EN BUSCA DEL QUIJOTE DESDE BRASIL

“Quien recorre la Mancha deberá creer en hadas, en fantasmas, en Caballeros Andantes y en bellas Dulcineas” (Carlos Sander Álvarez)

En 1959 un chileno visitó la Mancha. Afirmaba que don Quijote «es el Cristo Gentil de la Mancha, que apaleado, herido, sangrante, sigue con su corazón rebozante de optimismo, con sus ojos fijos en el camino que se ha trazado, para perseguir malandrines, desfacer entuertos y proteger doncellas… Para sentir hondamente, vivamente y dolorosamente la obra escrita por el vencedor de la soledad y el infortunio que fue Cervantes, es necesario vivir con plenitud el paisaje telúrico y humano de la Mancha… Me espera con su héroe, que tiene la magnificencia de un profeta y que en todos los siglos proclama su genial demencia. Sé que debo abandonar los libros y lanzarme en busca de los pueblos del Quijote». Este chileno fue Carlos Sander, escritor y diplomático, que había llegado a España en 1951 donde ocupó el cargo de Cónsul de Chile en Madrid. Años más tarde publicaba En busca del Quijote (Editorial Nascimiento, Santiago de Chile, 1967), poco antes de morir.

Hasta este territorio del hidalgo manchego han venido multitud de personas buscando también su espíritu. Barruntan que sólo aquí es posible entender a este loco tan cuerdo, y quizás no estén descaminados. Hace unos días he tenido la suerte de conocer a dos parejas de jóvenes brasileños que, desafiantes a la distancia que el “charco” nos separa, se han acercado a la Mancha de don Quijote, como hiciera hace más de sesenta años el chileno Sander. Pocas horas después de haber llegado a España se presentaron en mi casa, acompañados de dos amigos residentes en la cercana ciudad de Tomelloso, con un Cristo Redentor que ha quedado como imagen de nuestro encuentro en un lugar preferente entre mis Quijotes.

Pocos días tenían para empaparse de la imagen de la tierra que vio nacer al famoso hidalgo manchego, por lo que traté de orientarles concentrando su tiempo entre lugares nombrados explícitamente en la novela y otros que aunque no lo están tienen la esencia cervantina y quijotesca entre sus calles y plazas.

Antes de que se marcharan a iniciar su ruta cervantina, les acompañé a que conocieran imágenes y rincones de Alcázar de San Juan que asientan los cimientos de su tradición cervantina. Desde aquí, como don Quijote, también iniciaron su salida en busca de sus ansiadas aventuras.

El Toboso, Campo de Criptana, Argamasilla de Alba, las Lagunas de Ruidera y la Cueva de Montesinos fueron los lugares visitados dentro de la comarca cervantina del Quijote. Villanueva de los Infantes, Almagro, Ciudad Real y Toledo complementaron su experiencia por tierras de la Mancha natural.

Desde Asunción (Paraguay) recibieron dos ejemplares del Quijote escritos en lengua guaraní, hechos llegar por un amigo ahora ya también mío. Uno de ellos lo depositaron en el Museo Cervantino de El Toboso, ampliando aún más su gran catálogo de ediciones del Quijote donados desde todo el mundo, y el otro se ha quedado entre los míos. Una magnífica versión ilustrada del Centro de Estudios Paraguayos “Antonio Guasch” de Asunción.

Algún día llegará a mi casa quien en su lengua materna pueda leer también el comienzo del Quijote en guaraní:

«Aipo La Mancha rekoha peteĩme, héra rehe na che mandu´asevéimava, oiko raka´e nda´are guasúi peteĩ ñande rapicha imba´e heta porãmíva ra´y, ikisepukúva hyrúpe, ijokoha yma, ikavaju piru rei ha ijagua rusu retia´éva…»

Ya están de nuevo en Brasil, seguro que cansados por la intensidad de los días pasados en la Mancha. En unos días empezarán a recuperar imágenes y vivencias que aquí se les pasaron inadvertidas, y comenzarán a volver a releer el Quijote con otra perspectiva, cada uno con la suya, y creer, ahora sí, que en alguna esquina de El Toboso o detrás de algún molino de Campo de Criptana creyeron sentir el halo mágico de las figuras de don Quijote y Sancho Panza. Yo sigo aquí terminando la guía de caminos que llevarán a quienes quieran ir detrás de los pasos de Rocinante puedan hacerlo sin temor a perderse, y quizás algún día mis amigos brasileños vengan con la intención de encontrar de nuevo en ellos el espíritu de don Quijote. Saben ya que sólo han de creer en hadas, en fantasmas, en caballeros Andantes y en bellas Dulcineas.

                                                          Luis Miguel Román Alhambra

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¡DE TAL PALO, TAL ASTILLA!

Desde la aparición de la primera parte del Quijote en 1605, y especialmente a partir del siglo XIX, muchos autores, en su análisis e interpretación del texto cervantino, han visto similitudes del personaje de don Quijote con su autor. Como lector del Quijote también me ha parecido ver representado a Cervantes en la imagen de don Quijote en varios pasajes de la novela.

Por ejemplo, en el capítulo XVIII de la primera parte, conocido por todos porque en él don Quijote, creyendo que era un ejército enemigo, arremete contra un rebaño de ovejas y termina derribado de Rocinante a pedradas lanzadas por los pastores con sus eficaces hondas. Así describe el narrador este momento:

“Llegó en esto una peladilla de arroyo, y dándole en un lado le sepultó dos costillas en el cuerpo. Viéndose tan maltrecho, creyó sin duda que estaba muerto o mal ferido, y acordándose de su licor sacó su alcuza y púsosela a la boca y comenzó a echar licor en el estómago; mas antes que acabase de envasar lo que a él le parecía que era bastante, llegó otra almendra y diole en la mano y en el alcuza, tan de lleno que se la hizo pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca y machucándole malamente dos dedos de la mano.”

Al verlo caído junto a los pies de Rocinante, y en tal mal estado, los pastores «creyeron que le habían muerto» y posiblemente por miedo a la Santa Hermandad, que no creería la versión que defendían a sus rebaños del ataque sin razón de don Quijote, se marcharon no sin antes recoger  las ovejas que a lanzadas había matado don Quijote.

Cuenta el narrador que estaba Sancho Panza sobre un cerro mirando todo lo que allí estaba pasando, y en cuanto vio que los pastores se habían marchado bajó la cuesta y fue hasta donde estaba su amo. Lo encontró «de muy mal arte, aunque no había perdido el sentido», y, entre reproches de uno y justificaciones del otro, le pide don Quijote que le mirase la boca y contase las muelas y dientes que le faltan. Y es aquí donde el lector descubre otra escena hilarante de la novela:    

“Llegose Sancho, tan cerca que casi le metía los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya había obrado el bálsamo en el estómago de don Quijote, y al tiempo que Sancho llegó a mirarle la boca arrojó de sí, más recio que una escopeta, cuanto dentro tenía, y dio con todo ello en las barbas del compasivo escudero.

—¡Santa María! —dijo Sancho—, y ¿qué es esto que me ha sucedido? Sin duda este pecador está herido de muerte, pues vomita sangre por la boca.

Pero reparando un poco más en ello echó de ver en la color, sabor y olor que no era sangre, sino el bálsamo de la alcuza que él le había visto beber; y fue tanto el asco que tomó, que, revolviéndosele el estómago, vomitó las tripas sobre su mismo señor, y quedaron entrambos como de perlas.

Esta escena provoca risa a carcajadas, salpimentada con un poco de asco también que hace que el lector haga siempre aquí una pequeña mueca de repulsa, como si estuviese a un metro de Sancho Panza.

Sancho, entre maldiciones, va hasta su borrico  y busca entre las alforjas algún trapo con qué limpiarse y limpiar a don Quijote. Mientras busca piensa volverse en este punto a su casa y dejar solo a su amo. Don Quijote se da cuenta de la situación anímica de Sancho, se le acerca, «puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir los dientes», y trata de animarlo con esta asombrosa frase: «—Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro». Sancho accede a seguirle como escudero y encontrar algún sitio donde pasar la noche. Don Quijote le deja que elija el lugar de alojamiento, algo impensable en un libro de caballerías, no sin antes pedirle que «… dame acá la mano y atiéntame con el dedo y mira bien cuántos dientes y muelas me faltan deste lado derecho de la quijada alta, que allí siento el dolor».

Casi sin parar de reír, de nuevo el lector se encuentra de espectador de primera fila:

“Metió Sancho los dedos, y estándole tentando, le dijo:

—¿Cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte?

—Cuatro —respondió don Quijote—: fuera de la cordal, todas enteras y muy sanas.

—Mire vuestra merced bien lo que dice, señor —respondió Sancho.

—Digo cuatro, si no eran cinco —respondió don Quijote—, porque en toda mi vida me han sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha caído, ni comido de neguijón ni de reuma, alguna.

—Pues en esta parte de abajo —dijo Sancho— no tiene vuestra merced más de dos muelas y media; y en la de arriba… ni media ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano.

—¡Sin ventura yo! —dijo don Quijote oyendo las tristes nuevas que su escudero le daba—, que más quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada. Porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante”.

Cervantes, en esta última frase que pone en boca de don Quijote, señala no solo la importancia de una boca sana sino la de una sola pieza dental. Esto lo escribía en la parte final de su vida, y no fue ajeno a la pérdida de dientes y muelas de su boca, siendo un fiel reflejo de la boca de don Quijote después de la certera pedrada del pastor. No tenemos una imagen real de su cara, pero en el Prólogo a las Novelas ejemplares, en 1613, él mismo se retrata dejándonos a nuestra imaginación su aspecto:

“Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata (que no ha veinte años que fueron de oro), los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies, este digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha…”

La salud de la boca en el siglo XVII, especialmente de los dientes, era muy deficiente, más con el paso de los años. Enfermedades  y traumatismos, como el sufrido por don Quijote, provocaban la pérdida de las piezas dentales sin posibilidad de reemplazarlas por implantes o prótesis. Esto provocaba, además del deterioro del aspecto físico de la persona, un problema a la hora de morder y masticar los alimentos, e incluso en el habla. Ahora se comprende mejor la sentencia de don Quijote al verse así, porque quizás era el mismo Cervantes quien lo decía de sí mismo: «…la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante»,¡de tal palo, tal astilla!

                                                                Luis Miguel Román Alhambra

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LOS RAYOS DEL SOL A SOSLAYO

Hace unos días, a primeros de este acalorado mes de julio manchego, un buen amigo mío recorrió en bicicleta el Camino de los Siete Molinos, que une Alcázar de San Juan con Campo de Criptana, siguiendo la ruta que yo le había marcado de la «segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha». Desde los molinos de la Sierra de Campo de Criptana me llama por teléfono y esta es nuestra conversación:

̶ Luis Miguel, estás equivocado. No es posible que Cervantes pensase en este camino para ir del lugar de don Quijote a los molinos de Campo de Criptana,  porque todo el tiempo el sol me ha dado de frente, no de lado como lo describe.

̶ ¿A qué hora has salido de Alcázar? –le pregunto.

̶ A las 9.

̶ ¡Vaya madrugón que te has dado valiente!, ̶ le contesto con cierta ironía o retranca manchega ̶ Te espero en casa, te invito a una cerveza bien fría y te explico el «a soslayo» del Quijote.

No le ha pasado esto solamente a mi amigo. Si no se tienen en cuenta ciertos aspectos geográficos, físicos y humanos, en cierta medida es muy fácil ver aquí una incoherencia en mi interpretación geográfica del texto cervantino.

El inicio de la segunda salida de don Quijote, ya con Sancho, sucede en mitad de una noche de agosto para evitar ser vistos por familiares o vecinos, que seguro habrían tratado de impedir su marcha: 

Todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los buscasen.

Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban. (Q1, 7)

«La vez pasada», la primera salida de don Quijote a la que se refiere el narrador, se inicia también de noche:

Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de Julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza y por la puerta falsa de un corral salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo… (Q1, 2)

Pasadas unas horas de camino, el texto nos revela ―lo que ya sabemos los manchegos― el mucho calor que hace en el  mes de julio en esta parte de la Mancha:

Con estos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. Con esto caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera. (Q1, 2)

Volvamos de nuevo a la segunda salida: «… por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban» El sentido de esta frase es sencilla. «La hora de la mañana» es el momento antes de amanecer, cuando los primeros rayos del sol apuntan en el horizonte.

̶ No había escuchado nunca «la hora de la mañana» y que tuviese ese significado  ̶ me apunta mi amigo.

̶ No se usa hoy, pero en tiempo de Cervantes era muy común su uso para referirse a la primera luz del día. Por tanto, está a punto de amanecer y los rayos del sol están muy bajos, a soslayo. Aunque es verano no calientan y tampoco molestan, como en un día de invierno.

–Pero a soslayo es dar justo de lado –se reafirma mi amigo.

–Tienes que tener en cuenta que el Quijote que está escrito a principios del siglo XVII para lectores del siglo XVII, y hay palabras que han cambiado su uso y en parte su significado, y otras hoy no se usan. Es lo que ocurre con soslayo. Hoy utilizamos soslayo como oblicuamente o de lado, también como ponerse de costado para entrar por alguna estrechura, o para pasar de largo de una dificultad.

–¿Y Cervantes no la usa en este sentido, que los rayos del amanecer le daban de lado? – me pregunta.

–No. Quiere reafirmar, como cualquier lector de su época sabía, que al amanecer los rayos del sol están tan bajos, con respecto al plano del campo por el que caminaban, que no les molestan aunque es verano, les diesen los rayos del sol a nuestros protagonistas por donde les diesen.

Su cara lo dice todo. No veo del todo convencido a mi amigo. Busco mis notas sobre el uso que Cervantes hace en todas sus obras de la palabra soslayo. Es solo en seis ocasiones según el  Corpus diacrónico del español de la RAE. Aunque la hora de la comida se acerca le sugiero leerlas con atención, ¡terminar la cuña de queso manchego de Madridejos que empecé y otra cerveza más tienen la culpa!

Estas son las seis ocasiones que podemos leer la palabra soslayo en las obras de Cervantes:

Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla (1598):

¡Por Jesucristo vivo, cada pieza

vale más que un millón, y que es mancilla

que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,

Roma triunfante en ánimo y riqueza!

¡Apostaré que la ánima del muerto,

por gozar este sitio, hoy ha dejado

el cielo, de que goza eternamente!

Esto oyó un valentón y dijo: «¡Es cierto

lo que dice voacé, señor soldado,

y quien dijere lo contrario miente!»

Y luego encontinente

caló el chapeo, requirió la espada,

miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

El Quijote (1605):

Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban.

La gitanilla (1613):

Somos astrólogos rústicos, porque, como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas sabemos las que son del día y las que son de la noche; vemos cómo arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y cómo ella sale con su compañera el alba, alegrando el aire, enfriando el agua y humedeciendo la tierra; y luego, tras ellas, el sol, dorando cumbres (como dijo el otro poeta) y rizando montes: ni tememos quedar helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca; un mismo rostro hacemos al sol que al yelo, a la esterilidad que a la abundancia.

