LAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE EN SIERRA MORENA (VII)

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Si el lugar real del batán es importante como referencia física y humana en esta parte de Sierra Morena, el punto del Camino de la Plata donde se produce el encuentro y liberación de los galeotes es otro paraje cuya imagen del paisaje cervantino es confirmada con la distancia que desde ese lugar hay hasta la venta. Un arroyo junto al camino, y que esta imagen del paisaje se encuentra exactamente a dos leguas de la Venta de la Inés, nos evidencia, de nuevo, que estamos en el lugar exacto en el que Cervantes imaginó aquel encuentro, en el que nos deja, genialmente, dos críticas. Critica el sistema judicial y penal español de la época, en el que por la necesidad de mano de obra para remar en las galeras de la Armada se condena, a veces por una mera murmuración, a varios años a los denunciados, y para que los censores se lo autoricen publicar, critica la acción liberadora de su “loco” protagonista apedreándolo, como acción de gracias. ¡Increíble y genial, el recurso literario de Cervantes!

Solo así habría visto la luz este episodio que para muchos era solo una invención más de Cervantes, al ocurrir en un camino y en una dirección imposible en el traslado de galeotes en España, sin tener en cuenta que estos condenados iban a “remar” a las minas de Almadén.

Todo esto ocurre en verano. La frescura del arroyo seguro que atrajo alguna vez a Cervantes a parar junto a él y esta nítida imagen del paisaje nos la dejó inmortalizada. Hoy podemos estar de nuevo, en este sofocante verano, en el mismo lugar donde los galeotes se emboscaron y leer sentados en una piedra junto al arroyo este capítulo, sin dejar a estar atentos por si alguno de estos bandidos nos sale al camino. Allí los dejó Cervantes igual que a don Quijote y a Sancho entrándose por mitad de la sierra. O quizás sea a Sancho al que veamos salir, o a Dorotea cantar al ritmo de las incansables chicharras… Sin lugar a dudas estamos en un hito cervantino, otro más, en el mapa real de las aventuras de don Quijote, que, como podéis estar leyendo, nada tiene que ver con las rutas oficiales o mapas de románticos o interesados publicados hasta ahora.

 

DANDO LIBERTAD A LOS GALEOTES

Don Quijote y Sancho continúan caminando por el Camino de la Plata y Sancho le pide permiso para hablar con él. Cuando don Quijote se lo concede, Sancho le muestra su preocupación por que entiende mejor, y más reconocido, el servir a algún rey en lugar de ir de incógnito por esos caminos, como van ellos, cuando:

“… don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían hasta doce hombres a pie, ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos; venían ansimismo con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie; los de a caballo con escopetas de rueda, y los de a pie con dardos y espadas; y que así como Sancho Panza los vido dijo:

-Esta es cadena de galeotes: gente forzada del rey, que va a las galeras” (I, 22)

Puede extrañarnos, en principio, que una cadena de condenados a remar en las galeras sean trasladados por el Camino de la Plata, con dirección a Toledo, encontrándose de frente don Quijote y Sancho. ¿Contradicción, error geográfico o simple recurso literario de Cervantes, como muchos afirman? De nuevo, el autor del Quijote aprovecha un hecho histórico real, que incluso pudo haberlo presenciado él mismo en esta parte del camino, como es el excepcional traslado de condenados a galeras hacia las minas de Almadén, desde alguna de las cárceles del norte del obispado de Córdoba.

Las antiguas minas de mercurio de Almadén, que datan del siglo IV a.d.C, son arrendadas por el rey Carlos I a los banqueros alemanes Fugger o Fúcares en el año 1525, como garantía del dinero prestado por estos a la Corona. Con alternancia con otros arrendatarios, los Fúcares se adueñan definitivamente de la explotación de ellas desde 1560 hasta 1645. Con el nuevo  uso del azogue, como amalgama con la plata, en América desde 1554, las minas de Almadén adquieren un valor cada vez mayor. Es desde ese momento cuando la mano de obra necesaria para su extracción y procesado escasea, y más por ser el trabajo en este tipo de mina muy penoso y peligroso para la salud de los obreros. Por este motivo las minas no son capaces de suministrar el mercurio solicitado desde el otro lado del océano y los Fúcares solicitan al rey Felipe II que se les conceda treinta condenados a galeras para los trabajos en la mina, cumpliendo allí su pena con trabajos forzados en lugar de hacerlo al remo en una galera, como dictaba sus sentencias. Este requerimiento, después de acuerdos y desacuerdos, se rubrica entre el rey y los Fúcares en Febrero de 1566. Este número inicial de treinta condenados a galeras, forzados a trabajar en los procesos más penosos de las minas de Almadén fue creciendo, oficial o extraoficialmente, con el transcurso de los años.

Este cumplimiento excepcional de la condena en galeras en las minas de Almadén no estaba recogido en la Pragmática del mismo año de 1566, que anulaba a la anterior de 1552. En ella se definían los delitos y las nuevas condenas y penas, aumentándose los años de condena por el mismo delito, así como rebajando la edad penal, de los veinte a los diecisiete años. Ladrones, rufianes, vagabundos amonestados públicamente, testigos falsos, blasfemos, casados dos veces, o casi cualquier caso que se juzgase, eran inevitablemente sentenciados a remar en las galeras de la Armada, en algunos casos de por vida.

En esta Pragmática también quedaba precisamente definida la forma de proceder para el traslado de los galeotes, desde la villa del obispado donde fueran condenados, hasta su destino final en la galera. Se detalla que los condenados en el reino de Galicia, “y que aviendo numero de doze”, se trasladasen a Toledo, por Villafranca, Valladolid y Segovia y desde allí a Málaga. Los condenados en León, Oviedo, Salamanca, Palencia, Ciudad Rodrigo y Zamora, se debían de llevar a Valladolid, y cuando el número de galeotes en esta cárcel fuera de veinte se trasladasen en cadenas a Málaga. Los condenados en los obispados de Burgos, Calahorra, Osma, Sigüenza, Pamplona y en el reino de Navarra, se enviarían a la cárcel de la ciudad de Soria, y en cadenas de doce se llevarían a Cartagena. Los condenados en los obispados de Avila, Segovia, Madrid, Alcalá, Guadalajara y hasta diez leguas de la ciudad de Toledo, se debían de llevar a la cárcel de Toledo y desde allí a Málaga. Los condenados en los obispados de Plasencia, Coria, Badajoz y Cádiz, se trasladarían a la de Sevilla, para desde allí conducirlos a Puerto de Santa María. Los galeotes condenados en el arzobispado de Toledo, a más de diez leguas de la ciudad de Toledo, y en los obispados de Cuenca y Cartagena y las órdenes que estuviesen en ellas, se trasladarían a la ciudad de Cartagena. Y los condenados en el obispado de Córdoba, Jaén y reino de Granada se llevaban a la cárcel de la ciudad de Málaga.

 

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Los puertos de Cartagena, Málaga y Puerto de Santa María eran el destino final de los condenados a galeras, desde las principales cárceles de Valladolid, Soria, Toledo y Sevilla. Como se aprecia en el mapa de flujos de condenados a galeras,  la cárcel de Toledo, la más cercana a Almadén, recibía a un gran número de condenados y desde ella, en el número máximo de cien, eran llevados a la cárcel de Málaga por el transitado y seguro, para este tipo de traslado, Camino de la Plata, atravesando por él Sierra Morena hasta Córdoba y desde allí a Málaga. Cervantes en alguno de sus pasos por Sierra Morena por este camino, es más que probable que se encontrase con alguna de estas cadenas de cien galeotes, pero tanto el número de condenados como el sentido del traslado no coinciden con lo descrito por él. En esta aventura el número era de doce galeotes, y, lo más importante, estos condenados iban en dirección contraria, hacia Toledo. Algunos autores han visto en esta aventura un simple recurso literario de Cervantes para criticar el sistema judicial de su época. Además de esas largas cadenas de galeotes procedentes de Toledo, también pudo ver realmente en esa parte del Camino de la Plata el excepcional traslado, en sentido contrario, de unos pocos condenados al norte del obispado de Córdoba y cuyo destino eran las minas de Almadén (flujo de color rojo en el mapa).

