La batalla de Don Quijote contra un ejército de ovejas

Según la Real Academia Española, narrar, es contar un hecho o una historia. En El Quijote , Cervantes aprovecha hechos muy conocidos por él y sus coetáneos, y los narra con don Quijote y Sancho Panza como protagonistas de ellos. Días y noches pasadas en ventas, molinos de viento que aliviaban el hambre a tantos manchegos o simples ganados de ovejas conducidos magistralmente por pastores y sus perros, son algunos ejemplos.

Si, también, simples ganados de mansas ovejas que, por las cañadas reales, caminos ancestrales de uso ganadero, cruzaban la patria de don Quijote, haciendo a La Mancha una tierra de paso de ganados hacia unos pastos seguros donde pasar los fríos inviernos castellanos y retornar algunos meses después.

Quizás en alguno de sus viajes por los caminos de La Mancha, Cervantes vio a lo lejos una gran polvareda, que poco tiempo después comprobaría que no era otra cosa que un gran ganado de ovejas sobre un camino seco y polvoriento. Ese hecho, real y cotidiano, lo aprovecha genialmente para narrar una de las batallas de ficción más famosas jamás escritas. Así nos cuenta en El Quijote esta misma imagen vivida por él:

“En estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda; y, en viéndola, se volvió a Sancho y le dijo:

-Este es el día, ¡oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; éste es el día, digo, en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la Fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes por allí viene marchando.

-A esa cuenta, dos deben ser –dijo Sancho-; porque desta contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda.

Volvió a mirarlo don Quijote, y vio que así era la verdad; y alegrándose sobremanera, pensó sin duda alguna que eran dos ejércitos, que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura”

Después ya sabemos el resultado, algunas ovejas muertas y don Quijote con alguna costilla quebrada y algún diente de menos, resultado de las “peladillas” lanzadas eficazmente por las hondas de los pastores.

Este mes de Septiembre pasado, llegando al atardecer a Alcázar de San Juan, vi “una grande y espesa polvareda” que al ir acercándome a ella observo que era un ganado de ovejas llegando a su aprisco.

Entablo conversación con el pastor, y a un limpio silbido suyo, el perro detiene al gran “ejército”. Unos minutos de agradable charla y a un nuevo silbido, el perro se pierde tras el polvo casi asentado y, como si de magia se tratase el gran “ejército” se vuelve a poner en marcha a escasos metros de su general, que con paso casi militar se dirige a su merecido descanso. El sol ya se ha puesto.

Juan, que así se llama el pastor, me dice a qué hora volverá a salir al día siguiente con su cervantino “ejército”. Poco antes de la salida del sol le espero junto al camino. Con el alba, le veo salir del aprisco con gran alboroto de balidos y ladridos.

Hoy trae un nuevo ayudante, un perro cachorro que no se separa de él, y que seguro, después de un largo día volverá cansado en sus brazos, no sin empezar a aprender el difícil oficio de perro de pastor. Llega junto a mí, y después de un cordial saludo continúa su camino, tiene que buscar pronto el pasto con que satisfacer el hambre de su ganado.

Se aleja, y pocos minutos después solo puedo distinguir “una grande y espesa polvareda”, igual que la que Cervantes nos narra, contándonos un hecho real dentro de una aventura de ficción.

Muchos turistas se acercan a La Mancha atraídos por su imagen más representativa, los molinos de viento, famosos por haber sido tomados por feroces gigantes por don Quijote, en otra sin igual batalla. Espero que tengan la misma suerte que yo, y poco después de haberse recreado en el lugar donde Cervantes vio los mas de treinta molinos de Campo de Criptana, y nos narrara la valentía de nuestro hidalgo al enfrentarse contra ellos, adviertan por el horizonte “una grande y espesa polvareda”, y crean entrever en ella a un caballero sobre un flaco caballo lanza en ristre …

Esto solo pasa en La Mancha, la patria de don Quijote, donde la ficción está narrada sobre una realidad geográfica. La Mancha que conoció Cervantes, aún la podemos encontrar hoy, tan solo hay que buscarla.

Luis Miguel Román Alhambra

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