El Persiles (1616):

Todos los circunstantes estaban atentos mirando el estraño y gozoso recibimiento. Sólo en el corazón de Pirro andaba la melancolía, atenaceándole con tenazas más ardiendo que si fueran de fuego; y llegó a tanto estremo el dolor que sintió de ver engrandecido y honrado a Periandro que, sin mirar lo que hacía, o quizá mirándolo muy bien, metió mano a su espada, y por entre los brazos de Seráfido se la metió a Periandro por el hombro derecho, con tal furia y fuerza que le salió la punta por el izquierdo, atravesándole, poco menos que al soslayo, de parte a parte.

Viaje al Parnaso (1614):

Al volver de una esquina sentí un brazo
que el cuello me ceñía, miré cúyo,
y más que gusto me causó embarazo,
por ser uno de aquellos (no rehúyo
decirlo) que al contrario se pasaron,
llevados del cobarde intento suyo;
otros dos al 
soslayo se llegaron,
y con la risa falsa del conejo
y con muchas zalemas me hablaron.

Comedia famosa de los baños de Argel (1615):

D. Fernando: Este día
lágrimas no las permite.

Canten lo que quisieren.

Vivanco: La música ha sido hereje;
si el coloquio así sucede,
antes que la rueda ruede,
se rompa el timón y el eje.

En acabando la música, dice el sacristán (Todo cuanto dice agora el sacristán, lo diga mirando al soslayo a Cauralí):

Sacristán: ¿Qué es esto? ¿Qué tierra es ésta?
¿Qué siento? ¿Qué es lo que veo?

En cuatro de las obras Cervantes utiliza la palabra soslayo como de lado o  de costado, oblicuamente:

Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla (1598): «…requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada»

El Persiles (1616): «… metió mano a su espada, y por entre los brazos de Seráfido se la metió a Periandro por el hombro derecho, con tal furia y fuerza que le salió la punta por el izquierdo, atravesándole, poco menos que al soslayo, de parte a parte.»

-Viaje del Parnaso (1614):

«otros dos al soslayo se llegaron,
y con la risa falsa del conejo
y con muchas zalemas me hablaron»

– Comedia famosa de los baños de Argel (1615):

«En acabando la música, dice el sacristán (Todo cuanto dice agora el sacristán, lo diga mirando al soslayo a Cauralí):

En las otras dos ocasiones es un sentido muy diferente. Utiliza «herirles a soslayo» y «nos hiere a soslayo» con  referencia explícita a los rayos del sol, y como cuando estos están muy bajos con respecto al plano del campo:

– El Quijote (1605): «…por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban»

– La gitanilla (1613): «… el sol, dorando cumbres (como dijo el otro poeta) y rizando montes: ni tememos quedar helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca»

En La gitanilla, el grupo de gitanos no tienen miedo al frío del invierno, por lo poco que sube el sol sobre el plano del campo, «cuando nos hiere a soslayo con sus rayos» y tampoco al calor abrasador del verano «cuando con ellos particularmente nos toca». En invierno en esta parte de la Mancha el sol no se eleva a mediodía a más de 27º sobre el horizonte. De la misma manera, en esta parte del Quijote «a soslayo» tiene el mismo sentido. A don Quijote y Sancho en este momento de la aventura, «al ser la hora de la mañana», los rayos del sol les dan tan bajos, «a soslayo», que aunque sea agosto no les fatigan por el calor.

¡Ahora sí está convencido!

–Tienes que hacer esta parte del camino de la segunda salida de don Quijote el día 17 de agosto –le sugiero a mi amigo– pero saliendo de Alcázar casi de noche para llegar a los molinos de Campo de Criptana al amanecer y comprobarás que texto e imagen del territorio coinciden. Los rayos del sol al amanecer hacen un contraluz espectacular a los molinos de viento,  y ¡por ser la hora de la mañana y herirte a soslayo, los rayos del sol no te fatigarán!

– ¿Por qué el día 17 de agosto? –me pregunta

–En 1958, Edgar Agostini estudió el tiempo y el espacio en el Quijote, y determinó, con los datos que Cervantes nos deja en la novela, las fechas en las que ocurrieron las principales aventuras. Agostini fijó el día 17 de agosto la segunda salida de don Quijote con Sancho, y la primera salida solo el 28 de julio.

–Pues voy a hacer estas dos salidas justo en estos días que me dices ¿te vienes conmigo? –me pregunta mi amigo– te dejo una bicicleta.

–¡Ya veremos!

Soy un lector privilegiado del Quijote de vivir aquí, en Alcázar de San Juan el Corazón de la Mancha.

                                                                 Luis Miguel Román Alhambra

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LA VENTA DE LA INÉS

Hace casi once años que había estado en esta antigua venta. Hasta aquí llegué en agosto de 2011, siguiendo los pasos de Rocinante.

El cervantismo clásico sitúa la venta de Maritornes y del manteo de Sancho en la Venta de Cárdenas, en el actual paso de Despeñaperros. En mis publicaciones La venta cervantina de Sierra Morena y el lugar de don Quijote (2012) y Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena (2017) expuse que la única venta que reúne todas las variables, que en la novela nos deja Cervantes, para ser la venta cervantina de Sierra Morena es la Venta de la Inés, situada al sur del término de Almodóvar del Campo, en el Camino de Toledo a Sevilla o Camino de la Plata.

Llevaba tiempo con muchas ganas de volver y pasar un buen rato con Felipe Ferreiro, su propietario. Más aún, desde que en febrero de 2019 durante un encuentro con el escritor Manuel Moyano le estuve hablando de ella cómo la venta cervantina del Quijote, y de su actual propietario. Pero llegó el Coronavirus y todo se para.

Moyano tenía en mente en aquel invierno hacer un recorrido transversal por Sierra Morena y escribir un libro de viajes con esa experiencia. Recorre Sierra Morena de este a oeste, zigzagueándola, cómo no puede ser de otra manera, siguiendo el perfil y el trazado de sus carreteras y caminos, empezando en Aldeaquemada, en la provincia de Jaén, y terminado en las tierras del Alentejo portugués. En la planificación de su viaje intercaló pasar por esta venta cervantina.

De este viaje surge un texto que Manuel Moyano presenta el pasado año 2021 al Premio EurostarHotels, uno de más prestigiosos que se conceden en España de narrativa de viajes. Con el título de La frontera interior, viaje por Sierra Morena, es la obra ganadora, siendo publicada por la editorial RBA en marzo de este año 2022. Entre el jurado que falló el premio estaban entre otros: Carmen Riera, miembro de la Real Academia Española y Alfredo Conde, Premio Nadal y Premio Nacional de Narrativa.

El pasado viernes 10 de junio Manuel Moyano presentó en la Librería Mata de Alcázar de San Juan este libro de viajes por Sierra Morena, y tuve el gran privilegio de acompañarlo durante la presentación.

La visita de Manuel Moyano a la Venta de la Inés queda magníficamente recogida en su libro. Cuidadosamente descrita es la imagen de Felipe, que le invitó a entrar a la venta y con su memoria asombrosa fue refiriéndole parte de la historia de esta parte de la Mancha del siglo pasado. Cuentos y leyendas que han quedado transcritas en el libro.

La frontera interior tiene un texto tan ameno, con unas descripciones del espacio físico y humano tan precisas, que incita al lector a ir a esos mismos lugares y parajes por los que el autor ha pasado. Es un libro de viajes que estimula al lector a viajar, como muy pocos lo logran.

En esta presentación se habló de la Venta de la Inés y de Felipe. Al final,  también expuse mi compromiso de volver pronto a ella. Con unos amigos,  consocios de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, que asistieron a la presentación organizamos la visita.

Este pasado sábado 25 de junio, al poco de salir el sol con la fuerza que en esta época del año hace, salíamos desde Alcázar de San Juan hacia la Venta de la Inés. Después de reponer fuerzas en Brazatortas seguimos la carretera N-420, y poco después de salvar el Puerto Pulido ya estábamos en el camino que lleva a la venta. Son casi nueve kilómetros de buen camino, al final del Valle de Alcudia. La imagen de un rebaño de ovejas a la sombra de una gran encina cerca del camino, nos hizo recordar el uso que tuvo antaño este valle como lugar de pastos de invierno para cientos de rebaños de Castilla y León.

Poco después de las diez de la mañana llegamos a la puerta de la venta. Esta estaba cerrada y toqué varias veces a su llamador. Al no escuchar a nadie responder lo volví a hacer, esta vez golpeando la puerta con el llamador si cabe más fuerte, pero el silencio en el interior era solemne. Sabía que Felipe había cumplido este mes de enero pasado noventa y dos años, y solo pensar que ya no estaba en su venta me estremeció. De la finca vecina vimos que un hombre preparaba el tractor y los aperos para realizar alguna labor en el campo y fuimos a preguntarle si Felipe seguía en la venta, con el temor de que nos diese una mala noticia. La cara se nos iluminó cuando nos dijo que seguro que estaba en la venta, «posiblemente está fuera en el huerto regando… se levanta a las cinco de la mañana», pero que estaba un poco sordo y por eso quizás no escuchó los golpes en la puerta. Amablemente le llamó al teléfono fijo de la venta anunciándole que estábamos preguntando por él. Al llegar de nuevo a la puerta, vimos que estaba entornada.

Felipe, casi ordenándonos, nos invitó a entrar a la venta. Estaba sentado en un sillón de orejas en el portal de entrada. Aunque la temperatura exterior ya empezaba a ser alta, aquí era especialmente confortable. Me alegró mucho verlo de nuevo y le presenté a mis compañeros de viaje.  Su aspecto es bueno, pero ya no están con él su mujer Carmen, que ya falleció, y su hija Carmencita, que vive con un hijo de Felipe en San Benito, un pueblecito cerca de aquí. Nada más invitarnos a sentarnos junto a él, clavó sus ojillos brillantes en mis ojos y me dijo «usted ya ha estado por aquí, me acuerdo de usted», ¡y habían pasado once años! Le recordé que en el verano de 2011 había estado en la venta junto a mi mujer, que conocimos a Carmen y Carmencita, y que poco después demostré en un librito que esta venta suya es la venta en la que Cervantes hace llegar una tarde a don Quijote y Sancho Panza después de ser molidos a palos por los yangüeses. Él también nos dijo, que esta venta es nombrada en Rinconete y Cortadillo, una de las Novelas Ejemplares (1613), con el nombre de Venta del Alcalde, que así se llamaba en tiempo de Cervantes.

Casi dos horas estuvimos con Felipe entre el portal y la cocina de la venta. Su conversación sigue siendo muy amena. Con su inmejorable memoria nos relató  sucesos, cuentos y leyendas que habían ocurrido allí mismo y en sus alrededores. El tiempo parece pararse en la venta escuchando a Felipe. Con felicidad nos dijo que había ganado el pleito contra El Poderoso, el propietario de la finca vecina que le cortó la conducción de agua a la venta durante treinta años, porque pasaba por sus tierras. ¡Treinta años sin agua! hasta que la Justicia finalmente le dio la razón a Felipe y se restableció la conducción de agua en el año 2018.

Le llevamos una caja de Tortas de Alcázar, que nos agradeció mucho, no por él,  «que tengo algo de azúcar», sino por llevárselas a su Carmencita cuando vaya a verla a San Benito. Dejamos nuestra firma en su «libro de firmas número siete» que conserva como recuerdo de cuántos han pasado por la venta.

Salimos a la calle. En un poyo junto a la puerta de la venta estuvimos sentados unos minutos y nos despedimos con un ¡hasta pronto… si Dios quiere! Volvemos por nuestros pasos. Durante el viaje de vuelta recordamos partes de la conversación con Felipe y esa extraña sensación de haber estado en el mismo lugar donde Cervantes había estado hace ya más de cuatro siglos, en sus viajes de la Corte a Andalucía, y que después hace de escenario de una parte del Quijote de 1605.

La Venta de la Inés fue declarada Bien de Interés Cultural por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha en 2009. Es, por tanto, un recurso que se conservará con presupuesto público para las generaciones venideras. La venta  estará preservada por ley, pero cuando falte Felipe quedará muy vacía. Es necesario que oficialmente también se garantice que su memoria no se pierda, recopilando y publicando su vida en esta venta, que ha sido muy larga pues a ella llegó a los pocos días de nacer.

Tengo previsto caminar por esta parte de Sierra Morena el próximo año. Empezando en la puerta de esta Venta de la Inés siguiendo el Camino de la Plata hasta el lugar de la penitencia de don Quijote, en mitad de la sierra. Ojalá pueda ver de nuevo a Felipe, estrechar sus ya temblorosas manos y, de nuevo, volver a escuchar esta o aquella historia. Antes le llamaré por teléfono.

                                               Luis Miguel Román Alhambra 

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LA CHINA EN EL ZAPATO

Desde que en 1748 Blas de Nasarre encontrase en el primer Libro de Bautismos de la parroquia de Santa María la Mayor, de Alcázar de San Juan, la partida de bautismo de Miguel, un hijo de Blas de Cervantes Saavedra y de Catalina López, el nombre de esta ciudad manchega en el mundo oficial cervantino sigue levantado polémica. Alcázar de San Juan es la china en el zapato del biógrafo cervantino.

Si bien la polémica sobre la cuna de Miguel de Cervantes está cerrada desde hace ya mucho tiempo a favor de Alcalá de Henares, adormecer aún más la tradición cervantina alcazareña sigue siendo un reto para algunos biógrafos de Cervantes. Y si hay que tergiversar los datos sobre esta partida de bautismo para conseguir este fin se hace, casi sin rubor.

En el Cervantes (2022) de Santiago Muñoz Machado, la última, aunque habrá muchas más, biografía del autor del Quijote, podemos leer:

El lugar de nacimiento de Cervantes era, pasada la mitad del siglo XVIII, cuestión controvertida. Lope de Vega, que lo conocía y trataba, lo hizo natural de Madrid. Tomás Tamayo y Vargas, de Esquivias. Andrés Claramonte lo creyó natural de Toledo. Nicolás Antonio, de Sevilla. Don Diego Ortiz de Zúñiga también le atribuyó Sevilla. Otra tradición aseguraba que era natural de Lucena. Luego competirían también Alcázar de San Juan y Consuegra.

En 1748, encontró Juan de Iriarte, en la sala de manuscritos de la Biblioteca Real, una edición impresa en Granada, en 1581, concerniente a 185 cautivos rescatados en Argel el año anterior, entre cuyas primeras partidas se mencionaba a «Miguel de Cervantes, de edad de treinta años, natural de Alcalá de Henares». Este documento lo envió a su sobrino Iriarte, y al día siguiente se lo comunicó al padre Sarmiento. El benedictino celebró la noticia y realizó algunas diligencias complementarias, como la lectura de la Topografía e historia de Argel del padre Haedo, que se publicó en Valladolid en 1612, que corrobora la información… Para el padre Haedo Miguel de Cervantes era un «hidalgo principal de Alcalá de Henares». En una de las obras que dejó manuscritas Sarmiento, dijo que estaba claro en la historia de Argel que la verdadera patria de Cervantes era Alcalá.

La insistencia de Sarmiento para que Pingarrón estimulase la búsqueda de la partida de bautismo llevó a encontrarla en la parroquia de Santa María. El cura, Sebastián García y Calvo, envió una copia certificada el 18 de julio de 1752, que publicó don Agustín Montiano el 19 de junio del mismo año 1752.