En El Informe Secreto de Mateo Alemán sobre el trabajo forzoso en las minas de Almadén, de German Bleiberg, se detallan los interrogatorios que Mateo Alemán hace a los galeotes que trabajaban forzados en la mina, unos años antes de la aparición de la primera parte del Quijote. A todos los galeotes interrogados les solicitaba que contestasen, entre otras preguntas, el nombre de la villa donde fueron condenados a galeras.

Mateo Alemán (1547-1615), autor del Guzmán de Alfarache, además de ser especialmente coetáneo con Cervantes y escritor, también tiene que ejercer en una parte de su vida, como el autor del Quijote,  funciones de recaudador de impuestos o contador, por las que también sufrió la pena de cárcel. Mateo Alemán recibe en 1593 el encargo de realizar una inspección a las minas de Almadén, como juez visitador, para informar al Consejo de Ordenes del número, estado y trato dado a los galeotes condenados a trabajos forzados allí. Aunque al principio solo encuentra inconvenientes por los administradores de los Fúcares para realizar su trabajo, impuso la autoridad de su cargo y pudo  hacer su informe.

Junto con su escribano, llega a Almadén el día cuatro de febrero de ese mismo año y unos días más tarde obtiene la lista completa de los galeotes que  estaban trabajando en ese momento en las minas. El número era de tan solo trece, más uno loco, que en ese momento no trabajaba. Comienza los interrogatorios a estos galeotes de inmediato, además de solicitar e investigar los documentos que en los archivos de las minas se encontraban, desde la fecha del acuerdo de administración de galeotes con la Corona.

Entre los que en ese momento estaban trabajando en las minas de azogue  se evidencia que su procedencia no era la más lógica, que sería  desde la cercana cárcel de Toledo o condenados en la misma villa de Almadén, sino que entre los galeotes había condenados en villas del norte del obispado de Córdoba y por lo tanto no seguían las instrucciones de traslado señaladas en la Pragmática. Aunque la mayoría de los condenados son por hurtos de mulas o borricos, hay un fraile detenido por dar muerte al marido de su amante en Valladolid y dos bandoleros trasladados desde Valencia, con penas de por vida. Los sentenciados en la villa de Almadén eran en ese momento dos, otros dos proceden de Santa Eufemia y otro de la de Belalcázar, estas dos villas del norte del obispado de Córdoba, cercanas a Almadén.

Como excepcional era tener a condenados a galeras cumpliendo su pena en las minas de Almadén, era también excepcional poder ver una cadena de galeotes en ese tramo del Camino de la Plata con dirección hacia Toledo. Y este es el traslado que nos describe Cervantes, una cadena de doce galeotes venir de frente a don Quijote, condenados en villas del norte del obispado de Córdoba, cercanas a este camino y que eran trasladados a cumplir sus condenas a las minas de Almadén.

Este pasaje cervantino, es una evidencia del conocimiento geográfico y humano de Cervantes del Camino de la Plata, en esta parte de Sierra Morena, utilizándolo para crear esta aventura, que no es sino una crítica al sistema político, judicial y penal de aquella época, aunque termina apedreando a sus protagonistas, don Quijote y Sancho Panza, por su acción de liberar a unos condenados a galeras por un juez, solo así podría pasar la censura y obtener la autorización del Consejo Real para imprimir el Quijote. Conoce la “Pragmática sobre vagabundos, ladrones, blasfemos, rufianes, testigos falsos, inducidores y casados dos veces” de 1566, y sabe que por una simple murmuración de algunas personas influyentes, una forma de vestir o por pequeños descuidos con las normas establecidas, las condenas podían pasar de castigos físicos a la pena de galeras por varios años, y quizá la muerte en ellas. Detenidos por hurtos, por el de una mula o borrico, eran condenados hasta a diez años a remar en las galeras, o, de peor suerte, a trabajar en las insalubres minas de Almadén, de las que si se cumplía el tiempo de condena, sino le sobrevenía antes la muerte, las condiciones físicas y sanitarias del individuo, puesto en libertad, eran lamentables.

Después de que los galeotes fuesen liberados por don Quijote, al no considerar él justas las penas impuestas por los delitos confesados por aquellos galeotes, y uno de ellos, Ginés de Pasamonte, amenazase y apedrease a los guardas y comisarios, Sancho no aprueba lo que allí está ocurriendo, e insinúa a don Quijote de que debían de esconderse en la sierra, por miedo a ser perseguidos por la Santa Hermandad, cuando esta institución fuese informada,  por los comisarios y guardas, de la liberación a la fuerza de los galeotes y lo sucedido después con sus personas:

“Entristeciose mucho Sancho deste suceso, porque se le representó que los que iban huyendo habían de dar noticia del caso a la Santa Hermandad, la cual a campana herida saldría a buscar los delincuentes; y así se lo dijo a su amo, y le rogó que luego de allí se partiesen, y se emboscasen en la sierra, que estaba cerca” (I, 22)

 

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El resto de la aventura termina con pedradas y más pedradas de los galeotes, que así agradecían su rescate, sobre don Quijote y Sancho, y sus fieles cabalgaduras, además de quitarles parte de sus ropas, para así pasar más inadvertidos por los lugares por donde pasasen:

“Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y don Quijote: el jumento, cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas pensando que aún no había cesado la borrasca de las piedras que le perseguían los oídos; Rocinante, tendido junto a su amo, que también vino al suelo de otra pedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohinísimo de verse tan mal parado por los mismos a quien tanto bien había hecho” (I, 22)

Sancho, aún más temeroso, por el final de aquella aventura, convence a don Quijote, que en principio se niega, a salir de aquel camino real y meterse por la sierra en ese mismo punto del camino donde estaban:

“Subió don Quijote sin replicarle más palabra, y guiando Sancho sobre su asno se entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba…” (I, 23)

 

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Para situar en el Camino de la Plata el lugar donde ocurre esta aventura, solo tenemos que reconocer una singularidad geográfica en él, que es la existencia de un arroyo junto a su cuneta y que nos encontramos a dos leguas, unos doce kilómetros, de la venta del manteo de Sancho, la Venta de la Inés.  Cervantes conserva en su retina la imagen de este plácido lugar, más en los calurosos meses de verano, donde él mismo aprovecharía la cercanía de este arroyo para refrescarse o dar de beber a su cabalgadura. Es el mismo paraje donde Sancho deja al cura y al barbero esperando, mientras él, siguiendo las marcas que había dejado en las ramas de los árboles, volvía al lugar donde estaba haciendo su penitencia don Quijote con la intención de convencerle a abandonarla y regresar a casa:

“Otro día llegaron al lugar donde Sancho había dejado puestas las señales de las ramas para acertar el lugar donde había dejado a su señor, y en reconociéndole, les dijo como aquélla era la entrada, y que bien se podían vestir, si era que aquello hacía al caso para la libertad de su señor…

…Entróse Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los dos en una por donde corría un pequeño y manso arroyo a quien hacían sombra agradable y fresca otras peñas y algunos árboles que por allí estaban. El calor y el día que allí llegaron era de los del mes de agosto, que por aquellas partes suele ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la tarde; todo lo cual hacía al sitio más agradable y que convidase a que en él esperasen la vuelta de Sancho, como lo hicieron” (I, 27)

Esperando, el cura y el barbero, a que Sancho regresase con don Quijote, conocen allí mismo a Cardenio, a los que sí les termina de contar la triste historia que le llevó a retirarse por aquella parte de la sierra. Estando los tres en agradable conversación, escuchan unos lamentos, descubriendo muy cerca de ellos, no hubieron andado veinte pasos, a Dorotea con ropaje de mozo, sentada en una piedra junto al arroyo al que había llegado con intención de refrescarse y descansar:

 “Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban, y por parecerles, como ello era, que allí junto las decían, se levantaron a buscar el dueño, y no hubieron andado veinte pasos cuando, detrás de un peñasco vieron sentado al pie de un fresno a un mozo vestido como labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo que por allí corría, no se le pudieron ver por entonces; y ellos llegaron con tanto silencio que dél no fueron sentidos, ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se habían nacido” (I, 28)

 

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La distancia de dos leguas, que hay entre este lugar del camino y la venta del manteo de Sancho, nos la indica Cervantes cuando convencido don Quijote por la princesa Micomicona, Dorotea, de abandonar el lugar de la penitencia salen al mismo punto del Camino de la Plata, desde donde todos juntos se dirigen hacia la venta, que estaría hasta dos leguas de allí:

“Concertáronse que por entonces subiese el cura, y a trechos se fuesen los tres mudando hasta que llegasen a la venta, que estaría hasta dos leguas de allí. Puestos los tres a caballo, es a saber: don Quijote, la princesa y el cura; y los tres a pie: Cardenio, el barbero y Sancho Panza,…” (I, 29)

 

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Este punto del Camino de la Plata, junto al Arroyo del Robledillo, se encuentra precisamente a 12 kilómetros, dos leguas de camino, de la Venta de la Inés, tal y como nos lo describe Cervantes.

