reconquista a los árabes. En 1237, la Orden de Santiago deslinda términos con la Orden de San Juan:

“…quedando para la de Santiago à Mora, con su Termino, y à Criptana con su Sierra contra Consuegra, derecho à la cabeza de Lillo, y la Carrera, que và de Almuradiel à Quero, y Santa Maria de Guadiana, dividiendo su Termino de por mitad, y à la Ruidera, y de alli à Abeyazat, (oy Socuellamos) que confina con las Mesas-Rubias;… quedando asi deslindado, y declarado por de la Orden, desde Socuellamos, todo el Partido de Ocaña hasta Alharilla, Lugar, ò termino señalado en la Población de Oreja, confinante con Uclès, y Cuenca”.

En el folio 16 v. Chaves emprende las relaciones de las donaciones pertenecientes al futuro “Partido de Montiel”, con la orden del rey de seguir con la “guerra en el Campo de Montiel à los Moros, … por ser el territorio tan vecino a Uclés, y tierra de Ocaña”:

“Referidas todas las Reales donaciones, en cuya virtud, goza la Orden el dilatado Partido de Ocaña; y siguiendo (en lo posible) la propuesta relacion chronologica de sus concessiones, se assienta, que el nombrado señor Don Alfonso el IX. de Castilla (segun refiere el Licenciado Fr. Francisco Rades, y enuncia el Privilegio, que se citarà) concediò à la Orden, y à su Maestre Don Fernando Diaz, (que lo fue desde el año de 1184. hasta el de 1186.) que hiciese querra en el Campo de Montiel à los Moros, dandole dicha conquista, por ser el territorio tan vecino à Uclès, y tierra de Ocaña…”

Chaves prosigue relacionando las Donaciones Reales al Partido de Montiel en el folio 17. Conquistadas las tierras, el rey Fernando el Santo “manifestò su amor, y devocion grande à la Orden”, y en el año 1227:

“… donó, concedió, y confirmò à el Maestre Don Pedro Gonzalez, con todos sus Terminos, Montes, Fuentes, Riveras, Prados, Pastos, y sus Molinos, y son sus sitios, entradas, salidas, y pertenencias, à San Pablo, y à Montièl; Castillo, que diez años antes era de los Sarracenos; como refiere el antecedente expressado Privilegio; y en esta forma quedò por propio de la Orden todo el Partido de Montièl, que se comprehende en los terminos de Alhambra, Eznavessor, Algecira, y Montièl; y le pertenece por las referidas donaciones de los señores Don Aonso el IX. Don Enrique Primero, y Don Fernando III. el Santo”

Con esta información, parece evidente que en 1227 el Campo de Montiel comienza al sur del término de Abeyazat (Vejezate), hoy Socuéllamos, final del Partido de Ocaña, quedando bajo el dominio de la Orden de Santiago.

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Bernavé Chaves continúa su informe con las disputas por el dominio de estas tierras entre el Concejo de Alcaraz y la Orden de Santiago. Al margen del punto 44, en el folio 17 v. anota: “Montiel, sus terminos, y Pueblos, año de 1243”, afirmando en este punto:

“Y para que mas bien conste de la dicha extension de este territorio de Montiel; se hace presente, que el nombrado señor Don Fernando el Santo, despachò un Privilegio (73) de particion de terminos, su fecha en Valladolid a 18. de Febrero de la Era de 1281. y año de 1243…”

Los razonamientos de unos y otros fueron estimados por el rey, y “determinò el Pleyto de esta guisa”:

“Que los Freyles se apartaran de Villanueva, y cuanto derecho alli tenian, y pretendian tener, y de la heredad de Gorgogi;… otorgando, y confirmando à Dios, y à la Orden de la Cavallerìa de Santiago, todos los Lugares, que (*) se nombraban…”

En el mismo margen, de este folio 17 v., Chaves relaciona después de la nota “(*)” treinta y ocho lugares, muchos ya desaparecidos o con otros nombres en la actualidad, como es el caso de Xamila, o Jamila, que después se llamó Moraleja y finalmente Villanueva de los Infantes. En esta relación de lugares se nombran “Quitrana, Possadas Viejas, Villajos, Miguel Esteban, Almuradiel, La Figuera, El Cuervo, Villarejo Rubio y Manja Bacas”. Para que no surgiesen nuevos pleitos también ordena a la Orden y Alcaràz, que “entre ellos huviese comunidad de pastos, y los demàs aprovechamientos; sacadas dos Dehessas, una para cada Parte, y entrando en dicha comunidad los de Segura, y tambien los de Santiago, y los de Alhambra, y Eznavessor”.

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Solo cinco años después Villanueva y Gorgogi son donados a la Orden, por compra al Concejo de Alcaraz. En esos años las villas de Chiclana (1235), Beas (1239) y San Esteban (1242), en la Sierra de Segura, ahora provincia de Jaén, fueron incorporadas también a la Orden de Santiago. San Esteban “es la ultima donacion de dicho reynado, que se encuentra, por lo tocante à el Partido de Montiel”. Unos años después, entre 1255 y 1259, el pueblo de la Ossa, que se encontraba en término de Alcaraz, se incorpora también al territorio de la Orden de Santiago.