Poco después apareció en Alcázar de San Juan, lugar de la Mancha perteneciente al priorato de Castilla, otra fe de bautismo en la que consta que el 9 de noviembre del año 1558 fue bautizado por el licenciado Alonso Díaz Pajares un hijo de Blas Cervantes Saavedra y de Catalina López al que le puso de nombre Miguel. En el margen tenía anotado, en distinta letra, «este fue el autor de la historia de D. Quijote», lo que complicó el problema de la patria cervantina. Algunos literatos creyeron que se trataba verdaderamente del Cervantes del Quijote, conjetura que además venía apoyada por las referencias continuas de Cervantes a la Mancha. En Alcázar existía la tradición de que Cervantes era del pueblo, y la nota marginal de la partida lo confirmaba.

Sarmiento confrontó ambas partidas en 1760, comparando también la mención de Haedo junto con otras demostraciones convincentes de Vicente de los Ríos, que llevaron a la confirmación de que era Alcalá el lugar de nacimiento. (Cervantes, pag. 45 y 46)

Muñoz Machado anota que «Poco después apareció en Alcázar de San Juan, lugar de la Mancha perteneciente al priorato de Castilla, otra fe de bautismo en la que consta que el 9 de noviembre del año 1558 fue bautizado por el licenciado Alonso Díaz Pajares un hijo de Blas Cervantes Saavedra y de Catalina López al que le puso de nombre Miguel». Casi de la misma manera que ya lo hizo Vicente de los Ríos en el Quijote de la RAE de 1780: «A poco tiempo de haberse estampado la partida de bautismo que antecede, se encontró en Alcázar de San Juan, Lugar de la Mancha perteneciente al Gran Priorato de Castilla, otra fe…». No, la partida de Miguel de Cervantes Saavedra de Alcázar de San Juan no apareció «poco después» de haberse descubierto en 1752 la de Alcalá de Henares y publicada por Montiano en su Discurso II sobre las tragedias españolas en 1753, sino que fue descubierta por Blas de Nasarre en 1748, cuatro años antes.

También afirma Muñoz Machado que «en una de las obras que dejó manuscritas Sarmiento, dijo que estaba claro en la historia de Argel que la verdadera patria de Cervantes era Alcalá». El padre Martín Sarmiento llega a esta conclusión, después de leer en 1752 la Topografía e historia general de Argel (1612) del padre Haedo, además de cotejar las dos certificaciones de las partidas de Alcalá de Henares y Alcázar de San Juan. Pero también el padre Sarmiento, en su manuscrito Noticia de la verdadera patria (Alcalá) de ÉL Miguel de Cervantes estropeado en Lepanto, cautivo en Argel y autor de la Historia de D. Quixote y conjetura sobre la Insula Barataria de Sancho Panza (1761), conservado en la BNE (Mss_018031), hace la cronología de las búsquedas de estas dos partidas, y no corresponde con la afirmación de Muñoz Machado en su Cervantes.

En 1761, escribe el padre Sarmiento:

El  año de 1717, estando en este mi monasterio de S. Martin de Madrid, baxaba con frecuencia a la librería, que contiene 9 mil tomos. No tanto baxaba a leer; quanto a enredar y revolver libros. Sucedió, que entre ellos tropezé con uno en folio, cuyo título era: Topographia, è Historia General de Argel. Su autor, el Mro Pe fr. Diego de Haèdo, benedictino. Lei un poco de la Topographia, y me pareció muy bien. Pero preocupado de que un monxe benito no podría tratar con exactitud y acierto, de las cosas de Argel; desamparé aquel libro, y eché mano de otro para divertirme. Despues, no volvi a ver ese Pe Haèdo, asta el año de 1752.

Ese año de 1752, entre otros libros que compré, compré el dicho tomo Historia de Argel. A la primera abertura del libro abri en la pag. 185 del Dialogo de los Martyres; en donde esta el famoso contexto de que era Miguel Cervantes un hidalgo principal de Alcalá de Henares…

 Asi que tropezé con la noticia de la verdadera Patria de Cervantes, la comuniqué, y con franqueza, al librero Francisco Manuel de Mena, que viene a mi celda con frecuencia. Señasele el libro, y el folio 185 de Haedo. Encarguele que esparziesese esa noticia de que Alcalá era la Patria de Cervantes; en la Rl Bibioteca, y en otros congresos de literatos. Mi fin era para que si alguno quisiese tratar ese punto, viese antes en Alcala la Fee de Bautismo de Cervantes. Creo que algunos hizieron la diligencia. Pero el que mas se esmeró en hacerla ha sido Dn Agustin de Montiano y Luyando, secretario de Su Mag. Y de la R. Academia de la Historia.

Este discreto y erudito caballero, solicitó que en Alcalá se vuscase la Fee de Bautismo. Vuscose, se halló y se le remitió. Y aviendola copiado, la imprimió a la letra en la pagina 10 de su tomo Discurso sobre las Tragedias Españolas: y la Tragedia Athaulpho. Alli supone, que yo tropeze con el texto del Pe Haedo que expresa que Cervantes ha sido de Alcala de Henares. El dicho tomo se imprimió en 1753 en 8º y en el se cita la pag 185 de Haedo para la noticia.

El padre Sarmiento, convencido de lo que había leído del padre Haedo,  coetáneo de Cervantes, es quien en 1752 insta a que se buscase en los archivos parroquiales de Alcalá de Henares la fe de bautismo de Miguel de Cervantes. Ya se había hecho en 1748 un primer intento de localizar la partida de bautismo en Alcalá, después de que Juan de Iriarte encontrase una relación de cautivos liberados en 1580, en la que aparecía un «Miguel de Cervantes, natural de Alcalá de Henares, de edad de treinta e un años». Quizás, el haber centrado la búsqueda en los apuntes de los niños bautizados en los años 1549 a 1550 fue el motivo del fracaso. 

Blas de Nasarre (1689-1751), bibliotecario mayor de la Biblioteca Real y académico de la Real Academia Española, además de ser quien descubre en 1748 la partida de bautismo en Alcázar de San Juan, un año más tarde hace lo mismo con el acta de defunción de Miguel de Cervantes, encontrada en la parroquia de San Sebastián de Madrid, con la fecha de su muerte: «En 23 de abril de 1616 murió Miguel Cervantes Saavedra, casado con doña Catalina de Salazar, calle del León…». Nasarre publica esta acta de defunción en la «Disertación o Prólogo» de las Comedias y Entremeses de Miguel de Cervantes Saavedra, editadas en1749, pero sin su firma.

El padre Sarmiento, en su manuscrito, refiriéndose a Nasarre como «el anonymo», por haber publicado sin firmar esa «Disertación o Prólogo» a las Comedias, le confiere la autoría del descubrimiento de la partida de Cervantes en Alcázar de San Juan:

El Anonymo, que en 1732, reimprimio el Quixote de Tordesillas del pseudonymo Alonso Fernandez de Avellaneda; y el Anonymo, que en 1749 reimprimio Las Comedias de Cervantes, y le puso un largo Prologo, ha sido un solo autor bien conocido; y el cual estaba de asiento algunas veces en la Mancha. Me persuado a que a ese se le comunicó la noticia de la certificación del Alcazar de Sn Juan. Digo esto; porque antes que yo tropezase con la Historia de Argel; y aun antes que muriese el dicho Anonymo; me avian dicho en la celda, que ya se avía descubierto en la Mancha, la Patria de Cervantes; y tengo idea confusa de que señalaron el Alcazar de Sn Juan.

La cronología real de las apariciones de ambas partidas de bautismo, la de Alcázar de San Juan y la de Alcalá de Henares, es evidente. Antes de que el padre Sarmiento comprara y leyese la Historia de Argel, del padre Haedo, «en donde esta el famoso contexto de que era Miguel Cervantes un hidalgo principal de Alcalá de Henares», cosa que hace en el año 1752, ya se conocía la partida de bautismo de Miguel de Cervantes en Alcázar de San Juan, descubrimiento atribuido a Blas de Nasarre. Si Nasarre muere en 1751, habiendo publicado el acta de defunción de Cervantes en el prólogo de las Comedias editadas en 1749, la fecha de la aparición pública de la partida alcazareña de 1748 es cuatro años anterior al descubrimiento de la alcalaína y cinco de su publicación por Agustín de Montiano. 

Esta cronología en la aparición de las partidas de bautismo no cambia en nada la biografía oficial conocida de Miguel de Cervantes. Tampoco cambia la tradición que se ha transmitido en Alcázar de San Juan de generación en generación, que llegó incluso a cambiar su nombre oficial a Alcázar de Cervantes durante algunos años del pasado siglo XX. Antes de que Blas de Nasarre escribiese en 1748, al margen de la partida alcazareña, «Este fue el autor de la Historia de Dn Quixote», la tradición alcazareña ya había reconocido a su vecino Miguel, primer hijo de Blas de Cervantes Saavedra y Catalina López, como el autor del Quijote.

                                                     Luis Miguel Román Alhambra

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ALONSO DE MARAÑÓN Y EL LUGAR DE DON QUIJOTE

ʺPOR EL HILO SE SACARÁ EL OVILLOʺ (Q1, 4)

El Quijote, «una tela de varios y hermosos lazos tejida»
De mi artículo El sastre del cantillo:
A principios del siglo XVII Cervantes es ya una persona mayor, y en su cabeza rondan mil historias y cuentos, vivencias personales y fábulas oídas junto al fuego de las muchas ventas en las que tuvo que pasar las noches de camino. No quiere escribir «cuentos disparatados que atienden solamente a deleitar…», donde «un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante como una torre y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique…», o el espacio-tiempo narrado es imposible como cuando «una gran torre llena de caballeros va por la mar adelante, como nave con próspero viento, y hoy anochece en Lombardía y mañana amanezca en tierras del preste Juan de las Indias, o en otras que ni las descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo…».
Abandona lo que tiene escrito, aunque quizás lo recicle después en la novela como hizo con otras novelitas o cuentos que tenía guardados en un cajón, y decide hacer sin probaturas, no tiene tiempo para eso, el Quijote:
«… hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lazos tejida, que, después de acabada, tal perfeción y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho». (Q1, 47)
Sabe el gusto de los muchos lectores de novelas de caballerías, que como las comedias que se representaban «todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza», pero también reconoce «que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide no sirven sino para cuatro discretos que las entienden». Por tanto, su ingenioso invento literario tiene que satisfacer a todos, a «discretos e ignorantes», para evitar, según precisa él, que «al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, que vendré a ser el sastre del cantillo».
Tenía que ingeniar de cabo a rabo, para no llegar a ser aquel «sastre del cantillo que ponía de su casa el hilo», una novela que fuese leída con agrado e interés por mucha gente de toda condición, tanto por los discretos como por el vulgo, porque, cómo él bien sabía, solo con la fama no se llenaba el plato de comida.
Cervantes cose sus cuentos, invención suya o reciclando los escuchados, con personajes reales, cotidianos, hilvanándolos todos y cada uno con el sutil hilo del espacio conocido y el tiempo real. Cambia así, con este «discreto artificio» las formas de componer los antiguos libros de caballerías, en las que el lector tenía que trasladarse mentalmente al tiempo del protagonista, a veces a los lejanos siglos XII-XIV, creando un novedoso libro de caballerías en el que es el antiguo caballero andante el que se traslada a principios del siglo XVII.
Elige para su protagonista la figura de Alonso, un hidalgo manchego normal de su tiempo, el Renacimiento, que se comportará como un antiguo caballero andante del Medievo durante las aventuras en la figura de don Quijote, llevándolo por caminos y parajes reales, haciendo así el Quijote verosímil y creíble para sus lectores. De no haberlo hecho así, su libro de caballerías no habría trascendido hasta nuestros días como el Quijote.

Una novela con hechos históricos conocidos por todos
Entre los discretos artificios, o recursos literarios, que ingenió para que su novela «tire lo más posible a la verdad» fue la de incorporar a las aventuras del hidalgo manchego referencias de hechos históricos recientes, muy conocidos por cualquier lector de su época, como por ejemplo la expulsión de los moriscos de España (1609-1613) o el desastre de la Armada española en la bahía granadina de La Herradura (1562)
Alusiones históricas que de omitirlas la ficción quijotesca no habría variado en absoluto. Sin duda alguna, Cervantes hilvana estos datos en el cuento a propósito con el fin de dar verosimilitud a las aventuras del trasnochado hidalgo manchego.
De la expulsión de los moriscos de España se han escrito miles de folios, siendo un hecho todavía hoy recordado por la gran trascendencia que tuvo en la sociedad española y en los propios expulsados. Pero no tanto del naufragio de una buen aparte de la Armada en las costas de Almuñécar. ¿Qué ocurrió aquel 19 de octubre de 1562 en La Herradura para que Cervantes la recuerde medio siglo después en el Quijote?
Solo recordar que Carlos I y su hijo Felipe II heredan una Marina militar instaurada en España durante el reinado de Fernando III el Santo y legislada en el Código de las Partidas por su hijo Alfonso X el Sabio en el siglo XIII. La escolta por el Atlántico de galeones que transportaban desde América oro y plata, las intrigas de franceses e ingleses y el poder de la flota turca, que amenazaba constantemente las costas del Mediterráneo con una invasión en cualquier parte, hizo que en el siglo XVI la Marina de Guerra española tuviese un gran auge. La incertidumbre constante en el Mediterráneo obligó a la Corona a dotar a este espacio de un gran número de embarcaciones de guerra a la Armada Española.
Las malas condiciones del mar son factores determinantes que condicionan la navegación de los navíos, más en aquellas embarcaciones que incluso las podían hacer naufragar con cierta facilidad. Condiciones desfavorables especialmente en invierno, tiempo que si las circunstancias lo permitían la flota lo pasaba resguardándose en algún puerto seguro.
El 18 de octubre de 1562, la escuadra de veintiocho galeras capitaneada por don Juan de Mendoza, después de aprovisionarse en el puerto de Málaga zarpa en dirección a Orán, para realizar una de sus últimas operaciones antes de su refugio invernal. Después de pasar la noche, remando bajo la lluvia y con vientos cambiantes, se refugian sobre las diez de la mañana en la bahía de La Herradura, detrás de la Punta de la Mona. Resguardados del fuerte viento del Levante, parecía entrar la calma en la flota cuando un fortísimo viento del Sur, sin tiempo si quiera de levar anclas para tratar de cambiar su posición a remo, empuja sin control a las galeras entre ellas y contra las rocas cercanas.

De la galera Capitana de España, al mando del propio don Juan de Mendoza, solo se salvaron cinco personas de las más de cuatrocientas que iban a bordo. Don Juan de Mendoza también murió ahogado después de golpearle uno de los palos de las velas y ser arrastrado al mar. En tres trágicas horas, de las veintiocho galeras de la escuadra española quedaron a flote y maltrechas solo tres. Las pérdidas humanas fueron enormes, algunos investigadores llegan a cifrarlas en cinco mil personas, entre soldados, marineros, galeotes y personal civil embarcado en Málaga.