 

Luis Miguel Román Alhambra

 

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LAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE EN SIERRA MORENA (VI)

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En el Quijote se describe en varias ocasiones el aspecto físico de nuestro hidalgo manchego. Es el narrador en el inicio, donde nos deja la primera imagen:

“Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza” (I, 1)

Y ya en la segunda parte, tenemos otra, esta vez por el bachiller Sansón Carrasco

“…alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos…” (II, 24) 

Podemos dibujar a don Quijote como un hombre alto, flaco pero atlético, cara también delgada con nariz fina y algo grande, de pelo ya entrado en canas y grandes bigotes aún negros. Pero esta descripción es muy común. Si vemos un rostro de un hombre con estas características nunca lo identificaríamos, a la primera, con don Quijote.

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Pero si el mismo rostro aparece con una bacía de barbero sobre la cabeza, todo el mundo lo reconoce inmediatamente como el famoso hidalgo manchego don Quijote de la Mancha.

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El famoso Yelmo de Mambrino no es otra cosa que una bacía de barbero. Una herramienta que los barberos han usado, hasta bien entrado el siglo XX, para afeitar a sus clientes. En esta pequeña palangana, metálica o de cerámica, con una abertura casi semicircular para ajustarla debajo de la barbilla del cliente, el barbero ponía agua caliente con la que remojar la barba, hacer el jabón de afeitar y limpiar la navaja en cada una de las pasadas por la cara. El cliente sujetaba con sus propias manos la bacía mientras duraba el afeitado y así sus ropas no resultaban manchadas. La bacía junto a la navaja, el afilador de cuero, la brocha y la barra de jabón, eran los utensilios normales de los barberos. Cuando el barbero se desplazaba por las casas a realizar los encargos solía llevar la metálica, comúnmente de latón, más resistente a los posibles golpes en los traslados que la de cerámica, que solía quedarse en su establecimiento.

Cervantes encanta genialmente una simple bacía de barbero en un famoso yelmo. No tiene que buscar a un célebre caballero para enfrentarlo a don Quijote en medio del camino de Sierra Morena, vencerle y así arrebatarle el yelmo, porque ya no existían esos caballeros andantes. Hace que un barbero se ponga su bacía, reluciente, sobre la cabeza para proteger su flamante sombrero de una ligera lluvia de verano y ya tiene la escena, solo falta que la imaginación de don Quijote haga el resto.

En este próximo capítulo es asombrosa la descripción del itinerario que toman don Quijote y Sancho, desde la zona del batán, para volver a estar de nuevo en el camino real y como coincide con el paisaje real de Sierra Morena que vamos recorriendo. Tampoco no nos debe de extrañar que Cervantes en alguno de sus viajes, por este mismo camino a Andalucía, se cruzase en un día de lluvia con un barbero que llevaba sobre su cabeza su bacía, y conservase esa imagen en su cabeza, usando esta sencilla y pintoresca escena para su cuento inmortal.

 

EL FAMOSO YELMO DE MAMBRINO

Resueltas las diferencias entre ellos, y acordando entre ellos que aunque esta aventura terminase en risas, no era para contarla a los demás, don Quijote le ordena a Sancho desde ese momento hablar menos con él, pues no conoce que un escudero hable tanto con su señor, como lo hace Sancho con él. Aunque poco dura ese distanciamiento dialéctico entre nuestros protagonistas:

“En esto comenzó a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en el molino de los batanes; mas habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote por la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y así, torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían llevado el día de antes”. (I, 21) 

Desde el Batán del Navarrillo, junto al Camino a San Benito, don Quijote y Sancho comienzan a caminar y “torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían llevado el día de antes”. Sin duda, Cervantes, se habría desviado alguna vez del camino real para realizar sus funciones como recaudador para la Armada, recorriendo el Arroyo de la Ribera, y sus molinos harineros y batanes. Este especial conocimiento geográfico y de los recursos económicos allí instalados, tanto para moler cereales como para abatanar paños, es utilizado para ingeniar una aventura en medio de un espacio geográfico natural, Sierra Morena, por donde llevaba a sus dos protagonistas. Y para volver de nuevo al Camino de la Plata, desde este batán, con dirección a Sevilla, se tiene que  girar el camino, a mano derecha, para llegar de nuevo al camino real, precisamente tal y como nos lo describe Cervantes.

Sencillamente hace ir, en la ficción,  a don Quijote y Sancho por un paraje real, en el que con el simple ruido de un batán golpeando con sus mazos de madera la pila de los paños y la oscuridad de la noche, crea una genial aventura en medio de Sierra Morena, para después, volver a ponerlos sobre el mismo camino que llevaban, describiendo sus movimientos tal y como entonces él hizo, y todavía hoy tenemos la fortuna de poder volver a hacer, imaginado estar junto a Rocinante, mientras don Quijote y Sancho conversan.

“…y así, torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían  llevado el día de antes”. (I, 21)

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Y es en este punto del camino, poco después de cruzar el Arroyo de la Ribera y llegar al camino real, cuando comienza una nueva aventura. A partir de aquí, la imagen de don Quijote será reconocida por llevar sobre su cabeza una bacía de barbero, que si bien hoy es un objeto casi desconocido, para los primeros lectores del Quijote era muy cotidiano, el recipiente o palangana de latón, o de cerámica, con una abertura en forma de media luna, que el barbero ponía debajo de la barbilla de su cliente, mientras le remojaba y afeitaba la barba.

“De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo, que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aun él apenas le hubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:

– Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: «Donde una puerta se cierra, otra se abre». Dígolo, porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la que buscábamos, engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par en par otra, para otra mejor y más cierta aventura, que si yo no acertare a entrar por ella, mía será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de batanes, ni a la escuridad de la noche. Digo esto, porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo hice juramento que sabes” (I, 21)

Sancho duda ya de todo lo que le dice don Quijote: “Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace -dijo Sancho-; que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar y aporrear el sentido”. Y don Quijote le pregunta: “Dime. ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?. Sancho tampoco ve lo mismo que don Quijote, como el día anterior no vio ejércitos sino rebaños de ovejas, y sin vacilar le contesta: “Lo que yo veo y columbro no es sino un hombre sobre un asno, pardo como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra”.

Es el narrador quien nos describe la escena, que, como no puede ser de otra manera, coincide con lo que Sancho está viendo y no con lo afirmado ver  por don Quijote:

“Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijote veía, era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño, que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto, sí; y así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse, y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el barbero, y traía una bacía de azófar; y quiso la suerte que , al tiempo que venía, comenzó a llover, y porque no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza; y como estaba limpia, desde media legua relumbraba.” (I, 21)

El barbero aparece por el Camino de la Plata desde el sur, “hacia nosotros viene” afirma don Quijote. Es más que probable, al menos coinciden lugares y tiempos, que en la mente de Cervantes estuviese como lugar grande la villa de Conquista y como lugar más pequeño la aldea de San Benito, a la que se llega por el mismo camino que ellos habían traído desde el batán. ¿Saludó Cervantes al cruzarse en alguna ocasión a este barbero de Conquista en mitad del camino en este mismo punto, y sorprendido por la lluvia llevaba a modo de sombrero su bacía? Otra imagen en la memoria de Cervantes, y que recurre a ella, para que sea ahora vista, pero con distinta apreciación, por sus dos protagonistas, en este espacio geográfico real, como es el camino real de Toledo a Sevilla, el Camino de la Plata, en esta singular zona de Sierra Morena.