En el folio 41 de este Apuntamiento Legal, al margen se lee: “Adquisiciones hechas en tiempo del Maestre Pelay Correa, en el Partido de Montièl, y su deslinde con el Privilegio de el Santo Rey, que prueba concluyentemente el domino solar de la Orden en dicho territorio”. Y de nuevo, Chaves, añade dos “instrumentos”, o relaciones, de los lugares “que la Orden tenia en Montièl el año de 1243”. En la relación de “Aldeas, y Castillos, poblados, y sin poblar, que la Orden tenia en Montièl el año de 1243”, se anotan treinta y dos lugares con castillos y nueve aldeas. Las nueve aldeas son “Criptana, Possadas Viejas, Villajos, Miguel Estevan, Monuradiel (Almoradiel), La Figuera, El Cuervo, Villarejo-Rubio y Manjabacas”

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En el mismo folio, con los diez lugares que tenían iglesia en 1243, que no desaparecieron posteriormente, otros lugares despoblados y repoblados después, como Alvaladejo o Jamila, (Xamila o Jamila pasó a ser Moraleja y después Villanueva de los Infantes), y nuevos lugares adquiridos o poblados posteriormente al 1243, son los que formaban “al presente” de 1741 el Partido del Campo de Montiel, fecha del informe al rey. Estos lugares son así nombrados: “Alhambra, Cañamares, Fuenllana, Alcoviellas, Montiel, Torres, Torre de Juan Abad, Terrinches, La Membrilla, Almedina, Infantes, Villa-hermosa, La Ossa, Villanueva de la Fuente, Carrizosa, Alvaladejo, Puebla del principe, Villamanrique, Santa Cruz de los Cañamos, El Castellar de Santiago, Cozar, Torrenueva y La Solana. Límites del Partido del Campo de Montiel muy similares a los relacionados y dibujados en 1575 en las Relaciones Topográficas de Villanueva de los Infantes, con la incorporación del término de Villanueva de la Fuente.

Sin embargo, no podemos olvidar que Chaves, en dos de las relaciones o “instrumentos” aportados en el Apuntamiento Legal copiados del Archivo General en el Convento de Uclés, anota nueve aldeas “que la Orden tenía en Montiel el año de 1243”, por lo tanto bajo su influencia, como el resto de los cuarenta antiguos lugares relacionados, algunos desaparecidos después. Estos cuarenta lugares pueden ser los que formaban el “antiguo, y conocido campo de Montiel” del Quijote, y que llegaba hasta la actual Puebla de Almoradiel, Campo de Criptana, Mota del Cuervo, con Manjavacas y Villarejo-Rubio en el término del antiguo castillo de Abeyazat, hoy Socuéllamos, con su aldea Tomelloso. Unos límites de influencia del Campo de Montiel, hacia el norte, en la Provincia de Castilla de la Orden de Santiago, que también llegaron hasta Quintanar de la Orden. Así contestaba Quintanar en sus Relaciones Topográficas:

“Como esta dicho esta villa es muy antigua e ha sido cabeza de partido muchos años y tiempo ha no se halla, ni hay memoria del tiempo que ha, que esta villa, siendo esta villa cabeza de gobernación en tiempos pasados llegaba su partido hasta las sierras de Xaen, Campo de Montiel como se ha visto y entendido por escrituras antiguas, que el postrero juez que hubo se decía el comendador Horozco”

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En el mapa anterior están marcados los límites de los términos de las nueve aldeas “que la Orden tenía en Montiel el año de 1234”, relacionadas por Chaves en su Apuntamiento Legal, actualmente integradas en los términos de Campo de Criptana, Miguel Esteban, Mota del Cuervo y Quintanar de la Orden, que contestó, en 1575, haber pertenecido, “tiempo ha no se halla”, al Campo de Montiel, lugar al que en 1344, el Infante Don Fadrique le concedió comunidad de pastos para fomentar su escasa población. El término de El Toboso queda integrado entre Quintanat, Mota del Cuervo y Miguel Esteban. También está dibujado el camino de Toledo a Murcia que atraviesa este espacio manchego, en sus variantes conocidas, después de dejar atrás el territorio de la Orden de San Juan, y los molinos de viento de Campo de Criptana. Ahora la lectura del Quijote y la geografía son consistentes, como así ya lo era para sus primeros lectores.

¡Y era la verdad que por él caminaba! Este sí es el espacio geográfico, parte del “antiguo” Campo de Montiel, atravesado por el camino de Toledo a Murcia. Desde un lugar muy cercano a Campo de Criptana, situado en el territorio de la Orden de San Juan, fuera de los límites santiaguistas de este “antiguo y conocido campo de Montiel”,  salieron don Quijote y Sancho de su casa, en mitad de una calurosa noche de verano, por este mismo camino, encontrándose al amanecer con sus molinos de viento. ¡Ahora sí estamos en el origen del Quijote!