Para dimensionar la magnitud del desastre naval de La Herradura, basta con compararla con el comienzo del epílogo de la Gran Armada. La Invencible, como ordinariamente se le recuerda por los ingleses, sufrió durante más de un mes, en septiembre de 1588, terribles tormentas frente a las costas de Irlanda, naufragando veintiocho embarcaciones, entre buques de guerra y cargueros, muriendo varios de miles de personas, de un total de treinta y cuatro o treinta y cinco buques perdidos durante toda la campaña contra los ingleses. Una tragedia similar en pérdidas humanas y materiales ocurrió en La Herradura, pero tan solo en tres horas dramáticas.
Aunque el desastre, en primer momento, se trató de silenciar para evitar un ataque turco a las desprotegidas ciudades de la costa del Mediterráneo, una vez recompuesta la flota española y derrotada la del imperio otomano en Lepanto, en 1571, fueron constantes las informaciones en España y América sobre esta gran tragedia en la ensenada de La Herradura.
Información que también pudo Cervantes haberla conocido de primera mano de los mismos vecinos de Motril, Salobreña y Almuñécar, que acudieron a ayudar a los heridos y sobrevivientes ese mismo día. Cervantes estuvo en Motril en 1594 ejerciendo de funcionario recaudador de impuestos atrasados. Fue un hecho que conmocionó a la comarca durante años por la gran cantidad de cuerpos recogidos sin vida en la playa por sus vecinos.
Las relaciones nominales de hombres y mujeres que iban a bordo de las galeras se perdieron en el naufragio y en los incendios de los archivos de la Alhambra y Valencia de don Juan, donde se llevaron todos los documentos encontrados en la arena de la playa. Se conoce el número de soldados, marineros y remeros que integraban cada galera por cartas de información, pero no sus nombres.
Volvamos al Quijote. Este dramático suceso es citado en el capítulo XXXI del segundo Quijote. Al inicio de la comida con la que fueron recibidos amo y escudero en el palacio de los duques, Cervantes intercala un cuentecillo en boca de Sancho a cuenta del protocolo exigido por el duque a don Quijote para sentarse a la mesa: «Si sus mercedes me dan licencia, les contaré un cuento que pasó en mi pueblo acerca desto de los asientos». Con la debida incertidumbre en don Quijote por lo que Sancho pudiera decir y cómo lo iba a decir, ante la insistencia de la duquesa Sancho Panza dice:

Y el cuento que quiero decir es este: convidó un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal,… a un labrador pobre, pero honrado. Y así, digo que llegando el tal labrador a casa del dicho hidalgo convidador,… estando, como he dicho, los dos para sentarse a la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase la cabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba también que el labrador la tomase, porque en su casa se había de hacer lo que él mandase; pero el labrador, que presumía de cortés y bien criado, jamás quiso, hasta que el hidalgo, mohíno, poniéndole ambas manos sobre los hombros le hizo sentar por fuerza, diciéndole: Sentaos, majagranzas; que adonde quiera que yo me siente será vuestra cabecera. Y este es el cuento, y en verdad que creo que no ha sido aquí traído fuera de propósito. (Q2, 31)

Cervantes, para dar credibilidad al cuento de Sancho, pone identidad concreta al hidalgo convidador. Realmente el cuento de Sancho comienza así:


Y el cuento que quiero decir es este: convidó un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque venía de los Álamos de Medina del Campo, que casó con doña Mencía de Quiñones, que fue hija de don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que se ahogó en la Herradura, por quien hubo aquella pendencia años ha en nuestro lugar, que, a lo que entiendo, mi señor don Quijote se halló en ella, de donde salió herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el herrero… ¿No es verdad todo esto, señor nuestro amo? Dígalo, por su vida, porque estos señores no me tengan por algún hablador mentiroso.


Según Sancho, «este tal hidalgo, que yo conozco como a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya un tiro de ballesta», era «muy rico y principal, porque venía de los Álamos de Medina del Campo», y estaba casado con una hija de «don Alonso de Marañón, un caballero del hábito de Santiago, que se ahogó en la Herradura», del mismo lugar de don Quijote y Sancho.
Y cose otro hermoso lazo al cuento. Sancho muestra su pesadumbre por no haber podido asistir a su entierro por encontrase trabajando en el cercano lugar de Tembleque, «que buen poso haya su ánima, que ya es muerto, y por más señas dicen que hizo una muerte de un ángel, que yo no me hallé presente, que había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque…», lo que provoca al eclesiástico para decirle: «Por vida vuestra, hijo, que volváis presto de Tembleque, y que sin enterrar al hidalgo, si no queréis hacer más exequias, acabéis vuestro cuento».
Entre los lugares manchegos de Alcázar de San Juan y Tembleque hay unos 50 km, aproximadamente 8 a 9 leguas, por camino llano. Esta distancia la recorrería Sancho sobre su rucio o a pie en unas 8 a 9 horas, una jornada normal de camino. Espacio más que cercano para decidir dejar a su familia e irse a trabajar unos días en la siega, una vez terminada en su pueblo y así traer unos dinerillos a la maltrecha economía de su casa. De nuevo, al nombrar un lugar manchego real como Tembleque, cercano al lugar de don Quijote y Sancho Panza, da verosimilitud al cuento y en general al texto del Quijote.
En este cuento Cervantes cose «hermosos lazos», sin venir a cuento. La enseñanza que de él trasciende es totalmente independiente de los detalles personales sobre el origen del hidalgo convidador, de la desgraciada pérdida de su suegro en el naufragio de La Herradura y la relación de vecindad que los unía. Además de otro lacito sobre Mencía de Quiñones, la hija de don Alonso de Marañón, «por quien hubo aquella pendencia años ha en nuestro lugar, que, a lo que entiendo, mi señor don Quijote se halló en ella, de donde salió herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el herrero…». Don Quijote, dejando al lector en ascuas sobre qué hacía él en aquella pendencia por Mencía, apremia a Sancho a que termine el cuento: «Tú das tantos testigos, Sancho, y tantas señas, que no puedo dejar de decir que debes de decir verdad. Pasa adelante y acorta el cuento, porque llevas camino de no acabar en dos días»

Los Álamos de Medina del Campo
La familia de los Álamos es muy conocida en Medina del Campo, más aún por aparecer en la novela más leída en el mundo. En un manuscrito guardado en la BNE, escrito en 1785 y titulado Noticias varias que se han recogido tocantes a la Historia de Medina del Campo, cuyo autor es Julián de Ayllón y la Vega, prior de la Insigne Iglesia Colegial de Medina del Campo, se describe minuciosamente la historia de la ciudad y la «Genealogía de algunas familias ilustres de la Villa de Medina del Campo». Ayllón anota al margen de quienes tomó notas: «Historiadores de Medina Lopez Osorio, Juan de Montalvo, Domingo de León».

En los folios 208 y 209 de este volumen encontramos la «Descendencia de la Familia apellidada de Alamos, sus armas son banda roxa en campo blanco»: La familia de Alamos es tan antigua en Medina, que de todos es ignorado su principio, como sabida su nobleza, lustre, y calidad; de cuya sangre hai pocas familias que no hayan participado […] Hai calle entera de su apellido llamada de Juan de Alamos, todo indicios y evidencias de su gran calidad.
Juan de Álamos el Bueno era hijo de Hernán González de Álamos y nieto de Diego González de Álamos «caballero de suma estimación en el Reinado del rei D. Alfonso el ultimo; y fue uno de aquellos, á quien armó caballero de la banda en las Huelgas de Burgos», origen de la familia de los Álamos. Hernán González de Álamos tuvo dos hijos: Juan y Francisca de Álamos. De Juan de Álamos anota Julián de Ayllón en el margen: «Juan de Alamos sirvió en la Conquista de Oran y Mazalquivir, siendo capitán de una compañía de hombres de armas y otra de infantería en 1505».
Julián de Ayllón respalda junto a cada nombre el lugar que ocupa en el linaje de la familia:
Este Juan de Alamos nº3 casó con Dª Leonor de Silva, natural de Ciudad Rodrigo, hija de D. Hernando de Silva; tuvieron por hijos á
Hernando de Alamos nº 5
Francisco de Silva nº 6
Ruy Lopez de Alamos nº 7
Antonio de Alamos nº 8
Dª Constanza de Silva nº 9

De la hermana de Juan de Álamos anota que «Dª Francisca de Alamos nº 4 casó con Pedro Morejon (Vease el apellido de Morejon nº 1) y fueron primogenitores de esta familia»
A continuación anota a los hijos de Juan de Álamos, sus matrimonios y descendencias:
Hernando de Alamos nº 5 … casó con Dª Isabel de Barrientos, hija de ::: tuvieron á Juan de Alamos y Barrientos nº 10.
Francisco de Silva nº 6… casó con Dª María Rejón, señora de esta casa, y la prosiguieron siguiendo sus hijos y descendientes el apellido de Rejon, como se advierte tratando de él. Este Francisco de Silva sirvió al Emperador en las guerras de Africa; cautivándole en ellas por cuyo rescate se dio á Gamaz, general del Turco.
Ruy Lopez de Alamos nº 7… fue caballero de justicia del habito de San Juan; no sabemos si llegó á encomendar.
Antonio de Alamos nº 8… casó con Dª Bernarda Morejon, [y tuvieron a d.] Hernando de Alamos nº 11
Dª Constanza de Silva, nº 9… casó con Francisco del Carrillo; y tuvieron a Dª Leonor de Silva nº 12

De los hijos de Juan de Álamos, que vivieron durante gran parte del siglo XVI, todos emparentaron con vástagos de familias ilustres de Medina del Campo, menos Ruy López de Álamos, de quien Julián de Ayllón desconoce su estado y descendencia: «Rui Lopez de Alamos nº7… fue caballero de justicia del habito de San Juan; no sabemos si llegó á encomendar»
Ayllón, cuando escribió esta minuciosa relación de las familias de Medina del Campo, conocía los datos que de esta familia había escrito Juan López Ossorio, entre 1614 y 1615. El manuscrito de López Ossorio, guardado en la Real Academia de la Historia, está recogido por Ildefonso Rodríguez y Fernandez en su Historia de la muy noble y leal y coronada Villa de Medina del campo (Madrid, 1903-1904). Ossorio tituló su manuscrito Ystoria titulada principio, grandeza y caída de la novle villa de medina del campo, fundación y nombre que a tenido hasta el tiempo presente por Juan Lopez Ossorio vecino della.
López Ossorio al hacer la crónica sobre la familia Rejón, de las importantes de Medina del Campo, emparentada con la de los Álamos con uno de los hijos de Juan de Álamos, anota:
Tuvo este caballero [Cristóbal Rejón] por su hija legítima, sucesora en su mayorazgo á Dª María Rejón, á quien casó con Francisco de Silva, que sucedió en los dichos cargos, y yendo el año [15]42 por orden del Emperador á la dicha Oran, á cosas de importancia y á la guerra que se había de hacer en el Reino de Tremecén, llevó consigo al Comendador Ruy Pérez de Silva, su legítimo hermano, Caballero de la Orden de San Juan, y á otros muchos criados suyos. Siete galeras de moros cautivaron al dicho Francisco de Silva, donde, por defensa suya, murió el Comendador, su hermano, y llevaron cautivo al dicho Francisco de Silva á Argel; costó su rescate 3.000 ducados y 3.000 fanegas de trigo, y porque este rescate tuviese efecto por quererle tanto el Emperador, ofreció además que le daría en trueque de su persona á Hali Hamete, General del Turco, que era cautivo de D. Ur.no de Mendoza, y el dicho Francisco de Silva, acabó la vida continuando estos servicios. Este caballero Francisco de Silva, fué hijo de un caballero principal y antiguo de Medina del Campo, llamado Juan de Alamos, él Bueno, y de Dª Leonor de Silva, natural de Ciudad Rodrigo, de la familia de los Silvas, tan principal y notoria en estos Reinos.
López Ossorio da por muerto en la campaña de Orán a uno de los Álamos, Ruy Pérez de Silva: «llevó consigo al Comendador Ruy Pérez de Silva, su legítimo hermano, Caballero de la Orden de San Juan, y á otros muchos criados suyos. Siete galeras de moros cautivaron al dicho Francisco de Silva, donde, por defensa suya, murió el Comendador, su hermano». Mientras que Ayllón, que lo apellida López de Álamos, desconoce su destino: «Rui Lopez de Alamos nº7… fue caballero de justicia del habito de San Juan; no sabemos si llegó á encomendar» En ninguna de las crónicas Ruy aparece desposado.
Sin duda alguna, ambos cronistas se están refiriendo a una misma persona, Ruy, un Álamo que muerto o ausente de la villa no dejó rastro en Medina del Campo. Solo este Álamo, Ruy Pérez o López, pudo contraer matrimonio tan largo de Medina del Campo como para que sus cronistas hayan perdido su rastro, si es que no murió realmente en las campaña en las costas africanas, como afirma López Ossorio.

Los Álamos en Alcázar de San Juan
¿Existió descendencia directa de la familia de los Álamos de Medina del Campo en Alcázar de San Juan antes de la escritura del Quijote? Según el cuento de Sancho sí:
Y el cuento que quiero decir es este: convidó un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque venía de los Álamos de Medina del Campo, que casó con doña Mencía de Quiñones, que fue hija de don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que se ahogó en la Herradura … (Q2, 31)
Siguiendo el comienzo del cuento, si el Álamos de las crónicas de Medina del Campo es Ruy Pérez o López, y se establece, desconociendo los motivos, en Alcázar de San Juan, es más que posible que el apellido Álamos esté documentado en los archivos alcazareños. Sus descendientes también podrían llevar, según costumbre en Castilla, apellidos de los padres, solo del padre o de la madre, o de sus ascendientes directos, como el de los abuelos o bisabuelos. Por los posibles errores en las anotaciones he buscado tanto Álamos como Álamo, aunque bien pueden ser familias distintas.
La primera noticia documentada que se tiene de un Álamo en Alcázar de San Juan es la de un clérigo alcazareño que se embarca en Sevilla hacia América en 1528. En los fondos de la Casa de la Contratación de Indias creada en 1503, actualmente en el Archivo General de Indias de Sevilla, se conservan los documentos con las licencias para embarcar a América y Filipinas desde 1509, que han sido catalogados para su mejor uso. En el Catálogo de Pasajeros a Indias editado por el CSIC (1940) en el primer volumen (1509-1534) se recogen las papeletas de nueve alcazareños que fueron a América.

El 10 de abril de 1528 se da licencia para embarcar a «Garci Díaz, clérigo, natural de Alcázar de Consuegra, hijo de Diego del Alamo y de Marina Díaz». Este clérigo alcazareño fue nombrado primer obispo de Quito en 1546.
No hay registros de ningún otro Álamo o Álamos hasta los anotados en los libros sacramentales de la parroquia de Santa María. En el Concilio de Trento, celebrado entre los años 1545 y 1563, se ordena el «control y registro de los sacramentos» como una de las actividades propias de las parroquias. Así surgen los libros sacramentales y con ellos los archivos parroquiales.
En el siglo XVI existían en Alcázar de San Juan dos parroquias: Santa María la Mayor desde muy antiguo, siglo XIII, y Santa Quiteria instituida como tal en 1511. Ambas parroquias comenzaron a anotar, a partir de mediados del siglo XVI, en los libros sacramentales bautizos, confirmaciones, matrimonios y defunciones. Lamentablemente el archivo parroquial de Santa Quiteria desapareció durante la Guerra Civil Española (1936-1939), perdiéndose una gran parte de la historia alcazareña. El archivo parroquial de Santa María la Mayor, que se mantuvo en secreto durante la guerra, sí se conserva en un buen estado.
Ya en el Libro Primero de desposorios y velaciones, desde el 11 de junio de 1568 hasta el 7 de enero de 1635 hay constancia del apellido Álamo o Álamos.

El 24 de septiembre de 1568, Juan del Álamo es padrino de Alonso y Lucía «moriscos naturales del Reino de Granada».

Volvemos a encontrar a Juan del Álamo el 3 de octubre de 1571, esta vez como testigo, en las velaciones de Lorenzo de Buendía e Isabel Pérez «cristianos nuevos», y el 21 de julio de 1576, de nuevo como testigo de las velaciones de Miguel y Catalina Díaz.