Sin mantener saludo o conversación alguna con el barbero, cuando ya estaba cerca de ellos, don Quijote, a todo correr de Rocinante, que no sería más que un trotecillo, le embistió con el lanzón gritando:

“¡Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu voluntad lo que con tanta razón se me debe!

El barbero, que, tan sin pensárselo ni temerlo, vio venir aquella fantasma sobre sí, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe de la lanza, si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado el suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo, y comenzó a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento”(I, 21) 

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Deja el barbero, en su huida, su bacía caída en el suelo y don Quijote manda a Sancho que se la recoja, acomodándosela sobre la cabeza. Como no le encajaba bien, comentaba a Sancho que el primero que la poseyó, para él celada, tenía que tener una cabeza muy grande. Entre las risas contenidas de Sancho, por miedo a salir mal parado de nuevo por algún golpe de su amo, don Quijote toma la decisión de repararla, amoldándola a su cabeza, en el primer lugar que tuviese un herrero.

Entre los malos recuerdos de las pedradas de los pastores, el bálsamo de Fierabrás o el manteo de la venta, Sancho pregunta qué puede hacer con el borrico del barbero que, como la bacía, había dejado en su huida a pie, si lo podía tomar como despojo de victoria en la batalla. Don Quijote le ordena que lo deje donde está, que él no tiene por costumbre, como los caballeros andantes,  despojar a quienes vence y mucho menos quitarles los caballos y que ya vendrá a por él su amo cuando ellos se alejen por el camino. Pero Sancho le insiste a que al menos pueda cambiar los aparejos, que son mejores que los suyos, dándole a esto licencia don Quijote.

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Sancho aprovecha la licencia de cambiar los aparejos a su borrico, y después almuerzan. Almuerzo, así se llamaba a la primera comida del día, esta aventura transcurre por la mañana temprano, coincidiendo tanto el espacio y el tiempo real con los descrito por Cervantes. Como están cerca del arroyo, vuelven a beber agua de él: “Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron y bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos: tal era el aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les habían puesto”.

Volviendo al camino real, se acaba así la aventura del famoso Yelmo de Mambrino, en la que don Quijote arrebata, a la fuerza, la bacía a un simple barbero que por allí iba:

Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron a caballo, y sin tomar determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomar ninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante quiso, que se llevaba tras sí la de su amo, y aun la del asno, que siempre le seguía por dondequiera que guiaba, en buen amor y compañía. Con todo esto, volvieron al camino real y siguieron por él a la ventura, sin otro disignio alguno” (I, 21)

                                                            

Luis Miguel Román Alhambra

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LAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE EN SIERRA MORENA (V)

 

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Como investigador independiente del Quijote reconozco que hay momentos que llenan de satisfacción las tantas horas de archivos y estudio que no aportan absolutamente nada, y que llegan incluso a replantearte el seguir con el proyecto iniciado. En esta fotografía me encuentro en el mismo lugar donde estaba situado el Batán del Navarrillo, el batán que tanto miedo dio a nuestros vecinos manchegos.

Documentalmente lo tenía localizado, solo me faltaba localizar el lugar exacto, sabiendo que sus restos habían desaparecido hacía muchos años. Sin la ayuda del personal de la finca en la que se encuentra este paraje, La Garganta, no me habría sido posible llegar a este precioso lugar cervantino. Cargado de mapas antiguos, modernos, minutas de los topógrafos de 1860 y el Quijote, llegamos a la orilla de este Arroyo del Navarrillo, por el que hoy corre un hilo de agua.

Unos minutos de reconocimiento del lugar y pronto me sitúo sobre en el antiguo Camino a San Benito cruzando este arroyo, casi desaparecido, exactamente como marcan mis documentos, pero sin rastro del batán. Hasta que aparecen unos restos de antiguos ladrillos y tejas árabes, moldeadas a mano, en una pequeña explanación junto al arroyo, que pertenecería al tejado de la casa del batanero donde guardaba los paños. Poco antes habíamos estado en un prado muy cercano a este lugar, tal y como Cervantes lo describe, y donde don Quijote y Sancho almuerzan, comen y cenan al mismo tiempo, de la despensa que habían cogido de los clérigos del cortejo fúnebre.

Sé que soy el primero, junto con José María, en estar en este precioso lugar vinculado con el Quijote. Y también sé que en este mismo lugar estuvo, hace más de cuatro siglos, un funcionario de la Corona Española enamorado del teatro y de la poesía, de nombre Miguel de Cervantes Saavedra. Por su cabeza ya rondaban las aventuras de un pobre hidalgo manchego y de su, no menos pobre, amigo y vecino agricultor, y los trajo en la ficción hasta este paraje real, en medio de una noche de verano.

Lean esta aventura del Quijote en la que los ruidos de los mazos del batán se mezclan con los ruidos de las tripas de Sancho Panza.

 

EL RUIDO DEL BATAN

Don Quijote quiere ver lo que realmente llevaban en la litera de aquel cortejo fúnebre, pero Sancho le convence que no lo haga. Con la comida que había requisado de los encamisados sobre su querido borrico, hambriento y con miedo a que volviesen aquel grupo de encamisados a vengarse de ellos, reconociendo en la oscuridad el paraje donde se encuentran, y que el camino va  subiendo de nivel entre la sierra, dice a don Quijote:

“… El jumento está como conviene, la montaña cerca, la hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de pies, y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.

Y antecogiendo su asno, rogó a su señor que le siguiese; el cual, pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a replicar le siguió. Y a poco trecho que caminaban por entre dos montañuelas, se hallaron en un espacioso y escondido valle,donde se apearon, y Sancho alivió el jumento, y tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus estómagos con más de una fiambrera, que los señores clérigos del difunto -que pocas veces se dejan mal pasar- en la acémila de su repuesto traían…” (I, 19)

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Estas “dos montañuelas” por las que el camino transita son el Pico de Peñarroya y el Puntal de las Aguzaderas. Y llegan al valle donde se apean, donde almorzaron, comieron, merendaron y cenaron. Están entre el Arroyo de la Ribera y el Arroyo del Navarrillo, paraje donde también se encuentra el Batán del Navarrillo. Han caminado de noche tres kilómetros desde el encuentro con los encamisados.

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Sacian su hambre con la comida que había desvalijado Sancho de la mula de las provisiones del cortejo fúnebre, pero no la sed, pues no llevaban ni vino ni agua. Al estar en un valle verde supone Sancho que un arroyo o una  fuente tiene que haber cerca y se ponen en su busca, cuando comienzan a escuchar el ruido del agua y también otro muy distinto:

“Parecióle bien el consejo a don Quijote, y tomando de la rienda a Rocinante, y Sancho del cabestro a su asno, después de haber puesto sobre él los relieves que de la cena quedaron, comenzaron a caminar por el prado arriba a tiento, porque la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa alguna;mas no hubieron andado doscientos pasos cuando llegó a sus oídos un grande ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se despeñaba. Alegróles el ruido en gran manera; y parándose a escuchar hacia qué parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo que les aguó el contento del agua, especialmente a Sancho, que naturalmente era medroso y de poco ánimo. Digo que oyeron que daban unos golpes a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua, que pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote.” (I, 20)

 

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De noche, fuera del camino, sin saber donde estaban, con el rumor del  agua bajando el desnivel por arroyo y los golpes cadenciosos de los grandes mazos de madera del batán, aguas abajo, ruidos, estos, desconocidos  especialmente por don Quijote, hacen que busquen refugio cerca de unos árboles que allí estaban, y están, junto a las orillas de los arroyos de la Ribera o del Navarrillo. Don Quijote reconoce que, en esas circunstancias, tener miedo es legítimo en Sancho, pero no en él. Dispuesto a descubrir al causante de tal horroroso ruido, ordena  a  Sancho que si no vuelve en tres días de esta aventura se vuelva a su casa, y desde allí a El Toboso, con la noticia de su muerte. Esta orden provoca el llanto de Sancho, que intenta convencer a don Quijote de abandonar aquel sitio y quitarse del peligro, o incluso de esperar a que se hiciese de día que, según él, no quedaba más de tres horas. Don Quijote no acepta ninguna súplica ni demora, pidiendo a Sancho que le apriete la cincha de la silla a Rocinante, momento que aprovecha Sancho para atarle las patas delanteras a Rocinante con el cabestro de su borrico, y así, no se podría mover aunque quisiese, o solo a pequeños y ridículos saltos. Don Quijote trataba de hacer caminar a Rocinante, sin darse cuenta del engaño, y creyendo que la incapacidad de caminar de Rocinante era un designio divino  decide esperar a que amaneciese.