Cervantes con el Campo de Montiel es especialmente sensible. Es una parte de la Mancha que le atrae personalmente y por la que expresamente hace andar a Rocinante. Si no fuese así, podía haberlo olvidado y la historia de don Quijote no tendría variación. Sabiendo los límites jurisdiccionales del Partido del Campo de Montiel de su época, hace pisar a don Quijote por este antiguo territorio santiaguista, atravesado por el camino de Toledo a Murcia, de este oeste a este, y donde los muchos molinos de viento de Campo de Criptana hacen su paisaje reconocible, pero tiene que aclarar precisamente la posición geográfica de Rocinante en la Mancha en ese momento, en el “antiguo” Campo de Montiel manchego, con la frase: “Y era la verdad que por él caminaba”.

Chaves pudo, casi a mitad del siglo XVIII, reconocer muchos documentos de la Orden, depositados en los cajones del Archivo General del Convento de Uclés, para hacer su Apuntamiento Legal, sabiendo ya de la pérdida de otros muchos documentos en los archivos locales hasta principios del siglo XVI, pero hubo más pérdidas tras la invasión del convento por las tropas francesas en el año 1089. Hoy los documentos supervivientes de la Orden de Santiago se encuentran en el Archivo Histórico Nacional. Debido a esta pérdida de documentos, quizá nunca sepamos las razones por las que el Campo de Montiel tuvo su influencia hasta tan al norte de los territorios de la Orden de Santiago, mucho antes de la escritura del Quijote. Cervantes fue testigo de su época, y en el Quijote nos dejó su imagen, lo que él y sus coetáneos conocieron y sabían de la historia pasada de esta parte de España, su crónica.

Luis Miguel Román Alhambra

 

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LA IMAGEN DE LA MANCHA, SEPTIEMBRE

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“Quien recorre la Mancha deberá creer en hadas, en fantasmas, en Caballeros Andantes y en bellas Dulcineas”

Hoy a las 3:54 horas de España ha comenzado el otoño, es el equinoccio de otoño en el hemisferio norte y el de primavera en el sur.

He esperado hasta este día para hacer la última foto desde Montón de Trigo. Desde este pequeño cerro he visto la imagen de la Mancha, siempre por la mañana, durante doce meses, y os la he dejado aquí para que disfrutéis, igual que yo, del paisaje manchego. Las cosechas de cereal se retrasaron, igual que la uva, pero han sido buenas por las lluvias de primavera. El mosto ya fermenta en las bodegas y en noviembre o diciembre ya estará listo para comenzar a embotellar el vino manchego. ¡Otro año más en la Mancha de don Quijote!

Hoy es el primer día de otoño y estamos en el conocido “veranillo de San Miguel”, unos días en los que el calor a medio día se hace sentir. No regreso aún a casa. Al salir, recuerdo un camino que recorre unos cerros llenos de molinos harineros de viento que llegaban hasta la sierra de Criptana, aunque hoy solo se pueden ver los restos de las cimentaciones. Es el camino del Pico.

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En unos minutos llego a la sierra de Criptana y junto al camino, a mano izquierda, veo dos ruinas de molinos, de los más de treinta que tuvo esta villa y que sin duda alguna Cervantes conoció. Y me da pena verlos así. Estos gigantes molieron mucha harina en los siglos XVI-XIX y llenaron las despensas manchegas de harina con la que poder hacer pan. ¡Cuánta hambre quitaron y ahora están olvidados! Si no hubiese sido por Cervantes quizá hoy no estarían entre nosotros.

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Miro a mi derecha y allí están. El turismo hace que estos tengan mejor suerte y se conserven. La imagen de la Mancha es reconocida por sus molinos de viento que inmortalizó Cervantes. Es buena hora para tomar un café en una cafetería junto a ellos.

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Tengo la gran suerte de poder tomarme el café en una pequeña terraza presidida por una escultura en hierro de Eloy Teno. Detrás, el molino Quimera, el molino que rehabilitó la República de Chile en los años sesenta del pasado siglo. Las ruinas de este molino tuvieron la gran suerte de ser miradas por Carlos Sander en su visita a Campo de Criptana, acompañado por su amigo y pintor manchego Gregorio Prieto. Suya fue la idea de promover la reconstrucción de este molino con el dinero recogido en las huchas repartidas por todo Santiago de Chile, y aquí sigue el molino Quimera, gracias a él. Termino el último sorbo y recuerdo una pequeña frase de Sander: “Quien recorre la Mancha deberá creer en hadas, en fantasmas, en Caballeros Andantes y en bellas Dulcineas”.

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No puedo volver a casa sin contemplar el nombre de Carlos Sander en la calle cercana a la subida a esta sierra molinera. ¡Cuánta suerte tuvo la Mancha de conocerle a usted!

Ha sido un año intenso, doce fotografías de la Mancha desde un mismo lugar. Hay quien ha escrito que el paisaje de la Mancha es monótono, simple, predecible. Es posible que lo sea si no se viene a ella con la intención de descubrir el espíritu de don Quijote, si no se cree en hadas, en fantasmas,…

 

                                  Luis Miguel Román Alhambra

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