En el folio 20 v aparece Juan del Álamo en la anotación de desposorio y velación de su hija María Díaz: «En 27 de octubre de 1578 años desposo y velo el padre Pedro Díaz a Juan Díaz Maroto hijo de Ruy Díaz Maroto y a María Díaz hija de Juan del Álamo…»

Hasta 1586 no aparece el apellido de los Álamos. En el folio 45, el 6 de noviembre de 1586 «desposo y velo el padre Roman a Juan García y a Catalina López hija de Alonso de los Alamos»

El 14 de enero de 1593 contraía matrimonio «Juan del Alamo hijo de Juan del Alamo y Mari Diaz hija de Juan Merino…»

Julián del Álamo aparece en la anotación tercera del folio 79: «yo Hernan Jimenez Roman desspose y vele a Alonso Diaz Moreno y a Ana Gomez hija de Julian del Alamo…»

Es ya entrado el siglo XVII cuando encontramos de nuevo a otro de los Álamos. La anotación dice así:
En 12 dias del mes de enero del año de 1609 desposo el padre fray Juan Roman y belo a Francisco García de los Alamos y a Mari Diaz hija de Juan Lorenzo batanero fue su padrino Bernabe de Resa y doña Catalina Roman su mujer testigos Juan Roman y Jeronimo Romero y Cristobal de Leon y lo firmo el dicho fray Juan. Padre Juan Roman.
Es significativo que el padrino de este desposorio fuese un Resa, familia que veremos emparentada con los Marañón más adelante.
En el Libro Primero de Bautismos (1556-1635), muy consultado por tener entre sus inscripciones la de un Miguel, hijo de Blas de Cervantes Saavedra bautizado el 9 de noviembre de 1558, del que la tradición alcazareña dice ser el autor del Quijote, aparece en 1562 el bautizo de Catalina, una hija de Alonso García de los Álamos e Inés López.

Dice así la inscripción:
En once días del del mes de maio de mil e quinientos y sesenta y dos años cristiano el padre Galan una hija de Alonso Garcia de los Alamos y de su mujer Ynes Lopez dixose Catalina fue conpadre de pila Juan de Meco y su mujer acompañados de Sebastian Sanchez y Pero Muñoz Parrado y sus mujeres.
Como evidencian los archivos, durante el siglo XVI en Alcázar de San Juan, al menos en los que se conservan de Santa María, hay constancia de apellidos «de Álamo» y «de los Álamos»

La familia Marañón en Alcázar de San Juan
De la familia Marañón, aunque es una familia muy antigua en Alcázar de San Juan, en esta parroquia de Santa María hay muy pocas anotaciones. Está documentado que la casa de la familia Marañón se encontraba en la conocida Calle de Resa, hoy Calle Canalejas, adscrita a la parroquia de Santa Quiteria. Es en los libros de esta parroquia donde se encontrarían anotados los bautizos, desposorios y defunciones de esta familia.
No obstante, en los archivo de Santa María aparece por primera vez el apellido Marañón en el desposorio de Francisco Pérez Marañón con una hija del doctor Valdivieso, de familia muy importante en Alcázar de San Juan.

En el folio 100 al margen se lee «Francisco Perez Marañon». La anotación dice:
En 28 de febrero de 1601 años yo fray Juan de Valdivieso despose a Francisco Perez Marañon y a doña Paula de Valdivieso hija del doctor Valdivieso velolos el padre fray Alonso de Valdivieso fue su padrino Diego de Ubeda y Ana Romero su mujer. Testigos Alonso Diaz de Villamayor [y] Cristóbal Diaz de Leon.

El 18 de febrero de 1607 «Alonso [Francisco] Pérez Marañon y su mujer doña Paula» fueron padrinos de Juan de Caliztón e Inés Díaz «cristianos nuevos». Es muy posible que el nombre de Alonso sea un error de quien hizo el registro y corresponda al de Francisco, al ser el esposo de doña Paula de Valdivieso, como afirma el anterior registro.
En el Archivo Histórico Municipal de Alcázar de San Juan se conservan los libros de actas de las reuniones de los alcaldes y regidores de la villa, donde encontramos a Francisco Pérez Marañón, un hidalgo con el cargo de alcalde por el estado noble. En el primer libro, de 1599 a 1609, en folio 210 v. se nombran Comisarios de las Yglesias el 1 de diciembre de 1604. Parte del acta dice así: «Primeramente nombraron para comisarios de la iglesia de santa Maria a los señores Francisco Perez Marañon alcalde y al licenciado Perez Cencerrado y Francisco Hidalgo regidores…»

Unos meses más tarde, en julio de 1605, se vuelve a comisionar al alcalde Francisco Pérez Marañón para que compre trigo y cebada para el pósito del municipio. En el folio 232 podemos leer:
En la Villa de Alcaçar a trece días del mes de julio de mil y seiscientos y cinco años los alcaldes y regidores que abajo firmaron sus nombres, estando juntos en la torre de su ayuntamiento a campana tañida como lo tienen de costumbre, dijeron que se les a dado noticia que cerca desta villa en los lugares de su comarca ay personas que tratan de vender algunas partidas de candeal y cevada, y por aver necesidad de pan en esta villa y ser cosa conveniente conprarlo para la provisión del posito acordaron que Francisco Perez Marañon Alcalde ordinario les baya ahacer las compras que pudiere con la mayor comodidad y aprovechamiento del posito que fuere posible y asiente y concierte con los dueños del pan al precio o precios que se les vaya de pagar.
Francisco Pérez Marañón fue alcalde de la villa de Alcázar hasta final de 1606, siendo comisionado en varias ocasiones, e incluso metido preso en la torre del ayuntamiento por el gobernador del prior de San Juan, ante las denuncias de la villa contra este gobernador por quebrantar la primera instancia, privilegio que tenía la villa.
Descendientes directos son Alonso y Francisco Pérez Marañón, alcalde ordinario de la villa en 1664. Ambos se desposan con mujeres de familias muy importantes de Alcázar de San Juan. Alonso con Margarita Resa Orozco y Francisco con Isabel Saavedra.
Un hijo del matrimonio formado por Alonso Pérez Marañón y Margarita Resa Orozco es Francisco Resa Orozco, quien mantuvo cargos como regidor (1697) y alcalde ordinario (1702 y 1703) en el ayuntamiento de Alcázar de San Juan. De su matrimonio con Serafina Aguilera nacen Francisco José de Resa Marañón y Alonso José Marañón y Aguilera.
Del matrimonio de Francisco Pérez Marañón e Isabel Saavedra conocemos a Juan Saavedra. Hijos de este son Juan Antonio y Francisco Antonio Saavedra y Marañón.


A estos últimos miembros relacionados de la familia Marañón los hallamos en los documentos detalladísimos que se tuvieron que elaborar entre 1752 y 1753 para el conocido como Catastro de Ensenada, con el fin de averiguar «los Bienes y Efectos en que pueda fundarse una sola Contribución»

Alonso José Marañón y Aguilar firmaba entre los alcaldes y regidores a la instancia del juez encargado de las diligencias don Alonso de Zamora Aguilar, en agosto de 1752.

Para la ejecución de los registros que se tuvieron que realizar a todos los vecinos de Alcázar de San Juan, se reunieron en septiembre de 1752 en el ayuntamiento «los señores Don Diego Moreno Barchino y Don Manuel Guerrero y Romero, Alcaldes Ordinarios, en ambos estados; Don Juan José Guerrero, Don Pedro Sanchez Berenguillo y Don Alonso Marañon y Aguilera, Regidores…» para nombrar a los comisarios necesarios entre el estado noble y el estado general.

Terminadas todas las diligencias en mayo de 1753, el Consejo de Justicia y Regimiento de Alcázar de San Juan firmó el certificado de no haber cargado el juez maravedís por su salario a las cuentas de la villa. Ya se había renovado el ayuntamiento y entre los alcaldes y regidores se encuentran las firmas de Don Francisco Antonio Saavedra y Marañón y Don Francisco José de Resa y Marañón.

Juan Antonio Saavedra y Marañón declara ser clérigo de órdenes menores y está relacionada su importantísima hacienda en los Memoriales de eclesiásticos, elaborados para el mismo fin en esta villa de Alcázar de San Juan, firmándola él mismo en febrero de 1753.

Francisco José de Resa y Marañón, Alonso José Marañón y Aguilera y Francisco Antonio Saavedra y Marañón están relacionados como hijos dalgo en el Libro de Bienes de Seglares. La hacienda de cada uno de los tres está relacionada minuciosamente en este libro, así como el personal que tenían a su cargo para la labor de las tierras, el cuidado del ganado y el servicio en las casas.

En las minutas realizadas en 1884 por los topógrafos del Instituto Geográfico y Estadístico, delinearon el Carril de la Casa de Marañón y marcaron una construcción con el topónimo de Casa de Marañón. Esta casa de labor está muy cerca del Río Gigüela y del molino harinero del que fue propietaria la familia Marañón, como recogen las Respuestas Generales en 1753: «[molino] que se dice Hernando Diaz, en el dicho río y una legua de distancia, con tres piedras el que pertenece a Dª Theresa Bernarda, vecina de la Solana; a D. Francisco Marañón, vecino de esta villa…».
Es muy significativo que en la relación de todos los vecinos de la villa de Alcázar de San Juan en 1753, no aparezca ninguno nombrado con el apellido del Álamo o de los Álamos.

Conclusiones del cuento
«…convidó un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque venía de los Álamos de Medina del Campo, que casó con doña Mencía de Quiñones, que fue hija de don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que se ahogó en la Herradura…» Estos detalles del cuento de Sancho no eran necesarios para la enseñanza moral final que desprende. Cervantes lo alarga premeditadamente, «con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad», proporcionándole así la credibilidad que buscaba en la novela.
Con los datos que se guardan en los archivos de Alcázar de San Juan, donde encontramos Álamos y Marañones, cabe aquí la pregunta: ¿Es un ingenioso artificio de Cervantes o verdaderamente todo el cuento fue real, siendo sus actores personas de carne y hueso de Alcázar de San Juan?
Volvamos al inicio del cuento, donde quizás está el principio de la respuesta: «Convidó un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque venía de los Álamos de Medina del Campo». De los hijos de Juan de Álamos el Bueno, de todos está documentada su descendencia en Medina del Campo excepto de Ruy Pérez de Silva o López de Álamos, del que los cronistas medinenses ni se ponen de acuerdo en sus apellidos y mucho menos sobre su vida. Mientras uno lo da por muerto en África, otro dice que «no sabemos si llegó á encomendar», sin más. Lo que es evidente es que no contrae matrimonio en Medina del Campo, ni deja allí descendencia alguna. Es, por tanto, posible que Ruy Pérez de Silva o López de Álamos, «de los Álamos de Medina del Campo» llegase por alguna circunstancia desconocida a Alcázar de San Juan. De ser así, su apellido ascendiente «de Álamos» está documentado en los archivos alcazareños.
Sigamos con el cuento: «que casó con doña Mencía de Quiñones, que fue hija de don Alonso de Marañón». También es evidente la existencia de la familia Marañón dentro de los hidalgos alcazareños desde el siglo XVI al siglo XVIII. La familia Marañón tenía sus casas en la potestad de la parroquia de Santa Quiteria, por lo que al haberse quemado sus archivos parroquiales durante la Guerra Civil no es posible verificar hoy nada sobre bautizos o matrimonios desde la segunda mitad del siglo XVI en esta parroquia.
De haberse producido esta unión real entre las familias Álamos y Marañón, descendientes de ella podrían tener los apellidos Álamos Marañón, López Marañón, Pérez Marañón o incluso Silva Marañón, en este orden entre ellos o al revés. En 1606, en las actas del ayuntamiento de Alcázar de San Juan, está documentado el hidalgo Francisco Pérez Marañón como alcalde ordinario por el estado noble. Hijo de este fue Alonso Pérez Marañón, en el que encontramos tanto el nombre como el apellido de «don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que se ahogó en la Herradura».
La tragedia en La Herradura es un hecho histórico en el que perdieron la vida ahogados muchas personas. ¿Estaba entre ellas don Alonso de Marañón, un vecino de Alcázar de San Juan? A día de hoy no hemos podido encontrar ninguna evidencia de ello. Las arquillas y baúles con documentos que arrojó el mar a la playa de La Herradura después del naufragio se quemaron en incendios de los archivos en los que se depositaron. Si don Alonso de Marañón embarcó en Valencia, Cartagena o Málaga para cumplir los seis meses de servicio obligatorio en galeras, para los caballeros de la Orden de Santiago, posiblemente nunca aparezca documento alguno. Si lo hizo en Italia, antes de partir la escuadra hacia España, quizás se encuentre en la relación nominal de los militares embarcados en los Archivos Estatales de Nápoles, aunque estos durante la Segunda Guerra Mundial también resultaron seriamente dañados.
Otro apellido en el cuento es el de Quiñones: «…que casó con doña Mencía de Quiñones, que fue hija de don Alonso de Marañón» ¿Tomó la hija de don Alonso de Marañón este apellido por parte de la madre o de algún antepasado paterno o materno?

De la misma época de la escritura del Quijote encontramos a María de Quiñones. La anotación de su desposorio dice:
En cuatro días del mes de marzo de mil y seiscientos y doce años yo Pedro Delgado despose y bele a Ignacio de Azbicola natural de Leoncillo de las montañas de Leon y a Maria de Quiñones hija de Alonso Sanchez Cotan fue padrino Juan Delgado y su mujer. Firma Pedro Delgado
A destacar en esta anotación es que María de Quiñones era hija de un Sánchez Cotán, familia significativa de Alcázar de San Juan. Y también la expresión del escribano «de las montañas de León», empleada por Cervantes para definir el origen del capitán Cautivo: «En un lugar de las montañas de León tuvo principio mi linaje…» (Q1, 39)
Muy pocas referencias hay de este apellido en los archivos parroquiales de Santa María. Sin embargo, también es un apellido muy conocido a principios del siglo XVII en Alcázar de San Juan. Ángel Ligero Móstoles, dentro de sus valiosísimas investigaciones sobre Cervantes y el Quijote, averiguó que los alcazareños Antonio y Cristóbal de Quiñones estuvieron al cargo y como capellanes, nombrados por su fundadora doña Francisca Romero Gaytán, en la construcción del convento de las Monjas Trinitarias Descalzas de Madrid, entre 1612 y 1613.
En un artículo publicado en abril de 2016, Francisco J. Atienza Santiago y José F. Sánchez Ruiz resumían los documentos recopilados por Ligero, entre ellos los depositados en el Archivo de Protocolos Notariales de Madrid en el que hay «una carta de poder de fecha 3 de octubre de 1612 donde Francisca autoriza al licenciado alcazareño don Antonio de Quiñones para tomar a censo, de 20000 el millar, 7000 ducados de principal, sobre sus juros y tierras».
En la primera escritura de fundación del convento, de octubre de 1612, doña Francisca Romero dice que «… desde ahora nombro por uno de los dichos capellanes al licenciado Antonio de Quiñones, clérigo, por todos los días de su vida…» Un mes después en una carta de poder dirigida a Alonso Torres para que gestionara en Roma las autorizaciones necesarias para la construcción del convento, son «Testigos que fueron presentes los susodichos el licenciado Antonio de Quiñones de Alcázar y Cristóbal de Quiñones de Alcázar y Pedro Guertas, vecinos y residentes de esta dicha villa…»
Al poco de haberse terminado el convento, Cervantes era enterrado en él sin saberlo la fundadora, que prohibía en los estatutos de fundación del convento enterramientos que no fuesen de su familia, monjas y capellanes del convento. Atienza y Sánchez terminan su artículo con esta «enorme pregunta»: «¿Por qué se entierra a Cervantes en el convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid? Si la familia Cervantes no está entre las familias con derecho a ser enterradas, según el documento fundacional»
Contesto con esta otra pregunta: ¿Fueron estos Quiñones, alcazareños, quienes autorizaron su inhumación entre sus muros a espaldas de su fundadora?
Es difícil saber hoy si a Miguel de Cervantes Saavedra le unía algún lazo con la familia alcazareña de los Álamos, Marañón y Quiñones en la segunda mitad del siglo XVI y principios del XVII. Que conoce la pérdida del caballero don Alonso de Marañón en La Herradura y que una hija suya se casa con un Álamo de Medina del Campo, no cabe duda.
Probablemente nunca conoceremos la razón de nombrar en el Quijote estos nombres y hechos reales en el cuento de Sancho, pero … «por el hilo se sacará el ovillo». Si algún vecino de Alcázar de San Juan de principios del siglo XVII tuvo entre sus manos un Quijote y leyó este cuento no tendría dudas del nombre del lugar de don Quijote, que Cervantes no quiso acordarse.