Sancho le sugiere que se baje del caballo y que se eche a dormir en aquel prado, lo que provoca el enojo de don Quijote. Aquí comienza una de las partes más conmovedoras y graciosas del Quijote.  Sancho se sujeta de los arzones de la montura con ambas manos quedando abrazado a la pierna de don Quijote y, a petición de don Quijote, comienza a contarle un cuento para así pasar el tiempo. Sancho le cuenta la historia de un pastor de Extremadura, enamorado de una pastora… En fin, mal terminado el cuento, don Quijote quiso de nuevo hacer andar a Rocinante que, lógicamente, no pudo dar ni un paso.

Y para quie dicen que el Quijote es aburrido, porque no ha llegado a leer este capítulo o por su falta de sentido del humor, Cervantes describe toda la humanidad de Sancho, y la de sus tripas. Sin dejar de estar abrazado a la pierna de don Quijote, con ingenio se aflojó los calzones y“echó al aire entrambas posaderas”. Pero le vino un aprieto mayor, con algo más de ruido y olor, lo que fue oído y olido por don Quijote, que le ordena, sin quitarse los dedos de las narices, que se aparte unos pasos de él, tomando el acto de Sancho como un menosprecio a su persona. Y en estas delicadas circunstancias llegan las primeras luces del día:

“En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo. Mas, viendo Sancho que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento desligó a Rocinante y se ató los calzones. Como Rocinante se vio libre, aunque él de suyo no era nada brioso, parece que se resintió, y comenzó a dar manotadas; porque corvetas -con perdón suyo- no las sabía hacer. Viendo, pues, don Quijote que ya Rocinante se movía, lo tuvo a buena señal, y creyó que lo era de que acometiese aquella temerosa aventura.

Acabó en esto de descubrirse el alba, y de parecer distintamente las cosas, y vio don Quijote que estaba entre unos árboles altos; que ellos eran castaños, que hacen la sombra muy escura. Sintió también que el golpear no cesaba, pero no vio quien lo podía causar…” (I, 20)

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Don Quijote le recuerda a Sancho lo que le había dicho horas antes, de estarse allí tres días esperando acontecimientos, pero Sancho, por miedo a quedarse solo allí, sigue a don Quijote hacia donde provenían aquellos golpes:

“… y habiendo andado una buena pieza por entre aquellos castaños y árboles sombríos, dieron en un pradecillo que al pie de unas altas peñas se hacía, de las cuales se precipitaba un grandísimo golpe de agua. Al pie de las peñas estaban unas casas mal hechas, que más parecían ruinas de edificios que casas, de entre las cuales advirtieron que salía el ruido y estruendo de aquel golpear, que aún no cesaba… Otros cien pasos serían los que anduvieron, cuando, al doblar de una punta, pareció descubierta y patente la misma causa, sin que pudiese ser otra, de aquel horrosísimo y para ellos espantable ruido, que tan suspensos y medrosos toda la noche los había tenido. Y eran -si no lo has, ¡oh lector!, por pesadumbre y enojo- seis mazos de batán, que con sus alternativos golpes aquel estruendo formaban.” (I, 20)

Cuando don Quijote y Sancho vieron la causa, reventaron a reír. Sancho comenzó a repetir las razones, en modo de burla, que llevaron a don Quijote a ser caballero andante, enojando a don Quijote, que furiosamente golpea a Sancho en la espalda con el lanzón, argumentándole también que no está obligado a conocer los sones o los ruidos de un batán, como hidalgo que era,  exento de trabajar, y por lo tanto a conocer aceñas, molinos de viento, batanes, etc, que sí tenía que haber reconocido Sancho, como agricultor a jornal que era: “Y más, que podría ser, como es verdad, que no los he visto en mi vida, como vos los habréis visto, como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos”.

Luis Miguel Román Alhambra

 

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¡¡DESCANSA EN PAZ, QUIJOTE!!

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Hoy entierran en Las Rozas a Ignacio Echeverría. Hace una semana lo mataron en Londres cuando trataba de defender a una mujer de las cuchilladas que un terrorista. Siguiendo sus ideales, los valores que en su familia le enseñaron desde pequeño, y de los que ahora tanta falta hacen en esta sociedad adormecida, aletargada, ante el sufrimiento de los demás, ¡¡¡puso su lanza en el ristre…!!!, perdón, cogió su monopatín y se abalanzó sobre el terrorista a cuerpo descubierto, sin pensarlo, e hizo lo tenía que hacer. Pero una certera cuchillada por la espalda, ¡qué valientes!, posiblemente de otro de los terroristas, acabó con su joven vida.

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¡Cuántos quijotes, como Ignacio,  necesitamos en este Siglo de Piedra! ¡Cuantos “cuerdos” miran, miramos, hacia otro lado mientras que los “locos”, como Jorge, hacen sencillamente lo que se tiene que hacer!

Hace unos días me preguntaban qué es ser “quijote” hoy, en el siglo XXI, y respondí que es el que sigue un ideal, un sueño, aunque sea inalcanzable, el que ayuda a quienes lo necesitan sin esperar nada a cambio, dar sin interés… Hoy si me preguntan de nuevo qué es ser un quijote, mi respuesta es mucho más concreta: ser como Ignacio Echeverría. Filósofos, psiquiatras, psicólogos, educadores, pensadores… llevan cuatro siglos debatiendo qué tipo de ser humano representa don Quijote en la sociedad, sencillamente dejen de debatir ya, y mediten sobre la actitud de este joven español en Londres.

Decía el chileno Augusto D´Halmar, en La Mancha de don Quijote (1934), que en un epitafio en la catedral de Sigüenza había leído:

“No tengo lo que gasté;

Lo que gané lo perdí;

Solo tengo lo que di”

 

Ignacio, has dado la vida, y eso es lo que ya tienes: ¡¡vida eterna!!

¡¡Descansa en Paz, quijote!!

 

Luis Miguel Román Alhambra

 

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LAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE EN SIERRA MORENA (IV)

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Continuamos por este espacio natural tan hermoso, como es Sierra Morena. Antonio Machado decía de ella:

¡Qué bien los nombres ponía

quien puso Sierra Morena

a esta serranía!

Y con nuestro Quijote en la mochila seguimos este Camino de la Plata, dejando atrás el Valle de La Tejada, atravesamos el Puerto de La Posdata y nos encontramos, poco después, en el Valle del Horcajo.

La siguiente aventura de nuestros manchegos es la que les lleva a encontrarse en mitad de la noche con una comitiva fúnebre. Muchos autores han admitido que Cervantes conoce el traslado del cuerpo incorrupto de San Juan de la Cruz, o incluso que pudo ser protagonista en primera persona, pues, en la fecha del traslado del santo,en 1593, Cervantes era funcionario como recaudador de impuestos atrasados en Andalucía y sus viajes por este Camino de la Plata, entre Toledo y Andalucía eran frecuentes.