Nota final para los curiosos: En la consulta de los Archivos Parroquiales de Santa María y del Archivo Histórico Municipal de Alcázar de San Juan, de mitad del siglo XVI hasta mitad del siglo XVII, son innumerables las anotaciones correspondientes a los apellidos Cervantes y Saavedra, que darían para un extensísimo artículo. Apellidos que han llegado hasta nuestros días.

Bibliografía y archivos consultados:


-Ayllón de la Vega, Julián. Noticias varias que se han recogido tocantes a la Historia de Medina del Campo, 1785, Biblioteca Digital Hispánica, BNE.
-Rodríguez y Fernández, Ildefonso. Historia de la muy noble y leal y coronada Villa de Medina del Campo, Madrid 1903-1904, Biblioteca Digital de Castilla y León.
-Calero Palacios, María del Carmen. Naufragio de la Armada Española en La Herradura. Diputación de Granada. Granada 1974.

Libro de acuerdos y actas 1599-1609, Memoriales de eclesiásticos 1753, Bienes de legos o seglares 1753, Personal de legos y seglares 1753. Archivo Histórico Municipal de Alcázar de San Juan.

Libro Primero de Bautismos 1556-1635, Libro Primero de Desposorios y Velaciones 1568-1635, Archivo Parroquial de Santa María de Alcázar de San Juan.

https://alcazarlugardedonquijote.wordpress.com/2022/03/07/el-sastre-del-cantillo-en-el-principio-del-quijote/

https://cosasdealcazardesanjuan.wordpress.com/category/francisco-jose-atienza-santiago/

Luis Miguel Román Alhambra

                                              
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EL SASTRE DEL CANTILLO En el principio del Quijote

Cervantes en el Quijote incorpora multitud de refranes, proverbios y sentencias de uso cotidiano de su época. Muchos han llegado hasta nuestros días como: El sastre del cantillo, que cosía de balde y ponía el hilo. El significado de este refrán lo encontramos en el refranero del Centro Virtual Cervantes: «Alude a quien presta servicio sin obtener beneficios e incluso con alguna pérdida…». En tiempo de la escritura del Quijote, Sebastián de Cobarruvias en su Tesoro de la Lengua Castellana (1611) indica en la palabra sastre que es «el oficial de cortar ropas y vestidos», y apunta entre los proverbios de uso con esta palabra: «El sastre del campillo, o del cantillo, que ponía de su casa el hilo».

Mientras se quemaba las cejas a la luz de una vela escribiendo el Quijote, a Cervantes este refrán le rondó la cabeza. Quizás, por este viejo proverbio del sastre del cantillo se alumbró esta fábula inmortal tal y como la conocemos, «…y si no, al freír de los huevos lo verás», como diría Sancho Panza llegando a este punto.

A principios del siglo XVII Lope de Vega vende todo el teatro que sale de su pluma, dejando poco negocio, y menos dinero, para los demás colegas de profesión. Sin nombrarlo, Cervantes asume la excelente pluma y el éxito de Lope, aunque cree que algunas de sus comedias podrían haber sido aún mejores si no hubiese sido por las exigencias de los representantes de los teatros adonde se representaban, con la tinta todavía fresca:

Y que esto sea verdad, véese por muchas e infinitas comedias que ha compuesto un felicísimo ingenio destos reinos con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves sentencias, y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, que tiene lleno el mundo de su fama; y por querer acomodarse al gusto de los representantes no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de la perfección que requieren. (Q1, 48)

Los demás autores del momento tenían que acomodar su estilo a lo que los representantes les pedían, y así, al menos, poder comer caliente unos días. Cervantes, buen conocedor de lo que está pasando, les disculpa:

Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porque algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran y saben estremadamente lo que deben hacer; pero como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez, y así, el poeta procura acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide. (Q1, 48)

Cervantes y su familia tenían que comer, vestir y pagar la renta de su casa, y con los ingresos por el teatro que representaba no llegaba para estas necesidades. Tenía que abandonar su apreciado teatro y escribir una novela del gusto de la mayoría que le granjease dinero y fama. El Quijote subsanó, en parte, sus penurias, aunque si bien no le dio mucho dinero sí le dio la honra y la fama que buscaba. Pero hasta escribir el «Vale» final tuvo que crear una nueva forma de narrar historias, inédita hasta el momento, que ha llegado hasta los autores actuales. Era consciente que escribiendo una simple y manida novela de caballerías no seduciría a los lectores, por lo que ingenia unos discretos artificios, o recursos literarios cómo ahora se denominan, para obtener que su nueva obra se leyese por todo el mundo.

No tuvo que serle nada fácil. Sus dudas iniciales las confiesa por boca del canónigo de Toledo. Su primera intención fue hacer el Quijote con la estructura de un libro de caballerías: 

… he tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas, y para hacer la experiencia de si correspondían a mi estimación las he comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y con otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y de todos he hallado una agradable aprobación;  pero, con todo esto, no he proseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión como por ver que es más el número de los simples que de los prudentes, y que, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo, a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. (Q1, 48)

No le convence simplemente «hacer un libro de caballerías», sabiendo que aunque bueno solo lo vendería para el «desvanecido vulgo» y poco más. Es ya una persona mayor y en su cabeza tiene mil historias y cuentos, vivencias personales y fábulas oídas junto al fuego de las muchas ventas en las que tuvo que pasar las noches de camino. No quiere escribir «cuentos disparatados que atienden solamente a deleitar…», donde «un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante como una torre y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique…» o el espacio-tiempo es imposible donde «una gran torre llena de caballeros va por la mar adelante, como nave con próspero viento, y hoy anochece en Lombardía y mañana amanezca en tierras del preste Juan de las Indias, o en otras que ni las descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo…».

Abandona lo que tiene escrito, o quizás lo recicle después como hizo con otras novelitas o cuentos que ya tenía escritos, y decide hacer sin probaturas, no tiene tiempo para eso, un libro:

… hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lizos tejida, que, después de acabada, tal perfeción y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. (Q1, 47)

Sabe el gusto de los muchos lectores de novelas de caballerías, que como las comedias que se representaban «todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza», pero también reconoce «que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide no sirven sino para cuatro discretos que las entienden». Por lo que su invento literario tiene que satisfacer a todos, a «discretos e ignorantes», para evitar, según define él, que «al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, que vendré a ser el sastre del cantillo». Tenía que ingeniar de cabo a rabo, para no ser aquel sastre del cantillo que ponía de su casa el hilo, una novela que fuese leída con agrado por mucha gente de toda condición, tanto por los discretos como por el vulgo, porque solo con la fama no se comía.  

Cervantes cose sus cuentos, invención suya o reciclando los escuchados, con personajes reales, cotidianos, hilvanándolos todos y cada uno con el sutil hilo del espacio conocido y el tiempo real. Cambia las formas de los antiguos libros de caballerías en las que el lector tenía que trasladarse mentalmente al tiempo del protagonista, a los lejanos siglos XII-XIV, creando un novedoso libro de caballerías en el que es el antiguo caballero andante el que se traslada a principios del siglo XVII. Elige para su protagonista la figura de Alonso, un hidalgo manchego normal de su tiempo, el Renacimiento, que se comportará como un antiguo caballero andante del Medievo durante las aventuras en la figura de don Quijote, llevándolo por caminos y parajes reales, haciendo así el Quijote verosímil y creíble para sus lectores. De no haberlo hecho así, su libro de caballerías no habría trascendido hasta nuestros días como el Quijote.

En sus mismas palabras quiso escribir un libro «… hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más posible a la verdad», ¡y todavía hay quienes afirman, contradiciendo al mismísimo autor, que todo en el Quijote es ficción!

Este artículo lo escribo en Alcázar de San Juan, «cerca de El Toboso», entre Tembleque, Quintanar, Argamasilla de Alba y Puerto Lápice, a una legua de los molinos de viento de Campo de Criptana, y no muy lejos de las Lagunas de Ruidera y la Cueva de Montesinos, lugares y parajes reales de la Mancha de don Quijote.

Doy fe de ello.

                                                              Luis Miguel Román Alhambra

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DE CONTRADICCIÓN CERVANTINA A REALIDAD GEOGRÁFICA EN EL QUIJOTE

Hace unos días Gerardo anotó en mi blog un comentario de buen lector del Quijote. Aunque este texto que añado aquí corresponde, en partes, a la guía de caminos en la que ando trabajando, creo conveniente adelantarlo como respuesta ampliada a la que le di a él en este blog:

Hay cervantistas que han pasado, y siguen pasando, media vida buscando entre las líneas del Quijote errores, olvidos, descuidos y contradicciones, achacando al autor imprecisiones y poca o nula revisión del texto antes de entregarlo a la imprenta. Miles de folios escritos y sesudas conferencias, con títulos llamativos y subtítulos rimbombantes, engordan sus bolsillos a costa de hacer complicado la sencillez del texto cervantino, escrito a inicios del siglo XVII para lectores del siglo XVII.  

Los espacios geográficos de la Mancha, la comarca cervantina demarcada en la obra y los lugares que la forman, tienen diferencias, a veces muy significativas, con los conocidos por Cervantes. El plano, uno de los factores que conforman la morfología de un lugar o de un territorio, ha sufrido alteraciones significativas debido al cambio de los usos del suelo y la acción antrópica del hombre. Solo utilizando los mapas y planos que más se puedan acercar a la imagen del territorio de principios del siglo XVII, podremos entender el escenario real escogido para la ficción de la novela. Así de sencillo, como es el Quijote, hay que tratar de entender los escenarios por los que el autor guía a sus personajes.

Una de estas «contradicciones cervantinas», una vez que el texto se contrasta con la geografía física de esta parte de la Mancha, se confirma como todo lo contrario. Esta tiene que ver con lo sucedido al inicio de las dos primeras salidas de don Quijote de su casa y la aventura de los molinos de viento.

En la primera salida, don Quijote sale de su pueblo «una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de Julio». Nos cuenta el autor que «casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese» y que , «anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre, y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Diose priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía».

Nada le ocurre ni ve a nadie en todo aquel día. Hasta que llega a la venta adonde después de una noche de mal cenar, vela, golpes y males entendidos, es burlescamente armado caballero andante por el ventero.

Vuelve a su casa por el mismo camino. Y después de la aventura de Andresillo se encuentra de frente con «un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia…» Una infortunada caída de Rocinante acaba con don Quijote por los suelos y apaleado por uno de los mozos de mulas. Es auxiliado por su vecino Pedro Alonso «que venía de llevar una carga de trigo al molino», que lo recoge en su borrico y lo lleva a casa.

De esta primera salida podemos concluir que:

-El camino de ida y de vuelta es el mismo.

-Este camino es uno de los más importantes de España al ser utilizado por mercaderes de Toledo «que iban a comprar seda a Murcia»: el camino de Toledo a Murcia. En esta parte de la comarca cervantina del Quijote tenía dos variantes que eran utilizadas por los viajeros según su interés de paso.

-Al encontrase don Quijote camino a casa de frente con los mercaderes que se dirigían a Murcia, el hidalgo manchego iba en dirección a Toledo, hacia el oeste.

Sigamos ahora con la segunda salida, que se produce una vez repuestas las costillas de don Quijote de la paliza y convenido con Sancho Panza para que le sirviese de escudero: «Sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese… Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje». Al amanecer «descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo», y aquí comienza, quizás, la aventura más conocida del Quijote, aunque no se haya leído la novela.

Si «acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje», por el camino de Toledo a Murcia dirección al este,  ¿cómo es que saliendo por el mismo camino ahora sí ve esos «treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo»?

La respuesta es sencilla teniendo en cuenta la geografía y recursos existentes y conocidos de esta parte de la Mancha en el siglo XVII.

En el mapa anterior está dibujado el camino de Toledo a Murcia, en sus variantes por esta parte de la comarca cervantina del Quijote. Están remarcados Alcázar de San Juan, el lugar de don Quijote, Campo de Criptana con sus molinos de viento y la Venta de Manjavacas, en la que es armado caballero.

El camino de Toledo a Murcia, una vez atravesado el núcleo urbano de Alcázar de San Juan, sigue por el camino de Alcázar de San Juan a Campo de Criptana y desde la villa molinera por el camino de Campo de Criptana a Mota del Cuervo, hasta un cruce de caminos donde las dos variantes de esta antigua vía de comunicaciones convergen para volver a separarse, un ramal hacia Mota del Cuervo y el otro hacia Las Mesas, pasando por la Venta de Manjavacas.

Don Quijote no conocía los molinos de viento, se los tuvo que describir Sancho Panza, que al ser agricultor a jornal sí los conocía. Alcázar de San Juan no disponía de molinos de viento cuando Cervantes escribía el Quijote, como tampoco ninguno de los lugares bajo la jurisdicción de la Orden de San Juan. El motivo tiene que ver con el bolsillo del prior de la Orden de San Juan.

Los molinos de los ríos de esta parte de la Mancha no funcionaban en la época de verano porque no llevaban agua, y si la sequía continuaba en otoño  tampoco lo hacían durante el invierno. Para suplir esta carencia de recursos para la necesaria molienda del cereal recolectado, se empezó a construir molinos de viento a mitad del siglo XVI. La Orden de Santiago no puso impedimentos para su construcción, pero sí lo hizo en su territorio el prior de la Orden de San Juan, con el fin de que sus vecinos tuviesen que ir a moler a los molinos de agua situados en Ruidera, rentables y operativos todo el año, que al ser de su propiedad le reportaban pingües beneficios. Por tanto, los molinos de viento se concentraban exclusivamente en villas de la Orden de Santiago.