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San Juan de la Cruz, Juan de Yepes, nació en Fontiveros (Ávila) en 1542. Entró de carmelita en Medina del Campo, y en 1567 fue ordenado sacerdote en Salamanca. En el verano de ese año  se encontró en Medina del Campo (Valladolid) con la Madre Teresa de Jesús. Desde entonces los dos grandes autores místicos caminarán juntos en la historia del Carmelo y de la espiritualidad cristiana.

Fue formador de los primeros carmelitas teresianos en varias casas de formación, director y maestro espiritual, en Castilla y Andalucía, de monjas carmelitas y de los fieles. Una incomprensión o murmuración en el seno de la Orden le retuvo prisionero cerca de nueve meses en la cárcel conventual de Toledo. Ese ambiente, desprovisto de luz y de horizonte, le favoreció una gran meditación interior que cantó en sus primeros poemas, génesis de sus futuros libros.

Murió en Ubeda (Jaén), en la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591, después de varios meses de sufrimiento por “unas calenturillas”, como él decía. Enterrado en el convento carmelita deUbeda, su cuerpo fue trasladado hasta Segovia en 1593, donde reposa. Beatificado el 25 de enero de 1675 y canonizado en 1726, el 24 de agosto de 1926, Pío XI le declaró doctor de la Iglesia por su enseñanza en el dominio de la Mística. Desde 1952 es patrono de los poetas españoles.

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Este traslado histórico del santo, muy conocido en su época, es utilizado por Cervantes unos años después en el capítulo XIX de la primera parte del Quijote, 1605. La cercanía a la Venta de la Inés, lugar de destino de la comitiva fúnebre para pasar la noche y de partida de don Quijote y Sancho Panza esa misma mañana, no hace sino confirmar el espacio-tiempo de esta aventura en el mapa que vamos transitando. Y que este traslado se hiciese realmente por este camino y no por el más lógico geográficamente hablando, por el Puerto del Muradal, es otra evidencia más en nuestro trabajo.

Los viajeros cervantinos por Sierra Morena, cuando lleguen al final del Valle del Horcajo, podrán imaginar, mirando como el camino comienza serpenteante a subir de nuevo, como esas antorchas con las que venían alumbrándose los encamisados de la comitiva, les parecían estrellas a don Quijote y Sancho, y “vieron que por el mesmo camino que iban venían hacia ellos gran multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se movían”.Y si lo hacen de noche, no verán antorchas, pero si las mismas estrellas sobre el camino que vio Cervantes.

Como pueden ir ya apreciando los “viajeros cervantinos”y todos los lectores que piensan, igual que yo, que la ficción del Quijote transita por un espacio y paisaje geográfico real, también en Sierra Morena, no coincidimos con la“RUTA DE DON QUIJOTE” que la JJCC de Castilla-La Mancha (www.rutaquijote.com) ha presentado, sin escatimar medios y recursos, en la Feria Internacional de Turismo, FITUR 2017. Los que ingenuamente se han descargado y seguido el mapa literario propuesto oficialmente, estarán en otra zona totalmente distinta de Sierra Morena, sin ninguna referencia geográfica, por un camino y parajes, paisajes y tiempos, que no siguen la narración de novela. Como tampoco la han seguido los creadores de esta  “RUTA DE DON QUIJOTE”.

Pero, sigamos la ficción del Quijote en el Camino de la Plata, con este nuevo capítulo de mi trabajo“Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena”:

 

EL CUERPO MUERTO

Don Quijote convence a Sancho de seguir buscando esas aventuras, por las que dejaron su casa, y buscar un sitio para pasar la noche, dejándole la elección de camino e incluso de dónde alojarse esa noche. Una vez más le pide don Quijote que le meta la mano en la boca y le diga cuantos dientes y muelas le faltan de la “quijada alta” del lado derecho, donde recibió la certera pedrada del pastor. Sancho le pregunta por el número de  muelas que debía tener, respondiéndole don Quijote que todas menos la del juicio, ya que siempre ha tenido bien la boca. Sancho palpa el interior de la boca y le indica: “Pues en esta parte de abajo -dijo Sancho- no tiene vuestra merced más de dos muelas y media; y en la de arriba, ni media, ni ninguna; que toda está rasa como la palma de la mano”. Para don Quijote, o más bien para Cervantes, tiene mucha importancia conservar bien el estado de la dentadura, afirmando a Sancho que más le hubiese gustado que le “hubieran derribado un brazo…” con aquella pedrada. Y vuelve a pedirle a Sancho, ya casi lastimosamente, que le guie en el camino:

“Sube, amigo, y guía, que yo te seguiré al paso que quisieres.

Hízolo así Sancho, y encaminándose hacia donde le pareció que podía hallar acogimiento, sin salir del camino real, que por allí iba muy seguido.

Yéndose, pues, poco a poco, porque el dolor de las quijadas de don Quijote no le dejaba sosegar ni atender a darse priesa…” (I, 18)

“Sin salir del camino real”, continúan por el mismo Camino de la Plata, dejando hambrientos este valle, con ganas de llegar a alguna venta o lugar donde pasar la noche sin más sobresaltos y poder comer y descansar. Sancho justifica las calamidades sufridas, desde que salieron de sus casas, a los incumplimientos contra la orden de caballería que, don Quijote, había cometido durante esos días. Don Quijote reconoce su culpa y se propone poner remedio, haciendo penitencia. Sin dejar el camino, se les pasa aquella tarde y les cae la noche, más cansados y hambrientos:

“En estas y otras pláticas les tomó la noche en mitad del camino, sin tener ni descubrir donde aquella noche se recogiesen; y lo que no había de bueno en ello era que perecían de hambre; que con la falta de las alforjas les faltó toda la despensa y matolaje. Y para acabar de confirmar esta desgracia, les sucedió una aventura que, sin artificio alguno, verdaderamente lo parecía. Y fue que la noche cerró con alguna escuridad; pero, con todo esto, caminaban, creyendo Sancho que, pues aquel camino era real, a una o dos leguas, de buena razón hallaría en él alguna venta.

Yendo, pues, desta manera, la noche escura, el escudero hambriento y el amo con ganas de comer, vieron que por el mesmo camino que iban venían hacia ellos gran multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se movían” (I, 19)

De noche, un cortejo fúnebre les venía de frente por el mismo camino. Y aquí comienza esta nueva aventura, también conocida como la aventura de los encamisados. Dejado atrás el valle de la batalla con las ovejas y después de atravesar otro puerto por La Posdata, a cuatro kilómetros de aquel valle se encuentra el Valle de El Horcajo. Desde el final de este pequeño valle en medio de Sierra Morena, la visión de las hachas encendidas de la comitiva fúnebre descendiendo desde el monte al valle, por el mismo camino que ellos llevaban, les parecieron  esas “estrellas que se movían” que tan precisamente nos describe Cervantes.

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Sancho con la incertidumbre de lo que se les venía encima, vuelve a temer por sus castigadas costillas. Don Quijote al advertir el miedo de su escudero le quiere tranquilizar, diciéndole:

“Por más fantasmas que sean -dijo don Quijote-, no consentiré yo que te toque en el pelo de la ropa; que si la otra vez se burlaron contigo, fue porque no pude yo saltar las paredes del corral; pero ahora estamos en campo raso, donde podré yo como quisiere esgremir mi espada.

-Y si le encantan y entomecen, como la otra vez lo hicieron -dijo Sancho-¿qué aprovechará estar en campo abierto o no? (I, 19)

Se encuentran en campo raso o abierto, en la parte final del valle, viendo unas lumbres bajar y acercándose hacia ellos en medio de la noche, no es de extrañar que a Sancho, o cualquiera, tuviese miedo.Se apartan del camino, escondiéndose para no ser vistos, pero el miedo de Sancho se acrecienta al distinguir lo que en realidad se les acercaba:

“Y, apartándose los dos a un lado del camino, tornaron a mirar atentamente lo que aquello de aquellas lumbres que caminaban podía ser, y de allí a muy poco descubrieron muchos encamisados, cuya temerosa visión de todo punto remató el ánimo de Sancho Panza. El cual comenzó a dar diente con diente, como quien tiene frío de cuartana; y creció más el batir y dentellear cuando distintamente vieron lo que era, porque descubrieron hasta veinte encamisados, todos a caballo, con sus hachas encendidas en las manos, detrás de los cuales venía una litera cubierta de luto, a la cual seguían otros seis de a caballo, enlutados hasta los pies de las mulas; que bien vieron que no eran caballos en el sosiego con que caminaban. Iban los encamisados murmurando entre sí, con una voz baja y compasiva. Esta extraña visión, a tales horas y en tal despoblado,bien bastaba para poner miedo en el corazón de Sancho, y aún en el de su amo; y así fuera en cuanto a don Quijote, que ya Sancho había dado al través con todo su esfuerzo” (I, 19)

Don Quijote se pone en medio del camino con la lanza en el ristre y les pregunta quienes son, de donde vienen y que es lo que llevaban en las andas, a lo que uno de los encamisados, el que abría paso, le responde:“Vamos de priesa -respondió uno de los encamisados-, y está la venta lejos, y no nos podemos detener a dar tanta cuenta como pedís”

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La intención de los encamisados era llegar a la venta, la misma venta de la que habían salido esa misma mañana don Quijote y Sancho, la Venta de la Inés, que se encuentra de este punto del camino a unos siete kilómetros, una distancia relativamente larga al ser de noche y tener que atravesar aún dos puertos. El encamisado sigue su camino sin intención de detenerse, parándolo bruscamente don Quijote al sujetar y tirar del freno a la mula, y esta, asustándose, se espanta tirando al suelo al encamisado, cayendo sobre él. Un mozo de mulas, que iba a pie junto a la mula, maldice la acción a don Quijote, pero ya con su lanzón estaba arremetiendo a otro de los enlutados tirándolo también al suelo. Con la misma intención, a los demás encamisados los asustó y a otros los apaleó con suma facilidad, corriendo todos “por aquel campo”, por el valle. Descripción del narrador que coincide con el final de este pequeño valle, donde se encontraban en ese momento:

“Todos los encamisados era gente medrosa y sin armas, y así, con facilidad, en un momento dejaron la refriega y comenzaron a correr por aquel campo,con las hachas encendidas, que no parecían sino a los de las máscaras que en noche de regocijo y fiesta corren. Los enlutados asimesmo, revueltos y envueltos en sus faldamentos y lobas, no se podían mover; así que, muy a su salvo, don Quijote los apaleó a todos y les hizo dejar el sitio, mal de su grado, porque todos pensaron que aquél no era hombre, sino diablo del infierno que les salía a quitar el cuerpo muerto que en la litera llevaban” (I, 19)

Don Quijote volviendo al primero de los encamisados, el que cayó de la mula, le amenaza de muerte con la lanza si no le respondía, a lo que le había preguntado poco antes, y este, temiendo realmente por su vida, le contesta:

“… llamome Alonso López; soy natural de Alcobendas; vengo de la ciudad de Baeza, con otros once sacerdotes, que son los que huyeron con las hachas; vamos a la ciudad de Segovia acompañando un cuerpo muerto, que va en aquella litera, que es de un caballero que murió en Baeza, donde fue depositado, y ahora, como digo, llevábamos sus huesos a su sepultura, que está en Segovia, de donde es natural” (I, 19)  

Don Quijote le interroga por el motivo de la muerte del caballero que trasladaban, respondiendo el encamisado que fue debida a unas “calenturas pestilentes”, pidiéndole que le ayudase a salir de debajo de la mula. Don Quijote llama a Sancho, pero este estaba desvalijando a otra mula, la que transportaba las provisiones de alimentos del cortejo, haciendo con su gabán un costal provisional donde meterlas y llevárselas. Cuando terminó esta tarea, con el gabán repleto y como alforja sobre su borrico, fue a donde estaba el encamisado, ayudándolo a salir de debajo de la mula y a subirse sobre ella, y  poder reunirse con sus compañeros.

El cuerpo de San Juan de la Cruz fue trasladado en abril de 1593 desde  Úbeda, villa muy cercana a la de Baeza, a la ciudad de Segovia, atravesando Sierra Morena no por el Puerto del Muradal, que era el camino más directo y lógico, sino que lo hacen por el Camino de la Plata. El motivo de escoger esta ruta, con un considerable aumento de camino a recorrer, fue para evitar la persecución de los vecinos de Úbeda, que al tener noticias del desenterramiento y traslado del cuerpo del santo realizarían tras la comitiva, como así fue. Todo este azaroso traslado, y la elección de ruta hacia Segovia por este camino, por el Valle de Alcudia, está minuciosamente descrito por el carmelita descalzo fray Alonso de la Madre de Dios, en un manuscrito encontrado tras su muerte en 1635 y conservado en la Biblioteca Nacional de España:

“Partió de Ubeda Juan de Medina Zeballos con el santo cuerpo, tan disimulado que nadie lo conociese lo que llevaban, dejando, por lo que pudiese suceder, el camino derecho de Madrid, tomó el de Jaén, que es del mismo obispado , iba aún con algún temor no le saliesen a impedir el paso y quitarle el santo cuerpo. Y enderezando, como él mismo me refirió, su camino de Jaén a Montilla, poco antes de Martos, entrado ya el día… Llegaron a Martos y a Montilla y desde allí por Córdoba continuaron su camino a Madrid” (DE LA MADRE DE DIOS, p. 593)

¿Pudo haber sido Cervantes testigo directo de este traslado, en alguno de sus viajes como funcionario a Andalucía, por este mismo camino o lo conoció poco después como comentario o rumor en la venta? De una manera o de la otra, Cervantes, aprovecha este hecho histórico conocidísimo, el traslado del cuerpo del santo por este mismo camino, para retratar esta imagen, con palabras, de este fantasmal e inusual encuentro en mitad de la noche, de don Quijote y Sancho, conde una comitiva fúnebre.

 

                                 Luis Miguel Román Alhambra

 

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LAS AVENTURAS DE DON QUIJOTE EN SIERRA MORENA (III)

 

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En el paisaje geográfico de Sierra Morena hay un hito que nos ayuda a tener una referencia precisa para situar las aventuras de don Quijote en estas dos leguas de camino real, el Batán del Navarrillo. Y también disponemos de topónimos geográficos, valles y arroyos, que coinciden exactamente con el espacio-tiempo de la narración cervantina.

En este siguiente capítulo de Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena, se evidencia el conocimiento del paisaje geográfico de Cervantes en esta zona del Camino de la Plata por Sierra Morena, pues coinciden tres topónimos geográficos en una misma aventura, la aventura contra los rebaños de ovejas. Un valle con un arroyo donde poder beber las ovejas puede ser muy común, sin interés alguno para los filólogos, pero contener en la narración la descripción de un altillo o cerro cercano, desde el que se pueda observar privilegiadamente la escena, tal y como lo hace Cervantes, hace de esta localización geográfica real un punto de interés cervantino hasta ahora nunca tenido en cuenta.

Cojan la mochila, metan su Quijote en ella y lleguen hasta este pequeño valle al que ahora atraviesa el AVE paralelo al antiguo Camino de la Plata, aparquen su vehículo junto al Arroyo del Robledillo y suban a pie este altillo, desde el que alguna vez Cervantes estuvo contemplando este Valle de La Tejada. Abran su Quijote porel capítulo XVIII de la primera parte, y mientras el narrador nos describe la escena, miren el valle e imaginen ver los mismos rebaños, o ejércitos, que don Quijote y Sancho veían acercarse al arroyo, donde,cuatro siglos después, sus peladillas o guijarros siguen esperando como munición de guerra para las hondas de los pastores…

¡¡¡Están en un paisaje geográfico real en la ficción del Quijote!!!