En la villa santiaguista de Campo de Criptana se favoreció e impulsó la construcción de muchos molinos de viento. Así nos describen los vecinos de Campo de Criptana, en las contestaciones a las Relaciones Topográficas  solicitadas por Felipe II en 1575, la existencia y uso de estos molinos de viento: «…Hay en esta sierra de Criptana, junto a la villa, muchos molinos de viento donde también muelen los vecinos de esta villa». Estos «muchos molinos de viento» si fueron cuantificados exactamente en el Catastro de Ensenada, mandado hacer en 1752: «Se hallan situados treinta y quatro molinos arineros andantes, y de viento, y uno de Agua», coincidiendo precisamente con el texto cervantino: «treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas»

¿Necesitaban los vecinos de Campo de Criptana tantos molinos de viento a principios del siglo XVII? Por la producción de cereal en Campo de Criptana no, con menos de diez habrían sido suficientes. Esta concentración de molinos de viento en sus cerros y sierra está justificada porque a estos molinos iban a moler todas las villas sanjuanistas vecinas, como: Alcázar de San Juan, Tembleque, Quero, Villafranca de los Caballeros y Herencia, evitando el largo camino hasta Ruidera.

Al final del siglo XVII, el prior de la Orden de San Juan comenzó a dispensar autorizaciones para la construcción de molinos de viento en su territorio. Así, al menos, tendría ingresos por la licencia y por los impuestos de las moliendas en ellos. Desde este momento las villas sanjuanistas comenzaron su construcción  en sus cerros de sus propios molinos de viento, y así, sus vecinos tampoco tenían que desplazarse a Campo de Criptana, El Toboso o Mota de Cuervo.

Teniendo en cuenta esta circunstancia, y que desde finales del siglo XVII en Campo de Criptana no se habrían construido más molinos de viento, podemos considerar que los «treinta y quatro molinos arineros andantes, y de viento» existentes a mediados del siglo XVIII eran los mismos que conoció Cervantes a principios del siglo XVII.

¿Dónde estaban situados tantos molinos en el término de Campo de Criptana? En el mismo Catastro de Ensenada, se nombran cada uno de los molinos, su propietario, el paraje en el que está edificado, la distancia a la villa y las rentas que produce. Hay que tener en cuenta que más de la mitad de los molinos de viento de Campo de Criptana en 1752 eran propiedad de vecinos e instituciones religiosas de Alcázar de San Juan.

Los nombres de los parajes y los molinos relacionados son:

Ribera de la Sierra, diez y seis molinos.

Ribera del Villargordo, un molino.

Senda a la fuente Amarguilla, un molino.

Camino de los molinos que va a Alcázar, dos molinos.

Alto del Palomar, un molino.

Tres molinos, tres molinos.

Pico de la Solana, dos molinos.

Siete molinos, seis molinos. El séptimo no fue informado por error o descuido.

Cerro del Cebadal, un molino.

Todos los molinos de viento estaban al norte de Campo de Criptana,  por lo que desde el camino de Toledo a Murcia no eran visibles. Hoy es posible divisarlos desde muchos kilómetros, pero hay que tener en cuenta que, a principios del siglo XVII, el monte de encinas era abundante en el término de Alcázar de San Juan, Campo de Criptana y Pedro Muñoz, impidiendo al viajero la visión del horizonte manchego. Don Quijote no pudo ver la silueta inconfundible de estos raros artilugios en su primera salida.

Aunque el camino derecho y mejor que unía Alcázar de San Juan con Campo de Criptana era el tramo del camino de Toledo a Murcia, con la construcción de los molinos de viento se abrió un camino más al norte que llevaría directamente a los vecinos alcazareños a los parajes adonde estaban los molinos. A este camino se le llamó, y aún hoy así se conoce en el término de Alcázar de San Juan, como el Camino de los Siete Molinos, y los vecinos de Campo de Criptana lo llamaron el Camino de los molinos que va a Alcázar.

Los vecinos de Alcázar de San Juan llevaban sus cargas de cereal para moler principalmente a Campo de Criptana, los primeros molinos situados en el paraje de los Siete Molinos estaban a poco más de media hora de camino, aunque también en verano, cuando se acumulaba la cosecha después de la siega podían llevarlas a los molinos de viento de El Toboso y Mota del Cuervo.

El camino de los Siete Molinos se bifurcaba del Camino de Toledo a Murcia a la salida de Alcázar de San Juan, antes de cruzar el Arroyo de la Mina. Hoy no es posible apreciar esto al haber quedado tapado, tanto el camino como el arroyo, primero por el ferrocarril y después por el crecimiento del casco urbano de la ciudad.

Para quienes conocemos Alcázar de San Juan sabemos que la iglesia convento de San Francisco se construyó en las afueras de la villa, «por mandato del Ilustrísimo Señor D. Diego de Toledo, Prior de Castilla, siendo Papa Clemente VII, y Carlos V Principe de las Españas. Año 1532, día 2 de marzo», terminándose en la segunda mitad del siglo XVI. El arroyo de la Mina  lamía la parte posterior, el presbiterio, de los muros de la iglesia. Hoy, esta iglesia franciscana forma parte del centro urbano de la ciudad.

Aún eran visibles estos caminos en 1886 cuando el Instituto Geográfico y Estadístico elaboró y publicó el primer Mapa Topográfico Nacional n.º 713, con los datos de las minutas que los topógrafos tomaron en Alcázar de San Juan. En el detalle anterior se puede apreciar el camino de salida de la villa hacia el este, el camino de Toledo a Murcia, y como casi en las afueras antes de cruzar el arroyo de la Mina salía de él el camino de los Siete Molinos. Cuándo se hizo este mapa había pasado casi tres siglos de la escritura de la novela.

En este mismo punto existía un puente para cruzar este arroyo para seguir el camino a Murcia. Pocos años antes de la publicación de este mapa hay constancia del arreglo de este puente tan transitado en los acuerdos del Ayuntamiento: «… y la puente que hay en el camino llamado de Murcia sobre el arroyo de la Mina…» El arroyo fue canalizado a finales del siglo XX.

En ambas salidas de su lugar, don Quijote tomó el mismo camino, el camino de Toledo a Murcia. En la segunda salida el caballero, al poco de salir del núcleo urbano Cervantes le hace seguir por el camino de los Siete Molinos y es contra estos primeros molinos de viento criptanenses contra los que entra en batalla,  sin duda alguna, en la aventura más reconocida por cuántos hemos leído el Quijote y por los que no lo han leído, aún. La imagen de un caballero andante arremeter a un molino de viento es un icono de la novela, de la Mancha y de España.

Cervantes no describe paisaje en su novela, sencillamente porque el paisaje como hoy lo conocemos no existía. Nos describe el territorio que conoce como un nuevo recurso literario que él inventa. Así, de esta manera tan ingeniosa,  hace creíble para sus primeros lectores los escenarios de las aventuras.

Tanto los «treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo», para don Quijote los «treinta o pocos más desaforados gigantes», existían en Campo de Criptana y eran conocidos por su gran número, algo inusual, como el camino a los Siete Molinos era conocido por Cervantes. Solo su ingenio es capaz de poner a don Quijote en esta parte de la Mancha y sus caminos.   

El catedrático emérito de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid, don Eduardo Martínez de Pisón, maestro de geógrafos españoles, en su conferencia “Mapas para caballeros andantes”, impartida en la Fundación Juan March el pasado 20 abril de 2021, sentenciaba que: «La ruta de don Quijote es una ruta bien real… no hay nada fingido en el escenario ni en los pobladores, la fantasía solo estaba en el ensueño de la literatura caballeresca».

¡Pues eso!                                                            

Luis Miguel Román Alhambra

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TRAS LOS PASOS DE ROCINANTE

1ª Etapa Camino del Quijote

El pasado 15 de noviembre la Asociación de Diabéticos de Alcázar de San Juan y Comarca (ADAC) presentaba una nueva actividad, que «mezcla la marcha con la cultura», con el título Camino del Quijote. Semanas antes su presidente Domingo Camacho se había puesto en contacto con la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, de la que actualmente soy su vicepresidente, para que coordinase las etapas. Aprovechando la guía de caminos que estoy preparando propuse que esta primera etapa fuese entre Alcázar de San Juan y los molinos de viento de la Sierra de Campo de Criptana, siguiendo los pasos que Rocinante llevó en la segunda salida de don Quijote de su casa.

La idea de esta actividad es que durante las etapas se pueda leer el texto de la novela que expresamente coincide con el tramo del camino, por lo que además del plano de la ruta llevaremos fragmentos del texto cervantino, coincidiendo así con el mismo espíritu de mi guía de caminos.

Este pasado domingo día 19 de diciembre hemos puesto inicio a esta actividad. El recorrido fue de unos 9 km. El punto de salida ha sido el centro de la Plaza de España de Alcázar de San Juan, junto a las estatuas de don Quijote y Sancho Panza. Si bien el día estaba claro, un ligero viento del este nos dificultó nuestra marcha desde el mismo inicio. Este viento del este, conocido como Solano, es el predominante en esta parte de la Mancha y el más ansiado antiguamente por los molineros, tanto en verano como en invierno, por su regularidad.

Aquí, antes de salir, recordamos que don Quijote había llegado a casa de la primera salida molido a palos, después del desafortunado encuentro con los mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. También que tenía determinado seguir con sus aventuras y mientras se cura en casa se hace con los servicios de un vecino suyo como escudero:

«En este tiempo solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien —si es que este título se puede dar al que es pobre—, pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale, entre otras cosas, don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase en quítame allá esas pajas alguna ínsula y le dejase a él por gobernador de ella. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino… Todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los buscasen»

Salimos de Alcázar de San Juan por una de las variantes del antiguo Camino de Toledo a Murcia hasta la bifurcación de este con el Camino de los Siete Molinos, hoy dentro del casco urbano. Desde la construcción del ferrocarril en el último cuarto del siglo XIX no es posible seguir su antiguo trazado, por lo que hay que cruzar las vías por un paso inferior para seguir por este camino utilizado para ir los vecinos de Alcázar de San Juan a moler a los molinos de viento de Campo de Criptana.  

En los límites entre los términos de Alcázar de San Juan y Campo de Criptana nos paramos para leer del capítulo VII: «Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban…» Aquí, en este mismo punto del camino terminaba la Orden de San Juan y comenzaba los dominios de la Orden de Santiago y el «antiguo y conocido Campo de Montiel». Hoy tampoco nos fatigaban los rayos del sol por ser diciembre y estar muy bajos, de la misma manera que tampoco les fatigaban a primera hora de la mañana a don Quijote y Sancho en verano, por darles también muy bajos, a soslayo.

Uno de los objetivos de esta ruta fue la de subir a los cerros de Los Siete Molinos. En Campo de Criptana este Camino de los Siete Molinos se conoce como el Camino de los molinos que va a Alcázar. Junto a él estaban construidos siete molinos, la segunda mayor concentración de molinos después de los que había en La Sierra.

Mi guía es transgresora, no coincide con otras rutas ni con otros autores. Es aquí donde Cervantes enmarca la aventura de los molinos de viento. Son los primeros molinos de viento, de los más de treinta que había, que se divisan al entrar en el término de Campo de Criptana, aunque hoy pasan totalmente desapercibidos porque solo hay restos de las cimentaciones y poco más. En el camino que sube a este cerro leemos el comienzo del famoso capítulo VIII: «En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero: La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas,…»

Seguimos nuestro camino. Y poco después, bordeando las primeras casas de Campo de Criptana,  llegamos a La Sierra donde había dieciséis molinos de viento. Hoy podemos ver diez.

Junto al molino El Burleta, miembros de una asociación cultural criptanense nos representaron el inicio de este capítulo VIII, terminando aquí esta primera etapa de Camino del Quijote.

Ya estoy preparando la segunda etapa que la ADAC tiene prevista hacer a finales del primer trimestre del próximo año. Hablando con unos y otros mientras caminábamos pensaba que podría ser ir a El Toboso y hacer el tramo de camino que llevó a don Quijote a Mota del Cuervo, lugar del caballero del Verde Gabán, en la que ocurre, entre otras, la aventura de los comediantes y la de los leones, o quizás andar el camino que va desde la ermita de Manjavacas, paraje donde estaba la Venta de Manjavacas,donde fue armado caballero don Quijote,hasta el cruce del falso albedrío de Rocinante, pasando por el encinar donde el pastor Andrés era castigado cruelmente por su amo por perder, según él, parte de su ganado. O quizás a recorrer parte de las Lagunas de Ruidera para al final entrar en la Cueva de Montesinos y comprobar que las medidas de ella coinciden con el texto cervantino…

En estas fechas tan señaladas en el calendario cristiano os deseo una Feliz Navidad y que el 2022 sea un año de prosperidad y felicidad en todos vuestros hogares.

                                                            Luis Miguel Román Alhambra

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DOS CERVANTES CONTRA EL TURCO

El Ayuntamiento de Alcázar de San Juan tiene diseñado un programa de actividades durante el mes de noviembre con el fin de vincular dos elementos muy significativos de la cultura y tradición alcazareña: Cervantes y el vino. En las VIII Jornadas Vino y Bautismo Qervantino, que se están celebrando entre los días 5 y 14, el martes 9 participé en las Jornadas Cervantinas con una conferencia que pretendía recordar la batalla de Lepanto. Sin duda alguna, si no fuese por una de las dedicatorias en las Letanías del Santo Rosario que recuerda la intercesión de la Virgen: Auxilio de los cristianos, y que en ella participó el autor del Quijote, la anestesiada memoria histórica española habría olvidado por completo un hecho que cambió la historia de España, Europa y el mundo.  El título de la conferencia ha sido Lepanto 1571-2021. «Auxilio de los cristianos». Dos Cervantes contra el Turco.

Sí, dos Cervantes, porque aquel glorioso domingo 7 de octubre de 1571 a bordo de las galeras cristianas comandadas por don Juan de Austria iban embarcados dos hombres de nombre Miguel y el mismo apellido de Cervantes, y ambos resultaron heridos. Aquí dejo mi conferencia y las imágenes que se proyectaron:

Una de las Letanías que rezamos en el Santo Rosario es Auxilio de los cristianos. Este ruego a la Virgen fue añadido por el papa Pío V después de tener noticia que la flota cristiana había vencido a la turca en el Golfo de Lepanto. Esta batalla sucedía el domingo 7 de octubre de 1571, hace 450 años. Una batalla que enfrentó a centenares de barcos y decenas de miles de hombres, paró el dominio turco en el Mediterráneo y cambió la historia de Europa y del mundo.

Al amanecer de aquel domingo, avistada la gran flota turca y formada la escuadra cristiana en orden de combate, en todas las galeras y galeazas se rezaron el Santo Rosario por expreso deseo del papa y del almirante de la flota don Juan de Austria, recibiendo todos de rodillas la bendición apostólica enviada desde Roma. Don Juan de Austria, esa mañana, sabiendo del gran esfuerzo que iban a tener que soportar, ordena doblar la ración de comida a los galeotes y les promete la libertad si se logra la victoria.

A las 12 del medio día un cañonazo de la Capitana turca fue respondido por otro de la galera La Real de don Juan de Austria, aceptando la batalla. Aquí terminó la cortesía militar. Cuatro horas después, muerto Alí Pachá, capitán general de la armada turca, la victoria cristiana era ya indudable. El mar del Golfo de Lepanto quedó teñido de rojo y la batalla había terminado, solo quedaba dar la Extremaunción a los moribundos, auxiliar a los heridos y recoger a los muertos.

Al conocer el papa la victoria, en gratitud a la intercesión de la Virgen María en la batalla ante la poderosa flota otomana, instituyó la fiesta del 7 de octubre con el nombre de Nuestra Señora de las Victorias y poco después su sucesor Gregorio XIII cambió la advocación a Nuestra Señora del Rosario, llegando así hasta nuestros días.