BATALLA CONTRA LOS REBAÑOS DE OVEJAS

No llevan mucho camino andado desde que salieron de la venta, es al final de esa mañana, cuando comienza una nueva aventura, posiblemente una de las más recordadas por cuantos han leído el Quijote y por los que no lo han hecho pero si han visto dibujos, grabados, estampas o una de las muchas películas que se han realizado de la obra:

“En estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda; y, en viéndola, se volvió a Sancho y le dijo:

-Este es el día, ¡oh sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado ni suerte; éste es el día, digo, en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la Fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejercito que de diversas e innumerables gentes por allí viene marcando.

-A esa cuenta, dos deben ser -dijo Sancho-; porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda.

Volvió a mirarlo don Quijote, y vio que así era la verdad; y alegrándose sobremanera, pensó sin duda alguna que eran dos ejércitos, que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura…”

“… Y la polvareda que había visto la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros que, por aquel mesmo camino, de dos diferentes partes venían, las cuales, con el polvo, no se echaron de ver hasta que llegaron cerca” (I, 18)

Nos describe el narrador, que el primer ejército venía de frente a ellos  y el segundo se acercaba por sus espaldas “por aquel mesmo camino” que llevaban. Esto ocurre en la zona del valle La Tejada. Entre dos y tres kilómetros de la venta, lo cual coincide con el tiempo del relato, después de atravesar el Puerto del Horcajo, se encuentra este valle con pastos y con varios arroyos donde poder beber las ovejas. Uno de ellos, el Arroyo Robledillo, cruza precisamente el Camino de la Plata en la parte central del valle. La anchura de este espacio real es de más de un kilómetro.

Después de explicarle, don Quijote a Sancho, quienes formaban aquellos dos ejércitos, el que viene del sur, de frente a ellos, del emperador Alifanfarón y el otro, el que viene por sus espaldas, el de su enemigo Pentapolín, le advierte del  motivo de la batalla que allí se preparaba que, según don Quijote, no es otro que Alifanfarón estaba enamorado de la hija de Pentapolín y este no se la quería entregar, por ser Alifanfarón de religión pagana. Lógicamente don Quijote y Sancho toman partido por el cristiano Pentapolín. Los dos se apartan del camino a un altillo, que allí cerca había, para poder apreciarlos mejor: “Y para que mejor los veas y notes, retirémonos a aquel altillo que allí se hace, de donde se deben de descubrir los dos ejércitos”

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Don Quijote fue describiendo a cada uno de los integrantes principales de los ejércitos hasta que Sancho, moviendo la cabeza una y otra vez hacia un lado y hacia el otro, para ver si apreciaba lo que su amo veía y describía, le dice a don Quijote que debido a que sigue encantado, por todo lo pasado en la venta la noche anterior, no ve esos dos grandes ejércitos que con tanta precisión le hacía, manteniendo esta conversación:“-¿Cómo dices eso? -respondió don Quijote-: ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los tambores? No oigo otra cosa -respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y carneros”. 

Don Quijote atribuye más al miedo de Sancho que a otra cosa el que no viese y oyese tan épico encuentro de los dos ejércitos que allí justo ya estaban, y que desde el altillo o cerro ya los veían estar casi juntos. Y pidiendo que se apartase“…puso las espuelas a Rocinante y, puesta la lanza en el ristre, bajó la costezuela como un rayo…” 

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Sancho, convencido que a lo que iba a embestir su amo eran pacíficas ovejas, le vocea para que desista en su empeño y se vuelva, pero don Quijote ensimismado en su objetivo arremete al rebaño y lancea a varias ovejas. Los pastores también le gritaban para que se detuviese, pero como veían que no les hacía caso alguno, y que ya eran unas cuantas las ovejas heridas, comenzaron a lanzarle piedras con sus potentes y precisas hondas: “Llegó en esto una peladilla de arroyo, y, dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo…”.

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Después de esta pedrada y otra más, que le machaca una mano y tres o cuatro dientes y muelas, don Quijote cae al suelo. Los pastores creyéndolo muerto recogen las ovejas heridas y se marchan. Sancho ve la escena desde lo alto del cerro y cuando los pastores ya se habían ido bajó a socorrerle, diciéndole:“¿No le decía yo, señor don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos, sino manadas de carneros?”

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Pocos espacios geográficos reales están tan precisamente descritos como este en el Quijote. Un valle, al que se tarda en llegar una o dos horas desde que se deja la Venta de la Inés, y en su parte central un arroyo, donde van a beber los ganados de ovejas. En el arroyo estaban los ganados cuando don Quijote es recibido con “peladillas de arroyo” lanzadas por los pastores para proteger a sus ovejas. Este Valle de La Tejada, el Camino de la Plata, el Arroyo Robledillo y la posición estratégica del cerro o altillo donde se observa perfectamente este espacio, es el lugar real donde esta conocida aventura de ficción se produce. Imagen en la retina de Cervantes que, aún hoy, es posible volver a ver.

Don Quijote, de nuevo, quiere hacer entender a Sancho que todo es obra de un sabio enemigo suyo, e incluso le insta a ir detrás de los ganados de ovejas y así podrá ver como poco después se vuelven de nuevo en ejércitos. Pero es tanto el daño que las pedradas le han causado, especialmente en la boca, que pide a Sancho que se la reconozca y le diga cuantas muelas y dientes le faltan. Estando Sancho cerca de la boca, a don Quijote le hace efecto el bálsamo, que había tomado durante la lluvia de peladillas de los pastores,  e igual que en la venta arroja lo poco que tenía en el estómago, esta vez sobre la cara de Sancho, que en principio cree que es sangre, pero al darse cuenta que era el bálsamo lo que le vomitaba su amo, le da tanto asco que hace lo mismo sobre la cara de don Quijote.

Al ir Sancho a las alforjas en busca de algo con qué limpiarse ve que estas no están sobre su borrico, ya que se las había quitado el ventero, y maldiciendo de nuevo el oficio que había tomado de servir a su vecino don Quijote toma la decisión de volverse a su casa. Don Quijote muy maltrecho, como pudo, fue a consolarlo, y entre ellos hay este diálogo en el que Sancho, además de hacer suyos los golpes que recibe en su mismo cuerpo, se burla de su amo y de la despensa caballeresca, que bien sabe que no existe:

“Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así, que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas.

-¿Cómo no?- respondió Sancho-. Por ventura, el que ayer mantearon, ¿era otro que el hijo de mi padre? Y las alforjas que hoy me faltan, con todas mis alhajas, ¿son de otro que del mismo?

-¿Que te faltan las alforjas, Sancho? -dijo don Quijote.

-Sí que me faltan -respondió Sancho.

-Dese modo, no tenemos qué comer hoy -replicó don Quijote” (I, 18)

¡Increíble la escena creada por Cervantes! Todo esto está pasando al medio día. Después de muchas horas sin comer, y de los vómitos producidos por el Bálsamo de Fierabrás, ya tienen los dos mucha hambre. Algunos autores ven en esta frase: “Por ventura, el que ayer mantearon, ¿era otro que el hijo de mi padre? Y las alforjas que hoy me faltan, con todas mis alhajas, ¿son de otro que del mismo?”, como otro error o contradicción de Cervantes, porque el manteo había ocurrido esa misma mañana y no el día anterior, y no es tal error. En el Diccionario de Autoridades, de 1726, podemos apreciar como el adverbio de tiempo “ayer” , además de su significado de día anterior, al que se habla, también se utilizaba para definir un tiempo pasado muy reciente: “AYER. Algunas veces fe toma por cofa reciente, moderna, y no de mucho tiempo…”, forma precisa usada aquí por Cervantes.

 

Luis Miguel Román Alhambra

 

 

 

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Luis Miguel Román Alhambra en el programa Hoy Por Hoy

programa ser HOY X HOY

El próximo viernes 26 de mayo a las 10:00 de la mañana, se emitirá desde Alcázar de San Juan el programa Hoy por Hoy  que conduce Gemma Nierga

Tendrá una duración aproximada de 2 horas 20 y se realizará en directo desde el Museo del Hidalgo (con aforo limitado) que se abrirá al público a partir de las 9:00 horas.

En él, intervendrá Luis Miguel Román Alhambra, Presidente de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan.

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