Vivimos hoy solo del presente, nos olvidamos del pasado y casi somos incapaces de pensar en el futuro, porque todo o casi todo ya está establecido por unos pocos a su antojo. En su afán de adormecernos, de anestesiarnos históricamente, persiguen que nos olvidemos de nuestro propio pasado, con sus luces y sus sombras. Y esto es lo que habría pasado, con esta trascendente batalla naval, si en una de las galeras de la escuadra al mando de don Álvaro de Bazán, la Marquesa, no hubiera estado en ella Miguel de Cervantes, quien, treinta y cuatro años después, enviaba a imprimir la primera parte del Quijote. En el Prólogo de sus Novelas Ejemplares, Cervantes nos muestra su orgullo por perder «… en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parezca fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros».

Hasta aquí lo que han contado los biógrafos de Cervantes. Sin embargo, ese glorioso día iban embarcados en la Armada de España dos Cervantes con el mismo nombre de Miguel, y ambos tuvieron la misma triste suerte de salir heridos de la batalla contra la gran escuadra turca. Un hecho que ha estado oculto, por algún motivo, muchos años. Y lo sigue estando…

Para conmemorar el IV centenario de la muerte de Cervantes, la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales y de Archivos y Bibliotecas organizó en 2016 una gran exposición de documentos y recursos que se conservan en los Archivos Estatales y que nunca se había presentado conjuntamente sobre el autor del Quijote.

Dividida la exposición en tres espacios, en el primero de ellos, titulado «De las letras a las armas», se tenía que recordar, cómo no, su presencia en la batalla de Lepanto. Se pudo contemplar el plano original de la batalla, fechado en el mismo 1571, y una carta escrita por don Juan de Austria al rey Felipe II, su hermanastro, cinco meses después, el día 19 de marzo de 1572, desde la ciudad siciliana de Palermo.

En ella le indica al rey que con la misma «va la relación de las personas a quien se han repartido ayudas de costa, a la mayor parte para curarse de las heridas que tuvieron en la batalla y a otras para ayudarlas a la extrema necesidad en que estaban»

En la tarjeta explicativa, junto a la carta y la relación de heridos, los organizadores de la exposición indican que «En la relación aparecen dos soldados con el mismo nombre, “Miguel de Cervantes” y “Miguel Cervantes”. El primero, el escritor, con otras trescientas noventa y seis personas personas, como expresa la relación, han servido señalada y particularmente el día de la batalla que se dio a la armada del turco (Lepanto) en que salieron heridos y mucha parte dellos mancos; el otro, forma parte de las trece personas que se alzaron con una galera turquesa y se vinieron desde La Caramanía, con ella, hasta Mesina»

Hasta aquí lo que en aquella exposición se podía contemplar sobre este documento. Era muy llamativo que la hoja donde aparecía el segundo Cervantes estaba parcialmente tapada justo después del nombre de “Miguel Cerbantes”. Traté de consultar este documento completo en el Portal de Archivos Españoles PARES y al no estar disponible, ¡¡sigue sin estarlo hoy!!, solicité al Archivo General de Simancas el documento para leerlo con más atención, también porque según la información disponible en la exposición este documento se conocía al menos desde 1849. Algo me hacía pensar que el documento, celosamente guardado en algún cajón del Archivo, contenía algo más.

La digitalización del documento es buena, aunque en blanco y negro. Todo el documento, carta y relación, es claro en la grafía y en los términos que contiene. Lo primero que busco es a los dos Cervantes. El primero se encuentra en el folio 5v de la relación de heridos, marcado al margen con una cruz, y el segundo en el folio 8v con una nota a su margen que dice OJO, siendo este segundo Cervantes la última persona nombrada en la relación antes del resumen económico del contador. Las dos anotaciones al margen están hechas con grafía distinta al general del documento.

Al primer Cervantes el contador de la Armada le entrega 20 ducados y al segundo 22 escudos, cuantías muy similares si las trasladamos a maravedís, unos 8.000 maravedís al primero y 8.250 al segundo.

Comencemos por el principio, por la carta. En el texto anotado en la carpeta que contiene la carta de don Juan de Austria se lee:

-«Palermo»

-«A Su Majestad»

«Del señor don Juan, a 19 de marzo, 1572»

«Recibida a 23 de abril»

Refiérase a lo que se le escribió en una carta de 26 de enero»

-«Aquí dentro, Miguel de Cervantes, agraciado con 22 escudos de ventaja» (1) 

-«Copiado para don Luis López Ballesteros hoy, 24 de noviembre de 1849» (2) 

(1) Este de los «22 escudos» es el segundo Cervantes, el anotado con un «OJO»)

(2) Luis López Ballesteros fue nombrado Director de la Real Academia de la Historia el 30 de noviembre de 1849.

¡¡Este documento, carta y relación de heridos se conocía oficialmente al menos desde 1849!! En 2016, fecha de la exposición, hacía 167 años que estaba metido en un cajón, fuera del alcance de investigadores, biógrafos y cervantistas. ¿Quién lo ordenó? ¿Por qué motivo lo hizo? Quizá este documento aporte alguna respuesta sobre todo esto.

Según la tarjeta de la exposición, éste segundo Cervantes no había estado en la batalla de Lepanto, argumentándose en ella que aparecía en la relación por formar «parte de las trece personas que se alzaron con una galera turquesa y se vinieron desde La Caramanía, con ella, hasta Mesina». Sin embargo el documento no deja lugar a dudas, este segundo Cervantes no estaba entre esos trece valientes hombres, como se afirmaba en la exposición, y sí entre los heridos de la batalla.

Después de la primera persona relacionada en este folio 8, Bartolomé Rico Piloto, el contador de la Armada anota: «A trece personas de las que se alzaron con una galera turquesa y se vinieron desde La Caramanía con ella hasta Mecina se les dieron cuatrocientos y sesenta escudos en la manera siguiente»:

1- A Martín Bueno que fue el que comenzó la plática de alzarse con la galera cien escudos, 100 esc.

2- A Francisco de Guzmán espalder que mató al capitán de la galera cincuenta escudos, 50 esc.

3- A Lazarín de la Cruz otro espalder otro tanto, 50 escudos

4- A Marco Moreno, renegado con quien se concertó el negocio otro tanto, 50 escudos.

5- A Martín de Nicados, renegado por el mismo effecto otro tanto, 50 escudos.

6- A Mico Vicencio, barbero, mozo de cámara que dio armas a los cristianos veinte escudos, 20 esc.

7- A Juan de Tavormina el otro mozo de cámara que hizo el mismo effecto otro tanto, 20 escudos.

8-13 y después nombra a seis personas: 8 A Diego Diaz, 9 Nicolas calabrés, 10 Moreto calabrés, 11 Miguel de Palermo, 12 Francisco de Palermo y 13 Simón napolitano, que se hallaron desherrados al tiempo que se alzaron con la dicha galera y ayudaron veinte escudos a cada uno, son ciento y veinte escudos.

En total, están nombrados los trece hombres y las cuantías entregadas a cada uno, que suman exactamente los 460 escudos apuntados por el contador. Y entre estos trece NO aparece el segundo Cervantes.

A partir de esta relación de trece personas, el Contador anota en esta misma  hoja a otros ocho heridos en la batalla.

Y el documento termina precisamente con la vuelta de este folio 8, en el que aparece, ahora sí, Miguel Cerbantes, como último herido agraciado por orden de don Juan de Austria con 22 escudos, después del soldado Luis de Almazán.

Es evidente el error que contenía la tarjeta de la exposición y las descripciones que de este documento disponía el público asistente. ¿Simple error o intencionalidad de que este segundo Cervantes no apareciese entre los heridos en Lepanto? ¡Vaya usted a saber! Quizá este documento, nunca expuesto,  solo quería aportar en la exposición la prueba documental de que el autor del Quijote había estado en la batalla y que había resultado herido, como él mismo afirmaba en el Prólogo de las Novelas Ejemplares.

Era la joya de la exposición, todos los demás documentos, cada uno en su archivo, se conocían perfectamente aunque nunca habían estado expuestos juntos. Pero al contener dos Cervantes heridos, quizás se quiso hacer desaparecer a uno de los dos camuflándolo entre los cristianos que se habían alzado con la galera turca después de la batalla, y de esta manera no quitar protagonismo al otro. No exponer el folio 8, o una copia de él, donde aparece la relación de los trece cristianos rebeldes en La Caramanía y dejar cortado el folio 8v, no parece un error o simple casualidad.

El documento es claro e irrefutable. Se puede afirmar que en la escuadra de las galeras cristianas que combatieron en el golfo de Lepanto, aquel día del 7 de octubre de 1571, estaban a bordo dos hombres de nombre Miguel y con el apellido Cervantes, que resultaron heridos. También es evidente que ambos recibieron en el hospital de Mesina, por orden de don Juan de Austria, una cierta cantidad de dinero similar por «ayudas de costas» mientras se curaban de sus heridas.

Y ahora me surgen algunas preguntas más sobre este documento, las mismas que se puede hacer cualquiera. Uno de los dos Cervantes es el autor del Quijote, no cabe duda, pero ¿quién es el otro Cervantes? ¿se conocieron estos dos Cervantes al escuchar su mismo nombre en la gran sala de heridos del hospital de Mesina? De uno de ellos sabemos que le dieron el alta unos días más tarde, en abril, y siguió en la Armada pero ¿y el otro Miguel, por qué no hay rastro alguno de él? ¿por qué se escondió este documento más de 150 años y sigue sin estar a disposición en el PARES? y la última, y no menos importante, ¿hay más documentos guardados en algún cajón referentes a la vida de Cervantes o de estos dos Cervantes, e incluso de otros Cervantes más, que pondrían dudas a la biografía más o menos oficial del autor del Quijote?

Y otra más, hoy es un día de preguntas, ¿estos dos Cervantes que aparecen en este documento eran «dos soldados» como indicaba la tarjeta de la exposición? Pues no hay certeza alguna de ello, al contrario, a la vista del documento se puede afirmar que ninguno de los dos lo eran ese día de la batalla contra el Turco, al menos con esa graduación militar.

Vuelvo a recordar aquí lo que don Juan de Austria decía en su carta al rey. Le comunicaba que con su carta, fechada el 27 de marzo de 1571, «va la relación de las personas a quien se han repartido ayudas de costa, a la mayor parte para curarse de las heridas que tuvieron en la batalla y a otras para ayudarlas a la extrema necesidad en que estaban». Y el contador de la Armada, anota al inicio de la relación que acompañaba a la carta que «se han dado ayudas de costa desde los trece de noviembre del año mil quinientos y setenta y uno hasta quince de marzo mil quinientos y setenta y dos», doce días antes del envío de la carta.

Más delante, en la misma carta, don Juan informaba al rey que «Al Veedor general y contador he ordenado que saquen una relación de los soldados que han quedado mancos y maltratados en la batalla para enviarla a Vuestra Majestad, aunque a estas horas la mayor parte de ellos se han ido a Nápoles y a esos reinos con cartas mías, que es lo que a mí me ha tocado y con lo que les he podido ayudar» Esta segunda relación de soldados solicitada no acompañaba a su carta al realizarse después.

El contador de la Armada es muy preciso con la entrega del dinero a cada una de las personas heridas o con extrema necesidad que «tan bien pelearon en ocassion tan onrdada». A los caballeros que participaron en la batalla, y que resultaron heridos, les antepone el “don” al nombre y a quienes tuvieron un puesto señalado los nombraba con su empleo. Así podemos ver en la relación a patrones y cómitres de galera, artilleros, cirujanos, pilotos o responsables de bastimentos. Las personas que tenían una graduación militar, ésta aparece junto al nombre: capitanes, alféreces y sargentos.

Lo llamativo en esta relación de personas es que como soldado solo aparece uno en toda la relación, «Luis de Almazán soldado diez escudos», precisamente delante del segundo Cervantes. Se puede afirmar, por tanto, que ninguno de los dos Cervantes de esta relación de heridos en Lepanto es soldado, ni tiene un cargo o empleo a destacar por el contador, como otros muchos aquí anotados. Cervantes en el mismo Prólogo de las Novelas Ejemplares afirmaba que «Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo…», no cabe duda alguna, pero este empleo de soldado lo debió de conseguir después de ser dado de alta en el hospital de Mesina y seguir alistado en la compañía de Manuel Ponce de León, del Tercio de Lope de Figueroa.

Alcázar de San Juan, por tradición oral desde que se publicó el Quijote y que en 1748 se descubriera en su iglesia de Santa María una partida de bautismo de un niño al que su padre Blas de Cervantes Sabedra, el día 9 de noviembre de 1558, le pusiera de nombre Miguel, ha creído firmemente que este Miguel de Cervantes Saavedra fue el autor del Quijote. También ha presumido que con tan solo trece años este alcazareño había estado en la gloriosa batalla de Lepanto. Edad imposible para estar de soldado en los Tercios Españoles, cómo han afirmado con razón quienes han tratado de anestesiar la tradición alcazareña, pero edad apropiada para las labores de grumetes y pajes que con la edad de trece años podían embarcarse ya en las galeras y galeones españoles. Aunque la labor de estos muchachos  estaba destinada en trabajos de limpieza y de ayuda a todo lo que se terciaba, especialmente si acompañaban a caballeros y capitanes, en caso de batalla eran los encargados de mantener encendidas las mechas junto a los arcabuceros de los Tercios.

Esta función en las galeras o en el  mundo militar, que hoy nos puede parecer imposible por la edad, era tan normal y conocida en tiempos de Cervantes que incluso él mismo la describe en el capítulo LI de la primera parte del Quijote.  La comitiva que traía a don Quijote desde Sierra Morena estaba comiendo en un prado de lo que los criados del canónigo habían traído hasta allí, cuando un cabrero que perseguía a una cabra suya llegó hasta ellos. Al ofrecerle comer con ellos el cabrero acepta y les cuenta una historia que pasó en una aldea cercana. El cabrero relata la llegada de un hombre de su pueblo que «venía de las Italias, y de otras diversas partes de ser soldado» recordando que «llevóle de nuestro lugar siendo muchacho de hasta doce años, un Capitán, que con su compañía por allí acertó a pasar». La misma edad con la que el alcazareño Miguel de Cervantes Saavedra pudo enrolarse como paje o grumete en la Armada de España en Italia en 1570.

Termino esta conferencia con otra pregunta, que nunca tendrá respuesta: ¿Fue este Miguel alcazareño, del que tampoco sabemos nada más de él sino que fue bautizado aquí, el que se encontraba en la Marquesa ese glorioso día en Lepanto o fue el otro?

Finalmente, recuerdo el primer subtítulo de la conferencia Auxilio de los cristianos. Gracias a la intercesión de la Virgen del Rosario estos dos Cervantes, aunque heridos, salvaron sus vidas. Uno de los dos Cervantes escribió el Quijote y gracias a su orgullo por haber estado allí se sigue recordando esta gran victoria contra el Imperio Turco cuatrocientos cincuenta años después, ¡pese a quien le pese!

Gracias!!!

En las respuestas a las preguntas de los asistentes, entre las muchas curiosidades del documento, destaqué la presencia en la relación de heridos de una mujer, quizás también una muchacha, que se encontraba en aquel hospital militar junto a los dos Cervantes. Se llamaba Roseta y el contador de la Armada así la anotó: «A Roseta Ossorio Hija de Luis Ossorio otro tanto – 20 ducados » 

                                                      Luis Miguel Román Alhambra

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